10.7.14

Carta de amor para Emanuelle Devos

Carta de amor


Yo sigo escribiendo cartas de amor. Esta, en concreto, en Miradas de Cine y para Emmanuelle Devos, porque sigue siendo una mujer de rompe y rasga, de las de verdad, de las que son cuerpo y ojos y universo, porque a sus cincuenta palos no se puede estar más guapa y haber conquistado el encuadre con esa fuerza.

Como hubiera dicho Truffaut: "¡Viva la Devos!"

(Y para leer, como siempre, tal que aquí)

7.7.14

De Jeunet, a quien debimos tanto

Os juro que he buscado "Amelié" en Google Images y me ha salido esto. No puedo superarlo. No puedo.

A Jeunet aprendimos a odiarle tanto que, en algún momento, la ira misma nos cegó la mirada. Llevó la posibilidad de un cierto cine a un punto tan extremo que supimos que nunca jamás volvería a ser capaz de prendernos fuego de cierta manera. Lo mismo le pasó a Wong Kar Wai o a Wim Wenders: esculpieron un chispazo de nuestro rostro en el fondo de su cámara, nos robaron el alma, nos cobijaron en un pliegue del cine y después, simplemente, se desvanecieron.

[Miro mi perfil de Filmaffinity por pura curiosidad y recuerdo que puntué con un 3 a Amelié. Con eso está todo dicho. O casi todo]

A veces uno tiene el cuerpo para narraciones rococó y otras veces prefiere simplemente la simplicidad expresiva de un buen plano que nos permita reposar la mirada sobre él y dialogar en el silencio de la sala. Poder confiarle el dolor de los huesos a un único plano, o a la relación silenciosa que establece al encontrarse con el siguiente en un susurro significante. Jeunet no sabe jugar a la introspección reflexiva, y quizá por eso nos gustaba tanto cuando pensábamos que el amor y la creación era como el mal viaje de ácido de una diseñadora histérica de Desigual jugando con un caleidoscopio. Luego, pasada la tormenta, la pose y el acné tardío, descubrimos la forma fílmica como fortaleza mayor del milagro de la existencia -el flujo de la vida de Kracauer, de nuevo- y ahí Jeunet no pasó el examen. Se quedó suspendido en el pasado, casi un poco como esas fotos vergonzantes de las vacaciones a finales de los noventa.

[Miro mi perfil de Filmaffinity y recuerdo que puntué con un 6 a Largo domingo de noviazgo. No recuerdo muy bien por qué, pero desde entonces sus imágenes han ido creciendo de manera grisácea e interesante en el fondo de mi inconsciente, reducidas a un ruido de fondo, un zumbido eléctrico que emerge del contraplano de la foto de Hitler con su uniforme de correo en las trincheras, yo me entiendo]

Amelié reescribiendo una versión de Juego de Tronos en la que Ned Stark lidera una revuelta pacífica contra la tiranía de los Lannister y, tras múltiples peripecias épícas llenas de fantasía en las que se demuestra que el amor triunfa, recupera Desembarco del Rey, perdona a sus enemigos, instaura la paz sobre los siete reinos, sodomiza brutalmente a un oso hormiguero y ofrece un gran festín en el que actúan My Chemical Romance
Es necesario arrancarse las escamas de los ojos para seguir aceptando el cine que nos rodea con auténtica libertad. Pocas cosas me aterran tanto como acabar convertido en uno de esos tertulianos balbuceantes que se arrastran por los saraos jurando que nada ha superado a El hombre que mató a Liberty Valance. Los hombres más sabios de nuestra generación matarón a Amelié con un gesto de furia el día que comprendió que aquel despliegue de belleza artificial no nos ayudaría a encarar de ninguna manera los grandes retos que nos esperaban. Amelié, con la cabeza aplastada a martillazos tras hacer alguna gilipollez que había leído en la edición de bolsillo de un tratado de autoayuda y psicomagia, había resucitado convertida en la Gainsbourg de Anticristo y ahí, junto a su cadáver, encontramos la paz. Yann Tiersen sigue tocando su tonadilla en los conciertos y cobrando los royalties de los anuncios de compresas y las pastillas para la impotencia marca Hacendado. El reto de los que vienen detrás de nosotros será matar a las cuatro tipas de Spring Breakers, pero de eso hablaremos otro día.

De Jeunet, a quien debimos tanto, no quedó casi nada. Ahora nos ha estrenado una cinta nueva que es un prodigio de vacuidades y tics conservadores, una especie de carnaval triste como el gesto del anciano enfermo de parkison que pasa el cepillo en la Iglesia. Uno deposita sus ocho euros en la taquilla, pero no espera salvación ni epifanía alguna. Nuestro pecado fue habernos creído aquella mentira y haber seguido empeñados en seguir amando Montmartre cuando Dios nos apagó las luces, apagó la música y se marchó en silencio a casa.

5.7.14

En torno a la primera escena de "Suicide club" (Sion Sono, 2002)

01.
    Por aquel entonces era imposible conseguir una copia de algunas películas. Aquel verano en el Máster de Valladolid se hablaba mucho de My sassy girl y de la primera escena de Suicide club, o al menos, yo pensaba bastante en ella. No recuerdo quién me puso sobre la pista, pero durante varios meses intenté imaginarme cómo podía estar rodada semejante salvajada: 54 colegialas japonesas lanzándose a la vez a la vía del tren. Lo mejor de ciertas películas -The human centipede quizá sea el paradigma- está en imaginarlas, en intentar no verlas pero hacer que, de alguna manera, los rastros que los otros nos han legado de las mismas funcionen en nuestra cabeza.

