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6.5.14

Desigual: La madre, la revolución, el silencio

1.
  Llevo los últimos días enfrascado en la lectura de diversos posts sobre la polémica del bendito anuncio de Desigual, desde el muy coherente texto de José Antonio Palao hasta entradas radicalmente feministas y enfurecidas como la de Joana García. Quizá ustedes han escuchado ya aquellas polémicas declaraciones de Slavoj Zizek cuando afirmó que, en ocasiones, la única opción realmente revolucionaria es no hacer nada. Nada en absoluto. Quizá no había entendido correctamente esa máxima hasta tener que decidir una posición personal con respecto al problema planteado por los publicistas de Desigual: ¿qué hacer con esas imágenes?

2.
    Porque, sin duda, hay algo perturbador en ellas, algo turbio, algo que tiene que ver con la concepción y con la maternidad que está muy lejos de celebrar el día de la madre. Algo que tiene que ver, en principio, con una madre loca.

La vida es chula

    Una madre que, además, está directamente tragada por un espejo. Las imágenes son perturbadoras precisamente por esa colección de gestos histéricos, incontrolables, que en lugar de celebrar una felicidad imposible, hablan de un pánico centrífugo que arrastra la figura de ese hijo hipotético hacia una dimensión de posesión absoluta. Dicho en otras palabras: lo que Desigual propone no es únicamente la idea de que el marido no pinta gran cosa en esto de la concepción, sino también, y en el límite, que el hijo no es sino un capricho estúpido e incontrolado para una madre histérica a la que, literalmente, una buena mañana se le pira la puta cabeza. El hijo se convierte, en la fantasía imaginaria del espejo, en un complemento, un extra, un añadido que sin duda exige su extraña configuración de mujer total (a la moda, trabajadora, guapérrima, y por supuesto, madre).

La madre

    El hijo loco que emergerá de esa madre loca tiene, además, una lectura en términos puramente económicos: es el regalo que merece por el día de la madre, y a su vez, la garantía de completud que permite rematar con la escritura del mantra de la casa: La vida es chula. Chula, sin duda, en el interior de ese espejo que otorga la cifra misma del goce y que encierra en su interior la angustia que atraviesa todos esos gestos de la modelo empeñada en demostrar -ante ella y ante la cámara- que, sin duda, es extremadamente feliz. Enferma de felicidad, como lo están por lo demás todos los que se empeñan en sostener, en el territorio del goce, que la vida es chula.

3.
   Ahora bien, el problema de las imágenes no es únicamente su lectura. El problema es su escritura en las redes sociales, este mismo post. El problema es citarlas, compartirlas para denunciarlas, dándole la razón al discurso que las generó. Un discurso que -volviendo a Zizek-, sólo se podría combatir desde el silencio, desde el borrado social de las imágenes.

   Y sin embargo, nosotros también desde el pánico de otro espejo (el virtual), hablamos.

   Luego aquí está la paradoja: La puesta en verdad del contenido de las imágenes las ha valorizado. Ese no hacer nada que nos exigía Zizek (y que hubiera supuesto el fracaso de la campaña publicitaria) resulta improbable precisamente por el horror mismo que hay en las mismas: un horror ante la pregunta fundamental del sujeto -¿y si no soy más que el juguete imaginario de una loca?-, así como el horror y la culpa que se desata ante el deseo de ser madre -bajo la óptica, por supuesto, de todos aquellos que nos negamos a aceptar sin más que La vida es chula.

    Sin embargo, no es la madre, sino la marca, la que finalmente nos ha consumido por la vía del inconsciente. Se ha situado en la vía del discurso esquizo capitalista (puedo decir lo que me de la gana, después de todo, estoy loco, ¿no?), genera un cortocircuito placentero con nuestros instintos ultraconservadores y nuestros miedos primigenios ante lo femenino, y por el camino, construye el imaginario de la comunidad de goce. ¿Que más se puede pedir?

    Sin duda, se hubiera podido pedir nuestro silencio, pero es imposible. Al menos, yo lo experimento como imposible, precisamente porque hay que decir aquello que duele, y joder, hay que reconocerle a los publicistas que han dado en el centro de la diana. Luego, ¿cómo podremos superar la imposición ética del silencio, y a su vez, demostrar(nos) que no aceptamos pasivamente todas las imágenes? ¿Dónde se encuentra la salida del círculo vicioso del Capital y su naturaleza imaginaria? ¿Cómo podemos ser coherentes entre la inacción que exigen ciertas barbaridades ideológicas (y sin embargo, extrañamente verdaderas en su pánico) y la sensación necesaria de posicionarnos en contra con todas nuestras fuerzas?

1.2.14

Vladimir Martynov en el Tommy Mel´s de Murcia


   Atravieso el país para conferenciar con mi viejo Kia Picanto desvencijado, Willy Loman de la teoría fílmica, con mis muestrarios holocáusticos y mis apuntes en los dorsos de los tickets de las estaciones de servicio. Cuando llego a ciudades en las que nunca (o casi nunca) he estado, siento siempre una tristeza de vidas perdidas, me pregunto por la biografía de los extraños que conozco en las tiendas de vinilos o en las recepciones de los hoteles, señoritas bien que acaban de pasar apenas la edad del Fotolog, con el gesto de Lady Macbeth capitalista asomando tras la sonrisa artificial con la que me tienden las llaves electrónicas. Duele tanta dulzura en las princesas sórdidas de las capitales de extrarradio y en sus tatuajes mal disimulados bajo el uniforme.

    Cuando llego a una ciudad en la que nunca (o casi nunca) he estado, tengo la extraña costumbre de buscarme una franquicia conocida para comer algo, un no-lugar extravagante y aséptico lo más alejado posible de esos restaurantes locales que presumen de extraños prodigios gastronómicos autóctonos. Me tranquiliza sentarme frente a una carta invariable que conozco, nutrirme de grasas saturadas familiares, ser borrado de cualquier experiencia culinaria memorable que subir al Instagram. Sólo soy un tipo que come, en la más absoluta y querida de las soledades, en la mesa del fondo de un Tommy Mel´s, leyendo con concentración por encima del plato, practicando la pequeña revolución distópica de masticar sin compañía en un restaurante familiar. Cocacola, plástico, fruta congelada.

    Los Tommy Mel´s me han fascinado siempre por su perfecto uso del anacronismo cinematográfico, pero en lumpen. Ofrecen un producto nostálgico a una generación que no lo necesita -nada saben de Chuck Berry los adolescentes que se nutren de un gélido menú del día en la mesa de al lado-, se anclan en un sueño que nada supone para Europa salvo la copia de una copia de una copia. Una de las camareras del Tommy Mel´s de murcia (converse rosas, pelo naranja) es sin duda uno de los seres más exquisitos que he visto en mi vida, tan desconocida del rol simbólico que la multinacional ha creado para ella -la utopía sentimental de una canción de Phil Spector, el beso nunca dado, el beso de la duda adolescente de una cinta de serie B-,una heroína del primer David Lynch con acento murciano y ademanes de cansancio ya próximo el fin de la jornada laboral. Nada sabrá de mí, ni del profundo cariño con el que contemplo cada uno de sus ademanes, pensando que aquella mujer desconocida es, en el más perfecto de los anonimatos, la traducción física de Las Beatitudes de Vladimir Martynov. Situada en el filo más extremo de la belleza capitalista -milicia de la hamburguesa, neón azul que se desliza como una lágrima sobre sus labios rojos pintados-, tiene la intuición del otoño y la confianza puesta en un efímero gesto -su pin, si es tan amable- en una multinacional que la regurgitará cuando ya no pueda ser la Laura Dern de nadie, la ingenua Laura Dern que dormitaba sobre un golpe de arco en Martynov, los años cincuenta que se perdieron cuando en, To know him is to love him, Spector realizó un cambio de tonalidad -verso I guess he- y nos condenó a todos a la muerte y al olvido.

