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21.7.15

Apuntes varios y últimas publicaciones

    Estimados amigos y compañeros:
    Cosas que pueden interesar a propios y extraños por diferentes razones y, por supuesto, con sus diferentes parafilias:

Aarón Rodríguez


1) Como muchos ya sabéis, Espejos en Auschwitz salió a la calle hace ya cosa de un par de meses y debo decir que su recepción ha sido excepcionalmente buena. Como siempre, muy agradecido a los cómplices que me están mandando sus opiniones, sus comentarios, sus críticas y sus impresiones. Por si alguien quiere cotillear la entrevista que me hicieron al respecto en Radio Sefarad, se puede consultar tal que aquí. Y hablando de Radio Sefarad, seguimos con la tercera temporada de Cine y Shoah, espacio radiofónico y laboratorio para ir desgranando ideas variadas. Ya se ha emitido el tercer programa, correspondiente a La dama de oro.

Roy Andersson

2) Abandonamos el terreno holocáustico y nos vamos a la comedia negra negrísima sueca. Además, acompañado por el ínclito Javier Hernández y con los compañeros de Cine Divergente. Esta semana nos hemos cruzado unas cartas a propósito de Una paloma se posó en una rama a reflexionar sobre la existencia, la fantástica película de Roy Andersson. Se pueden leer tal que aquí.

Wan


3) Y ya para finalizar con el autobombo y la autopromoción, avisar a los interesados de que estoy metido hasta las cejas en un pequeño experimento de análisis fílmico: visibilizar, vía twitter, los procesos "en directo" de un análisis concreto. La idea es trabajar al completo la Trilogía Insidious, ir viendo cómo surgen las resistencias, las ideas, cómo se van agrupando en núcleos temáticos... Puede ser una cosa interesante para mostrar los rudimentos del proceso de trabajo antes de la redacción de un texto completo. Era un poco lo que pretendía hacer con la Ida de Pawlikowski, pero de manera mucho más fresca y sin menos complicación. Veremos cómo resulta la experiencia.

Por lo demás, espero que todos estéis disfrutando ya de la temporada estival, que gocéis mucho y muy bien de las vacaciones, y que tengáis una buena colección de lecturas para disfrutar en playa, piscina, montaña, ciudad asfaltada, silo nuclear, desierto cinematográfico o donde os venga en gana.
Besos, abrazos, salud.

5.6.15

Un esbozo de "Insidious 3"

Crítica


01.
    El espectador mira siempre una película a través de su propio tiempo y su propia experiencia. Lo vivido, lo que ya sabe, es como una especie de cristal que difumina lo que arroja la materialidad fílmica y nos permite acceder a un cierto saber. Por ejemplo, que el espectador de Insidious 3 sepa desde el primer momento cómo y cuándo van a morir ciertos personajes -lo ha visto en las anteriores entregas de la saga- baña toda la lucha propuesta en una cierta tristeza. En una cierta futilidad.

    Ahí está Elise Rainer, la anciana que carga entre sus dedos todo el peso de la comunicación fantasmal. Arrastra por el metraje una serie de estructuras narrativas eminentemente cinematográficas (el proceso de duelo, la aceptación de su don...) que conforman un pasaje conocido por el espectador. Y, sin embargo, desde hace años sabemos de su muerte, de su fracaso. Toda la evolución de su personaje tiene ese punto amargo del fracaso, de la insoportable inutilidad de su proyecto vital/mortal.

    Creo que se ha reflexionado poco sobre esto: Insidious es una de las sagas más desesperadas, más aciagas, más estrictamente pesimistas del cine contemporáneo. Por mucho que las cintas se maquillen puntualmente en ciertas secuencias con el espejismo de una cierta fe -en la paternidad, en la familia, en las estructuras estrictamente humanas de emancipación y encuentro-, al final lo único que queda es la mueca desquiciada de un fantasma. 

    Y no me refiero, por cierto, al típico giro final en el que el espectro de turno reaparece súbitamente para generar un susto inesperado. Me refiero al contenido estricto de las ideas del film: la manera grisácea en la que, tras las luchas en el límite de sus verdaderos protagonistas, no queda nada. 

