Mostrando entradas con la etiqueta Política. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Política. Mostrar todas las entradas

14.6.15

De las víctimas y el prójimo

Víctimas

01.
    Ando estos días enfrascado en la lectura pausada y muy agradecida de Edith Stein. Hacia el final de su autobiografía inacabada -titulada, muy precisamente, Historia de una familia judía- ocurren algunas erosiones textuales demoledoras. Así, por ejemplo, en la página 524 se encuentra un breve epígrafe (9.4 La buena impresión de M. Heidegger), y apenas diez páginas después, en la 534, finaliza el texto la mañana siguiente a la lectura de su tesis doctoral, dirigida por Husserl.

    Siempre me ha obsesionado el viaje de las compañeras de Stein, carmelitas que se desplazaron a Friburgo para suplicar a Heidegger que intercediera por su antigua compañera cuando todavía quedaba alguna posibilidad de que no fuera fagocitada por las cámaras de gas de Auschwitz. Diez páginas antes de que la muerte le arrebatara la pluma y los recuerdos, Edith Stein recordaba, con extrema amabilidad, a aquel otro filósofo -y no lo olvidemos, político en la etapa del rectorado-, que después de escribir el que quizá sea el gran libro del pensamiento en el siglo XX, Ser y tiempo, no hizo absolutamente nada para salvar una vida humana.

    Me suelen preguntar: "¿Cómo puedes estudiar el Holocausto y, al mismo tiempo, intentar especializarte en la obra de un filósofo nazi?". Todavía no puedo responder a esa pregunta. He leído los libros de Farías con los ojos llenos de vergüenza. He leído los seminarios de Heidegger con los ojos llenos a la vez de admiración y de profundo horror.

    De ahí que, de un tiempo a esta parte, tenga que seguir aferrándome a Edith Stein y a Emmanuel Lévinas para no negar mi propia vocación como aprendiz de filósofo.

02.
    Todos sabemos que el tema del prójimo no interesaba a Heidegger en absoluto. Su rechazo hacia cualquier tipo de pensamiento que implicara una ética filosófica es público y notorio. También sabemos que el gran problema del prójimo es que cada uno elige sus propias causas y, sin el menor problema, traza una línea divisoria entre quiénes deben ser teorizados como Otros (salvables), como Víctimas, y por extensión, como Verdugos. De tal manera, hay algunos Otros que son mucho más Otros que otros, es decir, que merecen mucho más que pensemos sobre ellos, que les tengamos en cuenta en tanto Víctimas.

    La primera idea que surge a partir de esto es que todos los seres humanos -y yo el primero, vaya por delante, en tanto tengo mis propios Otros-, hemos perdido la capacidad misma de tomar la Humanidad como un todo. Esa idea (inmejorablemente formulada en Jn 13: 34-35), nos permite trazar líneas que entrañan diferencias entre muertes, modos de recuerdo y efectos de discurso. La víctima de pronto se convierte en mí victima, y así, queda irremediablemente politizada y definida por mí.

     No hay que irse muy lejos. La famosa disputa por la creación de un Carmelo dentro de Auschwitz -amén de incontables discusiones entre judíos, polacos y cristianos por diversos martirologios y lecturas en torno a lo ocurrido dentro de los campos- es buena prueba de ello. Ponerle un símbolo de copyright a una Cierta Víctima siempre entraña, automáticamente, generar una cierta lectura contemporánea del Prójimo. Hasta el propio Lévinas lo sufrió en sus carnes cuando le preguntaron claramente por su postura en el conflicto entre Israel y Palestina.

     El problema es que siempre hay un Otro. Detrás de cada palabra que escribimos. Detrás de cada decisión política que tomamos estamos generando un cadáver que llega o un sufrimiento que se manifiesta.

