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13.2.15
Construir, habitar, pensar, exterminar. Heidegger y la arquitectura de Auschwitz
Como ya sabéis, llevo una temporada tras los pasos del pensamiento de Heidegger, intentando conseguir nuevas herramientas para pensar la imagen. Sin embargo, trabajar con Heidegger es también trabajar con su sombra, y a veces es necesario distanciarse críticamente. Por ejemplo, aquí os lanzo algunos apuntes sobre las esquirlas de su pensamiento detrás de la arquitectura de Auschwitz.
¡Un saludo para todos!
26.5.14
#04. PROYECTO IDA pawlikowski. [Traición de Corintios]
I.
Hoy decido mirar el texto desde fuera del texto.
Si yo hablase todas las lenguas de los hombres y de los ángeles, si no tengo amor, soy como metal que resuena o címbalo que retiñe
(He robado dos discos en mi vida, hoy ya puedo confesarlo. Fue pasado los diecimuchos, dos cd´s que todavía guardo, el Requiem for my friend y la banda sonora de Azul, ambos de Preisner. A Corintios tardé algunos años más en llegar, en mitad de la redacción de la tesis, pero de eso hablaré en otro momento)
II
Hoy, 26 de Mayo de 2014, es un buen día para hablar de la inutilidad del arte. Por ejemplo de esta secuencia, que no pertenece a Ida pero que, de alguna manera, dialoga con Ida:
Hoy, 26 de Mayo de 2014, es un buen día para hablar de la inutilidad del arte. Por ejemplo de esta secuencia, que no pertenece a Ida pero que, de alguna manera, dialoga con Ida:
La Canción para la Unificación de Europa de Preisner, lo dije hace poco por aquí, es la canción por antonomasia que se impone sobre el duelo. Los colectivos judíos no estarían de acuerdo (¿por qué aceptar que podría suturar su particular duelo un texto que remite directamente a San Pablo?), pero en este lado de Europa en el que crecen las alambradas las cosas funcionan de otra manera.
Todorov, en su exquisito Los abusos de la memoria, señaló que escribir actualmente sobre el Holocausto ya no implicaba ningún riesgo, ninguna apuesta, que políticamente era un acontecimiento desactivado en comparación con otros problemas más urgentes que experimentaba Europa.
Todorov estaba equivocado.
III.
Quiero hacer el análisis pero el texto queda extrañamente difuminado ante la grisácea exigencia de la realidad. El análisis fílmico -la crítica cinematográfica- no es una guerra preventiva contra el pánico sino un espejismo para sujetar la subjetividad allí donde se necesita imperiosamente la presencia de colectividades.
Dos apuntes sobre dos conversaciones paralelas en Twitter:
1) No es lo mismo indignarse que desesperarse. Si no has comenzado a sentir pánico ante lo que está ocurriendo ahí fuera es que -cito al sesgo a Rainer Höss, el nieto de Rudolf- crees que la democracia, la igualdad y los derechos humanos están garantizados. Me sorprende profundamente la estulticia de pensar que, en base a no se qué fuerzas optimistas y positivas que dominan el universo -habría que culpar, quizá, a Bucay, a Coehlo, a Punset y otros que se empeñaron en "defender la alegría" cuando Europa comenzaba a desintegrarse- nuestra propia vida, incluso ante un régimen totalitarista, estaría garantizada.
2) No es lo mismo indignarse que desesperarse. Europa ha aprendido a hablar las lenguas de los hombres y de los ángeles, pero no ha sido suficiente. Conviene no llevarse a engaño. Los que nos dedicamos a estudiar estos menesteres sabemos que lo que realmente llevó al triunfo al Partido Nazi a las elecciones fue que los ciudadanos alemanes votaban no tanto a favor de Hitler sino contra la República de Weimar.
IV.
El análisis va despacio. 18 minutos de metraje, 11 secuencias, más de una semana. Escucho la sinfonía Nº 41 de Mozart en la versión de Abbado y Das Rheingold en la versión de Baremboin en Bayeruth en el 91. No es la mejor, pero me gusta escuchar a Baremboin dirigiendo a Wagner.
El problema no es el texto. El problema es todo lo que la realidad teje alrededor del texto y comienza a manifestarse como una costra de significantes mayores que, simplemente, lo borran. Por eso a veces necesito mirarlo desde fuera.
