1.9.14

Análisis fílmico de "El Congreso" (Ari Folman)

Ari Folman

    Como lo prometido es deuda, ya está disponible en Miradas de Cine el análisis fílmico de El Congreso que prometí en la última entrada. Espero que os interese y que sirva como una humilde contribución al más que necesario diálogo que se está generando en torno a una de las mejores películas del año.
    Se puede leer tal aquí.

29.8.14

Una brevísima carta a los lectores del blog a propósito de "El Congreso"


    Queridos amigos:

    Como ya sabéis, hoy se estrena en cines El Congreso de Ari Folman. En los próximos días publicaré, si todo va bien, un análisis en Miradas de Cine que será un texto amplísimo y bastante complejo escrito con un cariño total hacia la cinta. Le he puesto mucha ilusión y mucho amor a ese texto, así que tendremos ocasión más adelante de hablar detenidamente de la película.

    En realidad, esta brevísima carta era simplemente para celebrar con vosotros el hecho de que hoy podamos dirigirnos hacia un cine de confianza, pagar ocho euros y poder contemplar eso en una pantalla grande. Ya sé que casi todos la habéis visto ya en vuestros hogares, ya sé que los eternos problemas de la distribución conseguirán que muchos de vosotros no tengáis un cine a mano para verla, ya sé incluso que quizá sólo podáis verla doblada. Da igual. Buscadla. Id hacia ella. No cobro comisión sobre vuestras entradas, ni Golem me hace ningún descuento. No soy amigo personal de Folman ni tengo acciones en sus compañías de animación. Simplemente me gustaría tomar la posición de cómplice para deciros que lo que va a ocurrir dentro de esas pocas salas será una experiencia grandiosa.

    En general, tenemos muy pocas ocasiones de defender la belleza, de que nos atraviesen las palabras radicalmente importantes, de que nos digan la verdad sin tapujos. El Congreso ofrece una de las experiencias fílmicas más profundas que se podrán experimentar esta década, convierte las minisalas en templos pop, llena nuestros cuerpos de ideas poderosas. Habla de nosotros. Recupera el sentido de la palabra cine y reflexiona sobre su destrucción a manos de los idiotas.

    En su fabuloso libro sobre Ingmar Bergman, el teórico Juan Miguel Company criticaba a aquellos que en los setenta acudían a las salas a ver Gritos y susurros como si se tratara de un ritual religioso. Yo hoy propongo, a la contra, que hoy nosotros podemos resucitar ese gesto, reivindicar el espacio de proyección como un espacio de comunión con nosotros mismos, con nuestros miedos y con nuestro destino inmediato. El Congreso es una película como una ceremonia laica que celebra el arte, la compasión, la vida y la imagen. Es una película sagrada.

    Y no digo más.

    Aa. R.

25.8.14

Los libros sobre cine (IV): Filosofía y cine

#10 - Apología de los filósofos que escriben sobre cine, y de los cinéfilos que escriben sobre filosofía

Psicósis

    Siempre tendremos que luchar contra los proteccionismos de las disciplinas, los corrillos y los miedos primigenios a que los de fuera nos quiten el pan y la reflexión. De una parte, el desolado paraje de los estudios de Comunicación en la inmensa mayoría de las Facultades en las que -por imposiciones del plan Bolonia- se ha desterrado la reflexión de profundidad sobre la imagen a favor de una educación eminentemente práctica orientada hacia la empresa. De otra, el caótico uso que la peor filosofía divulgativa ha venido realizando del séptimo arte como una especie de ilustración "divertida" de cara a banalizar las posibilidades de su expresión estética. Así, proliferan los análisis de La rosa púrpura del Cairo con supuesta brújula platónica, los libros para entender la filosofía a través del cine de manera "fácil y divertida" (¡valiente estupidez!), y por qué no decirlo, un ansia renovada de catequizar mediante el cine en según que platós de televisión en los que siempre presentan a un señor mayor, casposo y con mirada muy seria como "filósofo" para hablar de por qué a Dios le gusta un poco Dreyer, pero no mucho.

