16.9.14

Masamune Shirow o la mirada triste de los ángeles de silicio



Me han invitado los cómplices de Cine Divergente a su especial sobre distopías varias,  y yo he aprovechado para esbozar unas líneas a propósito de Masamune Shirow -en realidad, más cerca del universo Appleseed- que se pueden leer, como es habitual, tal que aquí.

¡Espero que os gusten!

11.9.14

Carta de amor para Claudia Bomb

Claudia Bomb

   
    Querida Claudia:

    De la escritura de la mujer en la pantalla siempre queda un margen abierto, que es el de la ternura y la inocencia. Mis amigos, los que escriben cosas con gran seriedad, me miran con ojos de tormenta cuando les digo que la inocencia y la pornografía no son polos opuestos. Ellos, por otra parte, han cambiado el corazón por una cátedra, un relicario o una barricada. Lo importante siempre es la manera en la que las chicas duras pelean cuando aprieta el hambre, la tristeza, la soledad y la nostalgia. En este país amargo muy poca gente le da las gracias a las chicas duras del porno, las niñas que se dieron el piro y dejaron detrás confesionarios, corazones rotos, aulas semivacías y profesores que nunca hablaron de lo que realmente importaba: pelear la belleza.

    Yo -que no soy especialmente mejor que ellos-, me enamoro siempre de las niñas kamikazes que salieron de las casas oscuras de la periferia, que abandonaron sus pueblos y sus novios de toda la vida para colarse en el espacio que ocupa una ventana en mi pantalla del ordenador. Un tipo alemán llamado Heidegger escribió por algún lugar que la belleza era la manera en la que una obra de arte mostraba la verdad. La belleza es, entre otras cosas, la manera en la que el porno escribe la letra pequeña de los contratos del deseo, la manera en la que respiras antes de entrar en un plató o encender la webcam, la manera en la que de alguna manera has acompañado y dado cobijo a toda esa gente que pasea por los arcenes de lo cotidiano, los que nunca hablan de ti a la hora del trabajo o en la cola de los centros comerciales y los que, sin embargo, te recuerdan con una sonrisa cómplice.

    La vida viene pegando duro, corazón. Tú ya lo sabes, pero ahí fuera nos han engañado para que se nos olvide ese margen del que hablaba el principio, el de la ternura y la belleza. La ternura es un tuit que te dejaste a medio escribir una noche de insomnio y que demostraba -y esa es, finalmente, tu magia- que seguías siendo la chica loca y díscola que corrió pasada la adolescencia a toda hostia pensando que el mundo le pertenecía. La chica a la que no iba a parar nadie, la que derribaba los miedos, la que soñaban silenciosamente todos los chicos tímidos que se acurrucaban en la sombra de tus pasos. Ternura y pornografía no son incompatibles, y por eso das cariño en tus fotos improvisadas y te conviertes en el ángel custodio de todo lo que merece la pena en nuestra vida cotidiana.

    La vida viene pegando duro, corazón, y en tu sonrisa todavía queda el gesto de la boxeadora que puede permanecer de pie cuando el estadio se derrumba y las apuestas caen en picado, la hechicera que hacía aplaudir con sus curvas a la chavalada del barrio cuando caía la primavera, la escritora que tiembla y hace temblar en el engranaje pornográfico de la madrugada online. Mientras todavía sonríes y escribes un corazón en las redes sociales, ahí fuera, se aproxima el invierno y desafinan todas las otras mujeres, las cansadas, las rotas, las que han recibido tantos golpes de la vida que no encuentran la manera de resucitar ni la ternura ni la inocencia. Nos queda tu gesto, tu belleza -en el sentido de Heidegger-, tu valor. Y eso, por supuesto, es mucho más de lo que nos ofrecen otros seres humanos.

    Te quiere:

    Aa. R.

8.9.14

Un fragmento de "Scarface" (Hawks, 1932) [Te debo un baile]

  Guino, que es un hombre vulgar que se arrastra en los márgenes de cualquier poder. Eterno secundario en el tapiz del horror, recorre el encuadre en dirección inferior derecha. Sabe que no importa gran cosa el polvo que colecciona en sus zapatos ni las seductoras mujeres a las que quizá ha acompañado a la hora de las masturbaciones grises en su sillón. 

