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21.2.16
Spotlight o la Apología del periodismo
umbral/Umbral. Quiero empezar recordando dos umbrales.
El primero de ellos es el umbral cinematográfico por excelencia, es decir, el salto en el que un plano deviene otro plano, el corte preciso en el montaje por el que un rostro deviene otro rostro, o un espacio deviene otro espacio.
El segundo de ellos es el umbral de mi clase de primero de Periodismo, una mañana recién desplomadas las Torres Gemelas. Atravesé aquel umbral porque pensaba que allí sería capaz de desvelarlo todo, de acallar las voces angustiadas que se me clavaban todas las noches en la parte de atrás del cráneo. Pensaba que en aquel aula me uniría a una suerte de soldados de la Verdad, gente de mucho vivir y mucho beber, gente de poblar redacciones semidesérticas a altas horas de la madrugada recorriendo teletipos y teletipos y teletipos. Yo había aprendido que el periodismo era un tercio de Bourbon, un tercio de leer compulsivamente y un tercio de que te dolieran las manos de tanto martillear contra el procesador de textos...
(Comienzo de la crítica publicada en Miradas de cine. Se puede leer el resto tal que aquí).
30.10.15
"El club" de Pablo Larraín
Ya disponible en Miradas de cine la pequeña reflexión cinematográfico-teológica que he esbozado sobre "El club" de Pablo Larraín, una de mis películas favoritas del año.
Para los interesados, se puede leer tal que aquí.
¡Abrazos para todos/as!
5.6.15
Un esbozo de "Insidious 3"
01.
El espectador mira siempre una película a través de su propio tiempo y su propia experiencia. Lo vivido, lo que ya sabe, es como una especie de cristal que difumina lo que arroja la materialidad fílmica y nos permite acceder a un cierto saber. Por ejemplo, que el espectador de Insidious 3 sepa desde el primer momento cómo y cuándo van a morir ciertos personajes -lo ha visto en las anteriores entregas de la saga- baña toda la lucha propuesta en una cierta tristeza. En una cierta futilidad.
Ahí está Elise Rainer, la anciana que carga entre sus dedos todo el peso de la comunicación fantasmal. Arrastra por el metraje una serie de estructuras narrativas eminentemente cinematográficas (el proceso de duelo, la aceptación de su don...) que conforman un pasaje conocido por el espectador. Y, sin embargo, desde hace años sabemos de su muerte, de su fracaso. Toda la evolución de su personaje tiene ese punto amargo del fracaso, de la insoportable inutilidad de su proyecto vital/mortal.
Creo que se ha reflexionado poco sobre esto: Insidious es una de las sagas más desesperadas, más aciagas, más estrictamente pesimistas del cine contemporáneo. Por mucho que las cintas se maquillen puntualmente en ciertas secuencias con el espejismo de una cierta fe -en la paternidad, en la familia, en las estructuras estrictamente humanas de emancipación y encuentro-, al final lo único que queda es la mueca desquiciada de un fantasma.
Y no me refiero, por cierto, al típico giro final en el que el espectro de turno reaparece súbitamente para generar un susto inesperado. Me refiero al contenido estricto de las ideas del film: la manera grisácea en la que, tras las luchas en el límite de sus verdaderos protagonistas, no queda nada.
02.
Ayer, en la cola del cine, reflexionaba a propósito del hecho de que la primera parte de Insidious fue -creo que puedo reconocerlo- una de las pocas películas de terror que me provocó auténticas pesadillas. De alguna manera, escribió cosas en mi inconsciente que flotaron hasta tres semanas después de asistir a su proyección. De hecho, el gesto inicial de la primera parte -la aparición de la novia emergiendo del interior de un reloj con la mirada clavada en cámara- sigue siendo una suerte de cima simbólica que me demostró hasta qué punto el cine -el aparataje fílmico- nos conoce. Nos conoce íntimamente, de una manera intolerable, y es capaz de atravesar con toda facilidad nuestras resistencias e incubar en lo más profundo de nuestra existencia el latido del pánico.
Insidious 3 no tiene esa potencia visual, qué duda cabe, pero realiza un ejercicio sobrio de reflexión sobre su propia escritura. De hecho, introduce un nuevo gesto que merece la pena explorar con toda seriedad: la recuperación, para el terror, de la figura sagrada de la mártir.
03.
La mártir y el cinematógrafo.
La mártir, el terror y el cinematógrafo.
Nueva mártir para que el cinematógrafo encarne un viejo terror.
El cuerpo femenino de Stefanie Scott, convertida aquí en una especie de doble de ese icono mayor del terror de nuestros días que se perfila entre las geografías de Chloë Grace Moretz y Olivia Cooke. La mártir banal, como princesa torpe y letrada de barriada norteamericana, huérfana, postrada, sexual, quién sabe si virgen, deseable. Pero sobre todo inocente. Inocente en su propia ingenuidad, un poco como las tontilocas que nos cruzamos en la adolescencia que iban por el mundo de poetisas, seres únicos y bendecidos por la belleza y la cultura, niñas que querían ser estrellas del pop del conocimiento, hipsters y divas. Y toda esa activación del deseo de la oscuridad, la agresión, de ese tu-no-sabes-lo-que-es-tener-un-puto-problema que se nos pasaba por la cabeza después de escuchar interminables peroratas sobre las tragedias con su padre, su hermana, sus amigas, su autoestima, su dieta, su mascota, sus inseguridades, su exnovio, su exnovia, su físico, su químico, sus drogas, su falta de oportunidades.
Tu-no-sabes-lo-que-es-tener-un-puto-problema, es decir, no tienes una experiencia verdadera del sufrimiento, una de esas experiencias que hacen temblar el lenguaje en toda su magnificencia y su alteridad, esas que nunca se cuentan porque están tan enquistadas en el fondo de la garganta que, de hacerlas emerger, a buen seguro nos destruirían. De ahí que el demonio de Insidious 3 nos resulte extrañamente sexual y extrañamente simpático, extrañamente cruel pero también extrañamente conocido. Moviliza, en su acontecer, un gesto pulsional que hace transitar nuestro deseo con mucha más precisión que los fantasmas de las anteriores películas. Podríamos decir que si el fantasma de Insidious 1 emergía de un reloj, este bien podría emerger de un espejo.
La mártir cinematográfica es siempre sagrada en tanto recibe nuestra pulsión, pero paga un precio terrible por ello. La mártir, cuyo cuerpo nos otorga la cifra del horror de nuestro deseo. La mártir siempre es, en cierto modo, la figura ética que nos obliga a mirar lo que somos sin arrancarnos los ojos.
04.
Entiendo que un cierto sector del público reniegue del cine de terror, de igual modo que entiendo que un cierto sector del público reniegue del psicoanálisis. Lo que (se) desvela, por la vía de la desintegración, es al mismo tiempo fascinante y terrible. No deja de ser curioso que cuando Heidegger construyó todo su aparataje estético, incluyera el ejercicio de desvelamiento como clave para acceder al ser de la obra de arte. Insidous 3 no desvela el ser, sino que desvela el envés del ser, la zona sombría del ser en el que mora lo impronunciable. Únicamente por eso, ya deberíamos sentirnos invitados a estudiarla con la mayor seriedad.
La otra opción, claro, es enloquecer.
15.8.14
Los libros sobre cine (II): Las palabras y los films
Tardé unos cuantos años en darme cuenta de que lo que realmente me interesaba de una película era su forma específicamente fílmica, esto es, el uso que hacía del lenguaje cinematográfico. Aunque parezca increíble, muchos críticos y profesores han conseguido terminar tesis doctorales y escribir tochos más o menos infumables sin prestar el menor interés a la manera en la que la forma fílmica se establece como un campo de significación.
Pero quizá estoy corriendo demasiado, y en estos posts he prometido obligarme a ser lo más clarificador posible.
#05. ¿Por qué nos gusta un film? (¿y cómo lo leemos?)
Gracias a los mejores estudios semióticos tuvimos ocasión de entender cada una de las películas como una suma de elementos, de capas individuales que generaban su propia significación y que entablaban, de alguna manera, una relación con el espectador. Así, algunos creen erróneamente que escribir sobre una cinta es analizar un guión, o el programa ideológico que se desprende de las acciones de los personajes, o en el límite, su relación con otras cintas y otros periodos históricos. La cosa puede funcionar razonablemente bien y, además, tiene una bibliografía muy acotable -es decir, usted puede tirarse el moco leyéndose los fundamentales (pero insuficientes) El guion de Robert McKee, y después, El relato cinematográfico de Gaudreault y Jost.
Ahora bien, para entender bien los elementos de significación no basta con reconocer un primer plano o una curva de transformación: es necesario aprender a "hablar" el cine. Rudimentos de montaje, de angulación, de expresión cromática, de potencia significante. Y, lo que es todavía más complejo: hay que hacerlo sobre libros que sean lo suficientemente humildes para hablar con cuidado y rigor a su lector. Pongamos, por ejemplo:
Los dos tomos de la Estética y Psicología del cine de Mitry y El arte cinematográfico de Bordwell y Thompson son, quizá, los clásicos entre los clásicos entre los que quieren iniciarse de verdad en el pensamiento cinematográfico.
Verán, hubo un tiempo feliz en el que los teóricos no estaban todavía aterrorizados por la postmodernidad y se atrevían a realizar geniales e imposibles sistemas de lecturas cinematográficas. Algunos de los libros más hermosos que se han escrito -y hablaremos de ellos más adelante- partían de la premisa de que era posible comprender el universo fílmico de manera más o menos integrada, limando las diferencias, uniformemente. En el caso del modelo bordwelliano se privilegiaba una cierta expresión centrada sobre el clasicismo norteamericano y un estudio formalista tan sencillo y claro que es magnífico para iniciarse en la lectura del film. No son la panacea, pero permiten comenzar a desligarse de la costra de lectura tema+personajes+narración que miles de críticas mal escritas han forjado en nuestra cabeza.