28.2.14
Sokurov #01: Moloch
El cuerpo de Eva Braun se desliza desnuda haciendo acrobacias sobre las almenas del Kehlsteinhaus. Ya se podría escribir un post completo sólo sobre esos primeros cinco minutos de belleza, carne y homicidio. Eva Braun, aburrida del sexo grisáceo de la piedra totalitarista del Reich de los Mil Años, convertida de pronto en funambulista para los soldados pobres que mastican esvásticas y cuproníqueles. Carne de onanismo en la trinchera para una guerra ya perdida. Que nadie hable de lo que ocurre en el frente, se ruega a la hora de las facturas por los pasillos del Nido de Águilas. Es como el cierre de la Bernarda Alba pero en Hitleriano: Stalingradoilencio, Silencio he dicho.
La cámara de Sokurov es un prodigio de ópticas aberradas y de nubes de polvo que se deslizan entre los cuerpos. Si alguien escribió que el prodigio de Velázquez había estado en pintar el aire que se deslizaba entre los distintos planos de profundidad de Las Meninas, yo creo que el golpe maestro de Sokurov es su captación del polvo que se desliza por los espacios, la legión de ácaros apasionados que sonríen al objetivo, las células muertas, la putrefacción de la carne y el perdón de todos los pecados. Nadie rueda el cadáver que llega como Sokurov, y por eso su cine está lleno de elegías, madres que agonizan, continentes que agonizan.
En oposición a Hitler, a los ácaros, y al polvo -que parece niebla, y quizá es una niebla de osarios dignísimos-, el cuerpo de Eva Braun, que como todos los cuerpos estúpidos y atravesados de goce no quiere hacer nada más que vivir, escuchar música, bailar a este lado de la podredumbre europea. Eva Braun fue la mujer que no se enteró de que la fiesta había acabado y siguió pegándole a la petaca del subidón milenario, pidiéndole al dj temazos con sabor a crematorio, haciéndose selfies en el fotomatón de la barbarie, cuchíbiri cuchibiri, la única que siguió bailando y bailando y dándolo todo cuando Dios apagó las luces, aproximadamente cinco o seis segundos antes de que estallara la última tormenta sobre la tierra. En la que estamos ahora naufragando, por cierto.
Sokurov es inteligente y delira a una Eva Braun que delira enamorada de un Adolf Hitler que ya venía delirado desde principios de los cuarenta. En el marco de la Kehlsteinhaus el amor y el sexo todavía es posible, aunque se concreten en lo alto de una calavera arrojada sobre una montaña. La Kehlsteinhaus es la terracita de verano tras la que se apilan las fosas que bostezan bajo el cielo de Europa, y por eso ella puede trazar el espacio con su tremenda desnudez. Si hubiera rodado la película del bunker de Berlín Sokurov lo hubiera tenido mucho más complicado, especialmente para sustentar esa boda terrible, boda desesperada in extremis que uno se imagina más bien en el envés de los fotogramas sobre el nazismo/fascismo de Pasolini o de Visconti. En Sokurov queda todavía una cierta nostalgia, quizá inconsciente, la bruma rusa que tanto sabe de la niebla que emerge de los osarios, y así su Eva Braun y su Adolf Hitler parecen mascullar la lengua del enemigo, el enemigo que retorna tantas décadas después para volver a mirarse en lo profundo de la cuenca. Como todo el mundo sabe, los cadáveres -especialmente los históricos- guardan en lo más profundo de su cuenca la única verdad que han conocido en vida.
En uno de los momentos más sobrecogedores que he encontrado en una novela, Vasili Grossman delira la idea de que Hitler y Stalin, en el momento preciso del cambio de rumbo de Stalingrado, se cruzaron una mirada interior, imposible, íntima, la mirada que cerró las puertas de una barbarie y abrió las puertas de otra. Esa mirada imposible es la que retoma Sokurov para su tour de viajes tristes por la Kehlsteinhaus, ese parpadeo casi impúdico, el fantasma de las navidades futuras tomándose un chupito de lágrimas en las balconadas austríacas.
Eva Braun, que se quitó los zapatos de tacón de la cordura cuando pusieron su tema favorito, ese que sonaba la noche que un cadáver lleno de larvas le besó en los labios bajo la luna de la Kehlsteinhaus. Eva Braun, que se apuntó al proyecto hombre del cianuro y la pólvora en 1945. Eva Braun, que como ya nos enseñó Roe Rosen, está pudriéndose en el infierno.
