"Partíamos de la oposición entre las máquinas deseantes y el cuerpo sin órganos"
(Deleuze & Guattari; El antiedipo)
Con lo que, querido lector, amada lectriz, aquí andamos de nuevo discutiendo sobre el colocón a 33 revoluciones por minuto. En esta bufonesca "arqueología del vinilo" que vamos proponiendo, hoy me voy a lanzar a una suerte de deconstrucción de un único mito fundacional. En primer lugar...
03. El vinilo heredado
Seamos sinceros. Hagamos un ejercicio de honestidad, aunque nos duela. España, en general, ha sido siempre un país con un gusto musical a medio camino entre el retrete atorado en la fiesta de nochevieja y la orquestina pobre de pueblo. Si hacen el ejercicio de rastrear las listas más escuchadas en Spotify a nivel nacional pueden descubrir que esas sexy-indie girls con gafas de pasta enorme que pululan por las teterías del centro, cuando llegan a la intimidad de su casa, declinan los experimentos musicales de Sun o))) por el alegre calorreo patrio de Melendi. Esa Juana sin Arco, ese Bill sin Gates.
Con lo que, de entrada, si usted frisa la generación de los ochenta -ay-, puede pertenecer a dos perfiles sociales distintos: los afortunados que han heredado de sus progenitores una sustanciosa colección discográfica que les permita fardar de entrada, o los pobres parias de la tierra que amontonan en un rincón de su hogar un pasaje del terror sonoro que incorpore viejos acetatos de la etapa en solitario de Juan Pardo, Pimpinela o Sergio y Estíbaliz. A esto debemos sumarle otro factor: quizá usted mismo, antes de digievolucionar, compró vinilos en su más tierna infancia/adolescencia, incluyendo productos tan distópicos como el Agitar antes de usar de los Hombres G o la música de Campeones.
Nosotros, como sujetos postmodernos, ya manejamos categorías tan crujientes como el placer irónico de lo Kitsch, así que háganme caso: gocen sus síntomas sonoros. En mi colección se manifiesta, sin el menor rubor, una primera edición del Whenever you need somebody de Rick Astley con el doble Dangerous de Michael Jackson -con esa espectacular portada de Mark Ryden, I took my baby on a saturday bang/Boy is that girl with you, yes we're one and the same. Somos lo que somos, y nuestros discos nos delatan.
Lo cierto es que cuesta creer la cantidad de basura que se editó en los setenta y ochenta, esos discos con horrendas versiones de Duke Ellington interpretadas por anónimos músicos de la estepa, las pesadillas de ese Phil Spector cañí llamado Luis Cobos, El sur también existe de Serrat. Si usted quiere comenzar su colección revisitando los discos heredados -y no es un afortunado niño prehipster-, debe hacer acopio de valor y asumir que se encontrará con las semillas de una transición terrorífica, una textura musical infecta con forma de Mocedades y Teresa Rabal que puede acabar con su autoestima y devolverle al mundo de la descarga online en cero coma. Tenga cuidado. Las colecciones de vinilos heredadas pueden ser pequeñas minas de Moria. Pero sea amante y paciente. Esos objetos, necesariamente feos, esconden su biografía y le hablan de un mundo al que usted, de alguna manera, pertenece.
Dicho esto, uno de los grandes argumentos que esgrimen los coleccionistas es, simple y llanamente, que vuelven al vinilo porque es la manera en la que la música existía en su primer universo simbólico. El viejo "En mi casa jugábamos así". Me parece una declaración de intenciones honesta y creíble. De hecho, yo llegaría todavía más lejos. Los niños de la generación pre-napster crecimos con otro concepto del disco como objeto de deseo. En primer lugar, ciertos discos no estaban al alcance de cualquiera. Conseguir cosas de Pink Floyd o de la Velvet Underground pasaba por rogar a un compañero del recreo que tenía un padre que había vivido unos años en Londres y se había traído una copia del Atom Heart Mother. Las cintas en las que grabábamos aquellos discos se escuchaban una, diez, cien veces, simple y llanamente porque no había otra cosa. No era fácil entender qué había pasado entre el Animals y el The Division Bell. A veces teníamos un primo mayor con pasta que se había comprado el primer vinilo de Tin Machine y teníamos que deglutir aquello como fuera, sin pasar por el Ziggy Stardust o por la trilogía berlinesa.
De ahí que recuperar el vinilo sea también una manera de recuperar nuestro propio órden simbólico en el relato. Acceder al objeto total, ese Blood on the tracks que mirábamos con ojos de cordero degollado cuando pasábamos por delante del Discoplay de la Vaguada. Los Reyes Magos nunca entendieron la importancia de aquel puto Blood on the tracks y ahora, tantos años después, regresa para quedarse en el hueco de la estantería que siempre debió ocupar. Y suena, contra todo pronóstico, como debería haber sonado en el hogar familiar. La máquina deseante recibe finalmente, con veinte años de diferencia, la voz del bueno de Dylan, invade un nuevo espacio, lo mancha todo con ese portentoso La Mayor que abre Tangled up in blue, ese acorde cabrón que parece dudar antes de lanzarse hacia el Re Mayor (if her hair still was red) y que nos trae, ay, todo lo que le podemos pedir al mundo de la música.
To be continued...
