29.10.11

Ojalá pudiérais morir dos veces


"Ojalá pudieras morir dos veces"
(Dexter Morgan)

    Yo soy español, español, español. Yo soy español, español, español. Yo soy español, español, español.

    Vivo en un país que pagará 10.000 euros a la madre de un asesino para que se de un garbeo por el prime time enseñando lágrimas y demostrando lo mal que lo ha pasado su familia. La expresión "hijo de puta" encuentra exquisitas y contagiosas resonancias. El Colectivo Hetaira emite una pancarta al calor del 15M afirmando rotundamente: "Políticos y banqueros no son hijos nuestros". Dame tu cuerpo, nigeriana, que yo soy español, español, español y aquí la fiesta nunca termina.

    En la casa del pobre a la hora de comer hay migajas de resentimiento y mamá cómprame un Ipad. En la casa del rico hay lagrimones por la muerte de Steve Jobs y chuletitas buenas buenas, caldo honorable con sabor de señoritas bien que visten de blanco y se enamoran escuchando a Black Eyed Peas, porque, joder, I´ve got the feeling that tonight is gonna be a good good night. Para la madre del Cuco, desde luego, lo será. Con 10.000 euros le puede comprar a su retoño criminal y desalmado el IKill, manzana ensangrentada incluída, que se beneficia de las expansiones Dónde-está-tu-cuerpo-mamita 2.0 y un geolocalizador de los basureros y los bajos fondos del Guadalquivir, no es verdad ángel de amor, ángel de muerte. En la apartada orilla de nuestra bárbara península miles de televisores verán esta noche La Noria fumando lentamente en los ceniceros homicidas de prohibido fumar.

    A las que nadie ha visto es a las víctimas del terrorismo, claro, porque son los aguafiestas de la Gran Fiesta de la Democracia, y así a la víctima se le mata dos veces: de pólvora y silencio, de bomba y de indiferencia, víctimas no mediáticas que no emergen de ninguna fosa cómun de la Guerra Civil, sino de la fosa cercana y humeante de la Transición o la Democracia, que es otra cosa. Dame tu cuerpo mutilado, dame tu cuerpo muerto, dame tu fosa en los cielos y tu nombre para que los telediarios guarden silencio. Dame verbena y derrámate por mis cavidades humeantes, ¿ves? Aquí cabe una bala como un beso, o una boca como un zulo. Si tuviera carnet del PP lo llenaría con mi sangre y lo remitiría con mis mejores saludos a Calle Génova 13, Departamento de Correo de los Traidores. Si tuviera carnet de UPD lo llenaría con mis lágrimas y lo remitiría con mis mejores saludos a Calle Casi Lo Consigues 13, Departamento de Así No Ganarás Unas Elecciones en La Puta Vida. Si tuviera carnet del PSOE lo hubiera quemado hace muchos años sobre un cenicero incrustado en la cabeza del prójimo de turno..

    Pero tengo mi carnet de identidad, en el que únicamente dice que soy español, español, español.

    Ojalá pudiérais morir dos veces y ser enterrados en una fosa sin Memoria Histórica o de ningún otro tipo. Ojalá pudiera recoger vuestras cenizas dos veces, lloraros hipócritamente dos veces, rezar dos padres nuestros a este cielo español  y deshabitado en el que ángeles sin piernas y encerrados en zulos se desploman por los márgenes del Tiempo. Vosotros, los guionistas, los presentadores, los tertulianos, los cínicos, los mentirosos, los responsables, los asesinos, los padres, los hijos, los periodistas, los que esta noche veréis a la madre de un mal nacido impostando una lagrimilla o un lagrimón. No habrá justicia suficiente para nadie porque nadie puede morir dos, tres, cuatro mil veces. Sara Carbonero, Rosa Díez, Terelu, Jordi González, Mariano, Alfredo, Patxi, Arnaldo, se os pudrirán los labios de besos mediáticos y entonces descubriréis, ay, que tenéis el escorbuto inmemorial de los españoles arrastrándose por vuestro miserable esqueleto como una hermosísima metástasis.

27.10.11

Materia Adiposa Pop



   Al decir de la inmensa mayoría de los teóricos del universo pop, la hecatombe comenzó a finales de los setenta, en el umbral mismo de la postmodernidad. De un lado, el agotamiento de las fórmulas que habían regido durante toda la década -el simulacro, la ironía, la mascarada apocalíptica de los Roxy Music o de la colección de personajes Bowie- desembocó en una colección de estilos más o menos efímeros y en una serie de discos poco afortunados protagonizados por los que ya eran considerados dinosaurios de otra época -el Tonight, el Hot Space de Queen, el A momentary lapse of reason, lo que queda de McCartney... De otro lado, por primera vez las listas de éxitos abandonaron el criterio de la calidad para abrazar otro tipo de productos mucho más pueriles, desplazando al underground a los primeros retoños punk y postpunk. El sonido de los ochenta es un sonido excesivo: demasiado eco, percusiones eléctricas, videoclips imposiblemente horteras...

    Desde los ochenta -y hasta lo que parece un pequeño rebrote en nuestros días de una cierta escena indie o cosa similar- el pop se ha nutrido de materia adiposa sonora, Orejas de Van Goghs, influencias latinas, atracos a mano armada y, finiquitando el siglo XX, fantasmas del simulacro directamente exportados desde los grandes mass media o, a lo peor, revisiones pueriles de lo (es un decir) mejor de los ochenta. El pop pueril, el pop adiposo, no ha aprendido nada de la ingenuidad y la diversión de los primeros tiempos. Esa época dorada de ensoñación con temas tan hermosos y distópicos como los firmados por las Ronettes o las Supremes no ha tenido una continuación. El trono de Phil Spector sigue vacío. Todo el mundo admite claramente que no volveremos a tener una producción tan apasionante como la de Be my baby, o en otra dirección, que Martin Hannett hubiera corrido a balazos a Coldplay o a The Killers.

