Mostrando entradas con la etiqueta Cine de Terror. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Cine de Terror. Mostrar todas las entradas
22.1.16
Apocalipsis pop! s01x13 : Una carretera perdida que acaba en Elm Street. Pesadillas #01
En el "Apocalipsis pop!" de este viernes, hacemos una escisión completamente loca entre dos maneras de representar lo cinematográficamente pesadillesco: mitad del programa dedicado al bueno de Freddy Krueger, mitad del programa dedicado a "Carretera perdida". En efecto, Patricia Arquette y Angelo Badalamenti son los dos conectores, las dos figuras clave que han repetido en ambas escrituras fílmicas y, por lo tanto, que generan esas caóticas y paranoides conexiones que tanto nos gustan.
Así que, amigos del terror nocturno, en esta primera edición a propósito de las pesadillas, podrán encontrar nada menos que a...
01. Dokken - Dream warriors
02. The Fat Boys - Are you ready for Freddie?
03. Goo Goo Dolls - I´m awake now
04. David Bowie - I´m deranged
05. Rammstein - Heirate mich
06. Antonio Carlos Jobim - Insensatez
¡A disfrutarlo!
5.6.15
Un esbozo de "Insidious 3"
01.
El espectador mira siempre una película a través de su propio tiempo y su propia experiencia. Lo vivido, lo que ya sabe, es como una especie de cristal que difumina lo que arroja la materialidad fílmica y nos permite acceder a un cierto saber. Por ejemplo, que el espectador de Insidious 3 sepa desde el primer momento cómo y cuándo van a morir ciertos personajes -lo ha visto en las anteriores entregas de la saga- baña toda la lucha propuesta en una cierta tristeza. En una cierta futilidad.
Ahí está Elise Rainer, la anciana que carga entre sus dedos todo el peso de la comunicación fantasmal. Arrastra por el metraje una serie de estructuras narrativas eminentemente cinematográficas (el proceso de duelo, la aceptación de su don...) que conforman un pasaje conocido por el espectador. Y, sin embargo, desde hace años sabemos de su muerte, de su fracaso. Toda la evolución de su personaje tiene ese punto amargo del fracaso, de la insoportable inutilidad de su proyecto vital/mortal.
Creo que se ha reflexionado poco sobre esto: Insidious es una de las sagas más desesperadas, más aciagas, más estrictamente pesimistas del cine contemporáneo. Por mucho que las cintas se maquillen puntualmente en ciertas secuencias con el espejismo de una cierta fe -en la paternidad, en la familia, en las estructuras estrictamente humanas de emancipación y encuentro-, al final lo único que queda es la mueca desquiciada de un fantasma.
Y no me refiero, por cierto, al típico giro final en el que el espectro de turno reaparece súbitamente para generar un susto inesperado. Me refiero al contenido estricto de las ideas del film: la manera grisácea en la que, tras las luchas en el límite de sus verdaderos protagonistas, no queda nada.
02.
Ayer, en la cola del cine, reflexionaba a propósito del hecho de que la primera parte de Insidious fue -creo que puedo reconocerlo- una de las pocas películas de terror que me provocó auténticas pesadillas. De alguna manera, escribió cosas en mi inconsciente que flotaron hasta tres semanas después de asistir a su proyección. De hecho, el gesto inicial de la primera parte -la aparición de la novia emergiendo del interior de un reloj con la mirada clavada en cámara- sigue siendo una suerte de cima simbólica que me demostró hasta qué punto el cine -el aparataje fílmico- nos conoce. Nos conoce íntimamente, de una manera intolerable, y es capaz de atravesar con toda facilidad nuestras resistencias e incubar en lo más profundo de nuestra existencia el latido del pánico.
Insidious 3 no tiene esa potencia visual, qué duda cabe, pero realiza un ejercicio sobrio de reflexión sobre su propia escritura. De hecho, introduce un nuevo gesto que merece la pena explorar con toda seriedad: la recuperación, para el terror, de la figura sagrada de la mártir.
03.
La mártir y el cinematógrafo.
La mártir, el terror y el cinematógrafo.
Nueva mártir para que el cinematógrafo encarne un viejo terror.
