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26.11.15
Apocalipsis pop! s01x09 : Lo mejor de Noviembre de 2015
El calendario nos marca que ya es jueves y, como es preceptivo, aquí va el podcast del "Apocalpisis pop!" con lo mejor del mes. Esta semana tenemos el repaso por lo más granado de Noviembre: dos películas (Spectre y Sicario) y dos elepés (el Honeymoon y el Divers), junto con una reedición de puro funk casi desconocido nos permiten disfrutar de sesenta minutos de entropía radiofónica para rascarse la perilla con gesto intelectual y culpable.
La set-list de hoy está compuesta por:
01. Sam Smith - Writting´s on the wall
02. Alison Krauss + Robert Plant - Rich woman
03. Lana del Rey - God knows I´ve tried
04. Joanna Newsom - Sapokanikan
05. The 4th Coming - Don´t let him take away your mind
¡A disfrutar, tal que aquí!
19.5.13
Apuntes a propósito de "El gran Gatsby"
1.
Cuando Edison soñaba el cine como una caja para atrapar "la presencia de los muertos". Cuando las calles ardían bajo el crepúsculo de todas las promesas, el gran funeral de los apóstoles del espíritu y la razón, el billete en primera clase hacia el futuro y las prostitutas encerraban en sus secreteres el placer de un siglo recién estrenado, y cuando creímos -es una zona lingüística llena de turbulencias- en que el amor podría anclarnos en todo eso que los demás despreciaban: la literatura, la narración, el relato. Después el silencio se forjó entre todos nosotros y Gatsby emergió como un zombie reptando por entre las fisuras de todo aquello que nos habíamos prometido.
Luhrmann quiere reinveintar los que ocurrió en las prórrogas de la razón. Y por eso su cine nos pertenece.
2.
Como todos los autores, Luhrmann tiene una ouija sobre la mesilla de noche y la consulta en los grandes momentos de pánico. También tiene una colección de estilemas que llevó hasta el límite en la que, salvo sorpresa, es su obra maestra, el non plus ultra de su aullido postmoderno: Moulin Rouge. Todo lo que ruede después será siempre la misma deuda o el retorno hacia lo mismo, los palos de ciego hacia la fábula, hacia ese precario equilibrio que levantó entre las cuatro palabras clave que hoy resultan impronunciables: amor, belleza, verdad y libertad. Hay que realizar un esfuerzo supremo por no echarse a llorar o por no emitir terroríficas carcajadas al pronunciar esas cuatro palabras, venga hombre, lo mismo que ocurre al volver a leer a Bazin, lo mismo que ocurre al volver a leer a Viktor Frankl, lo mismo que ocurre cada vez que nos miramos al espejo.
Moulin Rouge era el ensayo para cumplir el sueño de Edison, para bucear en una de las más importantes naturalezas del cine: un cine para los muertos, consumido por muertos, explícito en el cadáver como su cifra máxima. El gran Gatsby recupera esa misma idea y es capaz de mantener la mirada en la dirección correcta: la putrefacción tiene siempre un cierto deje nostálgico. Los besos sobre la piel muerta también son besos.
3.
Luhrmann sólo sabe rodar bien tres cosas: el amor, el cadáver y el delirio. A excepción de Australia -que no es sino su gran error, su catástrofe absoluta y por la que, sin duda, pagó un alto precio personal-, el resto de su obra gira en torno a esos tres vértices. En el comienzo era el Verbo, y el Verbo decía La mujer que amé ahora está muerta, y el Verbo se hizo cadáver, esto es, nostalgia. En sus películas hay siempre un cadáver, un beso y una fiesta. No es de extrañar que la novela de Fitzgerald encaje a la perfección en las directrices de su desgarro. Luhrmann rueda la fiesta sugiriendo el amor delirante que encierra, y rueda el amor como si fuera un cadáver que viene a toda velocidad a invadir nuestra cama.
