lunes, septiembre 25, 2006

The doors (Stone, Oliver; 1991)


Los biopic en el cine suelen ser una amalgama de anécdotas más o menos hiladas, o muy cercanas a la hagiografía descarada ("Alí", del siempre excelente Michael Mann) o lo suficientemente partidistas como para que uno arquee una ceja ("Malcolm X" de Spike Lee). En otras ocasiones, los biopic son una pérdida de tiempo y de dinero simplemente incomprensible: la oscarizada "Una mente maravillosa", sin ir más lejos.
"The doors", o mejor dicho, los Doors de Oliver Stone son una vuelta de tuerca más en la filmografía del director, un director que fue calificado por Méndez Leite como "el peor realizador de la historia" y que, por cierto, siente un interés especial por contar biografías de personajes más o menos polémicos mediante su estrategia habitual: escenas aceleradas, soles que se difuminan, música desenfadada, drogas, convulsión, imágenes extrañísimas. No tiene el menor atisbo de duda a la hora de pasar por su particular batería mental todo aquello que le llama la atención o le fascina. Un tipo curioso, este Oliver Stone, y una película curiosa, esta "The doors".
Desconfiando de entrada de que cualquier parecido con la realidad puede ser pura coincidencia (Stone hace el mito del mito del mito), el placer que supone escuchar "Riders on the storm" o "Light my fire" en un buen 5.1 acompañado de unas imágenes hipnóticas y psicotrópicas hace que sea una parada obligada. Muchos de los fans de los Doors no tuvieron la menor duda en alzar la mano contra un producto radicalmente comercial y acusar a la cinta de retratar lo peor del mito. Más allá de esto, si lo que se busca es una cinta interesante para pasar el rato y pegarse un buen trip (en el mejor sentido de la palabra), y se está dispuesto a tolerar cosas como el "Carmina Burana" en mitad de una orgía de drogas y sangre... entonces, la cinta tiene una validez intachable.
Sin ser una obra maestra, es una buena parada para descansar en el seno de una historia hiperbólica y graciosa, y sobre todo, para rescatar los viejos vinilos de Jim del armario y volver a disfrutar de una de las mejores bandas de la historia. Que no es poco.

domingo, agosto 06, 2006

Entrevista con Superman (al hilo de "Superman Returns")


