20.6.06

Carta a Oliverio


Algo pasó, Oliverio. Algo, después de todo. Decía José Hierro: "Después de todo, todo ha sido nada". Y algo pasó, Oliverio, aunque no sé muy bien el qué, ni cómo, ni siquiera cómo no nos dimos cuenta a tiempo. Quizá fue aquello de decir: "Claro que te quiero" con la mirada ausente pensando en los tickets de la Fnac. O quizá fue aquello de terminar la licenciatura, fiesta de graduación y empezar los estudios de tercer ciclo. O quizá sentarse delante de los amigos y comentar distraídamente: "La postmodernidad... todo esto es culpa de la postmodernidad".
Oliverio, algo pasó que ahora la poesía que escribo está llena de palabras como "mierda" y "polvo", algo pasó que mi poesía ya no es poesía, ni mando poemarios a concursos, sino que escribo para mí mismo y encima, mal. Algo pasó que me volví un cínico, de la noche a la mañana, con este resentimiento que funciona como coraza de ida y vuelta, algo pasó que dejé de creer en Benedetti para racionalizar mis lecturas e interesarme de pronto por la semiótica y el psicoanálisis, el estructuralismo. Algo pasó que llevo años sin colgar fotos en el corcho del cuarto, que dejé de estudiar Periodismo porque me dí cuenta de que mis textos no iban a cambiar el mundo. Los textos de uno, después de todo, sólo sirven para darse cuénta de cómo se ha ido aposentando en su propio cadáver, que es un hobby que practicamos todos.
Ahora, Oliverio, me puedo imaginar a algunos de mis lectores habituales (Lacasiopeaa, por ejemplo, I love you darling y sé que no me vas a perdonar este post) llevándose las manos a la cabeza y pensando: "¿Qué cable se le ha soltado a Aarón? ¿Cómo puede utilizar una película tan buena como "El lado oscuro del corazón" para justificar un post tan descaradamente perroflautil y demagógico?". Y llevan razón, Oliverio, pero déjame confesarte que últimamente me está venciendo el pánico y los sólidos cimientos de mi razón cínica, distanciada (una razón a lo actor-Brecht), se convierten en cenizas y en una nostalgia sorda de aquella locura que barría las avenidas de mi utopía. Algo pasó, Oliverio, que yo quería cambiar el mundo y el mundo me cambió a mí de una ostia en la cara, dejándome apenas el cine y el teatro para poder cobijarme. ¿Qué hacer, Oliverio, qué hacer con las greñas de León de Aranoa, qué hacer con la guitarra desafinada de Manu Chao, qué hacer con la voz insufrible de Paco Ibáñez? ¿Qué se hace con esos náufragos? ¿Cómo se vuelve otra vez a la locura cuando ya se sabe que no quedan útiles que salvar en este barco? ¿Quién nos devuelve la fé en el hombre que nos robaron los políticos de todos los partidos? ¿Quién nos permite una tregua, quién nos devuelve al Sabina de los ochenta, quién nos garantiza que no nos estamos convierto en Ramoncín?
Me come el vértigo, Oliverio, me come el vértigo. Algo pasó que una mañana, después de una noche de intranquilo sueño, era yo mismo.

18.6.06

La haine (Kassovitz, Mathieu, 1995)


Había un potencial salvaje en Kassovitz. Realmente. Es incomprensible lo que ha pasado con este chico, cómo se puede pasar de una de las películas más brillantes del cine europeo de los noventa (esta "La haine" lo es, sin ninguna duda) a pegarse constantes batacazos en lo interpretativo y en la dirección. Vamos, vamos, no me jodas. Kassovitz, antes de enamorar a todas las niñas gothic-lolita (o similar) haciendo de chico bueno buenísimo que-te-querría-y-te-respetaría-antes-de-llevarte-a-la-cama en "Amelié" (siempre estoy diciendo que algún día hablaré de "Amelié" y me desquitaré a gusto) y, también, antes de hacer de cura bueno buenísimo que-muere-por-una-causa-noble en "Amén" de Costa Gavras... Kassovitz, antes de todo esto, y antes también de rodar la insufrible "Gothika" con una insufrible y oscarizada "Hale Berry"... antes de todo esto, decía, Kassovitz hizo una película única, jugosa, realmente brillante. Una película de sobresaliente.
"El odio" tiene todos los elementos para gustarnos a los burgueses: un mensaje intranquilizador que podemos sacudirnos de la sala después del visionado, un guión que no nos toma por tontos, unas interpretaciones impresionantes (a tus pies, Vincent Cassell, qué grande eres) y, sobre todo, esa extrañísima pátina cinematográfica de calidad que parece mejorar todo el producto. Es como si todo el staff de la película antes de empezar hubiera decidido hacer bien las cosas. Y eso se nota.
Más allá de las voces que intentan señalar "El odio" como una especie de película profética con respecto a los disturbios del extrarradio de París (es una explicación un tanto válida, aunque todos sabíamos lo que estaba pasando ahí, ya lo decía Manu Chao a principios de los noventa) su valor cinematográfico es innegable. Es una de esas cintas que deberían estudiarse en las facultades (sobre todo en las españolas), tendría que haber levantado mucha más polvareda teórica y socióloga, sobre todo en España, donde nos resulta de una validez aterradora. Sobre todo en Europa, en estos años convulsos donde la identidad se desdibuja y acaba siendo representada por unos señores trajeados que intentan buscar una coherencia económica cuando la verdadera falla está en otra parte, en otro volcán subterráneo que se conforma como la carta incómoda de occidente.
Después, Kassovitz derrapó y nos decepcionó a los que seguimos esperando nuevas voces. Quizá fue por irse a Hollywood y hacerse amiguito de Spielberg. Quizá, ¿quién sabe? Fue que Kassovitz equivocó su trayectoria y quiso ser amado como cineasta convencional en vez de ejercer su labor como oráculo de Europa. Quién sabe.