03.
    Se habla mucho en estos días de la "nueva política" y de los "nuevos políticos". Se habla mucho de la dignidad, de la ciudadanía, de la necesidad de cambiar las cosas. Yo firmo cada uno de los postulados que nos lleven a expulsar de sus poltronas a tantos descerebrados y malos seres humanos que, muchas veces incluso parapetados tras una coartada religiosa, nos han conducido a un sistema injusto, desigual y humanamente enfermo. Hace unos días, uno de esos jovencillos neo-brokers de centro de estudios económicos decía que "El concepto de igualdad era malo para la economía". Me pregunto cómo se puede llegar a una pobreza de espíritu tan gigantesca como para creer en eso.

    Ahora bien, hay otra pobreza todavía peor. La de aquellos que, parapetados tras las mejores intenciones, seleccionan primorosamente las víctimas para convertirlas en carne electoral o, por el contrario, en abiertos enemigos. Son, por ejemplo, aquellos que utilizan la marca ETA hasta desgastarla, de tal manera que igual resulta que este post es ETA. Son también aquellos que han olvidado que ser político debería ser, ante todo, respetar el inmenso problema del sufrimiento ajeno con la seriedad que exige. Arrojarse al abismo del sufrimiento ajeno para hacer que emerja de él una responsabilidad (social, asumida) definitiva.

    Todo aquel que sufre es el Otro. Aunque sea mi enemigo. Precisamente porque es mi enemigo. Y evitar las connotaciones de esta idea es el primer paso para hacer una política de mierda, una política de la desigualdad, del sobre, una política injusta. Lo difícil, por supuesto, es tener la humildad de pensar que para ser político (y pensador) no se debería nunca despreciar a ningún Otro. Pensar que las heridas del pasado no tienen fecha de caducidad, y que las del presente son merecedoras de una inmensa, sagrada y profunda responsabilidad.

     Por lo demás, en la era de la política-espectáculo los palmeros claman mucho a favor de la libertad (nada que objetar), pero muy poco a favor de la responsabilidad hacia el dolor del Otro. Exigir humildad, coherencia y humanidad a un político -incluso de aquellos que se autodenominan de la "nueva política"- ya suena raro apenas pocas horas después de que tomen el poder. Eso sí, sobre nuestras Víctimas, sobre aquellos que nosotros hemos decidido que son el Otro -los que murieron en nuestra trinchera, los que hemos sacralizado, los colectivos de riesgo a los que afirmamos proteger- exigiremos el respeto, el taconazo, el honor que sin duda merecen en tanto caídos por nosotros. Por nuestras ideas. Por mí, por mí mismo, por mi narcisismo, en definitiva.

    Yo no soy Charlie, ni soy ninguna otra víctima. No puedo serlo. Estoy condenado a seguir vivo, y por lo tanto, a intentar dotar de sensibilidad, razón y responsabilidad a mis actos. Es decir, estoy condenado a fracasar. Pero en lugar de parapetarme en la soberbia, lo único que puedo hacer es pedir el perdón silencioso de los -citemos, precisamente, a Silvio- muertos de mi felicidad.

2.2.15

Doble ración de cine y crisis

El gran salto adelante

    Anda el ángel de Benjamin enfurecido de un tiempo a esta parte, asomado a la ventanilla de la Plataforma Stop Deshaucios y pegándole al vino dulce de la indignación ciudadana. Es inevitable no plantearse qué demonios está haciendo el cine español en mitad de todo este escombrero ideológico, quizá pillando bronce bajo el sol de la (in)justicia, quizá metiéndose la coca de las subvenciones en los lavabos del Ministerio.

     Ante la duda, y como la cosa está que arde, he esbozado dos textos desde dos perspectivas paralelas. En el primero, intercambio unas cartas con los cómplices Israel de Francisco y José Francisco Montero, intentando hacer una topografía breve de lo que ha estado ocurriendo en los últimos años -vaya por delante: las conclusiones son desoladoras, y pueden ser leídas tal que aquí. En el segundo, vuelvo a uno de mis territorios habituales (el cine de Pablo Llorca) para ver qué se está cociendo en sus dos últimas y poderosas cintas, El gran salto adelante y País de todo a cien. La obra de Llorca, incómoda, debe ser reivindicada con urgencia, y en ello estamos. El texto, a partir de este enlace.

