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21.10.15

Apocalipsis pop! s01x04 : Nombres clave en la historia del Festival de Sitges

Festival de Sitges

Ya disponible la cuarta edición de Apocalipsis pop! con algunos de los nombres más granados que han pasado por la historia del Festival de Sitges. Escuchas y descargas en la plataforma Ivoox mediante este enlace.
Aquí va la set-list del programa:

Francisca Valenzuela - Prenderemos fuego al cielo.
Goblin - Profondo rosso
Michael Nyman - Lady in the red hat
Stealers Wheel - Stuck in the middle with you
Linda Scott - I´ve told every little star
Leonard Cohen - Waiting for the miracle
Kelichi Suzuki - Finale

(Por si alguno se preguntaba qué ha pasado con la tercera edición del podcast, el especial dedicado a David Gilmour, se puede encontrar tal que aquí).

13.10.12

"Keyhole" de Guy Maddin

Guy Maddin

Punto de partida:
Teorías de Linda Williams: Concepto de body genres: Películas que exigen una respuesta física concreta del espectador. Es el cuerpo el que mira la cinta. La recepción del texto depende de lo que el cuerpo emite, de su dolor, de su angustia principalmente física. La cinta emite un estímulo que el cuerpo convierte en reacción física/química concreta: una lágrima, una erección, circulación de la sangre.

Guy Maddin


Habitación #01:
Mi cuerpo mantiene una extraña relación con las cintas de Guy Maddin.
Por ejemplo: ardor de estómago, sensación de angustia, dificultad para respirar.
Mi cuerpo se somete frente a la cámara de Maddin, se somete a una deslocalización total de los ejes narrativos, de los ejes estéticos, de cualquier garantía de sentido y tradición en el texto. El referente inmediato es el Lynch de Inland Empire, pero Maddin hace quizá más daño porque sus historias son toda la Historia (esto es, el Edipo).

Habitación #02:
Keyhole es:
a) Como que hasta los huevos del MRI y vas recortando todo aquello que sobra en el discurso y los elementos "exquisitos" del viejo Hollywood, todo eso que tenemos derecho a odiar en silencio y en privado pero nunca en los foros del cine, lo destilas, lo destilas, lo destilas.
b) Lamer amorosamente una colección de fotografías pornográficas reveladas en mate enviadas por la mujer amada.
c) Abandonar la ciudad bajo la lluvia y llegar a la habitación del hotel y quitarse la máscara y no encender un cigarrillo y no mandar ningún mensaje y no escribir nada y no perder la paciencia y quedarse gélido mirando el papel de la pared recordando lo mucho que odiamos en lo profundo a nuestra familia y no poder dormir y no poder dormir y mirar todos esos objetos estúpidos e intolerablemente feos que decoran una habitación de hotel [un cuaderno, un bolígrafo, un secante, un minibar con la madera astillada, un pelo anónimo sobre una sábana, una silla en la que nadie se ha sentado nunca excepto una cuarentona que acudió a un congreso de oncología y pensó en cómo divorciarse de su marido y qué iban a decir los niños, el cartel de no molesten] y no poder dormir, queda dicho.
d) La cultura griega por la cultura griega en plan cómo me flipa La odisea pero en el fondo te la suda y saqueas un rastro estúpido de cualquier cultura (un hombre crucificado, el nombre de una diosa [en plan mucho Ulises pero Calipso se quedó llorando en su habitación con cara de gilipollas porque no entendió que al final de lo que se trata siempre es de otra cosa, no es sexo anal, es regresar al Hogar, y el Hogar está en otra parte que nada tiene que ver con lubricidades ni bolas chinas], la RKO de los 40...) cuando la cultura está muerta y es ese bonito felpudo en el que nuestros hijos, probablemente, depositarán amorosamente las heces de los perros pisadas por la calle

Guy Maddin

Habitación #03:
De lo que Keyhole es radicalmente infinita porque habla de lo único que realmente merece la pena hablar.
Fantasmas, claro.
Fantasmas que trepan por el interior de las venas y habitación cada centímetro de cada mansión y acaban convirtiéndose en la herencia misma del cinematógrafo. Calipso con cara de gilipollas que retorna a la cama en la que Ulises le enseñó a practicar el Fist Fucking y se introduce un cartel de no molesten en lo más profundo de su sexo en blanco y negro. Por supuesto que el cine está muerto -nació quizá muerto, como el arte de los muertos y la voz y la mirada y el tacto y la eyaculación de los muertos-, pero Maddin maneja esta vieja tabla ouija como Dios y nos somete,

somete mi cuerpo de espectador, la mandíbula desencajada, los ojos bien abiertos, el profundo ardor de estómago ascendiendo lentamente minuto a minuto a minuto de metraje ante por ejemplo:
a) su incapacidad para mantener un plano más de tres segundos
b) su intuición para rodar cada plano exáctamente cómo debe ser rodado
c) su necesidad de ser, en el sentido más puro y verdadero que imaginarse pueda una noche de sábado de 2012, un auténtico y portentoso creador de imágenes.

