4.4.12

Respondiendo comentarios: Shame y la compasión


(Aviso para navegantes: Destripo inmisericordemente varios detalles de la trama de Shame)

1.

Una de las cosas más estimulantes de esto de la blogosfera es ir recibiendo algunas notas arrancadas, ciertos comentarios que matizan, niegan o proponen los huecos de los escritos que uno va hilando. Esta misma mañana he recibido la siguiente réplica anónima al hilo del post sobre Hugo:

Pues nada, todos a leer "Si esto es un hombre" desde que nos levantemos hasta que nos despertemos durante siete semanas, y luego nos tiramos del Viaducto.
Por cierto, Shame es una película cobarde. Acaba caricaturizando al protagonista porque no tiene cojones de ir con el presupuesto aterrador (maniaco del sexo, normal en lo demás) hasta el final. Henry y Bateman ya estaban ahí hace tiempo.


Entablo, por tanto, con mi anónimo querido lector, o mi anónima amada lectriz, el turno de réplica para ir desgranando algunas ideas. Lo bueno del post de Hugo -supongo que por cínico-, es que ha levantado cierta polvareda mínima por las redes sociales, con lo que intuyo que hemos encontrado un filón que merece la pena intentar explotar.

2.

    Empiezo por el final. Ciertamente, no creo que Shame se pueda tildar como una "película cobarde", y mucho menos que se pueda comparar con Henry o con el American Psycho. Del mismo modo, dudo mucho que Brandon pueda ser considerado "maníaco del sexo, normal en lo demás". Antes bien, me atrevería a sugerir que todo es un problema básico de empatía. Bateman y Henry son dos ejemplos de manual de sociópata postmoderno, de ser humano bloqueado que no puede leer en el dolor de los demás. El cuerpo mutilado es un acto lejanamente político -Henry- o simple fascinación estética, delirio económico -Bateman-, pero nunca es un igual, no existe el estatuto del prójimo para ellos. De ahí que el asesinato pueda ser considerado como un acto gélido o como un exquisito pasatiempo. De ahí también que el discurso cinematográfico se arrodille ante la figura del psicópata, deslumbrado hasta la náusea por su aura inalcanzable. En ellos está el sueño radicalmente postmoderno de que su goce no tenga límite alguno, ser un pequeño Dios arropado por la fascinación de la maldad -y ahí estaría también La naranja mecánica- o por el alambique cultural -y ahí estaría también Lecter.

    En contraposición, el Brandon de Shame. Podríamos sugerir: Brandon es un personaje atravesado por un deseo -sexual- que no puede integrar de ninguna manera en ninguna estructura simbólica. No encuentra una forma para contener esa pulsión que le destroza por dentro. De ahí que recurra necesariamente al Bach de Glenn Gould o al ejercicio físico como dos subterfugios, dos sistemas simbólicos que no funcionan. El problema mayor de Brandon es, muy precisamente, su hermana. Y no tiene nada que ver con esa hipotética pulsión incestuosa a la que los críticos parecen agarrarse como a un clavo ardiendo. Tiene que ver con la posición simbólica en la que su hermana quiere instituirle: quiere que con ella se comporte como un ser humano, que encuentre la dignidad en un mundo en el que la dignidad no existe. Le exige una posición moral total -tienes que cuidar de mí, eres mi hermano mayor- que atormenta al personaje mucho más que su colección de pornografía. Algo similar ocurre con su compañera de trabajo: ella no puede ser un cuerpo intercambiable, ni un mero soporte para la fantasía. Y de ahí su terrorífico fracaso sexual: la impotencia de Brandon es una conclusión lógica de la cercanía abrasiva del objeto de su deseo. Ella no es un fantasma, no ocupa un lugar neutro, tachado, en la configuración del placer. Ella tiene un nombre, una biografía, y espera algo del caos de lo real.

    Volvamos al American Psycho o a la propia Naranja Mecánica. En ambas cintas, ningún personaje espera absolutamente nada de lo real. El sociópata quizá sabe que algo está roto -y esa es, por cierto, la gran contradicción de la, por otro lado excelente, serie Dexter-, pero no quiere arreglarlo, no encuentra ningún motor ni ninguna necesidad. Los últimos treinta minutos de Shame son un prodigio precisamente por su exploración del concepto de la compasión. Y ahí es precisamente donde yo localizo la valentía: Brandon descubre que necesita de la compasión, necesita integrarla de alguna manera hacia el otro porque, de lo contrario, estallaría en miles de pedazos. Y ahí también la impresionante y sutil aparición de la imaginería cristiana en el texto: de un lado, la pietá que McQueen introduce en el cuarto de baño. De otro, esa suerte de epifanía/desgarro que acompaña a Brandon cuando se desploma en el límite del mundo y sólo puede pronunciar una palabra, la última palabra de la cinta. Quizá no la recuerdan. Es, muy precisamente, God.

    Con lo que, dicho en otras palabras, el reto de Brandon es entablar un puente hacia el prójimo más allá de los límites del cuerpo, un contacto espiritual en un universo en el que ya no hay ni Espíritu, ni Gracia de Dios, y quizá ni siquiera belleza. Y es un reto valiente, precisamente por imposible. Bajo mi lectura, lo que mi querido lector/amada lectriz señala "ir con el presupuesto aterrador hasta el final", tiene otra dirección. Nada tan terrible, nada tan aterrador como la compasión verdadera en un mundo en el que nada la sostiene. Nada tan arriesgado, sin duda. Porque no hay nada tan antinatural, tan definitivo, tan brutal, como la compasión.

3.

    Para cerrar el círculo, no niego que leer de manera compulsiva "Si esto es un hombre" pueda llevar a cualquiera a lanzarse por el Viaducto de turno. Después de todo, Primo Levi mismo dejó de creer en Dios a través de los campos y optó finalmente por el suicidio. Sin embargo, el problema no es tanto leer "Si esto es un hombre" -experiencia, por lo demás, obligatoria para cualquier ser humano que se precie de serlo-, sino leer "Modernidad y Holocausto" de Bauman durante no siete semanas, sino durante una vida entera. Llevarlo cerca, como un incómodo invitado, pasearlo por fiestas, reuniones, funerales, clases, paradas de metros, burdeles, cafeterías, hospitales, aeropuertos. Porque el descubrimiento de Bauman es tan radical que sigue siendo terrorífico: El exterminio no es un hecho aislado. Nosotros somos el exterminio, leamos o no a Primo Levi el tiempo que nos de la gana. Nuestra sociedad es el exterminio, nuestra cultura es el exterminio.

    Después de eso, tengo que aferrarme al gesto compasivo de Brandon, un gesto de derrota total y de humildad, y no en el gesto feliz de Hugo siendo salvado en el último minuto. Después de eso, ya no hay relato clásico posible. Después de eso, lo único que puedo hacer es mirar a Brandon y decir, con toda la claridad posible: esto, y no otra cosa, es un hombre. Bateman, Henry, Lecter, Álex y sus secuaces, todos los demás, son psicópatas. Brandon es un hombre.

1 comentario:

Aris dijo...

No he visto shame pero veo que tendré que hacerlo. Por lo que cuentas, me recuerda a cuando el protagonista de Taxi Driver lleva a la chica que le gusta a un cine porno, como si fuera lo más normal del mundo y la otra se rebota y él no entiende nada. El problema, quizás, es la culpa. La culpa es la causante del sufrimiento.