     Por lo demás, manda huevos, seguiremos estrenando comedietas rurales y de alegre color patrio para que vayan al cine la abuela, la cuñada, el sobrino y la jenny, y así nos cuadren las cifras de taquilla. Hay que decirlo. Es que tenemos el cine que nos merecemos.

30.7.14

"Wendy and Lucy". Un texto político.

Kelly Reichardt

#01. Dos ideas/Dos proyecciones.

01a. Vi Wendy and Lucy por primera vez hace cosa de tres o cuatro años, en un DVDRip de baja calidad. Recuerdo que la proyección me resultó extrañamente incómoda, casi aburrida, y pensé para mis adentros que Kelly Reichardt no era para tanto. Luego, el ejercicio de sepultar la película entre otras tantas.

01b. Vi Anarchy: La noche de las bestias hace tres días en la sala deshabitada de un gran centro comercial. Recuerdo que la proyección respondió con precisión a una suerte de angustia política que llevo incubando desde hace algunos meses que surge básicamente de una contradicción: el rechazo hacia un cine político explícito que me repugna profundamente por ineficaz y, a la contra, la fascinación ante la película de DeMonaco que, bajo su aparente levedad, incide con precisión en mi manera de entender las relaciones entre ideología y espectáculo.

Pero a propósito de Wendy and Lucy...

#02. La historia de Ramonet.

    A Ramonet, me cuentan, se le conoce en el barrio de toda la vida. Le dejaron la mujer y las hijas para darse el piro con un promotor de cuando las Variaciones Gürtel y comprarse un adosado en la zona del pinar que da a las calas donde la gente bien saca plata a sus palos de golf y fuma Marlboro Light. Ramonet se quedó en la ciudad, donde los pisos sin aire acondicionado y los BMW de la droga, amamantado de Don Simón y coleccionando los tickets de la rifa de la cirrosis. Extrañamente optimista, enamorado y confidente de las toxis del Proyecto Hombre que bajaban a hacer la calle, Ramonet se convirtió en la estatua humana de la puerta del Mercadona que ayudaba a las ancianas con el carro y, a veces ayudado por la Naltrexona, hacía de su Indigencia Hacendado algo así como una labor literaria y pintoresca, una humildad de barrio y chándal sucio mangado de los contenedores de Ropa Amiga.

    Ramonet, como los hombres que no tienen nada, se había quedado con un perro feo y jodido al que había llamado, en un guiño cinéfilo inesperado, Rocky. A Ramonet le gustaba aquello porque se acordaba de que había visto la peli cuando la dieron en el Rialto, casi recién casado, y casi al final, cuando Stallone está gritando aquello de "¡Adrian! ¡Adrian!" miró de reojo a su mujer y supo que la quería. Así que Ramonet y Rocky, casi desde hace cuatro años, han estado asombrándose de seguir vivos en la sombra de las mañanas de Levante, extendiendo la mano, mercadeando tras el Mercadona, pegándole al brick, y si la cosa iba bien y había un billete entero, fumándose una base para celebrar la llegada del fin de semana. Gonna fly now.

    Luego interviene Dios en toda esta historia.

    Ayer Rocky despertó casi inmóvil, con los ojos vidriosos de la muerte que le llega. Admite paciente las caricias, pero si Ramonet le toca el estómago, emite una serie de gemidos asfixiados que demuestran, simple y llanamente, que el perro tiene alma y se le está escapando por el filo de una guadaña oxidada. Ramonet ha metido al perro en un caja de naranjas que le han pasado en la frutería de al lado del cajero en el que duerme y desde allí el pobre animal tirita en este Julio mediterráneo. Recorre la ciudad buscando ayuda con Rocky moribundo, pero en los albergues de animales no tienen instrumentos ni medicinas -después de todo, hay otros perros sanos y abandonados que necesitan pienso y siempre hay prioridades-, y en los centros privados no le hacen las placas al perro de ese señor barbudo que huele a vinazo y al que le faltan dientes. Una vieja le dice que hay un jarabe para el perro que cuesta siete euros mientras Rocky se refugia en el fondo de la caja de naranjas. En paralelo, en mi muro de Facebook, la gente anda muy comprometida publicando cosas sobre Gaza, sobre los desahucios, sobre las conexiones venezolanas de Podemos y sobre el Aeropuerto vacío de esta ciudad implacable. Aeropuerto que podría servir como monumento y mausoleo de Rocky.

