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31.8.13

"Kadosh" de Gitai, la luz y la palabra de la mujer

Amos Gitai

01.
    ¿Quién contempla la película? El espectador. Pero "el espectador" es una instancia imposible y un tanto tramposa, como "el enunciador". Necesitamos la herramienta teórica para pensar el cine, pero siempre hay un matiz en la experiencia -la experiencia de vivir la película-., que tiene un exceso, un punto de vivencia incontrolada que se rebela ante la perspectiva de ser teoría y pensamiento. Normalizar la experiencia cinematográfica no deja de ser una paradoja, una trampa poco fiable.

   Cuando regresamos a una película, pasados unos años, siempre ocurren cosas interesantes. Los rostros se han modificado levemente. La memoria ha realizado un nuevo diseño a raíz de lo vivido, las escenas han cambiado de sitio, los personajes han cambiado. Nos gustaría volver a ver siempre las películas por vez primera, porque entrar en una cinta nueva es un ejercicio de exploración y descubrimiento que tiene mucho que ver con el deseo, y regresar a una película ya vista es un ejercicio de curiosidad y necesidad que tiene mucho que ver con la nostalgia.

    Pienso en todo esto mientras vuelvo a ver Kadosh, por segunda vez, después de casi una década. Lo bueno de la cinta de Gitai -de casi todo el cine de Gitai- es que no sólo ofrece material para pensar, sino que también ofrece tiempo para pensar. En general, los ritmos de metraje suelen ser tan frenéticos que no dejan ese espacio para sorprenderse en el pequeño gesto o para realizar un ejercicio íntimo de memoria con la película.

   Y es que Gitai, ante todo, respeta al espectador. Sea lo que sea tal cosa.  

02.
    Reviso Kadosh, diez años después, y la película funciona a la vez como un aullido y como un álbum de recuerdos. Sufro una nostalgia crónica de Jerusalem, y la combato aferrado del brazo de un director que denuncia con el pulso firme su rostro más terrible. Todo en Kadosh parece perdido de antemano, como en Jerusalem, que es un lugar al que acudimos casi todos a morir un poco, lenta, concienzudamente. Viajando en el tranvía contemplaba la irremediable belleza de las mujeres ultraortodoxas, atravesadas de delirio mesiánico, abandonadas de sí mismas, mujeres en los que la palabra mujer era una nota a pie de página en blanco. Cuánto le pesa el judaísmo y la promesa incumplida a una mujer que se desliza tras las cortinas opacas de la tradición fundamentalista. Y sin embargo -y aquí termina el estúpido victimismo de la teoría de género y comienza el debate-, ellas eligen, y en un acto incómodo para los salvadores occidentales, eligen un Dios que no se manifiesta, una progenie que se multiplica mientras las deforma, un lugar secundario tras una página plomiza de la Torah. En la película de Gitai el peso de la elección es una serpiente oronda que dormita en el dormitorio, y el director juega a propósito con los filos entre sexo y violación, brutalidad y masculinidad, Dios y hombre. No diría que Kadosh es una cinta feminista. Diría, más bien, que es una cinta sobre la mujer, sobre Jerusalem y sobre la manera en la que retumba la voz en las pequeñas sinagogas. Y en esa dirección, es una película hermosa.

03.
    En general, me gustan las películas en las que las mujeres hablan. No me refiero a las escenas neoyorquinas en las que cuatro amigas beben café e intercambian detalles sobre besos negros y cunnilingus. Me refiero a esas habitaciones cerradas que Bergman manejó como nadie, a esa complejidad divertida y desesperada que Nadine Labaki esbozó en ¿Y ahora adónde vamos?, en las conversaciones dentro del coche de Free zone, del propio Gitai. En España necesitamos urgentemente una cinta que ofrezca una réplica femenina, sincera y autoparódica, a la magnífica Una pistola en cada mano de Cesc Gay. Hay algo netamente cinematográfico en el primer plano de la mujer que habla, y por eso Godard salvó más de una película suya en el filo de la catástrofe gracias a la mujer, a su palabra, a la luz sobre su rostro y a ese gesto casi mitológico -la escultura de Jules et Jim en Truffaut- que desvela el primer plano, el rostro, el gesto. En Kadosh hay un dominio terrorífico del montaje interno de plano, una auténtica lección de cuándo y cómo cortar, cómo dirigir la mirada, cómo jugar con lo que ocurre en los márgenes de lo visible y cómo demostrar que los personajes, cuando se alían con la puesta en escena, son todavía más importantes que la lógica de la narración. La penúltima escena, en su prodigio de sensualidad y muerte, nos recuerda cuál es la mejor respuesta a la barbarie: el cuerpo de la mujer, su misticismo, su rima con la luz.