12.6.06

Deprisa, deprisa (sobre el estado del cine español)


La película de Saura era cojonuda (como casi todo Saura, aunque comprendo que haya quien no comparta este punto de vista). La película de Saura era una pincelada de extrarradio, era el "cine kinki" de toda la vida pero con cierta voluntad artística que no deslucía. Era como si, pongamos un ejemplo un tanto descabalado, Trufautt de pronto hubiera decidido rodar un guión con la vida del Vaquilla. Y reconozco que me gusta más Saura que Trufautt, aunque suene a blasfemia de lunes por la mañana.
Es un poco blasfemo, para qué vamos a engañarnos, pero hoy me he levantado con ánimo de blasfemar.
Más deprisa. Más deprisa aún, el tiempo pasa y respeta a medias las cintas de los extrarradios urbanos, el tiempo pasa (y pesa, que dirían los fans de "Báilame el agua") y en España se siguen practicando cinematografías de andar por casa, con mejor o peor fortuna. En España nos inventamos el teen/agitanado como una especie de antihéroe de andar por casa, con sus pantalones de campana y sus cintas de Los Chichos. Quizá si hubiéramos seguido peleando esa fórmula con humor y cierta higiene mental no hubiéramos acabado hablando de la Guerra Civil, como siempre, sino que quizá tendríamos un Kusturica español y canallesco. Que no es el caso, claro.
Más deprisa, hasta que ardan todas las bovinas, hasta que ardan todos los presupuestos, hasta que tengamos que utilizar en los trailers de las cintas patrias frases como: "Estoy hasta los cojones de cine español" (el público en las salas se ríe mucho, claro, pero no van a ir a ver la película de marras. Además, el trailer se proyecta antes de una película norteamericana y la sala está llena, of course). Veo a los niños que vienen con sus cámaras DVCPro dispuestos a rodar cortometrajes y me dicen:
- A mí me gusta mucho el cine social...
Y uno tiene la extraña sensación de que el "cine social" del que me hablan ellos es una prostituta muy buena a la que le pega su marido (a ser posible, un tipo feo que bebe cerveza en el bar de abajo) y que se enamora de un toxicómano cojo de buen corazón pero que cogerá un sida de caballo mientras intenta cuidar a su madre (más o menos eutanásica), que a su vez tiene un hermano homosexual (muy simpático) al que le matan los skins de una paliza. Cine social español, vamos, el de toda la vida de Dios.
Más deprisa, más deprisa, que no pare el circo. Cada año bajan las recaudaciones y al final acabamos viendo cualquier cinematografía "emergente" (cine turco, israelí, albano, francoprusiano...) antes de ir a ver cine español. La cinematografía española no es, lamentablemente, "emergente", sino más bien "laxante". Porque uno sale de la sala acordándose fisiológicamente de la mitad del staff. Especialmente del guionista/director, claro, que es un tipo que vive en un piso que te cagas de grande con 800 dvd´s originales en la pared (es miembro de la SGAE, aunque no sabe si confesarlo o no) y conduce un BMW pero el día de la gala de los Goya va de chandal y con chapitas de Rosellinni. Un tipo cool que planea su próxima película sobre un niño republicano con leucemia que es sodomizado por los macabros curas de un convento próximo mientras que un sabio profesor que intenta inculcarle los valores de la libertad es fusilado por unos fascistas crueles que (ay) también pegan a sus mujeres y fuman cigarrillos caros.
No deja de ser deprimente que, de pronto, cuando encontramos una película española que realmente nos gusta tengamos que salir de la sala diciendo: "Fíjate que me ha gustado... y eso que es española..."