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8.3.15

Hotel Kid: Pompeya

David Cronenberg

Ayer fui a ver Maps to the stars a la sesión de madrugada de una multisala. Las butacas olían a pánico, a soledad y a semen no derramado. Alguien se había dejado un reloj sin pilas en la fila cinco y los chicos del servicio de limpieza estaban colocándose en el parking, quitándose el olor de las palomitas con colonias altas en feromonas. Siempre que voy a ver pelis de Cronenberg me acuerdo de Sabina Spielrein -pero hoy no voy a hablar de ello- y de Pompeya. 

Pompeya, ahora hablando en serio, estaba muy jodida. Acariciarla era como acariciar uno de esos gatos callejeros abiertos en canal que agonizan en los andenes próximos a las zonas de servicio de las grandes ciudades. Había conseguido sumir a su analista en una depresión leve después de tres sesiones y cuando le pegaba la bajada de los antidepresivos se encerraba en su habitación del Hotel Kid a ver en bucle La casa es negra de Forugh Farrokhzad. La había deseado de veras, ya sabes lo que quiero decir. 

Había cenado con ella un par de veces en un Dinners económico que había un par de manzanas detrás del Teatro Kodak, y habíamos hablado de viejas películas de ciencia ficción, de una novia que ella se había echado un verano en una playa nudista en Oporto, de por qué era tan difícil encontrar buenas grabaciones de Jelly Roll Morton. Luego se ponía triste y comenzaba a dejarse las historias a mitad de contar, como si se hubiera depositado ante sus ojos una capa de polvo arqueológico y emocional. Sabías que nadie la había amado de veras. Yo, por mi parte, la había deseado de veras a la hora de la cena, mientras ella hablaba, fumaba Chester y le echaba (nunca llegué a entenderlo del todo) sacarina a la Coca Cola Zero. Me dejaba en la puerta de la habitación, me daba un beso rápido en la mejilla y subía en el ascensor dejándome un tanto incrédulo y aliviado a un par de horas del amanecer. En aquel momento yo tenía un viejo portátil Compaq que había heredado de un tío bosnio (lo juro, es verdad: tuve un tío bosnio, pero eso también lo contaré en otro momento) que me servía para ir esbozando críticas que luego no colocaba en ninguna revista. Por eso me abrí un blog, claro. Como todo el mundo.

Pompeya, ahora en serio, era un tipa de puta madre. Simplemente, las cosas no le habían salido bien: familia conservadora cansada de sí misma, colección de crucifijos y banderas patrióticas en el sótano del abuelo muerto, navajazos a la hora de la transición. Ella entendió que lo que quería de verdad era un marido, pero decidió combatir su propio deseo pirándose de casa, declarándose bisexual, tatuándose un frame de Robert Aldrich en la espalda y combatiendo la angustia con canciones de crooners pasados de moda y Alprazolam a granel. Era inteligente como un ratón herido y estaba mucho más guapa tras pillar unos kilos a base de vivir una temporada comiéndose las sobras que tiraban los turistas en las papeleras del Paseo de la Fama. Ni siquiera quería ser actriz. Ni siquiera quería trabajar en el cine. Simplemente quería vivir lejos de esa familia hijadeputa que pagaba una pasta por debajo de la mesa a los cofrades del Santísimo Aburrimiento y a la que hubiera dado la razón si se hubiera atrevido a cumplir su único deseo. Una noche me confesó que se había masturbado varias veces la primera vez que vio Crash -la de Cronenberg, claro- y entonces comprendí que se parecía mucho a las mujeres que me gustaba tener en mi vida.

Me besaba en la mejilla -queda dicho- y subía al piso superior, probablemente riéndose entre dientes y planeando las próximas malignidades, los próximos trucos de magia con los que me desvelaría cuando, disimulando, nos cruzáramos en la recepción de las revistas de tercera y las productoras porno. Era una tipa de puta madre pero a veces se miraba al espejo y lo que veía le hacía tanto daño que se subía en la primera limo que pillaba por la calle suplicando amor, sexo oral y una epifanía definitiva. Sólo consiguió una de las tres cosas.

