1.4.14

A propósito de "De Occulta Philosophia" [Daniel V. Villamediana]


Siempre me ha obsesionado la manera en la que Ingmar Bergman rodaba dentro de las iglesias. Así a bote pronto, hay tres escenas que han resultado fundamentales en mi exploración de lo sagrado cinematográfico: la conversación entre el escudero y el pintor en El séptimo sello, el cierre de Los comulgantes y la oración imposible de Marianne en Saraband. En esos tres vértices hay todo un discurso de la finitud del cuerpo frente a lo extremo del arte. Hay un acto inefable que se conjura dentro de la obra artística, y que al hilo de lo sublime kantiano, amenaza con aplastarnos pero se queda súbitamente congelado en la tela de araña de lo cinematográfico. El equilibrio en el que el cine/arte podría destruir al ser humano o redimirlo en apenas unos segundos de metraje es un misterio que, a estas bajuras, ya estamos muy lejos de intentar resolver. Apunto, en cualquier caso, que merecería la pena.

Reformularé mi idea de otra manera: si se hace desde la entraña y con la muerte de frente, hay un riesgo brutal al introducir la cámara en una iglesia. En primer lugar, porque las iglesias -aunque nuestro ojo apenas lo detecte- están cuajadas de manifestaciones de la angustia: cuerpos lacerados, calaveras, cadáveres, tormentos y demonios. No en vano, la iglesia -como espacio- era la traducción topográfica del inconsciente aterrorizado. En segundo lugar, porque la cámara impone una cierta temporalidad al espacio -el tiempo que transcurre en el interior del plano- que se presenta en oposición al tiempo congelado, el tiempo cero que se conserva en el templo. Quizá el dibujo de la luz sobre el interior de la cámara -y eso lo entendió Bergman como nadie- es ya al mismo tiempo una plegaria y una blasfemia. Es decir, un acto de humanidad.

Villamediana ha sabido recoger el testigo bergmaniano, pero en lugar de Dios -no se nos olvide, aquí nunca hemos sido protestantes y así nos va como nos va-, se ha lanzado a realizar una arqueología musical, un diálogo entre el barroco y el cine digital que sólo se anuda gracias al refuerzo del acto material del intérprete. Frente a la cámara se construye el acto mismo de la exhumación, y en lugar del cadáver, surge la sombra de un santo, un teólogo en llamas, una virgen sin nombre que vela el sueño de Europa, un dulcísimo osario polifónico. Lo importante es la tensión del tiempo y la tensión en el tiempo -o lo que yo he discutido hasta la saciedad: la necesidad de darle a cada plano en el montaje el valor estricto que necesita para decir. Otra cosa que hermana a Villamediana con Bergman: ambos realizan una escritura precisa de cada una de sus imágenes, conscientes de lo que entrañan.


En las grandes cintas, en las cintas verdaderamente irrepetibles, cada uno de los planos es un prodigio que se deja atravesar por las esquirlas del tiempo cuando estalla. No se trata de una cronoescritura, sino de una voluntad de aprehender lo irrepetible de cada uno de nuestros segundos frente a uno de esos planos. De ahí que me asombre la idea del director de incorporar dentro de la propia ficción su propia búsqueda, su propio diario de rodaje, sin engañar a nadie ni escamotear la idea principal: Villamediana quiere convertir a sus imágenes -o mejor dicho, quiere hermanar a sus imágenes- en/con las notas que, pongamos por caso, componen las Variaciones Goldberg. Y lo asombroso es que no esconde su proyecto, sino que lo ejecuta con toda la destreza que tiene en su haber -que no es poca-, y puede mirar cara a cara, como en un espejo, no sólo a El silencio antes de Bach, sino a la posibilidad de decir ejecutada por Bach mismo. 

[Los pocos amigos que se molestan en discutir mi visión de lo teológico, la visión de un tipo que invierte casi todo su tiempo escribiendo sobre Auschwitz o sobre cine porno saben que tarde o temprano acabaré citando La pasión según San Mateo, que es la frontera misma que he creído detectar ante el gesto elocuente del cadáver junto al cine de Bergman-no en vano este blog se llama El séptimo sello, y no es únicamente una cita cinéfila-, y que es, después de todo, uno de los posibles caminos que ofrece la cinta de Villamediana].

De Occulta Philosophia debería proyectarse en las iglesias, en las habitaciones de los hombres desesperados, en los manicomios, los cementerios, las raves a partir de las siete de la mañana, las leproserías del extrarradio y los asilos de los funambulistas. Después de todo, lo que La reverencia y Villamediana han conseguido, en última instancia, es conjurar un nuevo parpadeo de lo sagrado. Y ya sólo por eso, merece la pena arrodillarse, aunque sea en la incredulidad y en la rabia, apenas un segundo, ante su película.     

2 comentarios:

Lluís Bosch dijo...

Gracias por darme a conocer esta cinta. Sólo he visto el trailer y estoy deseando verla. (Aunque sea en un manicomio, cementerio o leprosería).

Aaron Rodriguez dijo...

En Filmin la tienes, Lluís. Me he acordado de ti escribiendo sobre ella porque hay un algo también de Tarkovsky que flota por ahí, entre las junturas -algo relacionado con el tiempo y con Bach, probablemente, pero no me atrevería a concretar más.
Hay que verla, especialmente si somos asiduos a manicomios, cementerios o leproserías, of course!