    En Kadosh, salvo el cuerpo de la mujer y la luz que se desliza por ella, todo es barbarie.

Gitai

22.7.13

Apuntes desde Israel #05 . Rave/IronDome

    Casi ayer, en la tarde azarosa de sábado en Tel Aviv, acabamos de extraño rebote en una rave en la playa, con la gente muy arriba y una dj con el pelo corto y más de cuarenta palos pegándole a los platos como si aquello fuera casi el fin del mundo. La gente de fiesta en Tel Aviv es un pasote crónico de soldados pétreos y tatuados con señoritas mal sacadas de un cuento oriental pero con piercing. La cosa parece una novela de Irvine Welsh, o así la siento yo bebiendo una cerveza caliente mientras cae el sol y los beats retumban sobre el skyline de una ciudad espídica. La mar arde, y alguien pasa calidad cerca de los reservados y las letrinas. Lo decía en mi post anterior: aquí la gente folla mucho pero se quiere muy poco.

   He conocido una radiografía de Israel que no sé por dónde empezar a pensar, con toda esta megalópolis de sentimientos apilados, chatarra de tangas y lonchas de coca en un rincón de la brújula, Dios y los ángeles custodios de la Historia en el otro. El que no va de síndrome de Jerusalem va de bajada de pastillas, y así en mitad de la noche se aparece como un fantasma una suerte de edificio derruído, un bar con las lunas rotas, un trozo de metralla. "Esto es del atentado de hace un par de años" , se comenta, y se vuelve después a los placeres de la carne o de la oración, o la milicia o la nostalgia, o todo junto. Sigo acodado en la rave, pero nadie me mete ficha y me dejan tranquilo en el rincón polvoriento de los cronistas. De adolescente escribía en las discotecas y en las cafeterías, de adulto escribo en los trenes o en los aeropuertos.

    Desciendo por la telaraña de Israel con las manos sucias y hago inventario de los cadáveres en la mochila. Chaim Rumkowski anda arrancándose los ojos mientras generaciones multiplicadas de supervivientes deliran hora tras hora, arrancándose la ropa y celebrando una existencia en constante peligro de extinción. Después de la hora de la rave llega la hora del cetme, o la hora de volver a la Franja a jugar al ajedrez contra los palestinos, o la hora de sincronizar los relojes con una luna rota y ultraortodoxa. Lo he dicho muchas veces: el pueblo quiere paz y quiere no tener que vivir a la sombra de un misil Kazam, sombra esperpéntica como cúpula del trueno o de acero cadavérico -IronDome, término poético de la poesía triste del oriente próximo-, y después cada uno con sus afinidades electivas. Cada uno, en su camino, con su colección de cadáveres en la mochila, ya digo.

     Nadie me pide fuego ni nadie me dirige la palabra porque yo no he llevado un cetme en la vida, y nada sé de la forja de una identidad nacional, una identidad que es a la vez un triunfo y un cuchillo en la garganta. Me siento niño de plastelina simbólica, niño líquido y sin orígen en un territorio donde la postmodernidad la combaten a balazos. Qué tristeza la de los occidentes a este lado de la ideología, haciéndonos las uñas en el tocador triste del ocaso. Decía Tolstoi por algún lado de Anna Karenina que a los cronistas que loaban la guerra había que mandarles los primeros al frente. No es la guerra, ni la sangre, sino la torsión de la identidad porque allí donde la vida no tiene revolución posible es menos vida, y se convierte en una oferta de Ikea, un gato de porcelana, una playa de Benidorm. Israel se ha construído en oposición al mundo y sólo por eso tiene lo que no tiene ya casi nadie en nuestro paisaje emocional. Un sentido.
     