02.
    Ayer, en la cola del cine, reflexionaba a propósito del hecho de que la primera parte de Insidious fue -creo que puedo reconocerlo- una de las pocas películas de terror que me provocó auténticas pesadillas. De alguna manera, escribió cosas en mi inconsciente que flotaron hasta tres semanas después de asistir a su proyección. De hecho, el gesto inicial de la primera parte -la aparición de la novia emergiendo del interior de un reloj con la mirada clavada en cámara- sigue siendo una suerte de cima simbólica que me demostró hasta qué punto el cine -el aparataje fílmico- nos conoce. Nos conoce íntimamente, de una manera intolerable, y es capaz de atravesar con toda facilidad nuestras resistencias e incubar en lo más profundo de nuestra existencia el latido del pánico.

    Insidious 3 no tiene esa potencia visual, qué duda cabe, pero realiza un ejercicio sobrio de reflexión sobre su propia escritura. De hecho, introduce un nuevo gesto que merece la pena explorar con toda seriedad: la recuperación, para el terror, de la figura sagrada de la mártir. 

03.

    La mártir y el cinematógrafo.

Dreyer

    La mártir, el terror y el cinematógrafo.

Cine

    Nueva mártir para que el cinematógrafo encarne un viejo terror.

Crítica

    El cuerpo femenino de Stefanie Scott, convertida aquí en una especie de doble de ese icono mayor del terror de nuestros días que se perfila entre las geografías de Chloë Grace Moretz Olivia Cooke. La mártir banal, como princesa torpe y letrada de barriada norteamericana, huérfana, postrada, sexual, quién sabe si virgen, deseable. Pero sobre todo inocente. Inocente en su propia ingenuidad, un poco como las tontilocas que nos cruzamos en la adolescencia que iban por el mundo de poetisas, seres únicos y bendecidos por la belleza y la cultura, niñas que querían ser estrellas del pop del conocimiento, hipsters y divas. Y toda esa activación del deseo de la oscuridad, la agresión, de ese tu-no-sabes-lo-que-es-tener-un-puto-problema que se nos pasaba por la cabeza después de escuchar interminables peroratas sobre las tragedias con su padre, su hermana, sus amigas, su autoestima, su dieta, su mascota, sus inseguridades, su exnovio, su exnovia, su físico, su químico, sus drogas, su falta de oportunidades.

    Tu-no-sabes-lo-que-es-tener-un-puto-problema, es decir, no tienes una experiencia verdadera del sufrimiento, una de esas experiencias que hacen temblar el lenguaje en toda su magnificencia y su alteridad, esas que nunca se cuentan porque están tan enquistadas en el fondo de la garganta que, de hacerlas emerger, a buen seguro nos destruirían. De ahí que el demonio de Insidious 3 nos resulte extrañamente sexual y extrañamente simpático, extrañamente cruel pero también extrañamente conocido. Moviliza, en su acontecer, un gesto pulsional que hace transitar nuestro deseo con mucha más precisión que los fantasmas de las anteriores películas. Podríamos decir que si el fantasma de Insidious 1 emergía de un reloj, este bien podría emerger de un espejo.

    La mártir cinematográfica es siempre sagrada en tanto recibe nuestra pulsión, pero paga un precio terrible por ello. La mártir, cuyo cuerpo nos otorga la cifra del horror de nuestro deseo. La mártir siempre es, en cierto modo, la figura ética que nos obliga a mirar lo que somos sin arrancarnos los ojos.

04.

    Entiendo que un cierto sector del público reniegue del cine de terror, de igual modo que entiendo que un cierto sector del público reniegue del psicoanálisis. Lo que (se) desvela, por la vía de la desintegración, es al mismo tiempo fascinante y terrible. No deja de ser curioso que cuando Heidegger construyó todo su aparataje estético, incluyera el ejercicio de desvelamiento como clave para acceder al ser de la obra de arte. Insidous 3 no desvela el ser, sino que desvela el envés del ser, la zona sombría del ser en el que mora lo impronunciable. Únicamente por eso, ya deberíamos sentirnos invitados a estudiarla con la mayor seriedad. 

    La otra opción, claro, es enloquecer.