El cuerpo femenino de Stefanie Scott, convertida aquí en una especie de doble de ese icono mayor del terror de nuestros días que se perfila entre las geografías de Chloë Grace Moretz y Olivia Cooke. La mártir banal, como princesa torpe y letrada de barriada norteamericana, huérfana, postrada, sexual, quién sabe si virgen, deseable. Pero sobre todo inocente. Inocente en su propia ingenuidad, un poco como las tontilocas que nos cruzamos en la adolescencia que iban por el mundo de poetisas, seres únicos y bendecidos por la belleza y la cultura, niñas que querían ser estrellas del pop del conocimiento, hipsters y divas. Y toda esa activación del deseo de la oscuridad, la agresión, de ese tu-no-sabes-lo-que-es-tener-un-puto-problema que se nos pasaba por la cabeza después de escuchar interminables peroratas sobre las tragedias con su padre, su hermana, sus amigas, su autoestima, su dieta, su mascota, sus inseguridades, su exnovio, su exnovia, su físico, su químico, sus drogas, su falta de oportunidades.
Tu-no-sabes-lo-que-es-tener-un-puto-problema, es decir, no tienes una experiencia verdadera del sufrimiento, una de esas experiencias que hacen temblar el lenguaje en toda su magnificencia y su alteridad, esas que nunca se cuentan porque están tan enquistadas en el fondo de la garganta que, de hacerlas emerger, a buen seguro nos destruirían. De ahí que el demonio de Insidious 3 nos resulte extrañamente sexual y extrañamente simpático, extrañamente cruel pero también extrañamente conocido. Moviliza, en su acontecer, un gesto pulsional que hace transitar nuestro deseo con mucha más precisión que los fantasmas de las anteriores películas. Podríamos decir que si el fantasma de Insidious 1 emergía de un reloj, este bien podría emerger de un espejo.
La mártir cinematográfica es siempre sagrada en tanto recibe nuestra pulsión, pero paga un precio terrible por ello. La mártir, cuyo cuerpo nos otorga la cifra del horror de nuestro deseo. La mártir siempre es, en cierto modo, la figura ética que nos obliga a mirar lo que somos sin arrancarnos los ojos.
04.
Entiendo que un cierto sector del público reniegue del cine de terror, de igual modo que entiendo que un cierto sector del público reniegue del psicoanálisis. Lo que (se) desvela, por la vía de la desintegración, es al mismo tiempo fascinante y terrible. No deja de ser curioso que cuando Heidegger construyó todo su aparataje estético, incluyera el ejercicio de desvelamiento como clave para acceder al ser de la obra de arte. Insidous 3 no desvela el ser, sino que desvela el envés del ser, la zona sombría del ser en el que mora lo impronunciable. Únicamente por eso, ya deberíamos sentirnos invitados a estudiarla con la mayor seriedad.
La otra opción, claro, es enloquecer.
9.11.14
"The Babadook", el inconsciente y las cartas de amor
El amor nunca desciende hacia la parte inferior de la cama...
..ni está, por supuesto, encerrado en el armario...
De hecho, la parte inferior de la cama y el armario podrían ser, precisamente, el territorio del más-allá-del-amor, o del resto sensual que excita a nuestros esqueletos y que nada quiere saber del amor. Así, tras las rápidas copulaciones el deseo desciende como una serpiente junto a las pelusas y dormita allí con un único ojo amarillento y vidrioso abierto (extraña sonrisa, también extraña noche y extraño cuerpo fantaseado). Del mismo modo, el armario esconde los cuerpos que no somos y que siempre están dibujados en el tiempo que nunca regresa o que nunca llega. De hecho, hay un cierto escalofrío en la humanidad que se dibuja en un cuerpo que flota en el vacío...
(humanidad o juego temporal, todo sería discutible).
¿Dónde se localiza el amor, por otra parte, si no es en el interior de la palabra? De hecho, podría pensarse que el invento mismo de la palabra no es sino la gran conquista humana no tanto para ceñir lo real ni para explicar -no digamos ya comunicar- nada en absoluto, sino simplemente para dejar que la pulsión quedara fuera, expulsada, y por lo tanto, se pudiera observar con la distancia necesaria para no quedar arrasado. De tal manera que, si Lacan tenía razón cuando señaló que el inconsciente está estructurado como un lenguaje, bien podría ser que el territorio del amor fuera, propiamente, un libro.
