27.4.14

La supervivencia de las imágenes. Notas al margen del cine de Erice

Erice
   
Conocí a Erice de pasada en el último congreso de la AEHC, de refilón. Si bien siempre he guardado ante su obra una sana distancia reverencial -el cine de Erice viene con reclinatorio incorporado, y ese es quizá el peor enemigo de sus propias películas-, hay algo en su escueta filmografía que se me escapa como analista y que no consigo aprehender, una cierta dimensión de seriedad sagrada que, quizá por el planteamiento mismo de la culpa, yo trabajo con mucha más comodidad en Bergman o en Tarkosvky. Las imágenes de Erice parecen estar exigiendo siempre un trabajo exhaustivo, una arqueología de lo visual que no se puede realizar en los márgenes de un post ni interesaría gran cosa a las revistas con índice de impacto en las que necesitamos publicar para sobrevivir. De hecho, puede que el cine de Erice tenga siempre una cierta dimensión de transmisión oral en la que -con excepciones como la monografía de Jorge Latorre-, siempre parece prestarse más a la conversación sosegada entre iguales, al descubrimiento del detalle o de la experiencia que se comparte con un café o a los postres. El cine de Erice, hablado, pronunciado, gana mucho más que reducido a un ejercicio de profilaxis analítica. 

    Sin embargo, hubo en la voz de Erice -en la manera en la que Erice se dirigió al auditorio en aquel congreso- un cierto temblor, un cierto saber que era, ahora lo entiendo, la pieza que me faltaba por colocar en su filmografía. El director era, en sí mismo, su propia película. Le quitaba el polvo a los fotogramas que había enmarcado con una suerte de humildad y un cariño hacia la naturaleza misma de su oficio que resultaba a la vez desarmante y poderosa, como si su obra fuera a la vez el truco de magia más complejo y, en el reverso, la acción cotidiana de un sujeto cualquiera. Erice construye una paz -la paz posible de una imagen salvadora, moral, escondida y oscurecida en la muerte- que yo, como crítico, no podré compartir nunca pero ante la que no puedo dejar de mostrar mi más absoluta admiración. Yo siempre entendí el cine como guerra, como conflicto y masacre. Creo que Erice, a la contra, es capaz de llegar más lejos y susurrar, en el límite mismo de lo visible, una esperanza.

    De ahí que tras escucharle, tras ver cómo seleccionaba con cuidado cada una de las palabras y luego desaparecía entre las sombras del auditorio sin esperar pagos, agasajos ni ataques de histeria cinéfila, me encontrara con la necesidad urgente de volver a ver sus películas. Volverlas a ver más allá de los maratones acelerados de cuando la carrera, esa necesidad yonqui de verlo todo para escribir de todo sin saber gran cosa de nada. En aquel momento, yo ya pensaba que había descubierto mi idea de lo cinematográfico -que, por otra parte, no se diferencia gran cosa de la que ahora mismo sigo teniendo-, en la que el universo de Erice era, quizá, hostil por su densidad, por su calma, por la relación con un pasado histórico contra el que pensé -y pienso- que había que revelarse/rebelarse a toda costa. 

El sol del membrillo

    Sin embargo, el tiempo también deja muescas en la manera en la que necesitamos las imágenes. Necesidad que pasa por la raíz de un replanteamiento del pasado, de las propias ideas, de la propia manera de haber comprendido la imagen. Vuelvo a ver, por ejemplo, El sol del membrillo, y me electrocuta una cierta nostalgia hacia un pasado borroso -el skyline de Madrid en los noventa, la ciudad ya perdida, impresiones de fechas en la pantalla que se desdibujan en mi propio recuerdo- que pasa por encima de las pinceladas de Antonio López y del discurso costumbrista de coplillas, cafeses, pintores muertos de hambre y revoluciones perdidas. Todo ese escalofrío final de membrillos putrefactos y cámaras recortadas contra la oscuridad no me conmueve -cada uno tiene sus propios altares en los que llorar su propia muerte- ni la mitad que el color de aquellos barrios, los viejos cercanías, las pintadas contra la droga en el temblor de los extrarradios. Aquel tiempo, cristalizado por Erice, fueron mis dos horas de sol reflejadas sobre la piel del membrillo, las que desembocaron en el cuadro frustrado de la emancipación, la celebración de la humanidad, el encuentro con el Otro. 

    Lo creído, lo esperado del tiempo, acabó sepultado en el sótano de las buenas intenciones. 

    Tendremos que deshacer los hilos del tapiz de nuestros maestros. El tapiz del Pensar la imagen de Zunzunegui, o del Paisajes de la modernidad de Font. Par algunos, deshacer el tapiz es tan sencillo como ignorarlo. Para otros, el pánico de prescindir de esas ideas es tan inconcebible que prefieren repetirlas sin haberlas mordido con los dientes siquiera. Tenemos que deshacer el tapiz de Erice. Pero no para destruirlo, ni para olvidarlo. Antes bien, para que retorne a nosotros con la fuerza nueva de un diálogo sin deudas, un diálogo mítico en el que la supervivencia de las imágenes sea honesta y no tengamos que arrepentirnos de su fracaso.

El espíritu de la colmena

3 comentarios:

José Antonio Palao dijo...

Entre la grave neurosis paralizante, el enjuto ascetismo, la parsimonia del que es y no necesita hacer... Lo conocí hace años. Su paz me parece lo más perturbador de todo. Y su intemporalidad.

Aaron Rodriguez dijo...

En efecto, creo que es su paz lo que más sorprende, lo que le convierte en una (felicísima) excepción. Y sobre la intemporalidad, yo creo que precisamente Erice ha conseguido lo que muchos otros cineastas intentan balbuceando a golpe de modernidad impostada sin ningún éxito: escribir sobre el tiempo pero sin pagarle un peaje fácil. Si quisiéramos escribir sobre el tiempo en el cine de Erice no necesitaríamos un libro: necesitaríamos un poemario.

José Antonio Palao dijo...

Lo que ha conseguido es que el tiempo no escriba en él...A