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4.8.14

En la palabra arrasada por el fuego. Notas desde el Arenal Sound 2014

Arenal 2014
 
   Bajaron desde las atalayas de Levante los cuerpos distantes quemados por el sol o las niñas de Leeds que le pegaban al costo por las estaciones de Cercanías que atraviesan la línea que sube desde Valencia para celebrar la belleza antes de la danza del último verano -yo he estado siempre un poco enamorado de Jimena Queijo, la bajista de Gatomidi, y me la perdí porque andaba todavía encerrado en la oficina soñando en dirección contraria de la Dirección Por Objetivos-, y así las calles eran la extensión patria y dubitativa de Spring Breakers...

    [aquí es importante hacer un inciso: los que criticaban el cartel del Arenal Sound por estar demasiado orientado a una chavalada postadolescente sin ínfulas hipsteriles quizá llevaban razón pero también se equivocaban en tanto los verdaderos canis de la cosa se quedaron en la puerta pegándole al MDMA, bárbaros y crucificados en su analfabetismo, los auténticos protagonistas de la versión cañí de la cinta de Korine de los que nada queremos saber los cinéfilos apóstoles de la película de marras, lo dejo por escrito]

    Por la tarde se hacía música y por la madrugada pinchaban los djs de la cosa con el arabesco poligonero de la Comunidad Valenciana. Nos habíamos pasado ya demasiados kilómetros y sesiones de diván, habíamos leído demasiado a Freud y nuestro trauma estaba ya lo suficientemente localizado como para clavarse en ese techno de extrarradio, himno lumpen, es decir, para decirlo claramente y con otras palabras: el techno que nos recuerda a los exiliados del éxito que nunca tuvimos una oportunidad en serio con las gogós ni con las rubias de bote del tribal, Dios las bendiga. 

     Nadie escribe la crítica que me interesa del Arenal, la de la niña que iba tan ciega que se violó a sí misma con los ojos cerrados durante la actuación de Biffy Clyro, la de lo que pensaste cuando tocaba Ivan Ferreiro, la de la tipa solitaria y visiblemente embarazada que fumaba un Nobel detrás de otro mirando con gesto de horror la actuación de Triángulo de amor bizarro. Nadie escribe a propósito de Alison -de la que escribí por aquí y a la que volví a encontrarme-, que andaba de bajada de su propio rostro, un rostro/máscara que me recordaba el sonido que le sacaba la peña de Miss Caffeina a MM en el directo. Alison, que era una de las mujeres más guapas que he conocido en la vida, se ha acostumbrado a meterse un pollo en los baños de Barajas antes de acudir a negociar contratos y aunque me jure que Ha tenido un año de puta madre yo sé que anda destrozada de escucharse a sí misma y no tener otra voz con la que compararse. Me recomendó a una cantautora nueva de Oslo pero he olvidado su nombre y, unas horas después, mientras Placebo atacaba  Meds y aquello soñaba como Dios supe que no quería recordarlo nunca. Alison se marchó a las tantas puesta de Droga Caníbal diciéndome que ya nos veríamos el domingo. No. No nos vimos.

     Por la tarde se hacía música y por la madrugada pinchaban los djs de la cosa con el arabesco poligonero de la España engalanada que acude al Arenal para saludarse, darse la mano, marujear, ver y dejarse ver como costaleros del Levante Inmortal. Por ir, fue hasta Alberto Fabra, con la coña aquella de la camiseta. Intuyo que en las frondosas y sensuales oscuridades del camping se ha jugado mucho a la ruleta de la ETS y en unos nueves meses los paritorios de la contorná recibirán cuerpos trágicos conjurados en un orgasmo brutal -dos desconocidos en la tienda: él piensa en Azealia Banks, ella en el cantante de Bastille. Por mi parte, recorro silencioso y con los ojos recientes por la pérdida el recinto fantasma del Festival, en el que ahora ya sólo queda la sinfonía de los vasos de plástico, chustas, moras, cáscaras de pipa, pulseras rotas, olor a cerveza, todos los fantasmas que pueden resistirme hoy, en la palabra arrasada por el fuego. 

6.5.14

Desigual: La madre, la revolución, el silencio

1.
  Llevo los últimos días enfrascado en la lectura de diversos posts sobre la polémica del bendito anuncio de Desigual, desde el muy coherente texto de José Antonio Palao hasta entradas radicalmente feministas y enfurecidas como la de Joana García. Quizá ustedes han escuchado ya aquellas polémicas declaraciones de Slavoj Zizek cuando afirmó que, en ocasiones, la única opción realmente revolucionaria es no hacer nada. Nada en absoluto. Quizá no había entendido correctamente esa máxima hasta tener que decidir una posición personal con respecto al problema planteado por los publicistas de Desigual: ¿qué hacer con esas imágenes?

2.
    Porque, sin duda, hay algo perturbador en ellas, algo turbio, algo que tiene que ver con la concepción y con la maternidad que está muy lejos de celebrar el día de la madre. Algo que tiene que ver, en principio, con una madre loca.