19.7.13

Apuntes desde Israel #04 . La cineteca de Tel Aviv

   Siempre que viajo a otros países procuro ver las filmotecas y los cementerios. Ambos espacios forman parte de mi constelación sagrada y, por lo demás, no suelen estar atestados de turistas histéricos subiendo sus fotos en tiempo real a las redes sociales. Israel me ha enseñado a odiar la fotografía, ese talibanismo triste de la inscripción en pixel, y creo que hay algo insano, algo como de quiste social, en eso de proteger al ojo del espacio real tras un código alfanumérico. El turista no puede ser invadido por Israel porque el lugar del espíritu lo ocupa ahora una lente, y así no se puede.

   La cineteca de Tel Aviv tiene cafetería, aire acondicionado, una biblioteca modesta pero coqueta y largos pasillos de moqueta roja en la que alguien ha bordado citas cinematográficas. No cierra en Sabbath, y por eso nos acoge como una madre laica a los que no creemos o a los que no tenemos familia ni cuerpo alguno que santificar. Ahora andan liados con un ciclo de Luis Buñuel, con lo que de pronto se nos aparece un Israel maño, una diáspora aragonesa, y uno está como en casa, esto es, como en una filmoteca o en un cementerio.

    Tel Aviv es como su filmoteca: la inscripción del vértigo del neoliberalismo en el desierto. Las casas de la modernidad perdida de dos alturas se deslizan bajo el bostezo vertical de los rascacielos, y las calles están infectadas de cuerpos jóvenes y casi perfectos que no sospechan que tendrán que envejecer algún día. Me dicen los contactos que la crisis está llegando a Tel Aviv, pero no creo que este anuncio de Colgate tridimensional pueda pagar deuda alguna. Aquí las nínfulas beben Tuborg de botella a un precio excesivo y miran con desconfianza a los extranjeros tristes que quieren compartir con ellas cama y desayuno. Esto es, filmoteca y cementerio. Los futuros maridos de las nínfulas -porque se casarán, Dios los perdone, y tendrán muchos hijos- vuelven del ejército y producen, titanes capitalistas, torneados y hercúleos tiburones. La poesía en Tel Aviv es un tatuaje en el hombro de una doble de Shannyn Sosamon -cadáver de nuestro deseo perdido, pero esa es otra historia-, o el gesto de sujetar un subfusil y no decir nada, no decir siquiera una puta palabra. Yo creo que en Tel Aviv la peña folla mucho pero se quiere muy poco. Romántico que es uno, que querría matrimonio y viudedad con la nínfula/Sosamon pero se irá del país sin lo uno y sin lo otro.

    Por lo demás, la carencia y el corazón se deslizan por las azoteas y en la cineteca programan a Buñuel, manda cojones, sales de España para acabar en una sesión de noche que resuena a tambores de Calanda, a incienso y a incertidumbre. No sales. España la llevas dentro y tu alma de Bárcenas no interesa gran cosa a las desconocidas. Por eso este país sobrevivirá mientras el nuestro acaba convertido en un museo, una terracita y una sacristía. Y si no, al tiempo.

