Mostrando entradas con la etiqueta vinilo. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta vinilo. Mostrar todas las entradas

22.2.14

La revolución EXPEDIT (o por qué todo lo sólido se desvanece en el aire)

IKEA

Something strange is happening (Kanye West; Blood on the tracks)/ El disco gramofónico, el pensamiento musical, la notación musical, las ondas sonoras, están todos, unos respecto de otros, en aquella interna relación figurativa que se mantiene entre el lenguaje y el mundo (Ludwig Wittgenstein; Punto del Tractatus 4.014)

1.
    A las 20:01 del sábado la niña quinqui del extrarradio anda probándose tangas de diseño para combatir con sus propias armas/almas al detector de mentiras de la bajona del espíd que le esperará, puntualmente, a las cuatro de la mañana en el párking de la Radi. Ahora damos un salto hacia el futuro y esa misma niña quinqui se ha convertido en una señorona de las del moño italiano en la peluquería de al lado del súper y tiene tres hijos: uno es reponedor en el Media Markt, el otro empezó un módulo de higiene dental pero anda mercadeando por la zona vip del polígono donde señoritos bien de AUDI gama baja le pillan unos gramos, y la pequeña curra de presentadora en uno de los paneles de la suerte de una tele local de madrugada. 

2.
    Lo más interesante que ha pasado esta semana en mi pequeño universo ha sido la decisión de IKEA de retirar las estanterías Expedit. En general, yo no puedo ir a IKEA, me pongo extremadamente nervioso y después estoy triste todo el día. ¿Habéis visto los candiles esos que venden en IKEA y que todo el mundo tiene en su casa, rojos o grises, o el sujetapapeles con una estrella azul de plástico, o -muy especialmente- la almohada con forma de corazón? Son objetos gélidos. Me entristecen. Una vez probé a abrazar un corazón del IKEA y me sentí como si estuviera abrazando a un anciano en fase terminal, como si me estuviera abrazando a mí mismo, desdentado y con alzheimer, cagándome encima, en fase terminal.

    A lo que iba: el final de la saga Expedit.

    Las Expedit eran el mueble oficial de los coleccionistas de vinilos. Nuestro reducto. Una huella de identidad. Ahí no cabían bien los cedés, ni las plantas de plástico, ni las peceras, ni las fotos de las comuniones. Tenían el espacio perfecto para clasificar, seleccionar, desplazar y colocar los plásticos en sus fundas. Eran hermosas, nichos sólidos de madera barata, nichos de música muerta para cuerpos muertos que coleccionan compulsivamente los rastros sonoros de una época perdida. 

    Lo que nos pudimos descojonar con aquella escena tan divertida de El club de la lucha en la que el protagonista se pregunta: ¿Qué clase de mueble de IKEA me define como persona? Pues bien, yo tengo mi respuesta: la estantería Expedit.

    Ahora que la estantería Expedit no existe, yo no existo tampoco.

3.

    Comienza la revolución. 20.000 vinileros con sede en Alemania se montan un grupo de Facebook exigiendo a Ikea que no nos toque los huevos y nos restituya la personalidad perdida. Después de todo, nos utilizó como gancho comercial en el viral de youtube en el que le solucionaban la vida a uno de nosotros (Ikea Presents: Harry Love´s Records. Make room for your life!). 


    Pero Ikea no responde y en su lugar, responde ofreciéndonos un nuevo producto. Una nueva estantería. Ya no seremos Expedit. Seremos Kallax. Un experto de Gizmodo publica un post que roza la esquizofrenia explicando que todo se trata de una maniobra de la compañía sueca para contribuir al medio ambiente reduciendo el tamaño de los listones. Pero mi personalidad, que era una personalidad Expedit, era contaminante e hijadeputa, una personalidad que contempla más belleza en el pasaje apocalíptico de la M30 on fire -lo sublime kantiano- que en todas esas tribus amenazadas del Amazonas. Si esas tribus escucharan el The bravest man of the universe en vinilo, querrían una Expedit, querrían un listón grueso para proteger la portada sacrosanta del, pongamos por caso, último plástico del Kronos Quartet con Bryce Dessner

    IKEA y sus buenas intenciones -¿se imaginan que gran poema hubiera escrito Allen Ginsberg en una de esas cafeterías de IKEA en las que no te dejan sentarte y tienes que consumir un perrito de carne dudosa de un euro de pie, o un refresco de cereza con sabor a catástrofe-en-Thailandia-plástico-y-látex? IKEA y los curritos de la inmobiliaria en paro que van los lunes a pasear con la parienta embarazada y a comprar almohadas con forma de corazón.