    El caso de España ha sido todavía más sangrante. Por encima de la escena indie -de la que hablaremos en otro momento- la capa de adiposidad sonora que ha invadido las radiofórmulas de quince años a esta parte es, sencillamente, delirante. El famoso caso de ciertas emisoras destrozándonos los tímpanos y el alma con repeticiones interminables de Y si fuera ella o el encumbramiento de Shakira a icono mayor del corazón latino son sintomáticos de una Frecuencia Modulada Enferma, generando a su vez una legión de cándidos títeres descerebrados. Lo mismo se podría añadir de pseudoformaciones lacrimosas patrias que vomitan en las ondas sus paupérrimas aventuras sentimentales y sus risibles autoafirmaciones sonoras. El ejemplo máximo de Ramoncín versionando a Nirvana nos ofrece la cifra misma de la catástrofe cultural y generacional que nos contempla: somos nuestro tiempo. Somos el zeitgeist de nuestro tiempo.

     Twitter ha sido una herramienta fundamental y fundacional para comprender hasta qué punto el analfabetismo pop ha tomado por la fuerza el horizonte de nuestras sociedades del malestar. Las tremendísimas cagadas históricas y sociológicas de Alejandro Sanz o David Bisbal han demostrado, simple y llanamente, que las voces que dominan la radiofórmula son inescrutablemente imbéciles, o a lo peor, que están imposiblemente desconectadas de la realidad. Los mismos que cargaron contra Russian Red por declararse de derechas en plena Indignación Popular (Marca Registrada) deberían tomarse muy en serio lo que los hipotéticos generadores de opinión están rebuznando públicamente. Mis lectores más críticos me señalarían, con absoluta pertinencia, que ni Sanz ni Bisbal ni Amaia Montero o Dani Martín son generadores de opinión. A lo que yo les respondería: por supuesto que no. Son líderes sentimentales, líderes en la decoración masiva a gran escala del tapiz sentimental de una intolerable parte de la sociedad española.

    Siempre ocurre lo mismo. Montas en el coche de un extraño -o no tan extraño-, y te horrorizas al contemplar los cds que escuchan en la intimidad de sus viajes al trabajo. O las emisoras con las que visten sus esperas, la hora de comer, las escapadas de los fines de semana. Mucha gente acuna en el interior de sus guanteras a intérpretes como Ricardo Arjona o incluso trozos momificados del cadáver de Álex Ubago. Esa música construye sus vidas, de la misma manera que la Otra Música construye las nuestras. Invierten horas y horas al calor de esas progresiones de acordes básicos, esos arreglos con guitarra acústica, esas percusiones prefabricadas. Son su territorio emocional.

    Ustedes ya conocen la conclusión. Abran una ventana y contemplen los rostros que les rodean, casi como si se tratara de un mal remake de La invasión de los Ultracuerpos. Todos hemos sido jóvenes y hemos cometido errores imperdonables -algún amigo me señalará, para mi propio escarnio, que durante años yo llevé orgullosamente la camiseta de Amaral que tengo enmarcada en el ático del remordimiento, por no hablar de mi procesíón postadolescente por el infierno emocional de los cantautores- pero finalmente un chispazo de lógica nos invita a mirar más allá de la capa de materia adiposa. Háganme caso y miren por la ventana. ¿No notan ese airecillo de catástrofe cultural que se respira en el ambiente?

25.10.11

Cocaína, Apocalipsis y Pop. Dos discos sobre el fín del mundo


"It´s not the side effects of the cocaine/I´m thinking that it must be love"
(David Bowie, Station to Station)

   Hace cosa de un par de semanas estuve hablando con Raúl Pérez Iparra, amigo y músico, sobre los tránsitos entre cultura pop y cocaína, y ambos coincidimos en la fascinación que nos provocan dos discos apocalípticos y grabados en plena crisis física y existencial de sus creadores: el Station to station de David Bowie y el Antichrist Superstar de Marilyn Manson. Cierto que el embrujo de la dama blanca ha dibujado surcos y surcos que atraviesan a los Beatles, a Lou Reed, a los Depeche Mode o, ya puestos, al techno poligonero de la peor estofa - muchos recordaran el hit drogadicto rompepistas de baile intitulado, con un par, Como la cocaína.

    Curiosamente, ambos trabajos suponen extraños puntos de inflexión para sus intérpretes y sendas visiones sobre el final de los tiempos. Station to Station fue la negación directa del "plastic soul" que Bowie había ensayado en Young americans, y de hecho, se abría con una pieza megalítica y terrorífica de casi diez minutos de duración. También supuso el trampolín directo para la trilogía berlinesa con Brian Eno, un disco rarísimo y fascinante que incorporaba reflexiones inmisericordes sobre los media (TVC15) o la impresionante balada Wild is the wind, quizá una de las cimas desconocidas de la época del duque blanco. En contraposición Antichrist Superstar anticipaba la muerte artística de Manson, que después de su apoteósico canto de cisne futurista -Mechanical Animals- no volvió a levantar cabeza y arrastró la sombra de su personaje en una serie de resurrecciones menores. Entre ambos artistas, sirviendo de puente, la figura de Nine Inch Nails y la banda sonora de Carretera Perdida como el eslabón perdido, la pieza del puzzle que cierra un círculo de tiza caucásico y apocalíptico en el siglo XX. 

    Bowie ha reconocido en múltiples ocasiones que es absolutamente incapaz de recordar ni una de las sesiones de grabación de Station to station. Se encerraba desnudo en su casa norteamericana presa de una anorexia galopante con tintes ocultistas, encendiendo velas, estudiando la Cábala y esnifando sin parar todo lo que sus obedientes y satisfechos camellos le ponían bajo la nariz. Manson, por su parte, tenía ataques de llantos desgarradores en las tomas de Tourniquet que combatía puntualmente por vía nasal. Su hijo nacería en pleno proceso de grabación, pero estaba demasiado colgado como para darse un rulo por el hospital y hacerse las fotos de rigor con su chiquillo. Ambos hombres -ambos genios y avistadores del fuego- sabían que la creación musical les estaba robando la vida, y sin embargo, se ofrecieron en un delirante show autodestructivo a la verdad desnuda del micrófono. No nos pilla de nuevas. El propio Bowie lo dijo al final de Ziggy stardust: el profeta pop sólo puede morir decapitado y fagocitado por sus fans. Es carne pública para el otro, y su música es el festín distópico que alimenta a la masa enferma. Gimme your hands, cause you´re wonderful.