La vida es chula

    Una madre que, además, está directamente tragada por un espejo. Las imágenes son perturbadoras precisamente por esa colección de gestos histéricos, incontrolables, que en lugar de celebrar una felicidad imposible, hablan de un pánico centrífugo que arrastra la figura de ese hijo hipotético hacia una dimensión de posesión absoluta. Dicho en otras palabras: lo que Desigual propone no es únicamente la idea de que el marido no pinta gran cosa en esto de la concepción, sino también, y en el límite, que el hijo no es sino un capricho estúpido e incontrolado para una madre histérica a la que, literalmente, una buena mañana se le pira la puta cabeza. El hijo se convierte, en la fantasía imaginaria del espejo, en un complemento, un extra, un añadido que sin duda exige su extraña configuración de mujer total (a la moda, trabajadora, guapérrima, y por supuesto, madre).

La madre

    El hijo loco que emergerá de esa madre loca tiene, además, una lectura en términos puramente económicos: es el regalo que merece por el día de la madre, y a su vez, la garantía de completud que permite rematar con la escritura del mantra de la casa: La vida es chula. Chula, sin duda, en el interior de ese espejo que otorga la cifra misma del goce y que encierra en su interior la angustia que atraviesa todos esos gestos de la modelo empeñada en demostrar -ante ella y ante la cámara- que, sin duda, es extremadamente feliz. Enferma de felicidad, como lo están por lo demás todos los que se empeñan en sostener, en el territorio del goce, que la vida es chula.

3.
   Ahora bien, el problema de las imágenes no es únicamente su lectura. El problema es su escritura en las redes sociales, este mismo post. El problema es citarlas, compartirlas para denunciarlas, dándole la razón al discurso que las generó. Un discurso que -volviendo a Zizek-, sólo se podría combatir desde el silencio, desde el borrado social de las imágenes.

   Y sin embargo, nosotros también desde el pánico de otro espejo (el virtual), hablamos.

   Luego aquí está la paradoja: La puesta en verdad del contenido de las imágenes las ha valorizado. Ese no hacer nada que nos exigía Zizek (y que hubiera supuesto el fracaso de la campaña publicitaria) resulta improbable precisamente por el horror mismo que hay en las mismas: un horror ante la pregunta fundamental del sujeto -¿y si no soy más que el juguete imaginario de una loca?-, así como el horror y la culpa que se desata ante el deseo de ser madre -bajo la óptica, por supuesto, de todos aquellos que nos negamos a aceptar sin más que La vida es chula.

    Sin embargo, no es la madre, sino la marca, la que finalmente nos ha consumido por la vía del inconsciente. Se ha situado en la vía del discurso esquizo capitalista (puedo decir lo que me de la gana, después de todo, estoy loco, ¿no?), genera un cortocircuito placentero con nuestros instintos ultraconservadores y nuestros miedos primigenios ante lo femenino, y por el camino, construye el imaginario de la comunidad de goce. ¿Que más se puede pedir?

    Sin duda, se hubiera podido pedir nuestro silencio, pero es imposible. Al menos, yo lo experimento como imposible, precisamente porque hay que decir aquello que duele, y joder, hay que reconocerle a los publicistas que han dado en el centro de la diana. Luego, ¿cómo podremos superar la imposición ética del silencio, y a su vez, demostrar(nos) que no aceptamos pasivamente todas las imágenes? ¿Dónde se encuentra la salida del círculo vicioso del Capital y su naturaleza imaginaria? ¿Cómo podemos ser coherentes entre la inacción que exigen ciertas barbaridades ideológicas (y sin embargo, extrañamente verdaderas en su pánico) y la sensación necesaria de posicionarnos en contra con todas nuestras fuerzas?

23.4.14

La tristeza de Sant Jordi: Porque la noche es oscura y alberga horrores

Sant Jordi
Leer está de moda. Como el MDMA, jugar a la galleta, hacer la ouija, sufrir el Edipo en silencio y el nuevo disco de Russian Red.
    En unos meses tendré que acudir a la boda de un primo segundo. Boda rural, con sacerdotisas de manteca semianalfabetas vestidas de remolacha baratera, orquestina de pueblo tocando Que la detengan y gente hablando de tunning a la hora de los postres. Porque la noche es oscura y alberga horrores. Las bodas me ponen triste y me angustian. Pero, como bien me dijo Santa Juana de los Mataderos hace cosa de unos días a la hora de la cena:

- ¿Acaso hay algo en el mundo que no te ponga triste y te angustie, Aarón?

    Y es casi cierto. Me ponen triste los hospitales, las canciones del verano, los relojes, los niños pequeños, los preservativos, los vendedores de La Farola, los institutos, las fotografías analógicas, los barrios viejos de las ciudades y sus ensanches, las postadolescentes de rubio teñido con tetas enormes que mascan chicle con la boca abierta y mueven los brazos en las fiestas de los pueblos, las latas de coca-cola con nombres impresos. Me ponen triste las citas de Bucay, las pornstars que escriben en su Twitter con faltas de ortografía y los tipos que retuitean, Me pone triste el California Dreamin´de Bobby Womack. Los últimos discos de Amy Macdonald y KT Tunstell me ponen muy triste. 

    Y Sant Jordi. 