   Ramonet se ha dado cuenta de que el puto chucho es lo único que le queda en el mundo, además de una manta que huele a orín y el chándal sucio mangado de los contenedores de Ropa Amiga. La muerte le ha caído encima y se ha vuelto de golpe más sabio que todos los filósofos del siglo XX. Está a punto de descubrir lo que significa realmente estar arrojado en el mundo: que la familia que te ha olvidado suba a Instagram fotos desde sus smartphones mientras lo único que te separa de la desesperación definitiva es el cadáver de un animal que te ha acompañado en el terrorífico envejecer de los indigentes y los alcohólicos. Al lado de eso, el silencio de Heidegger es una puta broma pesada.

#03. Una idea/Una proyección


Reichardt


    Al ver a mi mujer arrodillada junto al cuerpo de Rocky -que sigue agonizando mientras escribo estas letras mientras Ramonet va recorriendo las estaciones del Via Crucis de la mendicidad por todos los centros veterinarios de Castellón pidiendo por compasión una radiografía, una explicación, una medicina- comprendí definitivamente el aullido que había levantado la Reichardt en Wendy and Lucy. La desesperación. La verdad que encerraba la película. Podría empezar a discutir sobre la habilidad de su puesta en escena o sobre la potencia de su trazo estilístico. Pero en realidad, a veces el cine simplemente nos adelanta lo que más tarde la vida nos arroja contra el rostro: el gemido roto de un ser vivo que agoniza en el corazón de la ciudad coronada por el aeropuerto del abuelito.

    Y yo, por otro lado, no puedo hacer otra cosa que dejarlo por escrito. Ese es el límite de mi expresión política, su inutilidad, su fracaso. Y así es como el trabajo continúa.
   

26.5.14

#04. PROYECTO IDA pawlikowski. [Traición de Corintios]

I.
    Hoy decido mirar el texto desde fuera del texto.


Si yo hablase todas las lenguas de los hombres y de los ángeles, si no tengo amor, soy como metal que resuena o címbalo que retiñe


(He robado dos discos en mi vida, hoy ya puedo confesarlo. Fue pasado los diecimuchos, dos cd´s que todavía guardo, el Requiem for my friend y la banda sonora de Azul, ambos de Preisner. A Corintios tardé algunos años más en llegar, en mitad de la redacción de la tesis, pero de eso hablaré en otro momento)

II

    Hoy, 26 de Mayo de 2014, es un buen día para hablar de la inutilidad del arte. Por ejemplo de esta secuencia, que no pertenece a Ida pero que, de alguna manera, dialoga con Ida:







    La Canción para la Unificación de Europa de Preisner, lo dije hace poco por aquí, es la canción por antonomasia que se impone sobre el duelo. Los colectivos judíos no estarían de acuerdo (¿por qué aceptar que podría suturar su particular duelo un texto que remite directamente a San Pablo?), pero en este lado de Europa en el que crecen las alambradas las cosas funcionan de otra manera. 

    Todorov, en su exquisito Los abusos de la memoria, señaló que escribir actualmente sobre el Holocausto ya no implicaba ningún riesgo, ninguna apuesta, que políticamente era un acontecimiento desactivado en comparación con otros problemas más urgentes que experimentaba Europa. 


    Todorov estaba equivocado.

III.

    Quiero hacer el análisis pero el texto queda extrañamente difuminado ante la grisácea exigencia de la realidad. El análisis fílmico -la crítica cinematográfica- no es una guerra preventiva contra el pánico sino un espejismo para sujetar la subjetividad allí donde se necesita imperiosamente la presencia de colectividades. 