    Me marcho para siempre del Tommy Mel´s de Murcia con mis diapositivas holocáusticas y me arropan primero en una de las Filmotecas más hermosas que he visto en mi vida, y un poco más tarde, me reciben los amigos de la ciudad en la hora feliz de los tragos compartidos. Con nadie hablo de la camarera del Tommy Mel´s (converse rosas, pelo naranja), porque entiendo que ella es pura literatura postmoderna y sólo puede ser resucitada en el código binario que conjura estas letras sobre el monitor. To know her was to love her, precisamente porque, como todo lo que amamos, no ha existido jamás.

29.7.12

Kalesi de Prada


 
 Oh Kalesi de Prada, dime si has guardado con un gesto de vergüenza el juego de maquillaje & las manchas de semen derramadas en el patio de colegio en el que jugabas a papás y mamás cuando pasaste los quince & el chico del pelo engominado que jugaba al porro te rompió el corazón con un gesto pueril, siempre que caía la tarde & los últimos hombres volvían de la oficina con los ojos vacíos y la manicura intacta.

   Oh Kalesi de Prada quién firmó la Hipoteca el día luminoso en que las estatuas de mármol familiares soltaron la lágrima noble de la perpetuidad, la pequeña casa de niebla y pladur en la urbanización de la periferia llena de gimnasios & tiendas de ultramarinos & productos hacendado & fiestas sorpresa en las que sonaba Jaula de grillos & el día en que papá se pegó el piro con una ecuatoriana que acababa de cumplir los 20 aunque ya tenía tres hijos con nombres compuestos de tres padres distintos, en la esquina del barrio donde la vida pegaba tan duro que las prostitutas soñaban con ser chicas de limpieza & las chicas de limpieza soñaban con ser españolas & las españolas soñaban con ser licenciadas & las licenciadas levantaban su carpeta forrada con fotos de Brad Pitt mientras gritaban This machine kill fascists!

   Oh Kalesi de Prada te piraste a Londres para trabajar en un Starbucks & al caer la noche los mendigos seguían tus pasos hasta la habitación compartida que siempre olía a tarrina rancia del Ben&Jerrys de la que emergieran enormes cucarachas marrones y sabias que recitaban poemas obscenos y trepaban por tus cigarrillos de liar o se hacían fotografías junto a tu rimmel corrido para subirlas a cuentas de Instagram sin seguidores & el tipo que pasaba MDMA & el tipo que pasaba coca & el tipo que pasaba de tu cara recién maquillada porque era homosexual & cuando caía la noche se encerraba en los lavabos de The Face con cualquier quinceañero que se pareciera a Jacqueline Kennedy para abrazarse y acabar con una puntita de speed rosa & por aquel entonces no nos conocíamos demasiado pero yo llevaba un sombrero de copa que me había dejado un crítico de arte.

    Oh Kalesi de Prada, ya nadie visita tu fotolog, ya nadie comenta tu fotolog, ya nadie se masturba delante de tu fotolog, ya nadie roba las fotografías de tu fotolog, los poetas andan haciendo cola en las manifestaciones, los poetas se cambian dos veces al día de ropa interior & compraron preferentes de Bankia & se mudaron a vivir en carísimas grutas del centro donde podrían descansar tranquilos sin tener que escuchar las oraciones de difuntos que emergían del centro social de la esquina en el que un paranóico disfrazado de Foucault anda últimamente suplicando por su vida y explicándole a la concurrencia que detrás de su máscara de Mickey biopolítico se esconde un pobre imbécil que tuvo dos hijos con una licenciada en INEF que le largó cuando falló el tranquimazin & desde entonces toca el acordeón en la puerta del mercado central para poder comprarle al pequeño un Smartphone & un par de juegos de la Play3.

    No. No miente.

    Oh Kalesi de Prada, te has tatuado en el alma la noble misión de ser Sara Carbonero & desde entonces visitas los sótanos & los áfter & los asientos de atrás & los mausoleos & las piras funerarias & las estaciones de servicio flipándolo en colores o chupando miembros atléticos de miembros de comités de empresa con la cara triste de quien ya ha visitado un cuarto oscuro demasiadas veces o ha salido al amanecer con las manos temblando por el efecto de la bajada de precisas drogas de diseño salmodiando una oración quebradiza por entre esas dos hileras de dientes perfectos que te cinceló un odontólogo con terribles hierros cuando tenías los trece y todavía no eras la madre de dragones, sino una pobre imbécil de senos ya prominentes que jugaba con su Tamagochi y practicaba gimnasia rítmica a ritmo del Barbie Girl de Aqua, Hi Ken, Do you wanna go for a ride?

    Oh Kalesi de Prada, que onda wey, que onda wey repite tu camello una y otra vez y otra vez y otra vez y otra vez y otra vez a la salida cada viernes junto a los andamios de la Calle Serrano sobre los que han orinado los hijos de la alta burguesía que fueron a colegios bilingües & te tomaron por turnos a lo largo de dos cursos mientras tu jurabas tiotequieromazo & ahora quieres borrar todo aquello para pasar a otra cosa diferente como tener hijos & ser una madre responsable & encontrar un buen tipo que te ayude en mitad de todo este infierno que se parezca a Iker Casillas o simplemente que no hostie cuando le pegue el bajón o simplemente que no se lo monte con otras mujeres o simplemente que te tenga llenita la nevera o simplemente o simplemente o simplemente nada.

    Oh Kalesi de Prada, vas corriendo a toda hostia & quieres olvidarlo todo.

    Pero yo, ya me conoces, yo siempre recuerdo & escribo & recuerdo & escribo

    & escribo.
   

5.5.12

La chica que se parecía a Jean Seberg


  Creo que ella tenía los trece, o así, y yo andaba rondando los catorce mal llevados, no lo recuerdas, pero en aquellos años yo andaba perdido por los callejones grises del barrio alimentando con el pan triste del bocata a los gatos tísicos de los noventa. Lo nuestro era un desfase, siempre comprando cintas porno a los chinos, siempre escribiendo cortometrajes muy malos que no rodaría nadie, soñando con sacarse unas pelas reponiendo en el Lidl donde apuñalaron a aquel chaval por un asunto de jaco. Ella tenía los trece, y se parecia a Jean Seberg, pero con brackets y con la gloria tocada en sordina del padre que trabajaba en la obra y la madre cansada que le pegaba al pachuli, al Afilador y a parir hijos.

    Quizá me preguntes por qué no la he olvidado. Fue la primera mujer a la que vi llorar de rabia. Literalmente. Apretaba con furia sus dos puños contra la mochila manchada de tipex, con los ojos clavados sobre el horizonte del barrio pobre, masticando entre sus brackets el nombre de un tipo que se había dejado el BUP para ponerse a pasar costo apaleado al lado del mercado, y que por lo visto, había preñado a una niña rica hija de arquitectos de Moratalaz y le habían puesto un pisito la mar de apañado. Creo que entonces comprendí, de un plumazo, la facción brutal y sangrienta de las víctimas de la lucha de clases, aquella manera de llorar revolucionaria y desgarrada, aquellas lágrimas que no tenían trinchera alguna porque eran toda la batalla perdida. Ahora los pobres se consuelan porque compran en IKEA. La chica que se parecía a Jean Seberg había sido derrotada por la mediocridad política, aunque su amor no fuera sino el amor incomprensible de los trece.

    Ustedes quizá no lo entienden, pero yo amaba a la chica que se parecía a Jean Seberg, aunque siempre me quedaran cuatro para septiembre, aunque fuera feo y pobre como los extras de Lawrence de Arabia, aunque nunca me creyó cuando le juré que en unos años estaría escribiendo de cine. Luego, pasados los años, nos acostumbramos a mentir, pero en aquel momento todavía podía escapar al caer la tarde para ver cómo salía en silencio de su academia de danza, aferrada a una falda verde de cancán y con las uñas pintadas de morado.

   Pasados los años, nos acostumbramos a mentir.

   También nos acostumbramos a pedir perdón.

   Puede incluso que hiciéramos ambas cosas al mismo tiempo.

