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29.10.11

Ojalá pudiérais morir dos veces


"Ojalá pudieras morir dos veces"
(Dexter Morgan)

    Yo soy español, español, español. Yo soy español, español, español. Yo soy español, español, español.

    Vivo en un país que pagará 10.000 euros a la madre de un asesino para que se de un garbeo por el prime time enseñando lágrimas y demostrando lo mal que lo ha pasado su familia. La expresión "hijo de puta" encuentra exquisitas y contagiosas resonancias. El Colectivo Hetaira emite una pancarta al calor del 15M afirmando rotundamente: "Políticos y banqueros no son hijos nuestros". Dame tu cuerpo, nigeriana, que yo soy español, español, español y aquí la fiesta nunca termina.

    En la casa del pobre a la hora de comer hay migajas de resentimiento y mamá cómprame un Ipad. En la casa del rico hay lagrimones por la muerte de Steve Jobs y chuletitas buenas buenas, caldo honorable con sabor de señoritas bien que visten de blanco y se enamoran escuchando a Black Eyed Peas, porque, joder, I´ve got the feeling that tonight is gonna be a good good night. Para la madre del Cuco, desde luego, lo será. Con 10.000 euros le puede comprar a su retoño criminal y desalmado el IKill, manzana ensangrentada incluída, que se beneficia de las expansiones Dónde-está-tu-cuerpo-mamita 2.0 y un geolocalizador de los basureros y los bajos fondos del Guadalquivir, no es verdad ángel de amor, ángel de muerte. En la apartada orilla de nuestra bárbara península miles de televisores verán esta noche La Noria fumando lentamente en los ceniceros homicidas de prohibido fumar.

    A las que nadie ha visto es a las víctimas del terrorismo, claro, porque son los aguafiestas de la Gran Fiesta de la Democracia, y así a la víctima se le mata dos veces: de pólvora y silencio, de bomba y de indiferencia, víctimas no mediáticas que no emergen de ninguna fosa cómun de la Guerra Civil, sino de la fosa cercana y humeante de la Transición o la Democracia, que es otra cosa. Dame tu cuerpo mutilado, dame tu cuerpo muerto, dame tu fosa en los cielos y tu nombre para que los telediarios guarden silencio. Dame verbena y derrámate por mis cavidades humeantes, ¿ves? Aquí cabe una bala como un beso, o una boca como un zulo. Si tuviera carnet del PP lo llenaría con mi sangre y lo remitiría con mis mejores saludos a Calle Génova 13, Departamento de Correo de los Traidores. Si tuviera carnet de UPD lo llenaría con mis lágrimas y lo remitiría con mis mejores saludos a Calle Casi Lo Consigues 13, Departamento de Así No Ganarás Unas Elecciones en La Puta Vida. Si tuviera carnet del PSOE lo hubiera quemado hace muchos años sobre un cenicero incrustado en la cabeza del prójimo de turno..

    Pero tengo mi carnet de identidad, en el que únicamente dice que soy español, español, español.

    Ojalá pudiérais morir dos veces y ser enterrados en una fosa sin Memoria Histórica o de ningún otro tipo. Ojalá pudiera recoger vuestras cenizas dos veces, lloraros hipócritamente dos veces, rezar dos padres nuestros a este cielo español  y deshabitado en el que ángeles sin piernas y encerrados en zulos se desploman por los márgenes del Tiempo. Vosotros, los guionistas, los presentadores, los tertulianos, los cínicos, los mentirosos, los responsables, los asesinos, los padres, los hijos, los periodistas, los que esta noche veréis a la madre de un mal nacido impostando una lagrimilla o un lagrimón. No habrá justicia suficiente para nadie porque nadie puede morir dos, tres, cuatro mil veces. Sara Carbonero, Rosa Díez, Terelu, Jordi González, Mariano, Alfredo, Patxi, Arnaldo, se os pudrirán los labios de besos mediáticos y entonces descubriréis, ay, que tenéis el escorbuto inmemorial de los españoles arrastrándose por vuestro miserable esqueleto como una hermosísima metástasis.