    Luego, simplemente, olvidé todo aquello y no volví a pensar en la cinta de Sono hasta hace unas semanas.

02.
    He analizado las imágenes rodadas con cierto interés simplemente para ver cómo se diferenciaban de lo que yo había soñado. La textura de Sono aceptaba el grano, la subexposición de los colores, el montaje caótico, un cierto enfoque documental en el que, sin embargo, se deslizaba una innegable maestría en el uso del foco y en la perversidad aplicada a la puesta en escena. La escena aceptaba al mismo tiempo la fugacidad del detalle y hacía que los futuros cadáveres bailaran en un medido ejercicio de agresividad visual.

Sono

Sono

Sono

En mi cabeza, al contrario, yo había imaginado una suerte de coreografía como las de George Sidney en el 44, esos cuerpos estilizados del cine clásico que siempre me habían parecido insoportables, obscenos, cuerpos que enarbolaban toda esa fantasía repugnante del Hollywood escapista y a los que, por eso mismo, me hubiera gustado ver despedazados como prueba inmediata de la preeminencia de lo real.

Hollywood

03.
    Creo que todos los grandes cineastas -y Sion Sono es uno de ellos- tienen una suerte de escena fantasmática que se encuentra en el centro de su filmografía, una colección de planos en torno a las que orbitan todas las demás imágenes que han construido. Una escena que, por así decirlo, es la punta del compás fílmico que utilizan para trazar el mundo. El resto de su obra es un comentario, un añadido, una exploración más o menos afortunada de lo que ahí está cristalizado. Sono se limitó a arrojar a 54 mujeres a la vía del tren para luego dejarnos junto a la incómoda pregunta: "¿Por qué?".

    Y ahí está la artillería pesada del trazo fílmico: Suicide club responde desde la carcajada postmoderna, entre el thriller y el pastiche televisivo. En su impresionante segunda parte, Noriko´s dinner table, Sono vuelve a reescribir toda la escena incorporando otro punto de vista y explorando todo un universo textual completamente diferente. No se puede hablar de secuela, sino de una nota al pie tan portentosa que incluso supera a la cinta original: la carcajada gore se ha convertido de pronto en un angustioso melodrama familiar que Lanthimos plagió literalmente en Alps y que señala la clave de una cierta experiencia cinematográfica: Sono, como todos los grandes directores, sabía que no estaba todo dicho. Los auténticos maestros -el Bergman de Saraband, el Ozu de El sabor del sake- se marchan sabiendo que no han conseguido agotar el enigma de su propia expresión, que todavía quedan cosas por enunciar al calor de esa escena primigenia, esa obsesión recurrente, ese momento de vida (de muerte) congelado en alguna de sus películas. Cuando alguno de ellos -el Truffaut de El amor en fuga- intenta convencernos de que es posible concluir una exploración (el famoso "cierre del relato clásico" que la semiótica configuró al torno del THE END), en el fondo todos sabemos que es mentira, que las obsesiones emergerán por otro lado, que el compás sigue girando por mucho que intenten frenarlo de cara a sus espectadores. El compás, al igual que la sugerencia cosmogónica de Nietzsche en el eterno retorno o  la red social que conecta a los protagonistas de Suicide Girl y su secuela, no termina ni siquiera con la muerte.

04.
    En los últimos treinta minutos de Noriko´s dinner table, lo que parecía irremediable (el hundimiento de la propuesta en un delirio gore que, como ocurre en la muy inferior Why don´t you play in hell? consiga bloquear cualquier reflexión pura sobre la imagen) se detiene bruscamente y el director apuesta de pronto por mantener un único plano y un único personaje exigiendo la reestructuración de la historia.

Sion Sono

Sion Sono

   La explicación de los 54 personajes muertos en el centro de Suicide Club queda esbozada en lo que bien podría ser un retorno al corazón del barroco: la duda hacia la identidad, el límite desdibujado en el espejismo y la autenticidad, el centro vacío del yo freudiano. Ese único plano que se mantiene ahí y que domina, como una cima narrativa, toda esa enunciación que intenta encontrar respuestas acudiendo a todas las fuentes, todos los delirios, todas las posibilidades de la crueldad y la empatía cinematográfica, simplemente, resplandece. El cuerpo de la actriz -una portentosa Yuriko Yoshitaka-, su respiración entrecortada y el notable esfuerzo con el que proyecta cada una de sus frases es el contracampo perfecto al andén bañado de sangre. La cinta puede concluir precisamente porque ella lo permite al poner en evidencia todo lo demás: la tramoya fílmica, la edición, la interpretación expresionista de sus compañeros de rodaje, el formato digital y su pobrísima fotografía, la mirada misma del espectador. Sono había preguntado lo fundamental tres años antes en una profecía de horror que se ha convertido en el agujero negro/Facebook de nuestra mascarada online -¿Estás conectado contigo mismo?-, y asume el fracaso de toda búsqueda. Los personajes abandonan la escena para ponerse otras máscaras. Y otras máscaras. Y otras máscaras. Y así hasta que -esperemos que dentro de muchos años y muchos títulos- termine su filmografía.

   Pero en sordina, en todos sus fotogramas, seguirán estado siempre esos 54 cuerpos.