   Pasados los años, yo volvía de las fiestas del PCE con la guitarra a cuestas. Escribía poemas, muy malos, y luego los convertía en canciones, todavía peores. La militancia era la pose, la pose era la memoria histórica, la memoria histórica era la excusa, y así hasta el infinito. Al final de la cadena de significantes siempre había alguna niña más o menos perroflauta que me ponía cara de pez cuando afirmaba que la era estaba pariendo un corazón, compañera usted sabe que puede contar conmigo. Y tal.

    El caso es que volvía de las fiestas del PCE, pensando que igual andaba haciendo la revolución de las minorías oprimidas, y que cambiaría el mundo escribiendo -¡Cambiaría el mundo escribiendo de cine! ¡Una mezcla entre Karl Marx y André Bazin, ¿imaginan?!-, y me topé con la chica que se parecía a Jean Seberg en un vagón de la línea cuatro. Iba acompañada de cinco sanos chavales con el pelo cortado a lo cenicero y con sendas Alpha Industries. Ella se había convertido en una especie de techno-bakala de buen ver que llevaba una camisa Lonsdale azul, pendientes de aro, tres gomitas del pelo dulcemente ceñidas a su muñeca dibujando la bandera de nuestro humilde país. Me miró con sus dos ojazos desmesuradamente grandes y dejó escapar un -cito literalmente-: "¡Tiiiiiio, que fooooorti encontrarte en el metrooooo!" mientras sus acompañantes se contoneaban simiescamente y me miraban con un gesto entre la indiferencia y la furia.

    La chica que se parecía a Jean Seberg hizo su propia revolución de derechas y se sacó un módulo de finanzas entre fiesta de la radi y fiesta de la radi. Mientras yo me encerraba en la filmoteca, ella andaba practicando inexpertas pero inspiradas felaciones a los tipos correctos, brackets mediante. Creo que se quedó embarazada a los diecisiete, pero pese a considerarse más o menos católica, se atrevió a abortar. Por mucho que la imagine mirando al techo en una clínica del extrarradio, soy incapaz de inventarme que pensó mientras le arrancaban a ese hijo de las entrañas, el hijo que le había dado un tipo que trabajaba en una pollería de Moratalaz, quizá un tipo que le servía pechuga a la hija de esos famosos arquitectos.

    Y comprendí que ya era demasiado tarde para hacer cualquier revolución, especialmente la mía. La lucha de clases todavía me daría algo de escribir y algo de ligar, pero a partir de ese encuentro se me empezó a ver demasiado el cartón cuando levantaba el puño en las reuniones y cuando decía No te quedes inmóvil al borde del camino o cuando decía Te recuerdo Amanda La calle mojada o cuando decía Ahora mueren en Bosnia los que morían en Vietnam.

   Algunos días sigo haciéndome la misma pregunta. ¿Qué quedó de todo aquello?

   ¿Qué demonios quedó de todo aquello?

10.2.12

El viento siberiano

    ...ninguna otra persona podría haber recibido permiso para entrar por esta puerta, pues esta entrada estaba reservada sólo para ti. Ahora me voy y cierro la puerta. 
 
...con lo que quizá recuerdes aquellos estallidos de lucidez en las horas difíciles, mientras conteníamos las carcajadas, mucho antes de que supiéramos que esta movida de la libertad iba en serio y antes incluso de los movimientos de tierra, antes de pasear por las calles dominadas por los hilos del deseo, los años en los que teníamos pústulas en el puño izquierdo de tanto levantarlo y los años en los que todavía pensábamos que nosotros éramos la solución a este pequeño cáncer de latidos, noches sin sueño atravesando ciudades, cigarrillos, mujeres, autovías, mañanas de resaca enchufándonos las cintas de Bergman una detrás de otra, montaña rusa, espejos deformes para grandes y pequeños, ropa interior, revolución y más revolución, páginas de Nietzsche al caer la tarde en una gasolinera y sándwiches mixtos, si algo se puede decir a nuestro favor es que juramos apurar la vida y ser absolutamente rigurosos en la inmisericorde religión del texto.

    La religión del texto, esto es, la religión del verbo. De un lado, el verbo para salvar(nos) de las heridas, y del otro, el verbo compartido hasta altas horas, con propios y con extraños.

     En estos últimos treinta días han ocurrido cosas importantes. No me refiero únicamente a la muerte de Theo Angelopoulos, por la que me obligué a romper un silencio autoimpuesto, silencio que uno ha creído como de anacoreta o de estilita o de cosa similar. Tampoco me refiero a las pruebas de imprenta del último libro que está a punto de llegar al mercado y que tendrá como nombre ya definitivo Apocalipsis pop! El cine de la sociedad del malestar. Quizá me refiero más bien a ese viento gélido que recorre la geografía europea, viento siberiano que muerde los tacones de las señoritas bien y de las señoritas mal, viento que pasa a toda ostia entre los tribunales, los yonkos de enfrente del Clínico que beben vino blanco barato y pillan las colillas que tiran los habituales del 81, viento gélido que se desliza entre piernas sociodemócratas, liberales, pseudocomunistas, piernas zizekeanas o lacanianas que tamborilean sobre aceras que se quiebran y sueñan -ay, siempre sueñan lo mismo las mujeres amadas- con pirarse a otro planeta a ver si hay más suerte. La suerte la llevas dentro, corazón, pero hasta entonces yo me dedico a escribir cosas de Jean-Luc Godard en este rincón del mundo o a seguir llorando -ahora que ya no está de moda- la muerte extraña e injusta del pobre Theo. Theo, cabrón, cómo se te ocurrire morirte antes de terminar la cinta sobre la crisis de Grecia, lo tuyo no tiene nombre.

    El viento siberiano, ya decía. Por ejemplo, el día de la Memoria del Holocausto, la chavalada de la ultraderecha europea se pegó el piro a bailar valses de Viena, que es lo que hacen siempre los animales cuando el mundo se hunde. El vals sin ceniza humana no es lo mismo, es como que pierde. Eso ya lo sabe la chavalada skin que acudía a levantar el brazo derecho en las manifestaciones de las Víctimas del Terrorismo, matando de nuevo y por segunda vez a los demócratas. La chavalda skin anda de enhorabuena porque el frío siberiano es frío-como-de-república-de-Weimar y mientras yo invierto mi tiempo pensando en tus piernas ellos andan preparando la gran fiesta de los pogromos. Y así no se puede. En los pogromos se bailaba mucho vals, entre otros coros y danzas nacionalistas, porque el débil muerto siempre da un ambiente como de verbena, un ambiente de gulag. El débil muerto es el spotify gratis de la Historia.

   El viento siberiano es un aleteo del ángel de Benjamin. El viento siberiano derriba puertas, ventanas, primarias, moncloas, monarquías, aeropuertos, universidades. Del viento siberiano, los únicos que lo saben realmente todo, son los cuerpos desgarrados que se hacinan en los portones gélidos de la justicia como se hacinaban los ancianos en El proceso según Orson Welles.

11.12.11

Intersecciones/Insurrecciones

"...pues no sabe escoger entre el proclamado amor hacia las masas amenazadas por la catástrofe y el secreto amor por la propia catástrofe"
(Bourdieu & Passeron)

Sábado na balada
A galera começou a dançar
E passou a menina mais linda
Tomei coragem e comecei a falar
(Michel Telo, Ai se eu te pego)


La voz de la mujer llega desde el otro lado de la línea y creo que anda de bajada de pastillas o algo así porque tiene la voz gangosa y alienígena y quebrada y me pregunta una y otra vez por qué siempre salgo corriendo al final de Inland Empire y que ella había llorado después/antes ese fotograma tan terrorífico y tan glorioso en el que Laura Dern y la chica polaca se abrazaban en la habitación del hotel, en fin, lo que necesitáis todos los teóricos -dice- es un puto cine como el de Lynch que no tenga tiempo ni espacio y os joda las teorías del cronotopo y las teorías de la enuncación y las teorías de género, para que al final sólo quede la imágen y nada más que la imágen y la muerte, como en Inland Empire, como cuando Tarkovski, como el I put a spell on you, y luego cuelga el teléfono dejándome de nuevo abandonado y escuchando el BWV 639 y la publicidad del Spotify, cristos crucificados, la vieja ultraviolencia que nos mataba de risa.