Lo diré de manera todavía más clara: en el fondo, lo menos importante en una película es esa historieta que parecen contarnos. Después de Hitchcock -y qué duda cabe que su libro de entrevistas de Truffaut es fundamental para entender todo este problema-, lo de seguir realizando análisis únicamente narrativos del film es, simplemente, insuficiente.
Con lo que, ¿qué tal algunos libros que nos ofrezcan una visión integradora no sólo de las capas significantes del film, sino además, atención, de las herramientas metodológicas que tenemos a nuestro alcance?
El tándem Estética del cine/Análisis del film firmado por Aumont y sus colaboradores es un portento para recoger la cosas ahí donde Bordwell las había dejado. Sobre todo porque introducen una dimensión europea y plural en el debate que supera las analíticas formales baratas y, por lo menos, ofrecen caminos a transitar y una moderada bibliografía. Y, voy a ser muy claro: son libros amenos, comprensibles y escritos con cuidado.
#06. De acuerdo, pero... ¿por dónde comenzamos el análisis?
Aquí llega el problema de la metodología analítica. Verán, como yo ya he dicho en otras ocasiones, la metodología no es más que la colección de traumas del analista falsamente enmascarados bajo la máscara científica. Si alguna vez van a un congreso de cine se toparán con un buen puñado de felices neuróticos enfrascados en un diálogo sordo por el que pasean obsesiones, insultos, pleitesías entre Catedráticos y aspirantes a sus plazas... De entrada, está muy bien leerse las Teorías del cine de Robert Stam porque no gustaron a casi nadie en su momento y cabrearon bastante a los distintos popes de las distintas áreas.
Ahora bien, para analizar con cierto rigor, no hay nada como disfrutar de los análisis de alguno de los grandes de nuestro país en vivo. Y saco la artillería: uno de los gravísimos problemas de nuestro entorno es la desconexión sufrida masivamente entre cinéfilos-críticos y analistas académicos. Se han generado dos guetos aislados: los primeros quieren proteger su pasión, los segundos quieren mantener su fortaleza de saber. Les recomiendo que hagan, por ejemplo, el siguiente ejercicio: lean con el cuidado que merecen los análisis de La mirada cercana de Santos Zunzunegui y confronten lo escrito con su propia experiencia de las películas. De hecho, si pueden, escuchen a Zunzunegui en directo.
Lo que Zunzunegui realiza -podría citar a otros: Pérez Perucha, Luis Alonso García, Nekane Zubiaur o Agustín Rubio Alcover- no es una simple explicación de la película. Los tiros no van por ahí. No se trata de volver a repetir lo que el lector ya más o menos entrenado puede detectar en los niveles de significación audiovisual. Antes bien: sus análisis muestran que hay una serie de problemas fundamentales que abrasan la imagen y que, una vez más, se encuentran formulados NO a nivel narrativo, sino a nivel explícitamente estético-fílmico.
[Dejo, por cierto, a mis colegas críticos, valorar hasta qué punto este enfoque es aplicable a su labor cotidiana, a qué nivel y con qué sentido. Yo tengo mis ideas muy claras al respecto, pero no tengo ya tiempo para entrar en este punto. Si algún querido lector o alguna amada lectriz me lo recuerda en un par de meses, lo retomaré]
#07. ¿Y algo de síntesis para ayudar en el análisis?
Creo que hay un libro que sintetiza a la perfección las conexiones que se pueden establecer entre narración y forma fílmica. Se trata del Elementos de narrativa audiovisual de Gómez Tarín.
La potencia del manual reside precisamente en que es capaz de ir más lejos de la tiranía del mal manual de guionista (cada vez que leo títulos del tipo Cómo escribir guiones inolvidables siento ganas de prender fuego a la librería), para saltar hacia la comprensión en toda su complejidad de los sistemas de narración fílmica: sus contradicciones, sus chispazos, sus recursos, sus aplicaciones, y por supuesto, sus limitaciones. En cierto sentido, el libro de Gómez Tarín sintetiza los anteriores pero, a su vez, los compromete en tanto realiza una ordenación tremendamente compleja de sus materiales.
Por mi parte, en la próxima entrega, me alejaré de los manuales y los textos introductorios para hablar sobre los devenires de ciertas relaciones entre ensayo fílmico e Historia.
12.8.14
Los libros sobre cine (I): Una introducción temporal
(Esta propuesta surge de los tuits cruzados con @lauramsolano, @cinemaadhoc, @HaganSitio, @malpaso79 y @visual404exp . A ellos mi cariño y mi agradecimiento, y esperando no defraudar demasiado)
#01 - Por qué escribiré estos posts en primera persona
Del cine lo único que queda es una experiencia personal. Por eso fracasan tantos cineastas y por eso fracasamos también tantos analistas: por no asumir realmente las implicaciones subjetivas que tiene la visión, la escritura a propósito del cine. El truco de magia de la muerte del autor nos facilitó algo el camino, pero todavía no hemos llegado a ese punto de humildad necesario para entender que todo este juego es, en el fondo, un encuentro de subjetividades.
Mi apuesta, en síntesis, puede ser: en algún momento el cine nos salvó la vida -si no fue así, este no es su blog y puede invertir su tiempo en cosas mejores que seguir leyendo-, y reconocemos en los escritores de libros de cine nuestro mismo amor. Amor por la Supervivencia y por el Cine.
De ahí que, como todas las listas, los siguientes posts vayan a ser únicamente un montón de apuntes, recomendaciones y listas subjetivas que hablan de mi experiencia en el aprendizaje de un cierto desciframiento. No quiero ser especialmente riguroso, ni agotar lo que hay que decir, ni sentar ninguna cátedra. Lo pueden tomar como una propuesta bibliográfica a vuelapluma para los amigos, o simplemente, la confesión narcisista de un tipo pedante que ama este mundillo del que tiene la suerte de, mejor que peor, formar parte.
Por Supervivencia y por Amor. Comencé a leer ensayos cinematográficos simplemente porque quería ver mejor las películas. Mis películas favoritas -sobre todo El séptimo sello- me hacían sentir estúpido. Tenía ante ellas la sensación de que eran gigantescas, inabarcables, que respondían definitivamente a las cuatro cosas que realmente me han importado en la vida -el amor, el sexo, la muerte, la identidad. Pensé que leyendo libros sobre cine aprendería a disfrutar más las películas y, a riesgo de sintetizar demasiado, me topé con la pregunta del millón de dólares: ¿Cómo funciona un texto fílmico dentro de mi cabeza?
Casi todo lo que he leído y escrito en los últimos quince años intenta responder, con mayor o menor éxito, a esa pregunta.
Supervivencia ante la muerte, necesidad de aprender a hablar cine por Amor al cine. Imposición, además, de estar y pensar entre los mejores, de hablar su lenguaje. Y así cuando entraba en la biblioteca de la Facultad y me iba directamente a la sección PN.1995 me construí una mitología personal de títulos y analistas que nunca me han abandonado.
Ahora puedo confesarlo: nunca he entendido a los supuestos amantes del cine que no aman, a su vez, los libros sobre cine. Sobre todo los más complejos: los que se empeñan en apurar al máximo las distancias con la ontología de la imagen, los que suben las apuestas de la semiótica o del psicoanálisis, los ensayos de Deleuze. Volveré en otro momento sobre esta idea.
Pensar sobre cine. En cierta mesa redonda, Zunzunegui lo dijo muy clarito: "Es de muy mala educación intentar explicarle a la gente lo que ya ha visto en la pantalla". Una mala crítica puede escribirla cualquiera. Una buena crítica es un buen puñetazo en el inconsciente en mil palabras, una pirueta/piruleta experimental, un espacio mínimo de pensamiento en el que uno puede proponer una, dos, tres ideas.
Luego está el ensayo. En el ensayo uno tiene cien mil palabras para hablar de aquello que está a punto de enloquecerle. En el ensayo, como su propio nombre indica, el analista ensaya la solución a un problema capital de su existencia. No hay más que leer el Ingmar Bergman de Robin Wood, cualquiera de los libros de Donald Spoto o -sobre todo- el Cuerpo a cuerpo de Domènec Font para entender lo que quiero decir. En cien mil palabras caben varios meses de tu vida, y ahí estás tú, mañana tras mañana, noche tras noche, con el café y las películas intentando decir algo útil. De ahí que muchas veces el ensayo se abandone a medio escribir, porque exige un trabajo inconsciente brutal y las resistencias ganan la partida -yo mismo abandoné dos ensayos a medio escribir sobre Eyes Wide Shut y sobre Camino porque, simplemente, lo que ahí estaba escrito no podía (todavía) ser solucionado con mis herramientas.
Y luego, finalmente, está la Historia. A grandes rasgos, hay dos tipos de historias del cine: las muertas -enumeraciones escolásticas y aburridas, anecdotarios imbéciles sobre quién se tiró a quién en los camerinos de nosequé rodaje- y las vivas. Las vivas no dejan de ser ensayos escalofriantes, portentosos, a veces simplemente paralizados ante un fragmento concreto de un periodo histórico, incluso cuando se equivocan de manera tan maravillosa como el Caligari de Kracauer. El alemán, por cierto, como en tantas otras cosas, acertó de pleno metiendo la pata hasta el corvejón: nos demostró que lo importante no es tanto la Historia del Cine como el Relato del Cine.
La Historia, en sí, es un esqueleto aburrido de esperar en una estación de tren vacía. El Relato es todo lo que tiene que ver con el Amor y la Supervivencia - esto es, con el Cine.