    Sant Jordi es el Record Store Day de las malas editoriales, tu exnovia del colegio pegándole una felación a un tipo de Nuevas Generaciones en el Youtube, la celebración de los libros en un país que lleva como seña de identidad más íntima la estulticia y el descerebramiento. Sant Jordi me repugna porque pone a la vista de todos uno de los pocos bastiones que me quedan de la resistencia en los años de la infancia, en los años de la adolescencia, en los años de ahora mismo, años de compartir oxígeno con gente que me dice:

- A ti te que te gusta leer, ¿no te has leído Excusas para no pensar de Eduard Punset? ¡Es precioso!

   En fin, ustedes ya saben que yo vivo en un pequeño pueblo lleno de gente que, al decir de Esperanza Aguirre, debe ser muy española, porque les encanta martirizar toros en la plaza. Los chavales con doce ya le están pegando al Fortuna aliñao que le roban a sus viejos cuando vienen de recoger naranjas. Alguna vez me pregunto cómo sobreviven esos niños que ya ni van a la biblioteca a consultar el Internet porque lo tienen en el smartphone que les regalaron por su cumpleaños. No hay ni una puta librería en mi pueblo -si acaso, una tienda de encurtidos que vende también la biografía de la Esteban y las memorias de Zapatero-, y la más cercana pilla a casi una hora en bus. Pero eso sí, tenemos equipo de fútbol propio, discomóvil que da por culo a los vecinos, muchos toros, flamenco local, una banda municipal con mucho chimpúnchimpún que, igual entre una selección de zarzuelas, se marca una versión de Que la detengan con la dulzaina que no es pot dir amb paraules. 

    ¿Qué se celebra en Sant Jordi? ¿Analfabetos con carrera? ¿Materia adiposa enchufada al noble ejercicio de la supervivencia? 

Dostoievsky
Tengo un reloj que se para. Siempre que tú de mí te separas (Walt Whitman)
     Todo esto viene a que los libros, precisamente, han sido el anclaje en el que uno, peor que mejor, ha sobrevivido. Los libros de cine como proyecto vital. Y los otros, claro. Los libros de King en los trece, de Kafka en los catorce, de Arthur C. Clarke en los quince, de Francisco Umbral en los dieciséis, de Irvine Welsh en los diecisiete, de Bukowski en los dieciocho, de Lorca en los diecinueve, de Kerouac, Ginsberg y Burroughs en los veinte, de Dostoievsky en los veintiuno, de Bergman en los veintidos, de Freud en los veintitrés, de Bret Easton Ellis en los veinticuatro, de Lacan en los veinticinco, de Bauman en los veintiseis, de Zizek en los veintisiete, de Friedlander en los veintiocho, de Roth en los veintinueve. 

    De Heidegger y Proust en los treinta.

    Esa es mi foto, y en los márgenes de la misma, lo que queda es la tristeza de la que comenzaba hablando en el primer párrafo de la entrada. Leer, pese a lo que ciertas tuitstars estás diciendo estos días, te otorga un mapa sobre todo aquello que está agazapado en lo real. Marca una diferencia en la que el esfuerzo hacia el texto se convierte en sentido mismo de la vida. O al menos, qué remedio, de la mía. Ni un libro ni una buena película son contenedores en los que arrojar con un gesto de asco el tiempo que se clava en nuestro aburrido esqueleto, los cuarenta minutos de camino al curro o los veinte minutos antes de irse a dormir. Leer es un acto radicalmente sagrado, porque -si se hace bien, si se es consciente de lo que ocurre de verdad en el texto-, leer es recibir la llamada de auxilio de alguien que está a punto de pegarse un tiro en la cabeza.

    (Alguien que, por cierto, puede estar al otro lado del espejo) 

    ¿Qué se celebra en Sant Jordi? Nada en absoluto. La tristeza, la extrañeza, el asco hacia la supervivencia. Pero eso se celebra durante todo el año en cualquier librería. Se viene celebrando desde siempre en los patios de los colegios, a ostia limpia contra el lector, y en las nóminas de los intelectuales que caen sin un duro, con un cáncer de pulmón y un hijo muerto. Es la gran fiesta de la barbarie. La económica y la de dentro. 

    Y eso, ya lo saben ustedes, me pone triste. 

22.2.14

La revolución EXPEDIT (o por qué todo lo sólido se desvanece en el aire)

IKEA

Something strange is happening (Kanye West; Blood on the tracks)/ El disco gramofónico, el pensamiento musical, la notación musical, las ondas sonoras, están todos, unos respecto de otros, en aquella interna relación figurativa que se mantiene entre el lenguaje y el mundo (Ludwig Wittgenstein; Punto del Tractatus 4.014)

1.
    A las 20:01 del sábado la niña quinqui del extrarradio anda probándose tangas de diseño para combatir con sus propias armas/almas al detector de mentiras de la bajona del espíd que le esperará, puntualmente, a las cuatro de la mañana en el párking de la Radi. Ahora damos un salto hacia el futuro y esa misma niña quinqui se ha convertido en una señorona de las del moño italiano en la peluquería de al lado del súper y tiene tres hijos: uno es reponedor en el Media Markt, el otro empezó un módulo de higiene dental pero anda mercadeando por la zona vip del polígono donde señoritos bien de AUDI gama baja le pillan unos gramos, y la pequeña curra de presentadora en uno de los paneles de la suerte de una tele local de madrugada. 

