23.7.11

Noruega


La primera vez que visité Suecia -y comparar de entrada Suecia y Noruega puede ser un error metodológico en el que nos arrojamos voluntariamente- me soprendió la extraña amabilidad y el caos calmo que reinaba hasta en los pequeños detalles: aquello era una cultura basada en la escucha, en la meritocracia, en un liberalismo inteligente que no se había librado de las críticas de Vilgot Sjöman. Pero fui feliz allí, me sentí en un hogar nórdico y familiar en el que nunca me faltaron ni los buenos modales ni las buenas conversaciones con desconocidos.

Sin embargo, después de tantos años estudiando a Ingmar Bergman, si algo he aprendido sobre los países del norte de Europa es que la procesión va por dentro: las tensiones, los odios, las dudas y la relación con la violencia fluyen como un río por debajo de la máscara, son incontrolables y sinceras, desesperadas y europeas. La cultura, el efecto de control de la cultura, es como el lenguaje y tiene un límite tras el que lo único que queda es siempre lo Real.

Ayer lo reprimido volvió a emerger en Oslo, ciudad natal de Liv Ullmann y hermana gemela del sueño europeo postmoderno más o menos liberal. Si no fuéramos hermanos en el horror, quizá entenderíamos un poco menos lo que se esconde tras la sorpresa del ataque, la elocuencia del cuerpo descuartizado, el rumor sordo de los cuervos fanáticos sobrevolando las azoteas. En Europa sabemos velar los cadáveres, les construímos inmensos monumentos, les regalamos exquisitas homilías. Pero los santos y los hombres justos deben estar, ay, en otra parte.

¿Qué haremos ahora con Noruega, con nuestros propios monstruos? ¿Seguiremos empeñados en negar la existencia de una ultraderecha homicida cuya principal fuente de alimentación -hay que decirlo claramente- son las garras del estado de bienestar y la casta política enquistada en sus privilegios y en la vacuidad de sus discursos? ¿Acaso no decir que, en España, los grandes inversores y culpables de la ultraderecha/ultraizquierda son Rubalcaba y Rajoy y sus respectivos equipos? ¿Acaso no recordar que en la penúltima manifestación de las Víctimas del Terrorismo en Madrid había chavales repartiendo pastiches ultraderechistas y cabezas rapadas gritando Eta Presoak-Cámara de Gas justo al lado del Starbucks de Serrano? ¿Y qué ocurrirá cuando se cumplan las profecías, quién me pondrá en la lista negra por escribir este blog, quién gobernará las universidades y fomentará un maoísmo/nazismo español y olé de andar por casa?

No vamos a aprender nada. Noruega desmemoriada es ahora Lady Macbeth desgarrándose la garganta en los pasillos de un castillo encantado, y nosotros, sus hijos, bebemos la sangre caliente de las víctimas golpeándonos en el pecho. Las mismas preguntas que en el 11M: ¿Quiénes son los culpables? ¿De dónde salió la infraestructura? ¿De verdad alguien cree en la versión oficial? ¿Qué hacemos con Dios? ¿Quién acusará al asesino de ser ultracristiano pero pidió que en los trenes se dejara fuera del juicio la naturaleza religiosa de los atentados? ¿Quién cambiará su voto en las urnas? ¿Quién gobernará sobre el cadáver, con el cadáver, quién lo reivindicará en el ruedo político? ¿Quién será ahora más ateo que nunca, o más islamófobo que nunca, quién prenderá fuego a los Kebabs, a las sinagogas, a las mezquitas, a las catedrales, a los sexshops, a las tiendas de Apple?

No pensemos en la ultraderecha: pasemos el tiempo en la finca o en el cortijo de Sol montando a caballo o disfrutando a Pignoise, pero no pensemos en la ultraderecha. Atémonos los jerseys al cuello y escuchemos a Los del Río, pero no pensemos en la ultraderecha. Paguemos una buena subvención en nombre de la crispación política o de la programación lingüística y social del personal, pero no pensemos en la ultraderecha.

No pasa nada. No hay de qué preocuparse. La ultraderecha ya está pensando en nosotros, por nosotros y para nosotros. Mientras tanto, al hombre crucificado le duelen ya los ojos de tanto cerrarlos para no ver cómo el ángel de la Historia vestido de perroflauta con una raqueta de pádel en cada mano aúlla, aúlla, aúlla.

3 comentarios:

Joan Batlle dijo...

Felicidades Aarón por este trabajo. Yo también he estado en Noruega y Suecia y al leer y/o releer lo que has escrito me retrotrae a lo experimentado y sentido en Escandinavia. Pero lo que me parece más logrado es que en realidad, detrás de todo esto, estás hablando de nosotros mismos y ello hay que tenerlo muy presente delante de esta barbarie. Saludos.
Joan

Aarón Rodríguez Serrano dijo...

Gracias, Joan. Creo que ese era el objetivo principal del artículo: no tanto hacer la elegía de las víctimas -que eso ya lo estarán haciendo otros, mejor y peor, tanto da- sino dejar en negro sobre blanco que lo de Noruega no deja de ser un espejo de España. Los que estamos vinculados íntimamente de una u otra manera con Escandinavia hoy tenemos una labor de reflexión política bastante seria.

Ethos dijo...

Cuando lo vi en las noticias ayer al mediodía me acordé de ti. Me dije, vaya, esa sombra de violencia y fanatismo que lleva cosida Europa en sus zapatos, ésa que tanto trata de mostrar y denunciar con sus películas y su historia Aarón, acaba de explotar en la cabeza de un noruego. (O varios, tanto da). Y, en efecto, ahí están los muertos. Ahí está la sangre, los escombros, el desconcierto...
Maldita sea, no te podías haber equivocado.