2.12.12

Coleccionar vinilos #02: El vinilo heredado

"Partíamos de la oposición entre las máquinas deseantes y el cuerpo sin órganos"
(Deleuze & Guattari; El antiedipo)


     Con lo que, querido lector, amada lectriz, aquí andamos de nuevo discutiendo sobre el colocón a 33 revoluciones por minuto. En esta bufonesca "arqueología del vinilo" que vamos proponiendo, hoy me voy a lanzar a una suerte de deconstrucción de un único mito fundacional. En primer lugar...

Rick Astley


03. El vinilo heredado

    Seamos sinceros. Hagamos un ejercicio de honestidad, aunque nos duela. España, en general, ha sido siempre un país con un gusto musical a medio camino entre el retrete atorado en la fiesta de nochevieja y la orquestina pobre de pueblo. Si hacen el ejercicio de rastrear las listas más escuchadas en Spotify a nivel nacional pueden descubrir que esas sexy-indie girls con gafas de pasta enorme que pululan por las teterías del centro, cuando llegan a la intimidad de su casa, declinan los experimentos musicales de Sun o))) por el alegre calorreo patrio de Melendi. Esa Juana sin Arco, ese Bill sin Gates.

    Con lo que, de entrada, si usted frisa la generación de los ochenta -ay-, puede pertenecer a dos perfiles sociales distintos: los afortunados que han heredado de sus progenitores una sustanciosa colección discográfica que les permita fardar de entrada, o los pobres parias de la tierra que amontonan en un rincón de su hogar un pasaje del terror sonoro que incorpore viejos acetatos de la etapa en solitario de Juan Pardo, Pimpinela o Sergio y Estíbaliz. A esto debemos sumarle otro factor: quizá usted mismo, antes de digievolucionar, compró vinilos en su más tierna infancia/adolescencia, incluyendo productos tan distópicos como el Agitar antes de usar de los Hombres G o la música de Campeones.

     Nosotros, como sujetos postmodernos, ya manejamos categorías tan crujientes como el placer irónico de lo Kitsch, así que háganme caso: gocen sus síntomas sonoros. En mi colección se manifiesta, sin el menor rubor, una primera edición del Whenever you need somebody de Rick Astley con el doble Dangerous de Michael Jackson -con esa espectacular portada de Mark Ryden, I took my baby on a saturday bang/Boy is that girl with you, yes we're one and the same. Somos lo que somos, y nuestros discos nos delatan.

     Lo cierto es que cuesta creer la cantidad de basura que se editó en los setenta y ochenta, esos discos con horrendas versiones de Duke Ellington interpretadas por anónimos músicos de la estepa, las pesadillas de ese Phil Spector cañí llamado Luis Cobos, El sur también existe de Serrat. Si usted quiere comenzar su colección revisitando los discos heredados -y no es un afortunado niño prehipster-, debe hacer acopio de valor y asumir que se encontrará con las semillas de una transición terrorífica, una textura musical infecta con forma de Mocedades y Teresa Rabal que puede acabar con su autoestima y devolverle al mundo de la descarga online en cero coma. Tenga cuidado. Las colecciones de vinilos heredadas pueden ser pequeñas minas de Moria. Pero sea amante y paciente. Esos objetos, necesariamente feos, esconden su biografía y le hablan de un mundo al que usted, de alguna manera, pertenece.

     Dicho esto, uno de los grandes argumentos que esgrimen los coleccionistas es, simple y llanamente, que vuelven al vinilo porque es la manera en la que la música existía en su primer universo simbólico. El viejo "En mi casa jugábamos así". Me parece una declaración de intenciones honesta y creíble. De hecho, yo llegaría todavía más lejos. Los niños de la generación pre-napster crecimos con otro concepto del disco como objeto de deseo. En primer lugar, ciertos discos no estaban al alcance de cualquiera. Conseguir cosas de Pink Floyd o de la Velvet Underground pasaba por rogar a un compañero del recreo que tenía un padre que había vivido unos años en Londres y se había traído una copia del Atom Heart Mother. Las cintas en las que grabábamos aquellos discos se escuchaban una, diez, cien veces, simple y llanamente porque no había otra cosa. No era fácil entender qué había pasado entre el Animals y el The Division Bell. A veces teníamos un primo mayor con pasta que se había comprado el primer vinilo de Tin Machine y teníamos que deglutir aquello como fuera, sin pasar por el Ziggy Stardust o por la trilogía berlinesa.

Blood on the tracks

     De ahí que recuperar el vinilo sea también una manera de recuperar nuestro propio órden simbólico en el relato. Acceder al objeto total, ese Blood on the tracks que mirábamos con ojos de cordero degollado cuando pasábamos por delante del Discoplay de la Vaguada. Los Reyes Magos nunca entendieron la importancia de aquel puto Blood on the tracks y ahora, tantos años después, regresa para quedarse en el hueco de la estantería que siempre debió ocupar. Y suena, contra todo pronóstico, como debería haber sonado en el hogar familiar. La máquina deseante recibe finalmente, con veinte años de diferencia, la voz del bueno de Dylan, invade un nuevo espacio, lo mancha todo con ese portentoso La Mayor que abre Tangled up in blue, ese acorde cabrón que parece dudar antes de lanzarse hacia el Re Mayor (if her hair still was red) y que nos trae, ay, todo lo que le podemos pedir al mundo de la música.

To be continued...

2 comentarios:

Ethos dijo...

Mis cadenas heredadas se llaman Julio Iglesias y Jose Luis Perales. Supongo que por eso, sin pretenderlo yo, he acabado teniendo tres "Dark Side..." en diferentes formatos. Me lo debía el destino.
Lo único que pude salvar fue un sorprendente "Back to the Light" de Brian May, de mi padre, en CD, con el tema "Too much love will kill you" cantado por él.

Iris Sierra Blández dijo...

No voy a hacer una lista de mi herencia musical. Confieso que hay cosas de las que puedo presumir y otras que negaré tener rotundamente. Pero no es solo lo que hemos heredado, también es la herencia que vamos a dejar. Y este pensamiento no se me va de la cabeza. Esta idea me atormenta. De la misma forma que yo manoseo la colección de mi padre, lo harán algún día mis hijos. Yo solo quiero estar a la altura. Aunque una parte de mí sabe que ellos también renegarán rotundamente de mi herencia (tal y como lo he hecho yo). Escribo esto mientras suena "Children Of The Revolution" de T.Rex ¿Casualidad? No lo creo amigos...