    IKEA, Molloch.

4.
    Perderemos la revolución Expedit, como lo hemos perdido todo. 

    Ni siquiera conservaremos la estantería que nos define como persona. Estoy deseando leer la columna que escriba Kiko Amat al respecto.

5.
    A las 20:22 del sábado la niña quinqui del extrarradio está escuchando un temazo de Fondo Flamenco mientras se fuma un aliñado sobre light con los pies del otro lado de la ventana. Hace años que no espera nada de la vida salvo el próximo capítulo de Hermano mayor y hacerse un tatu to guapo en cuanto sus viejos estén mirando para otro lado -para la muerte, probablemente. Creo que hay una poesía dulcísima en su ademán autodestructivo, su ser luciérnaga de neón y su no entender cómo el coche tuneado de su destino va a toda ostia en dirección a un muro de cemento interminable con forma de corazón de IKEA. 

    Me pregunto qué clase de mueble define su deseo, y luego pienso que quizá es mejor dejarla en paz, a la espera de que se agrieten sus labios, se cieguen sus ojos, se pudra en el nicho del pequeño pueblo y sea, como yo, como nosotros, definitivamente olvidada. 

Corazón

11.10.13

Coleccionar Vinilos #04: 180 gramos II (180 gramos de música clásica)

Glenn Gould
 
 La relación entre vinilos y música clásica ha cambiado sustancialmente en las tres últimas décadas. En principio, el coleccionista de vinilos a-la-moda suele estar más interesado en un espectro concreto de la música popular que cubre desde finales de los cincuenta a principios de los ochenta. Eso explica, entre otras cosas, las burbujas de precios que experimentaron en el último lustro los originales de los Beatles y de los Rolling Stones, que solían rondar en torno a los cuarenta euros por plástico. Las propias discográficas, conscientes de la tajada que se estaban perdiendo, "pincharon" la burbuja de la segunda mano sacando reediciones integrales que oscilaban entre los once y los veinticinco euros por pieza. El famoso remaster en vinilo de los Beatles todavía sirve de ejemplo como despropósito de manual: los plásticos -cuya calidad está fuera de toda duda, por cierto-, son prensados sobre los Masters originales que a su vez fueron tratados digitalmente... para intentar que el CD sonara como los vinilos primigenios.

    El caso es que la música clásica, al menos en nuestro país, suele ser el patito feo del vinilo. Igual que las reediciones de jazz o de soul tienen un cierto aire arty que cualquier vinilero exige de su colección, nadie parece ligar demasiado enarbolando las sinfonías de Karajan, ya no digamos los ofertorios de Penderecki -alguno de los cuales, por cierto, no están ni en spotify ni en youtube. A esto hay que sumarle un dato: las técnicas de grabación en música clásica -así como el abaratamiento de costes tras la caída del Muro- han generado un abismo en el que, por mucho que nos pese, el CD ha brillado como joya de la corona. Hoy una edición más o menos mediocre de La pasión según San Mateo en CD sonará mejor que una vieja edición de la Decca rescatada entre las ruinas de un mercadillo.
   
   Nunca olvidaré la impresión que me supuso, la primera vez que entré en una tienda de vinilos de segunda mano en Viena, el estricto orden y pasión con el que se ofrecía la selección de clásica. Pasillos enteros de compositores, sellos, cofres con óperas, que se superponían delicadamente ante un enjambre de audiófilos de la vieja escuela. En España, por lo general, la sección de clásica es un sótano con el cartel "Todo a 2 euros" en el que portadas semidestrozadas dejan asomar grabaciones sin clasificar en la que lo mismo te encuentras un Schoenberg que una Zarzuela, que un engendro firmado por Luis Cobos o que un elepé de la tuna de la Universidad de Salamanca. Terrorífico.