En mitad de la noche, impecablemente engominado y con el paquete digitalmente reducido, noto como Superman se cuela por mi ventana. Obviamente indignado ante semejante violación de mi propiedad (yo estaba viendo la reedición de "Sacrificio" de Tarkovsky con gran interés: apenas si llevaba cuarenta minutos dormido) opto por coger boli y papel y hacerle una entrevista para poder compartirla con vosotros, queridos lectores y amadas lectrices.
Aarón: Me has jodido la mosquitera, cabrón... verás como esta noche me comen los mosquitos
Superman: Era en defensa de la ley y el órden... además, estamos en época de promoción y hay que salir en los medios.
Aarón: Estupendo. Tienes menos paquete, Superman, me parece que en esta peli vas a ligar menos. Y por cierto, que tienes un aire chungo a Oscar Jaenada pero sin talento...
Superman: Y también me han retocado el pecho, para que la gente no me viera los pezones...
Aarón: ¿Cuál es el mensaje que pretendes transmitir a tus espectadores?
Superman: Que Estados Unidos es un país muy bonito. Y que tienen que confiar en nosotros, porque somos superhéroes, qué ostias, somos mejores que los superhéroes. Una familia de clase media me salva varias veces de morir apuñado por Kryptonita, ahogado y humillado... Si una familia de, pongamos, Arkansas, es capaz de salvar a un superhéroe como yo, es que somos la ostia
Aarón: ¿Y qué más?
Superman: Que no tienen que temer nada después del 11S, que aquello fue un poco como una tontería islámica, pero que ya se les han quitado las ganas de darnos por culo porque ahora volamos y levantamos coches, y encima, no se nos despeina el flequillo. ¡Ah! Y que la familia es una cosa muy importante y muy bonita, que la gente se tiene que casar y que tener hijos. Y que fumar es muy malo, muy malo, fíjate que Louis Lane empezó a fumar cuando yo la abandoné y al final de la peli, una vez salvado el mundo, deja de fumar.
Aarón: O sea que es más fácil salvar el mundo que dejar de fumar...
Superman: Eso lo dirás tú, que eres un adicto, y un cerdo, y te huele mal el aliento y se te van a pudrir los pulmones y los dientes
Aarón: Vale. ¿Qué más nombres, además de Bryan Singer, se barajaron para la dirección?
Superman: La iba a hacer Tim Burton, pero estaba muy ocupado vendiendo bolsos de "Pesadilla antes de navidad" en las tiendas cool de la Calle Fuencarral. Luego pensamos en George Washington o en Kennedy, pero el primero estaba muerto y el segundo estaba haciendo el guión de la peli del 11S con Oliver Stone. Después hablamos con George W. Bush, pero estaba pactando con Michael Moore para ver cómo se ponían a parir en la próxima peli. Ratzinger, Kiko Argüello y Rouco Valera nos dijeron que el guión estaba muy bien y que era muy bonito, pero que no podían porque aquí no salía Cristo martirizado soltando chorretes de sangre. Así que cogimos a Bryan Singer, que se dejó aconsejar por todos los anteriores. Incluído Washington, que se manifestó mediante una Oui-ja online.
Aarón: ¿Por qué no se muere al final?
Superman: Estamos de promoción y no podemos destripar la película...
Aarón: Claro, claro, pero ¿por qué coño no se muere al final y así nos da una alegría a los espectadores?
Superman: Porque tengo que educar a mi hijo con Louis, y darle unos valores norteamericanos y cuidar lo que queda del World Trade Center
Aarón: Su hijo se parece sospechosamente al retrasado mental del Culkyn. ¿Michael Jackson os ha ayudado con la selección de actores?
Superman: Así es. La labor de Michael ha sido indispensable a la hora de probar la calidad interpretativa del niño. Hizo un gran trabajo con mi hijo, cada vez que montaba un berrinche en el plató, le amenazabamos con volver a Wonderland y cerraba la boca.
Aarón: Su personaje hace gala de una gilipollez crónica, escena tras escena. ¿Se ha basado en alguien para prepararlo?
Superman: Los guionistas de la cinta me dieron todo el apoyo que necesitaba al respecto. Actualmente están aprendiendo a escribir sin faltas de ortografía.
Aarón: ¿Por qué no hay un sólo personaje negro en toda la cinta? ¿Por qué está llena de mensajes subliminales proamerica como el plano en el que salva al avión y al salir en el estadio se puede leer perfectamente junto a su rostro "USA ARMY FORCES" (o similar)? ¿Por qué aparecen imágenes de la guerra de Irak en la televisión? ¿Cómo engañaron a Kevin Smith para que actuase, le dijeron que estaba rodando otra película?
Superman: Esas son muchas preguntas, y yo no puedo retocarme el flequillo y contestar al mismo tiempo
Aarón: Esta me gusta especialmente: ¿Por qué Lex Luthor escucha música clásica? Es decir, según ustedes debo suponer que un tipo que va con Bach en su Mp3 es potencialmente más cabrón que un tipo que escucha, no sé, Reagetton...
Superman: Es que Lex Luthor es un pedante que habla de Prometeo y escucha a Vivaldi. Eso tiene que ser malo. Lo bueno es comer en McDonalds, joder, y ver la Superbowl
Aarón: Muchas gracias, Superman. Es un alivio saber que usted esta ahí para velarnos.

lunes, julio 31, 2006

Nueva edición en España de "Secretos de un matrimonio"