2.
    Lo más interesante que ha pasado esta semana en mi pequeño universo ha sido la decisión de IKEA de retirar las estanterías Expedit. En general, yo no puedo ir a IKEA, me pongo extremadamente nervioso y después estoy triste todo el día. ¿Habéis visto los candiles esos que venden en IKEA y que todo el mundo tiene en su casa, rojos o grises, o el sujetapapeles con una estrella azul de plástico, o -muy especialmente- la almohada con forma de corazón? Son objetos gélidos. Me entristecen. Una vez probé a abrazar un corazón del IKEA y me sentí como si estuviera abrazando a un anciano en fase terminal, como si me estuviera abrazando a mí mismo, desdentado y con alzheimer, cagándome encima, en fase terminal.

    A lo que iba: el final de la saga Expedit.

    Las Expedit eran el mueble oficial de los coleccionistas de vinilos. Nuestro reducto. Una huella de identidad. Ahí no cabían bien los cedés, ni las plantas de plástico, ni las peceras, ni las fotos de las comuniones. Tenían el espacio perfecto para clasificar, seleccionar, desplazar y colocar los plásticos en sus fundas. Eran hermosas, nichos sólidos de madera barata, nichos de música muerta para cuerpos muertos que coleccionan compulsivamente los rastros sonoros de una época perdida. 

    Lo que nos pudimos descojonar con aquella escena tan divertida de El club de la lucha en la que el protagonista se pregunta: ¿Qué clase de mueble de IKEA me define como persona? Pues bien, yo tengo mi respuesta: la estantería Expedit.

    Ahora que la estantería Expedit no existe, yo no existo tampoco.

3.

    Comienza la revolución. 20.000 vinileros con sede en Alemania se montan un grupo de Facebook exigiendo a Ikea que no nos toque los huevos y nos restituya la personalidad perdida. Después de todo, nos utilizó como gancho comercial en el viral de youtube en el que le solucionaban la vida a uno de nosotros (Ikea Presents: Harry Love´s Records. Make room for your life!). 


    Pero Ikea no responde y en su lugar, responde ofreciéndonos un nuevo producto. Una nueva estantería. Ya no seremos Expedit. Seremos Kallax. Un experto de Gizmodo publica un post que roza la esquizofrenia explicando que todo se trata de una maniobra de la compañía sueca para contribuir al medio ambiente reduciendo el tamaño de los listones. Pero mi personalidad, que era una personalidad Expedit, era contaminante e hijadeputa, una personalidad que contempla más belleza en el pasaje apocalíptico de la M30 on fire -lo sublime kantiano- que en todas esas tribus amenazadas del Amazonas. Si esas tribus escucharan el The bravest man of the universe en vinilo, querrían una Expedit, querrían un listón grueso para proteger la portada sacrosanta del, pongamos por caso, último plástico del Kronos Quartet con Bryce Dessner. 

    IKEA y sus buenas intenciones -¿se imaginan que gran poema hubiera escrito Allen Ginsberg en una de esas cafeterías de IKEA en las que no te dejan sentarte y tienes que consumir un perrito de carne dudosa de un euro de pie, o un refresco de cereza con sabor a catástrofe-en-Thailandia-plástico-y-látex? IKEA y los curritos de la inmobiliaria en paro que van los lunes a pasear con la parienta embarazada y a comprar almohadas con forma de corazón.

    IKEA, Molloch.

4.
    Perderemos la revolución Expedit, como lo hemos perdido todo. 

    Ni siquiera conservaremos la estantería que nos define como persona. Estoy deseando leer la columna que escriba Kiko Amat al respecto.

5.
    A las 20:22 del sábado la niña quinqui del extrarradio está escuchando un temazo de Fondo Flamenco mientras se fuma un aliñado sobre light con los pies del otro lado de la ventana. Hace años que no espera nada de la vida salvo el próximo capítulo de Hermano mayor y hacerse un tatu to guapo en cuanto sus viejos estén mirando para otro lado -para la muerte, probablemente. Creo que hay una poesía dulcísima en su ademán autodestructivo, su ser luciérnaga de neón y su no entender cómo el coche tuneado de su destino va a toda ostia en dirección a un muro de cemento interminable con forma de corazón de IKEA. 

    Me pregunto qué clase de mueble define su deseo, y luego pienso que quizá es mejor dejarla en paz, a la espera de que se agrieten sus labios, se cieguen sus ojos, se pudra en el nicho del pequeño pueblo y sea, como yo, como nosotros, definitivamente olvidada. 

Corazón

17.2.14

Kill my generation! (O Contra La Nostalgia)

Nostalgia
Objeto transicional de una infancia de mierda. Edipo wannabe.
   En breve nos daremos cuenta de que hemos caído en la misma trampa que nuestra generación precedente. Ellos tuvieron los adoquines de Mayo del 68 y nosotros tendremos la panadería de Barrio Sésamo. Ellos lloran amargamente por la utopía del buen socialismo europeo perdido. Nosotros lloraremos la estabilidad económica y laboral de los años noventa. En breve nos daremos cuenta de que el tema principal de nuestra generación será la venta de la nostalgia en pequeños paquetes asépticos, y que las esquinas de las publicaciones cool de la red se nos llenan de entristecidos náufragos de un tiempo perdido, soñado, delirado quizá, un tiempo que nunca existió excepto para aquellos que creen haberlo perdido todo.