15.6.11

Crítica: "Insidious"

En la crítica que Mónica Jordán publicó hace un par de días en Miradas de Cine, daba en el clavo al conectar los núcleos del terror que se disparaban en Insidious con la problemática de lo temporal. Si para ella el punto de ignición era el tiempo entendido como huella del pasado (el corazón del género de terror es eso que los amigos del psicoanálisis llamamos "el retorno de lo reprimido"), sería lícito pensar que esta posibilidad se abre a múltiples lecturas. De algunas de ellas pienso hacerme cargo en los siguientes párrafos.
Seleccionemos al azar a un sujeto de Occidente. Su relación con el tiempo suele ser problemática: lo llena de cosas estúpidas, pensando probablemente que el alegre consumo de sustancias farmacológicas o de placebos tecnológicos le va a salvar de las huellas de lo real. Las huellas del tiempo son necesariamente reales, mientras que las huellas del deseo o de la identidad tienden a ser virtuales. Facebook, Badoo, AdultFriendFinder son espacios que actúan como el limbo de "Insidious": literalmente, espacios sin tiempo, espacios en los que el tiempo no existe. El sujeto que se desdobla en un viaje astral 3.0 es el sujeto que se olvida su cuerpo real (su cuerpo enfermo, su cuerpo imperfecto, su cuerpo de senos fláccidos e impotencias, su cuerpo de excremento, pelo y pus), y se apunta a la moda del otro lado, del tiempo descerrajado.

El cine de terror contemporáneo ha sido exquisitamente hábil para proponer una adaptación palomitera del ser-para-la-muerte, y ya de paso, injertarla en el tejido de lo familiar. Las relaciones entre el tiempo, el terror y la familia, se repiten como un mantra, semana tras semana, en las carteleras. En Paranormal Activity, por ejemplo, todo lo que había era un tremendo ejercicio (fracasado) de puesta en forma, un baile entre el horror y el tiempo: el plano fijo, mantenido minuto tras minuto, obligando a mirar al espectador, a construír. Y, en la misma dirección, imprimiendo sobre las escenas las coordenadas temporales: fechas, horas, minutos, segundos para el horror. Lo mismo ocurría en la muy superior El exorcismo de Emily Rose, en la que los relojes eran los heraldos últimos de la angustia, y marcaban con dulces mordiscos el cuerpo torturado de la protagonista. A las 3:33 de la mañana, Occidente se planteaba que, después de todo, el demonio existía y estaba agazapado en un rincón de lo íntimo. En Insidious, el juego es el mismo: ver cómo la familia se desmorona porque alguien/algo llama a la puerta de atrás. La cinta, de hecho, comienza de manera exquisita: un niño sueña. La cámara se desliza del sueño del niño al interior de un reloj de pared en un moroso travelling. Al principio, bajo los engranajes no hay nada. Luego, lentamente se dibuja el siguiente rostro:


La cinta ha desplegado las cartas encima de la mesa y mantendrá la apuesta. Se equivocará en varios momentos -lo que Jordán referencia como guiños al Giallo, por ejemplo, yo lo metería en el cajón de la pereza intelectual y de la cutrez en la dirección de arte-, pero también acertará en el escalofrío, en el juego de tensión/calma, en el juego con los nervios del espectador mediante lo que se muestra y lo que se sugiere. A veces la cinta se convierte en un putón verbenero y kitsch que se pinta los morros en el cabaret del remordimiento, otras veces quiere ser un documental gélido y perverso. Peca de ingenuo, saca la lengua, utiliza trucos baratos o mata de miedo. Una de mis escenas favoritas -la conversación entre la medium y los padres en el salón de la casa- es terrorífica precisamente porque no ocurre nada en absoluto: el rostro de los que hablan se presenta rugoso, feo, sin maquillaje, descarado en su inmediatez. Simplemente eso: rostros familiares que se enfrentan al horror.

Por lo demás, ¿quién es la mujer que sonríe desde el reloj de cuerda? ¿Habrá una segunda parte que mejore los baches de guión y de dirección artística? ¿Seguirá el cine de terror viviendo esta excelente edad de oro por la que andamos transitando en la última década y media?