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2.6.14
Cine de terror en Israel: Nuevos apuntes sobre "Big Bad Wolves"
Vuelvo sobre mis pasos en la nueva novísima versión web de Miradas de cine para darle otra vuelta a Big Bad Wolves, celebrando así su estreno patrio. Parada obligada sobre el análisis de Ida -hay que reenfocar, recordando aquello que Mefistófeles le susurraba a Fausto en el texto goethiano: "Vamos por buen camino, pero es necesario no dejarse distraer".
Se puede leer tal que aquí.
16.3.14
Cine de terror en Israel (Keshales + Papushado #02: Rabies)
El cine de terror postmoderno, además de sus inevitables -y, en cierto sentido, reconfortantes- laberintos de citas, su impresionante defensa de la belleza trágica en el filo de lo sublime -estoy pensando en la Alexandra Daddario de La matanza de Texas 3D, lo reconozco-, tiene también un cierto regusto internacional y globalizador que nos permitiría trazar una excitante línea sangrienta entre los pasajes del terror firmados por el primer Rob Zombie, los inquietantes cadáveres meditabundos de Laugier y, finalmente, el slasher bien temperado propuesto en Israel. Rabies puede prescindir de cualquier aparataje narrativo básico porque confía en la experiencia del espectador, y en su posición natural hacia las postadolescentes bellísimas de grandes senos, los policías inquietantes y los asesinos en serie que campan por bosques. Todo el rosario de lugares comunes generan esa extraña costra de relato congelado que reconforta precisamente por su sólida voluntad de no sorprender en absoluto.
Podría, pensarse, por lo tanto, qué necesidad hay de rodar una película que todo el mundo ha visto ya mil veces. O una película que no puede aportar absolutamente nada desde su primer fotograma, donde no hay relato alguno salvo una colección de temblores más o menos bien hilados. Me atreveré a esbozar, al menos, un par de breves respuestas.
En primer lugar, como si fuera una versión desquiciada de Hatari!, los personajes del tándem Keshales/Papushado vagan en un ejercicio de caza incomprensible, inclarificable, que simplemente funciona gracias a las imágenes que ya tenemos injertadas en nuestro pagano imaginario colectivo. Creo firmemente que en Rabies se puede apreciar un proceso de aprendizaje y de sorpresa ante las imágenes captadas -y ante sus inevitables fracasos-, como si ambos directores jugaran a seguir un manual de instrucciones escrito por un sádico yonqui de la serie B setentera. Intentan sin éxito -pero con una clara voluntad- captar la precisión del gesto agónico, sugerir como pueden la piedad o el remordimiento, el pánico o el amor, pero no tanto en lo real, sino como simples materiales de trabajo construidos en otras películas.
En segundo lugar -y esto es, sin duda, más interesante- Rabies es el primer intento puramente postmoderno de realizar cine de terror en Israel. Anteriormente, y contra lo que se dijo en la prensa internacional, ya existía el género esbozado al menos en dos variantes: una humilde colección de piezas experimentales francamente truculentas y, sobre todo, una especie de giallo brutal y hoy prácticamente olvidado titulado Adam (Yona Day, 1974), del que espero hablar pronto por aquí. Sin embargo, Rabies se manifiesta como el primer slasher de la autoescritura casi automática, demasiado torpe para mirarle a los ojos a las joyas sagradas del, pongamos por caso, primer cine extremo francés, pero demasiado osado para una industria cinematográfica minúscula que se debate entre las normas del género, la exploración del trauma, y la reflexión sobre los problemas de la convivencia con los países árabes.
La minúscula cinematografía israelí puede encontrar en el uso explícito de la violencia una pista valiosísima para enfrentarse al trauma que la rodea y la atraviesa de punta a punta. Si tomamos por caso el tratamiento del cuerpo muerto en el alto cine autoral de Gitai o de Rama Burshtein veremos cómo a su alrededor se superponen capas de ritos, palabras sagradas, mandamientos, gestos históricos. El cuerpo israelí, cuando muere -y eso es algo que le hermana, por cierto, con el tratamiento de las víctimas palestinas en el cine rival-, es rápidamente ascendido a la categoría de icono, de fantasma que exige la suturación de la deuda, de punto de ignición que amenaza con destruirlo todo a su paso, con su simple presencia mortuoria en el encuadre. En Rabies, y sólo por eso ya merece la pena, los cuerpos mueren como en un carrusel de feria enfermiza, de maneras estúpidas, incomprensibles, entre la carcajada y la pedorreta ingenua. Hay, por lo tanto, una reescritura no sólo del propio Slasher -en la que, lo diremos claro, Rabies no deja de ser un fracaso-, sino una reescritura de la muerte misma, y ahí la cinta puede resultar algo más interesante.
