30.9.11

Cineuá: Los Rolling Stones, Godard, y el travelling


Nuevo número de Cineuá, con el siguiente índice:

Editorial: Vivimos en travelling
Murnau y Ozu: Dos travellings en ámbar, by Sergi Fabregat
Todo es tiempo: El travelling en Béla Tarr, by Sergi Fabregat
Magnolia: Movimientos, by David Tejero
El espejo: El travelling que dibujó la muerte, by Nacho Villalba
Avanzan cuerpos (1): 1928, by Vicente Rodrigo
Avanzan cuerpos (2): 1956, by Vicente Rodrigo
Avanzan cuerpos (3): 1976-2001, by Vicente Rodrigo
Wes Anderson: Travelling Limited. Crisis de madurez, by Carlos A. Peiró
Los Rolling como cuestión moral, by Aarón Rodríguez
El corte respetuoso: Un proto-travelling hecho con flashes de la Historia del cine, by Sergi Fabregat
De l’autre côté: Filmar la elipsis, by Nicolás Ruiz
A la hora del café en Winkie’s (sobre la revisitación del travelling en una secuencia de horror posmoderno), by Jose Angel de Dios

El artículo que firma un servidor disponible aquí:  http://www.cineua.com/2011/09/los-rolling-como-cuestion-moral/

28.9.11

Rumores del Apocalipsis (Goldman & Saachs rules the world)



   La bomba-Rastani, esto es, la bomba económica explotando dulcemente en la cara de Occidente, el viejo experto modelo Guy Debord (9 de cada 10 inversores en bolsa recomiendan los planes quinquenales de Stalin para que su perro crezca con un pelo sano y fuerte), el viejo experto modelo Sociedad-del-Espectáculo, profeta loco de los tiempos que corren, oráculo del pánico, novedad de la semana en la teoría de la conspiración según el Financial News. Ay, Rastani, que has dicho a las claras lo que todos sabíamos: que Ziggy Stardust no domina el mundo, que el Sgt. Peppers no domina el mundo, que no hay nada como una inmensa línea de cocaína descendente en el tabique ansioso de los mercados, come on baby light my fire. Ay, Rastani, tus amados discípulos postmodernos y apocalípticos celebran tu rostro inquieto, ese cruce de elementos mozárabes, anglosajones, económicos y hermosos que subyugan y provocan cascadas de squirting a las perras del mercado, las perras de diamante puro y las perras de tabique de diamente, las perras del ocaso último de este Occidente que cambió el Zaratustra por el Quién se ha llevado mi queso, el queso dulcísimo y light y diurético e hipocondríaco y quizá homeostático, aunque mal formulado. No es Quién se ha llevado mi queso. Es Quién ha robado mi queso.

   El queso de Rastani es el queso pobre, pútrido y apolillado de un lumpen-proletariado que no entiende quién se ha llevado su Ipad. Porque el Ipad debería ser tan sagrado como el vermú de los domingos, vermú que Rastani se bebe a todas horas en tragos largos y económicos, y así le pasa, que acaba bailando por la televisión el triste vals de las verbenas/Wall Street o la triste milonga del economista arruinado, economista onanista y pesimista que nunca se leyó el Zaratustra pero que se hartó del queso del Otro, el queso con membrillo de la burguesía y el queso del Cuarto de Libra con Queso de las futuras generaciones arruinadas. Así hablaba Rastani, en su crepúsculo color de cadáver, en su crepúsculo del eterno retorno de los mercados, la piscina, el hidromasaje, la superchería y la zarabanda. Rastani tiene que bailar de la ostia con su corbata de economista loco sujeta en la frente y dos travestis esperándole a la sopa boba del capitalismo. El capitalismo, ya se sabe, o pasa por la dirección de la bragueta o es menos capitalismo. Nadie se explica en Inside Job con la precisión, la pasión y la erudición como la Madama de Wall Street, Madama que daba de esnifar, de soñar, de beber y de gozar a sus queridos y humildes yonquis del dólar. "Dios la bendiga", suspira Rastani mientras deja caer una lágrima teatral, purísima, lágrima prístina que arranca destellos de diamantes al ocaso de Occidente, lágrima de profeta loco enamorado, morisco, judeomasónico, adicto de su peinado barato y luz/César Victorioso de los ejércitos del dólar. Ay, Rastani, Rastani, moro de la morería.

    Por lo demás -siempre cierro mis crónicas del Apocalipsis dicendo "por lo demás"-, el ejército no-victorioso se hacina en el colchón familiar, un colchón manchado y desgastado por las batallas de la Historia, preguntándose qué ocurrió con el dinero que le metieron al Tunning o al Máster del niño, títulos universitarios de cofradías oxidadas que se felicitan al compás de las Competencias. Por lo demás, silencio, silencio, calaveras de plomo y más silencio.
    Silencio, he dicho.

