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4.3.14

Las reescrituras de Carey Mulligan (o los ojos de Llewyn Davis)

Inside Llewyn Davis
 
 Los Hermanos Coen me han regalado siempre cosas asombrosas entre los pliegues de su cine. De hecho, me considero una suerte de trapero por la inmensa barriada de oro de su filmografía, un chamarilero de la imagen que rescata como puede un destello, un plano, un gesto que los demás parecen haber arrojado al cubo de la basura. Desde la inmensa torsión narrativa de Un tipo serio hasta el portento emocional de Valor de Ley -que borró de un plumazo, al menos en mi topografía emocional, el original de Hathaway-, tengo la íntima certeza de que los Coen ruedan cada día mejor, con una libertad y un trazo excepcional.

    No es de extrañar, por lo tanto, que fueran los Coen los que me devolvieran una construcción fantasmática humana -y valga la contradicción- de Carey Mulligan. Los que pudieran arrancar de su voz y de sus gestos una extrañísima cercanía y fragilidad que habían destrozado, por la vía del horror, Steve McQueen y Baz Luhrmann.

     Descubrí a la Mulligan justo en el cambio de década. Era una primavera modesta y oxidada en los Renoir del centro, de esas de gabardina y fila cinco. La peli fue An Education y, como ocurre siempre con la belleza, me quedé atravesado con aquella advocación teen de la Gréco existencialista y traicionada que habíamos soñado siempre. La nínfula que recitaba las frases de un guión de Nick Hornby -Dios le bendiga- se me atravesó en el imaginario y me hizo polvo por la vía de la ternura. Lo más terrible de la Mulligan -hasta McQueen, al menos-, es que manejaba la soledad y la ternura como una barra de labios o como una cuchilla de afeitar. Y eso, en una actriz, en una máscara, es algo imperdonable.



     Revisé hace apenas unos meses unas escenas de Shame para una conferencia y me quedé aterrorizado de la manera en la que la Mulligan se había inmolado en el interior de aquella película. Igual que los científicos de La Salpetriere miraban con una mezcla de angustia y fascinación las torsiones físicas de las histéricas, yo me encontré perdido ante esa nueva mujer que se desvelaba al otro lado de la pantalla. Las carcajadas que emergían de la habitación cerrada -el velo, el objeto, la disposición de la mirada en Fassbender y no en ella- habían generado un cortocircuito de significaciones que traducían la vieja Escena Primordial freudiana, y por eso mismo, que habían llevado a la Mulligan lo más lejos posible. Dicho en otras palabras: si la elipsis sexual de An Education era tolerable precisamente porque no había metraje y simbolización, en Shame se realizaba la misma maniobra pero mediante la manipulación del punto de vista: la carrera de Fassbender no es, después de todo, sino ese espacio que debería ser amputado del metraje pero que McQueen nos obliga a transitar. O dicho de otra manera, el territorio de la angustia infantil y de la pesadilla.

    Pensé que mi Mulligan, aquella que yo había soñado, no podría sobrevivir a aquella escena, a aquella decisión de montaje.

    Y sin embargo, los Coen -que son, quizá lo comprendamos algún día, los grandes herederos de la sutura que estaba implícita en el programa del clasicismo cinematográfico- crearon una nueva Mulligan para situarla en el interior de Llewyn Davis, en el centro mismo de su mirada. Después de todo, el título original de la película (Inside Llewyn Davis) ya dice todo lo que hay que decir: en el miedo, en la tristeza, en el deseo de Llewyn Davis. Y, como elemento organizador de su fracaso, una Mulligan secundaria, violenta, embarazada, pero una Mulligan que ha recuperado la ternura y la destila cuidadosamente en sus gestos, jugando a ser la nínfula crecida y sabia que uno había esperado. Llewyn Davis, el patrón de los hombres crueles y la víctima mayor de su propio sueño, mira en un momento a la Mulligan cantar como la había mirado también el Fassbender de Shame, con la diferencia de que ahora lo que queda es una tristeza que no entraña la angustia, la tristeza de las sesiones de primavera, gabardina y fila cinco, la tristeza que, como dijo Bergman en Till Glädje, nos reconforta de alguna manera y está incluso conectada en lo secreto con la más sincera alegría.