13.7.13

Apuntes desde Israel #03 . Yad Vashem

Pienso quién soy en Yad Vashem. Pienso en los pasos recorridos y las páginas leídas y la peregrinación constante hacia el mismo territorio -grado cero de la escritura- como por ejemplo aquella mañana hace siete años -siete años es menos tiempo del que atraviesa el 39 y el 45-, en el que viajaba en un vagón barato con destino a Auschwitz leyendo "Aquellos hombres grises" de Browning y pensaba que iba a conquistar la Shoah, pensaba "Puedo lograrlo", pensaba "Estoy cerca, tan sólo me quedan mil, dos mil páginas", pensaba "Tengo una metodología" y pensaba en que por el camino aprendería a escribir como Imré Kertesz y pensaba que aprendería a compartir la Shoah dentro del aula y pensaba en que quería dedicar mi vida a estudiar lo ocurrido en los campos, dedicar todas las semanas, generar una Torah y sentarme en el banco de una sinagoga deshabitada, semana tras semana tras semana, y luego quizá ya con el tiempo aprendí que la Shoah era un peregrinaje, un viaje, una roadmovie en la que me había desplomado y recé en la capilla de Mauthaussen -hoy puedo confesarlo- y abracé a Santa Juana de los Mataderos en el pabellón seis de Auschwitz I y seguí leyendo "El libro Negro" hasta que las páginas me taladraron los dedos y la cabeza y el tiempo pasaba pero no había ni explicación, ni forma humana, ni lenguaje para decir lo que hay que decir, pero qué hay que decir para explicar quién soy en Yad Vashem, un hombre que mira un monitor en el que los disparos de las Einsatzgruppen con los mismos ojos con los que ha mirado a un Schindler imaginado pronunciar: "Ustedes pueden irse a casa como hombres, o regresar como asesinos", con los mismos ojos con los que ha mirado el gesto de desesperación de Jan Karski o con los mismos ojos con los que he recorrido libros y libros y libros y así mientras mis contemporáneos se hacen más sabios y leen a Ranciere o a Didi-Huberman yo sigo atado en los campos, y quizá durante una temporada cambio de idea y leo algo de filosofía por intentar ser más sabio -el último intento fue Heidegger, pero a mi qué me importa en el fondo la diferencia entre el ser y el ente, a quién coño le importó la diferencia entre el ser y el ente en esa capilla de Mauthaussen en la que recé, pero no arrodillado, recé de pie como volvería a rezar -o algo parecido- frente al muro de los lamentos en el que un ultraortodoxo me miró a los ojos -los ojos con los que había mirado "La llave de Sarah"- y me dijo, simple y llanamente: "Sabes la verdad pero no quieres aceptarla". Piénsalo: un ultraortodoxo te habla frente al muro de los lamentos mirándote a los ojos y quizá sabe que esos ojos han mirado detenidamente todos los fotogramas tomados por los operadores rusos durante la liberación de Auschwitz, realizando precisas tablas de minutaje y precisos análsis textuales, y quizá ahora pienso que tendría que haber respondido a aquel tipo: "Claro que conozco la verdad, pero no sé cómo escribirla, no sé cómo escribirla", y no sé cómo escribirla, pero miro los objetos apilados en las vitrinas de Yad Vashem y escucho hablar a los profesores de Yad Vashem y titubeo ante la puerta del Museo Yad Vashem porque el peregrinaje sigue adelante, no sé si te conté que subí en silencio los peldaños de la cantera de Mauthaussen o que crucé en silencio el campo de Birkenau o que atravesé en silencio el mar de rostros de metal del museo judío de Berlín o que permanecí en silencio en el interior de la cámara de gas, o que acompañé en silencio a los fantasmas de las marchas de la muerte a las afueras de Oranienburg, y pienso en la peregrinación, el acto mismo de peregrinar que antes era ir al encuentro de Dios pero ahora es, en mi caso, ir al encuentro del ángel de la historia de Benjamin, pienso quién soy en Yad Vashem, pienso si esto es un hombre, pienso quien salva una vida salva al mundo entero, pienso más allá de los márgenes de esta lista se abre el abismo, pienso en los primeros compases del "Like Horses" de Syd Matters, pienso en que estudiar la Shoah es un acto de silencio y de soledad, pero también es en cierta manera el sentido de una vida y pienso en la extraña sonrisa de ese rostro infantil de "El judío eterno" que me ha venido atormentando -¿cómo se llama? No tiene nombre y en Yad Vashem quizá no lo han encontrado todavía- y así atravieso cada sala, aunque los objetos y las fechas y los expositores no tienen sentido sino que son páginas arrancadas de todos los libros que leo, libros con dientes afilados a los que he acudido con desesperación porque son mis libros de oraciones, mi Ley, mi Torá, y se hace tarde, hay que salir del museo y en la última balconada cae el sol sobre Israel y estoy atravesado de esa verdad que el ultraortodoxo ya sabe que conozco, y en el contraste del sol hay una familia judía compuesta por cinco miembros, uno de los cuales es un adolescente en silla de ruedas que respira con dificultad aferrado a una máquina que emite un ruido extraño, como de fuelle oxidado, y también hay una niña de apenas seis meses, y me piden en inglés que les lance una foto, una foto en la salida de Yad Vashem mientras el último sol de Julio se desliza dulcemente sobre Jerusalem, y miro por la mirilla de la cámara, coloco mi ojo frente al hueco de la mirilla de la cámara y no puedo enfocar, tengo una lágrima enquistada, no puedo generar una imágen. Ni siquiera allí. No puedo generar una imágen.