Aquella noche, aquella primera noche hubiera podido ser igual que todas las demás si Bergman no me hubiera robado (una vez más) el corazón, el alma, la paciencia. Después de aquello, después de ver aquella película, dí vueltas y vueltas insomne, encendiendo y apagando las luces de mi casa, encendiendo y apagando cigarrillos, rascándome la barba, velando mi propio cadáver que seguía, incómodo e inmóvil, delante del televisor. La película era "Secretos de un matrimonio", que no sólo me parece una de las mejores películas del director, sino simplemente una de las mejores películas (uno de los mejores textos) de la historia.
Filmax saca ahora en España la obra completa, las cinco horas consecutivas de dolor y gloria, las cinco horas sin tregua de amor y rabia, Johann y Marianne sintiendo/viviéndose/destrozándose, siempre Johann y Marianne que no son sino usted y yo, amigo lector, amada lectriz. ¿Cómo se olvidan ciertas películas? ¿Cómo se esconden bajo la alfombra? ¿Cómo se vence a la inocencia y al pánico? Filmax ha realizado un trabajo sobresaliente en los últimos meses para ofrecer al público español algunas de las obras más desconocidas de Bergman en España, y el broche de oro ha sido esta edición que (por un precio más que lógico, 18 euros en la Fnac) nos regala la síntesis perfecta e impagable de todo lo que es Bergman, todo lo que Bergman ofrece, todo lo que Bergman destruye una y otra vez.
Desde entonces, desde aquella primera noche, he perdido la cuenta de todas las veces que he visto "Secretos de un matrimonio" (unas tres veces en lo que va de año), y lo que es más notable, su huella ha quedado imborrable y dolorosa en mi propia obra, en las obras de teatro que, año tras año, subo a los escenarios. Cuando, hace ya mucho tiempo ensayaba con la compañía "Navegantes entre estrellas", solía sentarme en la parte de atrás del teatro y verles encima del escenario, buscando una y otra vez la unión que Liv Ullmann y Erland Josephson habían conquistado en la obra de marras. Les hacía repetir sus gestos, sus miradas, quería que ellos fueran Johann y Marianne, quería que mi obra fuera "Secretos de un matrimonio", aunque nunca lo he conseguido, aunque siempre la veo antes de empezar un libreto nuevo, antes de montarlo, mientras lo escribo, buscando en sus palabras lo que falta en las mías.
"Secretos de un matrimonio" es, simplemente, el mejor Bergman, Bergman en estado puro, y ahora nos lo trae Filmax con toda su extensión para los que vieron la película oríginal (distribuída por Manga Video en una edición discutible pero agradecida) y también para los que quieren sufrir/gozar del Bergman inabarcable y eterno que tanto nos gusta. Que tanto significa en la historia del cine y en la historia personal. El mejor Bergman. El único Bergman, después de todo, que es el que nos habla personalmente, de tú a tú, en sus mejores películas.

sábado, julio 22, 2006

Larga vida a Salman Rushdie


Hoy desvío mis ínfulas cinematográficas para posicionarme en mis ínfulas literarias, que son muchas, como usted, querido lector o amada lectriz, ha podido comprobar. Como todo hijo de vecino, uno tiene autores contemporáneos que le gustan más y otros que le gustan menos. Aunque ya sé que es una herejía, no tengo paciencia ni nervio para aguantar las historias forzadas de Paul Auster (¿ha encontrado ya a su padre? ¿o a su hijo?) llenas de esos personajes y esos lugares tan guays que nosotros, pobres españolitos de a pie, sólo podemos llorar amargamente al no tener chinos mágicos que nos vendan cuadernos embrujados de talento en Manhattan. Los chinos de aquí vendían antes pornografía barata y ahora bocatas de lomoqueso y jamónqueso para nuestras largas noches etílicas. Que se agradecen, claro, pero no nos dan literatura, sino que vitaminan nuestras aletargadas neuronas. Tampoco soy muy amigo de las escritoras radicales que intentan que me sienta culpable por tener falo y ser heterosexual, alguna de ellas recién premiada con el Planeta. Ni, por cierto, los escritores radicales que intentan levantar un monumento/fosa literaria a la Guerra Civil con un costumbrismo bastante deplorable. Los que me gustan son otros: Houllebecq y su prosa de fuego y rabia, Umbral que es Dios y punto, Bukowski con sus derrapes lujurioso-etílicos, el Wolfe psicodélico, y por supuesto, ese hindú loco y maravilloso que es Salman Rushdie.
Algunos escritores (Auster) escriben con un hijo (o un padre) perdido en el teclado de su ordenador. Otros (Kerouac) con un perroflautilismo maravilloso y decadente. Rushdie escribe con un cuchillo apuntando a su garganta, lo que debe ser incómodo a la hora de adjetivar pero terriblemente efectivo a la hora de denunciar. Rushdie es la literatura bajo pena de muerte, bajo amenaza fanática, y eso se nota a la hora de enfrentarse a los textos. La muerte, como todo en esta vida, se tiene o no se tiene. Y Rushdie la tiene.
Escribo este post recién terminado su último "Shaliman el payaso", que es uno de los libros mejores escritos del año, con mejor prosa, una prosa elegante y afilada que nada tiene que envidiar a los delirios pombianos. Con un realismo mágico mucho más atenuado que en otras ocasiones, como si de pronto Rushdie hubiera decidido bajar a la tierra para hablar de la tierra. Una lectura recomendable y veraniega, vamos, de las que enganchan y no permiten otra línea de pensamiento. Un libro cojonudo para llevarse a cualquier parte, porque después de todo, está tan bien construído y cuenta con un universo interior tan rico que cualquier comparativa con la realidad es pura coincidencia.
Rushdie me llenó de admiración en "El suelo bajo sus pies" y me llenó de buena literatura en "Los versos satánicos". Es un autor al que hay que volver cada cierto tiempo, siempre con el alma curiosa y abierta, dispuesta a recibir.
Les deseo, eso sí, una buenísima lectura.