No sabe rodar nada más. No sabe rodar una cena, una conversación -la escena del hotel, por ejemplo, es una vergüenza en términos de planificación-, no sabe rodar a un hombre trabajando o a dos amigos reencontrándose. Sus fantasmas son tan exigentes y le hablan con una precisión tan terrorífica que no puede generar un buen plano sin ellos susurrándole tras el oído. Sin embargo, cuando El gran Gatsby admite abiertamente su naturaleza de sesión espiritista en 3D la cinta comienza a crecer, a crecer, a despegar hacia territorios de una potencia visual desoladora, territorios que funcionan como espejos y como estanques y como páginas arrancadas de un obituario que mece el viento tras una tormenta nuclear. Y ahí aparece otro cine, nuestro cine, el cine que reconozco como propio y por el que sería capaz de quemar mi casa, si algún Dios delirado así me lo exigiese.
4.
¿Qué es lo que ha perdido el cine? Amor. Belleza. Verdad. Libertad.
5.
El encuentro entre Fitzgerald, Lana del Rey, Carey Mulligan y el universo de Luhrmann es una de las cosas más escandalosamente mágicas y dolorosas que he visto en una sala de cine. Pero eso es demasiado íntimo. Todo El gran Gatsby es demasiado íntimo. No hay que dejarse engañar por los decorados barrocos, ni por las extravagancias del trabajo de cámara, ni por la barbarie rotoscópica. En el fondo El gran Gatsby es una cinta con dos personajes, una luz verde y una canción de Lana del Rey. Y una única línea de diálogo: Uno no puede repetir el pasado.
6.
Uno no puede repetir el pasado.
No podemos volver a casa - Nicholas Ray
Ya no tengo ilusiones. Las perdí en el curso de mis viajes. Ahora sólo quiero regresar a casa - Tomaz Pandur.
23.12.12
Sasha Grey y Lana del Rey se lo montan
Se lo montan a tope. Con brújula Afterpop. Con premeditación y alevosía. Lo dan todo.
(Para buscadores de google: horny teenager Sasha Grey licks Lana del Rey full download)
(Para buscadores de google2: Lana del Rey read Dostoievsky while Ziggy Stardust torrent cumshot over Sasha Grey´s Crime and Punishment Ph. D.)
¿Que dónde se lo montan?
Pues aquí, en Miradas de Cine:
http://www.miradas.net/2012/12/actualidad/itinerarios-del-deseo-afterpop-sasha-greylana-del-rey.html
Merry XXXmas, y tal.
31.3.12
Apología de Lana del Rey
El pánico es un factor extraño en el panorama crítico, especialmente entre las filas de los últimos dinosaurios de la alta cultura. Como ya se sabe, cada vez que un hype se cuela de tapadillo y derrumba las barreras de lo académicamente permisible -y lo académico no es únicamente lo universitario-, cunde el pánico entre los sacerdotes y los fariseos, que corren a rasgarse las vestiduras. Es curioso que declarados fans de David Bowie, por poner un ejemplo, desprecien a la lánguida electrónica -la expresión se la debo a mi maestro Angel María García Martiartu- acusándola de producto comercial, de falta de honestidad, de puro simulacro. Y digo que es curioso porque suelen olvidar que el gigante glam prendió fuego a los setenta desde la mascarada, la falsificación y la pose impostada. Pero -ya escucho los aullidos de rabia-, Lana del Rey es una treta, un espejismo, un subterfugio, y su simple nombre debería ser borrado de las columnas de los templos pop.
Dicho esto.
Dicho esto, hace unos días la escritora Olvido Andújar me acusó, muy pertinentemente, de cambiar mis intereses siempre hacia las tontilocas, las kalandrakas, las niñas del polígono y el coche tuneado. Así soy yo, pertinentemente enamorado de las techno-walkirias de la periferia que se masturban con consoladores de neón y después se abren la cabeza con exquisita frivolidad en el párking de la Fabrik a botellazo limpio. Dios las bendiga, esa legión de cuerpos casi perfectos, incensados de bótox y perfume barato, tan lúbricas e inútiles que uno casi se siente tentado de utilizar sus pendientes de aro como llavero y llevarlas en el bolsillo ceñido de los vaqueros, escuchar sus interminables monólogos parcos en frases subordinadas y saturados de nano, mazo, tronco, loco. Dulces analfabetas que se retratan frente al espejo en una pose torpemente seductora y mefistofélica, carne y lencería de embarazo no deseado, moradoras del Bershka, isoldas de tuenti y baratillo que despiertan los domingos con el pozo oliendo a los fluidos de varios lobos alpha y la nariz irritada de existencialismo espídico.