    Hace unos meses, en un congreso de la cosa del cine, una psicoanalista amiga mía me dio un fuerte codazo y me dijo: "Estoy hasta el coño de los que están dándole vueltas a la melancolía y al objeto de deseo perdido una y otra vez... ¡A ver si crecemos de una vez!". Y creo que había algo de razón en aquella fórmula destroyer, aquello de ir siempre con el cilicio/objeto transicional de La Onda Vaselina, Los Fresones Rebeldes, Espinete, Pumuky y la madre que los parió a todos. El día que la Abeja Maya se puso a vender productos de Bankia ya se nos tenían que haber encendido todas las luces rojas. Pero no.

Bankia
Estos son los del rescate. El rescate que, si trabajas, estás pagando con tus impuestos. Por si se te había olvidado.
    La distancia de la topografía melancólica generacional ha conseguido lo imposible: que despedazáramos la estatua de Lenin para poner en su lugar a Son Goku. Es normal que nuestros hermanos pequeños estén decepcionados y flipando con nosotros, con nuestro gesto llorón de desempolvar los cedés de Celine Dion y pagar los ocho pavos por ver Titanic en 3D. Qué quieren que les diga: si por mi fuera, prendería fuego a toda la iconografía ochentera y noventera hasta que no quedaran ni las cenizas. Toda esa orgía obscena de Supercampeones que sirvió de antesala a los tejemanejes de los clubes deportivos con intereses inmobiliarios, toda esa repugnante colección de estribillos normativos -Toma mucha fruta, mucha fruta fresca, cantaban los minichuloputas en el baile de fin de curso exactamente cinco años antes de perder la virginidad en los esquinazos del parque de los botellones, ebrios de Don Simón, Don Simón fresco-, todas las emisoras de radiofórmula poniendo una y otra vez en bucle Y si fuera ella o Y nos dieron las diez. 

    ¿Nostalgia de qué? ¿De cuando pensabas que ibas a ser amiga para siempre de esas chicas con las que te repartías los roles de las Spice Girls -tú eres la deportista, jo tía-, dando por sentado que nadie quería ser la negra, que la negra era un error de márketing en la España de tu preadolescencia, corazón? ¿Nostalgia del Life in plastic is fantastic, nostalgia de los tiempos antes de sacarse el MBA y dos carreras y no encontrar trabajo, ahora tú serás la Spice puteada?

   La Nostalgia funciona como la estación previa de la desesperación. No sé qué esperaban mis contemporáneos de sí mismos si crecieron viendo la primera edición de Gran Hermano y aullando Mi música es tu voz cuando salían de fiesta los fines de semana. No sé qué esperaban si se enchufaron en vena los tics de las mafias de Miami vía moda latina y todavía tuvieron tiempo para no dejar a Shakira explotar en mil pedazos entre los demás juguetes rotos (David Civera, Thalía, Chayanne) de aquella pesadilla musical/social. Les ví con casi veinte palos coreando Que baila, que báilame en las discotecas casi-pijas de la Calle Serrano o en la planta de pachanga de Kapital Noche. No querían crecer, no aprendieron nada, no leyeron nada y no pensaron nada. Ahora no me pedirán que sienta nostalgia por sus pulsiones, nostalgia de las cartas perfumadas de Hello Kitty o de los cromos de la Liga de Panini. No me venderán planes de pensiones reescribiendo la crónica de los imberbes que lloraban a moco tendido escuchando El muelle de San Blas porque les había dejado la choni de la clase de al lado. De hecho, les deseo a todos que sigan comprando unas buenas preferentes y disfrutando de su voto neoliberal y antidemocrático: la Historia les está sirviendo en bandeja toda la frustración que merecen. Que merecemos, quiero decir. 

Nostalgia
Es lo mismo que escuchas en Kiss FM. Pero con un porcentaje ligeramente mayor de caspa en los microsurcos.
    Si por mi fuera, queda dicho, prendería toda la iconografía de la nostalgia generacional hasta las cenizas. En el gesto imbécil de Chicho Terremoto al ver unas bragas ya se transparentan todos los treintañeros que no sabrán llevar su propia vida y dejarán a la parienta y a sus dos chatungos precocainómanos por la becaria diez años más joven. En el gesto imbécil de Optimus Prime en la hora de su muerte se transparenta toda la pasta que te has dejado en el tunning de tu coche y de tu Home Cinema ahora que lo tienes que vender a mitad de precio en el Cash Converters para que no te larguen de tu casa. En mi gesto imbécil de haber soportado vuestra música, vuestras ilusiones, vuestras bodas por encima de vuestras posibilidades, vuestros anuncios de televisión, vuestras hostias en los parkings de las macrodiscotecas en las sesiones remember -hasta los bakalas se os adelantaron por la derecha en la moda de la nostalgia, Oro Viejo de la Fabrik y tal.

    Me habláis de nostalgia. ¿Nostalgia de qué, en nombre del cielo? ¿Qué fue aquello tan valioso que hemos perdido y a lo que no encontramos la manera de volver? ¿Acaso algo -la inocencia- que nunca tuvimos? ¿Acaso algo -la posibilidad de ser una generación mejor- que nosotros mismos tiramos por el retrete desde el momento en el que nos compramos el primer disco de Estopa? ¿Nostalgia de qué, en nombre del cielo?