Por lo tanto, durante los próximos días voy a publicar algunas listas con varios títulos que surgen más del temblor personal y que, de alguna manera, han sido buenos compañeros en el camino. Para ello, y gracias a los cómplices de tuiter que dispararon este post, voy a dividirlo en varias entradas:
a. Las palabras y los films: Los libros iniciáticos, los más básicos, los que contienen las herramientas básicas para pensar la estética -y la Historia- cinematográfica.
b. Las Historias Vivas: Los ensayos sobre momentos de la Historia del Amor y la Supervivencia en el Cine. Los que colapsan un momento determinado del devenir fílmico y lo exprimen.
c. Los libros en llamas: Los ensayos que llevan el pensamiento cinematográfico a otro nivel. Libros que, en palabras de Mar Marcos, deben leerse con un café y un paquete de cigarrillos los domingos por la tarde.
Va de suyo que ni estarán todos los que son, ni serán todos los que están. Sírvanse ustedes de los comentarios de este blog para señalar ausencias, renuncias, propuestas y agujeros. Una de las mejores cosas de los libros sobre cine es -no se lo van a creer-, simple y llanamente, poder compartir con otros cómplices nuestros traumas disfrazados tras las páginas de un libro sobre cine.
Mi apuesta, en síntesis, puede ser: en algún momento el cine nos salvó la vida -si no fue así, este no es su blog y puede invertir su tiempo en cosas mejores que seguir leyendo-, y reconocemos en los escritores de libros de cine nuestro mismo amor. Amor por la Supervivencia y por el Cine.
De ahí que, como todas las listas, los siguientes posts vayan a ser únicamente un montón de apuntes, recomendaciones y listas subjetivas que hablan de mi experiencia en el aprendizaje de un cierto desciframiento. No quiero ser especialmente riguroso, ni agotar lo que hay que decir, ni sentar ninguna cátedra. Lo pueden tomar como una propuesta bibliográfica a vuelapluma para los amigos, o simplemente, la confesión narcisista de un tipo pedante que ama este mundillo del que tiene la suerte de, mejor que peor, formar parte.
#02 - Por qué leo libros sobre cine
Por Supervivencia y por Amor. Comencé a leer ensayos cinematográficos simplemente porque quería ver mejor las películas. Mis películas favoritas -sobre todo El séptimo sello- me hacían sentir estúpido. Tenía ante ellas la sensación de que eran gigantescas, inabarcables, que respondían definitivamente a las cuatro cosas que realmente me han importado en la vida -el amor, el sexo, la muerte, la identidad. Pensé que leyendo libros sobre cine aprendería a disfrutar más las películas y, a riesgo de sintetizar demasiado, me topé con la pregunta del millón de dólares: ¿Cómo funciona un texto fílmico dentro de mi cabeza?
Casi todo lo que he leído y escrito en los últimos quince años intenta responder, con mayor o menor éxito, a esa pregunta.
Supervivencia ante la muerte, necesidad de aprender a hablar cine por Amor al cine. Imposición, además, de estar y pensar entre los mejores, de hablar su lenguaje. Y así cuando entraba en la biblioteca de la Facultad y me iba directamente a la sección PN.1995 me construí una mitología personal de títulos y analistas que nunca me han abandonado.
Ahora puedo confesarlo: nunca he entendido a los supuestos amantes del cine que no aman, a su vez, los libros sobre cine. Sobre todo los más complejos: los que se empeñan en apurar al máximo las distancias con la ontología de la imagen, los que suben las apuestas de la semiótica o del psicoanálisis, los ensayos de Deleuze. Volveré en otro momento sobre esta idea.
#03 - Análisis vs. Crítica (vs. Historia)
Pensar sobre cine. En cierta mesa redonda, Zunzunegui lo dijo muy clarito: "Es de muy mala educación intentar explicarle a la gente lo que ya ha visto en la pantalla". Una mala crítica puede escribirla cualquiera. Una buena crítica es un buen puñetazo en el inconsciente en mil palabras, una pirueta/piruleta experimental, un espacio mínimo de pensamiento en el que uno puede proponer una, dos, tres ideas.
Luego está el ensayo. En el ensayo uno tiene cien mil palabras para hablar de aquello que está a punto de enloquecerle. En el ensayo, como su propio nombre indica, el analista ensaya la solución a un problema capital de su existencia. No hay más que leer el Ingmar Bergman de Robin Wood, cualquiera de los libros de Donald Spoto o -sobre todo- el Cuerpo a cuerpo de Domènec Font para entender lo que quiero decir. En cien mil palabras caben varios meses de tu vida, y ahí estás tú, mañana tras mañana, noche tras noche, con el café y las películas intentando decir algo útil. De ahí que muchas veces el ensayo se abandone a medio escribir, porque exige un trabajo inconsciente brutal y las resistencias ganan la partida -yo mismo abandoné dos ensayos a medio escribir sobre Eyes Wide Shut y sobre Camino porque, simplemente, lo que ahí estaba escrito no podía (todavía) ser solucionado con mis herramientas.
Y luego, finalmente, está la Historia. A grandes rasgos, hay dos tipos de historias del cine: las muertas -enumeraciones escolásticas y aburridas, anecdotarios imbéciles sobre quién se tiró a quién en los camerinos de nosequé rodaje- y las vivas. Las vivas no dejan de ser ensayos escalofriantes, portentosos, a veces simplemente paralizados ante un fragmento concreto de un periodo histórico, incluso cuando se equivocan de manera tan maravillosa como el Caligari de Kracauer. El alemán, por cierto, como en tantas otras cosas, acertó de pleno metiendo la pata hasta el corvejón: nos demostró que lo importante no es tanto la Historia del Cine como el Relato del Cine.
La Historia, en sí, es un esqueleto aburrido de esperar en una estación de tren vacía. El Relato es todo lo que tiene que ver con el Amor y la Supervivencia - esto es, con el Cine.
#04 - Una taxonomía inútil
Por lo tanto, durante los próximos días voy a publicar algunas listas con varios títulos que surgen más del temblor personal y que, de alguna manera, han sido buenos compañeros en el camino. Para ello, y gracias a los cómplices de tuiter que dispararon este post, voy a dividirlo en varias entradas:
a. Las palabras y los films: Los libros iniciáticos, los más básicos, los que contienen las herramientas básicas para pensar la estética -y la Historia- cinematográfica.
b. Las Historias Vivas: Los ensayos sobre momentos de la Historia del Amor y la Supervivencia en el Cine. Los que colapsan un momento determinado del devenir fílmico y lo exprimen.
c. Los libros en llamas: Los ensayos que llevan el pensamiento cinematográfico a otro nivel. Libros que, en palabras de Mar Marcos, deben leerse con un café y un paquete de cigarrillos los domingos por la tarde.
Va de suyo que ni estarán todos los que son, ni serán todos los que están. Sírvanse ustedes de los comentarios de este blog para señalar ausencias, renuncias, propuestas y agujeros. Una de las mejores cosas de los libros sobre cine es -no se lo van a creer-, simple y llanamente, poder compartir con otros cómplices nuestros traumas disfrazados tras las páginas de un libro sobre cine.
4.8.14
En la palabra arrasada por el fuego. Notas desde el Arenal Sound 2014
Bajaron desde las atalayas de Levante los cuerpos distantes quemados por el sol o las niñas de Leeds que le pegaban al costo por las estaciones de Cercanías que atraviesan la línea que sube desde Valencia para celebrar la belleza antes de la danza del último verano -yo he estado siempre un poco enamorado de Jimena Queijo, la bajista de Gatomidi, y me la perdí porque andaba todavía encerrado en la oficina soñando en dirección contraria de la Dirección Por Objetivos-, y así las calles eran la extensión patria y dubitativa de Spring Breakers...
[aquí es importante hacer un inciso: los que criticaban el cartel del Arenal Sound por estar demasiado orientado a una chavalada postadolescente sin ínfulas hipsteriles quizá llevaban razón pero también se equivocaban en tanto los verdaderos canis de la cosa se quedaron en la puerta pegándole al MDMA, bárbaros y crucificados en su analfabetismo, los auténticos protagonistas de la versión cañí de la cinta de Korine de los que nada queremos saber los cinéfilos apóstoles de la película de marras, lo dejo por escrito]
Por la tarde se hacía música y por la madrugada pinchaban los djs de la cosa con el arabesco poligonero de la Comunidad Valenciana. Nos habíamos pasado ya demasiados kilómetros y sesiones de diván, habíamos leído demasiado a Freud y nuestro trauma estaba ya lo suficientemente localizado como para clavarse en ese techno de extrarradio, himno lumpen, es decir, para decirlo claramente y con otras palabras: el techno que nos recuerda a los exiliados del éxito que nunca tuvimos una oportunidad en serio con las gogós ni con las rubias de bote del tribal, Dios las bendiga.
Nadie escribe la crítica que me interesa del Arenal, la de la niña que iba tan ciega que se violó a sí misma con los ojos cerrados durante la actuación de Biffy Clyro, la de lo que pensaste cuando tocaba Ivan Ferreiro, la de la tipa solitaria y visiblemente embarazada que fumaba un Nobel detrás de otro mirando con gesto de horror la actuación de Triángulo de amor bizarro. Nadie escribe a propósito de Alison -de la que escribí por aquí y a la que volví a encontrarme-, que andaba de bajada de su propio rostro, un rostro/máscara que me recordaba el sonido que le sacaba la peña de Miss Caffeina a MM en el directo. Alison, que era una de las mujeres más guapas que he conocido en la vida, se ha acostumbrado a meterse un pollo en los baños de Barajas antes de acudir a negociar contratos y aunque me jure que Ha tenido un año de puta madre yo sé que anda destrozada de escucharse a sí misma y no tener otra voz con la que compararse. Me recomendó a una cantautora nueva de Oslo pero he olvidado su nombre y, unas horas después, mientras Placebo atacaba Meds y aquello soñaba como Dios supe que no quería recordarlo nunca. Alison se marchó a las tantas puesta de Droga Caníbal diciéndome que ya nos veríamos el domingo. No. No nos vimos.
