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23.9.11

Notas sobre el coleccionismo de vinilos


   Se dice por los foros de la internec que el coleccionismo de vinilos se ha convertido en un gesto propio de la modernez, el gafapastismo y otras subculturas de principio de milenio. Algo de razón hay, por supuesto, pero creo que sería justo ofrecer una serie de ideas al respecto, modificaciones que quizá tengan que ver con los usos y costumbres de una época que -como comenté hace poco- está fascinada por el Low-Fi y la nostalgia tecnológica modelo Instagram/Polaroid.

    El urbanita medianamente higiénico consume una cantidad de música descomunal. Los portales y los blogs especializados ofrecen seis, siete, doce novedades a la semana. Pitchfork, las páginas críticas de Rockdelux, los bares que ofrecen a los suscritos a sus newsletters interminables listas de recomendaciones... The audience is listening y la música fluye.Sin embargo, los hábitos de escucha son necesariamente efímeros. Las descargas tienen la vida muy corta, se cruzan a golpe de Flash Forward, se seleccionan dos o tres cortes y el resto quedan flotando en un magma pringoso de sonido obsoleto. A veces incluso me planteo si no existe una especie de tiranía musical del ahora, un ansia por conocer lo último del último grupo de brit pop en el que toca el bajista separado del penúltimo grupo de drum and bass. Música líquida para sociedades líquidas.

    Me obligo a pensar seriamente en los discos del ahora que he escuchado completos más de seis veces. Se pueden contar con los dedos de una mano. El In the grace of your love de los Rapture. Por supuesto, el My beautiful dark twisted fantasy de Kanye West. La mayoría son un poso al fondo del MP3 del que voy rescatando canciones, temas, saltando de un lado para otro sin demasiado órden ni concierto. A veces es pura selección natural, y otras veces, puedes cargarte discos enteros si no les ofreces las escuchas que merecen. Swim de Caribou es un buen ejemplo: tiene un tema inicial tan prodigioso (Odessa) que amenaza con eclipsar el resto del disco si uno no le deja espacio, tiempo.

    Frente a este paradójico -e inevitable- nuevo modo de disfrutar la música, miramos hacia el vinilo, el LP, con sus 33 revoluciones por minuto y su eidos particular. El vinilo invita a una escucha tranquila, personal, cronológica. Respeta la voluntad de "obra total" de su creador y tiene esa magia de lo textural, ese placer de almacenar en sus arañazos y sus marcas toda la experiencia vivida. Comencé a coleccionar vinilos cuando, hace tres o cuatro años, volví a escuchar el Shine on you crazy diamond a toda mecha en un buen equipo. Mi pobre edición en cd había palidecido, había envejecido por completo, por mucho que se empeñen en remasterizarla, limpiarla, reeditarla y reutilizarla. El surco original habla de/en una música distinta, que exige una atención distinta y que ofrece un estremecimiento distinto. Avanza arropando los sonidos y utiliza otra frecuencia que ni siquiera la mal llamada Música HD, con el tan polémico Loseless puede garantizar.

    Pero hay algo más. Algo decisorio. Comprar un vinilo exige un ritual, una actitud, el placer de un descubrimiento. Es una conquista, un fetiche, un pequeño trofeo. No se trata de hacer dos clicks en una web, ni de copiar unos archivos en un pen. Comprar un vinilo te garantiza una búsqueda lenta y apasionada que puede durar meses, tardes de largos y dulces paseos por los zocos de las ciudades, charlas con vendedores más o menos apasionados a los que les brillan los ojos cuando les preguntas por una edición determinada del Ziggy Stardust o del Quadrophenia. Comprar un vinilo es rastrear dedicadamente las páginas de ebay y cotejar ofertas, condiciones, recibir extraños paquetes de tiendas soñadas en Alemania, en Reino Unido, en América, tiendas que uno imagina románticamente como almacenes enormes de sueños y adolescencias, preciosas y enormes portadas de discos que suenan más allá de dos, tres, cuatro, cinco décadas, arrastrando besos y decepciones, lágrimas, tardes en blanco.