     Conexiones insurrecciones profanaciones, pequeñas blasfemias de andar por casa. Marc Torres me envía una fotografía desde la playa de Copacabana luciendo un bronceado de escándalo y leyéndose una de las primeras copias que ya han salido de imprenta de Un fantasma recorre la pantalla. Café Cinema me envía un secuencia de El odio desde Nueva York y afirma -ay- que ya sabe cuál es el truco. Pérez Iparra me envía un mail desde Emiratos Árabes y me dice que ha descubierto unos doscientos grupos de Trip Hop árabe que te caes de culo y que me va a pasar una selección de lo mejor de lo mejor de lo mejor. Hari me envía una reproducción de los Cazadores en la nieve desde Solaris y me dice que ha conocido a otro tipo, que es feliz, que las cosas marchan, que no sabe lo que me he perdido, que convertí su existencia en un infierno, que se lava la boca cada vez que pronuncia las dos aes que abren mi nombre, que espera no volver a verme en la vida y que ojalá arda para siempre in the dull flame of desire.


     La voz de la mujer (no) llega desde el otro lado de la línea, enciendo y apago mecánicamente los mismos cigarrillos y me asomo con los pies del otro lado a las mismas ventanas en busca de ese planeta azul que desciende, corazón, hacia la azotea misma del Millón de Dólares, yo te envío lo mejor que tengo -discursos de filósofos, fotografías dedicadas de escritores drogadictos, la promesa del hundimiento total de occidente- y espero que recuerdes lo que somos, en fin, la casa que ardía en Sacrificio, en el principio era el verbo, las lágrimas del Stalker, la moneda del absoluto, la absoluta importancia de tu cuerpo a mitad de camino entre el éxtasis y la putrefacción -otra intersección, por supuesto-, la exigencia de un cine total que sea del todo incomparable con unos ojos que se cierran a este lado del placer, desmoronándose, la imágen que se proyecta sobre tus párpados cuando rozas el tormento sensual, aunque luego intentarán pasarnos la factura.
   
No es de extrañar que el especial de Ray que ha sacado ShangriLa se llame Nunca volveremos a casa.
   
La casa ardió hace mucho. ¿No lo recuerdas? Le prendimos fuego.

11.10.11

Elecciones 20N: Apuntes con ruido y furia desde R´lyeh


    En los noventa -puede que todavía a principios del milenio- yo creía en la política. Apasionadamente. Creía en el compromiso, la acción inteligente, el diálogo, la búsqueda. Me metí entre pecho y espalda parte de Marx, algo de Althusser, toneladas de bibliografía "oficial" distribuída por el PCE, escribí en Mundo obrero y -como me dijo con bastante sorna y algo de razón Mr. X en una cena hace unos meses- sólo me faltó correr delante de los grises. Pero en mi época -gracias a Dios- no había grises. Seguían lloviendo golpes, y la vieja guardia nostálgica quería sentarnos en sus rodillas para recordarnos, ay, que con Franco se vivía mejor y había menos delincuencia. España siempre ha sido una película de terror.

   Hoy, el 11 de octubre de 2011, pido tu voto para Cthulhu.

   Hoy, el 11 de octubre de 2011, desayunando, escucho a una buena mujer decirle a la camarera: "Del grupo del camping, las que estamos en el paro nos vamos hoy a echar la primitiva al polígono, que me han dicho que hay un sitio detrás de la colchonería que siempre toca, ya lo verás..."

   Hoy, el 11 de octubre de 2011, me duele España en el pulmón y me tumbo en un esquinazo de mi ciudad a imaginar todo ese vals lumpen-proletario que me escocía en las costuras del alma cuando los 16, las manifestaciones heróicas, el puño en alto, la tramoya de la revolución antes del Ipod. Fumo en silencio y tengo una nostalgia que es como una ceniza de ideología purísima. Porque -hay que recordarlo- hubo revolución antes de Steve Jobs, y era una revolución adolescente y desquiciada, una revolución agit-prop, una revolución en el que creíamos tanto en la Humanidad que nos inyectábamos en vena el libro rojo de Mao y después bebíamos vino barato emitiendo enormes carcajadas.  Más tarde, llegó León Felipe y dijo: "Viva Cristo Rey, la revolución ha fracasado". Mi generación sin generación, mi revolución sin ideología, mi país zafio, turbio y desmemoriado, mis políticos con piel de lagarto viejo que sacan la lengua y se rascan el bolsillo.

    Las cárceles, vacías de canallas, son museos desgastados de esta Historia que me duele.

    España hoy tiene la cara encharcada de purísima rabia y un pecho abierto por el que asoma toda la vergüenza de este mundo. Nos robaron la ilusión, y a lo peor, realmente nos convencieron de que la masa era esa colección de individuos desmemoriados y estúpidos que babean al compás de los televisores. Tengo miedo. ¿Y si lo son? ¿Acaso podrían ser otra cosa? ¿Mama chicho me toca es el primer banco de la nueva banca? Què volen aquesta gent que truquen de matinada? ¿Mandamos un sms al 4477 con la palabra REVOLUCIÓN para entrar en el fantástico sorteo de un Ipad? ¿Iremos a las catedrales a besar el brazo incorrupto de Steve Jobs, que estás en los cielos?

    Hoy, el 11 de octubre de 2011, pido tu voto para el Cthulhu.

    Con la cultura destrozada, los sistemas de sanidad pública a punto de convertirse en una anécdota del pasado, un índice de paro que ríase usted de Shub Niggurath, lo único que nos queda es esperar a que el miedo, la intolerancia, las posturas beligerantes que impone la Inquisición/Corrección Política y la falta de energía nos lleven a un (nuevo) callejón sin salida. El Cthulhu me saca a bailar un pasodoble agarrado y lúbrico, en esta ladera de España que a veces parece Innsmouth y otras veces parece Arkham, y en las últimas luces del ocaso, parece R´lyeh pero con luces de verbena, barquillo, pandereta y mazapán. Quiso Dios, con su poder/fundir cuatro rayitos de sol/ y hacer con ellos una mujer.

    Háganme caso. Voten al Cthulhu. Después de todo, cordura y esperanza política ya nos queda poca, poquita, poca.   

28.9.11

Rumores del Apocalipsis (Goldman & Saachs rules the world)



   La bomba-Rastani, esto es, la bomba económica explotando dulcemente en la cara de Occidente, el viejo experto modelo Guy Debord (9 de cada 10 inversores en bolsa recomiendan los planes quinquenales de Stalin para que su perro crezca con un pelo sano y fuerte), el viejo experto modelo Sociedad-del-Espectáculo, profeta loco de los tiempos que corren, oráculo del pánico, novedad de la semana en la teoría de la conspiración según el Financial News. Ay, Rastani, que has dicho a las claras lo que todos sabíamos: que Ziggy Stardust no domina el mundo, que el Sgt. Peppers no domina el mundo, que no hay nada como una inmensa línea de cocaína descendente en el tabique ansioso de los mercados, come on baby light my fire. Ay, Rastani, tus amados discípulos postmodernos y apocalípticos celebran tu rostro inquieto, ese cruce de elementos mozárabes, anglosajones, económicos y hermosos que subyugan y provocan cascadas de squirting a las perras del mercado, las perras de diamante puro y las perras de tabique de diamente, las perras del ocaso último de este Occidente que cambió el Zaratustra por el Quién se ha llevado mi queso, el queso dulcísimo y light y diurético e hipocondríaco y quizá homeostático, aunque mal formulado. No es Quién se ha llevado mi queso. Es Quién ha robado mi queso.