25.9.11

"El árbol de la vida": Esto no es una crítica


   Creo que podría aportar poco, o casi nada, a lo que ya se ha dicho durante las últimas semanas sobre la última cinta de Terrence Malick. Se ha discutido con tanta fuerza, con tanta pasión, con tanta rabia y con tanta esperanza que uno intuye que el momento de la crítica ya ha terminado. Ahora, en unos meses, llegará el momento del reposo, del análisis, el momento en el que los académicos deberán (deberemos) comenzar a aplicar metodologías más complejas para pensar el texto, aceptar sus contradicciones, sus trampas, sus abismos.
    Pero.
    Pero eso no significa que me prive de poner unas líneas cómplices y posicionarme -como todos- en el debate sobre la cinta, aunque sea simplemente para repetir lo que ya se ha dicho o para compartir lo que uno ha sentido. En primer lugar, una intuición: Malick ha convertido en polvo el inmenso grueso de las películas que uno ha visto en los últimos dos años. De hecho, no recuerdo haber sentido nada similar en una sala de cine desde Anticristo. Y me refiero a sentir en toda la expresión del término: a dudar, a completar, a deslizarme. En el fondo ambas películas forman las dos caras de la misma moneda: la reescritura del Génesis, pero desde perspectivas opuestas. Von Trier propone una naturaleza loca en la que no hay función simbólica, y Malick opone a la locura de lo real una voluntad teológica total. Definitiva. En ambos casos, hay un uso del Génesis confuso, y en ambos casos, se desemboca en una epifanía incómoda que perturba al espectador. Los significados son caprichosos, todo se sugiere, todo se construye más allá de la evidencia icónica, más allá de la arrasadora potencia visual de las imágenes.
    Ahora bien, una duda. ¿Por qué un cierto sector del público parece rechazar la cinta de Malick ante su poder espiritual? Para unos, sin duda, la cinta es demasiado poco concisa en términos religiosos, problematiza, implica una teodicea que no cuadra demasiado con lo que se pregona en las lineas dominantes cristianas, al menos a nivel Institucional. La cinta, en este sentido, no es complicada y habla con toda claridad: "¿Por qué debemos ser buenos si Tú no lo eres?". Pueden decir que es una pregunta naïf, la pregunta de un niño que descubre la maldad. Pero sigue siendo la base última de toda la reflexión ética (religiosa, y me temo que también no religiosa) en los últimos tiempos.
    Para otros, El árbol de la vida se acerca demasiado a lo que consideran supercherías, fantasías, cuentos de viejas sobre esa idea llamada Dios, idea que han dado por superada, zanjada y cerrada con un alegre gesto de autocomplacencia. Paradójica mirada que demuestra la paradójica -y estúpida- posición de esos europeos que reniegan de su tradición pero que se fingen extasiados ante las maravillas de la revelación exótica de turno, ante la vida contemplativa y el multiculturalismo de salón. El mejor ejemplo son todos esos que desprecian a Malick pero corrieron a celebrar Uncle boonmee recuerda sus vidas pasadas en nombre de una supuesta espiritualidad lejana y verdadera. Paradójico, queda dicho. E incluso, quizá, un pelín hipócrita.
    Todos los interesados en problemas estéticos sabemos que la categoría de lo sublime está a un paso de la categoría de lo ridículo. Malick fracasa en algunos momentos, por supuesto, se descontrola y provoca una extraña sensación de malestar por la inmensa seriedad con la que maneja materiales que a veces parecen incluso chapuceros: ¿hay acaso algo más trillado que la historia de amor utópica, tontiloca y floreada entre el hermano y la jovencísima compañera que se recoge el pelo? Puro telefilm, sin duda. Malick sonroja, se equivoca, trastabilla. Lo mismo podría decirse del descaro con el que juega las cartas del Edipo, o de ciertas frases pronunciadas por las voces en off. El árbol de la vida no es una película perfecta. De hecho, ofrece soluciones manifiestamente insuficientes ante la osadía de intentar contarlo todo.
   Pero.
   Pero es que tiene la osadía de intentar contarlo todo. Lo pretende. Se arroja con todas sus fuerzas. Resiste todas las tentaciones de autocontrol, todas las voces que le habrán intentado frenar, todos los límites. Malick quiere agotar la Humanidad en una cinta entera... ¿como no iba a equivocarse? Y al mismo tiempo, ¿no debería ser la última voluntad de un verdadero artista? ¿No pretendían eso mismo los hipercitados Tarkovsky, Bergman, el propio von Trier, Kieslowski? ¿Y no fueron acaso Sacrificio, El séptimo sello, Anticristo y La doble vida de Verónica películas que también trastabilleaban, se equivocaban en algún momento, tenían un ligero hueco por el que se introducía lo ridículo? Es el precio de lo sublime. Es el precio de querer ser espiritual en un medio expresivo necesariamente físico. Pero es lo más arriesgado y hermoso que puede intentar el ser humano. Hablar. Hablar -contra los discípulos del peor Lacan y de cierto Wittgenstein- de lo real. Hablar de lo inefable.
   Por lo demás, no pretendo convencer a nadie. Demasiados han intentado convencerme ya en contra de Malick y la película ha barrido todos sus argumentos. Quizá para algunos el problema de Dios es algo que las sociedades postmodernas han solucionado y ahora podemos pasar tranquilamente a otras cosas más políticamente correctas como los benditos cultural studies. Pero para mí -y para una cierta parte de los espectadores de El árbol de la vida- la búsqueda de Dios, en sus contradicciones, en sus problemas, contra las voces dominantes que lo quieren convertir en una Marca Registrada Política e Institucional, es la tarea última de toda una vida. Mi vida.

23.9.11

Notas sobre el coleccionismo de vinilos


   Se dice por los foros de la internec que el coleccionismo de vinilos se ha convertido en un gesto propio de la modernez, el gafapastismo y otras subculturas de principio de milenio. Algo de razón hay, por supuesto, pero creo que sería justo ofrecer una serie de ideas al respecto, modificaciones que quizá tengan que ver con los usos y costumbres de una época que -como comenté hace poco- está fascinada por el Low-Fi y la nostalgia tecnológica modelo Instagram/Polaroid.

