13.12.11

FASSBINDER #02: Todos nos llamamos Alí


   Fassbinder, mientras fantaseaba con escapar de su propio terremoto interior y acariciaba las costuras indescifrables de su chupa de cuero. Fassbinder, sostenido en el silencio del melodrama y también visitante incómodo y yonqui de Douglas Sirk, llorando como una nena o como una vírgen maya o como una diosa de trece lunas en cada uno de los frames de Sólo el cielo lo sabe. Fassbinder que se queda despierto hasta una hora imprudente dibujando en una esquina de la angustia la geografía total de Rock Hudson, tan casado, tan puto, tan atravesado de deseo como él.

    La tormenta no arreció nunca, y Todos nos llamamos Alí es, muy precisamente, el hueco político, poético y sangrante, la llaga del costado, el morito bueno ay comiéndole un parrús histórico a la anciana aburrida, hasta morderla y desangrarla, morito bueno que vende alfombras de lana, cd´s grabados, falos oscurísimos como de peli porno interracial. Granny desquiciada con cama deshabitada y tristeza proletaria necesita negro zumbón para exhibirle ante ferias, visitas, hijos, vecinas y tenderos de la zona. Granny desquiciada de masturbaciones lentas y secas como ortigas desparramadas sobre un colchón sucio busca un falo ante la presencia inminente y total de la muerte. En el otro lado de la baraja en llamas, el hombre atravesado de trabajo, desprecio, soledad y nombres históricos que se remontan hacia la nada que se deja domesticar lo justo, que no ama, que quiere su plato de cuscús y su dignidad.

     Pero no hay nadie digno en las cintas de Fassbinder. O casi nadie. Hombre atravesado de morería que acaba en la cama total de una amante rubia/aria de pechos totales de los que mama el submundo europeo, pecho de merkel pero en puta, esquinazos de manos rotas y de bocas sucias. Alí tiene mil nombres africanos que no le interesan a nadie, la anciana alemana tiene algunos marcos arrugados que no dan para mucho, el marxismo -ya lo sabemos, déjense de mierdas- sólo se entiende a través de la cama, porque la cama es el cuerpo y el cuerpo es el poder. O el ejercicio de poder. Mi cuerpo como acto político, tu cuerpo como acto revolucionario, y entre los, un clavito de canela y una dislexia histórica, un materialismo a cuatro patas de líquidos ancestrales derramados en lenguas resecas.

     El hilo de Ariadna sutura con cuidado el hímen ya imposiblemente ajado de la anciana de casicincuentaaños, mientras que Alí se come su cuscús y se atraganta de pobreza y de Alemania, vente a Alemania Alí, que allí se rifan a los ingenieros, vente a Marruecos Fassbinder, vente a los prostíbulos iraníes con Burroughs a darle rienda suelta a tu nobilísimo y perverso sueño de yonqui modernazo. El capital recibe los diamantes, el dolor, la eternidad. El tercer mundo controla su cuerpo, su sexo, y por eso es fantasía total y desquiciada. La anciana, la viuda, la señora del nobilísimo muerto en nobilísimo combate siempre gozará de la eyaculación precisa y violenta del chófer, del jardinero, de la famélica legión. Y ahí el marxismo se nos vuelve hermoso. Y ahí Fassbinder pone su cámara a todo trapo y rueda, rueda, rueda.

2 comentarios:

Eulàlia Mesalles dijo...

Hace ya algunos días que te voy siguiendo. Te descubrí a partir de tus crónicas de Melancolía. No te había comentado porque pensaba que mi comentario tenía poco que aportar. Pero hoy me atrevo a decirte que tus crónicas tienen un plus personal muy especial que se sale de lo típico y que se agradece muchísimo. Té iré siguiendo.

Aarón Rodríguez Serrano dijo...

Muchísimas gracias, Eulàlia. Todos los comentarios tienen que aportar, y el tuyo el primero. Ya sabes lo que se suele decir: "Los blogs se alimentan de comentarios".
¡Un abrazo!