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21.3.13
Apología de la pornografía en la sociedad del malestar
Estimados cómplices de todo pelaje, condición y orientación:
Ya tenéis on line mi último ensayo afterpop y pornográfico, donde introduzco una serie de radicales hallazgos éticos y estéticos que seguro harán las delicias de niños y mayores. Mi favorito, sin duda, la creación de un Modelo Emocional Ismael Serrano vs. Modelo Emocional Chimo Bayo. Con esto no conseguiré en la vida el Anagrama de Ensayo y es probable que me retiren la acreditación de las Agencias de Calidad, pero, como diría el maestro Fernández Mallo, "para volver a escribir como se hacía en el siglo XX siempre hay tiempo".
Así me gusta a mí. ¡Hu-ha!
Así que disfrútenlo, en soledad o en compañía, según sus preferencias, su mood, su feeling y sus posibilidades eróticofestivas. Tan sólo hay que hacer un click aquí.
26.2.13
Pensando la alta cultura pop (I): La pena mayor
(i)
La entrada del domingo pasado provocó una considerable polvareda en términos de redes sociales, visitas, retuits y ruido estelar en la blogosfera que siempre es estimulante y digno de agradecimiento. El hecho de que esa entrada conectara especialmente con las preocupaciones de amigos y desconocidos parece señalar que todavía queda mucho trabajo por hacer y que la preocupación por los límites entre alta y baja cultura diseñan una topografía convulsa, fronteriza, una suerte de tren de la bruja social que todavía no estamos seguros de saber transitar.(ii)
Cada vez que noto que se me oxida la metodología, entro en un pánico de cercanías. Hace apenas cuatro años pensaba que había encontrado la panacea en el psicoanálisis postlacaniano y en la sociología de Bauman, y que su combinación sazonada de pinceladas de análisis textual formaba un más que sólido aparataje teórico para pensar con cierta precisión el mundo.
Luego llega la vida, y la vida siempre tiene otros planes. También llega el Otro, y en el Otro uno aprende muchas cosas, porque se establece un juego carnívoro de espejos y miradas, también de compromisos y de esa cosa tan jodida que es el anclaje, la contratransferencia, y por supuesto, la incorporación de todo eso a lo cotidiano, al hacerse un café o mirar por la ventana. En medio de ese magma de pulsiones está la cultura, y para pensar la cultura, primero hay que contar con el caos de lo personal -que es, ya se sabe, lo político pero también el inventario de deseos. Por algún lugar de los textos de Jacques Alain Miller leí que Lacan estaba aterrorizado por la ciencia, y de ahí las interminables reformulaciones de Lo Real. Pero, qué quieren que les diga, yo nunca he creído demasiado en Miller.
Y se oxida la metodología porque tras Bauman de pronto aparece la sombra de un paisaje reaccionario, o tras los estudios de género basados en la construcción de la masculinidad aparece también un paisaje reaccionario, y la metodología tiene que estar siempre al servicio del Otro, y entonces es necesario consultar, escribir correos, tomar cafés con los antiguos profesores universitarios, encontrar luz. De eso va la cultura. De encontrar luz.
(iii)
La teoría Afterpop, que no es sino una conclusión más o menos lógica de la evolución cultural postmoderna, hace del uso del sampleo y de la referencia, partiendo de la base de que el discurso científico no es sino un marco, un modelo textual -esto es, incompleto- para pensar el mundo. En el momento en el que la ciencia deja su estatuto de Verdad y se convierte en Marco para el sujeto -formulación estética, podríamos decir-, entonces suben las apuestas y la vida se convierte en algo realmente interesante, porque en ese caos rocanrrolero de la locura cuántica uno puede sentirse definitiva y asombrosamente libre. Lo que el cantautor gaditano Carlos Chaouen denominó, con un arte y un trazo acojonante, La Pena Mayor, no es sino la negación del sujeto a vivir en ese tobogán en el que ocurren cosas artísticamente asombrosas, pero sobre todo, arriesgadas. Dice el Maestro:
"Creo que esa es la pena mayor. La pena mayor no es que la gente no compre un disco o no vaya a un concierto, sino que se pierda su nivel vibratorio de muchas cosas que le podrían dar, no sé, un pequeño regalo para este tiempo que tenemos de estar aquí"
La fusión alta/baja cultura ha dado pasado a dos categorías nuevas que podríamos definir como cultura del riesgo o cultura sin riesgo. La cultura del riesgo es una cultura física, de estímulos, la cultura en la que puede ocurrir cualquier cosa porque el texto -la canción, la película, el poema- es impredecible y en cualquier momento puede convertirse en otra cosa, más amenazadora, más sublime. El sampling postmoderno implica que el choque de materiales hace que deslizarse en el texto sea impredecible: en cualquier momento puede manifestarse un fotograma de Vertigo, una cita a John Cage, un anuncio de colonias, un condón usado. La cultura del riesgo es excitante porque convierte el texto en un campo de minas al que arrojarse. La cultura del riesgo es como hacer el amor con una persona nueva, indescifrable, sorprendente, frágil. En oposición, la cultura sin riesgo es la aplicación de mecanismos ya establecidos (marcos y huellas estéticas de discurso) a la fabricación más o menos en serie de textos. La canción ya escuchada, la emoción ya sentida, la novela transitada.
