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7.6.12
Los niños pobres de la ciencia ficción
Por supuesto, era un placer quemar.
En aquellos años cuando la chavalada imbécil de mi generación andaba coleccionando las calcamonías de los Drakis y no leían, porque leer era de friki -no existían los frikis, pero en su lugar había un cierto homo sacer sin identidad rollo EGB-, y los que leían generalmente eran recibidos a pedradas o se les hacía el cascahuevos a la hora del recreo, mezclando la tortura genital con la falta de literatura, que casi siempre han ido de la mano. Los niños cabrones y descerebrados no quemaban libros pero daban unas palizas de cuidado a los que queríamos ser escritores, o pintores, o fanáticos de eso que nosotros llamamos cultura, pero los medios de comunicación menos dotados llaman tendencia. Con lo que a veces uno llegaba a casa con el ejemplar de Fahrenheit 451 manchado de sangre por los bordes y comprendía a su vez que los ámbitos educativos de la recién inaugurada democracia eran perfectos: ¿para qué vas a quemar libros pudiendo deshumanizar por la vía rápida a los escritores?
Ahora es algo menos doloroso, y resulta fácil reconocer lo mucho que uno aprendió de ciertos nombres de la ciencia ficción. Mis favoritos siempre fueron Arthur C. Clarke y Robert Silverberg. Con el primero siempre sentí una serie de empatía a medio camino entre la fascinación menorera y el tripi a-lo-Mike-Olfield, y no me duelen prendas en confesar que cada dos años leo puntualmente Cánticos de la lejana tierra. Lo sé, no es una gran novela, pero hablaba de un Apocalipsis épico que me acunaba y me protegió ante el verdadero Apocalipsis del barrio pobre -Oye chaval, tienes una libra, que estoy con el mono, parece que os joda que venga de buenas. También releía compulsivamente el No tengo boca y debo gritar de Harlan Ellison, que tenía casi todo lo que me ha interesado después: holocaustos, teodiceas, verdugos.
Nunca fui un gran seguidor del género, pero comprendí que lo que se jugaba en las páginas de muchos de esos libros era una suerte de resistencia lúdica. De resistencia personal, si se prefiere. Los expatriados del gueto de la fantasía coleccionaban textos mucho antes de la masturbación popular total con Juego de Tronos -masturbación, por lo demás, compartida y compartible-, se susurraban títulos en voz baja como en un círculo para iniciados, y más de uno comprendió que la llama que quemaba los cuerpos de los otros (la llama Lacoste, la llama Shakira, la llama Timberland, la llama Lonsdale) se agotaría con el tiempo y dejaría una legión de esqueletos calcinados con un gesto estúpido, una hipoteca, dos hijos y un cáncer de pulmón. Los señores del Karma también suelen jugar al cascahuevos a la salida del patio, y sus carcajadas se escuchan por mucho que te alejes del barrio en el que creciste.
Los niños pobres de la ciencia ficción arrojaban al caer la noche una ristra de promesas interminable: hay otros mundos, debe haberlos, en algún rincón de algún multiverso la vida me ha dado menos hostias. Yo creía en ellos y me gustaba escucharles desgranar sus interminables sagas, relatos, dinastías, héroes, trilogías, páginas y páginas que dibujaban un búnker a su alrededor. Niños pobres que buscaban libros que no te tomaran por idiota, libros con infinitos niveles de lectura, libros a los que se pudiera volver con la cabeza bien alta. En el caso de Fahrenheit 451, libros inquietantemente verdaderos.
Lo he dicho muchas veces. Las masas de los ochenta y los noventa supieron, desde muy niños, que era un placer quemar. Quemar al Otro, es decir, quemar las palabras del Otro.
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