    La cultura popular siempre ha tenido en el apocalipsis uno de los más intensos compañeros de cama. No hay nada más pop que el 1984 de Orwell, ni nada más aterrador que los primeros segundos de Be my baby. Los ingenieros de sonido -Pérez Iparra lo sabe mejor que nadie- siempre andan detrás de un chispazo que le queme los dedos. Son entes extremos, coleccionistas de máscaras. Por eso Bowie/Manson encierran con precisión la fórmula del vacío. Toma dos discos como el Diamond dogs o el propio Mechanical Animals: son trozos que estallan, esquirlas, herederos de una política de la explosión total. So long, Marianne, Leonard Cohen escribió The future y lo dejó completamente claro: Otro Manson -Charles, en este caso- lo había leído con precisión en el álbum blanco de los cuatro de Liverpool. Estábamos en llamas, baby. Seguimos en llamas. El auténtico héroe pop sonríe a las masas en mitad de ciudades en llamas pobladas de extraños habitantes, mirando por ventanas llenas de polvo y rascaduras. 

    Frente a la pertenencia -la permanencia y la pertinencia- de los apóstoles del Apocalipsis Pop, toda esa otra materia adiposa de pseudoproductos culturales de sonrisa estudiada y pose indie de andar por casa. El fracaso sonadísimo de esas dos cantautoras reconvertidas en quiero-ser-un-clon-de-Russian-Red (véase Azahara y Vega) dice las cosas a las claras. El auténtico artista de nuestros tiempos es un artista de la autodestrucción, esto es, de la reinvención, esto es, de la mascarada y la bufonada en el baile del final de los tiempos. 

     Y en estas cosas, por cierto, andamos pensando mientras cae el otoño. 

  

23.10.11

WINDING REFN #04: "Pusher II: Con las manos ensangrentadas"


  La trilogía Pusher es un ejercicio de troquelado intelectual. Y también un salto incompleto a-la-Kierkegaard de la estética a la ética, de lo lúdico a lo íntimo, de la mostración a la seducción. La segunda parte es, contra todo pronóstico, la más interesante y compleja del pack, un puente entre los primeros desvaríos tarantinianos y la tremenda epifanía religiosa y artística de sus últimas propuestas.

   ¿Por qué Winding Refn decide recuperar a Tonny (Mads Mikkelsen), el yonqui estúpido y amable de la primera entrega, un yonqui-niño, un yonqui-ello freudiano en el que se notan las resonancias del Spud de Trainspotting? Porque nadie como él podría introducir el postulado ético en el universo del jaco, la mezcla entre Jaspers y el chutódromo, lo que en otro lado he llamado la "crítica de la razón yonqui". Pusher II está suspendida entre la imposibilidad de la autodestrucción y la imposibilidad de acercarse al Otro, un tema mayor de nuestro tiempo también dibujado por el mejor Gus van Sant o el mejor Wim Wenders. De un lado se encuentra el Otro, el Otro inocente cuya vida se aparece como una inmensa búsqueda de sentido. De mi lado, en contraposición, el cuelgue, el gramo de speed, el sexo fláccido, las deudas existenciales y económicas. El cine de Winding Refn es un cine de la deuda, un cine de la caída libre y del error irremediable.

   A partir de ahí, lo que el director propone es una traducción del universo yonqui al farragoso pantano de la tragedia griega. Es decir, un Coppola de camellos, putas y coches robados. Un Padrino protagonizado por Fredo, el hermano tonto, el yonqui tonto, el yonqui roto, el tonto y roto juguete de la buena y vieja Copenhague. Ni siquiera nos queda la fascinación de ver a un Al Pacino midiéndose contra el histrionismo de su compleja herida en busca del padre muerto. En Pusher II, el Otro -el niño recién nacido- importa más que el sistema de tránsito pulsional, se despega, obliga a mirar hacia un futuro no cíclico. El Otro salva del eterno retorno, porque se impone con su absoluta necesidad simbólica: dame un nombre, dame una identidad, dame un espacio para construírme. Donde Coppola se piensa casi lacaniano -el hijo quiere ser más allá del padre y tomar parte de una Ley, pero fracasa por un extraño deseo-, Winding Refn se impone extrañamente freudiano, esto es, humanista. O humano a secas.

     Por lo demás, Pusher II no puede pensarse más allá de las herramientas psicoanalíticas o de las herramientas éticas. Es un basurero textual, una masa amorfa de referencias estimulantes que entrecruzan el porno con Sófocles, el cine negro norteamericano de los setenta con el drama carcelario, el speedball con el hash. Incluso, puestos a llegar al final de la cuestión, parece un nuevo Cronenberg antes de que existiera el nuevo Cronenberg, pero sin esa pátina de autosatisfacción que parece empañar ligeramente Una historia de violencia o Promesas del Este. Por el contrario, yo me atrevería a sugerir que Pusher II probablemente le resultó a Winding Refn extremadamente difícil de rodar. Todo ese escombrero de referencias textuales que el director maneja con extremo cuidado no esconden su máscara, y bajo ella, una mueca de asfixia europea.

21.10.11

Elegía

 
Hoy no es un día de fiesta para España. No desplegaré ninguna bandera en el balcón, ni palmearé ninguna espalda. Hoy guardaré el silencio reverencial de la paz perpetua y el cansancio. No habrá guirnaldas, ni himnos, sino las manos llenas de ceniza y el corazón podrido de coleccionar nombres, recuerdos perdidos, océanos de pánico, funambulistas enamorados arrojándose en decenas de detonaciones, explosiones, insultos, muescas/muecas de odio.