26.2.14
"La imagen necia". A propósito de "Monuments men" (George Clooney, 2014)
Se estrena peli sobre la II Guerra Mundial, y por supuesto, tenía que escribir unas líneas sobre ella por algún lado. En esta ocasión, los cómplices de Miradas de Cine me han dejado atacar y enseñar los dientes a propósito del (des)propósito de Clooney, tal que aquí.
¡Una crítica, amigos, en la que hablo realmente de la película y no de lo primero que se me pasa por la cabeza! ¡No se la pierdan!
24.2.14
"Los que sobraban" de Götz Aly
Götz Aly, historiador alemán y bonzo, relámpago entre el periodismo y la vivencia, ha sintetizado en 300 páginas más de 30 años de trabajo. Coleccionista de culpables, azote de sí mismo, Aly ha sido uno de los mejores espeleólogos del III Reich en los últimos años, escribiendo siempre desde el ruido y la furia, encajando con violencia unos párrafos sobre otros en unos textos que uno ya no sabe si están anclados en la Historia, en la estrategia de pánico memorístico, en la tan manida culpa alemana o en esa suerte de moho incómodo de las catacumbas, los archivos, las fosas comunes, las jeringuillas oxidadas y los títulos de las tesis doctorales firmadas por asesinos puestos de esvástica y subidón ario. Aly escribe con toda la furia que no tienen, por ejemplo, sus comedidos y divulgativos colegas de la escuela israelí de estudios holocáusticos, ni a su vez, con el nada disimulado orgullo patrio de los estudios polacos. Sin divulgación y sin nacionalismo, lo que queda es un libro que radiografía una vivencia.
La vivencia de Götz Aly, no cabe la menor duda.
Mi crisis de fe en el ensayo -y el posterior renacimiento al comprender que todo era posible, que no había barrera alguna ni académica ni expresiva para el historiador- se detonó en las páginas del Ingmar Bergman de Robin Wood, cuando el autor (antes de salir del armario y convertirse en rutilante estrella de los Cultural Studies, incluyendo, por cierto, algún artículo menor sobre la representación de homosexuales en el cine del Holocausto), incluyó en el análisis de La vergüenza una impresionante digresión a propósito del miedo que le daba que sus hijos y su mujer fueran arrasados por el napalm como ocurría en aquel momento con las familias vietnamitas. Puede parecer una estupidez o un golpe de genio, pero en aquel momento entendí que toda la búsqueda de Wood iba destinada a poner algo de orden en su dolor, y que la elección del objeto -el cine de Bergman- era más bien inconsciente, como si todas las páginas que rodeaban su ensayo guardaran primorosamente ese único párrafo.
Aly, a su vez, escribe sobre el asesinato sistemático de cuerpos enfermos después de pelear durante varias décadas por su hija Karline, a la que dedica el libro y que de haber nacido a principios del siglo XX hubiera sido convertida en expediente y muestra cerebral por los carniceros del Reich. Hay que tomarse muy en serio el dolor de Aly, tomarse muy en serio el hecho mismo de incorporar su experiencia como padre al proceso de redacción del texto, no esconder nada, incorporar sus experiencias de miedo y frustración a la redacción de Los que sobraban. Si constantemente estamos reivindicando la presencia del Holocausto en nuestras sociedades, imagínense el pasmo del periodista al descubrir que uno de los pediatras que trataba a su hija entrados los ochenta había firmado sentencias de muerte en el carnaval del horror del Aktion T4 cuatro décadas antes.
Desde ahí, lo que el lector experimenta es la precisa labor de toda una vida: coleccionar nombres, puertas cerradas, cartas, supervivientes, análisis sobre los dramas familiares, manipulaciones del lenguaje, rutas de autobuses y trenes de los hospitales psiquiátricos a las cámaras de gas, delirios de psicóticos, planes económicos, arañas, experimentos, cuerpos y ausencias de cuerpos. El lector puede transitar todo aquello y descubrirse mirando el margen de texto como quien mira un espejo con ojos ciegos.
***
En mi última visita a Berlín engañé a Santa Juana de los Mataderos para invertir una tarde entera en buscar los restos de la calle Tiergarten 4. Mi ruta fingía dirigirse al museo de Mies, pero lo que en realidad necesitaba era pasear al lado del espacio no simbolizable en el que habían estado las oficinas de la Aktion. Tras tres cuartos de hora dando vueltas al final encontré, olvidada y absolutamente escondida en mitad de ninguna parte, una pequeñísima placa que rendía homenaje a las víctimas de los programas de eutanasia social del III Reich. Nada más que eso, un puñado de palabras que los viajeros del autobús que paraba al lado pisaban todos los días.Hoy sé que aquellas palabras las escribió Götz Aly junto a Klaus Hartung y sentí que, de una manera extrañamente difusa, aquella tarde había merecido la pena.