    Simplemente por esa apropiación, por ese rapto que los Coen han ejercido sobre la cinta de McQueen, habría que darles las gracias por Llewyn Davis. Sin embargo -y no adelantaré detalles de la trama, pero si han visto la película me entenderán rápidamente-, el juego de cortocircuitos memorísticos y de dulcísimas puñaladas llegará a su límite cuando en la mirada de Llewyn Davis, durante apenas unos segundos, se conjure ese Otro personaje, apenas esbozado entre los sombras, cronista último de nuestra experiencia del amor y del fracaso en el siglo XX. Ese Otro cuerpo, cuerpo total -que escribe, de alguna manera, sobre aquellas otras mujeres que son como la Mulligan, que son la Mulligan en lo real, o sea, que son el fantasma de la Mulligan- nos lleva a preguntarnos por nuestra relación con la música, los recuerdos y la belleza. Y en eso, una vez más, los Coen llegan tan lejos como permite el propio aparato cinematográfico.

    Implantan una verdad en nuestros ojos. Quiero decir. Implantan una verdad en nuestra alma.

4.4.13

Dylan y mi camarera


cafe

Dylan, el enigma. Y en el interior de Dylan, todos los enigmas. Dylan es la matrioska del pensamiento en el siglo XX, con todas nuestras aristas en carne viva. Por Dylan han pasado papas, convictos, presidentes asesinados, adolescentes, kamikazes y costureras, y ninguno ha salido intacto de sí mismo. Lo de Dylan es un pasote, y así lo entendieron hasta los Beatles cuando intentaron copiarle, con éxito relativo, en los mejores momento del Rubber soul.

La camarera que me sirve los cafés que inauguran las mañanas valencianas, hermosa en su sobria madurez y su orgulloso analfabetismo, me preguntó el otro día quién era el tipo que llevaba en la camiseta:

           - El tipo que tiene la culpa de que me dejara el pelo largo.
           -Pero esas cosas se hacen con quince, nano, no con treinta.
        -Ya, pero es que yo fui un gilipollas hasta el 2008, el tiempo de atrás no cuenta.

         La camarera no me entiende, pero tampoco hubiera entendido la gira de Dylan en el 66, lo que casi me tranquiliza. Yo, por mi parte, nunca he entendido mucho al pueblo, que parece ser esa gente que escucha canciones que tampoco me interesan gran cosa. La Arendt, en un momento de desesperación humanista, intentó hacer la diferencia entre el pueblo y el populacho, pero me da que no le salió muy bien la cosa. Mi camarera, que no es populacho y me tiene como medio enamoradiscado de su pose de MILF incorruptible, me dice que le traiga un cd de Dylan, y yo respondo que para qué, que espantará a la clientela.

      En España, ya se sabe, Dylan se vendió muy poco hasta bien entrados los ochenta. Diego Manrique explica por algún lado de su último libro los motivos de la desconexión patria del bueno de Zimmerman, pero yo creo que los tiros van por otro lado: la tradición de canción de autor en España viene directamente de Brassens y de los usos y costumbres de una chanson que por aquí se entendió –mal- como una mezcla de prestigio europeo y de resistencia política. La chanson nunca me ha emocionado –bueno, quizá un poco, cuando era un gilipollas-, de la misma manera que tardé años en entender bien a Dylan. Pero esas cosas sólo se aprenden con el tiempo. Como aspirante a modernoso intelectual, hacía en público como que mareaba un recopilatorio más bien mohoso y hablaba de She loves you como si la hubiera parido. Y sin embargo, hasta bien pasados los veinticinco, no me paré a escuchar a Zimmerman. No comprendí, por decirlo claramente, la intolerable relevancia de su gesto heroico, su conexión eléctrica. No comprendí lo que implicaba realmente la libertad.

        El gesto de Dylan –dos elepés, apenas, Bringing it all back home y Highway 61 revisited- eran suficientes para demostrarme hasta qué punto la cultura pop había superado con un gesto displicente y una voz de pato toda esa cultura polvorienta y repugnante de obras heredadas ante las que fingíamos maravillarnos. El siempre necesario Felipe Cabrerizo -responsable de uno de los mejores programas de radio en activo, Psychobeat!- me tiraría de las orejas y me apuntaría el Blonde on blonde. Y llevaría razón. El caso es que en España nos perdimos esos discos, y la culpa no la tuvo Franco ni sus ministros. (Franco, quiero que se me entienda bien, estaba muy ocupando realizando su descabellado proyecto fascista de todo-a-cien, y nunca pensó que ocurriera nada interesante más allá de un crucifijo recién limpiado). La  culpa de la desconexión dylaniana la tuvimos nosotros, y de ahí que hablar con mis mayores de música sea una pesadilla de incomprensión constante. De ahí que estemos todos un poco huérfanos, y tengamos en el pecho como una angustia incomprensible.