8.7.13

Apuntes desde Israel #02 . Todo lo soñado se concreta en el aire

Odio los ademanes de los turistas, el gesto hambriento del dato rápido y las fotografías que convierten Instagram en una ametralladora de filtros. Amo, por el contrario, la conversación y el color de los contenedores, las calles llenas de gatos y los restaurantes pequeños en los que sirven Humus y una limonada extraña. Amo las ciudades escindidas en urbanismos ideológicos, árabes que rotulan en hebreo palabras que los judíos han adaptado de su propia lengua, la posibilidad de una paz que está en todas partes para cualquiera que no quiera ser ciego.

Deberían ver cómo vive la gente en Israel, su gesto entre la guerra que pasó y la que siempre está en todas partes, guerra todo el tiempo pero vida todo el tiempo y existencia y carne y belleza y la increíble fascinación que me provocan las nínfulas ultra ortodoxas ya embarazadas, obligándome a soñar sus cuerpos bajo este ropaje de verano inmisericorde. En Israel las frases se formulan en presente, porque la guerra ocupa siempre el pasado y el futuro es una suma de casualidades que el pueblo judío dejó de inventar en el 45. Familias de decenas de miembros, generaciones inmensas cruzadas en un vagón de tren, una niña pequeña ríe y sólo en esa risa, únicamente en esa frecuencia de sonido que atraviesa el aire, se desploman de nuevo las paredes de la cámara de gas. Cada ciudadano es un superviviente de sí mismo y de su propia historia.

No puedo decir que entienda mejor Israel, pero al menos estoy empezando a coleccionar anclajes simbólicos, destellos: un puerto, una calle, un plato de comida, un supermercado, el color rojo de la filmoteca, el café helado, el techno elegante que resuena en un local de moda, un autobús, el calor del sol deslizándose a cierta hora.

Las conversaciones.

La gente que me habla sobre Israel, que vive, que quiere vivir, y que a su vez, me hace querer vivir.
En algo llevaba razón Lanzmann: la palabra transmite a un nivel que te permite comprender más que el puro dato objetivo. Deberían escuchar Israel, como yo intento escucharlo.

6.7.13

Apuntes desde Israel #01 . Aeropuerto


Llegaré a Israel a las cuatro de la tarde.

Cine y Holocausto. Los dos ejes que han guiado mi agenda de viajes durante la última década. No sé ni quiero saber sobre eso que llaman viajar por placer, viajar a otros lugares en los que no pueda aprender nada sobre el cine o el Holocausto. Recorrer Suecia fue recorrer la Suecia de Bergman, recorrer Polonia fue recorrer la Polonia de los campos, y así con la vida entera, con el planeta entero, porque en mi experiencia del mundo, la vida es una filmoteca o un campo de exterminio. No hay término medio, así de maniqueo soy y así de maniquea es mi mirada.

Digo "Llegaré a Israel a las cuatro de la tarde", pero no digo del miedo ni de la necesidad, ni de la belleza, ni de las muchas cosas que espero encontrar allí, entre los amigos.

Nunca te conté que comencé a escribir mi libro sobre los campos unos dos o tres días antes de viajar por primera vez a Auschwitz. Tenía veintipocos, la ideología desgastada, la brújula rota. Mi viaje iniciático fue a un campo de exterminio, y los que no lo entienden ya no lo entenderán nunca. Dios les bendiga.
La mañana antes de salir para Auschwitz acudí a ver a mi abuela, que ya deliraba en su piso pobre del pobre barrio a las afueras de Madrid. Yo quería quedarme en casa escribiendo, escribiendo sobre los campos, unos campos que yo todavía no había visto pero que imaginaba como una gran filmoteca llena de cadáveres, pero mi padre insistió, y nos montamos en el coche pobre camino a la pobre barriada de yonkis y peluquerías.