    Mi tierra, esta tierra que mis pies pisan y que guardó mis amores y mis pequeñas luchas, luchas que no tienen ningún cadáver ni ningún cuerpo amputado, luchas ingenuas adolescentes de pasada la transición, luchas de aquel verano hace una eternidad y un día cuando los chicos del pueblo pillamos las motos gripadas y -sin casco y sin carnet- nos marchamos en silencio al pequeño ayuntamiento para pedir la liberación de Miguel Ángel Blanco. Desde entonces -y hoy más que nunca- he estado con las víctimas. Mis víctimas, las víctimas de este pequeño trozo de tierra ensangrentado y dividido, tierra de aullidos y de madres de luto, tierra de zarabandas y de a-que-no-hay-huevos. Hay otras mejores, pero esta es la mía, y le debo mis manos y mis besos, que si no han sido muchos, han sido casi siempre justos. Tierra de vientre abierto y parto victimario, tierra de cadáveres incrédulos que miran al cielo.

    Diréis que soy "de la caverna", pero hoy no me siento alegre. No tengo fuerzas para descorchar ninguna botella, ni para tomar ninguna calle. Quiero quedarme en mi habitación, escuchando el latir inmemorial y el zumbido de las conversaciones, recordar a los amigos que quedan tan lejos, amigos que me acompañaron siempre junto a las víctimas, amigos odiados, españolazos, un día te partimos la cara que la llevas muy alta, a ver qué vas diciendo españolazo, un día se te van a quitar las ganas de escribir contra nosotros, que somos el Pueblo. Ay, que miedo el Pueblo. Ay, que miedo el olor a pólvora y las detonaciones que llegué a escuchar desde la ventana de mi casa mientras mi madre planchaba en la habitación de al lado y en la primavera otros besos ya sabrían para siempre a sangre. Sangre y pólvora, tópico romántico.

    Los chicos del pueblo -con minúscula- no éramos valientes, ni sabíamos nada de política. Sabíamos que la vida estaba empezando, que las mujeres eran siempre una lejanía intraducible, que apenas dormíamos por las noches de amor y de derrota. Pero éramos justos. Lo suficiente como para comprender que ni el País Vasco era el enemigo ni el sustento de la revolución, como decía el Ché, tenía que cimentarse sobre la sangre. Claro que todavía era pronto y todavía esperábamos algo de las instituciones, de las ideologías, de los políticos. Ha llovido mierda y cal y pólvora sobre nuestras azoteas, pero hoy ese mismo sentido de la justicia me hace posicionarme aquí para recordar que no puede haber olvido ni perdón, ni buenas intenciones. Estamos cansados de muerte. Nos hemos tatuado los nombres de las víctimas en esa esquina del alma a la que no accede ni el Mercado, ni la Filosofía, ni la Conformidad.

   Diréis que soy "de la caverna", pero yo sólo noto este invierno brutal que ha caído de la nada y se me mete en los huesos recordándome que todavía soy un hombre y que, por lo tanto, no puedo olvidar a las víctimas. No voy a hacerme el gracioso en Twitter. No tengo ningún chiste brillante de 140 caracteres. No creo que nadie haya ganado nada. Como decía De Laclos: "Ya no me quedan ilusiones. Las perdí en el curso de mis viajes. Ahora sólo quiero volver a casa".

    Pero mi casa está arrasada y llena de cadáveres. Mi casa está llena de invierno y de miedo.

    Adelante, celebrad la gran fiesta de la democracia. Pero no contéis conmigo. Estaré fuera, fumándome un cigarrillo lento, amargo y compartido con todos los hombres buenos -y justos- que tuvieron menos suerte. Al final, esa ha sido la gran lección del terrorismo: hemos tenido suerte. La suerte suficiente para contener hoy un sollozo y negarse a celebrar ninguna victoria.

20.10.11

WINDING REFN #03: "Pusher I: Un paseo por el abismo"


   La trilogía Pusher puede ser interpretada como una exploración paulatina entre las redes subterráneas -los túneles textuales- que conectan la violencia con los restos de la loncha/modernidad europea que se terminó de esnifar el respetable en los últimos noventa y principio del milenio. También es un ejemplo de la evolución de un modo de representación propio que surge impactado/impresionado por las dos primeras películas de Tarantino y que se propone una cierta traducción nórdica, gélida, desapasionada. Pusher I es como Snatch, pero sin sentido del humor y sin sorprendentes vericuetos de guión. Más bien es un trozo de carne de gangster cocainómano congelándose lentamente en una ciudad podrida que ni se siente ni se padece como Europa. Y a partir de ahí, Winding Refn introduce la épica y la estética, el videoclip y la planificación a medio camino entre la fascinación postmoderna y el cinema verité.

    El imprescindible héroe masculino y quebrado de Winding Refn se mantiene más allá del sexo pero más acá del cuerpo, estimulándolo y poniéndolo a punto para una batalla interminable consigo mismo. Eso es, en esencia, Valhalla Rising y Drive, el pánico hacia el sexo y la sublimación de un amor siempre casto e intocable que, a decir de algún cómplice especialmente afilado (véanse los implacables tweets de Roberto Amaba al respecto) esconden una homosexualidad flagrante, galopante, y si me apuran, pseudonazi. Yo no comparto en absoluto su opinión, y antes me parece que los héroes célibes de Winding Refn tienen más que ver con un código incomprensible e indescifrable que fascina al director y que atraviesa todo el underground heterosexual (porque también existe) de parte del siglo XX: Ian Curtis no mantuvo relaciones sexuales con su amante, Annik Honoré. Algo hay también en los cuentos de Eric Rohmer, el héroe silencioso de Sergio Leone. La renuncia a lo sexual tiene un punto de pánico, pero también un punto de respeto sagrado, por mucho que el psicoanálisis no esté dispuesto a concedérnoslo. Después de todo, no hace falta leer a Zizek para saberlo: en el momento en el que se pasa por el catre, el objeto de deseo deja de ser especialmente interesante y se convierte en una materia adiposa sentimental que se queda pegada en la suela del zapato emocional. En una cierta narrativa -la narrativa a la que pertenecen Drive y Pusher I- la mujer es una puta que, pese a serlo (o quizá porque lo es), está demasiado lejos del héroe. En ella recae el misterio de la maternidad, pero también el misterio de un halo sagrado e inefable del que nada entienden las otras mujeres. Las que no son la heroína inyectable del cuento, las que no saben lucir los defectos con la mueca niña y desgarradora de Laura Dasbraek o de -ay- Carey Mulligan. Es algo que Tarantino nunca entenderá, porque para Tarantino la mujer es un falo enorme que habla y que asesina sistemáticamente. En Winding Refn, por el contrario, la mujer es como el rostro de Dios para una cierta tradición judía: pertenece al misterio, a un universo velado por capas de excitante fantasía, su verdad es tan demoledora que no puede ser accesible para el Hombre Común, y en el caso extremo (Moisés/el camello de Pusher I) ni siquiera para el Héroe.