        Mi camarera, que nada sospecha de estos menesteres, colecciona horas muertas en el andén de la radiofórmula, limpia los cristales, me habla siempre con un cariño que me desarma y me entristece un poco. Me gustaría que me hablara como se habla a los hombres que escuchan a Dylan, pero me habla como se habla a un hijo díscolo y un poco retraído. Por un momento, sopeso la posibilidad de copiarle un cd, no sé, el Slow Train Coming. Luego, simplemente, pago el café y me voy por donde he venido, bostezando y dándole patadas a una cerveza vacía. La Infanta nunca escuchó a Dylan. Rajoy nunca escuchó a Dylan. Idelfonso Falcones nunca escuchó a Dylan. Beatriz Talegón nunca escuchó a Dylan. Toni Cantó nunca escuchó a Dylan. Pueblo y populacho. Cómo la cagaste, Hannah. Cómo la cagaste. Te mereces un facepalm.
Facepalm


1.11.11

Highway 20N(acionalismo) Revisited

 
  Cuenta la historia que Bob Dylan, cansado de sí mismo y del muñequito pseudorevolucionario que se había montado, se plantó en el Newport Folk Festival del 65 con una banda completamente eléctrica. Años después, Todd Haynes le mostraría en I´m not there disparando con toda su furia contra la concurrencia. La metáfora es válida y cualquier persona medianamente aseada debería invertir un par de tardes de su vida en estrujarla y, ya de paso, escuchar a un volúmen insano el Highway 61 Revisited. La lección de Dylan es sabia e inmortal, y se remonta a un tipo llamado Jesús de Nazaret ataviado con un látigo repartiendo a diestro y siniestro contra los cambistas y los fariseos que habían invadido su templo. Dylan era radicalmente cristiano desde mucho antes del Slow train coming, aunque casi nadie lo haya dicho claro.

    Desde el 65 han estallado trenes, se han derrumbado edificios, grupos terroristas han firmado incontables treguas, se han hundido mercados, han llorado brokers, se han firmado contratos, se ha inyectado pasta en los bancos para que no faltaran cigalas lustrosas en los platos de los Fariseos Reloaded, pero el panorama no ha cambiado demasiado. Cuando Bauman afirmó que el 15M acabaría siendo la fiesta sin cimientos del malestar le iluminaba el ángel maldito y líquido de la política postmoderna, esto es, de la no-política.
 
  Dylan se pasó al formato eléctrico porque se cansó de los cánones, o quizá porque estaba hasta las narices de sí mismo, o quizá simplemente porque le vino en gana. La politica española se ha autodestruído hasta los cimientos porque no hemos tenido modernidad, o porque hemos dejado que crecieran demasiado las deudas de la bendita Guerra Civil (con mayúscula, of course), o porque hemos asumido simple y llanamente que somos España. Es decir, que somos corruptos, mentirosos, y un tanto estúpidos. Al español se le permite robar hasta en las vueltas del pan cuando es pequeño, tener una educación de chiste y un sistema cultural a medio camino entre la zarzuela y la sardana. Sistema cultural de guardarropía nacionalista: cuidadito con la gente de Madrid, que nos roba la industria, la subvención, la tradición y la identidad.

   Hasta que no he vivido dos meses fuera de Madrid no he comprendido ese profundo odio que se proclama desde ciertos altares ideológicos contra el fantasma del centralismo. El madrileño -el españolazo, que es como el español pero con la diferencia de que trabaja, y mucho, a favor del mal- es un ser pérfido encerrado en un despacho que se masturba pensando en el cadáver de los otros nacionalismos, que lo privatiza todo y que a veces tiene el rostro de Esperanza Aguirre. Es como el judío de Zizek: sin identidad, sin asidero, sin una figura sólida. El centralista no es nadie, pero a la vez son todos. Es la Amenaza Total, culpable al mismo tiempo de la crisis, la marginación, la mala sanidad, la mala educación, el mal cine español, la mala literatura. Todo.

    Dylan comprendió antes que nadie que todos los garitos políticos eran una inmensa estafa: los circos de la autoayuda revolucionaria, las convenciones de la tercera vía, el vuelva usted mañana de las administraciones públicas. No es de extrañar que acabara hasta la peineta de la petarda de Joan Baez, de los AntiVietnam, de las proclamas folk, de los colectivos minoritarios y del puto Blowing in the wind. Algunos nunca se lo perdonaron. Pero yo escucho Like a Rolling Stone o Tombstone Blues y me parecen infinitamente más interesantes y afilados que sus orígenes cantautoriles.