   El queso de Rastani es el queso pobre, pútrido y apolillado de un lumpen-proletariado que no entiende quién se ha llevado su Ipad. Porque el Ipad debería ser tan sagrado como el vermú de los domingos, vermú que Rastani se bebe a todas horas en tragos largos y económicos, y así le pasa, que acaba bailando por la televisión el triste vals de las verbenas/Wall Street o la triste milonga del economista arruinado, economista onanista y pesimista que nunca se leyó el Zaratustra pero que se hartó del queso del Otro, el queso con membrillo de la burguesía y el queso del Cuarto de Libra con Queso de las futuras generaciones arruinadas. Así hablaba Rastani, en su crepúsculo color de cadáver, en su crepúsculo del eterno retorno de los mercados, la piscina, el hidromasaje, la superchería y la zarabanda. Rastani tiene que bailar de la ostia con su corbata de economista loco sujeta en la frente y dos travestis esperándole a la sopa boba del capitalismo. El capitalismo, ya se sabe, o pasa por la dirección de la bragueta o es menos capitalismo. Nadie se explica en Inside Job con la precisión, la pasión y la erudición como la Madama de Wall Street, Madama que daba de esnifar, de soñar, de beber y de gozar a sus queridos y humildes yonquis del dólar. "Dios la bendiga", suspira Rastani mientras deja caer una lágrima teatral, purísima, lágrima prístina que arranca destellos de diamantes al ocaso de Occidente, lágrima de profeta loco enamorado, morisco, judeomasónico, adicto de su peinado barato y luz/César Victorioso de los ejércitos del dólar. Ay, Rastani, Rastani, moro de la morería.

    Por lo demás -siempre cierro mis crónicas del Apocalipsis dicendo "por lo demás"-, el ejército no-victorioso se hacina en el colchón familiar, un colchón manchado y desgastado por las batallas de la Historia, preguntándose qué ocurrió con el dinero que le metieron al Tunning o al Máster del niño, títulos universitarios de cofradías oxidadas que se felicitan al compás de las Competencias. Por lo demás, silencio, silencio, calaveras de plomo y más silencio.
    Silencio, he dicho.

23.9.11

Notas sobre el coleccionismo de vinilos


   Se dice por los foros de la internec que el coleccionismo de vinilos se ha convertido en un gesto propio de la modernez, el gafapastismo y otras subculturas de principio de milenio. Algo de razón hay, por supuesto, pero creo que sería justo ofrecer una serie de ideas al respecto, modificaciones que quizá tengan que ver con los usos y costumbres de una época que -como comenté hace poco- está fascinada por el Low-Fi y la nostalgia tecnológica modelo Instagram/Polaroid.

    El urbanita medianamente higiénico consume una cantidad de música descomunal. Los portales y los blogs especializados ofrecen seis, siete, doce novedades a la semana. Pitchfork, las páginas críticas de Rockdelux, los bares que ofrecen a los suscritos a sus newsletters interminables listas de recomendaciones... The audience is listening y la música fluye.Sin embargo, los hábitos de escucha son necesariamente efímeros. Las descargas tienen la vida muy corta, se cruzan a golpe de Flash Forward, se seleccionan dos o tres cortes y el resto quedan flotando en un magma pringoso de sonido obsoleto. A veces incluso me planteo si no existe una especie de tiranía musical del ahora, un ansia por conocer lo último del último grupo de brit pop en el que toca el bajista separado del penúltimo grupo de drum and bass. Música líquida para sociedades líquidas.

    Me obligo a pensar seriamente en los discos del ahora que he escuchado completos más de seis veces. Se pueden contar con los dedos de una mano. El In the grace of your love de los Rapture. Por supuesto, el My beautiful dark twisted fantasy de Kanye West. La mayoría son un poso al fondo del MP3 del que voy rescatando canciones, temas, saltando de un lado para otro sin demasiado órden ni concierto. A veces es pura selección natural, y otras veces, puedes cargarte discos enteros si no les ofreces las escuchas que merecen. Swim de Caribou es un buen ejemplo: tiene un tema inicial tan prodigioso (Odessa) que amenaza con eclipsar el resto del disco si uno no le deja espacio, tiempo.

    Frente a este paradójico -e inevitable- nuevo modo de disfrutar la música, miramos hacia el vinilo, el LP, con sus 33 revoluciones por minuto y su eidos particular. El vinilo invita a una escucha tranquila, personal, cronológica. Respeta la voluntad de "obra total" de su creador y tiene esa magia de lo textural, ese placer de almacenar en sus arañazos y sus marcas toda la experiencia vivida. Comencé a coleccionar vinilos cuando, hace tres o cuatro años, volví a escuchar el Shine on you crazy diamond a toda mecha en un buen equipo. Mi pobre edición en cd había palidecido, había envejecido por completo, por mucho que se empeñen en remasterizarla, limpiarla, reeditarla y reutilizarla. El surco original habla de/en una música distinta, que exige una atención distinta y que ofrece un estremecimiento distinto. Avanza arropando los sonidos y utiliza otra frecuencia que ni siquiera la mal llamada Música HD, con el tan polémico Loseless puede garantizar.

    Pero hay algo más. Algo decisorio. Comprar un vinilo exige un ritual, una actitud, el placer de un descubrimiento. Es una conquista, un fetiche, un pequeño trofeo. No se trata de hacer dos clicks en una web, ni de copiar unos archivos en un pen. Comprar un vinilo te garantiza una búsqueda lenta y apasionada que puede durar meses, tardes de largos y dulces paseos por los zocos de las ciudades, charlas con vendedores más o menos apasionados a los que les brillan los ojos cuando les preguntas por una edición determinada del Ziggy Stardust o del Quadrophenia. Comprar un vinilo es rastrear dedicadamente las páginas de ebay y cotejar ofertas, condiciones, recibir extraños paquetes de tiendas soñadas en Alemania, en Reino Unido, en América, tiendas que uno imagina románticamente como almacenes enormes de sueños y adolescencias, preciosas y enormes portadas de discos que suenan más allá de dos, tres, cuatro, cinco décadas, arrastrando besos y decepciones, lágrimas, tardes en blanco.

    Antes -quizá lo recuerdas- los discos se escuchaban íntegros y hasta la saciedad. Las cintas se pasaban de contrabando, siempre había un hermano mayor o un primo que se iba para Inglaterra y se traía tres o cuatro cosas, o quizá un programa pirata a deshora que pinchaba cosas de Kraftwerk o de Einstürzende Neubauten, o ese colega friqui de la academia de inglés que tenía cosas de los Iron Maiden. Todavía recuerdo la extrañeza que me atravesó la primera vez que escuché entero el Powerslave: aquello era como meter los dedos en un enchufe, sonaba faraónico, mastodóntico, interminable, glorioso. Sonaba como la pesadilla de la Spice pija. Sonaba como Dios.

    Creo que el retorno al vinilo tiene algo que ver con esa relación íntima y cómplice con la música. No se trata de regresar a la adolescencia -salvo excepciones, la inmensa mayoría de los títulos que he comprado hasta el momento no los escuché en profundidad antes de cumplir los 19 o los 20-, ni de volver al pecho materno pop perdido. Se trata de reivindicar un formato, una pose, una actitud ante la música que penda de la historia y no de la moda inmediata. En este sentido, el vinilo no es una herramienta tan modernilla y gafapastil como nos quieren hacer creer: es una reivindicación precisamente antimodernilla en tanto lo que buscamos es el Bowie de Berlín o los Depeche Mode pre-Ultra. Lo que buscamos es ese placer total de mirar la enorme portada con los ojos deslumbrados, el precio preciso, la calidad justa, el encuentro con una cierta Historia. Lo que buscamos es una música en peligro de extinción.

10.9.11

10 de Septiembre. Non Historie(s). Non Cinema.


  
¿Por qué se escribe sobre cine?
  
Los Cultural Studies lo tenían claro. Padre, bendígame porque he pecado. Soy un hombre blanco, heterosexual, de un país del primer mundo. Padre, bendígame mientras dejo sonar un lamento sobre los cadáveres de mi mundo, cítaras, subversión, subvención. En la foto-finish del siglo XX saldremos guapos, elegantes, aseados, tolerantes, solidarios, ecologistas, comprometidos, y así analizaremos y analizaremos buscando los huecos del discurso.
 