    Winding Refn lleva a sus espaldas una cruz cristiana -quizá protestante- con forma de heroína contra la que intentó revolverse en Valhalla Rising pero que le acompañará durante toda la vida/toda la muerte. Donde Bergman incorporaba la conversación existencial a tres metros sobre el suelo, Winding Refn introduce un espasmo de yonqui y una ostia en la cabeza con un bate de béisbol. Pero ambos vienen a decir más o menos lo mismo: todo lo que duele el Otro, todo lo puta que es la vida cuando se pone puta, y lo efímero que resulta siempre cualquier paraíso. Las últimas escenas de Pusher I -la rave, el pánico, el universo estallando en miles de pedazos- anunciaban al cine europeo un nuevo tipo de cine. Un cine con olor a letrinas, a Kierkegaard sangrando por la nariz cortándose con un cristalito, a pásame el turulo, tronco, que mañana esto cierra y el amanecer, ya te digo, será implacable.

18.10.11

Sobre "Habemus Papam" de Nanni Moretti


  La polémica. Siempre la polémica religiosa, las carcajadas y las indignaciones al fondo de la sala. Siempre los dimes, los diretes, las curias, los callejones sin salida, el tremendo esfuerzo por no perder el Norte, el respeto, la escucha activa. Yo quería escribir sobre Habemus Papam por dos motivos: en primer lugar, porque ya se encuentra danzando por Internet una copia con subtítulos en castellano que acude a cubrir una de las -intolerables- carencias fílmicas de nuestro país. En segundo lugar, porque es una de las cintas más exquisitas, amargas, inteligentes e inmisericordes que he visto en los últimos meses.

    Y comenzaré por el principio. Habemus papam, contra lo que ciertos representantes del Vaticano han afirmado -sin verla, lamentablemente- no es ni blasfema, ni irónica, ni hiriente. No busca la polémica ni el chiste fácil, no se regodea en tópicos manidos, sino que trata al creyente con una sorprendente y desarmante sensación de cercanía y de respeto. Moretti no hace chistes fáciles sobre curas. Moretti no quiere hacer comedia italiana bufa de los setenta. Moretti es uno de los tipos más inquietantemente brillantes del cine de su tiempo, y de ahí que Habemus papam sea una película triste y hermosa, un drama sobre la religión y los hombres, sobre sus sueños y sus fracasos.

    Porque, hay que repetirlo las veces que sea necesario, Habemus papam no es una comedia. No hace gracia, ni pretende hacerla. Incorpora algún chiste Made-in-Moretti, algún guiño cómplice e inocentón, sin sangre. En su lugar, toda la cinta es una inmensa reflexión desoladora sobre la desconexión entre Dios y sus hombres, la bondad y la valentía, la Fe frente a la ciencia, el cuerpo y el alma. Es incluso una cinta decididamente teológica, con voluntad de diálogo, sin gritos, sin golpes, una reivindicación de la posibilidad de una Ecclesía sin miedo y sin oropeles, de un Dios pobre pero Todopoderoso, de una verdadera mesa de debate ente ateos, agnósticos, creyentes, hombres desilusionados, mujeres desilusionadas, propios, extraños. Moretti habla sobre Dios, pero sobre todo, habla de los errores de los hombres y de su capacidad para pensar más allá de los corsés de la tradición. Sin destruírla. Sin quemar iglesias. Sin disparar en la cabeza de nadie. Hablar sobre el perdón, perdonar los actos y las palabras, compartir precisamente aquello que nos separa.

    Ahora bien.

    Ahora bien, el problema de Habemus Papam es, precisamente, que funciona como esas cartas lacanianas que nunca llegan a su destino y van pasando de mano en mano hasta volver a la casilla de salida. El Vaticano, en lugar de condenar y demonizar la cinta, tendría que haberla visto y habérsela tomado con toda seriedad: con la seriedad que impone un director (ateo, marxista) que les ofrece la posibilidad de discutir sin caer en los tópicos. Un director que les tiende una mano hermosísima y artística, más allá del panfleto. Carta triste sin destino, porque nadie dará la cara, nadie pronunciará una palabra sólida, nadie defenderá la posibilidad de la concordia real entre ciudadanos de Occidente. Y eso resulta asquerosamente clarificador, demoledor, asfixiante. Imaginemos un mundo ideal en el que, como actividad recomendada de las JMJ, se hubiera proyectado la película y se hubiera dado la oportunidad a los asistentes de colaborar, esgrimir, posicionarse. Un acto democrático de escucha al Otro y de construcción de identidades sociales y religiosas. Ustedes dirán -y con razón- que los críticos no religiosos apenas han prestado atención a La última cima o a Alexia. Pero ese debería ser precisamente el elemento diferenciador. El quiz de la cuestión. Lo que Moretti propone está en las antípodas de Malick, y sin embargo, encuentra resonancias, puntos de contacto y puntos de ignición.

    Sin embargo, mucho nos tememos que la mirada de Moretti quedará suspendida, in media res, sin respuesta activa por parte del Vaticano. Y así, una de las cartas más brillantes y afiladas quedará sin respuesta, sin acuse de recibo, carta atea flotando en un mar de gritos y de lamentos, carta que podría haber demostrado la inmensa capacidad del cine para debatir y para reflejar estados de ánimo, temores y temblores.

    Al menos, su director ha sido valiente y lo ha intentado. Pero a la luz de lo que ocurre en las calles, quizá ya ni siquiera sea suficiente. Quizá la discordia entre existencia, ciencia y Fe quedará por el momento interrumpida hasta que alguien se atreva a volver a decir que el Pueblo atraviesa un profundo momento de duda, y que la peor manera de solucionarlo es dándole la espalda y pasando a otra cosa.

