9.10.14

El Veredicto: Europa, coleccionista de esquelas

Het Vonnis
 
Ha sido rápido, pero me permitiréis que debido a la urgencia y la pasión me salte los sacrosantos protocolos del mundo blog para incorporar otro casi inesperado enlace a la crítica de una de las pequeñas grandes sorpresas del año. El Veredicto ha resultado ser una de esas extrañísimas y muy notorias cintas europeas de género que se nos cuelan por la puerta de atrás de la distribución oficial y dicen las cosas con una voz firme y potente. Yo le pongo unas líneas con todo el cariño del mundo tal que aquí

(No lo digo en la crítica porque no me encajaba, pero caray, qué mujer más guapa y qué atracción sórdida desprende Veerle Baetens en esta cinta, tan alejada además del papelazo que hacía en Alabama Monroe. Como diría Truffaut: ¡Viva Veerle Baetens!)

4.10.14

God help the girl: Bostezos frente al memorial

Crítica


Como todos los meses, aquí está mi cita en Miradas de cine. En esta ocasión, le mento la madre a Stuart Murdoch y ese horror indie-pop-vintage que nos endilgó hace unas semanas. Si queréis pegarle un vistazo se puede leer, como siempre, tal que aquí.

1.10.14

Escrituras : Boyhood/Inland Empire

David Lynch


El cómplice Francisco López nos anda regalando estos días una suerte de traducciones/reflexiones sobre las Notes sur le cinématographe de Bresson. La de hoy, concretamente, reza:

«EL CINEMATÓGRAFO ES UNA ESCRITURA CON IMÁGENES EN MOVIMIENTO Y SONIDOS.»

La idea de la escritura cinematográfica siempre me ha fascinado. De hecho, la idea del enunciador fílmico como trazo me sigue pareciendo una de las claves para llegar al corazón de la experiencia cinematográfica. Una escritura del tiempo, en el tiempo, también hacia el tiempo.

De ahí que una de las muchas cosas que me fascinan de Inland Empire es precisamente su trabajo delicado, abierto pero de profunda precisión sobre las esquirlas del tiempo y de la imagen. Nada como ese trabajo de Lynch, un hombre que cobija cuidadosamente en el interior de su disco duro una serie de fragmentos de lo real durante cinco años y después reinventa una forma para hacer que esa experiencia personal hable, se pronuncie de sí misma y sobre su propio gesto.

En contraposición, me sentí extrañamente perdido en el hype de Boyhood. Desconfío por naturaleza de los tipos que presumen de sus habilidades sexuales, de las tipas que presumen de su sensibilidad, de los perfiles de Facebook que presumen de sus éxitos y de las películas que se auto-ofrecen como obras maestras. El gesto de Linklater -remotamente interesante, razonablemente cuidado- no es sino la capacidad para sostener el lápiz de la escritura fílmica, mantener el lápiz del tiempo durante -valga el juego de palabras- el mayor tiempo posible. La diferencia, por supuesto, es la ordenación, la forma, la aceptación de las erosiones del tiempo sobre el trazado escrito.

En Boyhood no hay necesidad de inventar forma alguna porque prácticamente todo el film está preso en su propia fascinación por narrativizar de manera amable el paso del tiempo. Los personajes han sido arrancados del discurso neoliberal más conservador imaginable, y en buena lid, no necesitan más que una serie de angulaciones y cortes de edición directamente calcados del Modo de Representación Institucional. La vida no emerge del montaje, sino que se impone por el gesto asfixiante de su paso, por los referentes que maneja, por esa extraña y cada vez más sonrojante manía de ocupar el trono de profeta generacional.

Sin embargo, el tiempo -ya lo sabemos por Bergson- es otra cosa. El tiempo es el atravesamiento de la duración,  y sólo desde esa duración se puede generar una escritura propia. El tiempo es una suma de pasados que nunca existieron, y por eso la forma fílmica momifica pero también escapa de cualquier atisbo de objetividad. No es científica, o al menos, no puede sellar de manera rigurosa el pasado y anudarlo en torno a un único amor o a un único destello de belleza. El tiempo del cine no es el tiempo de la ciencia, sino el tiempo proustiano de lo vivido y por eso me resultó extrañamente mentirosa esa foto promocional de Boyhood con los rostros perfectamente alineados del protagonista: el tiempo domesticado, el tiempo lineal de la narración de Linklater, el tiempo que se piensa narrativizado en la escritura fílmica es, seamos sinceros, el tiempo más mentiroso de todos.

Linklater


Y por eso Lynch no sigue a un único personaje, sino que lo hace estallar en tantos gestos de memoria y de deseo como pueda soportar el corazón de su cámara digital. No necesita jugar al reconocimiento barato de una historia hipotéticamente compartida -las citas de Harry Potter y Britney Spears para llamar a la empatía del público son, en el mejor de los casos, un simple recurso sin la menor profundidad narrativa. No se trata de (re)conocer, sino de (re)presentar y de dignificar los abismos y la celebración desgarrada de la escritura del pasado.

Y por eso, si el cine es un lenguaje, entonces las relaciones entre sujeto y tiempo son la fuerza misma de su escritura.