    En este panorama han aflorado una serie de sellos, principalmente italianos, que hacen su Agosto a costa de lo que llamamos un loophole, esto es, un agujero en el inmenso tabique de los derechos de autor. Algunas de las grandes grabaciones de los maestros de los cincuenta y sesenta -y en esto, hasta donde llega mi muy limitado conocimiento, el jazz tampoco se salva-, han quedado "libres de derechos" en ciertos países y pueden ser lanzadas al mercado sin pagar ni un euro. Catálogos enormes quedan a disposición del disquero que, lo único que tiene que hacer, es pagar -si así lo desea, que no suele ser el caso- una cantidad simbólica por la maquetación de la portada y las fotografías de la edición original. Lo de dentro, lo que suena, es completamente gratis. La conclusión ya se la pueden ustedes imaginar: discos low-cost prensados sobre ediciones en CD sacadas por otros sellos durante los ochenta y noventa.

Vivaldi

    La palma se la llevan los chicos de Doxy Records -ojo, no confundir con la mítica Doxy de Sonny Rollins-, italianos de dudosa reputación que han conseguido una distribución brutal por toda Europa, mezclando grabaciones de Glenn Gould con singles de los Beatles, bandas sonoras... a un precio de escándalo, por supuesto. Doxy son los nuevos reyes del loophole, están en la Fnac, en Amazon, y probablemente, en más de una tienda que venda vinilos a estrenar. Su catálogo es una apisonadora, un pozo sin fondo dulcemente ceñido por la etiqueta "180 gramos". Siempre dentro de los márgenes legales, Doxy vende precisamente esos discos que usted -si ha llegado hasta aquí- y yo mataríamos por tener en nuestra estantería. Y generalmente, por debajo de los veinte euros. Pero como decía mi abuela, "el dinero de los pobres va dos veces al mercado", y el molesto zumbido que emerge de los bafles por debajo del piano de Gould canta la traviata de manera inmisericorde: amigo, le han vendido -y me han vendido- un cd copiado en un trozo de vinilo que, eso sí, pesa 180 gramos.

    Me falta por hincar el diente a las nuevas ediciones que, de un tiempo a esta parte, Deutsche Grammophon/Decca están sacando al mercado. No me refiero tanto a la recuperación de catálogo -terreno en el que Smithsoninan les va a sacar ventaja en calidad/precio si siguen haciendo bien las cosas- como al lanzamiento de los últimos trabajos de Max Ritcher o Francesco Tristano en elepé. Pero como ustedes ya saben, hay algo que los 180 gramos también han traído a nuestro pequeño patio de recreo vinílico: el aumento de precio.
   

9.10.13

Coleccionar Vinilos #03: 180 gramos I (180 gramos de Hendrix)

vinilo
 
Puede que decir que Hendrix está de moda resulte ligeramente incorrecto. Hendrix siempre está de moda entre los yonquis de la cultura pop, aunque la ascensión a la cúspide de temas como Third Stone from the sun o 1983 siga resultando una topografía sonora no apta para no iniciados. Todavía recuerdo el día que organizamos en la Facultad un pase de Woodstock -Número de Asistentes: 3-, y al pasar por delante de los carteles que andábamos colgando, dos brillantes estudiantes de INEF ataviados con sendos polos de marca comentaron: Coño, si hoy viene el negro ese a tocar a la uni.

    Y todo así. Toda la vida así. Guerra todo el tiempo.

    El caso es que Empezar de cero -la enésima biografía/collage del artista- ya está en las calles patrias y las nuevas ediciones en 180 gramos hacen las delicias de los mercachifles del vinileo en centros comerciales. Y, como no podía ser de otra manera, la interminable cohorte de asociados, amigos, familiares y otros animales de compañía que pelean por los derechos de autor andan disparándose a la cabeza por autoproclamarse los legítimos portadores de la Verdad Hendrix, historia de papel couché en la cultura pop que llena los salones y los recibidores de la gente bien.

