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22.1.16
Apocalipsis pop! s01x13 : Una carretera perdida que acaba en Elm Street. Pesadillas #01
En el "Apocalipsis pop!" de este viernes, hacemos una escisión completamente loca entre dos maneras de representar lo cinematográficamente pesadillesco: mitad del programa dedicado al bueno de Freddy Krueger, mitad del programa dedicado a "Carretera perdida". En efecto, Patricia Arquette y Angelo Badalamenti son los dos conectores, las dos figuras clave que han repetido en ambas escrituras fílmicas y, por lo tanto, que generan esas caóticas y paranoides conexiones que tanto nos gustan.
Así que, amigos del terror nocturno, en esta primera edición a propósito de las pesadillas, podrán encontrar nada menos que a...
01. Dokken - Dream warriors
02. The Fat Boys - Are you ready for Freddie?
03. Goo Goo Dolls - I´m awake now
04. David Bowie - I´m deranged
05. Rammstein - Heirate mich
06. Antonio Carlos Jobim - Insensatez
¡A disfrutarlo!
21.10.15
Apocalipsis pop! s01x04 : Nombres clave en la historia del Festival de Sitges
Ya disponible la cuarta edición de Apocalipsis pop! con algunos de los nombres más granados que han pasado por la historia del Festival de Sitges. Escuchas y descargas en la plataforma Ivoox mediante este enlace.
Aquí va la set-list del programa:
Francisca Valenzuela - Prenderemos fuego al cielo.
Goblin - Profondo rosso
Michael Nyman - Lady in the red hat
Stealers Wheel - Stuck in the middle with you
Linda Scott - I´ve told every little star
Leonard Cohen - Waiting for the miracle
Kelichi Suzuki - Finale
(Por si alguno se preguntaba qué ha pasado con la tercera edición del podcast, el especial dedicado a David Gilmour, se puede encontrar tal que aquí).
1.10.14
Escrituras : Boyhood/Inland Empire
El cómplice Francisco López nos anda regalando estos días una suerte de traducciones/reflexiones sobre las Notes sur le cinématographe de Bresson. La de hoy, concretamente, reza:
«EL CINEMATÓGRAFO ES UNA ESCRITURA CON IMÁGENES EN MOVIMIENTO Y SONIDOS.»
La idea de la escritura cinematográfica siempre me ha fascinado. De hecho, la idea del enunciador fílmico como trazo me sigue pareciendo una de las claves para llegar al corazón de la experiencia cinematográfica. Una escritura del tiempo, en el tiempo, también hacia el tiempo.
De ahí que una de las muchas cosas que me fascinan de Inland Empire es precisamente su trabajo delicado, abierto pero de profunda precisión sobre las esquirlas del tiempo y de la imagen. Nada como ese trabajo de Lynch, un hombre que cobija cuidadosamente en el interior de su disco duro una serie de fragmentos de lo real durante cinco años y después reinventa una forma para hacer que esa experiencia personal hable, se pronuncie de sí misma y sobre su propio gesto.
En contraposición, me sentí extrañamente perdido en el hype de Boyhood. Desconfío por naturaleza de los tipos que presumen de sus habilidades sexuales, de las tipas que presumen de su sensibilidad, de los perfiles de Facebook que presumen de sus éxitos y de las películas que se auto-ofrecen como obras maestras. El gesto de Linklater -remotamente interesante, razonablemente cuidado- no es sino la capacidad para sostener el lápiz de la escritura fílmica, mantener el lápiz del tiempo durante -valga el juego de palabras- el mayor tiempo posible. La diferencia, por supuesto, es la ordenación, la forma, la aceptación de las erosiones del tiempo sobre el trazado escrito.
En Boyhood no hay necesidad de inventar forma alguna porque prácticamente todo el film está preso en su propia fascinación por narrativizar de manera amable el paso del tiempo. Los personajes han sido arrancados del discurso neoliberal más conservador imaginable, y en buena lid, no necesitan más que una serie de angulaciones y cortes de edición directamente calcados del Modo de Representación Institucional. La vida no emerge del montaje, sino que se impone por el gesto asfixiante de su paso, por los referentes que maneja, por esa extraña y cada vez más sonrojante manía de ocupar el trono de profeta generacional.
Sin embargo, el tiempo -ya lo sabemos por Bergson- es otra cosa. El tiempo es el atravesamiento de la duración, y sólo desde esa duración se puede generar una escritura propia. El tiempo es una suma de pasados que nunca existieron, y por eso la forma fílmica momifica pero también escapa de cualquier atisbo de objetividad. No es científica, o al menos, no puede sellar de manera rigurosa el pasado y anudarlo en torno a un único amor o a un único destello de belleza. El tiempo del cine no es el tiempo de la ciencia, sino el tiempo proustiano de lo vivido y por eso me resultó extrañamente mentirosa esa foto promocional de Boyhood con los rostros perfectamente alineados del protagonista: el tiempo domesticado, el tiempo lineal de la narración de Linklater, el tiempo que se piensa narrativizado en la escritura fílmica es, seamos sinceros, el tiempo más mentiroso de todos.
