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21.12.13

Los fantasmas atacan al jefe. Una felicitación.

    El sujeto, en cierta medida, encerrado en su propio reflejo.





   El espejo es un lugar sin duda magnífico para ensayar una sonrisa. No sólo es la sonrisa del niño perdido que se descubría inserto en el mundo, también es una sonrisa que siempre vuelve hacia nosotros. Y sin embargo, sonreír a un espejo es un acto que denota la más terrible de las soledades. ¿Se han fijado en esa gente que sonríe al espejo, maquillada, antes de salir de caza el día 31 de Diciembre? Hay una plegaria muda: por favor, Dios, no permitas que nadie quiera esta sonrisa y que al amanecer me encuentre otra vez frente a este mismo espejo, roto, en soledad, y sin poder ya sonreír.
   De ahí el problema del relato. El espejo no sabe nada del tiempo -el tiempo está, por necesidad, siempre congelado y ausente en el espejo-, y en oposición siempre están esos falsos espejos que ofrecen, en paralelo, falsos relatos.








Falsos relatos, porque pese a su capacidad de fascinación inmediata, no pueden aportar nada realmente sólido al sujeto. Un falso relato político, por ejemplo, es el que se perfuma afirmando que ayuda a mantener la vida de los niños discapacitados, pero a su vez, niega los apoyos económicos que dichos niños necesitan para crecer con un mínimo de dignidad. Relato cortocircuitado, porque nada tiene que ver con lo que debería haber en su centro: el respeto hacia la vida -no únicamente hacia el nacimiento- del otro.



    
Ciertas leyes -que no son relatos, aunque están prostituídos como tales por obra y gracia del Storytelling-, en efecto, no tienen nada que ver con lo que parecen anunciar. Fíjense qué contradicción: un ángel anuncia el nacimiento y la muerte en la cruz de un niño que nos va a redimir a todos. Un gobierno anuncia el nacimiento y la mala de vida de una legión de niños que no van a redimir a nadie. Y la cruz, por lo demás, la tienen en pantalla: Mr. Cross. ¿Por qué el protagonista de Los fantasmas atacan al jefe se llama, precisamente, Mr. Cross? Cross en tanto significa cruz, pero también en cuanto significa cruzar, atravesar, recorrer con la cruz todo ese gólgota terrible de decepciones que es la vida. Y bien, ¿cuál es la cruz de Mr. Cross? Sin duda, esa que porta desde su pasado...





..y que, como todas las cruces, amenaza con convertirse en su futuro...





    La maldición del bueno de Frank Cross es la de haberse tragado dos relatos. El primero es el relato del Capital -ese mismo que defienden, por cierto, los gobiernos que también dicen defender niños no nacidos para que, se supone, puedan trabajar el día de mañana gracias a los mecanismos de responsabilidad social corporativa que permiten desgravar a las empresas. El segundo de ellos es el relato mismo de la televisión, relato de la simulación doméstica. Fíjense hasta qué punto la televisión nada sabe del verdadero relato de la Navidad de sus implicaciones que basta con hacer un simple juego de superposición de planos para sentir ganas de llorar:

Permitir que la televisión o los partidos políticos nos roben el increíble poder simbólico del relato de la Navidad no sólo sería una profunda idiotez, sino que además nos llevaría directamente a la demolición de los engranajes realmente valiosos que nos permiten no pegarnos un tiro en unas fechas llenas de luces estroboscópicas que nos machacan los canales cognitivos, cenas desmesuradas que destruyen nuestros hábitos corporales, delirios económicos que nos llevan de cabeza al tranquimazín en Enero y familiares hijosdeputa a los que hay que tolerar su hijoputismo por algún tipo de rito masoquista. El relato de la Navidad es otra cosa, y no me extraña que muchos no lo entiendan, precisamente porque el esfuerzo por demolerlo y convertirlo en otra cosa ha sido simplemente espeluznante. Porque si yo les digo, por ejemplo, "Para todo lo demás, Mastercard", le estoy mintiendo. Hay dos cosas para las que no sirve la Mastercard: sonreír delante del espejo y, por supuesto, hablar a un cadáver.





    El cadáver, en su silencio, ofrece la cifra perfecta de lo que queda al otro lado de la Mastercard. ¿Se han parado a pensar alguna vez en un dato absolutamente capital de Los fantasmas atacan al jefe -no entraré, al menos hoy, en la obra de Dickens? El último fantasma, el que simboliza la muerte propiamente dicha, no habla.
   
 Y en el futuro de cualquier sujeto, al decir de la película, sólo hay dos alternativas más o menos fijas: la locura y la muerte.




  
  La Navidad, antes bien, se generó -como tantos otros relatos, pero principalmente éste- para marcar el lugar del sujeto en el mundo. Para frenar, de alguna manera, la terrible idea de que estamos aquí por puro azar cósmico, sino para pensar que alguien había, con su nacimiento, instaurado una cadena simbólica que nos recogía y nos atravesaba de sentido. Una cadena que no sirve únicamente para salvarme a mí, sino ante todo, para impedir que le destruya la vida al otro. Y qué poco saben de eso, por lo demás, nuestros líderes. Qué poco piensan, como el bueno de Fran Cross, en el exquisito tacto de su piel rodeada por los gusanos. 
    Occidente ha alcanzado ya un punto cero de cohesión política en el que cualquier proyecto no homicida no durará más de tres o cuatro meses. Pensar lo contrario es absurdo. En el festín del Tánatos, en la boda roja que nos sigue esperando en el 2014 les deseo amor y supervivencia. 