Por la tarde se hacía música y por la madrugada pinchaban los djs de la cosa con el arabesco poligonero de la España engalanada que acude al Arenal para saludarse, darse la mano, marujear, ver y dejarse ver como costaleros del Levante Inmortal. Por ir, fue hasta Alberto Fabra, con la coña aquella de la camiseta. Intuyo que en las frondosas y sensuales oscuridades del camping se ha jugado mucho a la ruleta de la ETS y en unos nueves meses los paritorios de la contorná recibirán cuerpos trágicos conjurados en un orgasmo brutal -dos desconocidos en la tienda: él piensa en Azealia Banks, ella en el cantante de Bastille. Por mi parte, recorro silencioso y con los ojos recientes por la pérdida el recinto fantasma del Festival, en el que ahora ya sólo queda la sinfonía de los vasos de plástico, chustas, moras, cáscaras de pipa, pulseras rotas, olor a cerveza, todos los fantasmas que pueden resistirme hoy, en la palabra arrasada por el fuego.
27.3.14
"Los canallas" de Claire Denis en "Miradas de Cine"
Aquí os lanzo una pedrada/crítica sobre un excelentísimo film en la que mezclo angustias, cupcakes, coleópteros, y sobre todo, mucha canalla. Demos gracias a Denis por el pedazo de cinta que nos ha dejado en el recibidor.
Se puede leer tal que aquí.
24.6.13
Passion/De Palma/El programa de las casas de la Sexta
1.
En uno de los momentos de En Passion, la película rodada por Ingmar Bergman en 1969, Max von Sydow descubre el cuerpo de un cachorrillo ahogándose horriblemente al ser colgado de la rama de un arbol cualquiera de la isla de Farö.
2.
La fascinación de la empresa. La fascinación de la fotografía en clave alta con espacios gélidos -pero no demasiado- y cuerpos gélidos -pero no demasiado- y salas de reuniones y botellas y ordenadores Mac y gestos de maldad pura -pero no demasiada. Los parias de la tierra andan fascinados lamiendo las puertas de las grandes corporaciones, se enchufan los putos programas en los que familias convencionales con tres hijos enseñan sus tres plantas y sus habitaciones con espacios gélidos, y Macs, y gestos de maldad pura -pero no demasiada. La peli de De Palma a veces parece una versión sardónica de ¿Quién vive ahí? y otras una versión así como light y digerible de La cuestión humana.
El problema de la empresa y el cine se repite sistemáticamente, con El capital, con El método, con Passion, pero a veces uno tiene la intuición de que algo no termina de cuadrar, de encajar, como si Costa-Gavras o De Palma no hubieran estado nunca once horas delante de un ordenador realizando una tarea mecánica, monótona y desesperante, y en su lugar filmaran la postalita empresarial de denuncia, la pancarta de la manifestación, en un falso encuadre de sabor publicitario que lo mismo podría vender perfumes que crímenes.
Y no quiero decir que Passion no me parezca una cinta notable. De Palma parece uno de los pocos directores que se molesta en mirar por el combo mientras dirige para pensar y levantar un plano. También parece lo suficientemente lúcido como para autocitarse una y otra vez, sistemáticamente, haciendo de todo el metraje un apabullante espectáculo onanista en el que la cita y la construcción del encuadre están por encima de todo discurso.
De Palma ha sublimado hasta lo genial el discurso fílmico del encefalograma plano, jugando con mujeres hermosísimas de anuncio de Lancôme, un guión erosionado, fláccido, tramposo y remotamente divertido -el mismo guión de siempre, con las trampas de siempre y los personajes de siempre-, en el que de pronto la intuición de un Acontecimiento destella y nos recuerda lo lejos que estamos de la TV Movie, y a su vez, lo lejos que puede llegar De Palma.
3.
Passion debería haberse titulado, a la contra del programa de las casas, ¿Quién muere ahí?
También ¿Quién folla ahí? o ¿Quién mata ahí?
4.
Noomi Rapace.
Creo que estoy enamorado de Noomi Rapace, o de la huella que Noomi Rapace deja en la pantalla. Hace años, escribiendo un artículo sobre la primera parte de la Trilogía Millenium, recuerdo estar horas deletreando las escenas, sin sentir ningún tipo de interés por ella. Ahora entiendo que su mímesis con Lisbeth Salander era tan brutal que ella estaba apenas agazapada tras el magma de costra, piercings, y postureo cybergótico aburrido.
Cuando la Rapace emergió de la ducha, se dejó flequillo y se convirtió en la nínfula de un cuento empresarial perverso, allá por el minuto diez de metraje, comprendí que estaba enamorado de ella. O de la huella que deja en la pantalla.
5.
No he olvidado al cachorro de Bergman agonizando en Farö. El gesto de von Sydow durante todo el metraje, que es un gesto de ternura en la desesperación, porque Bergman necesitaba aferrarse al corazón del Otro, suplicar el cuidado del Otro, y por eso murió en paz. Porque su cine necesita del amor, se alimenta del amor desquiciado en el límite de la autodestrucción. Por eso, además, su cine es inmortal.
En De Palma el amor resulta incomprensible -Blowout- o épico -Los intocables-, pero en general esquiva con paciencia esa peligrosa idea de que exista un Otro al que amar. Passion sabe algo de un amor caníbal y homicida, con esa bellísima excepción que encapsula en la media pantalla dividida del Preludio a la Siesta de un Fauno de Debussy. Sin embargo, esa delicada construcción sólo se mantiene por su superposición con el homicidio. Ese es el pánico. Cuando la imagen pretende acariciar, su mano se convierte en una cuchilla afilada.
6.
Lo mejor de Passion, sin duda, es esa posibilidad de que una mujer -Rachel McAdams- pueda autofornicarse con un Otro plástico de máscara y dildo. Ahí es donde De Palma clava el dardo en el centro mismo de la diana y se lleva el Premio Gordo de la Puta Verdad Postmoderna. El cortocircuito del deseo del sujeto se convierte en algo hermético, algo que está incluso más allá del peor delirio que puede fantasear un aspirante a lacaniano: utilizar el cuerpo del otro para que sea un yo, que a su vez, me folle. Es, por lo demás, una cifra escandalosamente brillante de la reescritura de la máxima de la psicósis -Yo no soy Yo: Yo soy Otro-, que ahora se convierte en la máxima del ser postmoderno -Yo necesito ser Yo necesito ser Yo necesito ser Yo, ya que en mi universo no cabe nadie más.
Sólo por ese gesto, por esa máscara, por esa sugerencia, Passion está por encima del noventa por ciento de lo que se estrena. Claro que igual Passion en España, ni se estrena. Se estrenará tarde. O mal. O en pocas salas. Y tampoco resulta extraño.
La gente está viendo ¿Quién vive ahí? , pero nadie parece darse cuenta de que en todas esas casas maravillosas, en todos esos jardines maravillosos, en todas esas ramas maravillosas, hay una legión de cachorros asfixiándose siempre, a todas horas, sin límite, sin esperanza, en una agonía total que no terminará nunca.
Nunca.
21.5.13
Apuntes a propósito de "El Gran Gatsby" (II)
7.
Cuántos frames desfilan en el interior de una mirada. Cuántos se olvidan automáticamente, se desvanecen, todas esas imágenes inútiles para-el-olvido, imágenes que no dicen nada.
En mi pequeña búsqueda hay apenas unas pocas preguntas importantes. Una de ellas es: "¿Cómo funciona una película?". La búsqueda de los procesos de significación fílmica es algo que me ha obsesionado prácticamente desde mis primeras lecturas teóricas. Y nunca he encontrado ni una única certeza que pueda compartir con vosotros. Vuelvo a formularla: "¿Cómo funciona de verdad una película?". Es decir, ¿dónde está el truco de magia? ¿En el relato? ¿En la forma fílmica? ¿En el estímulo estético? ¿En las sugerencias inconscientes que desata? ¿En los procesos de identificación?
Dicho de otra manera: ¿por qué algunas películas nos obsesionan? O mejor todavía: ¿por qué algunas películas me obsesionan? (Y es que, habría que añadir, si la obsesión es una cuestión personal, la recepción de las películas debe ser también una cuestión de conexión de individualidades, o dicho de otra manera, la cinta no existe fuera del espectador, pero, ¿quién demonios es mi espectador y por qué siente lo que siente? Y, de ser así, ¿qué sentido tiene la crítica si no es más que un intento fracasado de antemano para conectar intimidades entre extraños?)
Hay un psicoanálisis que propone que es el inconsciente en el que realmente transita los textos y creo que pueden ir por ahí los tiros. Sin embargo, el psicoanalista medio(cre) se equivoca cuando acaba reduciendo todo a un ejercicio de encontrar la imago maternal perdida. El Edipo es una herramienta incompleta para pensar el análisis fílmico porque ofrece una solución a cualquier problema de formulación de la forma fílmica antes incluso de que podamos plantearlo. Por ahí no se puede pensar nada.
El cine obsesionante casi siempre habla de la pérdida. Y el psicoanalista medio(cre) concluye, con un gesto de iguana satisfecha: la pérdida de la imago fantasmática. Y a tomar por culo. Como si lo único que hubiera perdido en la vida hubiera sido a mi madre. Como si lo único que se perdiera es a la madre, una y otra vez, una y otra vez.
Pero eso piensan ellos. No sé si lo creen, pero lo piensan.
8.
Que el cine obsesionante lleva a la necesidad de la comunicación también parece un dato importante. Uno (re)conoce los mismos gestos de angustia y felicidad obsesiva en algunos cómplices -ahora mismo me consta que la divergente Arantxa Acosta está enferma de mi misma obsesión, y compartimos una intimidad de fantasmas distanciados-, generando una secta de huérfanos enganchados a un gesto rodado, a una frase, a un tic para entender el cine.
Tardé casi seis años en salir de Moulin Rouge.
