5.3.13

Miedo (o la crítica de cine)

Angelopoulos
(i)
    Estoy en ese momento de la vida en el que comienza a desaparecer la excitación por el constante descubrimiento de las cosas. El filo mismo en el que los tics que uno todavía mantiene desde la adolescencia comienzan a resultar macabros y aquello de Gil de Biedma ha dejado de ser una hipótesis para convertirse en una evidencia palpable. Lo de Gil de Biedma era aquello de:

Podría recordarte que ya no tienes gracia.
Que tu estilo casual y que tu desenfado
resultan truculentos
cuando se tienen más de treinta años,
y que tu encantadora
sonrisa de muchacho soñoliento
—seguro de gustar— es un resto penoso,
un intento patético.
Mientras que tú me miras con tus ojos
de verdadero huérfano, y me lloras
y me prometes ya no hacerlo.

    Como todos, yo también me quedo algunas noches sin dormir. Y entonces no puedo evitar pensar algunas cosas importantes. Pienso, por ejemplo, en mi generación, en la generación de críticos de cine a la que pertenezco. El hecho de que estemos ahí, con nuestros textos fundacionales, nuestros sectores y nuestras pequeñas guerras y amores silenciosos, nos confirma como algo. El acto mismo de renegar de nuestra generación o de no considerarnos críticos -el acto de intentar escapar del lugar simbólico que ocupamos- es nuestro sello mismo de identidad. Cuenta la Historia que los integrantes de Contracampo -los que ya son, de alguna manera, nuestros abuelos teóricos-, decidieron apartarse de la crítica ideológica para volverse hacia el análisis universitario. Nosotros hemos decidido prescindir en gran medida de la Universidad -yo soy, creo, una de las pocas excepciones al respecto- porque parece evidente que se ha abierto una brecha mortal entre los estudios de Comunicación Audiovisual y el hecho de escribir crítica de cine. Se han pasado tantos años diciendo en las aulas que no se podía trabajar de crítico que al final los chavales acabaron por creérselo. Trabajar de crítico es una cosa. Ser crítico es otra. Y hay otro dato. Los compañeros que han llegado desde otras disciplinas (Filosofía, Arquitectura, Ingenierías varias, Publicidad...) han resultado ser, si cabe, mucho más libres. Para decirlo con toda brutalidad, un ingeniero escribe de cine como realmente quiere porque no tiene nada que perder. No le han asignado un lugar claro en la sacrosanta transmisión del saber. Quizá sea esa una de las razones de mi obsesión reciente por la física. Yo también quiero escribir sin tener nada que perder.

(ii)
    El crítico de cine escribe sabiendo que no será recordado. Antes me dolía -supongo que es la terca vanidad de la letra-, pero de un tiempo a esta parte resulta algo casi reconfortante. Un crítico de cine construye una cierta idea de su generación que entabla un diálogo con otros compañeros. Y ahí es donde comienza mi miedo.

    Porque era del miedo, después de todo, de lo que yo quería hoy hablarles.

    Tengo miedo de convertirme en un cuarentón arrugado, divorciado y con barba de tres días que escribe artículos sobre cine porno creyéndose transgresor. Tengo miedo de encontrar una etiqueta generacional que nos inocule a todos y nos tranquilice, como ya ha ocurrido con John Ford y Jean Luc Godard en las generaciones anteriores. Tengo miedo de acabar como Torres Dulce, defendiendo una serie de rasgos estéticos simplemente porque son los míos, o como cierto famoso director de cierta famosa escuela de cine que afirmaba que "no entendía las películas que veía en la sala de cine".

     Me aterra. Me aterra ser de esa gente que acaba pensando que el mejor cine ya se ha rodado, que nadie como Godard, que esos chavales que vienen detrás son unos imbéciles poco rigurosos y no se merecen las migajas de un follow en Twitter, me aterra acabar utilizando sistemáticamente una serie de palabros de moda (invisible, resilencia, desgarro, intersección), me aterra dejar de escribir de música y del deseo, me aterra dejar de samplear materiales para empezar a escribir críticas narrativas por miedo, por vergüenza, por inseguridad, me aterra encontrarme en tierra de nadie y pensar que el cine se ha vuelto un invento gilipollas para gilipollas, me aterra empezar a defender a Clint Eastwood con nosequé lógica neoclásica, me aterran las etiquetas clasicismo, postclasicismo, neoclasicismo, me aterra ser discípulo de alguien o ser maestro de alguien, me aterra que cierren las revistas de mis compañeros porque se cansen de no tener valor, o dinero, o cuerpos que follarse o sonrisas que recibir suficientes, me aterra la mafia de las editoriales y pertenecer a esa gente que tira borradores de manuscritos a la papelera porque "no escribe como nosotros". Me aterra la seriedad, en el mismo grado en el que me aterra la frivolidad. Quiero pensar que mis escritos, incluso cuando hablo de mujeres a las que deseo -especialmente cuando hablo de mujeres a las que deseo- no son frívolos. No se engañen. Las cosas que de verdad importan son las que más duelen. Otra cosa es que las disfracemos de análisis fílmico.