jueves, julio 20, 2006

ANGELOPOULOS #05 - Paisaje en la niebla (1988)


"Paisaje en la niebla" es Angelopoulos antes de Angelopoulos. O preparándose para el salto mortal que le llevaría a la fabulosa "La mirada de Ulises". No sé si sus anteriores trabajos ya señalaban lo que vendría (tengo una versión de "El viaje de los cómicos" pero reconozco que sus tres horas y media de duración me regalan cierta pereza a priori) pero "Paisaje en la niebla" ya traza las líneas de un cineasta maduro, inquieto, socialmente incómodo. Su argumento no deja de ser una fábula entre homérica y dickensiana (dos hermanos deciden emprender un viaje hacia Alemania en busca de un padre desconocido), y su puesta en escena no es sino otro ejemplo del peculiar estilo de Angelopoulos. Si bien parece que esta cinta es, a priori, más asequible que sus "hermanas mayores", a la hora de narración el director se enmaraña en sus habituales disquisiciones y, sin llegar a la barbarie de la boda en "El paso suspendido de la cigüeña", la cinta pierde algo de fuelle y de efectividad dramática.
Es una pregunta que no dejo de formularme a lo largo de la narración: "¿Por qué dos horas?" A Angelopoulos le falta el dominio de la elipsis, que es algo que Kitano sabe hacer como Dios y que Kubrick convirtió en una paradoja cósmica. A Angelopoulos le falla, quizá, ese saber cortar en el punto exácto y no mostrar aquello que podría parecer superfluo o gratuito. Aunque no lo sea. Ojo: Soy de los que consideran que "El viaje de Ulises" es lo suficientemente perfecta como para que no sobre (ni falte) una sola escena en toda la cinta. Es una metáfora cerrada, compacta, sólida. Sin embargo, en este "Paisaje en la niebla" uno tiene la sensación de que la historia se hubiera podido contar en hora y media, quizá en menos. Un fallo habitual, aunque por otra parte... ¿quiénes somos nosotros para decidir cuánto tiene que durar una obra de arte?
"Paisaje en la niebla" puede que sea, por otra parte, la cinta más dura del director. La más impregnada de una denuncia social que (ese es el gran mérito) nunca se posiciona ni contra un ejército, o un país, un pensador. Hay una rabia implícita, y también cierta mala leche (los que la hayan visto sabrán de sobra a qué escena me refiero) en el guión que también forma parte fundamental del propio estilo de Angelopoulos. Pese a su ritmo obviamente contemplativo, Angelopoulos siempre está gritando. Es su maestía como autor trágico: poder mostrar el gérmen de la tragedia sin caer en efectismos cinematográficos baratos. Y es algo que, por cierto, parece escasear en el panorama cinematográfico contemporáneo.
Cuidado pues, con esta cinta. Imprescindible un sofá cómodo y cierta tranquilidad. El disfrute será, por otra parte, igual de reconfortante que en otras producciones de Angelopoulos.