El Slasher, después de todo, se inventó para poder gozar entre carcajadas de las laceraciones de un cuerpo hermoso. Por eso parece paralizar y dar tanto miedo a los sectores más conservadores de la sociedad, como a buen seguro ocurrió en Israel con la cinta que nos ocupa. El Slasher es un castillo hinchable, una fiesta de dolor ingenuo y celebrativo a la que, afortunadamente, todos los niños nihilistas estamos siempre invitados.
9.3.14
Cine de Terror en Israel (Keshales + Papushado #01: "Big Bad Wolves")
Si algo aprendimos al hilo del Freud desquiciado de El malestar en la cultura es, precisamente, la problemática que atraviesa a nuestras sociedades a propósito de la gestión de la violencia. Es un tema capital de nuestra época al que quizá no estamos prestando la suficiente atención, a juzgar por los constantes -y sonrojantes- ejemplos de sabrosura políticamente correcta que pretende arrancar de raíz la esencia del mal del ser humano a golpe de campaña educativa.
Educación siempre y ante todo, aunque en el fondo sepamos que no hay ninguna esperanza y que nuestro adn homicida está siempre a punto para la gran fiesta de la matanza generacional. Educación, pero no a través de campañas bobas y desconectadas, sino a través de la experiencia artística, de la eclosión que se establece entre la furia y el texto.
En esta dirección, el cine israelí lleva décadas asumiendo una serie de retos con mayor o menor fortuna: la escritura de un trauma histórico externo e interno, el diálogo con la experiencia íntima de la violencia que puntúa de manera irremediable la vida de todos y cada uno de los sujetos del Estado. Desde las parábolas poéticas de un Amos Gitai que bucea en las escombreras del tiempo perdido haciendo de la escritura fílmica un pulso perdido contra sí mismo hasta los experimentos crudísimos del tándem Keshales/Papushado se establece un espectro de posibilidades, de matices, de miradas contradictorias que sólo se puede definir como extremadamente estimulante.
Big Bad Wolves, que levantó no pocas voces críticas al hilo del pase en el Festival de Sitges, es una comedia terrorífica tan deudora del Huis Clos de Sartre como del Torture Porn norteamericano. Hunde sus raíces en la tradición del cuento siniestro europeo para emerger hacia la comedia judía más disparatada, salpicada a su vez de madres edípicas allenianas, excombatientes del Líbano que llevan a Wagner en el teléfono móvil, ciudadanos árabes que parecen figuras del cine clásico de Hollywood. La línea entre el horror y la carcajada es tan fina, tan imperceptible, que no es de extrañar que haya incomodado a parte de la parroquia iconoclasta de turno. En este caso, en el polo de lo inefable se encuentra la pederastia, y a su alrededor, una serie de citas y engarces cinematográficos que suenan más a Los Hermanos Marx rodando un remake de Posesión Infernal que a un réquiem limpiaconciencias.
Big Bad Wolves no habla de la pederastia, sino que la utiliza, la instrumentaliza como un símbolo del mal absoluto, un mal total ante el que se gestiona la violencia, la comedia, el fracaso y la culpa. Se podría hacer un interesante análisis topográfico de la cinta (el sótano de la cabaña perdida en el bosque, las ruinas de los edificios abandonados en Tel Aviv) como las herramientas para la reescritura de todo un género. Los directores no están tan interesados en el goce de la mirada (apenas hay planos inserto de los detalles más explícitos, sino que el uso del malestar se suele relegar al fuera de foco o a los últimos términos del profílmico), como en la manera en la que el relato dispone la información. Se establece, en su seno, un profundísimo debate entre cine y teatro en el que las imágenes generadas en cámara lenta -unos niños que juegan en el fantástico prólogo, una niña que sopla una tarta de cumpleaños- flotan como fantasmas sobre la evolución de los personajes en un espacio hermético, cerrado. La cámara sabe, y sin embargo, reta al espectador sobre el significado de los acontecimientos, se filtra entre sus prejuicios y siembra la duda. El final, cincelado de amargura -como en todo gran tratado de la violencia- no se desvela en la palabra o en el acto de algún personaje, sino en un sutil movimiento de cámara que se desliza hasta el límite de lo mostrable. No hay trampa ni cartón: el espacio cinematográfico es, simple y llanamente, un teatro para el terror.
Kershales y Papushado conocen su oficio, y eso les hermana en cierta medida con otros directores contemporáneos como Rob Zombie, James Wan o Ti West, directores en los que es la cámara y el montaje la que justifica todo el foco de angustia, y en consecuencia, toda la ordenación cinematográfica de la violencia. En oposición a ellos, la asunción de una herencia geográfica y espiritual diferencial que plantea sus propios problemas -el todavía no sellado abismo de la identidad judía- y al que responden desde la autoparodia, el cinismo y la carcajada más amarga. Sólo en esa dirección se puede leer Big Bad Wolves como el exquisito tratado de antimoral (o de moral extrema) que, en lo más profundo, constituye.
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