Pero no cualquier libro, sin duda. Una colección de cartas de amor, quizá. Un libro con un título indescifrable, forrado del rojo más agresivo y que invita a una lectura en abismo. De hecho, qué sería el amor, que sería el deseo, sino muy precisamente...
Aquello que precisamente pertenece al orden de la palabra (queda dicho) o de la mirada. Es curioso que el Babadook, ese monstruo inescrutable, sea invencible precisamente cuando es nombrando o cuando comparece a la mirada. Decir/Mirar siempre es mucho más interesante que Hacer-El-Amor, que generalmente es algo que ocurre en el más respetuoso de los silencios y, entre las parejas menos acostumbradas a su trauma, con la luz apagada o los ojos cerrados. Hay que dejar sitio, ya se sabe, para el fantasma. Para esa imagen exquisita que se arroja contra la cama con una única demanda...
Let me in!
¿Pero hacia dónde? ¿Hacia la piel, hacia el interior de la piel? [En otro momento de la cinta, lo sabemos, el Babadook desciende hacia el interior de la boca, el viejo sueño de la succión, de ser comido para no tener que preocuparse ya de expulsar palabras] Let me in! Hacia el interior, hacia el territorio que la pesadilla fundamental que ni siquiera James Barrie pudo domesticar: hacia ese espacio en el que ya no tengamos que cargar con la pulsión ni con sus demandas.
Y sin embargo, ya se sabe, intentamos destruir los libros, negarlos, comportarnos como si nada hubiera allí escrito. En un primer momento, los dejamos apartados en el interior de nuestro pequeño habitar doméstico...
Pero lo escrito, por supuesto, retorna.
Y lo hace, además, con el mismo mantra, amplificado por los años:
Pero no hay que engañarse. La tremenda boca del Babadook, si ustedes ya han visto la película lo saben, no quiere comerse a ese cuerpo entristecido y roto que no tiene apenas deseo, ni vida, y para el que la muerte sería, en cierta medida, un gran alivio. Se conforma con encontrar un cierto lugar, un cierto espacio, desde el que nutrirse de la podredumbre.
Lacan dijo que el inconsciente estaba estructurado como un lenguaje. Pero Freud, en El malestar de la cultura, dijo que el inconsciente era un espacio mental atravesado por distintas capas de tiempo. Una milhoja pulsional y temporal de deseo.
Quizá el inconsciente sea, por lo tanto, un libro con olor a sótano, o un sótano en el que almacenamos todos nuestros libros.
2.6.14
Cine de terror en Israel: Nuevos apuntes sobre "Big Bad Wolves"
Vuelvo sobre mis pasos en la nueva novísima versión web de Miradas de cine para darle otra vuelta a Big Bad Wolves, celebrando así su estreno patrio. Parada obligada sobre el análisis de Ida -hay que reenfocar, recordando aquello que Mefistófeles le susurraba a Fausto en el texto goethiano: "Vamos por buen camino, pero es necesario no dejarse distraer".
Se puede leer tal que aquí.
16.3.14
Cine de terror en Israel (Keshales + Papushado #02: Rabies)
El cine de terror postmoderno, además de sus inevitables -y, en cierto sentido, reconfortantes- laberintos de citas, su impresionante defensa de la belleza trágica en el filo de lo sublime -estoy pensando en la Alexandra Daddario de La matanza de Texas 3D, lo reconozco-, tiene también un cierto regusto internacional y globalizador que nos permitiría trazar una excitante línea sangrienta entre los pasajes del terror firmados por el primer Rob Zombie, los inquietantes cadáveres meditabundos de Laugier y, finalmente, el slasher bien temperado propuesto en Israel. Rabies puede prescindir de cualquier aparataje narrativo básico porque confía en la experiencia del espectador, y en su posición natural hacia las postadolescentes bellísimas de grandes senos, los policías inquietantes y los asesinos en serie que campan por bosques. Todo el rosario de lugares comunes generan esa extraña costra de relato congelado que reconforta precisamente por su sólida voluntad de no sorprender en absoluto.
