12.10.12

Me @ the zoo

Chris Crocker

  Hace cosa de un par de años se estrenó en Documentamadrid uno de los documentales que más me han impactado como espectador: Because we are visual. Formado como un inmenso Frankenstein a partir de pedazos saqueados de distintos canales de Youtubes, Vlogs, confesiones de propios y extraños, el tapiz 2.0 de los belgas Claes y Rochette funcionaba como una perfecta pieza de relojería audiovisual, narrativa líquida y sensaciones más o menos rizomáticas. En cierto sentido, Me @ the zoo puede ser leída como la continuación lógica, el siguiente paso en ese necesario debate entre las redes sociales y lo que queda de ese cadáver exquisito llamado cinematógrafo.

    Verán, cuando yo tenía 14 años me compré una gabardina.

    La cosa es algo más compleja de lo que parece. La culpa la tuvo una emisión de Casablanca en Telemadrid a las tantas de la madrugada. Yo -como tantos otros- descubrí el amor y el desamor al mismo tiempo. Aquel otoño no paraba de llover, le pegaba al Roacután, lucía una endodoncia modelo Francis Bacon, el mundo era la pesadilla que un Dios lunático se había inventado para putearme. Pero llegó Casablanca y decidí, con una ingenua madurez que hoy me sigue pareciendo aplastante, que debía convertirme en Rick Blaine. Y me compré la gabardina. Llené mi habitación de fotos de Ingrid Bergman y de Lauren Bacall -alguna todavía me saluda, cuando vuelvo de visita a casa de mis padres, desde el ángulo oscuro- y cada viernes, puntualmente, antes de salir a la soledad de la adolescencia pobre, me calaba la gabardina.

   Me @ the zoo trata de Chris Crocker, otro chaval que frisando los 12 o así decidió con una ingenua madurez que debía ser Britney Spears. La diferencia es que Crocker tenía un canal de Myspace y pronto ganó millones de seguidores. De la misma manera en la que yo intenté metamorfosearme en una vieja estrella muerta del cine clásico con tal de no ser simplemente el heterosexual con ínfulas de intelectual maldito en un barrio deprimido, Crocker decidió convertirse en un clon de la diva del onanismo teen Baby-one-and-one-and-one-more-time con tal de no ser simplemente el homosexual inadaptado con ínfulas de Drag Queen en pleno cinturón de la Biblia estadounidense. Ahí es nada. La cinta, arropada por la HBO y estrella rutilante de los festivales de Sundance y Sitges, es un hermoso cuento sobre la madurez, la decepción, la relación que mantenemos con nuestros ídolos, el dolor y la gloria del malditismo, el placer del underground, el sexo, la libertad, la puesta en escena y la farsa.

     Crocker es el muñeco roto de un nuevo modelo de negocio/espectáculo a medio camino entre el cuarto oscuro y la barraca de feria. Pero también es el guerrillero que se alza coronado con una única pluma celeste contra el concepto de normalidad que hemos heredado de las rígidas categorías conceptuales éxito/fracaso de la modernidad. Como un trasunto del Bowie/Glam en pixelado, hijo y nieto de putas profundas y americanas, Crocker se arranca un destello de frivolidad y lo enarbola junto al cuero y la leche derramada en sus horrendos videoclips-caspa de purísimo combate. Robin Wood nos recordaba a los heterosexuales en su segunda etapa crítica que las herramientas políticas queer no eran simplemente un fetiche hortera, sino una ametralladora de la que podíamos/debíamos valernos si realmente aspirábamos a una revolución más o menos global. De ahí que Crocker me inspire una suerte de simpatía lejana, una empatía hacia su profunda y brillante estupidez, un reconocimiento de/en sus cicatrices.

    Por lo demás, Me @ the zoo hace hincapié y realiza una precisa disección de ese síntoma total de nuestros convulsos tiempos que ha resultado ser la virtualidad completa. Virtualidad del cuerpo, pero también de los recuerdos que, contra todo pronóstico, a veces se quedan anclados en Youtube o en otras plataformas online más allá de lo que la buena educación y los juegos sociales nos recomendarían tolerar. La primera chica, la que me enseñó a caminar aferrado a mi gabardina bajo la lluvia de Ciudad Lineal, me envió hace cosa de seis meses un video por Vimeo desde un lejano país del norte de Europa. Junto a ella, un bebé pixelado parecía clavar sus ojos de cyborg en ninguna parte. Es feliz, por si quieren saberlo.

2 comentarios:

aw.s dijo...

¡Hola!

Me ha gustado mucho lo que has escrito sobre este documental. Es un tema que me interesa bastante. Llevo meses intentado encontrar la manera de verlo en internet y parece imposible (paradójico eh!). ¡Sabes algún sitio donde poder verlo?

¡Gracias!

sofia martínez dijo...

Es estupendo, un documental que nos invita a pensar en cómo los nuevos medios de comunicación son capaces de alcanzar a millones de usuarios y cómo la virilidad es una meta que buscan muchos jóvenes. Por casualidad lo vi en Assistir Hbo online, me lleve una grata sorpresa sobre su contenido sobre los medios de comunicación es de verdad atractivo y vale mucho la pena.