    En España, por supuesto, ni Dios se ha electrificado. Y así nos pasará el 20N, que todo cambiará para que todo siga igual. Cada noche, antes de dormir, me pregunto si lo más sensato no sería quedarme en casa ese día escuchando buena música y dejar que sean otros los que piensen que metiendo el papelito de rigor en una urna están salvando el país.

6.6.11

HOTEL KID: La chica que nunca escuchaba a Dylan





...habrá pasado casi un lustro, quizá cuatro años, pero la conocí en el 2007 tras el otoño de las grandes lluvias, cuando Los Ángeles era un desfase de smog y las aspirantes a actrices que se pasean por la puerta del Rialto comienzan a enseñar menos escote y a ponerse manga larga. La chica que nunca escuchaba a Dylan andaba todavía sobria recitando versos de Oscar Wilde a los gatos tristes, a las calles cortadas y a los borrachos que se dejaban caer por los bulevares. Yo todavía no lo sabía, pero quizá si hubiera mirado el mundo con más atención me hubiera dado cuenta de que apenas era una niña, una niña que había venido -decía Gil de Biedma- a llevarse el mundo por delante.



Creo que nos hicimos distantemente cómplices, aunque no demasiado. Apenas coincidíamos en la recepción del Hotel en alguna mala resaca para pasarnos unos alkaseltszers de bajada suave y tacto de cemento. Ella se había mudado a LA porque -como tantas otras adolescentes tardías de su generación- había perdido el tren de la contracultura y quería convertirse en vegana de renombre, salvar a los osos panda, cantar canciones en mi mayor y otros pequeños vicios que duran menos que el amor en una peli porno. Entonces, teniendo en cuenta que nunca supe hacer bien ciertos cálculos ni usar gomina, cometí el Gran-Error.



Con algunas mujeres, el Gran-Error es irse a la cama. Con otras, es pagarle unas fantas calientes en bares de mala muerte y peor salida de emergencia. Con la chica que nunca escuchaba a Dylan, mi gran error fue pensar que realmente alguna vez despertaría a medianoche en mi pequeña habitación del Hotel Kid y la encontraría con un cigarro a medio consumir tarareando I want you y leyendo algo de Ginsberg. Pensar que poco a poco descubriría -en el 2007 ella frisaba los 17 palos, así que todavía podía descubrirlo todo- el Are you experienced?, el Ok Computer, el cine de Bresson o la Teoría Afterpop. Jugar a ser Pigmalión, ya se sabe, troquelar con la precisión de un cirujano exquisito todo el excedente cultureta y gozoso del XX. El Gran-error fue pensar que el futuro le pertenecía, que sabría no equivocarse, no hacerse mayor, no acabar corriendo los domingos por la mañana junto al entrenador personal en gimnasios con luces indirectas. Pensar que los sesenta seguían aquí, en la era de la comunicación 360, las lágrimas de Lehman Brothers y la musiquilla mojabragas de Justin Bieber.



Pensar, en fin, que si le regalaba el Nashville skyline no me miraría como si fuera un extraterrestre. Pero ya lo dijo Manuel Torreiglesias: "¡Claro que sí, campeón!".



Por lo demás, pasó el tiempo como pasa casi siempre. Hace una semana acompañé a Julius -el conserje de color de nuestro hotel- al depósito para retirar el viejo Oldsmobile del 55 que había dejado tirado de cualquier manera en la hora de los oficinistas, y me topé de cara con la chica que nunca escuchaba a Dylan. Me contó lo que ya sabía, lo que no quería saber y lo que cualquier tipo más listo que yo se hubiera imaginado: que ganaba un pastón como representante de una importante marca de papel higiénico, que el MBA había sido lo mejor que le había pasado en la vida, rollo-conoces-mazo-de-gente-networking-y-tal, que no pensaba tener hijos en los próximos cuatro siglos porque su trabajo era lo más importante y que había aprovechado un viaje relámpago a Miami para ver en directo a Ana Torroja, que siempre le había gustado mucho.



Me marché casi sin hacer ruido. Seguía estando buena, claro, pero había perdido la posibilidad de ser alguien interesante por el camino. Y la historia, esta pequeña historia, terminó como deben terminar siempre las buenas historias:



As I was walkin' away
I heard her say over my shoulder,
"We'll meet again someday on the avenue,"
Tangled up in blue.