25.2.06

ANGELOPOULOS #04 - Eleni (2004)


El director/autor que se ha forjado su reputación es un hombre, a priori, afortunado. Puede permitirse el lujo de rodar una cinta de 200 minutos sobre (pongamos por ejemplo) el recorrido de una tormenta sobre un pequeño pueblo de las montañas del Tibet, y todos los seguidores de su arte correrán a aplaudir con las orejas. Videoartistas, figuras de la experimentación, cornucopias literarias o cinematográficas, cuproníqueles de la cultura que se asientan sobre su propio estilo y parecen responder a sus manías particulares. El problema se plantea, quizá, cuando el director/autor decide poner los pies en el suelo y escapar de sus delirios intelectuales para narrar una historia vinculada a la realidad, a lo que podríamos llamar "lo verdadero". Algunos recorren el camino inverso (especialmente los italianos Fellini y Passolini, que empezaron haciendo cine neorrealista para desembocar en los excesos de la libertad fílmica), otros consiguen hacer auténticas obras maestras de lo cotidiano (la "Historia verdadera" de David Lynch, por ejemplo), y otros se estrellan estrepitosamente.
Es el caso de Angelopoulos.
Una de las críticas más curiosas que escuché en las proyecciones veraniegas de la Cátedra de cinematografía de la Universidad de Valladolid sobre esta cinta fue: "Está muy bien si no conoces el cine de Angelopoulos. Las primeras dos horas se hacen llevaderas y todo". Y en cierto modo, se podría conceder esto último y afirmar que, efectivamente, "Eleni" es quizá la cinta más llevadera de las últimas realizadas por nuestro estudiado Theo. De entrada, ha minimizado los tiempos muertos, ha renegado de los detalles más oníricos y nos ha ofrecido una historia que podría encuadrarse sin ningún problema en el seno de la narrativa clásica (incluso en la trágica griega). Chico-conoce-chica, la familia se opone, una boda frustrada, estalla la guerra, etc... etc... Por supuesto, hay detalles autorales (los juegos espacio-temporales que Angelopoulos aprendió de Bergman, y que este aprendió de Strindberg), hay larguísimos planos secuencia y hay detalles de cierto "realismo mágico" muy light que pueden satisfacer a los no iniciados.
Pero eso no sirve para mantener el interés del espectador durante las dos horas y media (largas) de duración. Tampoco sirve como ejemplo de "película histórica" en tanto en cuanto los vericuetos de la inmigración de Odessa, la revolución sindical o el telón griego de la II Guerra Mundial desaparecen en un marasmo de preciosismo y estética, en un conjunto de tópicos que nunca nos han parecido más forzados en el cine europeo.
Si en el anterior post nos preguntábamos por la pretenciosidad del director y respondíamos afirmativamente, quizá ahora sería el momento de preguntarse: ¿Angelopoulos se agota? Y guardar un silencio de lo más incómodo. El error del director no ha sido volver a repetir su estructura de planos-secuencia, ni jugar con el imaginario habitual de su filmografía, ni ofrecer (a grandes rasgos) lo que uno espera de "un film de Theo Angelopoulos". El error del director ha sido, casi sin lugar a dudas, bajar desde el mundo de las ideas hasta el mundo de la narración clásica, desprenderse de la fantasía social que inundaba sus obras para ubicarse en una corriente de "hiperrealismo hiperestético" que hiper-fracasa de manera lamentable.
Y no son estos los únicos problemas de la cinta. La absoluta genialidad de los primeros 15 minutos también es un lastre. Lo que hubiera podido ser un cortometraje fabuloso (títulos de crédito incluídos) se desvanece en la nada, se pierde, se demora en el interior de una cinta que no cumple las espectativas que despierta. Y eso es gravísimo. La increíble presentación de un pueblo entero en un plano-secuencia pierde todo el valor en cuanto descubrimos que el director es incapaz de perfilar a sus personajes durante las dos horas siguientes. ¿Quiénes son Eleni, sus hijos, su marido? ¿Dónde están? ¿Por qué aguantan el tipo? ¿Por qué la película se llama "Eleni", de hecho, cuando la protagonista es un refrito sin ningún valor de las clásicas mujeres trágicas?
Una auténtica lástima tener que discutir en estos términos sobre una de las nominadas al globo de Oro en Berlín y ganadora de un FIPRESCI. Pero el ejercicio de la cinematografía autoral debe seguir sus reglas, una de las cuales es, sin duda, ofrecer siempre materia para rumiar a los espectadores.