Dos apuntes sobre dos conversaciones paralelas en Twitter:

1) No es lo mismo indignarse que desesperarse. Si no has comenzado a sentir pánico ante lo que está ocurriendo ahí fuera es que -cito al sesgo a Rainer Höss, el nieto de Rudolf- crees que la democracia, la igualdad y los derechos humanos están garantizados. Me sorprende profundamente la estulticia de pensar que, en base a no se qué fuerzas optimistas y positivas que dominan el universo -habría que culpar, quizá, a Bucay, a Coehlo, a Punset y otros que se empeñaron en "defender la alegría" cuando Europa comenzaba a desintegrarse- nuestra propia vida, incluso ante un régimen totalitarista, estaría garantizada.

2) No es lo mismo indignarse que desesperarse. Europa ha aprendido a hablar las lenguas de los hombres y de los ángeles, pero no ha sido suficiente. Conviene no llevarse a engaño. Los que nos dedicamos a estudiar estos menesteres sabemos que lo que realmente llevó al triunfo al Partido Nazi a las elecciones fue que los ciudadanos alemanes votaban no tanto a favor de Hitler sino contra la República de Weimar. 

IV.

    El análisis va despacio. 18 minutos de metraje, 11 secuencias, más de una semana. Escucho la sinfonía Nº 41 de Mozart en la versión de Abbado y Das Rheingold en la versión de Baremboin en Bayeruth en el 91. No es la mejor, pero me gusta escuchar a Baremboin dirigiendo a Wagner

    El problema no es el texto. El problema es todo lo que la realidad teje alrededor del texto y comienza a manifestarse como una costra de significantes mayores que, simplemente, lo borran. Por eso a veces necesito mirarlo desde fuera. 

11.3.14

11M: El silencio (filosófico) del trauma

Azul

    Hace diez años, en la hora de la masacre, yo tuve por segunda vez en mi vida la intuición de haber entrado en la Historia. La experiencia de la incredulidad, el pánico, los ojos clavados en la imagen intentando descifrar una lógica causal, la furia, la huida con unos amigos hacia un pueblo del interior para beber, escribir, jugar a las cartas y seguir las emisiones televisivas. En la Historia uno no entra casi nunca por el portón oxidado de la Esperanza, sino por la vía inmediata de la tragedia.

    Cuando digo que en España no hemos realizado todavía experiencia del trauma puedo querer decir dos cosas. La primera, que todavía no hemos realizado una escritura al respecto, en parte porque el papel de la casta política de ambos bandos ha sido tan repugnante que ha bloqueado cualquier posibilidad de decir algo. La segunda, que ante dicha imposibilidad, la sociedad española ha asumido de manera incomprensible una lógica de la inefabilidad que hiere gravemente a los procesos democráticos. Si el 11M levantó acta de algo, probablemente, fue del fracaso de la democracia española: primer fracaso ante una decisión unilateral de un gobierno que desoyó la voluntad no bélica del pueblo al que decía representar en uno de los espejismos delirantes más terribles que hemos vivido, segundo fracaso ante el esclarecimiento de los hechos -desaparición de pruebas e instrumentalización de las víctimas por ambos lados-, tercer fracaso ante la reestructuración simbólica del trauma. Para la izquierda, el 11M siempre será la escritura de la venganza islámica contra la administración Aznar, para la derecha, el 11M siempre será la escritura de las elecciones injustamente robadas.

