13.7.11

Aquel lugar...



Claro que lo sé. En un universo en el que adolescentes más o menos confusos apagan su Ipod para recibir su dosis semanal de pornografía emocional o violencia explícita en las salas de cine, ciertas cintas nacen condenadas al suicidio. ¿Contra quién habría que defender Un lugar donde quedarse? ¿Contra las iguanas deprimidas que colapsan los servicios públicos consumiendo antidepresivos escanciados en los tópicos del pensamiento positivo y los manuales de autoayuda? ¿Contra la terquedad de la realidad, empeñada en llenarnos los pisos de protección oficial en parejas de gente machacada que pegó un polvo antes de tiempo y acarrea con infinita paciencia y dolor un consorte al que no quiere y dos niños cabrones que se convertirán en macarras de la periferia y adictos al tunning? ¿Contra el sistema ideológico que te pone un Smartphone en la mano pero intenta que tengas lo más lejos posible los viejos vinilos de la Velvet? I´m gonna watch the blue birds fly over my shoulder, ya sabes.


El lapso momentáneo de calma, el parpadeo de tranquilidad, la extraña paz que se respira en el interior de la tormenta. A la gente le suele gustar el Mendes brutal que desintegra todo lo que toca (American Beauty y Revolutionary Road), pero como todos los postmodernos, a veces sueña también con la grandeza de las pequeñas cosas y se retira en silencio a fumar un cigarro y mirar por la ventana. Creo que un tipo capaz de pelear una cinta como Un lugar donde quedarse se merece otra vida en la que no tenga que dar explicaciones ni sufrir las íntimas heridas del Otro.


No es una cuestión de puesta en escena. Es una cuestión de utilizar el cine como herramienta de reflexión y de construcción. Se trata de conducir en silencio por carreteras desconocidas y alegrarse de ver el asiento del copiloto ocupado. Se trata de reivindicar la palabra (la verdadera palabra) como parte integral y hermosa de la ficción, se trata de las noches en las que has conseguido dormir de un tirón y apartar con cierta gracia todos esos libros (los Seminarios de Lacan, la trilogía de Primo Levi, mis lectores me conocen como soy conocido) que te gritaban cosas aterradoras, frases escritas en pánico, sangre derramada.


No quiero decir que sea fácil. Mendes, por el contrario, realizó su película más compleja y difícil de rodar -es la más sencilla- sabiendo que casi nadie aplaudiría al terminar la proyección. Caminó descalzo por un desierto de celuloide y sacó con todas sus fuerzas un gesto, el rostro de un hombre y de una mujer, nos prometió esperanza. Dicen que va a rodar el nuevo Bond (lo que será, sin duda, un gran acierto), pero unos pocos sabemos que su gran película, su gran obra maestra, ya está rodada. Es tan pequeña y delicada como noventa minutos de verdad pura. No tiene ni una fisura. Es esa hendidura por la que entra la luz, citando a Cohen.


Luego hay otras cosas, sin duda. Suelo sentarme aquí a hablar sobre ellas, porque me duelen. Por ejemplo, la escena de La lista de Schindler en la que un soldado de las SS dispara a un médico a bocajarro delante de su esposa y la sangre se derrama por su bata blanquísima y por el traje de ella. Por ejemplo, la confesión de Abraham Bomba en Shoah, que siempre me ha parecido la demostración absoluta de la contradicción del lenguaje (sus límites, pero también su capacidad para fijar lo eterno). Esas otras cosas -todo el mundo tiene las suyas- se pasean por esta casa a medio construír en la que habito, pero luego también está Sam Mendes, que se nos coló de okupa un sábado por la tarde en los Renoir, no con sus shows de bolsas de plástico volando, sino con una cinta que ejemplifica el inmenso poder de los humildes.


Necesitamos buenas topografías. Urgentemente. Necesitamos un gps que sepa equivocarse y llevarnos en la dirección opuesta. De lo contrario, seguiremos perdiendo el tiempo en este bizarro circo de tipos de inversión, fuegos artificiales y mierda catódica en la que Occidente está metido hasta las cejas. Necesitamos textos. No, no storytelling, ni Yes We Can, ni Pensamiento Positivo. Necesitamos textos soberanos. Away we go -el título en inglés es todavía mejor- podría ser uno de ellos.

3 comentarios:

Ethos dijo...

Te envidio, porque me da la sensación de que pasas cada segundo exprimiendo la vida, escudriñándola, investigándola, incluso a veces amenazándola con un cuchillo lleno de sangre, para sonsacarle un poco de Verdad, de esa que se escribe con mayúsculas.
Sigue así: muchos ya te vamos debiendo mucho.

P.D.: "A veces sueña también con la grandeza de las pequeñas cosas y se retira en silencio a fumar un cigarro y mirar por la ventana".

Aarón Rodríguez Serrano dijo...

Joer, Etos, muchísimas gracias por ese pedazo de comentario. A ver si te animas y actualizas más, que nos tienes huérfanos de tus textos -me convertiré en tu peor pesadilla y te daré el coñazo mil veces, ya lo verás.

Ethos dijo...

Contra la sequedad de ideas (o la incapacidad de desarrollarlas) es difícil luchar...

Pero lo intentaré.