Podría, pensarse, por lo tanto, qué necesidad hay de rodar una película que todo el mundo ha visto ya mil veces. O una película que no puede aportar absolutamente nada desde su primer fotograma, donde no hay relato alguno salvo una colección de temblores más o menos bien hilados. Me atreveré a esbozar, al menos, un par de breves respuestas.
En primer lugar, como si fuera una versión desquiciada de Hatari!, los personajes del tándem Keshales/Papushado vagan en un ejercicio de caza incomprensible, inclarificable, que simplemente funciona gracias a las imágenes que ya tenemos injertadas en nuestro pagano imaginario colectivo. Creo firmemente que en Rabies se puede apreciar un proceso de aprendizaje y de sorpresa ante las imágenes captadas -y ante sus inevitables fracasos-, como si ambos directores jugaran a seguir un manual de instrucciones escrito por un sádico yonqui de la serie B setentera. Intentan sin éxito -pero con una clara voluntad- captar la precisión del gesto agónico, sugerir como pueden la piedad o el remordimiento, el pánico o el amor, pero no tanto en lo real, sino como simples materiales de trabajo construidos en otras películas.
En segundo lugar -y esto es, sin duda, más interesante- Rabies es el primer intento puramente postmoderno de realizar cine de terror en Israel. Anteriormente, y contra lo que se dijo en la prensa internacional, ya existía el género esbozado al menos en dos variantes: una humilde colección de piezas experimentales francamente truculentas y, sobre todo, una especie de giallo brutal y hoy prácticamente olvidado titulado Adam (Yona Day, 1974), del que espero hablar pronto por aquí. Sin embargo, Rabies se manifiesta como el primer slasher de la autoescritura casi automática, demasiado torpe para mirarle a los ojos a las joyas sagradas del, pongamos por caso, primer cine extremo francés, pero demasiado osado para una industria cinematográfica minúscula que se debate entre las normas del género, la exploración del trauma, y la reflexión sobre los problemas de la convivencia con los países árabes.
La minúscula cinematografía israelí puede encontrar en el uso explícito de la violencia una pista valiosísima para enfrentarse al trauma que la rodea y la atraviesa de punta a punta. Si tomamos por caso el tratamiento del cuerpo muerto en el alto cine autoral de Gitai o de Rama Burshtein veremos cómo a su alrededor se superponen capas de ritos, palabras sagradas, mandamientos, gestos históricos. El cuerpo israelí, cuando muere -y eso es algo que le hermana, por cierto, con el tratamiento de las víctimas palestinas en el cine rival-, es rápidamente ascendido a la categoría de icono, de fantasma que exige la suturación de la deuda, de punto de ignición que amenaza con destruirlo todo a su paso, con su simple presencia mortuoria en el encuadre. En Rabies, y sólo por eso ya merece la pena, los cuerpos mueren como en un carrusel de feria enfermiza, de maneras estúpidas, incomprensibles, entre la carcajada y la pedorreta ingenua. Hay, por lo tanto, una reescritura no sólo del propio Slasher -en la que, lo diremos claro, Rabies no deja de ser un fracaso-, sino una reescritura de la muerte misma, y ahí la cinta puede resultar algo más interesante.
El Slasher, después de todo, se inventó para poder gozar entre carcajadas de las laceraciones de un cuerpo hermoso. Por eso parece paralizar y dar tanto miedo a los sectores más conservadores de la sociedad, como a buen seguro ocurrió en Israel con la cinta que nos ocupa. El Slasher es un castillo hinchable, una fiesta de dolor ingenuo y celebrativo a la que, afortunadamente, todos los niños nihilistas estamos siempre invitados.
9.3.14
Cine de Terror en Israel (Keshales + Papushado #01: "Big Bad Wolves")
Si algo aprendimos al hilo del Freud desquiciado de El malestar en la cultura es, precisamente, la problemática que atraviesa a nuestras sociedades a propósito de la gestión de la violencia. Es un tema capital de nuestra época al que quizá no estamos prestando la suficiente atención, a juzgar por los constantes -y sonrojantes- ejemplos de sabrosura políticamente correcta que pretende arrancar de raíz la esencia del mal del ser humano a golpe de campaña educativa.