    El urbanita medianamente higiénico consume una cantidad de música descomunal. Los portales y los blogs especializados ofrecen seis, siete, doce novedades a la semana. Pitchfork, las páginas críticas de Rockdelux, los bares que ofrecen a los suscritos a sus newsletters interminables listas de recomendaciones... The audience is listening y la música fluye.Sin embargo, los hábitos de escucha son necesariamente efímeros. Las descargas tienen la vida muy corta, se cruzan a golpe de Flash Forward, se seleccionan dos o tres cortes y el resto quedan flotando en un magma pringoso de sonido obsoleto. A veces incluso me planteo si no existe una especie de tiranía musical del ahora, un ansia por conocer lo último del último grupo de brit pop en el que toca el bajista separado del penúltimo grupo de drum and bass. Música líquida para sociedades líquidas.

    Me obligo a pensar seriamente en los discos del ahora que he escuchado completos más de seis veces. Se pueden contar con los dedos de una mano. El In the grace of your love de los Rapture. Por supuesto, el My beautiful dark twisted fantasy de Kanye West. La mayoría son un poso al fondo del MP3 del que voy rescatando canciones, temas, saltando de un lado para otro sin demasiado órden ni concierto. A veces es pura selección natural, y otras veces, puedes cargarte discos enteros si no les ofreces las escuchas que merecen. Swim de Caribou es un buen ejemplo: tiene un tema inicial tan prodigioso (Odessa) que amenaza con eclipsar el resto del disco si uno no le deja espacio, tiempo.

    Frente a este paradójico -e inevitable- nuevo modo de disfrutar la música, miramos hacia el vinilo, el LP, con sus 33 revoluciones por minuto y su eidos particular. El vinilo invita a una escucha tranquila, personal, cronológica. Respeta la voluntad de "obra total" de su creador y tiene esa magia de lo textural, ese placer de almacenar en sus arañazos y sus marcas toda la experiencia vivida. Comencé a coleccionar vinilos cuando, hace tres o cuatro años, volví a escuchar el Shine on you crazy diamond a toda mecha en un buen equipo. Mi pobre edición en cd había palidecido, había envejecido por completo, por mucho que se empeñen en remasterizarla, limpiarla, reeditarla y reutilizarla. El surco original habla de/en una música distinta, que exige una atención distinta y que ofrece un estremecimiento distinto. Avanza arropando los sonidos y utiliza otra frecuencia que ni siquiera la mal llamada Música HD, con el tan polémico Loseless puede garantizar.

    Pero hay algo más. Algo decisorio. Comprar un vinilo exige un ritual, una actitud, el placer de un descubrimiento. Es una conquista, un fetiche, un pequeño trofeo. No se trata de hacer dos clicks en una web, ni de copiar unos archivos en un pen. Comprar un vinilo te garantiza una búsqueda lenta y apasionada que puede durar meses, tardes de largos y dulces paseos por los zocos de las ciudades, charlas con vendedores más o menos apasionados a los que les brillan los ojos cuando les preguntas por una edición determinada del Ziggy Stardust o del Quadrophenia. Comprar un vinilo es rastrear dedicadamente las páginas de ebay y cotejar ofertas, condiciones, recibir extraños paquetes de tiendas soñadas en Alemania, en Reino Unido, en América, tiendas que uno imagina románticamente como almacenes enormes de sueños y adolescencias, preciosas y enormes portadas de discos que suenan más allá de dos, tres, cuatro, cinco décadas, arrastrando besos y decepciones, lágrimas, tardes en blanco.

    Antes -quizá lo recuerdas- los discos se escuchaban íntegros y hasta la saciedad. Las cintas se pasaban de contrabando, siempre había un hermano mayor o un primo que se iba para Inglaterra y se traía tres o cuatro cosas, o quizá un programa pirata a deshora que pinchaba cosas de Kraftwerk o de Einstürzende Neubauten, o ese colega friqui de la academia de inglés que tenía cosas de los Iron Maiden. Todavía recuerdo la extrañeza que me atravesó la primera vez que escuché entero el Powerslave: aquello era como meter los dedos en un enchufe, sonaba faraónico, mastodóntico, interminable, glorioso. Sonaba como la pesadilla de la Spice pija. Sonaba como Dios.

    Creo que el retorno al vinilo tiene algo que ver con esa relación íntima y cómplice con la música. No se trata de regresar a la adolescencia -salvo excepciones, la inmensa mayoría de los títulos que he comprado hasta el momento no los escuché en profundidad antes de cumplir los 19 o los 20-, ni de volver al pecho materno pop perdido. Se trata de reivindicar un formato, una pose, una actitud ante la música que penda de la historia y no de la moda inmediata. En este sentido, el vinilo no es una herramienta tan modernilla y gafapastil como nos quieren hacer creer: es una reivindicación precisamente antimodernilla en tanto lo que buscamos es el Bowie de Berlín o los Depeche Mode pre-Ultra. Lo que buscamos es ese placer total de mirar la enorme portada con los ojos deslumbrados, el precio preciso, la calidad justa, el encuentro con una cierta Historia. Lo que buscamos es una música en peligro de extinción.