En el momento en el que me descubrí escuchando la banda sonora de El gran Gatsby en el coche supe que Luhrmann me había regalado otro billete hacia la catástrofe. Y quiero destacar: es Luhrmann y su trazo delirante, no Fitzgerald, ni Jack Clayton. Es el texto fílmico, completamente desligado de su referente literario, sin ninguna necesidad de comparecer ante ningún estúpido tribunal de aburridos teóricos literarios. Qué puta pereza la gente que piensa que una película es una novela filmada. Qué puta pereza, en serio.
9.
En cierta ocasión escuché a otro psicoanalista esbozar una teoría interesante. Partiendo de unos párrafos de La interpretación de los sueños, defendía que el visionado cinematográfico funcionaba como una división brutal de los puntos de vista. El espectador no conecta con un único personaje, sino que se arroja sobre varios, se rompe como en un espejo, se convierte en una suerte de materia identificatoria líquida que fluye entre los filos del texto. Y lo hace, generalmente, contra su voluntad.
[Llamo a L.S. a la salida de la sala y le pregunto: "¿Has visto ya El gran Gatsby?" y me dice "No me ha gustado demasiado" y yo me siento enfermo porque detecto en su tono de voz que ha tenido miedo, que ella se ha frenado al borde del precipicio, que no ha querido transitar -con mi fantasma o con el de otro, tanto da- el primer gesto de Carey Mulligan al escuchar la palabra Gatsby, y no ha querido hacerlo porque la luz verde de Luhrmann es abrasiva, es horrible, es una luz de cuerpo putrefacto, y creo que L.S. ha ido al cine con un amigo que llevaba una camisa blanca y que ha dicho algo del tipo No entiendo por qué en una peli clásica ponen música moderna, y yo me siento todavía más enfermo, y luego me pregunto si L.S. se habrá follado al tipo de la camisa blanca y luego subo la música y el tema, por si os interesa, es Over the love de Florence + The Machine]
El problema mayor de la obsesión por el texto cinematográfico tiene, creo, dos vertientes en las que todavía queda mucho por explorar: la cuestión de la identificación y la cuestión del punto de vista. No es lo mismo. Y, en cualquier caso, hoy ya es tarde para hacer Gran Teoría Fílmica.
Hoy ya nadie cree que se pueda decir la Verdad sobre el cine.
Verdad.
Libertad.
Amor.
Belleza.
10.
En la página 20 de El tiempo del después, Jacques Rancière escribe: "El cine, digan lo que digan, no está hecho para los sueños". Y aunque el libro sea maravilloso, Rancière no deja de ser un filósofo que quiere escribir sobre cine. Tiene que distanciarse de la pura verdad: si la teoría de la múltiple identificación psicoanalítica es cierta, entonces, el cine está encarnado y experimentado como un sueño. Y entonces entendería por qué El gran Gatsby me obsesiona: por la abrasadora verdad que encierra el desgarro Jay/Daisy. Su sabor está atravesado por la tensión entre pasado, cobardía e insatisfacción. Si en Moulin Rouge los protagonistas únicamente tenían presente, en la última propuesta de Luhrmann, los protagonistas son un parpadeo que no dura más de diez minutos de metraje. Pero son esos diez minutos en los que todo es posible, en los que Young and Beautiful invade sin fisuras la posibilidad de una mentira, la posibilidad de la mentira que le exigimos al cine.
Rancière seguro que cierra los ojos en esos diez minutos. Igual que L.S. Igual que todos los niños que no quieren ver la aparición del monstruo en un film de terror pero que, sin embargo, saben que en los fotones que se proyectan sobre sus manos se escribe la cifra profunda de su miedo.
Si el cine no está hecho para (como) los sueños, entonces nadie sentiría nada frente a una pantalla. Y si eso fuera posible, si nos quedáramos con la dimensión puramente social, ideológica, política de una película, ¿no destruiríamos la posibilidad de ahondar en la verdad del sujeto? ¿Quién era Gatsby? La respuesta es sólo una: una minúscula pero valiosa parte de nosotros mismos.
Y con eso, por el momento, basta.
19.5.13
Apuntes a propósito de "El gran Gatsby"
1.
Cuando Edison soñaba el cine como una caja para atrapar "la presencia de los muertos". Cuando las calles ardían bajo el crepúsculo de todas las promesas, el gran funeral de los apóstoles del espíritu y la razón, el billete en primera clase hacia el futuro y las prostitutas encerraban en sus secreteres el placer de un siglo recién estrenado, y cuando creímos -es una zona lingüística llena de turbulencias- en que el amor podría anclarnos en todo eso que los demás despreciaban: la literatura, la narración, el relato. Después el silencio se forjó entre todos nosotros y Gatsby emergió como un zombie reptando por entre las fisuras de todo aquello que nos habíamos prometido.
Luhrmann quiere reinveintar los que ocurrió en las prórrogas de la razón. Y por eso su cine nos pertenece.
2.
Como todos los autores, Luhrmann tiene una ouija sobre la mesilla de noche y la consulta en los grandes momentos de pánico. También tiene una colección de estilemas que llevó hasta el límite en la que, salvo sorpresa, es su obra maestra, el non plus ultra de su aullido postmoderno: Moulin Rouge. Todo lo que ruede después será siempre la misma deuda o el retorno hacia lo mismo, los palos de ciego hacia la fábula, hacia ese precario equilibrio que levantó entre las cuatro palabras clave que hoy resultan impronunciables: amor, belleza, verdad y libertad. Hay que realizar un esfuerzo supremo por no echarse a llorar o por no emitir terroríficas carcajadas al pronunciar esas cuatro palabras, venga hombre, lo mismo que ocurre al volver a leer a Bazin, lo mismo que ocurre al volver a leer a Viktor Frankl, lo mismo que ocurre cada vez que nos miramos al espejo.
Moulin Rouge era el ensayo para cumplir el sueño de Edison, para bucear en una de las más importantes naturalezas del cine: un cine para los muertos, consumido por muertos, explícito en el cadáver como su cifra máxima. El gran Gatsby recupera esa misma idea y es capaz de mantener la mirada en la dirección correcta: la putrefacción tiene siempre un cierto deje nostálgico. Los besos sobre la piel muerta también son besos.
3.
Luhrmann sólo sabe rodar bien tres cosas: el amor, el cadáver y el delirio. A excepción de Australia -que no es sino su gran error, su catástrofe absoluta y por la que, sin duda, pagó un alto precio personal-, el resto de su obra gira en torno a esos tres vértices. En el comienzo era el Verbo, y el Verbo decía La mujer que amé ahora está muerta, y el Verbo se hizo cadáver, esto es, nostalgia. En sus películas hay siempre un cadáver, un beso y una fiesta. No es de extrañar que la novela de Fitzgerald encaje a la perfección en las directrices de su desgarro. Luhrmann rueda la fiesta sugiriendo el amor delirante que encierra, y rueda el amor como si fuera un cadáver que viene a toda velocidad a invadir nuestra cama.
No sabe rodar nada más. No sabe rodar una cena, una conversación -la escena del hotel, por ejemplo, es una vergüenza en términos de planificación-, no sabe rodar a un hombre trabajando o a dos amigos reencontrándose. Sus fantasmas son tan exigentes y le hablan con una precisión tan terrorífica que no puede generar un buen plano sin ellos susurrándole tras el oído. Sin embargo, cuando El gran Gatsby admite abiertamente su naturaleza de sesión espiritista en 3D la cinta comienza a crecer, a crecer, a despegar hacia territorios de una potencia visual desoladora, territorios que funcionan como espejos y como estanques y como páginas arrancadas de un obituario que mece el viento tras una tormenta nuclear. Y ahí aparece otro cine, nuestro cine, el cine que reconozco como propio y por el que sería capaz de quemar mi casa, si algún Dios delirado así me lo exigiese.
4.
¿Qué es lo que ha perdido el cine? Amor. Belleza. Verdad. Libertad.
5.
El encuentro entre Fitzgerald, Lana del Rey, Carey Mulligan y el universo de Luhrmann es una de las cosas más escandalosamente mágicas y dolorosas que he visto en una sala de cine. Pero eso es demasiado íntimo. Todo El gran Gatsby es demasiado íntimo. No hay que dejarse engañar por los decorados barrocos, ni por las extravagancias del trabajo de cámara, ni por la barbarie rotoscópica. En el fondo El gran Gatsby es una cinta con dos personajes, una luz verde y una canción de Lana del Rey. Y una única línea de diálogo: Uno no puede repetir el pasado.
6.
Uno no puede repetir el pasado.
No podemos volver a casa - Nicholas Ray
Ya no tengo ilusiones. Las perdí en el curso de mis viajes. Ahora sólo quiero regresar a casa - Tomaz Pandur.
16.5.13
Phil Spector + Al Pacino + David Mamet + HBO
Ayer se emitió en Canal+ por primera vez en España la TVMovie Phil Spector. Desconozco cuál fue la calidad de la traducción y del doblaje, ya que tuve la oportunidad de verla hace unas semanas gracias a la copia oficial torrentiana que se distribuía de tapadillo por las charcuterías de la cinefilia. Mentiría si dijera que no tenía ganas de hincarle el diente al niño de Mamet, que por lo demás, venía precedido de una moderada polémica.
Ahora bien, Phil Spector no deja de ser una propuesta cojitranca de un director en horas bajas. Mamet se desplomó del caballo progresista y publicó en Newsweek una afilada crítica contra la izquierda norteamericana. En paralelo, se desplomó también creativamente con dos de sus más sonados fracasos: aquel sindiós infumable titulado Cinturón Rojo y el derrape de su obra de teatro The anarchist. No es de extrañar que se sintiera atraído por la figura de Spector: maestro de la caída libre, fanático de las armas, profeta pasado de moda que vaga como un fantasma por una mansión deshabitada... Mamet y Spector son dos caras de la misma moneda, ideológica y artística.