  Padre, bendígame porque estoy reprimido. Ya lo dijo Foucault. Tanto hablar de la represión sólo indica que no hay represión alguna. Tanto hablar de las culpas, las heridas, tanto citar a Robin Wood y poner cara de seriedad en los Congresos de la cosa. Tanto Godard y tanto Mayo del 68 para ver si así nos sacamos una columnita, oye qué hay de lo mío que yo soy de los tuyos. Este es mi complejo de culpa, Insert Coin, citaremos a Negri, citaremos y citaremos y citaremos.

    Hoy es 10 de Septiembre de un año cualquiera, ya murió Enrique Morente y no conquistamos Manhattan, ni Berlín. Me hubiera gustado tanto escribir la nana triste del World Trade Center, anda jaleo jaleo, una nana triste que nos quitara el sueño llena de lunas luneras y de mi corazón enterrado en una esquinita pequeña de la Torre Norte. Me hubiera gustado tanto decirte que aquellos eran mis hermanos y pasearme por los agujeros de la memoria inventándome una bulería, un foxtrot, llenándome las manos con el polvo abandonado de la Zona Cero.

    ¿Por qué se escribe sobre cine?

    Los telediarios de mi país dicen siempre lo mismo. Las víctimas no eran las de Nueva York. Las víctimas estaban en Afganistan, en Irak, la culpa es del capitalismo, la culpa es del MundoConsumo, la culpa es nuestra, que les obligamos con nuestros mecanismos amargos y nuestros panes ázimos en forma de Mercado a tirarnos las dos torres gemelas. Padre, bendígame porque invierto en bolsa y exploto los pozos petrolíferos. Las víctimas no eran las de Nueva York, o eran menos víctimas, porque pertenecían a un país del primer mundo, explotador, colonialista, un país al que le gusta meterse en guerras y elegir a presidentes estúpidos. Ay, las víctimas de Nueva York eran mis hermanos. Los telediarios de mi país dicen siempre lo mismo.

     Anda, jaleo jaleo. Si yo pudiera trepar por una esquina del World Trade Center y arrepentirme por todos nosotros. Pero no duerme nadie por el cielo, y por la tierra, no hay paz para los hombres que aman al Señor. Se nos ha gastado el arte de cantar nanas, se nos gastó de tanto usarlo y ahora sólo tenemos la alegre celebración de la estulticia. Mujeres, Hombres, Terroristas y Viceversa.

    Por lo demás, cuando mañana salgan los expertos en las televisiones utilizando su sutil sentido del humor para volver a repetir el mantra antinorteamericano, cuando intenten convencernos de que lo ocurrido en el World Trace Center fue culpa de Occidente, cuando intenten decir que la sangre de la Zona Cero está en mis manos, te juro que mantendré los puños bien cerrados. Y apretaré los dientes. Aquellos hombres y aquellas mujeres, déjame repetirlo una vez más, eran mis hermanos.

1.9.11

"Space Oddity" para niños

  
Como bien saben mis lectores habituales, uno de mis proyectos más ansiados es la paternidad. Todavía me quedan algunos años, pero mientras tanto voy coleccionando iconos del pop, rarezas del pensamiento adaptadas para niños, pequeños fetiches que me permitirán no sentirme culpable en el hipotético caso de que algún día entre en la habitación de mi vástago y me lo encuentre leyendo a Isabel Allende, escuchando a Justin Bieber o descargándose la última entrega de The Fast and the Furious. Si eso ocurre, pensaré que no ha sido culpa mía, que su padre no ha escatimado en esfuerzos para impedirle ser víctima de un ambiente malsano. Suelo discutirlo a menudo con Santa Juana de los Mataderos, y ella siempre utiliza los mejores resortes femeninos para intentar deshacer el nudo godiarno del gafapasta: No, a tu hijo, hagas lo que hagas, no le gustará Jean-Luc Godard.

   Pero yo no me rindo. Ni me rendiré. Por eso colecciono peluches de Freud, recopilatorios de Pink Floyd adaptados para niños, baberitos de los Sex Pistols y otros pequeños amuletos. Lo que hoy les ofrezco como regalo es una maravilla que he encontrado vía Popped Culture: la adaptación ilustrada del Space Oddity, ese sueño terrorífico mayor de mi siempre adorado David Bowie, ay, el Space Oddity para niños, cunitas que vuelen en el espacio sideral al grito de Planet Earth is blue and there´s nothing I can do...

    Y ustedes me dirán, con razón, que Space Oddity acaba como el rosario de la aurora, y que Bowie es un icono distópico, y que por qué, ya puestos, no le busco la versión infantil de A serbian film o le imprimo un mantelito de Irreversible para que vomite a gusto sus primeras papillas, o le leo La náusea antes de ir a dormir con gesto y voz de inmenso cariño. Ustedes me dirán que los niños de hoy suficiente tienen con la buena de Dora exploradora, con el bueno de Bob Esponja, o a las malas, con los Gormiti. Pero el universo, amigos, está mal diseñado, y si se dan una vuelta por los parques del centro descubrirán que no quieren que sus hijos sean de esos. Ustedes quieren algo especial, yo quiero algo especial, y para empezar, nada como el bueno del Major Tom explotando en miles de pedazos arropado por uno de esos saxos inmejorables del pop.

   No me den las gracias. Entre todos crearemos una generación que pueda enfrentarse al Apocalipsis, el cambio climático, la invasión islámica o la hecatombe zombie con la seriedad, el cariño y la humildad que nosotros no tenemos. No, no me den las gracias.

(El autor, por cierto, es el fabuloso Andrew Kolb. Pueden encontrar su web aquí, y la versión completa del cómic de Bowie, aquí)

30.8.11

Instagram, Mytubo y otros fantasmas tecnológicos

(Una futura usuaria de Instagram)

Un fantasma recorre el mundo tecnológico. El fantasma postmoderno de la nostalgia, el tiempo pasado, la mirada perdida. Desde que me he incorporado al universo Android, he descubierto la impresionante tirada que lo low-fi despierta en centenares de usuarios: la portada de la Rockdeluxe del mes pasado estaba tratada como si se tratara de un viejo retrato setentero, los precios de los vinilos se han triplicado en los últimos doce meses, y por supuesto, casi todo el mundo con cierto gusto estético "indie" prefiere utilizar el bendito Instagram o el Mytubo antes que las propias aplicaciones que incorporan los Smartphones.

Esto me genera una sensación extraña como usuario, una cierta incomprensión ante ese malestar tecnológico que los sujetos afirman padecer y que, para qué negarlo, está empezando a salpicar el rostro amable de los paraísos hi-tech. Los maltratadores se despiden de sus víctimas en los tablones de Tuenti, el bendito cine en 3D nos aburre o nos provoca dolores de cabeza, los 5 mpx de mi cámara se reducen a una resolución 400x400 de purísimo tacto gafapasta.

El problema, por supuesto, es la vacuidad de la mirada. Con Instagram/Mytubo está pasando como cuando a las niñas bien de la periferia les entró la perra con la reflex y se gastaban un pastón para acabar haciéndose fotos en modo manual delante del espejo. La mirada está vacía, pero Instagram lo traduce en un cierto placer retro, algo así como una corrección estética de manual. La ideología, la sistemática de trabajo que acompañaba a los verdaderos artistas de la Lomo o de la Polaroid estalla en mil pedazos en el momento en el que un sosipavo/una sosipava reproduce masiva e indiscriminadamente todos sus trabajos con el mismo filtro, una y otra vez, como una pesadilla que en breve nos parecerá intolerablemente kitsch.

¿Por qué el Low-fi? ¿En qué momento descubrimos que los cds eran el timo de la estampita y nos pasamos a esos caros, flamantes, deliciosos vinilos? ¿Acaso alguien conoce una sensación más derrotista, hoy en día, que volver a mirar todos esos cds originales que compraste antes de Napster, todo ese magma de música que hoy se descarga con un gesto frágil de cualquier servidor? ¿No ejemplifica como nadie la inexistencia del Capital toda esa belleza que ahora se nos antoja, efímera, mal pagada? Hasta el dinero gastado en tabaco de los exfumadores parece mejor invertido.