21.9.11

Crónica de un libro

 
Conocí a Lady Shangri-La hace ya algunos años en uno de esos bares que siempre acaban visitando los cinéfilos que no quieren parecerse a Rosenbaum sino a Rick Blaine. Ya sabes: humo en el ambiente -por aquel entonces todavía se podía fumar en los paraísos-, risas a media voz, whisky barato, copas derramadas, confesiones en los reservados, madrugadas de papel de lija. Algunas noches, los marineros cometían el error de aporrear el piano destartalado aullando Waltzing Matilda, como en Donovan´s Reef, y entonces saltábamos furiosos y benditos unos contra otros. Lady Shangri-La me gustó porque parecía venir de otros naufragios, me hablaba de otras peleas y otras conquistas, siempre se rodeaba de gente valiente y siempre tenía cosas que decir. El cinéfilo vive en un estado de soldad permanente -eso le digo siempre a todo el que quiere escucharme-, y por eso vamos buscando cómplices con los que compartir nuestros inmensos universos. Hay quien afirma -y alguna lectura de este blog podría dar fé- que los cinéfilos nos parecemos a los erizos de Cernuda.
***
    Lady Shangri-La me presentó a Faustino Sánchez, que era -lo que yo nunca he podido entender hasta que no he leído sus textos- un ingeniero obsesionado con Edward Yang, capaz de tolerar mis derivas hacia Lacan, investigador de la imágen desde metodologías alienígenas que me sonaban a coreano. Sabía pronunciar correctamente Assayas y tenía la cabeza llena de ideas brillantísimas para un libro, un gran libro, un libro escrito a cuatro manos que quizá sí que tuviera algo de Rosenbaum, pero que no dejara fuera a Bauman, a González Requena, a Zizek o a Deleuze. Faustino quería hablar sobre la familia. Faustino quería hablar sobre Liv Ullmann. Su idea era dinamita pura.
    Desde entonces, nos reunimos en cafeterías o en las mesas de mármol de la Filmoteca con nuestros cuadernos de notas y nuestros portátiles. También nos cruzamos correos y más correos, nos marcamos calendarios, nos intercambiábamos capítulos llenos de notas en los márgenes. Nos pedimos ayuda y nos hicimos algunas preguntas juntos. Aquel ingeniero de máscara cinéfila -o aquel cinéfilo de máscara ingeniera, tanto da- y yo nunca llegamos a las manos, lo que quizá sea una lástima, porque al libro le hubiera faltado una buena tunda como la que se propinan John Wayne y Lee Marvin. Qué le vamos a hacer, somos gente civilizada, y tuvimos la gentileza de respetar nuestras diferencias.
***
    De nuestra primera reunión ha pasado ya más de un año. El libro ha llegado a las librerías, lo pueden encontrar, sin ir más lejos, junto a las mesas de mármol histórico de la propia Filmoteca. No les voy a engañar: no ofrece respuestas. No contentará a nadie. No está escrito al calor de ninguna etiqueta religiosa, sociológica, "conservadora" o "progresista". Habla de los textos, habla de los hombres y mujeres detrás de los textos. Pero no salvará su alma, ni se hará rico, ni encontrará el secreto o la fórmula mágica para vivir mejor con su familia. Dios nos libre.
    Faustino escribe/construye desde la luz y desde una posición mucho más optimista que la mía. Yo escribo/destruyo desde mi orgulloso conservadurismo y mi pasión por el Apocalipsis. No engañamos a nadie, y por lo tanto, no nos engañamos a nosotros mismos. Lady Shangri-La se encarga de amamantar, vestir, cuidar y velar por el futuro de ese niño esquizofrénico, contradictorio y bastardo que nos ha salido. No hace falta decir mucho más: si tienen la oportunidad de tener el libro en sus manos, verán cómo se pueden cuidar y mimar las ediciones. Lo que se ha editado no es un libro. En los tiempos que corren, lo que se ha editado es un milagro.



18.9.11

La Caja de Pandora Nº2: Un poquito de Bowie

  
Ya está aquí el número 2 de "La caja de Pandora", especial sobre drogas con algunas de las más granadas firmas del panorama contemporáneo. Currazo impresionante del personal. Por mi parte, una modesta contribución sobre Christiane F. en términos de Station to Station.
    Como siempre, en el blog oficial

14.9.11

La muerte del cine, la crisis, la distribución cinematográfica y otros demonios

 
En tiempos de crisis somos muy dados a entonar extraños y quejumbrosos réquiems melancólicos. La ciudad en la que ahora vivo, por ejemplo, perdió su última sala de distribución "independiente" hace ya cosa de un lustro. Desde que me mudé a una capital de provincias muy lejos de Madrid no he visto sino carteleras saturadas por taquillazos, salas en la periferia que programan dos y tres veces la misma cinta, extrañas colas llenas de un público unificado compuesto por adolescentes los sábados por la tarde, movida palomitera y teen con sus gafas 3D y sus bolsos de Tous.

    El réquiem. En Madrid, por ejemplo, el réquiem siempre se emite por las salas del centro, todos esos enormes edificios que ahora son colonizados por H&M, por Zara, por antros demoníacos donde música down-tempo acompaña los orgiásticos e incontrolables murmullos de las tarjetas de crédito, el susurro de los tickets, las niñas-mal de la periferia que sisan un top y unas bragas en el probador cinco. Antes, dicen todos, esos espacios sagrados eran templos del ocio urbanita madrileño.