La vida tiene un sentido del humor profundamente amargo. Spector comenzó a soñar con un biopic sobre su vida desde finales de los sesenta, y el proyecto pasó durante más de tres décadas por todo tipo de directores y guionistas con una única condición: Al Pacino debía ser el protagonista. Mientras Ronnie Spector le pegaba a la botella y vomitaba escaleras abajo, su marido se encerraba y veía una y otra vez El Padrino. I love how you love me, y tal. La cinta nunca llegó a rodarse porque los guionistas, simple y llanamente, nunca supieron cerrar la historia. Spector, después del Imagine, se hundió en la más absoluta de las miserias. Acuciado por la locura, despreciado por las discográficas, con su Muro de Sonido pasado de moda, Lennon muerto, Ronnie denunciándole, su hijo biológico muerto, su hijo adoptivo muerto de SIDA tras trabajar de chapero en LA... ¿Dónde terminaba la película? ¿Cuál era la última frase del guión?
Finalmente, en 2013 se estrena Phil Spector y Mamet no esconde sus cartas. Su hermano íntimo en el fracaso y en la pólvora es inocente. Cumple una condena por un homicidio que no cometió. Se inmoló de cara a la opinión pública como única salida para encarar una locura imposible de contener. El sistema judicial norteamericano está podrido hasta la médula. Noventa minutos de hagiografía de Spector, pero sin un maldito truco visual que conecte música y locura. Noventa minutos sin vida.
Para contar la historia de Spector hubiera sido necesaria una mirada fílmica que conociera con precisión las conexiones que se establecen entre cultura pop y enfermedad mental. La de Anton Corbijn, por ejemplo. O la de Michael Winterbottom. Una mirada capaz de explicar cómo late el corazón de un títere que se asfixia con sus propios hilos, que hable de la incapacidad del amor, de la incapacidad de la paz, de ese crujido que emite el disco de vinilo antes de que comience la guerra. Hubiera sido necesario emocionarse, reinventar a Spector para arrojarlo con toda la furia posible contra el tapiz del pop contemporáneo, recordar cómo le humillaron Starsailor y Celine Dion, reformular su soledad, y finalmente, absolverle de su mayor crimen: haber existido y habernos ofrecido todo lo que tenía dentro como una bellísima mentira. Nunca le perdonaremos a Spector que nos besara con esa sonrisa podrida de sangre y vísceras -You know I will adore you till eternity-, ya que en el fondo la vida de Lana Clarkson y su dentadura desparramada por el salón nos importa un huevo. El dolor es otro. La película de Mamet debería haber sido otra.
Pero Mamet fracasa. Al Pacino fracaso. La propia música fracasa. Y al hacerlo, fracasa también el cine mismo en su posibilidad de llegar a la verdad que nos espera en el siglo XXI. Títeres asfixiados, genios carcomidos, señoritas que iban para actrices asesinadas, un Arcángel pegándole al crack en la parte de atrás de una jukebox, aquellas canciones, aquellas canciones, aquellas canciones llenas de polvo, de noche, de sangre, de mierda, de pólvora. De dolor.
14.5.13
Crítica: "Stoker"
Hay
una cierta verdad en el cine de Park Chan-wook que pasa por la potencia
descarnada de la forma fílmica.
(Imagino que escribiendo esta
primera frase ya habré horrorizado lo suficiente al lector casual, incauto, que
espere una crítica a-lo-Fotogramas, así que por favor, no inviertan su tiempo
escribiendo las habituales quejas de: “¿Por qué no escribes para que la gente
te entienda?”. De nada).
En
general, hay directores que creen que la verdad de sus cintas reposa en lo que
dice su guión y que aderezan, en algunos casos con gran talento, las peripecias
narrativas con una serie de maniobras de estilo heredadas del MRI. Al otro lado
del espectro, hay creadores puros de cine, prestidigitadores que pueden rodar
con riesgo y precisión la trama más descabellada del mundo. Yo siempre he
sospechado que a Park Chan-wook le importan un bledo sus historias, que admite
con frivolidad y alegre desparpajo el hecho mismo de rodar truculencias
descabelladas, tremendísimas e incomprensibles vueltas de tuerca narrativas sin
el menor sentido, destarifos, locuras, barbaridades.
Stoker,
a nivel de guión, es un despropósito de dimensiones descomunales. Y sin embargo
–todo el cine del director se despliega en la misma dirección-, es una película
increíblemente potente, estremecedora, una película que se construye
precisamente en su voluntad de construir un universo. Es imposible que le guste
a esa gente que piensa que el cine es un libro rodado, esos que comentan las
cintas diciendo “Pues va de una mujer…”, los que niegan las imágenes para
quedarse en la anécdota, el chiste, la graceja. Dicho en otras palabras: Stoker
es un perfecto detector de analfabetos cinematográficos.
Cuando
Bazin dijo aquello –mil veces citado, pocas veces reflexionado hasta sus últimas
consecuencias- de “Por otra parte, el cine es un lenguaje”, le lanzó una losa
terrorífica al espectador. Hablamos cine, pero sus mecanismos expresivos –las formas
fílmicas- no están al alcance del espectador medio, muy ocupado en intentar
entender, por lo general, de una manera bobalicona y algo grisácea, quién está
liado con quién y quién es el malo de la película. El espectador medio odia el
cine, y en su lugar quiere una viejecita avejentada que le acune, le
retrotraiga a la infancia o le entretenga. Cada vez que alguien dice que el
cine es entretenimiento, me llevo las manos a la pistola.
Y
ahí entra Park Chan-wook, con ese desprecio honesto por las expectativas del
espectador medio, con sus ganas de dar por el culo a base de belleza, ese
placer de contemplar un fundido, un corte de plano, una montaje paralelo y
notar un verdadero estremecimiento, una tensión cinematográfica plena. Todo es
forma, bendita, directa, gloriosa forma. Y en la superficie de ese caos, de esa
montaña rusa en la que nada tiene sentido, hay pequeñas descargas de violenta e
irreductible verdad que se cuelan por las junturas del texto. Un simple
ejemplo. Casi al final de la película, el personaje interpretado por Nicole
Kidman dirige un monólogo extremo y desgarrado a su hija. Chan-wook mantiene el
plano, se apoya sobre la mirada perdida de la actriz, generando imposibles sugerencias sobre el punto de vista. El director recoge primorosamente con su óptica la tensión
de la escena hasta donde es humanamente posible, haciendo que el trabajo de cámara cobre una nueva dimensión, una dimensión construída única y exclusivamente a base de odio. Eso es el cine, el cine que habla cine.
Y es que si
el cine es un lenguaje, entonces probablemente se puede permitir el lujo de
escupir, aullar, gruñir y gemir en cine.
Y ahí entra Chan-wook y hace un desfile animalesco y arriesgado de muecas, de
tics, de trucos de magia. Su cine se vuelve radicalmente sensual, un aquelarre
de manierismos, todo eso que les hubiera gustado hacer a los creadores de Dexter pero que sólo consiguen una o dos
veces por temporada.
Por
lo demás, yo les enchufaría una copia de Stoker a todos los defensores del cine
de Clint Eastwood, los zombies de los sótanos cinéfilos y académicos que siguen
pensando que no se ha rodado nada interesante desde El padrino, las polillas
empachadas de tanto clasicismo que creen encontrar en cada texto diatópico la última
prueba de la descomposición política de Occidente. Yo me hubiera enamorado –lo estoy,
un poco, supongo- de India Stoker y me hubiera pirado con ella a disparar a
todos los chinos de buen corazón que conducen su Gran Torino, los deportistas
amigos de Mandela, los listos del pueblo. Corren tiempos salvajes, y es
necesario que el cine siga vomitando sangre. Pero que no lo haga en forma de
literatura –la literatura en sus formas convencionales está todavía más muerta
que el cine en sus formas convencionales, lo que ya es decir-, ni lo haga
contentando a académicos ni a maripuris aburridas que se masturban con la foto
de Mario Conde. Préndenos fuego, Park Chan-wook. Préndenos fuego.
6.5.13
Apuntes sobre "The lords of Salem"
01.
Tenemos derecho a esperarlo casi todo de Rob Zombie.
Tenemos derecho a esperar que tenga valor, que nos haga aullar de pánico y de dolor, que sus películas comiencen precisamente allí donde terminan las de Malick, que construya paisajes extraños, que nos vomite nuestra propia Historia del Cine, que nos haga temblar, que sea más importante que toda esa tonelada de nombres escritos en los libros que nos leímos en la Facultad, la Historia del Cine de Gubern, la Histeria del Cine de Méndez Leite, la Pústula del Cine, pero mira, aquí en mi interior, si te asomas, podrás ver a Rob Zombie prendiéndole fuego a Candilejas, prendiéndole fuego a ¡Qué bello es vivir!, prendiéndole fuego a la filmografía de Ozu, prendiéndole fuego a Diario de un cura rural, Rob Zombie prendiéndole fuego a todas las obligaciones, todas las deudas, mirando la pantalla con ojos vacíos y pensando: "¿Por qué coño no me emocionas, Bresson, sacrosanto Bresson, por qué me repugnas, Chaplin, sacrosanto Chaplin, por qué coño me aburres Kiarostami, adorado Kiarostami?", y ahí entra Rob Zombie, y hace sus cosas, cosas intensas como esa sensación de naufragio y éxtasis la primera vez que me derrumbé sobre Los renegados del diablo y tuve que contener un gesto de triunfo orgiástico, contener las ganas patear los deuvedés que regalaban con los periódicos, y los packs de oferta de la Fnac, y salir a la calle con el coche a toda velocidad atronando con el Free Bird de Lynryd Skynyrd.
Es mi topografía del cine. Creo que moriré antes de volver a ver Al azar, Baltasar, pero los créditos de La casa de los mil cadáveres me acompañarán toda la vida.
02.