martes, junio 20, 2006

Carta a Oliverio


Algo pasó, Oliverio. Algo, después de todo. Decía José Hierro: "Después de todo, todo ha sido nada". Y algo pasó, Oliverio, aunque no sé muy bien el qué, ni cómo, ni siquiera cómo no nos dimos cuenta a tiempo. Quizá fue aquello de decir: "Claro que te quiero" con la mirada ausente pensando en los tickets de la Fnac. O quizá fue aquello de terminar la licenciatura, fiesta de graduación y empezar los estudios de tercer ciclo. O quizá sentarse delante de los amigos y comentar distraídamente: "La postmodernidad... todo esto es culpa de la postmodernidad".
Oliverio, algo pasó que ahora la poesía que escribo está llena de palabras como "mierda" y "polvo", algo pasó que mi poesía ya no es poesía, ni mando poemarios a concursos, sino que escribo para mí mismo y encima, mal. Algo pasó que me volví un cínico, de la noche a la mañana, con este resentimiento que funciona como coraza de ida y vuelta, algo pasó que dejé de creer en Benedetti para racionalizar mis lecturas e interesarme de pronto por la semiótica y el psicoanálisis, el estructuralismo. Algo pasó que llevo años sin colgar fotos en el corcho del cuarto, que dejé de estudiar Periodismo porque me dí cuenta de que mis textos no iban a cambiar el mundo. Los textos de uno, después de todo, sólo sirven para darse cuénta de cómo se ha ido aposentando en su propio cadáver, que es un hobby que practicamos todos.
Ahora, Oliverio, me puedo imaginar a algunos de mis lectores habituales (Lacasiopeaa, por ejemplo, I love you darling y sé que no me vas a perdonar este post) llevándose las manos a la cabeza y pensando: "¿Qué cable se le ha soltado a Aarón? ¿Cómo puede utilizar una película tan buena como "El lado oscuro del corazón" para justificar un post tan descaradamente perroflautil y demagógico?". Y llevan razón, Oliverio, pero déjame confesarte que últimamente me está venciendo el pánico y los sólidos cimientos de mi razón cínica, distanciada (una razón a lo actor-Brecht), se convierten en cenizas y en una nostalgia sorda de aquella locura que barría las avenidas de mi utopía. Algo pasó, Oliverio, que yo quería cambiar el mundo y el mundo me cambió a mí de una ostia en la cara, dejándome apenas el cine y el teatro para poder cobijarme. ¿Qué hacer, Oliverio, qué hacer con las greñas de León de Aranoa, qué hacer con la guitarra desafinada de Manu Chao, qué hacer con la voz insufrible de Paco Ibáñez? ¿Qué se hace con esos náufragos? ¿Cómo se vuelve otra vez a la locura cuando ya se sabe que no quedan útiles que salvar en este barco? ¿Quién nos devuelve la fé en el hombre que nos robaron los políticos de todos los partidos? ¿Quién nos permite una tregua, quién nos devuelve al Sabina de los ochenta, quién nos garantiza que no nos estamos convierto en Ramoncín?
Me come el vértigo, Oliverio, me come el vértigo. Algo pasó que una mañana, después de una noche de intranquilo sueño, era yo mismo.

domingo, junio 18, 2006

La haine (Kassovitz, Mathieu, 1995)


Había un potencial salvaje en Kassovitz. Realmente. Es incomprensible lo que ha pasado con este chico, cómo se puede pasar de una de las películas más brillantes del cine europeo de los noventa (esta "La haine" lo es, sin ninguna duda) a pegarse constantes batacazos en lo interpretativo y en la dirección. Vamos, vamos, no me jodas. Kassovitz, antes de enamorar a todas las niñas gothic-lolita (o similar) haciendo de chico bueno buenísimo que-te-querría-y-te-respetaría-antes-de-llevarte-a-la-cama en "Amelié" (siempre estoy diciendo que algún día hablaré de "Amelié" y me desquitaré a gusto) y, también, antes de hacer de cura bueno buenísimo que-muere-por-una-causa-noble en "Amén" de Costa Gavras... Kassovitz, antes de todo esto, y antes también de rodar la insufrible "Gothika" con una insufrible y oscarizada "Hale Berry"... antes de todo esto, decía, Kassovitz hizo una película única, jugosa, realmente brillante. Una película de sobresaliente.
"El odio" tiene todos los elementos para gustarnos a los burgueses: un mensaje intranquilizador que podemos sacudirnos de la sala después del visionado, un guión que no nos toma por tontos, unas interpretaciones impresionantes (a tus pies, Vincent Cassell, qué grande eres) y, sobre todo, esa extrañísima pátina cinematográfica de calidad que parece mejorar todo el producto. Es como si todo el staff de la película antes de empezar hubiera decidido hacer bien las cosas. Y eso se nota.
Más allá de las voces que intentan señalar "El odio" como una especie de película profética con respecto a los disturbios del extrarradio de París (es una explicación un tanto válida, aunque todos sabíamos lo que estaba pasando ahí, ya lo decía Manu Chao a principios de los noventa) su valor cinematográfico es innegable. Es una de esas cintas que deberían estudiarse en las facultades (sobre todo en las españolas), tendría que haber levantado mucha más polvareda teórica y socióloga, sobre todo en España, donde nos resulta de una validez aterradora. Sobre todo en Europa, en estos años convulsos donde la identidad se desdibuja y acaba siendo representada por unos señores trajeados que intentan buscar una coherencia económica cuando la verdadera falla está en otra parte, en otro volcán subterráneo que se conforma como la carta incómoda de occidente.
Después, Kassovitz derrapó y nos decepcionó a los que seguimos esperando nuevas voces. Quizá fue por irse a Hollywood y hacerse amiguito de Spielberg. Quizá, ¿quién sabe? Fue que Kassovitz equivocó su trayectoria y quiso ser amado como cineasta convencional en vez de ejercer su labor como oráculo de Europa. Quién sabe.