Hawks

Hawks

    Guino amenaza con desaparecer, ya digo, dejar el plano vacío y que nada ocurra en la ficción de Hawks. Su tiempo es un tiempo sin horizonte alguno de sucesos, un esperar en el filo del guión a que ocurra algo. Un personaje/paréntesis. Hasta que ella, por supuesto, aparece.

    Y su fuerza es tal que no sólo cruza la diagonal opuesta y le otorga un espacio en el que habitar al humilde secundario, sino que además, con su mirada, le ha designado. Le ha encerrado en el deseo. El lugar desde el que designa el placer en el que ambos cuerpos se habían escrito, se habían prometido de alguna manera, ese lugar que Hawks sutura en el interior de un único plano. Porque la cámara, que también queda eclipsada hacia la mujer, no varía su encuadre. ¿Cómo podría hacerlo?

Hawks

Hawks

Hawks

Hawks

Hawks

    De ella sabemos que es únicamente mirada. Claro que el guion nos diría otras cosas -nos hablaría de su designación como hermana menor del protagonista, fruto prohibido de la mafia, resorte del caos y alfombra nupcial hacia la muerte-, pero en el nivel de la puesta en forma todo ella es esa mujer, esos brazos frágiles que, situados en jarras, desafían y prometen la esencia misma del encuentro. De cualquier encuentro. 

Hawks

¿Hacia quién se ofrece esa mujer? ¿De quién es diferente? Sin duda, de la niña que nada sabía del amor y dormitaba en la habitación de atrás del texto. Pero esa niña -que, por lo demás, nunca estuvo ni en la cinta de Hawks ni en otro lugar que en la imaginación desquiciada del espectador- ya es cadáver y nota a pie de página del deseo. Lo que queda es la fuerza del presente, y en el presente queda el gesto de la rebelión que encierra, también a su vez, el gesto del fracaso. Y por eso Hawks arroja la cámara sobre ella en la formulación de la pregunta clave.

Hawks

¿Quién no bailaría [dance me to the end of love] con esa única mirada que promete las más inocentes culpabilidades? Una mujer que se adelanta hacia Guido -pero también hacia la cámara- como si quisiera besar, bailar, morir, o incluso reinventar las tres cosas.

Hawks

Y si esa mujer besa, baila, muere o vive, es precisamente porque ella atrapa la lógica de la cámara y trepa por el interior de nuestros pulmones aullando, a punto de romperse. Guido, que algo sabe, le dice aquello de You´re only a kid, pero en esa implicación queda la (im)posibilidad de hacerse cargo de lo que ella ofrece. De lo que ella, desde 1932, nos ofrece. 

El baile.
Hawks

Hawks

Hawks

Hawks

Hawks
  
  Hacen falta tres planos para mostrar cómo el cuerpo de la mujer se encarna a la vez en diosa, en fantasma, en cadáver, en prohibición y en inmensa tristeza. Es una momificación del placer tan clara como el último frame de la secuencia. Mírenlo de nuevo.

Hawks


   Dos mitades escindidas. Dos planos incomprensibles, cuya unión sólo podría tener lugar sustentada bajo el aparataje de Hawks. A la izquierda, ella intentando el truco de magia imposible. A la derecha, el bueno de Guido convertido en una pesadilla de Magritte, tal y cómo ha sido mostrado plano tras plano. Un Magritte de horror y de deseo que se abisma en la otra sección del encuadre. ¿Hay una manera más hermosa de mostrar cómo funciona el equilibrio entre el cuerpo que baila y el cuerpo que mira? Y después de todo, ¿no es eso el amor que hemos experimentado, desde siempre, los niños torpes?

[Nunca me ha gustado bailar, ni he confiado demasiado en esa gente que se sincronizaba a la perfección ofreciéndose a los demás en los garitos de la cosa. Pudiendo mirar en lo íntimo y en lo secreto a una mujer que baila, ¿para qué ofrecer la contorsión precisa y milimétrica, cual autómata, a un puñado de extraños ebrios?]

La escena continúa, por supuesto. Pero me gusta contemplar ese Magritte delirado por Hawks y utilizarlo como una suerte de postal y de hoja de ruta. Ya lo escribió Nueva Vulcano y lo cantó como nadie The New Raemon:

Nunca te voy a pedir que confíes en mí.
No dejes que hable.
Te debo un baile y no una explicación