    Yo a Hendrix siempre le he respetado mucho más allá del símbolo, esto es, en su propia música y en el torrente laberíntico de grabaciones pre- y post- mortem que uno va cazando al vuelo. Hendrix era una de las luciérnagas de Didi-Huberman, mitad profeta y mitad profecía autocumplida, espectro de una generación como de espejo roto que vivió lo suficiente como para ser el primer invitado borracho en el tanatorio de los sesenta. De ahí que intente leer en sus elepés no sólo las huellas sonoras de una tormenta demoníaca y autoconclusiva, sino la posibilidad de una sociología rock, cuando la palabra rock significa algo más grande e inmediato que la sociología misma. Hendrix desbordó el lenguaje musical, pero también el pensamiento conceptual.

    Ser coleccionista de vinilos en 2013, cuando el mundo está -felizmente- lleno de coleccionistas de vinilos tiene un peligro añadido del que ya quería hablar por aquí, aunque fuera de pasada: la etiqueta 180 gramos. El retorno del vinilo, como tantos otros giros históricos, ha traído su nómina de caraduras y aprovechados que andan nutriéndose de dos terrenos especialmente jugosos en la parecela Hendrix: los bootlegs y las reediciones. Sin embargo, y al contrario de lo que ocurría en los setenta y los ochenta, prácticamente todo el catálogo Hendrix -incluso sus piezas más esquizofrénicamente marcianas- están disponibles online. La solución de los sellos pirata pasa por prensar sobre el vinilo la señal digital -aunque sea de Youtube-, hacer una portada con la impresora de la esquina y cobrar alrededor de veinte euros. Por supuesto, el charcutero que dispensa elepés -muchas veces, parapetado tras mostradores serios- no tiene el menor escrúpulo en despachar, haciéndose el loco, semejantes despropósitos. En Ebay campan a sus anchas reediciones piratas de Electric Ladyland -con la portada censurada de David Montgomery, por supuesto-, cuya calidad de sonido parece grabada desde el altavoz de un teléfono móvil. Cincuenta euros mínimo.

People Hell Angels


   La cosa se complica todavía más desde que la Music on Vinyl y la Sony Legacy se han puesto en paralelo a sacar reediciones a todo trapo. Los primeros son una empresa del norte de Europa de los que hablaré más tranquilamente en otro momento capaces de sacar tres o cuatro novedades "punteras" cada fin de semana sin despeinarse. Su mayor problema es que, como ocurre en tantas ocasiones, se niegan a ofrecer el origen de sus Masters, con lo que resulta imposible saber si están contado con las fuentes originales -que es, digan lo que digan, la única manera de generar un vinilo de calidad- o si por el contrario están tirando de tracks digitales más o menos modificados. Su catálogo tiene, en general, buena prensa, pero algunas de sus ediciones -estoy pensando en el Introducing... The Ronettes!- son, en el mejor de los casos, sospechosas. De otro lado, Sony Legacy fueron los responsables de la exquisita edición del People, Hell & Angels, último Hendrix que, a su vez, sacaba todo el partido posible a lo que en principio no eran más que una colección de demos y outtakes desiguales del músico. Legacy afirma que tiene los Masters originales de Hendrix y cuenta con el autógrafo de sus viudas, hermanos e hijos autorizando la edición. La elección parece clara.

     El problema, por supuesto, son los puñeteros 180 gramos. El no iniciado en los misterios del elepé piensa que hay una suerte de extraña conexión entre el peso y la calidad de sonido, cuando en realidad la inmensa mayoría de vinilos prensados en ese formato no son sino un "copiapegado" poco tratado de la señal digital. Así, suele ocurrir que una mala reedición se escuche generalmente peor que el CD, lanzando leña al fuego de la guerra de formatos. El despropósito mayor del reino es el sello Vinyl Lovers -que tiene, entre otras, licencia sobre la discografía de The Cure-, cuyas ediciones son literalmente para echarse a llorar.

El viernes retornaré con dos conceptos que están destrozando las reediciones de música clásica en vinilo: Doxy Records -amigos íntimos de las estanterías de la Fnac- y el LoopHole.

2.12.12

Coleccionar vinilos #02: El vinilo heredado

"Partíamos de la oposición entre las máquinas deseantes y el cuerpo sin órganos"
(Deleuze & Guattari; El antiedipo)


     Con lo que, querido lector, amada lectriz, aquí andamos de nuevo discutiendo sobre el colocón a 33 revoluciones por minuto. En esta bufonesca "arqueología del vinilo" que vamos proponiendo, hoy me voy a lanzar a una suerte de deconstrucción de un único mito fundacional. En primer lugar...