    Y así, en el medio de los dos temblores, la víctima y la ciudadanía. La ciudadanía anda muy ocupada viendo La que se avecina y pagando los drymartinis del capitalismo, así que no es nuestro problema. La víctima, por su parte -y esto es una de las pocas ideas básicas que realmente he interiorizado después de tantos años estudiando el Holocausto-, nada quiere ni nada exige, porque muy desgastada está ya en el ceremonial de su misma muerte. Bajo el sol de la capital y la sombra grisácea de las torres de Florentino, bajo la efigie borrosa de CR7 o las pisadas de los hipsters que zumban por las tiendas vintage de Fuencarral y bajo mi propio recuerdo de mi ciudad, una ciudad a la que he querido con todas mis fuerzas -siempre seré un exiliado de Madrid, un cuerpo en la diáspora postmo que tanta gente expulsa hacia otras levedades buscándose el pan o la cama-, la víctima lo único que hace es permanecer en la paz perpetua de su ausencia, flotando en el fondo del imaginario colectivo que ni la quiere ni sabe qué hacer con ella. Hubo algún hijodeputa que se alegró cuando lo de los trenes de Madrid, pensando que así los señoritos centralistas tendríamos una experiencia más cercana de la injusticia política, olvidando quizá que los verdaderos señoritos centralistas no se pagan el ticket de cartón del Cercanías sino que tienen el coche privado de papá para hacer parada y fonda en las sucursales del Éxito. La víctima tuvo un rostro, ya olvidado, y posteriormente, un borrado miserable. Otra cosa que he aprendido estudiando el Holocausto: las víctimas de la Historia nunca mueren triunfalmente porque entonces se convierten en mártires, sino que reciben de la muerte ese beso estúpido con sabor a regaliz negro inesperado, beso de posibilidades anuladas. Vuelva usted mañana, comentan las gárgolas fundamentalistas del Eterno Retorno mientras la víctima se marcha hacia un territorio grisáceo que nada sabe de homenajes ni de filosofías.

Presner

    El 11M generó los únicos segundos buenos de la emisión de Telemadrid: el brevísimo spot con la partitura que Preisner escribió para Azul. La Canción para la Unificación de Europa. A veces pienso que Dios se coló de refilón en la cabina de montaje y creó el spot cuando nadie le veía, nadie creía en Él y nadie le esperaba.

    Hoy, diez años después, me pregunto dónde está la filosofía del 11M, por qué nadie la ha escrito y por qué nadie la escribirá nunca. España, pobre imbécil, necesita una Escuela de Francfurt pero le compra los libros a Risto Mejide y piensa que la bendición descenderá sobre sus heridas locales gracias a un chamán de la autoayuda. Está por escribirse el Holocausto y Modernidad del 11M, pero si alguien comenzara a hacerlo, las editoriales entrarían en pánico y probablemente, la ciudadanía acabaría linchado en todas las plazas mayores de todos los pueblos al filósofo de turno. Una vez más, quiero decir. Dejemos. pues, que la pobre España siga celebrando las fallas, descuartizando animales, tomándose el finito del sol triste de la feria, montando su caballo, jurándose odio eterno, suspendiendo oposiciones, enchufando al primo del Alcade, comiéndose el puto pollo de Andreíta

    Dejemos pues, que la pobre España siga siendo pobre. La hemos querido tanto. Diez años después, todavía no hemos conseguido decir nada bueno a propósito de ella.

3.2.14

A favor de "Edificio España"

Rita Hayworth
 
   Hace unos días, el periodista Jesús Cacho publicó una excelente columna en el periódico conservador Vozpópuli a propósito de la caída de Pedro J. Entre otras dentelladas, Cacho señalaba que el principal problema de un cierto periodismo no había sido tanto sus inevitables tiralevitismos ideológicos, sino antes bien, el haberse convertido en los perritos falderos del Capital. Lo de la juerga porno del Capital tiene tela y está generando una sociedad que sólo puede tildarse de esquizofrénica: la compañía de mierda gaseosa azucarada que en los tiempos del hambre nos aseguraba que "hay razones para creer en un mundo mejor" es la misma que ahora mismo cierra varias plantas sin problemas de rentabilidad alguna, sólo para ahorrarse unos necesarios leuros explotando a los proletarios más desesperados de otra parte del globo. Lo de la juerga porno del Capital es tan bestia que casi nadie ha puesto el grito en el cielo por una película tan desquiciadamente onanista como El lobo de Wall Street, que es algo así como el Raza de Milton Friedman, o por la moralina de los simpáticos políticos corruptos que desfilan por la nostálgica fabulilla neocon La gran estafa americana

    Lo voy a decir con toda claridad: hemos perdido la partida antes incluso de empezarla, pero eso no nos impide enseñar los dientes. Sin esperanza, claro, pero enseñarlos.