Luego, con el paso de los años, pensé que aquella fue la última vez que vi a mi abuela con vida. Y, acto seguido, pensé que era un recurso literario cojonudo y que lo utilizaría en mi libro sobre los campos.
Llevo casi una década escribiendo el mismo libro. He sacado otros, pero el que sigo escribiéndome y escribiéndote es ese.

Necesito ir a Israel como necesitaba ir a Auschwitz porque -vía Bergman-, siempre me obsesionó aquel fragmento de Corintios que cito de memorieta: Ahora vemos en oscuro, como en un espejo, pero pronto veremos cara a cara, y conoceremos como somos conocidos. No quiero que Israel sea un espejo, ni un fantasma, quiero que sea un territorio y una respuesta, y que se imponga en mi manera de entender el mundo con sus texturas y sus contradicciones, con su gente y su sus problemas, con sus muchas verdades, con sus balas y sus temblores, el sonido de sus calles, su sangre, su Historia, Israel no puede seguir siendo una promesa, no puede seguir siendo una etiqueta en google maps, necesito de su existencia como a lo largo de los siglos tantos otros han necesitado de su existencia.

Porque si Israel existe, si Israel puede ser vivida, si  dentro de unas horas aterrizo en un aeropuerto y llego a un lugar llamado Israel en el que estalla y cristaliza una Historia que asumo como mía, entonces mi vida, mi experiencia se verá modificada. Y aprenderé. No seré más sabio, pero aprenderé.

21.11.12

Apuntes sobre Israel

    De lo poco que sé de Dios y de los hombres.

    También de lo poco que sé de la guerra, del bajo conocimiento del umbral del dolor o de lo fácil que resulta utilizar una red social para denunciar -en 140 caracteres- un trozo de la Historia. De la política escrita desde el Ipad, o del Ipad como herramienta de escritura política.

     Ayer caía la noche sobre España y me fumaba un cigarrillo, quemándome la punta de los dedos, recordando con un compañero a Edith Stein en la inmensa admiración de la ausencia. Yo quería escribir sobre Israel como escribo siempre de las cosas que me duelen, con estos adjetivos y estos adverbios de niño barroco que -debo repetirlo- nunca ha vivido una guerra. Pero qué se yo de Israel, salvo los fragmentos imaginados y las conversaciones con los cómplices, y los retazos de un tapiz oscurecido en el interior del museo de la Historia. Ayer caía la tarde sobre España y otro compañero me paró por las escaleras para amonestarme: "¡Anda que la que estáis liando, de verdad, no tenéis puta vergüenza!". La que estamos liando, y esa primera persona del plural me enorgullece o me sorprende, y también me parece algo mentirosa, porque de Israel sólo conozco las fotografías y el tono de voz con el que hablan las personas que amo, o la menorá que me trajeron hace un tiempo y que, sin velas, ofrece una luz mesiánica y extraña en la negra leche del alba.

    Me preguntan tú que opinas de lo que está pasando o me preguntan tienes familia en Israel y luego aclaran no hay nada de malo no tienes de qué avergonzarte no pasa nada o me dicen fascista o me dicen malnacido o me dicen asesino, y así Israel y yo cruzamos el párking y nos dejamos caer en el coche con un gesto cansado, regresamos a casa y miramos la menorá con los ojos vacíos. Hace unos días, alguien invadió mi muro de facebook para dejarme fotografías de niños calcinados, mensajes que decían que éramos peores que los nazis, una tira cómica que citaba explícitamente el poder en la sombra de los Rotschild -esa cinta que presenté hace unos meses en el CBA, con el miedo a flor de piel y notando por primera vez que estudiar el Holocausto no es únicamente escribir, sino exponerte a que alguien te abra la cabeza por... ¿por fascista? ¿por sionista? ¿por filojudío?

