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15.4.14

Psicóticos, psicópatas, y el cine postclásico (una entrevista)

El club de la lucha
 
 Me escribe Hermes Manyés, futuro periodista en ciernes, y me comenta que anda dándole vueltas al problema del cine postclásico. Desde luego, no me extraña en absoluto que semejante rompecabezas teórico nos tenga mareados a propios y extraños. Con su permiso, dejo caer por aquí el director´s cut de sus preguntas y mis respuestas, que pese a su carácter acelerado y un tanto provisional, pueden servir para desbrozar algunas ideas generales.
H.M. :¿Qué nos atrae tanto del cine postclásico?

Aa. R: En primer lugar, que se trata de un cine generacional, nuestro, que plantea sin ambages una cierta cara de la postmodernidad –y de sus malestares- en la que nos reconocemos. En segundo lugar, su enorme potencia estética y su capacidad para poner en jaque los viejos lugares comunes atribuidos al relato clásico. En el postclasicismo hay una reivindicación también de la fiesta, lo dionisíaco, el placer y la libertad más allá de los corsés ideológicos que se habían establecido anteriormente.

H. M.: ¿Por qué El club de la lucha y El silencio de los corderos son dos de las obras audiovisuales más importantes del cine postclásico?

Aa. R.: El silencio de los corderos sigue funcionando bien como thriller seminal, si bien sus particulares exploraciones sobre el mal y la violencia han sido, a mi juicio, ampliamente superadas en otras películas como A serbian film, o en la propia serie Hannibal. En contraposición, creo que El club de la lucha sigue siendo un texto fundamental para explicar el catálogo de malestares que atraviesa Occidente, y que comienza, por supuesto, en el problema de la identidad. Sin embargo, no me gustaría caer en análisis simplificadores, ya que El club de la lucha designa topográficamente con gran precisión un pánico que está más allá de lo sexual: el pánico económico, la amenaza de los grupos totalitaristas y de pensamiento único allí donde se generan enemigos fantasmáticos, el fracaso de los grandes relatos…

H. M.: ¿Por qué es recurrente la aparición de psicópatas y psicóticos en cine postclásico?

Aa. R.: Aquí convendría hacer una matización. En mi opinión, la aparición y la fascinación ante los psicópatas forma parte de la experiencia textual universal, no exclusivamente del cine postclásico. Otra cosa es que existiera una cierta regulación, dentro del Hollywood de los grandes estudios, que intentara limitar esa fascinación mediante una serie de códigos de control. La fascinación hacia la contemplación de lo monstruoso atraviesa toda la filmografía de un Tod Browning, o fábulas de intenso sabor textual como La noche del cazador. En cuanto a la presencia de psicóticos, habría que dar incluso un paso anterior y preguntarnos qué es lo que el psicótico aporta a la experiencia cinematográfica más allá de una inmediata fascinación. Del psicótico se pueden hacer muchas lecturas, incluyendo la de la experiencia de la pérdida, pero también la de la iluminación en el delirio, la de la lucidez o la del extrañamiento ante los lugares comunes que impone el marco social. El psicótico da testimonio de algo fundamental que hay en el ser humano, una violencia, una no-adaptación, un no-cierre con referencia al sistema que se le impone desde fuera. Y, del mismo modo, el psicótico es una amenaza para el sistema –el narrador de El club de la lucha- porque se ha obligado a sí mismo a construirse un lenguaje único en el filo de la autodestrucción. El cine postclásico, lógicamente, se deja seducir por estas ideas, pero generalmente para neutralizarlas ideológicamente –proponiendo la posibilidad de que un refuerzo normativo en el tejido social, generalmente vinculado al pasado, puede ayudar a trasponerse frente a la psicosis-, o para proponer un espectáculo estético a partir de ellas.