Con lo que Instagram es la enésima demostración de que el nuestro es un tiempo sin tiempo, una estética sin estética, un sistema social nostálgico sin ideología posible. El revival del Instagram es la constatación de que nos encanta tener la cámara más potente para mirarla con ojos de besugo y preferir que otro realice el esfuerzo sufremo de pensar la mirada. Pensar la mirada a estas alturas, no jodas.

25.8.11

Ideología-Shakira

"La vida de la dialéctica es el continuo movimiento hacia los opuestos. La humanidad acabará hallando la perdición. Cuando los teólogos hablan del Día del Juicio Final, son pesimistas y aterrorizan al pueblo. Nosotros decimos que el final de la humanidad producirá algo más avanzado que la humanidad"
(Mao; Sobre la práctica y la contradicción)

La camarada Shakira, experta en biopolítica y en situacionismo, nos deseó nada menos que en Jerusalem hace unos meses "un mundo como el Barça (...) para ganar el partido contra la discriminación". Nosotros (Dios y yo, of course) , Tribunal Oficioso de Ninguna Verdad, afirmamos lo siguiente:

01. Que ya no basta con defender a Shakira basándose en sus dos primeros trabajos -para el mercado internacional, claro- como si durante cuatro o cinco años la cantante hubiera tenido una suerte de inspiración pre-revolucionaria y en temas como Pies descalzos o Ciega, sordomuda hubiera abierto esa brecha del pensamiento latino-denuncia social que hasta el momento portaban las luminarias de Maná y Ricardo Arjona. Ahora, compañeros, es el momento de decirlo claro: los dos primeros discos de Shakira también fueron una estafa. No permitáis que vuestras novias los defiendan: es prioritario que pongamos de manifiesto el ridículo de versos como pedazo de cuero, no vuelvas nunca más o no te importó un pepino tu destino. Hay que decirlo claro: objetivamente, como poesía revolucionaria, son una mierda.

02. Una voz disiente al fondo de la sala y pregunta qué vamos a hacer con Octavo día, objetivamente hablando, la cima filosófica y musical de la intérprete. Ciertamente, la conservaremos como teodicea postmoderna y propondremos que suene antes de cada acto de Democracia Catalana.

03. Compañeros militantes, hay que entender a Shakira como el patito feo que se operó, se retocó y se convirtió en espectáculo puro y duro, quizá aterrorizada o acongojada ante las geografías desmesuradas de sus competidoras de la SONY y de VALE Music. De hecho, la canción Suerte -todo el disco Servicio de Lavandería, probablemente- es el equivalente musical a una liposucción/implante de pecho. El verso Suerte que mis pechos sean pequeños y no los confundas con montañas sólo puede ser considerado como un ejercicio de falsa modestia destinado a generar una estúpida y peligrosa empatía con el público femenino. Todo el mundo sabe que el mayor acto subversivo y feminista de Lisbeth Salander fue ponerse tetas, esto es, sentirse bien con su cuerpo como mujer. Esto es, dar un paso hacia la construcción del deseo fantasmático masculino mayoritario.

04. La falta de escrúpulos musicales ha llevado a nuestra camarada a fusilar sin el menor reparo cualquier estilo de moda. Su Reagetton para Grandes Públicos -La tortura, absoluta honestidad en el título- fue descafeinado hasta el punto de no contar con los elementos distópicos, salvajes y políticamente incorrectos que habían popularizado El Chombo, Looney Toones o Daddy Yankee. Lo que antes era una música (de mierda) surgida de los suburbios y los cubos de basura de ciertas sub-subculturas, se convirtió en alegre producto de consumo rápido para pistas de baile, a gusto de todos. De hecho, se confirmaron las artes taumatúrgicas de la cantante colombiana, al resucitar (¿¿??) a un largamente fallecido Alejandro Sanz, héroe acné en horas bajas más conocido por sus twitts y por su simpatía derechista que por sus últimas canciones. Alejandro, aunque nadie lo sepa, aspira en secreto al Trono-Indasec de Julito Iglesias.

05. Desde entonces, nuestra camarada Shakira ha generado una sabia carrera económico/musical basada en dos grandes estrategias: poner cachondo al personal de mala manera (véase el clip Las de la intución y su desfile fetichista) y convertirse en una reina de papel amarillista en vistas de que en el futuro quizá el bisturí y el gimnasio no solucionen los brutales mordiscos de lo Real. Su penúltima cima fue convertirse en protoídolo de la cara más amable de la globalización con el Waka/Waka, portento surrealista de las rimas forzadas capaz de competir con los mejores tiempos de Pau Donés. La cosa era un poco como lo de Chiquilicuatre, pero con niños africanos que sonríen a cámara, una producción de varios ceros y una cuidadísima mirada opiácea sobre nosotros, pecadores del sistema.

Dicho lo cual...
¿Comprenden por qué vivimos en el peor de los mundos posibles?

18.8.11

Confesionario Pop



En las primeras páginas de la deslumbrante Amar en Madrid de Paco Umbral, el maestro escribía algo como "Madrid es una ciudad con cinco millones de habitantes, de los que al menos cuatro y medio son materia adiposa". El otro medio millón, supongo, se pelean entre los cafés de tribunal y las callejas del centro para ver si han entendido algo de Deleuze, de los Artic Monkeys o del último montaje de Pandur. Les quiero porque, en cierta medida, son mis pares, mis hermanos gemelos en la resistencia cultural del Pop (¿acaso hay otra posible, al márgen de ese Madrid-Barça patrio que hemos montado Indignados-JMJ?).


La industria del ocio -el pop, claro, es ocio, pero eso nunca se te ocurra confesarlo en serio- está muy ocupada pariendo monstruos. La industria de la cultura suficiente tiene con rascar una subvención y montar un sarao poético-político con la chavalada del antiguo PCE o de una rama cool de los socialistas. Se reían de Russian Red porque confesó que era de derechas pero la mitad de ellos se la hubiera llevado a la cama sin pensárselo dos veces. La tiranía de la estética es imparable, y el pop es también celebración de la belleza, ay, y por eso siempre me pilló lejos, utopías de niñas monas que querían ser portada de The last shadow puppets, o así.


Luego está toda esa materia adiposa. Esa Juana sin Arco, ese Bill sin Gates, aquella foto de aquel narco que viste de beige, y si fuera ella, la que quiera Dios que sea mi delito es la torpeza de ignorar que quién no tiene corazón. Cuando no tienes ideología, lo más sencillo es tumbarse en una escombrera y ver pasar las horas aferrado a un ensayo de la Arendt. Madrid está cansada de ser un tablero de ajedrez en mitad de una guerra inmemorial, no pasarán, pero hemos pasado todos. Hasta los niños feos que soñaban con la gloria literaria por las barriadas, chuchibiri cuchibiri.


Por lo demás, yo quería hablarte del timo de la estampita cultural, del tocomocho del pensamiento, de que al final si no sabes qué decir tires de Lacan, de Barthes o de Derrida y alguien te acabará por comprar la pose. Lo importante es la parte lúbrica del texto, esto es, si te irías a la cama con Russian Red o no. La cultura pop es una cultura sexual, perversa y polimorfa, una gran fiesta del falo a la que estamos todos invitados, y por eso es eterna. Le pones unas gafas de pasta, claro, pero anda que Vetusta Morla no se tienen que estar hinchando a pillar cacho en los festivales del verano. Y lo merecen, oiga, y lo merecen.


Este confesionario me resulta un poco estrecho, y además, no estoy seguro de merecer ninguna absolución. Si acaso, me escucharé el Ziggy Stardust de nuevo y coleccionaré estampitas de pin ups nocturas y empapadas. Por lo demás, ayer me decía Santa Juana de los Mataderos: "Aarón, o tocan La Oreja de van Gogh o para mí nunca será un conciertazo, y punto". Que Dios la bendiga. No necesita inventarse un personaje para resultar atractiva. Pocas cosas desarman y atraen con tanta fuerza como la verdad. Que Dios la bendiga y que bendiga también a los chicos de las JMJ. Como escribió Ray Loriga en un ataque de poesía invalorable: "En verano hace un calor de la ostia".