La ciencia nos ha arrojado a un terreno de riesgo puro. Apuesta pascaliana, pero a nivel cósmico, y con las alternativas multiplicadas de pronto por n, cuando n tiende a infinito. Es un marco histórico excitante, pero también pavoroso, y de ahí que la cultura sin riesgo le ofrezca al consumidor medio un placebo, una simulación de calma y sentido. El hecho de que el single de Afalia Soltero, la antigua vocalista del famoso grupo El ojo de Monet, suene igual que sus cincuenta temas anteriores, utilice las mismas palabras, se construya en torno a sus mismos acordes, parece generar un marco de repetición que remite a la ciencia del XIX, el órden lógico, el espejismo cíclico, o en límite, la compulsión de repetición de Freud. Incluso cuando Afalia Soltero muera, habrá una Afalia Soltero Reloaded que evitará que sus fans asuman aquello que asoma por todas las costuras de la cultura en riesgo: la presencia demoledora del tiempo que corre. Los cincuenta minutos que has invertido escuchando el disco de El ojo de Monet no volverán nunca. O si se prefiere, la luz en la que se ha ceñido el tiempo y el espacio que habitabas mientras escuchabas el disco de El ojo de Monet se ha perdido.
El consumidor de cultura sin riesgo piensa que su tiempo estará siempre a su merced, en esa espiral repetitiva, y por lo tanto, se negará a asumir que en los límites ocurren siempre las cosas más excitantes. El estado de la cultura es un estado más allá del impulso del placer. La Pena Mayor, queda dicho. De hecho, yo no hubiera encontrado una mejor manera de decirlo en la vida.
24.2.13
En defensa del consumidor de alta cultura
(i)
Decir que España es un territorio profundamente anti-intelectual. Allí donde en otros lados tener un doctorado, o escribir en ciertas páginas o seguir defendiendo las humanidades se entiende como sinónimo de autosuperación, de coherencia o de lucidez mental, por aquí se experimenta como una pérdida de tiempo, un marear la perdiz y un no querer trabajar de verdad.
Frase típica del español medio: Tú mucho estudiar, pero fíjate que hoy en día cualquiera se hace rico en la televisión sin estudios y sin nada.
Frase típica del español medio: Fíjate qué merito el sujeto X, que sin estudios y sin nada, lo lejos que ha llegado. [Nota: Un famoso "crítico musical" patrio se ufana sistemáticamente en todas sus entrevistas de no tener ningún tipo de formación, ni musical ni periodística].
Los padres, en España, compran a sus hijos equipaciones de fútbol para jugar con ellos en el parque y Little Einsteins para poder aparcarles delante de la tele cuando no quieren ser molestados. Los padres, en España, quieren colegios bilingües y estudios en inglés, porque lo importante es el idioma -la forma- y no lo que se enseña -el fondo.
Hasta aquí, no creo estar diciendo nada nuevo.
(ii)
El consumidor de alta cultura en España, por norma general, forma parte de un arquetipo minoritario. Umbral lo dijo mejor que nadie en una de mis frases de cabecera: "Todas las ciudades tienen un 10% de gente y un 90% de materia adiposa". También lo dijo con otras palabras Fernández Porta, cuando pegó el puñetazo en la mesa de la reflexión artística y confesó estar ya cabreado de "tener que fingir que la anécdota de la pobre señora de la limpieza que confundió una obra con basura y la destruyó involuntariamente es muy divertida". No. No es divertida. De igual modo que no son divertidas todas las chanzas de trazo grueso que se vierten en redes sociales contra los que nos dejamos nuestros pocos euros en pagarnos una entrada de teatro independiente, una edición limitada de una pequeña editorial arriesgada o un cd de un tipo que trabaja en una sucursal de mierda del BBVA y hace esfuerzos titánicos para difundir su música.
Frase típica del español medio: ¿Para qué te lo vas a comprar si te lo puedes bajar de Internet?