    Pero yo ya no soy madrileño, ni crecí como la Tropa Garci viendo westerns en el Barrio Salamanca o en el Barrio Bilbao. Los cines de mi infancia también han cerrado. Y ahora llega el disparo a bocajarro: lo merecían.

    Nunca he sido amigo del proteccionismo barato de manual. El proteccionismo genera culturas anquilosadas, funcionarios aburridos y desastres económicos. El proteccionismo genera enchufismo, que-hay-de-lo-mío, pensamiento del tercer mundo y poltronas polvorientas ocupadas por sesudos expertos en nada cuya mayor ocupación es esperar el ingreso bancario. La distribución cinematográfica no es una excepción. Las salas cierran no por culpa de Internet, o de la tele por cable, o de los engendros internos de Megavideo. Las salas cierran porque no supieron pelear a su público, fidelizarlo, plantarse frente a las demandas de unas leyes de producción delirantes y arriesgar por producciones sólidas. Las salas cierran porque piensan que pueden competir en igualdad de condiciones con las cadenas Cinebox o Yelmo, así, programando cosas de Sandra Bullock.

    En un país sin cultura cinematográfica, lo normal es que los cines cobardes se arruinen y los dueños-de-toda-la-vida (señores mayores muy simpáticos que cuentan anécdotas sobre el estreno de Gilda) acaben, como otros cinco millones de ciudadanos, en la cola del paro. No buscaron soluciones: simplemente se gastaron un pastón en una copia bastarda de la tercera entrega de El señor de los anillos. La culpa, por supuesto, es del Emule y del nigeriano que vende dvds piratas debajo de mi casa. Luego llegan los Cines Verdi, se les ocurre programar El Padrino en pleno Julio y llenan varias semanas seguidas. Pero para eso hay que tener valor, inventiva, escuchar a los cinéfilos y estar atento. Lo mismo se puede decir de la política de precios. Cobrar de siete a once euros por sesión es algo que ya no puede caber en ninguna cabeza. El Círculo de Bellas Artes, que es una entidad privada y sólida, programa en su filmoteca por dos o tres euros ciclos de Sirk, Minelli o Angelopoulos y consigue un taquillaje más que aceptable. Pero el señor-de-toda-la-vida no estaba atento, pensó que los piratas le estaban quitando el sueldo, y a lo peor, se lo estaba quitando amargamente a sí mismo.

    Con lo que al final, la situación ha acabado por ser dramática pero muy clara. De un lado, tres monopolios palomiteros alimentan de Nachos con queso y Fanta naranja a sus adolescentes. De otro, tres outsiders resisten en Plaza de España con un éxito más que aceptable gracias al tirón de la versión original y del gafapastismo ilustrado. En el medio, una masa crítica de espectadores que no tienen suficiente pasta, o tiempo, o ganas, para ir al cine a ver películas malas. Les entiendo. No seré yo quien les acuse -como parece que a veces se sugiere- que ellos están matando el cine.

    Cada vez que alguien hable de la muerte del cine, vigila tu cartera o tu conciencia culpable. Eso no lo dijo Godard, pero quizá lo pensaba. Cada vez que se anuncia la muerte del cine es que alguien quiere zafarse de sus responsabilidades. Después de todo, en otros lugares de esta red que usted, amigo lector, amada lectriz, utiliza para leerme, se encuentran alojadas películas de Klotz, de Joon-Ho Bong, de Kluge, de Desplechin, de Assayas, de Kelly Reichardt, de Dumont, de Winding Refn. Así que no digáis que el cine ha muerto. Decid que un cine ha muerto.

12.9.11

Investigando la Shoah


   Una de las decisiones más complejas -pero quizá también más agradecidas- de mi carrera académica fue posicionarme claramente en dos líneas de investigación. Los que nos dedicamos a la investigación raramente reflexionamos en voz alta sobre estos temas. Si me preguntan, les diré que es una mezcla de miedo, pudor, humildad e incluso -¿por qué no decirlo?- algo de arcano, de secreto mágico. Siempre he pensado que, al menos en el territorio de las Humanidades, los mecanismos por los que nos posicionamos en el panorama académico son extraños, íntimos, responden a estrategias inconscientes, inconfesables.

   Con lo que, lo decía antes, yo escogí dos líneas bien diferenciadas: la reflexión sobre el malestar en la postmodernidad, y en paralelo, el estudio de las representaciones audiovisuales de la Shoah. Como he escrito en varias ocasiones, ambas líneas están íntimamente conectadas: después de Auschwitz es imposible concebir un mundo que no sea el nuestro. Un mundo escindido entre los textos y lo real, entre lo humano (racional) y lo inhumano (natural), entre el asombro y la vergüenza. Estudiar Auschwitz es estudiar la vergüenza que uno lleva dentro.

    Suena a cilicio, pero no me gustaría que se considerara de esa manera. Auschwitz es el final del camino del pensamiento, pero también es -yo lo he encontrado- el nombre más excéntrico y doloroso que ha adquirido la esperanza en el siglo XX. Es la confirmación de que en el cenagal definitivo de lo humano algo resiste, algo se resiste, algo emerge que no tiene el rostro deformado del hombre. Emerge el pequeño gesto, el pequeño contacto, la pequeña -en ocasiones irrisoria, desesperada- verdad ética de un hombre hacia otro, de una mujer hacia otra, y entonces todo cambia. En Auschwitz no veo el nihilismo, sino la prueba apasionante y definitiva de unos pocos hombres. No retorno a la alambrada para clavarme allí y contemplar con gesto de tristeza un mundo en llamas. Retorno para pensar que hay hombre pese al mundo en llamas.