13.2.06

ANGELOPOULOS #03 - La mirada de Ulises (1995)


Hace tiempo comencé un ciclo de comentarios sobre el realizador Emir Kusturica que se me quedó a medio hacer por aquello de publicar mucho y a toda velocidad. Si bien con Angelopoulos estoy intentando ser un poco más metódico (la racha no durará mucho, me temo, principalmente cuando ya se han estrenado joyas como Caché de Haneke o Manderlay de Von Trier sobre las que no he podido "onanizarme" a gusto), es cierto que hoy revisando "La mirada de Ulises" he descubierto un extrañísimo nexo de unión entre ambas figuras. Los dos (Angelopoulos y Kusturica) han sido, con toda probabilidad, los mejores directores europeos a la hora de tratar la guerra de los Balcanes, sus antecedentes y sus consecuencias. Kusturica quiere hacer el retrato salvaje y gamberro de una Bosnia llena de gitanos y orquestas. Angelopoulos quiere hacer el retrato de una Grecia llena de referencias bibliográficas, pedante y un tanto culturetilla. Eso es porque Kusturica es un gamberro y Angelopoulos un pedante, obviamente. "La vida es un milagro" (y la fabulosa "Underground") se enroscaban con singular brillantez en las consecuencias del gobierno de Tito sobre el pueblo bosnio. "La mirada de Ulises" sigue ese mismo camino, pero lo atraviesa con la claqueta, con la intención del director que habla sobre dirigir películas.
En uno de los comentarios sobre "La mirada de Ulises" que se puede encontrar en el IMDb se lee: "¿Es Theo Angelopoulos el director más pretencioso de la historia del cine?". Es una cuestión interesante, lanzada con muchísima mala leche y algo de razón. Pero voy a jugar a la locura y voy a responder a esa pregunta con cierta cautela: No, pero casi. Angelopoulos es lo suficientemente pretencioso como para intentar adaptar la obra clave de la literatura universal (si es un clásico puede decir "La odisea", si es un moderno puede decir el "Ulysses" de Joyce) en la clave de una subjetividad que a veces incluso nos parece obscena. Es obscena, quiero remarcar, en tanto es de una sinceridad demoledora. Angelopoulos se retrata a sí mismo en la coraza de un Ulises/Harvey Keitel que busca el cine, que llora por su madre, que se pierde en la niebla de Europa. La película funciona (quizá sea la mejor del director) porque sus normas son muy sencillas: créanse ustedes lo que les de la gana, sientan las imágenes como les de la gana (desde fuera del cine, a juzgar por los muchos espectadores que abandonaron la sala en tiempos del estreno) y vivan la historia como les de la gana. "La mirada de Ulises" se lleva de la mano la pasión metacinematográfica (por la que pasan también figuras como Kiarostami, Wilder o Welles, por poner tres ejemplos) y la traslada a una Guerra de Bosnia llena de magia, cinematográfica, dolorosísima. El personaje del anciano (un soberbio Erland Josephson) que colecciona las latas de película mientras el país se desintegra es, a grandes rasgos, el retrato más poético de la figura del cinéfilo que yo he visto en una pantalla.
Theo Angelopolous es (sumo y sigo) lo suficientemente pretencioso como para atreverse a hacer películas de una duración exagerada, de un ritmo intolerablemente lento y con ideas brumosas que vienen y se van. Por otra parte, es capaz de conseguir que esas películas funcionen precisamente por su innegable pasión por la imágen, algo que ya he comentado aquí. "La mirada de Ulises" sería perfecta para explicar a alumnos de Comunicación Audiovisual cómo construír un plano secuencia, un plano fijo o un montaje paralelo. También sería perfecta, por supuesto, para demostrar que en otros países no muy lejanos es posible hacer películas que hablen con criterio de las guerras civiles y que no se resuelvan en el exabrupto nacional/nacionalista.
Theo Angelopoulos, por último es lo suficientemente pretencioso como para limpiarse el culo con la norma dorada de que las películas tienen que durar 90 minutos, tener unos 600 cortes de edición en montaje y ser lo suficientemente fáciles y digestivas para que se puedan disfrutar por espectadores mediocres que acudan a las salas a hablar por el móvil y comentar la cinta con el de al lado.