Y hay un gesto de estúpido orgullo, en eso de negarse a admitir que hay una incapacidad del receptor por disfrutar de ciertas obras, ciertas propuestas. La culpa es del Otro, del pedante o del gafapasta, que finge su propio disfrute por nosequé perverso mecanismo de aceptación social.
Frase típica del español medio: Esas películas, esos discos que te gustan, yo no me lo creo. Dices que te gustan para quedar bien, pero no pueden gustarte.
Pero, sin embargo, y contra la pose, nos gustan. Ahí estaba el problema y la línea básica que intentaba mantener en la (felizmente) polémica introducción de Apocalipsis pop!: Ciertos textos generacionales han sido radicalmente importantes y, en cierta medida, nos han salvado la vida. Y entre esos textos, aunque joda al español medio, incorporo sin el menor rubor a Lars von Trier, a Jim Jarmusch, a Pedro Costa, a Béla Tarr, o ya puestos, a los Swans, a Sun O))), a Julia Holter o a Aviador Dro. Sin embargo, la exigencia inherente a los textos, la serie de problemas receptivos que disparan en un oyente no preparado, la idea de que un texto pueda exigirnos en lugar de darnos su significado sin esfuerzo... toda esta serie de problemas encerrados en el proceso hermenéutico, finalmente, muestran la otra cara de la moneda: la obra muestra que el receptor, simple y llanamente, no está a la altura. La señora de la limpieza del museo no tenía ni puta idea de arte. El lector asiduo de Fotogramas no sabe lo que es la modernidad ni se plantea jamás el estatuto de verdad del cine. Es decir: la obra muestra que somos imperfectos, que deberíamos ser más humildes y que todavía nos quedan cosas por aprender. Y eso de decirle a un español medio que no lleva razón, que quizá debería cerrar la boca, que la opinión y el gusto no son una bendición del Espiritu Santo que desciende por ciencia infusa cada vez que lee una novela de moda más o menos encosturada... En fin, eso de decirle al español que debería ser humilde y que leer mucho (oxímoron patrio) no es leer bien... eso es imperdonable.
(iii)
A la hora de pensar el título de la entrada he intentado hilar con cierto cuidado. Y he escogido, con toda intención, la palabra "consumidor" y la palabra "alta cultura". Consumidor, porque la cultura necesita de los mecanismos de la sociedad de consumo para sobrevivir. Por mucho que nos duela, yo creo en esa tesis afterpop que dice que todo es mercado, o lo que es lo mismo, que hay que pasar por caja y pagarle parte del sueldo (ojalá fuera todo el sueldo) al funambulista realmente valioso que se atreve a crear desde o hacia los límites. No es una cuestión de autenticidad (eso de "ser auténtico" pasó de moda hace ya unas cuantas décadas) sino una cuestión de reconocimiento al valor y al riesgo. Ustedes, sin duda, podrán encontrar otras motivaciones.
Y he escogido también "alta cultura" porque, pese a los interminables y siempre productivos debates sobre los choques y fusiones antre alta y baja cultura, quizá no sería demasiado arriesgado a proponer no tanto una destrucción como una reformulación del término "alta cultura". Si bien es cierto que cualquier alto producto puede ser un híbrido, una mixtura postmoderna, un melting pot en el que puedan colisionar productivamente, pongamos por caso, Disney y Schopenhauer, no está de más pelear la línea que separa la banalidad del esfuerzo. Y propongo no hacerlo desde una perspectiva nostálgica e ideológica heredada de la Escuela de Frankfurt, sino desde la herencia de un cierto estructuralismo vitalista tomado al pie de la letra: porque el 10% no adiposo debe tomar posiciones intelectuales de combate y resistencia ante la banalización del mensaje, el insulto y la tontería general. Firmemos de una vez el finiquito de la señora de la limpieza. Y disfrutemos de nuestros placeres, completos hedonistas del texto, en el texto, anti-derrideanos, espectros de filmoteca y soundcloud, renegados del pensamiento Instagram, mitos de un futuro próximo.
Nunca es pronto para empezar a emanciparse de la tontería rampante.
23.12.12
Sasha Grey y Lana del Rey se lo montan
Se lo montan a tope. Con brújula Afterpop. Con premeditación y alevosía. Lo dan todo.
(Para buscadores de google: horny teenager Sasha Grey licks Lana del Rey full download)
(Para buscadores de google2: Lana del Rey read Dostoievsky while Ziggy Stardust torrent cumshot over Sasha Grey´s Crime and Punishment Ph. D.)
¿Que dónde se lo montan?