Mis technosacerdotisas necesitaban una diosa, frívola y vulgar, mala poetisa, irresistible. Lo que la alta cultura no está dispuesta a tolerar es que los gafapastas adoptemos con una mueca de fascinación aquello que no existe, una musa-araña de pueblo recauchutada de sampler, con unos arreglos de cuerda que te caes de culo y unas letras que -aparentemente, al menos- parecen extraídas de un concurso poético en Móstoles de tercero de la ESO. En el momento en el que un gafapasta se arrodilla ante el altar desquiciado de Lana del Rey se confirma como traidor, expatriado, marcado por el beso de Caín de esos labios de granjera de Arkansas retro-futurista. Ovacionar a aburridos folk-cantautores con barba y camisa de cuadros que tocan el ukelele, reivindicar el último coñazo insufrible de Björk o asegurar que hay algo de nuevo en el enésimo clon de Joy Division, por ahí se puede pasar. Pero Lana del Rey no. Lana del Rey -dicen ellos- es la pesadilla del feminismo, la pesadilla de la poesía pop, el triunfo de la voluntad en su forma kitsch.
Como diría Makinavaja: Po bueno, po fale, po m´alegro.
La libertad que nos otorgó la explosión del Afterpop, la libertad absoluta de no deberle un duro a nadie y escuchar -según venga la cosa- a Ismael Serrano o a Ravi Shankar, la libertad de pasar por encima de las etiquetas. La libertad de conquistar la música es algo que nos ha costado años, por encima de las radiofórmulas y el elitismo incomprensible. Por encima de nosotros mismos, ante todo. Sólo desde ahí debemos afirmar que Lana del Rey es inquietantemente divertida, brutalmente incorrecta, incomprensiblemente conmovedora. El crescendo que cierra This is what make us girls -oda profundísima a la imbecilidad adolescente, páginas de un diario femenino descompuesto y banal que todo heterosexual debería estudiar detenidamente-, la potencia sonora de Born to die o esa descacharrante canción protesta (¿?) titulada National Anthem ya convierten el disco entero en un pequeño prodigio. Por poner un ejemplo, el temazo Dark Paradise es una lección de fantasía, psicoanálisis de andar por casa, masoquismo aplicado y buen hacer. Mi propia pulsión durante los últimos meses ha ido girando como un tiovivo demente en torno a su letra. Cosa que no ha ocurrido con, pongamos por caso, toda esa lista de imprescindibles que nos endilgaron los guardianes del oráculo a finales de 2011 - ¡los 100 mejores discos que todo buen moderno debe reivindicar: desde el trash vasco más radical hasta un grupo de granjeros de Oklahoma que versionan a Woody Guthrie con violines desafinados!
Nunca me he considerado un melómano. Soy un tipo que esquiva las hostias que le da la vida aferrado a un mp3. Pero puedo decirles algo: desde que comprendí lo absolutamente imbécil que era la frontera entre alta y baja cultura -algo así como una teoría racial de los textos buenos y los textos malos-, me sentí absolutamente libre para no tener que pagar las facturas culturales de nadie. Que no nos falte American Horror Story, Los mercenarios, el cine de Jia Zhang-ke, el segundo movimiento de la séptima de Beethoven, el anuncio de los cristales gratuitos, Milk Inc., Matt Elliott. Que no nos falte Lana del Rey y su ser-acné y ser-ReXuLoNa (ReXuLoNa-en-sí y ReXuLoNa-para-sí). De lo contrario, igual a las malas nos convertimos en unos gilipollas talibanes incapaces de sumergirnos en el verdadero océano de este occidente herido de muerte en el que vivimos. Igual en nombre de la Ley perdemos la alegría, la sinceridad, el optimismo... y si me apuran, hasta la autenticidad que tanto dicen los que saben que Lana no tiene.
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