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2.12.12
23.9.11
Notas sobre el coleccionismo de vinilos
Se dice por los foros de la internec que el coleccionismo de vinilos se ha convertido en un gesto propio de la modernez, el gafapastismo y otras subculturas de principio de milenio. Algo de razón hay, por supuesto, pero creo que sería justo ofrecer una serie de ideas al respecto, modificaciones que quizá tengan que ver con los usos y costumbres de una época que -como comenté hace poco- está fascinada por el Low-Fi y la nostalgia tecnológica modelo Instagram/Polaroid.
El urbanita medianamente higiénico consume una cantidad de música descomunal. Los portales y los blogs especializados ofrecen seis, siete, doce novedades a la semana. Pitchfork, las páginas críticas de Rockdelux, los bares que ofrecen a los suscritos a sus newsletters interminables listas de recomendaciones... The audience is listening y la música fluye.Sin embargo, los hábitos de escucha son necesariamente efímeros. Las descargas tienen la vida muy corta, se cruzan a golpe de Flash Forward, se seleccionan dos o tres cortes y el resto quedan flotando en un magma pringoso de sonido obsoleto. A veces incluso me planteo si no existe una especie de tiranía musical del ahora, un ansia por conocer lo último del último grupo de brit pop en el que toca el bajista separado del penúltimo grupo de drum and bass. Música líquida para sociedades líquidas.
Me obligo a pensar seriamente en los discos del ahora que he escuchado completos más de seis veces. Se pueden contar con los dedos de una mano. El In the grace of your love de los Rapture. Por supuesto, el My beautiful dark twisted fantasy de Kanye West. La mayoría son un poso al fondo del MP3 del que voy rescatando canciones, temas, saltando de un lado para otro sin demasiado órden ni concierto. A veces es pura selección natural, y otras veces, puedes cargarte discos enteros si no les ofreces las escuchas que merecen. Swim de Caribou es un buen ejemplo: tiene un tema inicial tan prodigioso (Odessa) que amenaza con eclipsar el resto del disco si uno no le deja espacio, tiempo.
Frente a este paradójico -e inevitable- nuevo modo de disfrutar la música, miramos hacia el vinilo, el LP, con sus 33 revoluciones por minuto y su eidos particular. El vinilo invita a una escucha tranquila, personal, cronológica. Respeta la voluntad de "obra total" de su creador y tiene esa magia de lo textural, ese placer de almacenar en sus arañazos y sus marcas toda la experiencia vivida. Comencé a coleccionar vinilos cuando, hace tres o cuatro años, volví a escuchar el Shine on you crazy diamond a toda mecha en un buen equipo. Mi pobre edición en cd había palidecido, había envejecido por completo, por mucho que se empeñen en remasterizarla, limpiarla, reeditarla y reutilizarla. El surco original habla de/en una música distinta, que exige una atención distinta y que ofrece un estremecimiento distinto. Avanza arropando los sonidos y utiliza otra frecuencia que ni siquiera la mal llamada Música HD, con el tan polémico Loseless puede garantizar.
Pero hay algo más. Algo decisorio. Comprar un vinilo exige un ritual, una actitud, el placer de un descubrimiento. Es una conquista, un fetiche, un pequeño trofeo. No se trata de hacer dos clicks en una web, ni de copiar unos archivos en un pen. Comprar un vinilo te garantiza una búsqueda lenta y apasionada que puede durar meses, tardes de largos y dulces paseos por los zocos de las ciudades, charlas con vendedores más o menos apasionados a los que les brillan los ojos cuando les preguntas por una edición determinada del Ziggy Stardust o del Quadrophenia. Comprar un vinilo es rastrear dedicadamente las páginas de ebay y cotejar ofertas, condiciones, recibir extraños paquetes de tiendas soñadas en Alemania, en Reino Unido, en América, tiendas que uno imagina románticamente como almacenes enormes de sueños y adolescencias, preciosas y enormes portadas de discos que suenan más allá de dos, tres, cuatro, cinco décadas, arrastrando besos y decepciones, lágrimas, tardes en blanco.
Antes -quizá lo recuerdas- los discos se escuchaban íntegros y hasta la saciedad. Las cintas se pasaban de contrabando, siempre había un hermano mayor o un primo que se iba para Inglaterra y se traía tres o cuatro cosas, o quizá un programa pirata a deshora que pinchaba cosas de Kraftwerk o de Einstürzende Neubauten, o ese colega friqui de la academia de inglés que tenía cosas de los Iron Maiden. Todavía recuerdo la extrañeza que me atravesó la primera vez que escuché entero el Powerslave: aquello era como meter los dedos en un enchufe, sonaba faraónico, mastodóntico, interminable, glorioso. Sonaba como la pesadilla de la Spice pija. Sonaba como Dios.
Creo que el retorno al vinilo tiene algo que ver con esa relación íntima y cómplice con la música. No se trata de regresar a la adolescencia -salvo excepciones, la inmensa mayoría de los títulos que he comprado hasta el momento no los escuché en profundidad antes de cumplir los 19 o los 20-, ni de volver al pecho materno pop perdido. Se trata de reivindicar un formato, una pose, una actitud ante la música que penda de la historia y no de la moda inmediata. En este sentido, el vinilo no es una herramienta tan modernilla y gafapastil como nos quieren hacer creer: es una reivindicación precisamente antimodernilla en tanto lo que buscamos es el Bowie de Berlín o los Depeche Mode pre-Ultra. Lo que buscamos es ese placer total de mirar la enorme portada con los ojos deslumbrados, el precio preciso, la calidad justa, el encuentro con una cierta Historia. Lo que buscamos es una música en peligro de extinción.
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