Rick Astley


03. El vinilo heredado

    Seamos sinceros. Hagamos un ejercicio de honestidad, aunque nos duela. España, en general, ha sido siempre un país con un gusto musical a medio camino entre el retrete atorado en la fiesta de nochevieja y la orquestina pobre de pueblo. Si hacen el ejercicio de rastrear las listas más escuchadas en Spotify a nivel nacional pueden descubrir que esas sexy-indie girls con gafas de pasta enorme que pululan por las teterías del centro, cuando llegan a la intimidad de su casa, declinan los experimentos musicales de Sun o))) por el alegre calorreo patrio de Melendi. Esa Juana sin Arco, ese Bill sin Gates.

    Con lo que, de entrada, si usted frisa la generación de los ochenta -ay-, puede pertenecer a dos perfiles sociales distintos: los afortunados que han heredado de sus progenitores una sustanciosa colección discográfica que les permita fardar de entrada, o los pobres parias de la tierra que amontonan en un rincón de su hogar un pasaje del terror sonoro que incorpore viejos acetatos de la etapa en solitario de Juan Pardo, Pimpinela o Sergio y Estíbaliz. A esto debemos sumarle otro factor: quizá usted mismo, antes de digievolucionar, compró vinilos en su más tierna infancia/adolescencia, incluyendo productos tan distópicos como el Agitar antes de usar de los Hombres G o la música de Campeones.

     Nosotros, como sujetos postmodernos, ya manejamos categorías tan crujientes como el placer irónico de lo Kitsch, así que háganme caso: gocen sus síntomas sonoros. En mi colección se manifiesta, sin el menor rubor, una primera edición del Whenever you need somebody de Rick Astley con el doble Dangerous de Michael Jackson -con esa espectacular portada de Mark Ryden, I took my baby on a saturday bang/Boy is that girl with you, yes we're one and the same. Somos lo que somos, y nuestros discos nos delatan.

     Lo cierto es que cuesta creer la cantidad de basura que se editó en los setenta y ochenta, esos discos con horrendas versiones de Duke Ellington interpretadas por anónimos músicos de la estepa, las pesadillas de ese Phil Spector cañí llamado Luis Cobos, El sur también existe de Serrat. Si usted quiere comenzar su colección revisitando los discos heredados -y no es un afortunado niño prehipster-, debe hacer acopio de valor y asumir que se encontrará con las semillas de una transición terrorífica, una textura musical infecta con forma de Mocedades y Teresa Rabal que puede acabar con su autoestima y devolverle al mundo de la descarga online en cero coma. Tenga cuidado. Las colecciones de vinilos heredadas pueden ser pequeñas minas de Moria. Pero sea amante y paciente. Esos objetos, necesariamente feos, esconden su biografía y le hablan de un mundo al que usted, de alguna manera, pertenece.

     Dicho esto, uno de los grandes argumentos que esgrimen los coleccionistas es, simple y llanamente, que vuelven al vinilo porque es la manera en la que la música existía en su primer universo simbólico. El viejo "En mi casa jugábamos así". Me parece una declaración de intenciones honesta y creíble. De hecho, yo llegaría todavía más lejos. Los niños de la generación pre-napster crecimos con otro concepto del disco como objeto de deseo. En primer lugar, ciertos discos no estaban al alcance de cualquiera. Conseguir cosas de Pink Floyd o de la Velvet Underground pasaba por rogar a un compañero del recreo que tenía un padre que había vivido unos años en Londres y se había traído una copia del Atom Heart Mother. Las cintas en las que grabábamos aquellos discos se escuchaban una, diez, cien veces, simple y llanamente porque no había otra cosa. No era fácil entender qué había pasado entre el Animals y el The Division Bell. A veces teníamos un primo mayor con pasta que se había comprado el primer vinilo de Tin Machine y teníamos que deglutir aquello como fuera, sin pasar por el Ziggy Stardust o por la trilogía berlinesa.