He esperado The lords of Salem con la cautela precisa. No quería cortarme los dedos pero intuía el filo, el salto mortal, la mueca burlona. A ciertas cintas hay que dejarles un hueco. Quizá si To the wonder no me hubiera provocado tal repugnancia, quizá si no hubiera pensado siempre que el día que me autodestruyera contra una mujer debería sonar necesariamente The venus in Furs, quizá si no pensara que al cine de Rob Zombie hay que pedirle todo, sin condiciones. Pero ahí está la película, se despliega, aterradoramente, se vuelve resbaladiza, contradictoria, pretenciosa, grotesca, una carcajada, luego un tic de pánico. Puta montaña rusa. To loco, chaval, to loco.
Y en la introducción de las cuatro notas que componen el tema de los Señores de Salem, deslizándose exquisitamente en un vinilo viejo, coño Aarón, sientes miedo, algo de miedo, una cierta inquietud, las ganas de mirar por encima del hombro, la película funciona y Sheri Moon Zombie está hermosísima -su marido la rueda con auténtica locura, en el plano inicial semidesnuda, y es todo feminidad y todo vanguardia, un Icono blasfemo de nalga y seducción, pero también era blasfemo cuando tenía 14 palos y lo único que me mantenía a flote era una cinta en la que tenía grabado el EP de The angel with the Scabbed Wings, así que no me jodas. No me jodas Bresson, antes compartiría pulsión con una pin-up gótica enferma de oscuridad que con una nínfula piadosa de referencias dostoievkianas.
03.
A The lords of Salem muchos contemporáneos no le perdonarán que descarrile en una traca -mojada- de fuegos artificiales. Yo tampoco se lo perdoné cuando, tras el crescendo final, me quedé mirando el monitor y pensando: "Y ahora, ¿qué?". Ahora, la realidad, ese territorio que Malick quiere vestir con el ropaje místico de la epifanía new age y que Zombie destierra de su interior como un error de sistema, un fallo cognitivo, una puta mala suerte. El demonio de Zombie se refleja en la luna de Meliés, y ya sólo por eso creo que la cinta es hermosísima, por esa sugerencia, ese deslumbramiento del horror -pero también de la intolerable belleza- que entraña el sueño del cine, un cine que a veces parece un fantasma y otras veces parece decir cosas extrañamente indescifrables pero conmovedoras. Como el enano que habla hacia atrás en Twin Peaks. Como el acto de amor y entrega gore sobre el que se apoyan Tiresias y L´apollonide. Como la luna de Meliés en el infierno, ¿te imaginas? Acaricia con cuidado la frase y déjala caer sobre tus rincones íntimos. La luna de Meliés en el infierno. Mi puta autobiografía. Tu puta autobiografía, quizá.
La peli de Zombie no llega a ningún lado. Sus personajes están completamente desdibujados -¿por qué la adicción a las drogas de Heidi? ¿qué pinta el negrata cool en un programa de radio entre satánico y arty? ¿qué demonios implica realmente todo lo ocurre en sus últimos veinte minutos?-, y sin embargo, qué hermosas son todas las sugerencias que el director deja sobre el tapete, qué potentes sus imágenes, qué exquisito el juego de no ver, sino de imaginar lo que hay realmente detrás de la cinta, lo que hay tras sus cortinajes, todo es desfile de prohibiciones y sacrilegios sobre los que corona una extraña diosa que emerge de la bestia/Velvet Underground -¿es Nico? ¿Acaso no es Nico? ¿Y no es Rob Zombie, a su manera, un Garrel mucho más Garrel que todos los que dicen ser Garrel, que no son pocos?
04.
No debo pedir perdón por no lapidar al último Zombie. Antes bien, creo que su cine es de una imperfección maravillosa, de un trastabilleo realmente potente. No me atrevería a decir que The lords of Salem es su mejor pelicula -ahí están, indudablemente, Los renegados del diablo-, pero quizá sí que se trata de su película más bella. Es un truco de magia hipnótico, el vacío, la falta, el hecho de poder asomarse a una laceración inspirada, una poética de la autodestrucción, ese sincero estremecimiento que nos atraviesa al contemplar los videos extremos de María Ozawa. Ese momento de poesía pura, epifanía y vómito en el que tras el horror uno sólo puede quedar desarmado por el extraño arrebatamiento, un placer sádico y sórdidamene voluptuoso que casi le lleva a uno a decir, como el Fausto de Goethe: "¡Detente, instante, eres tan bello!".
Siempre he sido un romántico, ya lo sé. Detente, instante, shine bright like a diamond.
Tenemos derecho a esperarlo casi todo de Rob Zombie.
Tenemos derecho a esperar que tenga valor, que nos haga aullar de pánico y de dolor, que sus películas comiencen precisamente allí donde terminan las de Malick, que construya paisajes extraños, que nos vomite nuestra propia Historia del Cine, que nos haga temblar, que sea más importante que toda esa tonelada de nombres escritos en los libros que nos leímos en la Facultad, la Historia del Cine de Gubern, la Histeria del Cine de Méndez Leite, la Pústula del Cine, pero mira, aquí en mi interior, si te asomas, podrás ver a Rob Zombie prendiéndole fuego a Candilejas, prendiéndole fuego a ¡Qué bello es vivir!, prendiéndole fuego a la filmografía de Ozu, prendiéndole fuego a Diario de un cura rural, Rob Zombie prendiéndole fuego a todas las obligaciones, todas las deudas, mirando la pantalla con ojos vacíos y pensando: "¿Por qué coño no me emocionas, Bresson, sacrosanto Bresson, por qué me repugnas, Chaplin, sacrosanto Chaplin, por qué coño me aburres Kiarostami, adorado Kiarostami?", y ahí entra Rob Zombie, y hace sus cosas, cosas intensas como esa sensación de naufragio y éxtasis la primera vez que me derrumbé sobre Los renegados del diablo y tuve que contener un gesto de triunfo orgiástico, contener las ganas patear los deuvedés que regalaban con los periódicos, y los packs de oferta de la Fnac, y salir a la calle con el coche a toda velocidad atronando con el Free Bird de Lynryd Skynyrd.
Es mi topografía del cine. Creo que moriré antes de volver a ver Al azar, Baltasar, pero los créditos de La casa de los mil cadáveres me acompañarán toda la vida.
02.
He esperado The lords of Salem con la cautela precisa. No quería cortarme los dedos pero intuía el filo, el salto mortal, la mueca burlona. A ciertas cintas hay que dejarles un hueco. Quizá si To the wonder no me hubiera provocado tal repugnancia, quizá si no hubiera pensado siempre que el día que me autodestruyera contra una mujer debería sonar necesariamente The venus in Furs, quizá si no pensara que al cine de Rob Zombie hay que pedirle todo, sin condiciones. Pero ahí está la película, se despliega, aterradoramente, se vuelve resbaladiza, contradictoria, pretenciosa, grotesca, una carcajada, luego un tic de pánico. Puta montaña rusa. To loco, chaval, to loco.
Y en la introducción de las cuatro notas que componen el tema de los Señores de Salem, deslizándose exquisitamente en un vinilo viejo, coño Aarón, sientes miedo, algo de miedo, una cierta inquietud, las ganas de mirar por encima del hombro, la película funciona y Sheri Moon Zombie está hermosísima -su marido la rueda con auténtica locura, en el plano inicial semidesnuda, y es todo feminidad y todo vanguardia, un Icono blasfemo de nalga y seducción, pero también era blasfemo cuando tenía 14 palos y lo único que me mantenía a flote era una cinta en la que tenía grabado el EP de The angel with the Scabbed Wings, así que no me jodas. No me jodas Bresson, antes compartiría pulsión con una pin-up gótica enferma de oscuridad que con una nínfula piadosa de referencias dostoievkianas.
03.
A The lords of Salem muchos contemporáneos no le perdonarán que descarrile en una traca -mojada- de fuegos artificiales. Yo tampoco se lo perdoné cuando, tras el crescendo final, me quedé mirando el monitor y pensando: "Y ahora, ¿qué?". Ahora, la realidad, ese territorio que Malick quiere vestir con el ropaje místico de la epifanía new age y que Zombie destierra de su interior como un error de sistema, un fallo cognitivo, una puta mala suerte. El demonio de Zombie se refleja en la luna de Meliés, y ya sólo por eso creo que la cinta es hermosísima, por esa sugerencia, ese deslumbramiento del horror -pero también de la intolerable belleza- que entraña el sueño del cine, un cine que a veces parece un fantasma y otras veces parece decir cosas extrañamente indescifrables pero conmovedoras. Como el enano que habla hacia atrás en Twin Peaks. Como el acto de amor y entrega gore sobre el que se apoyan Tiresias y L´apollonide. Como la luna de Meliés en el infierno, ¿te imaginas? Acaricia con cuidado la frase y déjala caer sobre tus rincones íntimos. La luna de Meliés en el infierno. Mi puta autobiografía. Tu puta autobiografía, quizá.
La peli de Zombie no llega a ningún lado. Sus personajes están completamente desdibujados -¿por qué la adicción a las drogas de Heidi? ¿qué pinta el negrata cool en un programa de radio entre satánico y arty? ¿qué demonios implica realmente todo lo ocurre en sus últimos veinte minutos?-, y sin embargo, qué hermosas son todas las sugerencias que el director deja sobre el tapete, qué potentes sus imágenes, qué exquisito el juego de no ver, sino de imaginar lo que hay realmente detrás de la cinta, lo que hay tras sus cortinajes, todo es desfile de prohibiciones y sacrilegios sobre los que corona una extraña diosa que emerge de la bestia/Velvet Underground -¿es Nico? ¿Acaso no es Nico? ¿Y no es Rob Zombie, a su manera, un Garrel mucho más Garrel que todos los que dicen ser Garrel, que no son pocos?
04.