    Antes de la Empresa estaba dios. dios ya nos ha robado el derecho al aborto, y durante las tristes horas del franquismo nos robó los fotogramas que otros rodaban, no fuéramos a ser seducidos por esa preFemen hermosísima que se quitaba el guante mientras susurraba Put the blame on mame. Ahora ya no tenemos dios, pero tenemos a la Empresa, que ha decidido que Edificio España, la película de Víctor Moreno, no llegará a nuestras pantallas. España es un país donde los ejecutivos escandalizados son las nuevas monjas de clausura, y en lugar del cilicio llevan la tabla de ejercicios del gimnasio y el tinte de pelo. Después de todo, si el Banco Santander salió razonablemente indemne del torbellino de mierda de hace unos años, ¿por qué no va a acertar al prohibirnos contemplar ciertas imágenes, las que ellos quieran, las que sus analistas destierren al Finis Africae de la memoria?

    Hace cosa de unos años una innoble campaña de acoso y derribo nos asedió -este, su humilde blog, incluido- a los que defendimos el derecho a la distribución de Recuerdos de una mañana de Jose Luis Guerín. La historia se repite: por encima del derecho del creador siempre hay alguien que se siente profundamente ofendido, increpado, problematizado por las imágenes. Al Capital eso de que vayamos rodando o escribiendo lo que nos apetezca no le mola un pelo, y por eso rifa cucamonas tristes en la feria del periodismo contemporáneo: niño, ponle al periodista un anisete y que se esté calladito. Niño, ponle al director un chupito de pólvora y miedo, que invita la casa. 

   Ahora a Gilda podemos verla participando en un festival de lluvias doradas gracias al porno alemán, pero la Empresa no tolerará que nadie muestre el guante podrido de dinero robado y amargura, el guante fino que igual sirve para levantar el puño en las manis que para pasarte la nota de deshaucio en este delirante escaparate final de El precio justo que estamos viviendo. 

    Hacía tiempo que no utilizaba el blog como herramienta de agit prop -luego me dirá el buen Zenódoto de Éfeso, con su crítica habitual, que soy un adicto al agit prop y un paseador barato de pancartas-, pero pienso que quizá les puede interesar consultar esta página, e incluso, firmar en ella. Después de todo, sobreentiendo que si leen este espacio es porque creen en las relaciones que debe haber entre libertad y creación audiovisual. Sobre todo, por encima de dioses y empresas, que no son lo mismo, aunque a veces lo parezca. 

21.12.13

Los fantasmas atacan al jefe. Una felicitación.

    El sujeto, en cierta medida, encerrado en su propio reflejo.





   El espejo es un lugar sin duda magnífico para ensayar una sonrisa. No sólo es la sonrisa del niño perdido que se descubría inserto en el mundo, también es una sonrisa que siempre vuelve hacia nosotros. Y sin embargo, sonreír a un espejo es un acto que denota la más terrible de las soledades. ¿Se han fijado en esa gente que sonríe al espejo, maquillada, antes de salir de caza el día 31 de Diciembre? Hay una plegaria muda: por favor, Dios, no permitas que nadie quiera esta sonrisa y que al amanecer me encuentre otra vez frente a este mismo espejo, roto, en soledad, y sin poder ya sonreír.
   De ahí el problema del relato. El espejo no sabe nada del tiempo -el tiempo está, por necesidad, siempre congelado y ausente en el espejo-, y en oposición siempre están esos falsos espejos que ofrecen, en paralelo, falsos relatos.








Falsos relatos, porque pese a su capacidad de fascinación inmediata, no pueden aportar nada realmente sólido al sujeto. Un falso relato político, por ejemplo, es el que se perfuma afirmando que ayuda a mantener la vida de los niños discapacitados, pero a su vez, niega los apoyos económicos que dichos niños necesitan para crecer con un mínimo de dignidad. Relato cortocircuitado, porque nada tiene que ver con lo que debería haber en su centro: el respeto hacia la vida -no únicamente hacia el nacimiento- del otro.



