27.12.12

Al hilo de "Indiana Jones y la última cruzada"

Poster
  
Creo que en algún momento del camino, simplemente, nos equivocamos.

    Nos convencimos de que el cine era el dispositivo artístico definitivo para levantar acta del malestar, vestirse con ropajes postmodernos, hacer nuestra la bandera del relativismo de salón y sumergirnos en una topografía de cuerpos lánguidos, líquidos, heridos de muerte.

    Cómo cuesta a veces recuperar las otras dimensiones del cine, la sensación de verdad que anida en sus imágenes, ser capaz de escapar de los tópicos de reflexión sociológicos que, cabreados con el fracaso de un cierto marxismo a finales de los sesenta/setenta, nos invitó a comulgar con la incómoda gelidez de la decepción, el fracaso generacional, la deuda transmitida. Cómo cuesta reencontrarse con la inocencia de la primera mirada, esa que Angelopoulos detectó en la primera cinta perdida de los hermanos Manaki, pero que a mí me descubrió con seis años en el antiguo Cine Aragón, hace ya más de dos décadas.

(Recuerdo el tacto de la butaca, la incomprensión de mis padres cuando les rogué que al día siguiente me llevaran de nuevo a volver a ver aquella perdida, la imposibilidad de explicar por qué había que ir al cine a ver la misma película dos veces seguidas, la imposibilidad de explicarles que aquello que se proyectaba era verdad, que yo no quería seguir viviendo en Ciudad Lineal, sino que quería ser arqueólogo y luchar contra los nazis, o a lo peor, dedicarme a pensar por qué las películas podían ser verdad)
  
 Hoy, 27 de Diciembre, regreso a Spielberg con la certeza de que su cine es sagrado. Con la entrada en la madurez me empeñé en despreciar a Spielberg sin darme cuenta apenas de que estaba despreciando mi propia educación cinematográfica, el gesto de mis padres al comprar otras tres entradas, las lágrimas, los aplausos, la infinita verdad de sus fotogramas. Estaba despreciando el cine que me había hecho amar el cine, ese error gravísimo que los Cahiers sortearon subiendo a John Ford a los altares y que una generación de cinéfilos había sentenciado en el nombre todopoderoso de Jean Luc Godard, pequeño dios de círculos viciados y café ideológico, perdónanos Señor porque no supimos lo que hicimos.

     La vida es tozuda en su lección constante y nos hace tragarnos una y mil veces los dogmas pronunciados. Mi padre ha envejecido con la dignidad de los años trabajados, con su sempiterno Ducados colgando de la comisura del labio. Me gustaría decirle más a menudo todo lo que le debo, y también me gustaría saber agradecerle aquellas tres entradas que compró, sin entender muy bien por qué, agradecerle que consiguiera una edición en VHS de En busca del arca perdida y me la regalara en mi séptimo cumpleaños. Fracasé y no me hice arqueólogo, pero me dediqué a la arqueología de las imágenes, y por el camino, me puse una coraza de cinismo que todavía paseo por algunas calles de la cinefilia. Pero como escribió Dylan Thomas, la pelota que lancé siendo niño todavía no ha tocado el suelo. La vida es tozuda en su lección constante y hace unos meses mi buen amigo Marc tuvo un hijo maravilloso que, a buen seguro, también querrá ser arqueólogo o cosa semejante. El hijo de Marc, en su distancia, me ha hecho pensar con urgencia en ciertas cosas importantes. Por ejemplo, en la manera en la que ese cine despreciado por infantil y aventurero se resiste a desaparecer de mi imaginario. Por ejemplo, en la deuda contraída con Spielberg -que es un tema muy amplio que atraviesa, de alguna u otra manera, dos de mis obsesiones: la paternidad y la Shoah- de la que hablaré en otro lugar y en otro momento. Por ejemplo, en la manera de reivindicar el relato allí donde se impone la voz neoconservadora que quiere reducir el "buen cine" a un puñado de nombres norteamericanos postclásicos.

   No. Hay que trabajar en otras direcciones. Hay que desactivar el tópico del Spielberg/fascista como se hizo en su momento con el tópico del Ford/fascista. Hay que estampar una tarta de cumpleaños en el rostro de Godard e invitarle a reír a carcajadas con nosotros. Hay que defender la posibilidad de un cine que esté realmente vivo, no un cine de muertos -pienso en Holy Motors, o en mis adoradas L´apollonide y Shame-, porque ya está bien de utilizar la cámara como ouija. Hay que aprender de nuevo las normas de juego, pensar en los que llegan, hacer teoría para la vida y no para la muerte. Y ahí, en todo ese magma de posibilidades del decir cinematográfico, de la mirada cinematográfica, se encuentran atorados los fotogramas de la Última cruzada, una cruzada de la que el caballero no regresa para encontrar su país arrasado por la peste, sino un horizonte, una banda sonora de John Williams. Una posibilidad. Aunque sea mentira.

    Nuestra posibilidad y nuestra mentira/verdad.

    Y ahí, en ese marasmo de decires cinematográficos, aprovecho el hilo para desearos un 2013, un buen año para reconstruír relatos sólidos y válidos, un buen año para cicatrizar heridas, un buen año para que todos juntos sigamos pensando nuestro cine, sea el que sea, nuestra propia mirada.

   En 2013, la pelota que arrojamos siendo niños todavía no tocará el suelo. Ya lo verán.

Ending

1 comentario:

Aristofeles dijo...

Estoy totalmente de acuerdo. Mucho cine experimental y moderno, pero en el fondo aburre.