    De lo poco que sé de Dios y de los hombres, y de lo que me gustaría explicar, saber explicar, que nadie en su sano juicio desea una guerra ni el derramamiento de sangre, que en Israel la gente teme por sus vidas y no festeja en las calles con vítores cada vez que el contador de la tragedia suma una víctima, que en sus conversaciones sólo se pronuncia una y otra vez la palabra paz sin llegar a comprenderla, como un extraño acertijo irresoluble. Me gustaría explicar que la política de Israel puede y debe ser leída críticamente, de igual manera que la política de Hamás puede y debe ser leída críticamente, pero que para ello necesitamos herramientas nuevas, perspectivas nuevas, debemos alejarnos del concepto de antisemitismo y entender que, por ejemplo, el Iron Dome no es un gasto estúpido. El problema es -como siempre- intentar hacer pensamiento desde las fotos de facebook. Pensamiento en un tuit.

     Un simple ejemplo. Uno de los materiales más citados es esa delirante tira de imágenes que compara instantáneas del Holocausto con víctimas del pueblo palestino. Curiosamente, los que acusan a Israel de legitimarse en el Holocausto son los primeros que no tienen reparo en citarlo para invertir su significado. Las imágenes son desactivadas de cualquier lectura histórica para conservar, únicamente, su sentido emocional inmediato. El resultado es una lectura aberrada, necesariamente imposible, basada en el juego de las siete diferencias visual (aquí, un niño muerto, allí, un niño muerto) y con la profundidad teórica de un sorbete de sangre. El cadáver de un niño, por definición, encierra un saber en lo real, una colección de futuros truncados, y hay que ser un descerebrado para no palpar la desolación que late en su gesto último. Un niño muerto es el fracaso de la modernidad, y no es motivo de alegría ni de celebración para nadie que no esté rematadamente loco. La fotogenia repugnante del cadáver. ¿Se han preguntado por qué Israel no proporciona la fotografía de sus víctimas civiles? Quizá porque en Bergen Belsen ya quedó claro la desnudez de un pueblo herido en lo más íntimo, el gesto de marioneta rota del cadáver sin nombre que desciende por la pendiente desde los metálicos y poco apasionados brazos de un bulldozer.

    Siento la tristeza de no poder aprender nada nuevo del debate, la tristeza de no entender cómo bajo los nuevos ropajes de la multiculturalidad asoman los viejos flecos del antisemitismo -el viejo lobby judío que controla Estados Unidos, la culpa de Alemania, los protocolos de los sabios de Sión en versión 2.0-, la imposibilidad de separar, por un lado, una política de derechas en Israel que cristaliza en una acción militar frente a, por otro, una realidad llamada Israel donde también existen facciones de izquierdas, ciudadanos moderados, pensadores críticos, en los que me reconozco y a los que reconozco. Si alentamos, por el contrario, eso de que Israel decida seguir adelante sin contar con la comunidad internacional -esto es, si convertimos todo Israel en un asesino de niños palestinos que emite terribles carcajadas en la noche del oriente próximo-, las víctimas seguirán en aumento y acabaremos trabajando en paralelo con los antisemitas y los negacionistas. Y entonces, qué quieren que les diga, consideraré que toda mi trayectoria teórica ha sido un fracaso.

    Necesito pensar que, en España, podemos pensar Israel. Eso no significa hacer una hegemonía gratuita -cosa que, por otro lado, parece detectarse en ciertos medios afines a la postura palestina-, ni tampoco apoyar un café para todos tibio que vuelva a llenar las calles de muertos en cuatro años. Necesitamos desactivar el extrañísimo sentido numérico de los nuevos argumentos antisemitas -los israelíes son peores porque mueren menos numéricamente, Israel tiene derecho a defenderse pero sólo como yo creo que debería hacerlo-, para formar, informar, y entender. Sobre todo, entender. Necesitamos contar con fuentes críticas de información, y sobre todo, hacer eso que tanto jode a los negacionistas: estudiar crítica y rigurosamente la Historia para pensar mejor. Pero eso, por supuesto, requiere un esfuerzo que no cabe en 140 caracteres.