Educación siempre y ante todo, aunque en el fondo sepamos que no hay ninguna esperanza y que nuestro adn homicida está siempre a punto para la gran fiesta de la matanza generacional. Educación, pero no a través de campañas bobas y desconectadas, sino a través de la experiencia artística, de la eclosión que se establece entre la furia y el texto.
En esta dirección, el cine israelí lleva décadas asumiendo una serie de retos con mayor o menor fortuna: la escritura de un trauma histórico externo e interno, el diálogo con la experiencia íntima de la violencia que puntúa de manera irremediable la vida de todos y cada uno de los sujetos del Estado. Desde las parábolas poéticas de un Amos Gitai que bucea en las escombreras del tiempo perdido haciendo de la escritura fílmica un pulso perdido contra sí mismo hasta los experimentos crudísimos del tándem Keshales/Papushado se establece un espectro de posibilidades, de matices, de miradas contradictorias que sólo se puede definir como extremadamente estimulante.
Big Bad Wolves, que levantó no pocas voces críticas al hilo del pase en el Festival de Sitges, es una comedia terrorífica tan deudora del Huis Clos de Sartre como del Torture Porn norteamericano. Hunde sus raíces en la tradición del cuento siniestro europeo para emerger hacia la comedia judía más disparatada, salpicada a su vez de madres edípicas allenianas, excombatientes del Líbano que llevan a Wagner en el teléfono móvil, ciudadanos árabes que parecen figuras del cine clásico de Hollywood. La línea entre el horror y la carcajada es tan fina, tan imperceptible, que no es de extrañar que haya incomodado a parte de la parroquia iconoclasta de turno. En este caso, en el polo de lo inefable se encuentra la pederastia, y a su alrededor, una serie de citas y engarces cinematográficos que suenan más a Los Hermanos Marx rodando un remake de Posesión Infernal que a un réquiem limpiaconciencias.
Big Bad Wolves no habla de la pederastia, sino que la utiliza, la instrumentaliza como un símbolo del mal absoluto, un mal total ante el que se gestiona la violencia, la comedia, el fracaso y la culpa. Se podría hacer un interesante análisis topográfico de la cinta (el sótano de la cabaña perdida en el bosque, las ruinas de los edificios abandonados en Tel Aviv) como las herramientas para la reescritura de todo un género. Los directores no están tan interesados en el goce de la mirada (apenas hay planos inserto de los detalles más explícitos, sino que el uso del malestar se suele relegar al fuera de foco o a los últimos términos del profílmico), como en la manera en la que el relato dispone la información. Se establece, en su seno, un profundísimo debate entre cine y teatro en el que las imágenes generadas en cámara lenta -unos niños que juegan en el fantástico prólogo, una niña que sopla una tarta de cumpleaños- flotan como fantasmas sobre la evolución de los personajes en un espacio hermético, cerrado. La cámara sabe, y sin embargo, reta al espectador sobre el significado de los acontecimientos, se filtra entre sus prejuicios y siembra la duda. El final, cincelado de amargura -como en todo gran tratado de la violencia- no se desvela en la palabra o en el acto de algún personaje, sino en un sutil movimiento de cámara que se desliza hasta el límite de lo mostrable. No hay trampa ni cartón: el espacio cinematográfico es, simple y llanamente, un teatro para el terror.
Kershales y Papushado conocen su oficio, y eso les hermana en cierta medida con otros directores contemporáneos como Rob Zombie, James Wan o Ti West, directores en los que es la cámara y el montaje la que justifica todo el foco de angustia, y en consecuencia, toda la ordenación cinematográfica de la violencia. En oposición a ellos, la asunción de una herencia geográfica y espiritual diferencial que plantea sus propios problemas -el todavía no sellado abismo de la identidad judía- y al que responden desde la autoparodia, el cinismo y la carcajada más amarga. Sólo en esa dirección se puede leer Big Bad Wolves como el exquisito tratado de antimoral (o de moral extrema) que, en lo más profundo, constituye.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)