    A la contra, yo siempre he creído que la única manera en la que se podía levantar una verdadera reflexión cinematográfica de cierta profundidad era en diálogo activo con la filosofía. Todavía recuerdo el impacto que me supuso, allá por los diecinueve, la lectura casi ininterrumpida del brevísimo Ontología de la imagen fotográfica de André Bazin y el monstruoso El significante imaginario de Metz. Monstruoso en un sentido nietzscheano: inabarcable, dramático, extraordinariamente poético hasta lo incomprensible, casi como un arcano del cine. Se me podrá objetar que ambos libros no fueron escritos por filósofos de manual, pero a la contra, creo que la potencia de la expresión, el rigor de los autores y la manera en la que encaran las preguntas primordiales de dos temblores determinados (la muerte/la imagen) les habilitan como textos urgentemente filosóficos. Además, habría que añadir un nuevo vector al debate: una vez que la psicología de la conducta (así como sus equivalentes, las filosofías analíticas de las ciencias sociales) han renunciado a explorar las herramientas hermenéuticas del psicoanálisis (el inconsciente en la crítica,  no en la clínica), es precisamente la filosofía la que puede ayudarnos a seguir caminando por el camino de Freud

Ranciere

    Me permitirán que realice aquí una breve puntualización. A mi entender, las relaciones entre filosofía y cine se han planteado, en rasgos generales, de manera terriblemente equivocada. Así, por ejemplo, lo normal es toparse con ensayos que se valen de la narrativa de las películas para defender una supuesta rima con lo expuesto en tal o cuál filósofo. Hace unos años se publicó un ensayo delirante sobre la obra de Bergman en el que únicamente se citaba al autor sueco para jugar a una versión neoconservadora de las siete diferencias con la obra de Kierkegaard. Las relaciones entre cine y filosofía son mucho más complejas cuando se desciende al nivel de la puesta en escena y se analiza la manera en la que hay un impacto real en la construcción del mundo desde el aparataje cinematográfico. Esto nos explica, en la otra cara del espectro, por qué el mejor análisis de Rompiendo las olas está en el monográfico de Berta M. Pérez o por qué Jacques Rancière ha propuesto una exploración de la obra de Bela Tarr que nos va a mantener ocupados a los ensayistas durante un par de décadas. 

Berta M Pérez

#11 - Volver a no entender el cine

    El debate entre cine y filosofía debe darse, a mi entender, en el nivel de la forma significante. Y, además, con la mayor cercanía y humildad entre ambas disciplinas. En el primer post de esta serie señalaba que la lectura de libros de cine se apoya en nuestra necesidad de conocer aquello que nos inquieta y nos duele en la experiencia de atravesamiento del texto. La idea original la encontré formulada en los primeros trabajos de Jesús González Requena -especialmente en las primeras páginas de su Sergei Einsenstein- y nunca me ha abandonado. Luego tuve que golpearme contra la idea de que ese dolor no es únicamente una formulación fílmica recurrente del Edipo, sino que las dimensiones del dolor atraviesan también lo ontológico, lo político, el lenguaje. 

(Aquí yo debería recomendarles que leyeran La profecía de la imagen-mundo de Palao Errando, pero como dudo de que me hagan caso, les sugiero que empiecen por su artículo Y, sin embargo, se mueve y ya me cuentan)

    No creo que a la filosofía se le deba exigir ningún tipo de claridad para con el hipotético desciframiento del texto. El juego fílmico ya no pivota en torno al encuentro de la correspondencia de significantes ni en la creación de mapas ni autoayudas para, pongamos por caso, no sucumbir en el interior de Inland Empire. Antes bien, creo que su gran ayuda puede ser la contraria: ayudarnos a entender la teoría fílmica desde más allá de la Verdad, desde el no-entender, desde la pasión poética de la escritura. Hace unos meses, cuando empezaba la lectura de Ser y tiempo, el filósofo Juan Arnau me espetó claramente: No intentes entenderlo todo, a Heidegger se le debe leer como si estuvieras atravesando un poemario. Y desde ahí entendí también los ensayos fílmicos de Deleuze e incluso me atrevería a decir que mi propia escritura. No se trata de generar un sistema cerrado sobre el universo del cine -de esto hablaré el próximo post-, ni siquiera de garantizar una certeza para que ningún espectador se sienta reconfortado creyendo que ha entendido a Lynch, a Tarkovsky, incluso a Ford.

     Se trata de volver a no entender, a toda costa. De que no se pueda privilegiar una interpretación significante, ni una verdad. De demostrarnos una y otra vez -muy especialmente a los críticos, a los analistas- que no sabemos nada y, por eso mismo, que nuestra exigencia es retornar una y otra vez al texto.

Lynch

(Por otra parte, y ya que hablamos de inconsciente, no podremos evitar nunca retornar al texto. No podemos volver a casa, es cierto. Pero volveremos al texto).