Hannibal


H. M.: ¿Sabrías decirme qué abunda más en cine? ¿Psicóticos o psicópatas?

Aa. R.: En general, creo que en los productos audiovisuales abundan, casi sin género de dudas, los psicópatas. No hace falta más que pegarle un vistazo a las series de éxito –Breaking bad, Juego de Tronos, Dexter…- para realizar una ardua topografía de los psicópatas. Ahora bien, hay que leer con mucho cuidado lo que esos arquetipos están diciendo: que hay una crisis en los mecanismos del saber (profesores-Breaking bad), o del control (policías- Dexter, The Wire), y que el viejo problema de la violencia sigue sin estar bajo control.

H. M.: ¿En qué se diferencian Hannibal Lecter y el personaje que interpreta Edward Norton en El club de la lucha?

Aa. R.: Creo que he respondido anteriormente, aunque sea al sesgo, a esta pregunta. Lecter no deja de ser un monstruo bello, heraldo del saber y, en cierto sentido, con un código moral basado en la retribución del mal. Es, además, un sujeto que ha elevado lo estético a la categoría de la vida misma, muy por encima de códigos morales previos. Esto queda infinitamente clarificado en el segundo episodio de la segunda temporada de Hannibal: la elevación de la vida a obra maestra, la negación del punto de vista de Dios, el señorío total del hombre-artista. Es una inversión -o quizá una respuesta- perfecta de Kierkegaard.  En contraposición, el Narrador de Fight Club no es sino un personaje roto, quebrado, banal pero lo suficientemente inquieto como para que las respuestas que le ofrece la sociedad del bienestar no sean suficientes. La diferencia está situada en la voluntad de poder misma: Hannibal es un creador total, mientras que Norton es un pobre desgraciado que se tragó el cuento de la seguridad y la tranquilidad occidental. Otra cosa sería, por supuesto, si pudiéramos analizar a Durden con Hannibal.

H. M. :¿Hacia dónde evoluciona la narrativa cinematográfica?

Aa. R.: Responder a esta pregunta se me antoja especialmente complejo. Por un lado, creo que hay cada vez mayor capacidad para incorporar elementos transmedia –por ejemplo, el caso Plot 28 en España. Por otro, creo que hay una cierta lógica de dislocación en el relato que me parece muy positiva en tanto levanta acta sin la menor nostalgia de nuestra actual incredulidad científica y existencial. Por último, no hay que olvidar que, mediante otras fórmulas –mediante estilemas postmodernos, igualmente útiles y productivos, pese a quien pese-, el relato clásico sigue estando completamente vigente y sobrevive. La narrativa cinematográfica seguirá adoptando en su seno, más bien que mal, a propuestas apocalípticas e integradas, respondiendo tanto a nuestra necesidad de sentido como a la necesidad de prescindir de él. 

22.2.14

La revolución EXPEDIT (o por qué todo lo sólido se desvanece en el aire)

IKEA

Something strange is happening (Kanye West; Blood on the tracks)/ El disco gramofónico, el pensamiento musical, la notación musical, las ondas sonoras, están todos, unos respecto de otros, en aquella interna relación figurativa que se mantiene entre el lenguaje y el mundo (Ludwig Wittgenstein; Punto del Tractatus 4.014)

1.
    A las 20:01 del sábado la niña quinqui del extrarradio anda probándose tangas de diseño para combatir con sus propias armas/almas al detector de mentiras de la bajona del espíd que le esperará, puntualmente, a las cuatro de la mañana en el párking de la Radi. Ahora damos un salto hacia el futuro y esa misma niña quinqui se ha convertido en una señorona de las del moño italiano en la peluquería de al lado del súper y tiene tres hijos: uno es reponedor en el Media Markt, el otro empezó un módulo de higiene dental pero anda mercadeando por la zona vip del polígono donde señoritos bien de AUDI gama baja le pillan unos gramos, y la pequeña curra de presentadora en uno de los paneles de la suerte de una tele local de madrugada. 

2.
    Lo más interesante que ha pasado esta semana en mi pequeño universo ha sido la decisión de IKEA de retirar las estanterías Expedit. En general, yo no puedo ir a IKEA, me pongo extremadamente nervioso y después estoy triste todo el día. ¿Habéis visto los candiles esos que venden en IKEA y que todo el mundo tiene en su casa, rojos o grises, o el sujetapapeles con una estrella azul de plástico, o -muy especialmente- la almohada con forma de corazón? Son objetos gélidos. Me entristecen. Una vez probé a abrazar un corazón del IKEA y me sentí como si estuviera abrazando a un anciano en fase terminal, como si me estuviera abrazando a mí mismo, desdentado y con alzheimer, cagándome encima, en fase terminal.