Y por eso Lynch no sigue a un único personaje, sino que lo hace estallar en tantos gestos de memoria y de deseo como pueda soportar el corazón de su cámara digital. No necesita jugar al reconocimiento barato de una historia hipotéticamente compartida -las citas de Harry Potter y Britney Spears para llamar a la empatía del público son, en el mejor de los casos, un simple recurso sin la menor profundidad narrativa. No se trata de (re)conocer, sino de (re)presentar y de dignificar los abismos y la celebración desgarrada de la escritura del pasado.
Y por eso, si el cine es un lenguaje, entonces las relaciones entre sujeto y tiempo son la fuerza misma de su escritura.
1.2.14
Vladimir Martynov en el Tommy Mel´s de Murcia
Atravieso el país para conferenciar con mi viejo Kia Picanto desvencijado, Willy Loman de la teoría fílmica, con mis muestrarios holocáusticos y mis apuntes en los dorsos de los tickets de las estaciones de servicio. Cuando llego a ciudades en las que nunca (o casi nunca) he estado, siento siempre una tristeza de vidas perdidas, me pregunto por la biografía de los extraños que conozco en las tiendas de vinilos o en las recepciones de los hoteles, señoritas bien que acaban de pasar apenas la edad del Fotolog, con el gesto de Lady Macbeth capitalista asomando tras la sonrisa artificial con la que me tienden las llaves electrónicas. Duele tanta dulzura en las princesas sórdidas de las capitales de extrarradio y en sus tatuajes mal disimulados bajo el uniforme.
Cuando llego a una ciudad en la que nunca (o casi nunca) he estado, tengo la extraña costumbre de buscarme una franquicia conocida para comer algo, un no-lugar extravagante y aséptico lo más alejado posible de esos restaurantes locales que presumen de extraños prodigios gastronómicos autóctonos. Me tranquiliza sentarme frente a una carta invariable que conozco, nutrirme de grasas saturadas familiares, ser borrado de cualquier experiencia culinaria memorable que subir al Instagram. Sólo soy un tipo que come, en la más absoluta y querida de las soledades, en la mesa del fondo de un Tommy Mel´s, leyendo con concentración por encima del plato, practicando la pequeña revolución distópica de masticar sin compañía en un restaurante familiar. Cocacola, plástico, fruta congelada.
Los Tommy Mel´s me han fascinado siempre por su perfecto uso del anacronismo cinematográfico, pero en lumpen. Ofrecen un producto nostálgico a una generación que no lo necesita -nada saben de Chuck Berry los adolescentes que se nutren de un gélido menú del día en la mesa de al lado-, se anclan en un sueño que nada supone para Europa salvo la copia de una copia de una copia. Una de las camareras del Tommy Mel´s de murcia (converse rosas, pelo naranja) es sin duda uno de los seres más exquisitos que he visto en mi vida, tan desconocida del rol simbólico que la multinacional ha creado para ella -la utopía sentimental de una canción de Phil Spector, el beso nunca dado, el beso de la duda adolescente de una cinta de serie B-,una heroína del primer David Lynch con acento murciano y ademanes de cansancio ya próximo el fin de la jornada laboral. Nada sabrá de mí, ni del profundo cariño con el que contemplo cada uno de sus ademanes, pensando que aquella mujer desconocida es, en el más perfecto de los anonimatos, la traducción física de Las Beatitudes de Vladimir Martynov. Situada en el filo más extremo de la belleza capitalista -milicia de la hamburguesa, neón azul que se desliza como una lágrima sobre sus labios rojos pintados-, tiene la intuición del otoño y la confianza puesta en un efímero gesto -su pin, si es tan amable- en una multinacional que la regurgitará cuando ya no pueda ser la Laura Dern de nadie, la ingenua Laura Dern que dormitaba sobre un golpe de arco en Martynov, los años cincuenta que se perdieron cuando en, To know him is to love him, Spector realizó un cambio de tonalidad -verso I guess he- y nos condenó a todos a la muerte y al olvido.
Me marcho para siempre del Tommy Mel´s de Murcia con mis diapositivas holocáusticas y me arropan primero en una de las Filmotecas más hermosas que he visto en mi vida, y un poco más tarde, me reciben los amigos de la ciudad en la hora feliz de los tragos compartidos. Con nadie hablo de la camarera del Tommy Mel´s (converse rosas, pelo naranja), porque entiendo que ella es pura literatura postmoderna y sólo puede ser resucitada en el código binario que conjura estas letras sobre el monitor. To know her was to love her, precisamente porque, como todo lo que amamos, no ha existido jamás.
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