16.10.11

WINDING REFN #02: "Drive" (2011)


  Cada día me asombra más el cine de Winding Refn. Es un artesano del tiempo, un hombre obsesionado en su búsqueda cinematográfica, una especie de mezcla entre Corbijn y Gaspar Noé. Drive se presentó en el último Festival de Cannes y, en el momento de redactar estas líneas, no tiene su distribución prevista en España. Por otra parte, nuestro público patrio ya está muy cabreado con El árbol de la vida y probablemente no esté dispuesto a tolerar otra salvajada indie en sus minisalas.

     Drive, en todo caso, no es una película de Cannes. Si acaso, del Cannes que se atrevió a premiar Pulp Fiction en su momento, o del Cannes que a veces escapa de las tentaciones de endiosar a la cinematografía emergente de turno. Drive, de hecho, está casi en la antítesis de Cannes, convirtiéndose en una fábula amarga y norteamericana, una especie de pesadilla en LA, un remake para gafapastas de The Fast and The Furious. Me gusta esa idea: cambia el montaje epiléptico por un respeto absoluto del uso del tiempo, a Vin Diesel por un tipo atormentado (mitad cowboy y mitad personaje silencioso/aterrador habitual-Winding Refn), a la jamona asiática embutida en cuero por una desastrada y hermosísima Carey Mulligan y ya lo tienes. Todo lo que falla la saga del Tunning, lo acierta el director nórdico: la trama, los personajes, el uso de la tensión, la dirección de arte, la armonía, el caos, la destrucción, la insinuación... Drive se insinúa en lo sexual y se muestra en lo violento, roza lo kitsch antes de sumergirse en una fosa séptica de horror, tiene un cierto puntillo Lynch, un cierto puntillo Cronenberg, pero no traiciona los anteriores trabajos del director. Es una pequeña joyita, un destello entre el melodrama y el gore. The Fast and The Furious + Lynch + Douglas Sirk. No me negarán que el combo es, por lo menos, interesante.

    No es -al contrario que la apocalíptica Valhalla Rising- un ejercicio de malabarismo y onanismo extremo. Tampoco pretende contar gran cosa, ni convencer a nadie de nada. No se escuda en la cháchara pseudofilosófica, sino que vende la posibilidad de un telefilme con clase, un thriller ochentero con estilo, una historia de cuernos y tiros que se pueda vender en la sección de "Cine de autor" de todas las Fnacs del mundo. Uno disfruta viendo a la Mulligan con cartucheras, fea-pero-guapa, una especie de cajera del Mercadona de Los Ángeles, chiquichoni arrepentida, niña tuneada a la que uno le intuye una adolescencia de muchas drojas, de Tuenti y de fotos retocadas llenas de palabras como "AmoReeHH". Luego está el bueno de Ryan Gosling, el nuevo superhombre silencioso, Dios del volante y de las ostias-como-panes, Van Damme cruzado con Sartre, casi siempre a un paso del ridículo pero saliendo airoso. La cosa tiene miga, y la pareja tiene una química extraña, feota, química poligonera pero en plan indie, Fiesta Fabrik con temas de Björk, cosa raruna pero excitante. 

    Winding Refn mola. Es así de sencillo, así de pueril y así de fácil. Winding Refn es el puto amo de la (post)modernidad nórdica. Si hubiera sido español ahora estaría en el Proyecto Hombre o descargando camiones en Mercamadrid. Pero no. Winding Refn es nórdico, es postmoderno, es contundente, es turbio, sabe rodar y no ha entrado casi en el mainstream. Winding Refn mola.

   (Esaaaaah Carey Mulligan Rexulonaaa to GuApa del PoligonOoOoH!!! TQM CaReY!!!)

11.10.11

Elecciones 20N: Apuntes con ruido y furia desde R´lyeh


    En los noventa -puede que todavía a principios del milenio- yo creía en la política. Apasionadamente. Creía en el compromiso, la acción inteligente, el diálogo, la búsqueda. Me metí entre pecho y espalda parte de Marx, algo de Althusser, toneladas de bibliografía "oficial" distribuída por el PCE, escribí en Mundo obrero y -como me dijo con bastante sorna y algo de razón Mr. X en una cena hace unos meses- sólo me faltó correr delante de los grises. Pero en mi época -gracias a Dios- no había grises. Seguían lloviendo golpes, y la vieja guardia nostálgica quería sentarnos en sus rodillas para recordarnos, ay, que con Franco se vivía mejor y había menos delincuencia. España siempre ha sido una película de terror.

   Hoy, el 11 de octubre de 2011, pido tu voto para Cthulhu.

   Hoy, el 11 de octubre de 2011, desayunando, escucho a una buena mujer decirle a la camarera: "Del grupo del camping, las que estamos en el paro nos vamos hoy a echar la primitiva al polígono, que me han dicho que hay un sitio detrás de la colchonería que siempre toca, ya lo verás..."

   Hoy, el 11 de octubre de 2011, me duele España en el pulmón y me tumbo en un esquinazo de mi ciudad a imaginar todo ese vals lumpen-proletario que me escocía en las costuras del alma cuando los 16, las manifestaciones heróicas, el puño en alto, la tramoya de la revolución antes del Ipod. Fumo en silencio y tengo una nostalgia que es como una ceniza de ideología purísima. Porque -hay que recordarlo- hubo revolución antes de Steve Jobs, y era una revolución adolescente y desquiciada, una revolución agit-prop, una revolución en el que creíamos tanto en la Humanidad que nos inyectábamos en vena el libro rojo de Mao y después bebíamos vino barato emitiendo enormes carcajadas.  Más tarde, llegó León Felipe y dijo: "Viva Cristo Rey, la revolución ha fracasado". Mi generación sin generación, mi revolución sin ideología, mi país zafio, turbio y desmemoriado, mis políticos con piel de lagarto viejo que sacan la lengua y se rascan el bolsillo.

    Las cárceles, vacías de canallas, son museos desgastados de esta Historia que me duele.

