5.5.12

La chica que se parecía a Jean Seberg


  Creo que ella tenía los trece, o así, y yo andaba rondando los catorce mal llevados, no lo recuerdas, pero en aquellos años yo andaba perdido por los callejones grises del barrio alimentando con el pan triste del bocata a los gatos tísicos de los noventa. Lo nuestro era un desfase, siempre comprando cintas porno a los chinos, siempre escribiendo cortometrajes muy malos que no rodaría nadie, soñando con sacarse unas pelas reponiendo en el Lidl donde apuñalaron a aquel chaval por un asunto de jaco. Ella tenía los trece, y se parecia a Jean Seberg, pero con brackets y con la gloria tocada en sordina del padre que trabajaba en la obra y la madre cansada que le pegaba al pachuli, al Afilador y a parir hijos.

    Quizá me preguntes por qué no la he olvidado. Fue la primera mujer a la que vi llorar de rabia. Literalmente. Apretaba con furia sus dos puños contra la mochila manchada de tipex, con los ojos clavados sobre el horizonte del barrio pobre, masticando entre sus brackets el nombre de un tipo que se había dejado el BUP para ponerse a pasar costo apaleado al lado del mercado, y que por lo visto, había preñado a una niña rica hija de arquitectos de Moratalaz y le habían puesto un pisito la mar de apañado. Creo que entonces comprendí, de un plumazo, la facción brutal y sangrienta de las víctimas de la lucha de clases, aquella manera de llorar revolucionaria y desgarrada, aquellas lágrimas que no tenían trinchera alguna porque eran toda la batalla perdida. Ahora los pobres se consuelan porque compran en IKEA. La chica que se parecía a Jean Seberg había sido derrotada por la mediocridad política, aunque su amor no fuera sino el amor incomprensible de los trece.

    Ustedes quizá no lo entienden, pero yo amaba a la chica que se parecía a Jean Seberg, aunque siempre me quedaran cuatro para septiembre, aunque fuera feo y pobre como los extras de Lawrence de Arabia, aunque nunca me creyó cuando le juré que en unos años estaría escribiendo de cine. Luego, pasados los años, nos acostumbramos a mentir, pero en aquel momento todavía podía escapar al caer la tarde para ver cómo salía en silencio de su academia de danza, aferrada a una falda verde de cancán y con las uñas pintadas de morado.

   Pasados los años, nos acostumbramos a mentir.

   También nos acostumbramos a pedir perdón.

   Puede incluso que hiciéramos ambas cosas al mismo tiempo.

   Pasados los años, yo volvía de las fiestas del PCE con la guitarra a cuestas. Escribía poemas, muy malos, y luego los convertía en canciones, todavía peores. La militancia era la pose, la pose era la memoria histórica, la memoria histórica era la excusa, y así hasta el infinito. Al final de la cadena de significantes siempre había alguna niña más o menos perroflauta que me ponía cara de pez cuando afirmaba que la era estaba pariendo un corazón, compañera usted sabe que puede contar conmigo. Y tal.

    El caso es que volvía de las fiestas del PCE, pensando que igual andaba haciendo la revolución de las minorías oprimidas, y que cambiaría el mundo escribiendo -¡Cambiaría el mundo escribiendo de cine! ¡Una mezcla entre Karl Marx y André Bazin, ¿imaginan?!-, y me topé con la chica que se parecía a Jean Seberg en un vagón de la línea cuatro. Iba acompañada de cinco sanos chavales con el pelo cortado a lo cenicero y con sendas Alpha Industries. Ella se había convertido en una especie de techno-bakala de buen ver que llevaba una camisa Lonsdale azul, pendientes de aro, tres gomitas del pelo dulcemente ceñidas a su muñeca dibujando la bandera de nuestro humilde país. Me miró con sus dos ojazos desmesuradamente grandes y dejó escapar un -cito literalmente-: "¡Tiiiiiio, que fooooorti encontrarte en el metrooooo!" mientras sus acompañantes se contoneaban simiescamente y me miraban con un gesto entre la indiferencia y la furia.

    La chica que se parecía a Jean Seberg hizo su propia revolución de derechas y se sacó un módulo de finanzas entre fiesta de la radi y fiesta de la radi. Mientras yo me encerraba en la filmoteca, ella andaba practicando inexpertas pero inspiradas felaciones a los tipos correctos, brackets mediante. Creo que se quedó embarazada a los diecisiete, pero pese a considerarse más o menos católica, se atrevió a abortar. Por mucho que la imagine mirando al techo en una clínica del extrarradio, soy incapaz de inventarme que pensó mientras le arrancaban a ese hijo de las entrañas, el hijo que le había dado un tipo que trabajaba en una pollería de Moratalaz, quizá un tipo que le servía pechuga a la hija de esos famosos arquitectos.

    Y comprendí que ya era demasiado tarde para hacer cualquier revolución, especialmente la mía. La lucha de clases todavía me daría algo de escribir y algo de ligar, pero a partir de ese encuentro se me empezó a ver demasiado el cartón cuando levantaba el puño en las reuniones y cuando decía No te quedes inmóvil al borde del camino o cuando decía Te recuerdo Amanda La calle mojada o cuando decía Ahora mueren en Bosnia los que morían en Vietnam.

   Algunos días sigo haciéndome la misma pregunta. ¿Qué quedó de todo aquello?

   ¿Qué demonios quedó de todo aquello?

3 comentarios:

Aris dijo...

realmente guapa la chica que se parecía a Jean Seberg...
bien, siempre nos quedara Paris (o ni eso pero es bonito pensarlo)

PÁJARO DE CHINA dijo...

quedó nuestra necesidad de escribir para no ser escritos. y este rechazo rotundo al cabello largo. abrazo.

Enric H. March dijo...

De todo aquello queda sólo el relato y el vicio de narrarlo, porque es juntando palabras o imágenes que podemos construir una nueva realidad o explicarla. También podríamos echarle mano al alcohol o a las drogas, pero yo, por lo menos, estoy hasta las narices de viajes a ninguna parte. Sólo hay una dirección, sólo un camino: el que lleva a Jean Seberg. Llamémosle utopía, llamémosle mitificación, qué importa; pero puesto a perseguir ideales que sea uno que no nos joda cada vez que damos con él.

Creo recordar que ya había comentado alguno de tus apuntes, pero por si acaso, un saludo.