9.1.13
Madrid Arena/Mahagonny
Cuando Bertolt Brecht estrenó Auge y caída de la ciudad de Mahagonny, allá por marzo de 1930, la alegre chavalada del NSDAP irrumpió en el teatro para increpar a la asistencia y aullar su particular Deutschland über alles por encima de la partitura original de Kurt Weill. Según el autor que se consulte, la representación se concluyó con éxito o, por el contrario, las hordas de aguérridos muchachotes arios consiguieron asfixiar con sus patrióticos y sentidos himnos aquel extraño exponente de música degenerada. La pieza, por cierto, terminaba con un apoteósico y dolorosísimo Poema del hombre muerto, con un último y certero aullido: Können uns und euch und niemand helfen!
La ciudad de Mahagonny acabó reconvertida en discoteca para la chavalada teenager y nos regaló cinco cadáveres por los que, volviendo a Brecht, ya no se podía hacer nada. Es lo malo que tienen los muertos: que en su finitiud, cierran cualquier posibilidad y ponen límite incluso hasta a la memoria. Nada hay más tozudo en el presente que un cuerpo muerto. La ciudad de Mahagonny, Madrid de arenas movedizas guardadas por un übermensch fiel heredero del NSDAP con vinculación con grupos de extrema derecha, linchamientos racistas y otros pequeños deslices de cachorro neonazi. La ciudad de Mahagonny en llamas, celebrando la nochevieja o el spá, cuidándose el cutis mientras el cadáver descompuesto mira al cielo en un gesto de extrema incredulidad. La derecha pública tiende a darse un masaje -esto también lo sabemos por la Historia, que no es tan desmemoriada como parece- mientras deja que se ensucien las manos sus huestes radicales. Nosotros, los democráticos, no queremos saber nada de esos pobres descontrolados, ni de sus consignas, de los hermanos pequeños hermanados por la sangre y la tierra, la raza y el noble espíritu de este país inmortal de noble pasado y gran poderío.
Pero los lazos, al final, emergen. Pueden ser raciales, espirituales, comunitarios, o finalmente, económicos. ¿Qué conexiones orbitan en torno a Miguel Ángel Villanueva, Miguel Ángel Flores y los nuevos übermensch de los grupos futbolísticos? O formulada, finalmente, la pregunta clave: ¿qué conexiones existen entre los cargos políticos de una cierta derecha y de la ultraderecha? ¿Cuántos cadáveres más necesitamos para entender que hay una cierta simpatía, una conexión permisiva, una recuperación voluntaria de la Historia que comienza con la efigie de nuestro pretérito dictador gallego y termina en la sombra de los Sonderkommando? ¿Hacen falta más libros como el de Eduardo Martín de Pozuelo para despertar del letargo ideológico al que esta amnesia políticamente correcta y el café para todos de la Transición se despeje?
Cuando Dios, en el tercer acto de Mahagonny, se aparece a sus habitantes y les amenaza con la condenación eterna, ellos muestran la mejor de sus sonrisas y se limitan a responder: "Ciertamente, no podremos ir... porque siempre hemos vivido en el infierno". Ni siquiera dicen: "Lo siento mucho, me he equivocado, no volverá a ocurrir". No. Dicen siempre hemos vivido en el infierno. Lo mismo deberíamos responder nosotros, a la luz de la cantidad de ignominia y de profunda vergüenza que brota con cada nuevo paso de la investigación. Villanueva, el enésimo caído, balbucea frente a los micrófonos: "Nadie puede poner en duda mi honor, mi integridad, mi honestidad". En la tertulia de La Sexta, en paralelo, los opinaores se maravillan ante la aparición de un calamar gigante. En el Twitter, en paralelo, los retuiteos de IFilosofía y otros cánceres del pensamiento se multiplican. En las calles, en paralelo, nadie, nada, nunca. Y yo, en paralelo y exiliado de Madrid/Mahagonny con cinco cadáveres más en la nómina de la barbarie, respondo a coro con todos vosotros: "Siempre hemos vivido en el infierno".
Bertolt Brecht, featuring Steve Aoki.
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