    España hoy tiene la cara encharcada de purísima rabia y un pecho abierto por el que asoma toda la vergüenza de este mundo. Nos robaron la ilusión, y a lo peor, realmente nos convencieron de que la masa era esa colección de individuos desmemoriados y estúpidos que babean al compás de los televisores. Tengo miedo. ¿Y si lo son? ¿Acaso podrían ser otra cosa? ¿Mama chicho me toca es el primer banco de la nueva banca? Què volen aquesta gent que truquen de matinada? ¿Mandamos un sms al 4477 con la palabra REVOLUCIÓN para entrar en el fantástico sorteo de un Ipad? ¿Iremos a las catedrales a besar el brazo incorrupto de Steve Jobs, que estás en los cielos?

    Hoy, el 11 de octubre de 2011, pido tu voto para el Cthulhu.

    Con la cultura destrozada, los sistemas de sanidad pública a punto de convertirse en una anécdota del pasado, un índice de paro que ríase usted de Shub Niggurath, lo único que nos queda es esperar a que el miedo, la intolerancia, las posturas beligerantes que impone la Inquisición/Corrección Política y la falta de energía nos lleven a un (nuevo) callejón sin salida. El Cthulhu me saca a bailar un pasodoble agarrado y lúbrico, en esta ladera de España que a veces parece Innsmouth y otras veces parece Arkham, y en las últimas luces del ocaso, parece R´lyeh pero con luces de verbena, barquillo, pandereta y mazapán. Quiso Dios, con su poder/fundir cuatro rayitos de sol/ y hacer con ellos una mujer.

    Háganme caso. Voten al Cthulhu. Después de todo, cordura y esperanza política ya nos queda poca, poquita, poca.   

9.10.11

Crítica: "Intruders"


  Había algo en la última cinta de Fresnadillo que sonaba a crónica de una muerte anunciada casi desde su promoción. No se trata únicamente del desigual ritmo con el que la industria española está produciendo en cadena películas de terror sobrenatural, sino un cierto tonillo a quiero-y-no-puedo, un look telefilm Antena 3 en el que la cara de Clive Owen parecía casi insertada por Photoshop. La dirección de arte, por ejemplo, parecía una mezcla entre lo peor de La herencia Valdemar y una TV Movie yanqui.

    En España sabemos que el terror puede dar pasta. Atrae a masas de adolescentes, hordas de poligoneros que hacen parada y fonda en la minisala antes de salir disparados hacia el botellón de sábado por la noche. Además, el público objetivo compra palomitas y fanta para compartir, fanta fresquísima de pagafantas hispánico que emite sonoros y satisfechos eruptos primigenios cada vez que el monstruo de turno sale en pantalla. Intruders es un anuncio de fanta, un Visite nuestro bar, una turmix de rostros vagamente conocidos y sosos, rostros aburridos de actores cansados en horas bajas. Pilar López de Ayala y Daniel Brühl, rostros avejentados que se proyectan en widescreen mientras los poligoneros eruptan y hacen ruido con sus palomitas. El terror está dentro de la sala, no en la pantalla.

     Intruders es una cinta banal, recalentada, un mal plato preparado de la sección de congelados del Mercadona otoñal -no muy lejos de la repisa de las fantas-, a la que uno desemboca por aquello de mantener las cuotas semanales autoimpuestas de asistencia a las salas. Pero importa un bledo. Le sobra una hora y media de metraje, le sobra diálogo, le sobra impostada originalidad y le sobra truco de magia. Por no tener, no tiene ni la voluntad de contar algo interesante, una cierta historia, ofrecer una cierta idea. Es película sin película, trama sin trama, dirección sin dirección. Cine de terror light y bajo en calorías, palomita rancia sin estímulo ni belleza, interiores mal iluminados, puntos de giro inverosímiles. Fresnadillo no es Stephen King y no recuerda nada de su propia adolescencia o de su propia infancia. Qué pereza. Las monedas con las que pagué la entrada se deben de estar oxidando en el cajón de las minisalas, oxidadas de puro tedio y de anomia fílmica. No dan ganas ni de indignarse.

     ¿Qué sentido tiene filmar una historia sin historia? Un rostro en la pantalla -el rostro de Clive Owen en los primeros dos minutos de Plan Oculto, por ejemplo- tiene siempre una materialidad fascinante, una textura hipnótica que promete secretos y sobresaltos, dimes y diretes. Fresnadillo anula los rostros de todos los protagonistas, son el CaraHueca terrorífico pero a nivel actoral. El monstruo, generado en un 3D de andar por casa, tiene más personalidad que todos los protagonistas vivos juntos. Sería interesante que alguien le obligara al director a explicar, por ejemplo, qué narices importa el personaje de Héctor Alterio. La respuesta es obvia: nada. Nada en absoluto. Ningún personaje dice nada, ni hace nada, ni transmite ninguna emoción. Todos comen palomitas rancias y mean fantas-sabor-auténtico-coñazo. Son un mala digestión creativa, una promesa de todo ese metraje que se quedó en la sala tirado por el suelo, una buena idea de guión que naufragó hasta despeñarse en un océano de nachos con queso.

    Quizá Intruders sea ese tipo de cintas que Boyero sueña para la industria española. Cintas para el público, hacia el público, pero sin el público. Despotismo cinematográfico ilustrado e insoportable. Quizá a Boyero le haya gustado, o le haya parecido mejor que Los pasos dobles. Su mérito, sin duda, no es haber aportado nada a nuestras pequeñas vidas. Sin embargo, los vendedores de plástico en forma de comida y agua sucia en forma de bebida gaseosa tienen que estar encantados. Quizá, quién sabe, le pagarán la próxima cinta a Fresnadillo, en plan buen rollo. Tenemos que vender fantas, muchacho. Tenemos que vender fantas mientras el chiringo aguante.