No debo pedir perdón por no lapidar al último Zombie. Antes bien, creo que su cine es de una imperfección maravillosa, de un trastabilleo realmente potente. No me atrevería a decir que The lords of Salem es su mejor pelicula -ahí están, indudablemente, Los renegados del diablo-, pero quizá sí que se trata de su película más bella. Es un truco de magia hipnótico, el vacío, la falta, el hecho de poder asomarse a una laceración inspirada, una poética de la autodestrucción, ese sincero estremecimiento que nos atraviesa al contemplar los videos extremos de María Ozawa. Ese momento de poesía pura, epifanía y vómito en el que tras el horror uno sólo puede quedar desarmado por el extraño arrebatamiento, un placer sádico y sórdidamene voluptuoso que casi le lleva a uno a decir, como el Fausto de Goethe: "¡Detente, instante, eres tan bello!".
Siempre he sido un romántico, ya lo sé. Detente, instante, shine bright like a diamond.
10.3.13
Notas al hilo de "Searching for Sugar Man"
Siempre me han fascinado las extrañas conexiones entre lo ideológico, lo cinematográfico y lo musical. El cine musical -suponiendo que exista tal cosa- siempre anda dando vueltas en las relaciones entre el cuerpo, el ritmo y su representación. Si tomo al azar algunos de mis "musicales" favoritos de los últimos años descubro que funcionan por la mostración del cuerpo -9 songs-, por su destrucción -Dancer in the dark- o, como en el caso de Searching for Sugar Man, por su progresivo desvelamiento. La profunda repugnancia que me propuso, a la contra, Los miserables, reside también en ese no saber qué hacer con el cuerpo más que exhibirlo en una rancia postal de gran estudio con una banalísima sugerencia ideológica detrás. No nos engañemos. El plano de la eyaculación en 9 songs es mucho más preciso y revolucionario -en el mejor sentido de la palabra- que las casi tres horas de sermón kitsch.
En Searching for Sugar Man se habla de la música en voz baja, de los controles ideológicos sobre la música y de las pequeñas resistencias humildes de los ciudadanos que no pueden -o no quieren- ser ciudadanía. Del mismo modo, se habla de otro de mis temas obsesivos: la manera en la que la música -o la cultura popular en general- es al mismo tiempo repositorio y lienzo de los desgarros más profundos de la época. El zeitgeist se reproduce siempre a 33 revoluciones por minuto, y cuando la gente olvide todos los discursos de Reagan se seguirá escuchando -para bien o para mal, ya es otra historia- el Girls just want tohave fun de Cyndi Lauper. ¿Quién es el icono pop, después de todo, sino un cuerpo que se posiciona en el umbral en el que colapsan nuestras angustias, nuestras alegrias, nuestros orgasmos y nuestras cicatrices? Pequeños exorcistas portátiles que trepan por los cascos sennheiser hasta esa habitación en el fondo del alma en el que los cadáveres, exquisitamente maquillados, nos guiñan el ojo. Cómo consiguen triunfar en ese territorio, qué quieren que les diga, es algo que nunca he llegado a entender. Cómo es posible que canciones como Desolation Row, As tears go by o Boogie Street existan en su magnificencia, en su inefabilidad, que puedan haber salido de una única mente, masterizadas, improvisadas, sugeridas por no se sabe qué Dios demente pero piadoso. Cómo es posible, ya digo.
Y ahí me interesa Searching for Sugar Man, en tanto es una película para gente que ama la música como nosotros la amamos. Usted, querido lector y amada lectriz, pensando ahora qué canciones resuenan en su interior y esbozando una sonrisa cómplice, acaba de ponerse en la línea de fuego del documental de Bendjelloul, y por eso mismo debería verlo. Usted, que me lee con el Spotify encendido y que sabe lo tremendamente necesarias que son las salidas de emergencia. Mañana es lunes, y ahí fuera nos espera mucha gente que nos quiere de maneras crueles, alienígenas y desesperadas. La cultura pop va de eso, y en Waiting for Sugar Man puede escuchar a gente que analiza letras de canciones en busca de ciudades imposibles, que colecciona discos censurados, que se ha tomado esto de no sentirse roto muy en serio. Qué débiles somos, en el fondo. Pero tenemos nuestros discos.
Searching for Sugar Man es la exhumación hermosísima de un cuerpo acodado en el vientre/fosa común del olvido pop. Su cuerpo emerge en una resurrección de justicia y folk, y ya no es simplemente un documental sino una pieza audiovisual que habla de la justicia, del encuentro, del pasado. Es urgente en su hermosura y honesta en sus intenciones. No encontrarán aquí demagogia ni consignas fáciles de corear. No hay programas políticos, nombres, barricadas explícitas. Lo que hay, sin duda, es mucho más importante: una reivindicación del sujeto en su libertad, su rabia y su capacidad para prenderle fuego a todo.
Pero no desde el dogma político. Desde la cultura pop. ¿Y no es eso mismo lo que yo intento proponer, página tras página, en todo lo que escribo? Searching for Sugar Man es cine, es música, es todo lo que hace falta para sentirse realmente bien. Déjense de placebos, subterfugios y filosofías de Twitter. Háganme caso y vayan a verla.
9.7.12
El Spiderman que no escuchaba a Nacho Vegas
(Guapo, ¿buscas compañía?)
(AVISO: Destripo la trama. Un momento... ¿a quién le importa la trama?)
Spiderman, ay, Spiderman está triste. Spiderman llora como una nenaza mientras la Superpop del mes ofrece un poster desplegable del Batman de Nolan, que está buenorro y atormentado, oscurísimo y deseable con la geografía madura e incorruptible del Bale. Spiderman hace el test de la página 38 -¿Eres un superhéroe guay? ¡Descúbrelo en tan sólo 25 preguntas!-, pero le sale la c todo el rato y su habitación de teenager amargado apesta a sacristía post-era-Bush y a impostación. Spiderman quería ser cool, así que se hizo fotógrafo, se perdió en Fuencarral y se lió con una mariquita cubana que servía mojitos en un Loft. Pero ni por esas. Spiderman seguía apestando a pachuli, le salían collares como de Doña Carmen Polo, quería ser un gran científico pero sólo le salía curro de teleoperador de jazztel, donde fingía el acento sudamericano:
- Hola, buenas tardes, me llamo Pedro Párquez, y llamo para ofrecerle una tarifa especial...
- Que no me llames más, hijo de puta, que es la hora de la siesta.
Spiderman, ay, Spiderman, que se compró unas gafas de 3D, olvidando quizá que Batman Begins no se rodó en rotoscópico, básicamente porque no estaba de moda ni le hacía falta. A Spiderman le pegaba un chuloputas llamado Flash, y el pobre se encerraba en su taquilla escuchando temas de Christina Aguilera, ay Gwen, ahora vas a ver salir el genio de la botella.
(Ejemplo de MAL GUIÓN: Gwen, por alguna extraña razón indescifrable que el guionista ni se molestó en hilar -estaba haciendo un test de la Nuevo Vale-, se enamora del niño araña. Gwen, que es un pibón/Fukushima, se enamora del puto pringado del instituto. Es tan creíble como aquesta cagada reciente de Wes Anderson: una niña guapísima clon de Lana del Rey se enamora del inadaptado de los scouts. ¡Iros a la mierda, ya, hombre! ¡Una cosa es la-magia-del-cine y otra cosa es escribir guiones para chimpancés amnésicos!)
Total, que el guionista, de manera incomprensible, necesita una maldita hora de metraje para presentar a los personajes. Con un par. Y luego, como se queda sin tiempo, hila un villano, una curva de transformación con clímax y anticlímax en otra hora. Y, por si te quedas con ganas de más, un epílogo coñazo de 10 minutos.
El nuevo Spiderman quiere ser más oscuro, que es algo así como decir que el Nuevo Fairy quita más la grasa o que el PP no iba a subir el IVA. Pero mientras Batman está jodido tirado en su cama pegándole al speedball filosófico y escuchando en bucle Morir o matar, Spiderman repite la coreografía de NSYNC que hizo en tercero de la ESO. Por allí pasa también Martin Sheen, pero ni consume drogas ni se golpea contra ningún espejo, así que como si no estuviera.
Spiderman, ay Spiderman, tiene una pulsión homoerótica con los tipos que manejan las grúas de Nueva York y que lucen hermosas banderas americanas. El 11S somos -y lo arreglamos entre- todos, pero a mi la cosa me apesta a patriotismo barato, a España 2000 pero en yanqui y con una música horrorosa en la que una orquesta no para de hacer subir las cuerdas, una y otra vez, una y otra vez. Spiderman se tira un pedo y ahí están los violines, por si algún espectador es imbécil y no sabe que toca emocionarse. Debord vomita telarañas en un alero de la postmo.
Gwen, ay Gwen. El caso es que Gwen está buenísima. Pero claro, eso no es mérito suyo y, principalmente, a mi siempre me ha perdido el modelo flequillo + medias altas/calcetines con falda. No deberían hacer eso con mis pobres hormonas, que suficiente tienen ya con el verano, el principio de úlcera, la declaración de Hacienda.
Nota final, ovación y vuelta al ruedo: en uno de los momentos más repugnantes, el guionista tiene la poca vergüenza de terminar la cinta... ¡En una clase de narrativa en la que se habla de las tramas fundacionales! Es algo así como Blas Piñar bailando el pogo en las Fiestas del PCE, o como Michael Bay asistiendo a un congreso sobre Spinoza. La profesora dice nosequé burrada sobre ¡diez! tramas fundacionales -¿es un meta-guiño a Campbell? ¿una referencia amorosa a nuestros Balló y Perez? ¿un tiro en el pie a-lo-Froilán?-, y termina con una lección digna de Paulo Cohelo sodomizando a Rhonda Byrne: "Todas las historias se reducen a: ¿Quién soy yo?".
Pues mira, Nuevo Spiderman: tú eres un coñazo como un castillo. Cómprate un libro de autoayuda, haz el saludo al sol, sal del armario, quítate el collar de I Señora de Meirás con Grandeza de España. Lo que nunca serás es ese relato deslumbrante encerrado en el cómic original, y desde luego, esa más que digna adaptación inicial que nos legó hace unos años Sam Raimi. Eres un coñazo, chico, en serio.
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