Blood on the tracks

     De ahí que recuperar el vinilo sea también una manera de recuperar nuestro propio órden simbólico en el relato. Acceder al objeto total, ese Blood on the tracks que mirábamos con ojos de cordero degollado cuando pasábamos por delante del Discoplay de la Vaguada. Los Reyes Magos nunca entendieron la importancia de aquel puto Blood on the tracks y ahora, tantos años después, regresa para quedarse en el hueco de la estantería que siempre debió ocupar. Y suena, contra todo pronóstico, como debería haber sonado en el hogar familiar. La máquina deseante recibe finalmente, con veinte años de diferencia, la voz del bueno de Dylan, invade un nuevo espacio, lo mancha todo con ese portentoso La Mayor que abre Tangled up in blue, ese acorde cabrón que parece dudar antes de lanzarse hacia el Re Mayor (if her hair still was red) y que nos trae, ay, todo lo que le podemos pedir al mundo de la música.

To be continued...

30.11.12

Coleccionar vinilos #01: La insoportable levedad del coleccionista de vinilos

    Después de una avalancha de correos electrónicos -creo que han sido dos o tres-, por fín me he decidido a abrir una sección en el blog sobre esa pequeña pasión confesable que propios y extraños compartimos con respecto al mundo del acetato, el surco y la aguja. Me perdonarán mis lectores y lectrices habituales que en esta colección de entradas no me dedique a Lacan, a Eustache, a Didi-Huberman o a la pornografía para proponer una serie de apuntes a vuelapluma que sirvan como iniciación, reflexión o ejercicio onanista para nostálgicos, gafapastas de nuevo cuño, modernetes varios y cómplices fetichistas del LP. Huelga decir que me dejo la rigurosidad a la entrada, colgada de una percha, porque...

Coleccionar lp



00. De qué hablamos cuando hablamos de coleccionar vinilos

    Porque somos unos motivados. Formamos parte de esa secta que Brett Milano bautizó como los "Yonquis del vinilo". Construímos una comunidad heterogénea, de muy distintos niveles, con sus facciones enfrentadas, sus popes, sus talibanes, sus herejes. Es fácil reconocernos: pululamos por mercadillos de segunda mano, tenemos abiertas quince búsquedas en ebay, podemos discutir airadamente entre los platos Rega o Project y llegar a las manos, generamos complicados mecanismos de clasificación, invertimos tardes enteras en limpiar, ordenar, mimar a nuestros hijos. Tenemos "tesoros", "siete pulgadas", nos dedicamos a "calibrar el brazo", vemos videos en youtube de nuestros rivales con un gesto de superioridad - ¡Ja! ¡Se creerá un buen coleccionista por tener cuatro ediciones de Let it be...!-, leemos las novelas de Kiko Amat. Queremos nuestra dosis. Y estamos dispuestos a pagar por ella.
    Lo primero que tiene que saber un futuro coleccionista de vinilos es que nuestro pequeño mundo está lleno de talibanes. El perfil iniciático suele ser el coleccionista de Nuevo Cuño: se ha comprado un par de "180 gramos" en la Fnac y en breve le van a tangar 50 euros del ala por un Sgt. Pepper con más arañazos que el Ecce Homo antes de la restauración. En el otro extremo, el connaisseur fanático que sólo colecciona discos de Soul de los sesenta en edición alemana. El mundo del vinilo, como todos, está lleno de gilipollas e intransigentes.
    Bajo mi punto de vista, es todo más sencillo. Coleccionamos vinilos porque nos da la real gana, y buscamos en ellos la misma música que tenemos a un golpe de click en Spotify. Ahora mismo, por supuesto, está de moda coleccionar vinilos, se considera un consumo cultural "de calidad", un gesto de (post)modernidad, de ser-más-indie-que-el-vecino, de amar-el-LowFi. De hecho, es probable que de aquí a diez años el mercado vuelva a estamparse y nos quedemos los clientes de toda la vida rebuscando entre las cajas de La Metralleta, pero por el momento, hay que disfrutar de este empujón para paladear las nuevas reediciones de Joy Division -tremendísima y acertada limpieza de sonido- o la fastuosa edición del Songs from de road de Leonard Cohen.
(¿Ven? En este punto del texto, algún vinilo-maníaco ya ha torcido el gesto: "Este blogger de pacotilla ha citado a Joy Division y a Leonard Cohen, ¿se puede ser más tópico? ¿Por qué no habla de las reediciones de la Verve o del último de The New Raemon? Fanáticos, fanáticos everywhere..