17.1.14

Este no es un post sobre "The Congress" ni sobre "La Gran Belleza"

Siempre he pensado que la sala de cine funciona como un espejo. 

Ari Folman

Ari Folman

Ari Folman

    Suelo ir sin compañía al cine, es una manía como cualquier otra, me gusta guardar silencio en la cola mareando un libro, escuchar de refilón las conversaciones ajenas pensando que yo podría decir las cosas con mejores palabras, palabras más precisas, me siento irremediablemente triste y deseo siempre a una tardoadolescente morena que me sigue a todas las colas de todos los cines, aunque cambiando su rostro. En el fondo el placer, hay que reconocerlo, es estar en silencio, sin nadie, en la cola del cine. Ahora pienso que quizá por eso me hice crítico o analista, porque me cansé de que nadie me preguntara qué me había parecido esa película a la que no me había acompañado, y por lo tanto, decidí contárselo a todo el mundo. 

    Me siento, suavemente, suplicando silencios al deslizar la parte superior de la butaca, y hago migas, troceo, dispongo en mi interior con precisión las imágenes.

    A veces me encuentro en la pantalla -The Congress/LaGranBelleza- y entonces, de nuevo, descubro que la sala de cine funciona como un espejo.

***

Sorrentino

Sorrentino


    Envejezco. Es un hecho. Cada cierto tiempo intento engañar a mi cuerpo corriendo durante más tiempo, dejando de fumar, pero mi estómago está cada vez peor, mis pulmones están cada vez peor. Una o dos veces al año sufro tremendos ataques de ansiedad y me encierro en una habitación a oscuras a reflexionar sobre un Dios que murió crucificado.

Folman

Folman

Folman


    Envejezco, y al envejecer soy más consciente de la presencia de mi cuerpo y de la diferencia con los cuerpos que se proyectan sobre la pantalla. Pongamos por caso los cuatro cuerpos -que son los cuatro ángeles que sustentan la bóveda de mi Santa Sofía fantasmal- de las cuatro muchachas que protagonizan Springbreakers. Si pudiera reunirme con esos cuatro cuerpos reales alrededor de una mesa, no podría aportarles nada, decirles nada que les interesara remotamente. Leo poemas de niñas norteamericanas que no han cumplido los veinte y ya dan por sentado que lo único que compone una existencia es la angustia y el sexo, y me pregunto, ¿cómo demonios lo han sabido tan pronto? ¿qué clase de demonio lúcido les ha inspirado semejante repugnancia ante la vida, ante el mundo?

    Lo que yo tardé casi una década en aprender -de hecho, lo que yo creí descubrir con un aullido de satisfacción en algunas películas, en algunos libros- se ha disuelto en el aire y se ha depositado sobre una de las clenchas que esnifa Miley Cyrus.

    Envejezco, pero creo que he conseguido al menos dos cosas de las que puedo sentirme un poco orgulloso: he apartado de mi topografía los sueños autodestructivos de fama y gloria académica para centrarme minuciosa y humildemente en mi pequeña investigación holocáustica, y he sido capaz, al menos en los días buenos, de sentarme y disfrutar de la existencia de algunas cosas demoledoramente bellas sin verme en la necesidad de analizarlas: la filmografía de Lubitsch, el All blues de Miles Davis, jugar al Twilight Struggle, incluso acudir a veces acompañado a un cine que hay justo al lado del mar y en el que siempre dan películas muy malas. Firmar un pacto con la vida, por lo menos, hasta que tengamos que responder a la única pregunta importante.

Sorrentino


***

    Si Dios existe.

    Así empiezan muchas de las cosas que pienso mientras corro intentando engañar a mi cuerpo y haciéndole creer que no está envejeciendo, que no está muriendo urgentemente. Si Dios existe entonces debe ser un conversador apasionante, y todo ese horror que atravesaba a Unamuno a propósito del tiempo en relación con la eternidad apenas importa gran cosa. Una conversación con Dios podría no acabarse nunca, podría ser como esas conversaciones de las películas de Bergman que uno desea que no terminen jamás, esa clarificación fabulosa en la que Dios, simplemente, termine diciendo:







Un filósofo amigo mío me pidió: "No inviertas más de diez minutos en pensar sobre la existencia de Dios", pero en realidad, ahora pienso si la formulación no era precisamente la inversa. Me pregunto si se habrá rodado alguna película en los últimos años que hable tanto de todo lo que me interesa -Dios, el arte, la mujer-, y lo encapsule con tanta precisión en un puñado de fotogramas. ¿Qué podría decir a las cuatro protagonistas de Springbreakers? Probablemente nada, porque esa sensibilidad que soñé, esa epifanía del descubrimiento de la belleza demoledora que hay en el gesto, pongamos por caso, de las dos figuras que rezan en el Ángelus de Millet ya ha sido borrada para siempre de la Historia.

    No sé que llegará ahora, qué viene después, hacia dónde está planeando el ángel de Benjamin. Sólo pienso que Si Dios Existe, entonces debe ser algo muy parecido al movimiento de una bobina de celuloide que proyecte La Gran Belleza o The Congress, y desde luego, no un programa de 13TV ni de Intereconomía.    