    Imágenes pese a todo. Hombres pese a todo. Poesía pese a todo. Cine pese a todo.

    Mi investigación sobre los campos es extraña. Cambia. No es simplemente ampliar conocimientos en la dirección de un pensamiento inicial -lo que ocurre, seamos sinceros, en casi todos los procesos de investigación, que se concretan en ¡Estaba claro! ¡Yo tenía razón!-, sino negarme a mi mismo cosas escritas, pensadas y formuladas hace dos o tres años. No me avergüenza reconocerlo. Algunas de las líneas básicas de mi investigación -lo inefable del exterminio, la especificidad única de Auschwitz en la Historia- se me han ido deshilvanando de manera irremediable. Hace seis meses, tuve que salir asfixiado de unas jornadas sobre el tema precisamente porque veía que todos los ponentes, uno tras otro, repetían los mismos lugares comunes. Nos hemos acostumbrado a repetir los mismos errores. Auschwitz no es inefable. Auschwitz no es específico. Auschwitz no es irrepetible. Pero, si somos sinceros, asumir esta nueva perspectiva hace que la realidad del exterminio no varíe en absoluto. Todo lo contrario. Nos obliga a hablar, puesto que se puede (y se debe) hablar de ello.

    Palabras pese a todo.

    Hoy me han ofrecido un proyecto de trabajo sobre el exterminio que me permitirá seguir pensando, seguir buscando, seguir equivocándome. Al contrario que ciertas vacas sagradas, no soy tan estúpido como para pensar que ya he encontrado las palabras, la metodología, el espacio privilegiado para pensar a seis millones de cadáveres. Todo lo contrario. El suelo de esta mansión encantada es de arenas movedizas.
   
   Les informaré. Les invitaré a que me acompañen en este viaje. Queda mucho trabajo por hacer, se lo aseguro.
   

10.9.11

10 de Septiembre. Non Historie(s). Non Cinema.


  
¿Por qué se escribe sobre cine?
  
Los Cultural Studies lo tenían claro. Padre, bendígame porque he pecado. Soy un hombre blanco, heterosexual, de un país del primer mundo. Padre, bendígame mientras dejo sonar un lamento sobre los cadáveres de mi mundo, cítaras, subversión, subvención. En la foto-finish del siglo XX saldremos guapos, elegantes, aseados, tolerantes, solidarios, ecologistas, comprometidos, y así analizaremos y analizaremos buscando los huecos del discurso.
 
  Padre, bendígame porque estoy reprimido. Ya lo dijo Foucault. Tanto hablar de la represión sólo indica que no hay represión alguna. Tanto hablar de las culpas, las heridas, tanto citar a Robin Wood y poner cara de seriedad en los Congresos de la cosa. Tanto Godard y tanto Mayo del 68 para ver si así nos sacamos una columnita, oye qué hay de lo mío que yo soy de los tuyos. Este es mi complejo de culpa, Insert Coin, citaremos a Negri, citaremos y citaremos y citaremos.

    Hoy es 10 de Septiembre de un año cualquiera, ya murió Enrique Morente y no conquistamos Manhattan, ni Berlín. Me hubiera gustado tanto escribir la nana triste del World Trade Center, anda jaleo jaleo, una nana triste que nos quitara el sueño llena de lunas luneras y de mi corazón enterrado en una esquinita pequeña de la Torre Norte. Me hubiera gustado tanto decirte que aquellos eran mis hermanos y pasearme por los agujeros de la memoria inventándome una bulería, un foxtrot, llenándome las manos con el polvo abandonado de la Zona Cero.

    ¿Por qué se escribe sobre cine?

    Los telediarios de mi país dicen siempre lo mismo. Las víctimas no eran las de Nueva York. Las víctimas estaban en Afganistan, en Irak, la culpa es del capitalismo, la culpa es del MundoConsumo, la culpa es nuestra, que les obligamos con nuestros mecanismos amargos y nuestros panes ázimos en forma de Mercado a tirarnos las dos torres gemelas. Padre, bendígame porque invierto en bolsa y exploto los pozos petrolíferos. Las víctimas no eran las de Nueva York, o eran menos víctimas, porque pertenecían a un país del primer mundo, explotador, colonialista, un país al que le gusta meterse en guerras y elegir a presidentes estúpidos. Ay, las víctimas de Nueva York eran mis hermanos. Los telediarios de mi país dicen siempre lo mismo.

     Anda, jaleo jaleo. Si yo pudiera trepar por una esquina del World Trade Center y arrepentirme por todos nosotros. Pero no duerme nadie por el cielo, y por la tierra, no hay paz para los hombres que aman al Señor. Se nos ha gastado el arte de cantar nanas, se nos gastó de tanto usarlo y ahora sólo tenemos la alegre celebración de la estulticia. Mujeres, Hombres, Terroristas y Viceversa.

    Por lo demás, cuando mañana salgan los expertos en las televisiones utilizando su sutil sentido del humor para volver a repetir el mantra antinorteamericano, cuando intenten convencernos de que lo ocurrido en el World Trace Center fue culpa de Occidente, cuando intenten decir que la sangre de la Zona Cero está en mis manos, te juro que mantendré los puños bien cerrados. Y apretaré los dientes. Aquellos hombres y aquellas mujeres, déjame repetirlo una vez más, eran mis hermanos.

