27.2.12

Shame (I): Lo real del cuerpo


   Si supiéramos qué hacer con el cuerpo, todo sería extremadamente más fácil. El problema es que el cuerpo siempre está aquí en medio, envejeciendo, pudriéndose o excitándose, carcomiéndose en un desfile de metástasis, clavándote el deseo o la muerte. Hasta hace poco no hemos empezado a pensar realmente la tiranía del cuerpo, ni la ideología del cuerpo. La ideología del cuerpo, al final, quiere decir el discurso por el que cada uno hace que fluya la pulsión.

    ¿Por qué me ha sacudido Shame con tanta fuerza? En primer lugar, porque introduce claramente el cuerpo en mitad del texto, lo clava, lo hace evidente. La cinta comienza con un reloj, con un segundero que avanza interminablemente y con un cuerpo desnudo que goza, se masturba, orina. El cuerpo lo atraviesa todo, viaja en el metro, está encerrado en una especie de telaraña virtual que se retuerce sobre su pescuezo. El puto ordenador lo sabe todo del goce, y todo el goce está prendido entre sus cuatro esquinas, del bukkake al creampie. Pero, quizá se han dado cuenta, debajo de la ventanita por la que consumen pornografía se encuentra un reloj atado a la barra de tareas. 22:50/lunes de un 27 de Febrero de 2012, un día que dura siglos. Tic tac, tic tac.

    La humanidad puede escindirse en su relación con el cuerpo. Una inmensa mayoría de gente no tiene problema alguno con su piel -para eso están, después de todo, las cremas de belleza- y es capaz de controlar la fuerza de su deseo en los límites de un discurso, ya sea el sagrado -la castidad o el sexo procreador, hermosos y respetables ambos-, o el progresista -el goce celebrativo, o sea superfuerte no me creo cómo puedes ser tan guarra, tía. Los discursos controlan, median, y regulan lo real del cuerpo.

   Y luego, en otra dirección, los que no saben qué hacer con su deseo, ni con su pulsión, y están literalmente crucificados a una demanda de goce intolerable imposible de satisfacerse. Shame habla muy alto y muy claro de esta desgarradora posibilidad: lo real del cuerpo sin discurso es un tormento que creo que atraviesa el binomio Laclos/De Sade y llega hasta Pasolini, o incluso hasta el Bergman de Sobre la vida de las marionetas. Hoy citamos a Merteuil: Qué tormento vivir y no ser Dios.

    Esto es, qué tormento tener este cuerpo revolucionado y cabrón que ya no contiene lo simbólico, que ya no atraviesa con su dulce velo lo imaginario, este cuerpo en pie de guerra que piensa por su cuenta y me arroja contra un abismo de perversiones polimorfas. Un simple ejemplo. Brandon, el protagonista, intenta controlar su propia catástrofe corriendo por una Nueva York fantasmal escuchando nada menos que las interpretaciones que Glenn Gould registró sobre El clave bien temperado de Bach. Y ahí yo sólo puedo arrodillarme ante Steve McQueen, porque encuentra la fórmula: el pobre imbécil que fuerza de manera normativa el cuerpo en una ciudad apocalíptica, desintegrada, y que sin embargo mira de reojo a un trascendencia que se le escapa en los chats porno. Padre, ¿no ves que estoy en llamas? (No es de extrañar, por otra parte, que muy precisamente la última palabra que se pronuncie en Shame sea, muy precisamente, Dios). ¿Y por qué precisamente el Bach de Glenn Gould, sino porque es sin duda el más desesperado, el más enfermo, el más metódico, el más honesto, el más compulsivo? El cuerpo lacerado por la angustia y la alienación del pianista arrojándose con/contra/en un Bach necesariamente trascendental, y al otro lado, Brandon luchando con todas sus fuerzas contra la pulsión, sabiendo que ha perdido de antemano. ¿No es, definitivamente, una de las cosas más hermosas -y demoledoras- que puede rodar un ser humano?
 
  Si Shame ha sido despreciada por una legión de incontables espectadores que no han entendido ni un sólo fotograma es, en primer lugar, poque ellos -benditos sean-, han conseguido pactar algún tipo de equilibrio sano con su cuerpo. Por supuesto, alimentan sus pequeños deseos perversos pero tienen la fuerza y la suerte de no dejar que se sienten en su mesa a la hora de cenar. Otros, menos afortunados, tenemos que pelear cada día con lo real del cuerpo y encontramos escrito en cada movimiento la angustia, la mortalidad, el fracaso. Shame nos representa como a tantos otros les representan los anuncios de detergente, las teleseries de después de comer o las comedias románticas. Y por eso tenemos que aceptarla como ese manifiesto hinchado de dolor que podemos llevar muy cerca de nuestro corazón, ya podrido de deseo, de fuego, de libertad, de perversión y de fantasmas.

    Pero de eso trata, sin duda alguna, el cine que amamos.