    
Ciertas leyes -que no son relatos, aunque están prostituídos como tales por obra y gracia del Storytelling-, en efecto, no tienen nada que ver con lo que parecen anunciar. Fíjense qué contradicción: un ángel anuncia el nacimiento y la muerte en la cruz de un niño que nos va a redimir a todos. Un gobierno anuncia el nacimiento y la mala de vida de una legión de niños que no van a redimir a nadie. Y la cruz, por lo demás, la tienen en pantalla: Mr. Cross. ¿Por qué el protagonista de Los fantasmas atacan al jefe se llama, precisamente, Mr. Cross? Cross en tanto significa cruz, pero también en cuanto significa cruzar, atravesar, recorrer con la cruz todo ese gólgota terrible de decepciones que es la vida. Y bien, ¿cuál es la cruz de Mr. Cross? Sin duda, esa que porta desde su pasado...





..y que, como todas las cruces, amenaza con convertirse en su futuro...





    La maldición del bueno de Frank Cross es la de haberse tragado dos relatos. El primero es el relato del Capital -ese mismo que defienden, por cierto, los gobiernos que también dicen defender niños no nacidos para que, se supone, puedan trabajar el día de mañana gracias a los mecanismos de responsabilidad social corporativa que permiten desgravar a las empresas. El segundo de ellos es el relato mismo de la televisión, relato de la simulación doméstica. Fíjense hasta qué punto la televisión nada sabe del verdadero relato de la Navidad de sus implicaciones que basta con hacer un simple juego de superposición de planos para sentir ganas de llorar:

Permitir que la televisión o los partidos políticos nos roben el increíble poder simbólico del relato de la Navidad no sólo sería una profunda idiotez, sino que además nos llevaría directamente a la demolición de los engranajes realmente valiosos que nos permiten no pegarnos un tiro en unas fechas llenas de luces estroboscópicas que nos machacan los canales cognitivos, cenas desmesuradas que destruyen nuestros hábitos corporales, delirios económicos que nos llevan de cabeza al tranquimazín en Enero y familiares hijosdeputa a los que hay que tolerar su hijoputismo por algún tipo de rito masoquista. El relato de la Navidad es otra cosa, y no me extraña que muchos no lo entiendan, precisamente porque el esfuerzo por demolerlo y convertirlo en otra cosa ha sido simplemente espeluznante. Porque si yo les digo, por ejemplo, "Para todo lo demás, Mastercard", le estoy mintiendo. Hay dos cosas para las que no sirve la Mastercard: sonreír delante del espejo y, por supuesto, hablar a un cadáver.





    El cadáver, en su silencio, ofrece la cifra perfecta de lo que queda al otro lado de la Mastercard. ¿Se han parado a pensar alguna vez en un dato absolutamente capital de Los fantasmas atacan al jefe -no entraré, al menos hoy, en la obra de Dickens? El último fantasma, el que simboliza la muerte propiamente dicha, no habla.
   
 Y en el futuro de cualquier sujeto, al decir de la película, sólo hay dos alternativas más o menos fijas: la locura y la muerte.




  
  La Navidad, antes bien, se generó -como tantos otros relatos, pero principalmente éste- para marcar el lugar del sujeto en el mundo. Para frenar, de alguna manera, la terrible idea de que estamos aquí por puro azar cósmico, sino para pensar que alguien había, con su nacimiento, instaurado una cadena simbólica que nos recogía y nos atravesaba de sentido. Una cadena que no sirve únicamente para salvarme a mí, sino ante todo, para impedir que le destruya la vida al otro. Y qué poco saben de eso, por lo demás, nuestros líderes. Qué poco piensan, como el bueno de Fran Cross, en el exquisito tacto de su piel rodeada por los gusanos. 
    Occidente ha alcanzado ya un punto cero de cohesión política en el que cualquier proyecto no homicida no durará más de tres o cuatro meses. Pensar lo contrario es absurdo. En el festín del Tánatos, en la boda roja que nos sigue esperando en el 2014 les deseo amor y supervivencia. 



    Bill Murray, en tu gesto delirante de telepredicador, pese a no poder seguir creyendo en ti ni en tus palabras, reconozco que queda algo de tu speech final que me sigue anclando al texto. Por eso lo único que puedo desearos a todo es, queda dicho, amor...



...y supervivencia...


Feliz Navidad. Feliz 2014.