21.10.11

Elegía

 
Hoy no es un día de fiesta para España. No desplegaré ninguna bandera en el balcón, ni palmearé ninguna espalda. Hoy guardaré el silencio reverencial de la paz perpetua y el cansancio. No habrá guirnaldas, ni himnos, sino las manos llenas de ceniza y el corazón podrido de coleccionar nombres, recuerdos perdidos, océanos de pánico, funambulistas enamorados arrojándose en decenas de detonaciones, explosiones, insultos, muescas/muecas de odio.

    Mi tierra, esta tierra que mis pies pisan y que guardó mis amores y mis pequeñas luchas, luchas que no tienen ningún cadáver ni ningún cuerpo amputado, luchas ingenuas adolescentes de pasada la transición, luchas de aquel verano hace una eternidad y un día cuando los chicos del pueblo pillamos las motos gripadas y -sin casco y sin carnet- nos marchamos en silencio al pequeño ayuntamiento para pedir la liberación de Miguel Ángel Blanco. Desde entonces -y hoy más que nunca- he estado con las víctimas. Mis víctimas, las víctimas de este pequeño trozo de tierra ensangrentado y dividido, tierra de aullidos y de madres de luto, tierra de zarabandas y de a-que-no-hay-huevos. Hay otras mejores, pero esta es la mía, y le debo mis manos y mis besos, que si no han sido muchos, han sido casi siempre justos. Tierra de vientre abierto y parto victimario, tierra de cadáveres incrédulos que miran al cielo.

    Diréis que soy "de la caverna", pero hoy no me siento alegre. No tengo fuerzas para descorchar ninguna botella, ni para tomar ninguna calle. Quiero quedarme en mi habitación, escuchando el latir inmemorial y el zumbido de las conversaciones, recordar a los amigos que quedan tan lejos, amigos que me acompañaron siempre junto a las víctimas, amigos odiados, españolazos, un día te partimos la cara que la llevas muy alta, a ver qué vas diciendo españolazo, un día se te van a quitar las ganas de escribir contra nosotros, que somos el Pueblo. Ay, que miedo el Pueblo. Ay, que miedo el olor a pólvora y las detonaciones que llegué a escuchar desde la ventana de mi casa mientras mi madre planchaba en la habitación de al lado y en la primavera otros besos ya sabrían para siempre a sangre. Sangre y pólvora, tópico romántico.

    Los chicos del pueblo -con minúscula- no éramos valientes, ni sabíamos nada de política. Sabíamos que la vida estaba empezando, que las mujeres eran siempre una lejanía intraducible, que apenas dormíamos por las noches de amor y de derrota. Pero éramos justos. Lo suficiente como para comprender que ni el País Vasco era el enemigo ni el sustento de la revolución, como decía el Ché, tenía que cimentarse sobre la sangre. Claro que todavía era pronto y todavía esperábamos algo de las instituciones, de las ideologías, de los políticos. Ha llovido mierda y cal y pólvora sobre nuestras azoteas, pero hoy ese mismo sentido de la justicia me hace posicionarme aquí para recordar que no puede haber olvido ni perdón, ni buenas intenciones. Estamos cansados de muerte. Nos hemos tatuado los nombres de las víctimas en esa esquina del alma a la que no accede ni el Mercado, ni la Filosofía, ni la Conformidad.

   Diréis que soy "de la caverna", pero yo sólo noto este invierno brutal que ha caído de la nada y se me mete en los huesos recordándome que todavía soy un hombre y que, por lo tanto, no puedo olvidar a las víctimas. No voy a hacerme el gracioso en Twitter. No tengo ningún chiste brillante de 140 caracteres. No creo que nadie haya ganado nada. Como decía De Laclos: "Ya no me quedan ilusiones. Las perdí en el curso de mis viajes. Ahora sólo quiero volver a casa".

    Pero mi casa está arrasada y llena de cadáveres. Mi casa está llena de invierno y de miedo.

    Adelante, celebrad la gran fiesta de la democracia. Pero no contéis conmigo. Estaré fuera, fumándome un cigarrillo lento, amargo y compartido con todos los hombres buenos -y justos- que tuvieron menos suerte. Al final, esa ha sido la gran lección del terrorismo: hemos tenido suerte. La suerte suficiente para contener hoy un sollozo y negarse a celebrar ninguna victoria.