6.10.11

Lars von Trier: En el final, no fue el verbo


   Von Trier, niño roto e hijo imprevisible y barroco de la (post)modernidad, ha llegado a la conclusión que atraviesa todo su cine: no hay lenguaje. La palabra es una cosa demasiado seria, hace demasiado daño o puede prenderle fuego al interior de los sujetos. El acto de aniquilar brutalmente la última nota de Björk en Dancer in the dark. El acto de intentar injertar simbólicamente una palabra en el cuerpo de la esposa herida en Anticristo. El acto de gritar y ahogarse hasta la angustia más intolerable en los minutos finales de Epidemic. Von Trier está aterrorizado ante el poder definitivo de la Palabra, siempre lo ha estado, siempre suspendido de un hilo violento sobre el abismo de la pulsión.

    ¿Para qué sirve la Palabra? Para construír el mundo. Para frenar el torrente total y aniquilador de lo Real. No creo en el Lacan casi final que parece mofarse de la dimensión simbólica. No creo en sus discípulos. Es imposible entender el drama de Von Trier sin el primer Lacan, de la misma manera que es imposible entender la pasión de Tarkovski sin el último Dios Alfa-y-Omega del Apocalipsis.

    Entre Von Trier y el Holocausto, la palabra prostituída y convertida en estupidez pura. Entre el Holocausto y Von Trier, la presencia de la víctima y la humillación que atraviesa toda su filmografía. Grace destruye Dogville en una celebración de pólvora y pulsión, se convierte en el ángel justiciero que no tuvo el Holocausto, sueña una Historia/histeria que Occidente nunca tuvo. Auschwitz derruído hasta los cimientos es el Dogville polaco sin la redención de la víctima. ¿Qué le queda al superviviente? Únicamente la palabra. Incluso -como Elie Wiesel dijo- la tiene para afirmar que no tiene palabra alguna. Incluso -como Amery dijo- la tiene para afirmar que sólo tiene culpa y remordimiento. Von Trier se ha arrancado a sí mismo la palabra, convirtiéndose en el ejemplo absoluto de la coherencia entre obra y creador, entre angustia e Historia. El silencio de von Trier es un silencio necesario, y además, honesto.

     Por supuesto que en el cenagal de la vergüenza queda toda esa cháchara que ha dejado atrás, esa imbecilidad, ese resto-de-goce-pringoso que lanzó en Cannes contra la prensa mundial. Pero von Trier es su cine, un cine inmenso y lleno de esquirlas, y no ese personaje público (esa máscara bufa) que se acostumbró a pasear por los escenarios mediáticos del cine de autor en busca de aceptación, sorpresa, amor. Von Trier/persona no tendrá más amor que el de su silencio o el de su miedo. Von Trier/director es un coloso que se desgarra interiormente y expone su bilis ante el objetivo de una cámara. Von Trier/obra es Europa entera, nunca ha dejado Europa, y cintas como Dancer in the dark, Dogville o Manderlay hablan mucho más de nosotros que de Estados Unidos. Todo es culpa y dolor, y todo está infectado por el lugar del verdugo. Todo fluye en el interior del verdugo. Sobre todo una mala palabra.

    Von Trier, al cerrar la puta boca, ha devuelto a su figura una dignidad que nadie esperaba. La paz merecida. La pregunta, por supuesto, es si será capaz de aceptar su propia salvación o, por el contrario, defraudará las esperanzas puestas en el inmenso poder de su desaparición de la escena pública.

3.10.11

Show me the money, Fernández Mallo!


   La exquisita viuda de Borges, hinchada de gloria, limonada burguesa y oropeles taiwaneses, ha exigido la retirada inmediata del mercado del soberbio El hacedor (de Borges) Remake, de Fernández Mallo. Su dictámen deja un hálito a pachuli rancio, y sobre todo, deja huérfanas de crueles carcajadas a las futuras generaciones de lectores. La exquisita viuda de Borges olfatea el pánico, la pasta ajena, y se monta una revolución typical spanish (¿qué hay de lo mío?) que dará mucho que hablar, que comer y que mamar en los mentideros de la literatura.

   La herida sangrante del costado de Borges es la herida misma de la literatura, y Fernández Mallo se atrevió a jugar a Parsifal pasando por la casilla de la postmo. Eres tan bonita que no te lo van a perdonar, que cantaban La cabra mecánica, y en este bendito país ya tenemos demasiados escritores que huelen a chaqueta usada de miliciano, a cebolla pobre de la planicie castellana, a sexualidad forzada y encajonada en tópicos de la Transición, o por supuesto, a sonrisa profident y lifting tras el cátering del mediodía. En este país ya tenemos una literatura generalista de mierda, así que lo razonable es retirar los libros de los buenos escritores, inventarse un pleito por aquí o una amenaza por allá, hundir hasta la fosa séptica del verbo a los valientes y obligarles a volver a sus guettos de literatura independiente, ediciones baratas y mal encuadernadas, editores interesados que si no hay subvención no publican y distribuidores que fingen no escuchar lo que ocurre.

    Pero ocurre.

    Ocurre tanto que los tímpanos de la antigua señora de, al bajarse del BMW para ofrecer un vino español en la presentación del último expolio de su difunto, sufre de pronto una contractura psicológica, un mareíllo otoñal cinco estrellas, y reconvirtiéndose en la inolvidable Thatcher, golpea con su puño delicado pero firme la mesa del contable y deja escapar un muy sincero: Show me the money! Borges-Visa Express, no salga de casa sin ella.

    Cada vez que me hablan de herederos, me llevo las manos a la pistola. Borges comprendió el Afterpop antes que nadie, pero nadie ha comprendido del todo a Borges, y así nos vamos dando golpes de un lado a otro del tarro de Nocilla española, elemento nutritivo para grandes y pequeños, huérfanas, viudas, restos excrementales pasolinianos, antiguos luchadores del sumo literario que iban para estrellas pero se quedaron por el camino. Fernández Mallo asciende al Parnaso Punk entre acusaciones y purísima envidia, y los gafapastas le llevamos en la cartera como el Patrón del Posible Underground. Pero el Afterpop no será televisado, y nuestras ansias de ver al escritor convertido en poster desplegable de la Private/Qué leer tampoco serán satisfechas.

    Se me han quitado hasta las ganas de leer el último libro de Boris Izaguirre con el disgusto.

(Si alguna vez han pensado en cruzar a Yoko Ono con la niña de The Ring....)