    A lo que iba: el final de la saga Expedit.

    Las Expedit eran el mueble oficial de los coleccionistas de vinilos. Nuestro reducto. Una huella de identidad. Ahí no cabían bien los cedés, ni las plantas de plástico, ni las peceras, ni las fotos de las comuniones. Tenían el espacio perfecto para clasificar, seleccionar, desplazar y colocar los plásticos en sus fundas. Eran hermosas, nichos sólidos de madera barata, nichos de música muerta para cuerpos muertos que coleccionan compulsivamente los rastros sonoros de una época perdida. 

    Lo que nos pudimos descojonar con aquella escena tan divertida de El club de la lucha en la que el protagonista se pregunta: ¿Qué clase de mueble de IKEA me define como persona? Pues bien, yo tengo mi respuesta: la estantería Expedit.

    Ahora que la estantería Expedit no existe, yo no existo tampoco.

3.

    Comienza la revolución. 20.000 vinileros con sede en Alemania se montan un grupo de Facebook exigiendo a Ikea que no nos toque los huevos y nos restituya la personalidad perdida. Después de todo, nos utilizó como gancho comercial en el viral de youtube en el que le solucionaban la vida a uno de nosotros (Ikea Presents: Harry Love´s Records. Make room for your life!). 


    Pero Ikea no responde y en su lugar, responde ofreciéndonos un nuevo producto. Una nueva estantería. Ya no seremos Expedit. Seremos Kallax. Un experto de Gizmodo publica un post que roza la esquizofrenia explicando que todo se trata de una maniobra de la compañía sueca para contribuir al medio ambiente reduciendo el tamaño de los listones. Pero mi personalidad, que era una personalidad Expedit, era contaminante e hijadeputa, una personalidad que contempla más belleza en el pasaje apocalíptico de la M30 on fire -lo sublime kantiano- que en todas esas tribus amenazadas del Amazonas. Si esas tribus escucharan el The bravest man of the universe en vinilo, querrían una Expedit, querrían un listón grueso para proteger la portada sacrosanta del, pongamos por caso, último plástico del Kronos Quartet con Bryce Dessner. 

    IKEA y sus buenas intenciones -¿se imaginan que gran poema hubiera escrito Allen Ginsberg en una de esas cafeterías de IKEA en las que no te dejan sentarte y tienes que consumir un perrito de carne dudosa de un euro de pie, o un refresco de cereza con sabor a catástrofe-en-Thailandia-plástico-y-látex? IKEA y los curritos de la inmobiliaria en paro que van los lunes a pasear con la parienta embarazada y a comprar almohadas con forma de corazón.

    IKEA, Molloch.

4.
    Perderemos la revolución Expedit, como lo hemos perdido todo. 

    Ni siquiera conservaremos la estantería que nos define como persona. Estoy deseando leer la columna que escriba Kiko Amat al respecto.

5.
    A las 20:22 del sábado la niña quinqui del extrarradio está escuchando un temazo de Fondo Flamenco mientras se fuma un aliñado sobre light con los pies del otro lado de la ventana. Hace años que no espera nada de la vida salvo el próximo capítulo de Hermano mayor y hacerse un tatu to guapo en cuanto sus viejos estén mirando para otro lado -para la muerte, probablemente. Creo que hay una poesía dulcísima en su ademán autodestructivo, su ser luciérnaga de neón y su no entender cómo el coche tuneado de su destino va a toda ostia en dirección a un muro de cemento interminable con forma de corazón de IKEA. 

    Me pregunto qué clase de mueble define su deseo, y luego pienso que quizá es mejor dejarla en paz, a la espera de que se agrieten sus labios, se cieguen sus ojos, se pudra en el nicho del pequeño pueblo y sea, como yo, como nosotros, definitivamente olvidada. 

Corazón