"El iconoclasta sólo odia tanto a las imágenes porque, en el fondo, les atribuye un poder mucho mayor que el que le concede el iconófilo más convencido"
(Didi-Huberman)
Twitter es, por naturaleza, efímero. Sin embargo, cuando un tema de discusión se alarga durante casi semana y media, es porque algo importante se está jugando en sus márgenes. En concreto, la cinta Compliance ha sido la excusa con la que la chavalada cinefila y los cómplices/sospechosos habituales hemos ido tirando de distintos hilos que conectan, con bastante precisión, con algunas de mis inquietudes cinematográficas habituales. Como sintetizar en 140 caractéres ciertas ideas me sigue costando, voy a tomarme cierto espacio y cierto tiempo para polemizar.
02.
Iconoclastas/Iconófilos.
La lucha siempre tiene que ver con lo sagrado de la imágen, esto es, con lo que Dios está dispuesto a mostrarnos/no mostrarnos. La batalla tiene infinitas ramificaciones. Mis favoritas son Lanzmann vs. Godard, Wajcman/Panoux vs. Didi-Huberman, Wittgenstein vs. Ranciere.
Mi bando -justo es repetirlo, aunque ustedes ya lo saben- es el de los iconófilos. Creo en la Representación sobre todas las cosas y en que la imágen no debe ser sometida al anclaje/huella de lo real, sino a universo autónomo constructor de múltiples sentidos (casi) inagotables. Y, como buen talibán de lo mío, creo en la representación explícita y violenta ejercida siempre hacia el espectador. Sublimar, sugerir, impostar o manifestar la presencia de la violencia o el sexo es hacer un truco de magia iconoclasta -intentar protegerno de aquello que no debe ser mostrado, que dirían los censores del MRI- frente a nuestra mirada que es, necesariamente, caníbal.
Por ejemplo, aquí:
Cuando la protagonista de Compliance comienza a desnudarse, Zobel utiliza una panorámica de izquierda a derecha que hace coincidir unas cajas apiladas con el lugar del sexo. Antes de llegar, quizá en un rubor de montaje, corta el plano hacia dos insertos fuera de foco, generando la total insatisfacción del espectador. El placer de mirar -a eso se va, después de todo, a una sala de cine- es amputado en nombre de un pudor que enturbia todavía más la superficie textual. Pudor, sin duda, falso.
¿Por qué falso?
03.
Compliance funciona como un brutal ajuste de cuentas sádico. O, si se prefiere, como un extraño rito religioso de morbosas resonancias. Pero no tiene una catársis demoledora -una Idea Sobre/Contra La Vida como la tenían A serbian Film o Irreversible-, sino un final abierto en torno a la banalidad del mal. "El ser humano es estúpido, y por lo tanto, manipulable", parece decir Zobel. La ecuación es incorrecta, ya que los iconófilos más o menos apocalípticos bien podríamos responder: "El ser humano es malo, y por lo tanto, goza ejerciendo el mal".
Esa es la clave del dispositivo de toda la cinta: castigar a una víctima y gozar haciéndolo.
Y, desde luego, no cualquier víctima. Fíjense, por ejemplo, cómo presenta Zobel a su particular mártir:
La cajera es, sin duda, la mujer que goza. Con tres tipos a la vez y con el componente extra de intercambiar picantonas y seductoras fotos erotiquillas. La cajera es el centro del goce juvenil, en oposición a sus dos compañeras, más mayores y físicamente menos agraciadas, que quedan perfectamente dibujadas en la fórmula:
Con lo que, voilá, la construcción de Compliance se acaba de convertir en una variación del Slasher tradicional. Ella, la hermosísima choni rubia de grandes pechos se somete al martirio de una sociedad principalmente patriarcal dominada por un poder en la sombra -el inquietante pervertido cuyos únicos rasgos fílmicos, para colmo, son ser padre y usar su voz para trabajar. El dispositivo, ya digo, se trastabilla y se acaba convirtiendo en la espera de una única pregunta: ¿cuándo la van a violar?
Porque desde el minuto cinco de película, si se dan cuenta, no se habla de otra cosa que de sexo. O del sexo injertado en la Ley. O de comida. El sexo circula en boca de todos con ligeras variables (el spanking, el jumping jack...), como anticipando eso que hasta el más cándido de los espectadores sabe que tiene que ocurrir. Inmersión del código de la comedia romántica (todo el mundo habla de amor para acabar follando), en código de pánico (todo el mundo habla de sexo para acabar destruyéndose). Y, por supuesto, cuando llega el momento álgido -el momento que todo el mundo desea en su fuero interno, pues de lo contrario ya hubieran abandonado la sala con un mohín de decepción, insisto en que Compliance no habla de otra cosa sino de una cajera torturada hasta la violación-, Zobel pincha y ofrece una de las metáforas más estúpidas y burdas del cine contemporáneo.
Por supuesto, a Zobel le gusta mucho tapar aquello que debería ser visto con cajas apiladas. Pero, además, en el chispazo metafórico felación/pajita de bebida se desploma en el ridículo más espantoso. El iconoclasta se puede sentir remotamente aliviado, ya que en lugar del plano deseado -la boca de la cajera enroscada en un rictus de asco sobre el falo de su verdugo-, recibe un plano suplementario que se puede leer en términos político/ideológicos -la sociedad de consumo, el fastfood como Significante/América- que le permite pensar que no ha visto lo que no deseaba ver. Esto es, que lo sagrado sigue manteniéndose oculto, convertido en arcano.
El iconófilo se sentirá engañado porque sabe que un falo es un falo y que el Significante-Falo es infinitamente más potente que una pajita de CocaCola. Su deseo, después de ser conjurado una y otra vez por la película, se acaba convirtiendo en una frustración de lo no visto.
04.
Mostrar o no mostrar. Creo que las escuelas son irreconciliables y que jamás podremos ponernos de acuerdo. Después de todo, lo que está en juego es lo Sagrado que habita en la imágen y su desvelamiento. Mientras unos hablan de ser sutiles y de utilizar complicadas resonancias metafóricas, otros apostamos por el valor de la texturalidad y la brutalidad de lo mismo. La mía es únicamente una perspectiva más en la que quizá mi educación católica haya dejado un cierto poso al respecto.
Ahora bien, el mérito de la película no está tanto en sí misma, como en su capacidad para funcionar como un estupendo terreno de combate para que ambas partes del conflicto veamos la manera en la que nuestras herramientas teóricas funcionan con/en el texto. Herramientas de pensamiento textual -esto es, de pensamiento total. Y ahí, ojo, la cinta vale su peso en oro.