7.9.11

WINDING REFN #01: Valhalla Rising


   Hace unos años, un aluvión de subproductos épicos atraídos por el éxito de Gladiator saturó las carteleras con una serie de huellas de estilo poco menos que homicidas. Montajes inspirados en la Playstation, personajes tópicos mascullando entre dientes lugares comunes, musiquillas con cítaras y voces femeninas fingiendo funerales desgajaron un retorno postmoderno al peplum, a la Obra Histórica, al videojuego con ínfulas cinematográficas. Tostones mayúsculos del tamaño de El reino de los cielos o El rey Arturo se autoseñalaban como eminentes homenajes cinematográficos, en lo que en el fondo no era sino un tardoneoclasicismo tecnológico para cubrir la cuota de mierda en las minisalas de los centros comerciales. El único que se salvó de aquella quema fue el imprescindible Zack Snyder y su desgarro espartano, y comprendo que para algunos ni eso.

    Pues bien, Valhalla Rising hubiera sido la única cinta realmente notable de aquella hornada, suponiendo que algún distribuidor suicida se hubiera arriesgado a poner pasta a nivel internacional y tratarla con dignidad. La única que se planteó cómo y cuándo reformular la etiqueta épica, dotarla de una nueva densidad, aplicar una verdadera construcción cinematográfica más allá de referentes, deudas contraídas, fotografías saturadas en amarillo cobrizo o en azul nocturno. Hubiera sido la única cinta de la que nadie hubiera escapado vivo, incólume, la única que nos hubiera impedido salir del cine, regresar a casa, dormir por la noche.
    ¿Qué tiene Winding Refn en la cabeza para formular una épica entre el gore digital y el puro placer de la contemplación? Brutalidad marca de la casa, excelentes meandros narrativos, una cierta pose pedante que no daña especialmente al conjunto... por momentos, parecía que Sartre se hubiera vuelto loco y hubiera reescrito el A puerta cerrada en ese brutal espacio en el que la fé, el miedo y la grandeza del cuerpo lacerado lo saturaban todo en la historia. Del mismo modo, también parece por momentos que ha decidido tapar con su cinta los intersticios, los huecos que Bergman dejó abiertos entre sus dos fabulosas cintas medievales -El séptimo sello y El manantial de la doncella- saqueando imperceptiblemente elementos de ambas hasta generar una pasta audiovisual de visionado tortuoso pero jugosas resonancias. Valhalla Rising está a kilómetros de la Historia, y sin embargo, realiza un valiente estudio ilustrado sobre el paganismo, el pánico y la brutalidad que desemboca, como no podría ser de otra manera, en la pesadilla existencialista, en la cara oculta del nombre de Dios, en la introducción de la Palabra -el asesinato del silencio- en nombre del Otro.
    Claro está que casi nada se encuentra en la superficie del texto. Ahí sólo hay niebla, sangre, jadeos, cuerpos destrozados, encuadres de una belleza aterradora. Sus planos se sumergen en lecturas ajenas, están narrativizados en un nivel que apunta a otro lugar, al espacio abierto del lector, al juicio a quemarropa. Es otro cine, un cine épico de gestos sencillos, por ejemplo, el gesto de la contemplación. Hace poco me quejaba amargamente de las niñas-Instagram que no pensaban la imagen. Refn, por el contrario, lo ha pensado todo, incluso en sus equivocaciones, utilizando la profundidad de campo, el retoque digital, la propia Historia-sin-historia postmoderna. A veces me recordaba al Dead man de Jarmusch, y me preguntaba si aquello no sería quizá su réplica europea, la puesta en escena de nuestra propia forja pero en dirección contraria, un pedazo de Escandinavia que flotara en el vacío hasta colisionar con el rumor de los mitos, el polvo nostálgico de los cadáveres descompuestos, todo ese matiz que nunca se contó en el Peplum. Siempre lo digo, y Winding Refn lo confirma en esta cinta por la vía de la náusea: no hay nada más complicado que construír una auténtica imagen, una imagen poderosa y capaz de hacernos descubrir su pureza en un universo que está, literalmente, sobresaturado de imágenes.

5.9.11

Contra las fuerzas de lo real: Notas sobre el cine de François Truffaut


 
Para amigos, cómplices, propios, extraños. Volviendo de nuevo a Truffaut, ahora desde una perspectiva menos divulgativa pero más exhaustiva y ligeramente psicoanalítica. Podéis leerlo en el último número de El genio Maligno, o sea, aquí.

3.9.11

El diván que habito


   Almodóvar, endiosado, se hace la manicura convertido en una señora mayor que invita a pastas rancias a sus amigas los domingos por la tarde, y ya de paso, les cuenta una película de miedo, pero sin sustos. Combate su nostalgia otoñal de viuda de La Santa Transición escuchando música elegantona y triste, ay la saudade, y se limpia una profunda lágrima en las cortinas rojas del salón de las visitas, con la porcelana emitiendo trémulos destellos, acumulando polvo y paja. Almodóvar es un gato siamés gordo y castrado que sueña con asustar ratoncillos, pero al que las horas ya le pesan en el reloj del abuelo, ay la lucha contra Franco si me hubiérais visto yo era la reina de las transexuales y me metía más que nadie, ay, pero ahora ya soy mayor y he envejecido con estilo y clase, vosotros no sabéis lo que es correr delante de los grises.