18.11.13

El vendedor de libros: Un aullido político-cultural

Walter Benjamin

"El trapero es la figura más provocadora de la miseria humana"
(Walter Benjamin)
I.    
Debajo de la casa en la que crecí -la casa de Ciudad Lineal a la que a veces vuelvo para asistir a algún sarao cinéfilo- se deja caer un hombrecillo anónimo, borrado de sí mismo, que ha aparecido desde la tramoya de la crisis y vende libros de segunda mano. Tiene un carro de la compra lleno de manchas y un gesto de mendicidad nada disimulada. Madrid se está llenando de vendedores anónimos de libros y revistas que rebuscan por los contenedores de reciclaje y mercadean con ediciones de bolsillo, tochos desgastados de Stephen King, V.C. Andrews o Ira Levin con la portada descolorida. Disponen los libros, con extremo cuidado, entre el aburrimiento y una desesperación ceremonial, junto a las basuras que han sobrevivido de esta huelga reciente. Librería/basurero de asesinos en serie y novelones rosas con mujeres rubias que sonríen en la portada. El vendedor de libros es como las estatuas silenciosas de las Ramblas, ya entrado en años, un triunfador en el MBA de los exiliados, carne de paro, silueta de paro, piel cincelada en años con el gesto jodido de la vida jodida.

    Mi vendedor de libros acuna entre sus brazos un cartón de leche en el que ha escrito, simple y llanamente, dos euros. Mi vendedor de libros me aterra porque me recuerda a mí mismo, y al pánico que sentí durante una época en la que las cosas vinieron mal dadas y me planteé empezar a vender mi biblioteca por las tiendas de viejo. Hay una pornografía intolerable en contar estas cosas, ustedes vienen aquí a leer sobre cine pero yo casi siempre les defraudo, porque me pesa mucho la infancia en el barrio pobre y las heridas en las palmas de la mano de mi padre por manipular chapas de metal haciendo horas extras en el tajo. Así me pagaron la carrera por lo privado, a costa de hacerse más viejos y acabar teniendo el mismo gesto que mi vendedor de libros. Dos euros, dice el cabrón, entre la mendicidad y un nobilísimo aire de bibliotecario borracho de penuria, Dios le bendiga.

II.
Si yo tuviera ideología.
Lo pienso a veces. Si yo tuviera una ilusión ideológica quizá podría pensar que la Historia reaccionará y le comprará a mi vendedor de libros una colección de Lafuente Estefanía -últimamente se mueren muchos ancianos, y los tomos de Lafuente Estefanía no tienen mucha salida en el mercado de la literatura lumpen. Me imagino durmiendo arropado en una bandera, durmiendo el sueño de los justos.
Pero no tengo ideología.
Y al no tenerla, escucho la llamada a la oración de los indigentes del metro, las historias de terror que trae mi mujer a casa cada noche -es Trabajadora Social-, me atravieso en el silencio de mi vendedor de libros, y su gesto de asfixia es un reflejo perfecto de mi zona cero ideológica, de mi pánico ante la Historia.
Kierkegaard decía por algún lado que no podía soportar la envidia al contemplar la fe religiosa, sin fisuras, del humilde creyente analfabeto que se dejaba caer en el banco de la Iglesia. Yo sufro la misma envidia al leer a mis compañeros que tienen ideología, o la sostienen, y leen periódicos o escuchan emisoras de radio pensando que pueden cambiar las cosas.
Pero mi ideología es un agujero negro en el que dormita un niño desesperado, mi ideología es un fracaso cínico que no cesa nunca. 
Si yo tuviera ideología, o Dios, o simplemente una respuesta, no me moriría de pánico cada vez que salgo de casa y me encuentro con el vendedor de libros. 

III.
Acudo a una librería en el centro de Madrid. Ando buscando unos libros y, en efecto, los encuentro. El Seminario 7 de Lacan cuesta sesenta euros (treinta libros del vendedor que me estará esperando, con su simple presencia, a la salida del Metro). La biografía que acaba de publicar Elisabeth Roudinesco cuesta cuarenta y dos (veintiún libros del vendedor que me estará esperando, con su simple presencia, a la salida del Metro). 
No tengo ideología, pero el Lenin reactivado de Slavoj Zizek cuesta 30 euros.
No tengo ideología, pero el Maquiavelo de Althusser cuesta 31 euros.
No tengo ideología, pero cada uno de los tomos que componen las obras completas de Walter Benjamin cuesta entre 30 y 40 euros. Llevan siete.
No tengo ideología, pero cuando la tenía, pensaba que la respuesta iba a estar en uno de esos libros que nunca tendría por qué vender, libros que eran verdaderos, y que me permitirían entender conceptos como lucha de clases, plusvalía, libros que daban soluciones concretas a problemas concretos, libros que me juraban que la revolución estaba a la vuelta de la esquina, en un parpadeo, como aquel librillo verde de Simone de Beauvoir que decía -no podré olvidarlo nunca- "Cualquier estudio lógico de la situación 
confirma que en menos de veinte años el comunismo será la única manera de gobernar a nivel global". 