Ayer fui a ver Maps to the Stars y, no sé si la has visto ya, hay una escena de apertura fantástica en la que Mia Wasikowska dormita entre los asientos de un falso Greyhound. Es tan hermosa, tan frágil, está tan jodida y uno sabe que ha tenido que tragar tanta mierda que pensé en Pompeya y en la manera en la que me decía, casi con lágrimas en los ojos:

- ¿Sabes, Aarón? Yo lo único que he deseado en la vida, lo único de verdad, es vivir la escena del traje de Cheerleader de Una historia de Violencia. El día que lo consiga, cuando tenga un marido que me siga follando después de una década, pensaré que he cerrado el ciclo y me mataré. 

    Sabía que hablaba en serio.

    Pompeya siempre lo hacía.

30.12.11

Spielrein


...aunque quizá si no hubiera visto la escena en la que los dos fingen hablar de Wagner, ella con el ansia brutal de agotar los misterios del análisis y él con la mirada perdida en un océano de sangre derramada, la fotografía congelada en blanco y negro de Sabina Spielrein y el confesionario silencioso de la culpa luterana, ay Jung de los mataderos, con las manos sumergidas en...

...en un pastel de carne con sabor a ceniza, el cuerpo descerrajado y las lágrimas al paladear la extraña comida, la traición, lo que hubiéramos podido decirle a Justine, la traición, siempre la traición, Madame de Tourvel prostituyéndose en el salón ante de la revolución, una revolución que jamás llegará a España porque España está ya muerta, pero Madame de Tourvel parpadea debajo de un neón, me la imagino al caer la noche escapándose detrás de los drugstores y los locutorios, con el ansia desquiciada del futuro...

...la primera escena de Saraband -Marianne enseña sus fotografías- y después nos aprendimos la lección de la belleza de memoria, me levantaba a las ocho de la mañana los sábados con toda la resaca del mundo y la luz se me clavaba en el fondo del globo ocular, un café y las tres horas de Secretos de un matrimonio, y el olor a la piel y a la metralla, las manchas de vómito en el dobladillo, aquello ocurrió hace ya cinco años pero parece que era ayer cuando yo me leía -¿era casualidad?- la tesis doctoral de Jung sobre el espiritismo & escribí una cita en la última página y después, me marché de allí & atravesé la ciudad & encendí un cigarrillo & las arañas se dormían dulcemente bajo tu colchón & los semáforos en rojo & el polvo densísimo de un lenguaje semiolvidado en la espesura de los parques, mientras niños crueles de tierras africanas jugaban al costo, afilaban sus navajas, los cuerpos rotos de sangre o de pasión & las carreteras al caer la noche...

...ciertamente hablamos de otra cosa, de la crucifixión de Sabina Spielrein ahora que caen las últimas luces de 2011 y los científicos -no hay de qué preocuparse- ya nos han jurado que el planeta no chocará contra la tierra, que podremos salir a la terraza con nuestro telescopio, aunque se nos suele olvidar que el melancólico era, muy precisamente, aquel que en la Edad Media pensaba más allá de la Idea de Dios y, al hacerlo, se rompía en miles de pedazos, luego le llamamos a eso ewige Wiederkehr des Gleichen, luego llamamos a eso Sabina Spielrein, luego nos mordimos los labios ante una carcajada que brotaba como la sangre y luego, según creo recordar, bailamos.

   Un día sin baile, ya se sabe, es un día perdido.

   Por lo demás, ¿qué podría decirte, salvo quizá, que la cruz del Jung de Cronenberg es mi misma cruz, y sus lágrimas son mis mismas lágrimas, y -citemos de nuevo a Müller- qué culpa tengo yo si la Historia está cansada y si todo esto ha ocurrido ya incontables veces? O ese otro enano que nos decía:
- Y esa araña que se arrastra con lentitud a la luz de la luna, y esa misma luz de la luna, y yo y tú cuchicheando ambos junto a este portón, cuchicheando de cosas eternas...

   Por lo demás, Sabina Spielrein, que el nombre de Dionisio te bendiga. El enano, la araña, la luna y el vizconde de Valmont nos retiramos a beber bajo una pequeña tienda compuesta por palos de madera. Por lo demás.