    Almodóvar quería ser Douglas Sirk, pero hablando de pollas. No quiero decir penes, ni falos, ni miembros viriles. Quiero decir pollas, así, con toda la brutalidad del léxico. Lo que quiere decir que quizá no entendió mucho a Sirk, porque en Sirk había sexo en cada fotograma pero a Freud había que buscarlo, había que pelearlo, había que interpretarlo debajo de las apariencias. Almodóvar tiene un diván forrado con la bandera de España, y allí reposa su sacrosanta cabeza revolucionaria para insultar a los liberales, a los maltratadores, a los curas, a las monjas y a los emperadores de los lagartos. Todos son iguales, como Boyero, son sucios y requeterancios, aunque parece que Almodóvar no entiende que su cine huele a armario cerrado. Con todas las acepciones de la metáfora: Armario. Y cerrado. Su primer cine es una curiosidad gamberra que -hay que decirlo claro- ahora es el relicario de los nostálgicos de la izquierda que siguen pensando, jaja qué risa, que la lluvia dorada de PepiLuciBom era para troncharse, vamos que mi marido me pega lo normal. Su primer cine es el Lourdes despiporrante de los que piensan que España tuvo solución en algún momento de los tardosetenta o los primeroochenta. Su segundo cine es un melodrama que a veces parece brillante y otras veces -ahora- es una broma de mal gusto, un pedo de señora mayor que rueda como sin ganas, como sin importarle un pito la historia, el plano, la naturaleza. El sindiós. Hay guiones que son un sindiós y son maravillosos. Otros dan vergüenza ajena. Todo postmodernidad, pero con boleros y Doña Concha Piquer en la trastienda.

   Quizá ustedes recuerden a los dos rockeros de cincuenta palos mal llevados que se sentaban en la puerta del antiguo Madrid Rock a beber litros y hablar con la peñita de buen rollo. Eran maravillosos, un icono del Madrid postmo, pero en el fondo, eran también como la última peliculita/pedo de Almodóvar: intentaban ser  transgresores utilizando los mismos lugares comunes de hace treinta años. Y así, por descontado, jamás llegará ni la revolución, ni la libertad, ni la belleza. Comeremos pastas rancias, beberemos té del 75, y al caer la tarde, quizá nos apostemos unas perras gordas al julepe con un buen peppermint caldoso. Pero la revolución cinematográfica, lo que se dice la revolución cinematográfica, no aparecerá por el retiro palaciego del último Almodóvar.

1.9.11

"Space Oddity" para niños

  
Como bien saben mis lectores habituales, uno de mis proyectos más ansiados es la paternidad. Todavía me quedan algunos años, pero mientras tanto voy coleccionando iconos del pop, rarezas del pensamiento adaptadas para niños, pequeños fetiches que me permitirán no sentirme culpable en el hipotético caso de que algún día entre en la habitación de mi vástago y me lo encuentre leyendo a Isabel Allende, escuchando a Justin Bieber o descargándose la última entrega de The Fast and the Furious. Si eso ocurre, pensaré que no ha sido culpa mía, que su padre no ha escatimado en esfuerzos para impedirle ser víctima de un ambiente malsano. Suelo discutirlo a menudo con Santa Juana de los Mataderos, y ella siempre utiliza los mejores resortes femeninos para intentar deshacer el nudo godiarno del gafapasta: No, a tu hijo, hagas lo que hagas, no le gustará Jean-Luc Godard.

   Pero yo no me rindo. Ni me rendiré. Por eso colecciono peluches de Freud, recopilatorios de Pink Floyd adaptados para niños, baberitos de los Sex Pistols y otros pequeños amuletos. Lo que hoy les ofrezco como regalo es una maravilla que he encontrado vía Popped Culture: la adaptación ilustrada del Space Oddity, ese sueño terrorífico mayor de mi siempre adorado David Bowie, ay, el Space Oddity para niños, cunitas que vuelen en el espacio sideral al grito de Planet Earth is blue and there´s nothing I can do...

    Y ustedes me dirán, con razón, que Space Oddity acaba como el rosario de la aurora, y que Bowie es un icono distópico, y que por qué, ya puestos, no le busco la versión infantil de A serbian film o le imprimo un mantelito de Irreversible para que vomite a gusto sus primeras papillas, o le leo La náusea antes de ir a dormir con gesto y voz de inmenso cariño. Ustedes me dirán que los niños de hoy suficiente tienen con la buena de Dora exploradora, con el bueno de Bob Esponja, o a las malas, con los Gormiti. Pero el universo, amigos, está mal diseñado, y si se dan una vuelta por los parques del centro descubrirán que no quieren que sus hijos sean de esos. Ustedes quieren algo especial, yo quiero algo especial, y para empezar, nada como el bueno del Major Tom explotando en miles de pedazos arropado por uno de esos saxos inmejorables del pop.

   No me den las gracias. Entre todos crearemos una generación que pueda enfrentarse al Apocalipsis, el cambio climático, la invasión islámica o la hecatombe zombie con la seriedad, el cariño y la humildad que nosotros no tenemos. No, no me den las gracias.

(El autor, por cierto, es el fabuloso Andrew Kolb. Pueden encontrar su web aquí, y la versión completa del cómic de Bowie, aquí)