01. Mitos y ritos. El tótem y el tabú del vinilo.

     Ustedes quizá esperan que yo diga ahora aquello de: "Escuchamos vinilos porque suenan mejor que el cd". Pero si lo hiciera, me metería en una camisa de once varas que ya tiene cuantiosas y estimulantes páginas en internet -por ejemplo, aquí-, y en la que no voy a perder ni un segundo. En mi opinión, escuchamos vinilos simplemente porque nos permiten tener un contacto material y real con el sonido. Valorizan el objeto-disco, lo convierten en un fetiche, nos sugieren una nueva manera de relacionarnos con la música en formato doméstico. Es decir, son una suerte de Paraíso Perdido de la infancia, una imago materno-musical que nos arropa y que se justifica como objeto. El vinilo es hermoso en sí mismo, nos seduce con su portada, nos habla de una experiencia vivida en su interior. El hecho de que cada audición destruya -aunque sea ligeramente- una capa de la experiencia sonora nos hace conscientes de una serie de conceptos ontológicos que podrían llevarnos muy lejos. El vinilo es el tiempo que pasa, circular como en Nietzsche, pero también es el placer de lo vivido. Hace poco me comentaba un compañero cuya colección no llega a los treinta ejemplares -¿ven? otro tic- que lo que más le gustaba en la vida era sentarse con su cerveza a escuchar en vinilo a los Who.
    Los Who. Un recopilatorio, además, ni siquiera sus primeros trabajos, ni siquiera -oh my God, escuchamos a Kiko Amat rechinar los dientes- la versión extendida del Quadrophenia. Y sin embargo, aquel tipo es feliz, Dios le bendiga. El vinilo ofrece la experiencia de ese tiempo en destrucción que pasa, y ordena el mundo -es una construcción musical lineal y sólida, un relato- allí donde el mundo se empeña en ser aleatorio, en streaming, líquido.
     Todo se ejemplifica en la famosa polémica de Pink Floyd contra Itunes, que en un primer momento se negó a vender/compartir su música de manera disgregada, escindida. Un disco como The Wall, simplemente, no tiene sentido por separado. No puede ser vivido en tanto pieza artística conceptual. En su auxilio acude el concepto de vinilo, sin su exploración por pistas, obstinado en recorrer un universo propio. De hecho, el puñetero Echoes no es sino un monstruo de Frankenstein, un montón de piezas descompuestas e incomprensibles que hacen imposible entender absolutamente nada de lo que Roger Waters proponía, título tras título - la diferencia con los últimos Floyd de Gilmour es, por supuesto, que A momentary lapse of reason es, simplemente, un mal disco de pop con alguna chispa de brillantez, pero no una obra artística.

To be continued...

23.9.11

Notas sobre el coleccionismo de vinilos


   Se dice por los foros de la internec que el coleccionismo de vinilos se ha convertido en un gesto propio de la modernez, el gafapastismo y otras subculturas de principio de milenio. Algo de razón hay, por supuesto, pero creo que sería justo ofrecer una serie de ideas al respecto, modificaciones que quizá tengan que ver con los usos y costumbres de una época que -como comenté hace poco- está fascinada por el Low-Fi y la nostalgia tecnológica modelo Instagram/Polaroid.

    El urbanita medianamente higiénico consume una cantidad de música descomunal. Los portales y los blogs especializados ofrecen seis, siete, doce novedades a la semana. Pitchfork, las páginas críticas de Rockdelux, los bares que ofrecen a los suscritos a sus newsletters interminables listas de recomendaciones... The audience is listening y la música fluye.Sin embargo, los hábitos de escucha son necesariamente efímeros. Las descargas tienen la vida muy corta, se cruzan a golpe de Flash Forward, se seleccionan dos o tres cortes y el resto quedan flotando en un magma pringoso de sonido obsoleto. A veces incluso me planteo si no existe una especie de tiranía musical del ahora, un ansia por conocer lo último del último grupo de brit pop en el que toca el bajista separado del penúltimo grupo de drum and bass. Música líquida para sociedades líquidas.