    Antes -quizá lo recuerdas- los discos se escuchaban íntegros y hasta la saciedad. Las cintas se pasaban de contrabando, siempre había un hermano mayor o un primo que se iba para Inglaterra y se traía tres o cuatro cosas, o quizá un programa pirata a deshora que pinchaba cosas de Kraftwerk o de Einstürzende Neubauten, o ese colega friqui de la academia de inglés que tenía cosas de los Iron Maiden. Todavía recuerdo la extrañeza que me atravesó la primera vez que escuché entero el Powerslave: aquello era como meter los dedos en un enchufe, sonaba faraónico, mastodóntico, interminable, glorioso. Sonaba como la pesadilla de la Spice pija. Sonaba como Dios.

    Creo que el retorno al vinilo tiene algo que ver con esa relación íntima y cómplice con la música. No se trata de regresar a la adolescencia -salvo excepciones, la inmensa mayoría de los títulos que he comprado hasta el momento no los escuché en profundidad antes de cumplir los 19 o los 20-, ni de volver al pecho materno pop perdido. Se trata de reivindicar un formato, una pose, una actitud ante la música que penda de la historia y no de la moda inmediata. En este sentido, el vinilo no es una herramienta tan modernilla y gafapastil como nos quieren hacer creer: es una reivindicación precisamente antimodernilla en tanto lo que buscamos es el Bowie de Berlín o los Depeche Mode pre-Ultra. Lo que buscamos es ese placer total de mirar la enorme portada con los ojos deslumbrados, el precio preciso, la calidad justa, el encuentro con una cierta Historia. Lo que buscamos es una música en peligro de extinción.

30.8.11

Instagram, Mytubo y otros fantasmas tecnológicos

(Una futura usuaria de Instagram)

Un fantasma recorre el mundo tecnológico. El fantasma postmoderno de la nostalgia, el tiempo pasado, la mirada perdida. Desde que me he incorporado al universo Android, he descubierto la impresionante tirada que lo low-fi despierta en centenares de usuarios: la portada de la Rockdeluxe del mes pasado estaba tratada como si se tratara de un viejo retrato setentero, los precios de los vinilos se han triplicado en los últimos doce meses, y por supuesto, casi todo el mundo con cierto gusto estético "indie" prefiere utilizar el bendito Instagram o el Mytubo antes que las propias aplicaciones que incorporan los Smartphones.

Esto me genera una sensación extraña como usuario, una cierta incomprensión ante ese malestar tecnológico que los sujetos afirman padecer y que, para qué negarlo, está empezando a salpicar el rostro amable de los paraísos hi-tech. Los maltratadores se despiden de sus víctimas en los tablones de Tuenti, el bendito cine en 3D nos aburre o nos provoca dolores de cabeza, los 5 mpx de mi cámara se reducen a una resolución 400x400 de purísimo tacto gafapasta.

El problema, por supuesto, es la vacuidad de la mirada. Con Instagram/Mytubo está pasando como cuando a las niñas bien de la periferia les entró la perra con la reflex y se gastaban un pastón para acabar haciéndose fotos en modo manual delante del espejo. La mirada está vacía, pero Instagram lo traduce en un cierto placer retro, algo así como una corrección estética de manual. La ideología, la sistemática de trabajo que acompañaba a los verdaderos artistas de la Lomo o de la Polaroid estalla en mil pedazos en el momento en el que un sosipavo/una sosipava reproduce masiva e indiscriminadamente todos sus trabajos con el mismo filtro, una y otra vez, como una pesadilla que en breve nos parecerá intolerablemente kitsch.

¿Por qué el Low-fi? ¿En qué momento descubrimos que los cds eran el timo de la estampita y nos pasamos a esos caros, flamantes, deliciosos vinilos? ¿Acaso alguien conoce una sensación más derrotista, hoy en día, que volver a mirar todos esos cds originales que compraste antes de Napster, todo ese magma de música que hoy se descarga con un gesto frágil de cualquier servidor? ¿No ejemplifica como nadie la inexistencia del Capital toda esa belleza que ahora se nos antoja, efímera, mal pagada? Hasta el dinero gastado en tabaco de los exfumadores parece mejor invertido.

Con lo que Instagram es la enésima demostración de que el nuestro es un tiempo sin tiempo, una estética sin estética, un sistema social nostálgico sin ideología posible. El revival del Instagram es la constatación de que nos encanta tener la cámara más potente para mirarla con ojos de besugo y preferir que otro realice el esfuerzo sufremo de pensar la mirada. Pensar la mirada a estas alturas, no jodas.