26.11.11

Apuntes en el márgen de "Un método peligroso"



1.
   ¿Por qué algunos decidimos, contra la supuesta verdad científica, apostar por el psicoanálisis? Apostar, en un sentido entre Pascal y Kierkegaard: apostar desde una fé total y sin condiciones. Quizá porque el psicoanálisis nos dijo, en primer lugar, lo que nadie nos ha dicho nunca: Yo sé de tu deseo.

2.
    El psicoanálisis a veces intenta ser domesticado. Otras veces intenta ser oscurecido, otras veces intenta ser convertido en itinerario curricular, otras veces se pasa por el filtro de la ideología. Pero el psicoanálisis en el que yo creo está a medio camino entre el gesto histérico, el deseo y la palabra. Circula entre los tres polos y no admite otra teorización que mi propia vivencia. Hasta el momento, no he tocado el diván, pero casi toda mi vida ha sido un movimiento entre el deseo y la escritura, a veces circular, a veces angustioso, a veces implícito, a veces frustrado y a veces victorioso. Del deseo a la palabra y vuela, atrapado en el losange de la fórmula del fantasma o así.
    Luego en el cine encontré algunos símbolos que me servian y decidí utilizarlos como trozos de síntomas, obsesiones, titubeos. Trozos de deseo flotantes y enquistados en un mar de goce: la biblioteca de Solaris, las lágrimas de Naomi Watts en Mulholland Drive, Eloíse en El hotel del millón de dólares.

3.
    Los primeros diez minutos de Un método peligroso son un pequeño prodigio. Cronenberg demuestra que para enfrentarse a la verdad del análisis no hace falta buscar un dispositivo cinematográfico hiperestilizado lleno de trucos surrealistas y visiones desaforadas. La escala del plano y el uso del foco restituyen el puente mágico de la palabra. El gesto total de la actriz -un gesto centrípeto, un gesto histérico que lo fagocita todo- explica el dolor del delirio y se convierte en un prodigio de humanidad. Keira Knightley es el Agnus dei del deseo, el símbolo quebrado de todos los que se duelen en su deseo. En su tremendo desgarro comparecen todas las víctimas del deseo, crucificadas sin remedio en esa insatisfacción total, escapando siempre hacia otros paraísos efímeros, devastados, paraísos mutilados de usar y tirar.
    De un lado, la vida que te cuentas. De otro, la vida del deseo que lo ha arrasado todo hasta las cenizas... And the death shall have no dominion.


4.
    El deseo, en Cronenberg, es el deseo de Jung. Quizá porque es un tema necesariamente literario.
    Hablar del deseo de Freud hubiera sido notablemente más escabroso y la fábula se hubiera disuelto en un abismo implacable. (Al final, la pregunta del millón de dólares hubiera sido: ¿azotó, se sometió, deslizó su lengua el padre del psicoanálisis por el cuerpo deslumbrante de su cuñada?). Hablar del deseo de Freud es, así entre usted y yo, bastante más incómodo.
    El deseo, en el espectador masculino heterosexual, se enrosca y se clava sobre el cuerpo sorprendentemente lacerado y terminal de Knightley, y entonces la mirada es muerte, y es sadismo, y es la vieja máxima de Isaac pero en su corriente más brutal, volvemos a Kierkegaard. Átame fuerte padre, no sea que por miedo me resista.
   Otra buena definición del deseo. Átame fuerte padre, no sea que por miedo me resista.

5.
    Dicen que el psicoanálisis está muerto. Onfray ha escrito un librito contra Freud, como antes había escrito un librito contra Dios. Onfray se considera un rebelde, ya ves, cuando nada hay más fácil y más aburrido hoy en día que escribir contra Freud y contra Dios.
    Quizá Onfray no ha deseado tanto. Quizá no haya deseado tan bien.
    En un momento casi final de la cinta, uno de los personajes, atravesado de un dolor definitivo, mira hacia atrás y recupera el hilo de lo más extremo de su deseo, recuerda lo vivido, hace acopio de la sangre derramada y finalmente susurra: Es lo mejor que me ha pasado en la vida. Esa es la máxima prueba de la importancia del psicoanálisis: un ser humano más allá de la lógica y de la razón, declara su derecho a vivir atravesado en su deseo. No en el deseo de los demás ni -quizá- en el deseo del Otro. En su deseo.