Mostrando entradas con la etiqueta Los renegados del diablo. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Los renegados del diablo. Mostrar todas las entradas

23.8.11

Apuntes sobre el cine de Rob Zombie

La filmografía de Zombie es breve y coherente. De entrada, dos virtudes. Del mismo modo, sus cuatro películas parecen fluir con una extraña lógica, como un ensayo de puro cine que no terminara de cerrarse sobre sí mismo, cine que avanza en la duda, en el balbuceo, que emociona o que fracasa precisamente porque asume riesgos.

Reconozco que la primera vez que me enfrenté a La casa de los mil cadáveres no me gustó demasiado. Me pareció un producto pasable, lejanamente superior a las otras doscientas películas slasher que surgieron ese lustro al calor de un -incomprensible, pero intenso- revival Wes Craven. Sin embargo, una vez que la colocas al lado de Los renegados del diablo, y las dos partes de Halloween, la cosa cambia. Se convierte en el primer paso de otra cosa mucho más grande, un tremendo óleo de sangre y cultura popular sobre el que se pueden leer los esfuerzos por contar historias más allá del trazo grueso, del payaso asesino, de la teta por la teta. Zombie no quiere ser un imbécil a la sombra de la generación Tarantino, y por eso despunta y hace quiebros, se convierte en un recortador del gore, un pequeño auteur a medio camino entre El Bosco, David Lynch y las películas porno sesenteras. Es cruel. Es implacable. Es inteligente, y por eso sabe que lo suyo es la manipulación, el truco de magia, la extraña empatía con los monstruos, el deseo, el goce. Zombie maneja el problema del goce como Dios, y por eso está fascinado con La naranja mecánica, y por eso le quita a Kubrick el elemento intelectual y le introduce de lleno una vírgen/vixens siliconada, el mono/falo de 2001 pero en clave de country y con adolescentes fornifollando.

Y es que Zombie no es ningún machaca. La prueba evidente es esa especie de laxitud moral que recorre su obra. O, mejor dicho, su mirada. ¿Cuándo está Zombie hablando en serio y cuándo está hablando en broma? La diferencia con cintas como Planet Horror o Braindead es que, inquietantemente, Zombie lleva la cámara al límite de la carcajada y de la angustia... sin decidirse por ninguno de los polos. Es un equilibrista entre el horror y la coña marinera, de tal modo que al final sus cuatro cintas pensadas, así, en bloque, resultan ser una suerte de Crítica de la razón sádica. Lo que, para días en los que uno anda con la mirada torva, es maravilloso.

Me gusta. Me gusta cómo Zombie rueda el color del neón sobre la carne de las putas, me gustan sus adolescentes aterradas, me gustan sus cuerpos descuartizados. Me gusta, porque es una estética del Apocalipsis para resistentes. Si ahora tuviera 16 años, me gustaría Zombie incluso más que Bergman. Ustedes quizá no lo recuerden -quizá no lo hayan vivido- pero ciertos textos límite son textos de resistencia. Ideológica y personal. Zombie camina en esa línea, decidamos verlo o no. Y quizá esa es la clave: espacios de resistencia para un pensamiento gore.

9.7.11

Apuntes Postmo #02: 3 movimientos / 9 frames

MOVIMIENTO #01: Es la víctima. Agnus Dei.


MOVIMIENTO #02: Es el crímen. Gólgota.


MOVIMIENTO #03: El relato se tuerce. El asesino es digno de compasión. Es digno de compasión porque antes nos ha fascinado.


El manantial de la doncella era Dios (Padre) y lo simbólico.
Psicósis era el Hombre (la Madre) y la locura.
Los renegados del diablo era la Cultura Pop (el Diablo) y la fascinación.

5.7.11

Apuntes Postmo #01: "Los renegados del diablo"



"Are you OK? You´ve been shot in the head and I´m holding your brains, the old woman said. So I drink in the shadows of an evening sky, see nothing at all"
(David Bowie, Seven years in the Tibet)

La postmodernidad envidia siniestramente a sus monstruos. Está enamorada de ellos, les escribe largas y profundas cartas de amor mientras derrama lágrimas de sangre. Les escucha hablar en los balcones del tercer mundo, recién llegados del cáncer, les ofrece la carne blanquísima de sus hijas para que las violen en los descampados y las barriadas underground. El cine protofascista -lo sabemos desde Kracauer- es siempre la fascinación por el monstruo, el susurro por el psicópata, el baile descabellado con Caligari dejándonos los labios y los dientes en un beso sucio y húmedo.

Creo que Rob Zombie, muy a su pesar, es un buen cineasta. Me gusta paladear las palabras con cuidado: muy a su pesar. Se empeña en intentar convencernos de que sus películas son una inmensa broma, una bufonada postmoderna, un juego a medio camino entre los Hermanos Marx y los asesinos de las niñas de Alcasser. Pero no es cierto. Si lo fuera, no hubiera rodado con escalofriante precisión los últimos cinco minutos de Los renegados del diablo, mimando cada plano, estudiando meticulosamente el ritmo, enamorándose de su propia imágen. Si lo fuera, ciertas escenas -el asalto al prostíbulo- no estarían preñadas de una inmensísima poesía decadente, una melancolía incurable, la confesión a media luz de los pecados más hermosos del mundo. Zombie a veces asfixia sus propias carcajadas y se descubre frente al espejo como un payaso desolado incapaz de mantener sus propios chistes.

Los renegados del diablo
es una película incomprensiblemente hermosa. Nada que ver con su -decepcionante- La casa de los mil cadáveres. Aquí el celuloide huele al primer Wes Craven, pero también a Easy Rider o a la Fat City de John Houston. Llega mucho más lejos que otras pseudo-bufonadas supuestamente herederas de la exploitation, mucho más lejos que Planet Terror o que el remake de La última casa a la izquierda. Es una cinta religiosa y desquiciada como la extrema unción de un asesino en serie. Una cinta sobre mártires, sobre la tortura, sobre la piedad, la iluminación, la redención y el castigo.

La única manera de entender las tremendas posibilidades de Los renegados del diablo es entendiendo con claridad su más íntima naturaleza: la de un palpitante trozo de poesía fascista. Poesía de la exterminación y la humillación, sugerentemente cercana y motivadora, poesía para niños díscolos que han soñado con entrar en los institutos disparando en la cabeza de sus compañeros. Poesía para los cadáveres del futuro, y también para los verdugos, los camisas negras on-line y los maoístas de cuño 2.0. Más allá de la mirada del Rob Zombie que no puede evitar ser poeta queda una materia adiposa de tópicos sobre los serial killers (el motel, Texas, los cadáveres apilados en la nevera) mucho menos interesante. Lo que funciona es otra cosa.

Lo que funciona es el crímen. El castigo. Dostoievsky encerrado en el orgasmo espasmódico de una gothic lolita.