17.7.11

Sobre Scott Pilgrim y otras perversiones

Los arqueólogos, los historiadores, los detectives privados de la imágen audiovisual lo sabemos: las cosas están cambiando. Las audiencias, los espectadores, las voluntades y los discursos fílmicos se han convertido en extraños mutantes, híbridos, alienígenas ideológicos bastardos que hablan idiomas extrañísimos. André Bazin disparó en la sien de los estudios audiovisuales cuando, al final de su Ontología, señaló: "Por otra parte, el cine es un lenguaje". Su profecía sólo se cumplió realmente en el momento en el que nuestros alumnos comenzaron a grabar sus videos, a editarlos con sus smartphones y a colgarlos en youtube casi a tiempo real.

Frente a esto, uno intuye tres corrientes mayoritarias en la crítica. La primera es una vieja nostálgica horrorizada que piensa que el cine terminó en los cincuenta y que desde Billy Wilder apenas se ha rodado nada interesante. La segunda es una vieja revolucionada horrorizada que piensa que el cine terminó en la Nouvelle Vague y que desde Godard apenas se ha rodado nada interesante. La tercera pertenece a su tiempo y se parapeta tras blogs, Vlogs, revistas on-line y fanzines 2.0. Todavía balbucea, pero no tardará en reivindicar como textos mayores de la cultura popular la filmografía de Zack Snyder, los discos de Crystal Castles o la última entrega del Final Fantasy.

Scott Pilgrim pertence a una nueva generación de cinéfilos. Eso hará que muchos la desprecien, la infravaloren y la aparten como una gamberrada estúpida. Sin embargo, es un texto absolutamente postmoderno -en el sentido más estricto de la palabra- que saquea con total tranquilidad todos los cementerios culturales de la segunda mitad del XX: la cultura punk, el techno japonés, el folletín romántico, las máquinas de bailar y las tiras gráficas.

Antes hablaba de la crítica. Ahora hablo del mundo postadolescente postmoderno. Siempre hubo dos clases: los chicos/as guapos/as que visten camisas blancas y trajecitos elegantes en el MoMa-Madrid, exquisitamente bronceados y fascinados con la última náusea de Amaia Montero. Hacen botellón con alegría de viernes noche y sueñan con heredar la empresa de papá o el despachito en la Castellana, conducir un Mini y convertir sus vidas sexuales en una mezcla de Médico de Familia y Sexo en Nueva York.

Luego están los otros. Los que viven en el límite. Los que visitan 4chan, se descargan discos de grupos impronunciables, llevan jugando al Zelda o al WoW desde hace años y ya saben que los simulacros de la España postmo (la política, las metodologías activas, la comunicación, Amar en tiempos revueltos) son una puta mierda. Son los hijos aventajados de Juego de Tronos, los ideológos del futuro, la legión famélica que sabe que hay más verdad en su personaje del WoW que en la televisión o en los periódicos, francotiradores vestidos de negro adictos a Pokémon. Y no están solos. Son una legión silenciosa de autonombrados friquis que saben que llevar camisa blanca de marca es ser un hortera o parte del sistema. Su sistema es 2.0 y cuesta dos manás rojos y uno incoloro. Scott Pilgrim podía ser parte de su bandera, como podría serlo también Kick Ass o la Ultraviolencia de Noguera. Son hermosos, son jóvenes, están malditos -algunos son malkavian- y se ríen entre dientes de los hipotéticos líderes políticos y de opinión. ¿Por qué no habrían de tener su cine? ¿Por qué no habría que saludar cintas como Amanecer de los muertos, Watchmen, Orígen o Juno como sus nuevos evangelios? ¿No es la saga Silent Hill un profundo tratado de sociología virtual?

Larga vida a Scott Pilgrim y a sus acólitos. Hay que prenderle fuego a las catedrales de Andy & Lucas, recordar que Ricky Martin antes iba de hetero hasta que su cuenta bancaria se puso en números rojos, poner en letras bien grandes que Vale Music son sinónimo de analfabetismo y vulgaridad. Scott Pilgrim, jóvenes acólitos, nínfulas góticas, lectores de cómics, la Nueva Crítica os saluda y celebra, en fin, que tengáis un par de huevos.

9.7.11

Apuntes Postmo #02: 3 movimientos / 9 frames

MOVIMIENTO #01: Es la víctima. Agnus Dei.


MOVIMIENTO #02: Es el crímen. Gólgota.


MOVIMIENTO #03: El relato se tuerce. El asesino es digno de compasión. Es digno de compasión porque antes nos ha fascinado.


El manantial de la doncella era Dios (Padre) y lo simbólico.
Psicósis era el Hombre (la Madre) y la locura.
Los renegados del diablo era la Cultura Pop (el Diablo) y la fascinación.

5.7.11

Apuntes Postmo #01: "Los renegados del diablo"



"Are you OK? You´ve been shot in the head and I´m holding your brains, the old woman said. So I drink in the shadows of an evening sky, see nothing at all"
(David Bowie, Seven years in the Tibet)

La postmodernidad envidia siniestramente a sus monstruos. Está enamorada de ellos, les escribe largas y profundas cartas de amor mientras derrama lágrimas de sangre. Les escucha hablar en los balcones del tercer mundo, recién llegados del cáncer, les ofrece la carne blanquísima de sus hijas para que las violen en los descampados y las barriadas underground. El cine protofascista -lo sabemos desde Kracauer- es siempre la fascinación por el monstruo, el susurro por el psicópata, el baile descabellado con Caligari dejándonos los labios y los dientes en un beso sucio y húmedo.

Creo que Rob Zombie, muy a su pesar, es un buen cineasta. Me gusta paladear las palabras con cuidado: muy a su pesar. Se empeña en intentar convencernos de que sus películas son una inmensa broma, una bufonada postmoderna, un juego a medio camino entre los Hermanos Marx y los asesinos de las niñas de Alcasser. Pero no es cierto. Si lo fuera, no hubiera rodado con escalofriante precisión los últimos cinco minutos de Los renegados del diablo, mimando cada plano, estudiando meticulosamente el ritmo, enamorándose de su propia imágen. Si lo fuera, ciertas escenas -el asalto al prostíbulo- no estarían preñadas de una inmensísima poesía decadente, una melancolía incurable, la confesión a media luz de los pecados más hermosos del mundo. Zombie a veces asfixia sus propias carcajadas y se descubre frente al espejo como un payaso desolado incapaz de mantener sus propios chistes.

Los renegados del diablo
es una película incomprensiblemente hermosa. Nada que ver con su -decepcionante- La casa de los mil cadáveres. Aquí el celuloide huele al primer Wes Craven, pero también a Easy Rider o a la Fat City de John Houston. Llega mucho más lejos que otras pseudo-bufonadas supuestamente herederas de la exploitation, mucho más lejos que Planet Terror o que el remake de La última casa a la izquierda. Es una cinta religiosa y desquiciada como la extrema unción de un asesino en serie. Una cinta sobre mártires, sobre la tortura, sobre la piedad, la iluminación, la redención y el castigo.

La única manera de entender las tremendas posibilidades de Los renegados del diablo es entendiendo con claridad su más íntima naturaleza: la de un palpitante trozo de poesía fascista. Poesía de la exterminación y la humillación, sugerentemente cercana y motivadora, poesía para niños díscolos que han soñado con entrar en los institutos disparando en la cabeza de sus compañeros. Poesía para los cadáveres del futuro, y también para los verdugos, los camisas negras on-line y los maoístas de cuño 2.0. Más allá de la mirada del Rob Zombie que no puede evitar ser poeta queda una materia adiposa de tópicos sobre los serial killers (el motel, Texas, los cadáveres apilados en la nevera) mucho menos interesante. Lo que funciona es otra cosa.

Lo que funciona es el crímen. El castigo. Dostoievsky encerrado en el orgasmo espasmódico de una gothic lolita.