    Ustedes, ya lo ven, soy un tipo con muchos miedos. Un crítico de cine no debería tener miedo, al menos a priori. Pero la Historia de la Crítica de Cine es también un fantasma que arrastra sus cadenas.

    Y, se lo he dicho antes, de todas las cosas que más me aterran, la que más me aterra es no entender las películas.

(iii)
    Decía hace un par de entradas que ando en un proceso de constante demolición de mi metodología crítica. Puede ser divertido, pero también es agotador. Hay tres cosas que cambian mi metodología. La primera es lo que escriben mis compañeros. La segunda son las películas realmente valiosas que me exigen un nuevo tipo de herramientas -ayer pensaba, por ejemplo, que no he podido escribir igual después de, pongamos por caso, Melancolía o Shame. La tercera es la vida, pero eso es un tema demasiado complicado como para escribir ahora de ello sin salir malherido.

    Pero, ¿qué ocurre para que el crítico reconozca una metodología como propia, suya, con copyright? ¿En qué momento Torres Dulce empezó a ser Torres Dulce, en qué momento Juan Manuel de Prada se pensó que Dios hablaba por su boca, en qué momento nos acostumbramos a escribir columnas citando sistemáticamente a Godard como si nos fuera la vida en ello? De nuevo, el miedo. ¿Quién será el Godard de mi generación, quién el icono irrebatible que nos dará todas las respuestas? ¿Holy Motors, Springbreakers, Lars von Trier, Haneke? Y sobre todo, ¿quién será el Godard de la generación de los niños crueles que mientras yo escribo estas líneas están aprendiendo el mínimo común múltiplo y en unos años escribirán contra ese gilipollas que todavía sigue utilizando una palabra tan rancia y desfasada como afterpop? ¿Podré entender sus textos, su furia, su manera de mirar un cine que ya no será nuestro, podré entender mi manera de mirar películas que ya no me pertenecen porque están llenas de otras mujeres y de otras vidas y de otros trazos? ¿Seré capaz de acabar como Bruno Ganz en esa demoledora escena final de La eternidad y un día, el baile en la playa? ¿O seré como Harvey Keitel al final de La mirada de Ulises, con los ojos llenos de nada, lágrimas de nada, el gesto de la derrota total del cine, el gesto final de La cuestión humana, el gesto que confirma -seamos claros de una puta vez- que la pantalla en negro es nuestro sinónimo más asequible de la muerte.

    Triste, ma non troppo.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Me gustan mucho los dos últimos párrafos :) me identifico con ellos.
A veces me da por pensar que podemos más o menos intuir por donde irá nuestra vida, que se irá cerrando como una espiral, o abriendo, esa sería la mejor opción. Como bien has dicho con esas demoliciones y cambios que no siempre son divertidos pero si necesarios en el campo que sean.

Quería hablar de cine pero me ha quedado como muy psicológico esto.. :P

(Sandra)

Enric H. March dijo...

Alguien podria decirte: "Haz una película". Pero sonaría al tópico con que se critica a todo crítico: "Critica porque no crea (filma, escribe, pinta...)". Pero no, no es eso. El cine, como la literatura, como el arte en general, forma parte de la vida. Leyéndote se ve que hablas de eso porque las mujeres que te gustan son las mujeres que nos gustan. El cine es la excusa. Tú no cuentas películas; tu trasciendes las emociones que emanan del relato fílmico, de la cámara, de la luz, del movimiento... Yo no voy a leerte porque hables de Bergman sino para ver qué hay de Bergman en ti y ver en que punto tu relato coincide con el mío y salta la chispa de la comunicación, el nexo que nos pone en contacto con el artista y su obra: tu obra. Hablo de literatura. Literatura que podrá estar vestida de ensayo cinematográfico o de cualquier otro disfraz, pero literatura al fin y al cabo. Godard, o Proust, son la excusa (otra vez) necesaria, pero la referencia es la (tu) voz. Esa es "tu" obra.

No creo que tu objetivo sea ser crítico, ¿verdad? Porque "el crítico de cine escribe sabiendo que no será recordado". Los que escriben lo hacen para ser recordados por lo que hay detrás de su nombre: su voz.

Entiendo tu miedo, pero los fantasmas son los otros (perdón por la paráfrasis).