Punto de llegada:
Maddin ha desmontado a Homero y a William Wyler por la vía del romanticismo descabellado, de un laberinto en el que el Freud más desesperado necesita ser alimentado cada año con siete doncellas. Un Freud aterrorizado ante el rostro descompuesto de un padre descompuesto ante el rostro descompuesto del hijo en los que el cuerpo carnal y hermosísimo de la Rossellini remite al rostro descompuesto de su madre en los altares de la pútrida cinefilia, Rick Blaine nunca sodomizó a Ilse Laszlo pero Lynch ha llegado a ese rincón de la psique que sólo se explica como el rostro pútrido del deseo sádico.
Esto es, Maddin enhebra de nuevo su pesadilla y rueda una cinta de terror que demuestra los distintos grados de desesperación en las cosas, en los objetos, en la memoria, en el cuerpo. En cada cuerpo. Body genres.


12.10.12

Me @ the zoo

Chris Crocker

  Hace cosa de un par de años se estrenó en Documentamadrid uno de los documentales que más me han impactado como espectador: Because we are visual. Formado como un inmenso Frankenstein a partir de pedazos saqueados de distintos canales de Youtubes, Vlogs, confesiones de propios y extraños, el tapiz 2.0 de los belgas Claes y Rochette funcionaba como una perfecta pieza de relojería audiovisual, narrativa líquida y sensaciones más o menos rizomáticas. En cierto sentido, Me @ the zoo puede ser leída como la continuación lógica, el siguiente paso en ese necesario debate entre las redes sociales y lo que queda de ese cadáver exquisito llamado cinematógrafo.

    Verán, cuando yo tenía 14 años me compré una gabardina.

    La cosa es algo más compleja de lo que parece. La culpa la tuvo una emisión de Casablanca en Telemadrid a las tantas de la madrugada. Yo -como tantos otros- descubrí el amor y el desamor al mismo tiempo. Aquel otoño no paraba de llover, le pegaba al Roacután, lucía una endodoncia modelo Francis Bacon, el mundo era la pesadilla que un Dios lunático se había inventado para putearme. Pero llegó Casablanca y decidí, con una ingenua madurez que hoy me sigue pareciendo aplastante, que debía convertirme en Rick Blaine. Y me compré la gabardina. Llené mi habitación de fotos de Ingrid Bergman y de Lauren Bacall -alguna todavía me saluda, cuando vuelvo de visita a casa de mis padres, desde el ángulo oscuro- y cada viernes, puntualmente, antes de salir a la soledad de la adolescencia pobre, me calaba la gabardina.

   Me @ the zoo trata de Chris Crocker, otro chaval que frisando los 12 o así decidió con una ingenua madurez que debía ser Britney Spears. La diferencia es que Crocker tenía un canal de Myspace y pronto ganó millones de seguidores. De la misma manera en la que yo intenté metamorfosearme en una vieja estrella muerta del cine clásico con tal de no ser simplemente el heterosexual con ínfulas de intelectual maldito en un barrio deprimido, Crocker decidió convertirse en un clon de la diva del onanismo teen Baby-one-and-one-and-one-more-time con tal de no ser simplemente el homosexual inadaptado con ínfulas de Drag Queen en pleno cinturón de la Biblia estadounidense. Ahí es nada. La cinta, arropada por la HBO y estrella rutilante de los festivales de Sundance y Sitges, es un hermoso cuento sobre la madurez, la decepción, la relación que mantenemos con nuestros ídolos, el dolor y la gloria del malditismo, el placer del underground, el sexo, la libertad, la puesta en escena y la farsa.

     Crocker es el muñeco roto de un nuevo modelo de negocio/espectáculo a medio camino entre el cuarto oscuro y la barraca de feria. Pero también es el guerrillero que se alza coronado con una única pluma celeste contra el concepto de normalidad que hemos heredado de las rígidas categorías conceptuales éxito/fracaso de la modernidad. Como un trasunto del Bowie/Glam en pixelado, hijo y nieto de putas profundas y americanas, Crocker se arranca un destello de frivolidad y lo enarbola junto al cuero y la leche derramada en sus horrendos videoclips-caspa de purísimo combate. Robin Wood nos recordaba a los heterosexuales en su segunda etapa crítica que las herramientas políticas queer no eran simplemente un fetiche hortera, sino una ametralladora de la que podíamos/debíamos valernos si realmente aspirábamos a una revolución más o menos global. De ahí que Crocker me inspire una suerte de simpatía lejana, una empatía hacia su profunda y brillante estupidez, un reconocimiento de/en sus cicatrices.

    Por lo demás, Me @ the zoo hace hincapié y realiza una precisa disección de ese síntoma total de nuestros convulsos tiempos que ha resultado ser la virtualidad completa. Virtualidad del cuerpo, pero también de los recuerdos que, contra todo pronóstico, a veces se quedan anclados en Youtube o en otras plataformas online más allá de lo que la buena educación y los juegos sociales nos recomendarían tolerar. La primera chica, la que me enseñó a caminar aferrado a mi gabardina bajo la lluvia de Ciudad Lineal, me envió hace cosa de seis meses un video por Vimeo desde un lejano país del norte de Europa. Junto a ella, un bebé pixelado parecía clavar sus ojos de cyborg en ninguna parte. Es feliz, por si quieren saberlo.