    Bill Murray, en tu gesto delirante de telepredicador, pese a no poder seguir creyendo en ti ni en tus palabras, reconozco que queda algo de tu speech final que me sigue anclando al texto. Por eso lo único que puedo desearos a todo es, queda dicho, amor...



...y supervivencia...


Feliz Navidad. Feliz 2014.

13.6.12

La chica de la silla de ruedas

 
  En la gris mañana, mañana de una primavera travestida en Verano en la Administración de Hacienda justo al Barrio del Carmen, así voy yo, aferrado a la Declaración y con la brutal hostia económica en ciernes, maldiciendo en arameo. Voy a pagar un pastón en el barrio más hermoso de Levante mientras a mi alrededor los bohemios se mean en las tapias exquisitamente decoradas y, en fin, muchacho, así son los trucos de magia de la clase media: dónde está la bolita, dónde está la bolita. El Señor me lo dio y el Señor me lo quitó.

    En la puerta de la Administración, una Revolución de sindicalistas, indignados, y mucha mucha policía. No, no veo a perroflautas.

    Y entre ellos, en la mitad exacta del mediodía valenciano, la chica en la silla de ruedas.

     Con la mirada perdida en el vacío, no demasiado hermosa, con las articulaciones tensas y un temblor interminable en la pierna derecha. Enfurecida como una Dothraki paralítica y peleando con el lenguaje a través de su boca semitorcida, consigue insultar a un anciano que empuja la silla hacia ninguna parte, hacia el vacío, hacia el cállate niña y no montes el cuadro. Temblor parapléjico de la palabra. Feixista de merda... La chica en la silla de ruedas lleva una pancarta en el respaldo en el que se pregunta por las víctimas de los recortes a propósito de la Ley de Dependencia.

[Mariano Rajoy dijo: La Dependencia no es Viable - El país, 17 de Noviembre de 2011]

    La chica de la silla de ruedas me rompe algo por dentro, algo que tiene que ver con esa angustia que me atraviesa todas las noches cuando cierro El libro negro. En unos días publicaré un post al respecto, pero El libro negro ha conseguido romper algo dentro de mi mirada, algo como ver a esa mujer y pensar en la intolerable verdad que hay en su persona retorcida por la enfermedad y el dolor, la dificultad en pronunciar, por ejemplo, la palabra Capital, la palabra Dignidad o la palabra Bankia. Es como la niña triste que Martin Patino sacó en sus Queridísimos verdugos y que palmeaba al ritmo de una copla lolaila, asesina, copla española para cuerpos destrozados de estepa, mala suerte. Cuerpos como el cuerpo de Cristo crucificado, ay las que salen a celebrar el Corpus con mantilla y se olvidan del cuerpo de Cristo crucificado, ay de los que por mucho que lo escuchen cada domingo no entieden lo que quiere decir Cordero de Dios que quitas el pecado del mundo.

      "La dependencia no es Viable", porque ya se sabe, el cuerpo dependiente no produce. Si acaso, consume recursos. El cuerpo dependiente se come tu chalet en Puerto Banús, tu palco en el partido de Polonia, la señorita privada que se paga la carrera fingiendo que le gusta eso que pides. El cuerpo dependiente siempre está a un paso de la muerte -se llamó Aktion T4-, y por eso es Crístico, y por eso es Sagrado, y por eso es un Templo en el que la política de los recortes no quiere arrodillarse. Qué miedo la Dependencia, Mariano, qué miedo pensar que te harás anciano y acabarás saturando con tus heces y tus olvidos la vida de tu desquiciada descendencia. Desquiciada, quizá, si los pecados de los padres descienden sobre los hijos.

    Avanza la primavera travestida en Verano y abandono la Administración, un poco más pobre, bastante más cansado. Pienso en la pasta que me han robado y pienso en la coca, en las putas, en los desfalcos, en quién será el malnacido que se gaste mi dinero en tomarse un daiquiri, y pienso en el temblor agónico y constante de la chica de la silla de ruedas, en la mano que ya es una garra, en la boca que ya es un sumidero, en el terrible error de llamar a esto que tenemos entre manos democracia.

    "Ahora que todo está arreglado, me voy al fútbol". Me pregunto si todo estará arreglado cuando la Dependencia se convierta definitivamente en una delegación de Bankia, me pregunto por qué nadie escucha la respiración entrecortada y rasposa de la chica de la silla de ruedas, me pregunto si Mariano sería capaz de pasar de la página treinta de El libro negro. Pero, como ustedes ya saben, los políticos que nos gobiernan están demasiado ocupados crucificándonos y no sacan tiempo para leer. Igual todos esos asientos vacíos en el Congreso esconden a horrorizados y responsables líderes que están leyendo a Dostoievsky con el corazón en un puño. Igual todos esos asientos vacíos en el Congreso son sillas de ruedas y sus ocupantes tienen una parálisis ética, una parálisis social e intelectual definitiva por la que han olvidado el concepto de lo humano.

    Cae la tarde sobre el Barrio del Carmen. De una ventana abierta emergen unos compases de -¡no se lo pierdan!- L´estaca de Lluís Llach. Putos ingenuos, putos ingenuos, putos ingenuos.