En cualquier caso, ya es de noche, la temperatura ha bajado de los diez grados y ahí fuera, en ese otro universo incomprensible, los rateros de la cultura andan rebuscando entre ejemplares de La Razón, suplementos dominicales, revistas del corazón y octavillas del Mediamarkt, rebuscando, rebuscando con extrema pericia en busca de un libro para colocarlo, por dos euros, bajo el sol del invierno de mañana.
Si el trapero es la figura más provocadora de la miseria humana, entonces, ¿qué es un trapero de libros?

4.10.13

Lampedusa


    Hoy llovía sobre Jedwabne. Andaba haciendo los últimos equilibrismos de la tarde, en la hora de las masturbaciones gélidas, pero se me han colado los muertos de Lampedusa en el salón y me han robado las gafas de pensar de cerca. El cadáver anda maquillándose en los vestuarios de la cosa, muy impaciente por salir mañana en todas las portadas al lado de los anuncios contra la impotencia de Boston -¡Sexo es vida!-, pero debe ser que en África no lo tienen tan claro y allí el Sexo no se sabe si mola, eso de engendrar un ser humano para que acabe congelado en un gesto de incrédula sorpresa o para que nos venda las gafas de sol falsas en las penúltimas cañas del verano, los cds piratas de KikoRiveraQuitateElTop, africanos con su sonrisa de Nueva-Economía-Ahí-A-Tope, luego las catedráticas de los estudios multiculturales que me acusan de colonialista se teñirán de rojo antes de salir para la mani y guardar un luto de escándalo. Pero I guess I need you baby -le digo a la tragedia, y la tragedia me regala un alpino gastado para que escriba algo, I see your face, it's haunting me/I guess I need you baby, escribo una y otra vez sobre las paredes del muro de mi ático en Jedwabne. 

    Esta noche correrán los chupitos de tequila y dos primates se abrirán la cabeza a golpes bajo la mirada de una luna puesta de coca, una luna que hace equilibrismos sobre el mar que amamanta a doscientos cadáveres, porque el mar es una madre llena de amor que igual se pinta una loncha de cuerpos muertos que te pregunta dónde has estado o te atraviesa, como por la espalda, con los recuerdos ya perdidos de una adolescencia en la que pensabas que escribiendo ibas a salvar el mundo.

    Pero el mundo, la película del mundo que se proyecta constantemente en todas partes, siempre va de otra cosa y al final todo es arrancarle la ropa interior a la tragedia y hacer la cuenta de los cuerpos rotos porque ya se sabe, Europa vieja y decadente y neoliberal pero los parias de las tierra quieren ser sus hijos y pegarle al crack del mercado en larguísimas pipas talladas sobre la madera de la patera, que es la que mejor tira, y por lo demás, es un ripio bellísimo. Dulce Madre África que vagas por la Historia con los ojos inyectados en sangre y clavando tus dedos sin uñas en busca de un recodo en el que se te convierta en esquela o en zoológico, carne de ONG, yo te bendigo desde mi ático de Jedwabne y te deseo suerte, y con las mismas, te sugiero que no vengas a manchar mis costas con tus excedentes corporales y tus máscaras pintorescas, máscaras que son como radiografías de putas con sífilis, putas que naufragan en el mar sobre el casquillo que les apunta a la cabeza, y qué le voy a hacer si yo nací en el mediterráneo.

     Asia a un lado. Al otro, Europa. Y allá en su frente, el punto ciego del discurso, que es el paréntesis del niño muerto -el niño muerto es siempre un paréntesis que luce mucho en la propaganda, por eso los ejércitos en guerra siempre están atando a sus niños muertos en los mástiles y jurando venganza -véase 5 broken cameras, véase Inch´Allah-, con la diferencia de que aquí el enemigo es la condición humana en sordina. Qué culpa tienen los doscientos cadáveres, que ya están otra vez en la casilla de Salida por obra y gracia del Dios del Eterno Retorno, dispuestos a volver a pegarse el angosto chapuzón en una colección de espejos abismados. Qué risas nos vamos a pegar, Friedrich, como tu invento encaje y en Lampedusa no se encuentre sino un cuerpo recién nacido en una muerte continua.

    Así que llueve sobre Jedwabne y la tragedia andaba con un juego de lencería nuevo, ya se sabe.

    I see your face/It´s haunting me.

11.9.13

Spring[Deleuze]Breakers[Guattari]



[Se habla del fracaso de los sistemas en la actualidad, cuando sólo es el concepto de sistema lo que ha cambiado]




Si intentamos también de forma somera esbozar los rasgos de una imagen moderna del pensamiento no lo haremos de forma triunfante, ni siquiera en el horror.









[El concepto de revolución no reside en el modo en que ésta puede ser llevada adelante en un campo social necesariamente relativo, sino en el "entusiasmo" con el que es pensada en un plano de inmanencia absoluto, como una presentación de lo infinito en el aquí y ahora, que no comporta nada racional o ni siquiera razonable]










[No nos sentimos ajenos a nuestra época, por el contrario contraemos continuamente con ella compromisos vergonzosos]









[El sistema más cerrado también tiene un hilo que asciende hacia lo virtual, y por el cual desciende la araña]







[No es necesario transformar mucho la crueldad de lo que se ha podido contemplar, ni el desespero por el que se ha pasado, para plasmar una vez más la opinión que generalmente se desprende acerca de las dificultades para comunicar]


SpringBreakers/Deleuze&Guattari