    Me obligo a pensar seriamente en los discos del ahora que he escuchado completos más de seis veces. Se pueden contar con los dedos de una mano. El In the grace of your love de los Rapture. Por supuesto, el My beautiful dark twisted fantasy de Kanye West. La mayoría son un poso al fondo del MP3 del que voy rescatando canciones, temas, saltando de un lado para otro sin demasiado órden ni concierto. A veces es pura selección natural, y otras veces, puedes cargarte discos enteros si no les ofreces las escuchas que merecen. Swim de Caribou es un buen ejemplo: tiene un tema inicial tan prodigioso (Odessa) que amenaza con eclipsar el resto del disco si uno no le deja espacio, tiempo.

    Frente a este paradójico -e inevitable- nuevo modo de disfrutar la música, miramos hacia el vinilo, el LP, con sus 33 revoluciones por minuto y su eidos particular. El vinilo invita a una escucha tranquila, personal, cronológica. Respeta la voluntad de "obra total" de su creador y tiene esa magia de lo textural, ese placer de almacenar en sus arañazos y sus marcas toda la experiencia vivida. Comencé a coleccionar vinilos cuando, hace tres o cuatro años, volví a escuchar el Shine on you crazy diamond a toda mecha en un buen equipo. Mi pobre edición en cd había palidecido, había envejecido por completo, por mucho que se empeñen en remasterizarla, limpiarla, reeditarla y reutilizarla. El surco original habla de/en una música distinta, que exige una atención distinta y que ofrece un estremecimiento distinto. Avanza arropando los sonidos y utiliza otra frecuencia que ni siquiera la mal llamada Música HD, con el tan polémico Loseless puede garantizar.

    Pero hay algo más. Algo decisorio. Comprar un vinilo exige un ritual, una actitud, el placer de un descubrimiento. Es una conquista, un fetiche, un pequeño trofeo. No se trata de hacer dos clicks en una web, ni de copiar unos archivos en un pen. Comprar un vinilo te garantiza una búsqueda lenta y apasionada que puede durar meses, tardes de largos y dulces paseos por los zocos de las ciudades, charlas con vendedores más o menos apasionados a los que les brillan los ojos cuando les preguntas por una edición determinada del Ziggy Stardust o del Quadrophenia. Comprar un vinilo es rastrear dedicadamente las páginas de ebay y cotejar ofertas, condiciones, recibir extraños paquetes de tiendas soñadas en Alemania, en Reino Unido, en América, tiendas que uno imagina románticamente como almacenes enormes de sueños y adolescencias, preciosas y enormes portadas de discos que suenan más allá de dos, tres, cuatro, cinco décadas, arrastrando besos y decepciones, lágrimas, tardes en blanco.

    Antes -quizá lo recuerdas- los discos se escuchaban íntegros y hasta la saciedad. Las cintas se pasaban de contrabando, siempre había un hermano mayor o un primo que se iba para Inglaterra y se traía tres o cuatro cosas, o quizá un programa pirata a deshora que pinchaba cosas de Kraftwerk o de Einstürzende Neubauten, o ese colega friqui de la academia de inglés que tenía cosas de los Iron Maiden. Todavía recuerdo la extrañeza que me atravesó la primera vez que escuché entero el Powerslave: aquello era como meter los dedos en un enchufe, sonaba faraónico, mastodóntico, interminable, glorioso. Sonaba como la pesadilla de la Spice pija. Sonaba como Dios.

    Creo que el retorno al vinilo tiene algo que ver con esa relación íntima y cómplice con la música. No se trata de regresar a la adolescencia -salvo excepciones, la inmensa mayoría de los títulos que he comprado hasta el momento no los escuché en profundidad antes de cumplir los 19 o los 20-, ni de volver al pecho materno pop perdido. Se trata de reivindicar un formato, una pose, una actitud ante la música que penda de la historia y no de la moda inmediata. En este sentido, el vinilo no es una herramienta tan modernilla y gafapastil como nos quieren hacer creer: es una reivindicación precisamente antimodernilla en tanto lo que buscamos es el Bowie de Berlín o los Depeche Mode pre-Ultra. Lo que buscamos es ese placer total de mirar la enorme portada con los ojos deslumbrados, el precio preciso, la calidad justa, el encuentro con una cierta Historia. Lo que buscamos es una música en peligro de extinción.