Pues aquí, en Miradas de Cine:
http://www.miradas.net/2012/12/actualidad/itinerarios-del-deseo-afterpop-sasha-greylana-del-rey.html
Merry XXXmas, y tal.
31.3.12
Apología de Lana del Rey
El pánico es un factor extraño en el panorama crítico, especialmente entre las filas de los últimos dinosaurios de la alta cultura. Como ya se sabe, cada vez que un hype se cuela de tapadillo y derrumba las barreras de lo académicamente permisible -y lo académico no es únicamente lo universitario-, cunde el pánico entre los sacerdotes y los fariseos, que corren a rasgarse las vestiduras. Es curioso que declarados fans de David Bowie, por poner un ejemplo, desprecien a la lánguida electrónica -la expresión se la debo a mi maestro Angel María García Martiartu- acusándola de producto comercial, de falta de honestidad, de puro simulacro. Y digo que es curioso porque suelen olvidar que el gigante glam prendió fuego a los setenta desde la mascarada, la falsificación y la pose impostada. Pero -ya escucho los aullidos de rabia-, Lana del Rey es una treta, un espejismo, un subterfugio, y su simple nombre debería ser borrado de las columnas de los templos pop.
Dicho esto.
Dicho esto, hace unos días la escritora Olvido Andújar me acusó, muy pertinentemente, de cambiar mis intereses siempre hacia las tontilocas, las kalandrakas, las niñas del polígono y el coche tuneado. Así soy yo, pertinentemente enamorado de las techno-walkirias de la periferia que se masturban con consoladores de neón y después se abren la cabeza con exquisita frivolidad en el párking de la Fabrik a botellazo limpio. Dios las bendiga, esa legión de cuerpos casi perfectos, incensados de bótox y perfume barato, tan lúbricas e inútiles que uno casi se siente tentado de utilizar sus pendientes de aro como llavero y llevarlas en el bolsillo ceñido de los vaqueros, escuchar sus interminables monólogos parcos en frases subordinadas y saturados de nano, mazo, tronco, loco. Dulces analfabetas que se retratan frente al espejo en una pose torpemente seductora y mefistofélica, carne y lencería de embarazo no deseado, moradoras del Bershka, isoldas de tuenti y baratillo que despiertan los domingos con el pozo oliendo a los fluidos de varios lobos alpha y la nariz irritada de existencialismo espídico.
Mis technosacerdotisas necesitaban una diosa, frívola y vulgar, mala poetisa, irresistible. Lo que la alta cultura no está dispuesta a tolerar es que los gafapastas adoptemos con una mueca de fascinación aquello que no existe, una musa-araña de pueblo recauchutada de sampler, con unos arreglos de cuerda que te caes de culo y unas letras que -aparentemente, al menos- parecen extraídas de un concurso poético en Móstoles de tercero de la ESO. En el momento en el que un gafapasta se arrodilla ante el altar desquiciado de Lana del Rey se confirma como traidor, expatriado, marcado por el beso de Caín de esos labios de granjera de Arkansas retro-futurista. Ovacionar a aburridos folk-cantautores con barba y camisa de cuadros que tocan el ukelele, reivindicar el último coñazo insufrible de Björk o asegurar que hay algo de nuevo en el enésimo clon de Joy Division, por ahí se puede pasar. Pero Lana del Rey no. Lana del Rey -dicen ellos- es la pesadilla del feminismo, la pesadilla de la poesía pop, el triunfo de la voluntad en su forma kitsch.
Como diría Makinavaja: Po bueno, po fale, po m´alegro.
La libertad que nos otorgó la explosión del Afterpop, la libertad absoluta de no deberle un duro a nadie y escuchar -según venga la cosa- a Ismael Serrano o a Ravi Shankar, la libertad de pasar por encima de las etiquetas. La libertad de conquistar la música es algo que nos ha costado años, por encima de las radiofórmulas y el elitismo incomprensible. Por encima de nosotros mismos, ante todo. Sólo desde ahí debemos afirmar que Lana del Rey es inquietantemente divertida, brutalmente incorrecta, incomprensiblemente conmovedora. El crescendo que cierra This is what make us girls -oda profundísima a la imbecilidad adolescente, páginas de un diario femenino descompuesto y banal que todo heterosexual debería estudiar detenidamente-, la potencia sonora de Born to die o esa descacharrante canción protesta (¿?) titulada National Anthem ya convierten el disco entero en un pequeño prodigio. Por poner un ejemplo, el temazo Dark Paradise es una lección de fantasía, psicoanálisis de andar por casa, masoquismo aplicado y buen hacer. Mi propia pulsión durante los últimos meses ha ido girando como un tiovivo demente en torno a su letra. Cosa que no ha ocurrido con, pongamos por caso, toda esa lista de imprescindibles que nos endilgaron los guardianes del oráculo a finales de 2011 - ¡los 100 mejores discos que todo buen moderno debe reivindicar: desde el trash vasco más radical hasta un grupo de granjeros de Oklahoma que versionan a Woody Guthrie con violines desafinados!
Nunca me he considerado un melómano. Soy un tipo que esquiva las hostias que le da la vida aferrado a un mp3. Pero puedo decirles algo: desde que comprendí lo absolutamente imbécil que era la frontera entre alta y baja cultura -algo así como una teoría racial de los textos buenos y los textos malos-, me sentí absolutamente libre para no tener que pagar las facturas culturales de nadie. Que no nos falte American Horror Story, Los mercenarios, el cine de Jia Zhang-ke, el segundo movimiento de la séptima de Beethoven, el anuncio de los cristales gratuitos, Milk Inc., Matt Elliott. Que no nos falte Lana del Rey y su ser-acné y ser-ReXuLoNa (ReXuLoNa-en-sí y ReXuLoNa-para-sí). De lo contrario, igual a las malas nos convertimos en unos gilipollas talibanes incapaces de sumergirnos en el verdadero océano de este occidente herido de muerte en el que vivimos. Igual en nombre de la Ley perdemos la alegría, la sinceridad, el optimismo... y si me apuran, hasta la autenticidad que tanto dicen los que saben que Lana no tiene.
3.10.11
Show me the money, Fernández Mallo!
La exquisita viuda de Borges, hinchada de gloria, limonada burguesa y oropeles taiwaneses, ha exigido la retirada inmediata del mercado del soberbio El hacedor (de Borges) Remake, de Fernández Mallo. Su dictámen deja un hálito a pachuli rancio, y sobre todo, deja huérfanas de crueles carcajadas a las futuras generaciones de lectores. La exquisita viuda de Borges olfatea el pánico, la pasta ajena, y se monta una revolución typical spanish (¿qué hay de lo mío?) que dará mucho que hablar, que comer y que mamar en los mentideros de la literatura.
La herida sangrante del costado de Borges es la herida misma de la literatura, y Fernández Mallo se atrevió a jugar a Parsifal pasando por la casilla de la postmo. Eres tan bonita que no te lo van a perdonar, que cantaban La cabra mecánica, y en este bendito país ya tenemos demasiados escritores que huelen a chaqueta usada de miliciano, a cebolla pobre de la planicie castellana, a sexualidad forzada y encajonada en tópicos de la Transición, o por supuesto, a sonrisa profident y lifting tras el cátering del mediodía. En este país ya tenemos una literatura generalista de mierda, así que lo razonable es retirar los libros de los buenos escritores, inventarse un pleito por aquí o una amenaza por allá, hundir hasta la fosa séptica del verbo a los valientes y obligarles a volver a sus guettos de literatura independiente, ediciones baratas y mal encuadernadas, editores interesados que si no hay subvención no publican y distribuidores que fingen no escuchar lo que ocurre.
Pero ocurre.
Ocurre tanto que los tímpanos de la antigua señora de, al bajarse del BMW para ofrecer un vino español en la presentación del último expolio de su difunto, sufre de pronto una contractura psicológica, un mareíllo otoñal cinco estrellas, y reconvirtiéndose en la inolvidable Thatcher, golpea con su puño delicado pero firme la mesa del contable y deja escapar un muy sincero: Show me the money! Borges-Visa Express, no salga de casa sin ella.
Cada vez que me hablan de herederos, me llevo las manos a la pistola. Borges comprendió el Afterpop antes que nadie, pero nadie ha comprendido del todo a Borges, y así nos vamos dando golpes de un lado a otro del tarro de Nocilla española, elemento nutritivo para grandes y pequeños, huérfanas, viudas, restos excrementales pasolinianos, antiguos luchadores del sumo literario que iban para estrellas pero se quedaron por el camino. Fernández Mallo asciende al Parnaso Punk entre acusaciones y purísima envidia, y los gafapastas le llevamos en la cartera como el Patrón del Posible Underground. Pero el Afterpop no será televisado, y nuestras ansias de ver al escritor convertido en poster desplegable de la Private/Qué leer tampoco serán satisfechas.
Se me han quitado hasta las ganas de leer el último libro de Boris Izaguirre con el disgusto.
(Si alguna vez han pensado en cruzar a Yoko Ono con la niña de The Ring....)
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