25.2.12

HOTEL KID: La historia de Martin


    Martin, el viejo Martin, había llegado al Hotel Kid envuelto en una nube como de Ducados negro y con la misma historia -la mujer, claro- clavada en la garganta. Yo ya le conocía porque había leído algunas cosas sobre las cintas porno que rodó en los setenta, cintas en blanco y negro muy tristes llenas de tipas que miraban llorando a la cámara y follaban recitando en voz muy baja cosas de Dostoievsky, total que se arruinó y nos hicimos amigos. Ambos andábamos enamorados de Naomi, la taquillera que cubría los turnos de noche en el Cine Rialto, y siempre íbamos juntos a la sesión de medianoche para ver su pequeña geografía taconeando entre las luces rojas de emergencia, ágil y pizpireta como una puñalada o un parpadeo, así como atravesada entre una infancia no terminada y una juventud enferma de calendario. Naomi fumaba interminables y purísimos cigarrillos extralargos en la última fila, y yo pensaba que el haz del proyector se mezclaba dulcemente con su saliva y su monóxido de carbono.

    Martin me preguntaba cosas de España y siempre se descojonaba cuando le decía que apestaba al tabaco barato que fumaba mi padre, un tabaco como de tasca franquista o de calendario Pirelli, tabaco cañí sisado en las revoluciones más comedidas de la Transición. Martin decía que era feliz inventándose el futuro de cada mujer, escribiendo historias imposibles y extravagantes en los márgenes de las páginas de economía que sobraban en los retretes del fondo. Escribía y escribía enormes frases subordinadas y luego guardaba amorosamente esos márgenes de tinta sucia en su cartera:

- ¿Ves, Aarón? Esta historia... -decía siempre golpeándose con cuidado el bolsillo interior de su chaqueta-...será siempre más interesante que lo que ellas puedan contarme en largas noches de nicotina y sudor. Al final, todas las historias acaban siendo iguales. Por eso fracasé en el porno, porque a mi lo que me pone de verdad es la Historia. Y muy pocas mujeres tienen una Historia interesante.

    Naomi, como todas las taquilleras de los cines, tenía tras los ojos todas las historias del mundo.

   Una noche, Martin entró en mi habitación endemoniado y febril como un espiritista psicótico. El programador del Rialto había decidido mostrar una de sus viejas películas, en pantalla grande, como en los viejos tiempos, una extraña y dramática odisea sobre una adolescente llamada Aracné que se lo montaba con sus compañeras de internado y terminaba siendo violada hasta la muerte en un larguísimo plano fijo de noventa minutos por varios encapuchados que la grababan con cuchillos frases de Marx sobre la piel. Yo le pregunté quién cojones había pagado semejante brutalidad pero Martin se limitó a gritar, arrastrarme, jurarme que aquello sería, definitivamente, su oportunidad para regresar al candelero, para ser descubierto de nuevo, para ser escuchado.

    Finalmente, llegó la noche del reestreno.

    Como ocurre en todas las historias tristes que te cuento, el cine estaba completamente deshabitado, a excepción de los habituales onanistas, los borrachos que le pegaban al Southern Confort en las primeras filas antes de quedarse dormidos mostrando sus encías pútridas e históricas, y algunos jugadores profesionales de la heroína que andaban dormitando en los palcos sucios y con olor a orín. Martin llegó con la cinta ya comenzada, haciendo eses por el pasillo, susurrando lo mucho que le aterrorizaba ver de nuevo aquellos rostros -rostros de mujeres que, definitivamente, había deseado- ampliados hasta ocupar tantos metros, tantos centímetros, tantos haces de luz atravesados por el fantasma todopoderoso de Naomi con forma de huella nicotínica.

    Creo que nunca he visto una película pornográfica tan triste. A veces me giraba y distinguía los dos ojos de la taquillera clavados sobre la tela, ojos llenos de revolución que bebían ávidamente las rugosidades de un deseo monstruoso. Un deseo de falos, dientes, mandíbulas, oraciones, plusvalías, sangre, cavidades, susurros, un deseo punteado por el grito final de Aracné al recibir el último golpe -¡El gobierno del Estado moderno no es más que una junta que administra los negocios comunes de toda la clase burguesa!-. De pronto, se escuchó una detonación brutal en la sala. Martin, coincidiendo con el último orgasmo, se había volado la cabeza. Las luces se encendieron. Con una extraña calma, salieron en absoluto silencio los yonquis, los borrachos, las prostitutas, los travestis.

    Allí, en ese incómodo silencio, observé por primera vez a Naomi más allá de la oscuridad, más allá de las luces de neón, más allá de todos los oropeles del deseo. Y descubrí, aterrorizado, que lloraba. Su rostro, iluminado de pronto, era igual que el rostro gigantesco proyectado en la pantalla. Un rostro interminable, humano, conmocionado de recuerdo y de belleza.

    Salí a la noche y regresé en silencio a mi habitación en el Hotel Kid. Algunas veces, al leer el periódico, veo que siguen dando las películas de Martin en ciertos canales de pago, al caer la madrugada. He tardado muchos años en entender que los onanistas también tienen su propio lenguaje poético, un lenguaje que sólo es un fantasma de pólvora, sangre, semen y memoria.

21.2.12

A propósito del IES Lluis Vives. Reply (El fantasma de la muchedumbre)


"Me parece muy grave vivir en una sociedad que habilita toda una estructura judicial en torno a los derechos del menor para que estos tengan el poder de amenazar y denunciar a los profesores impunemente y que las fuerzas de seguridad puedan abrirle brechas en la cabeza a menores cuando luchan por derechos verdaderamente imprescindibles"
(Petra Villeneuve, vía Facebook)

01.
    Aquella profesora, de la que yo creo que andaba medio enamoradiscado o cosa similar, fue la primera en hablarme de algunas de las cosas que hoy realmente son importantes en mi vida. Jacques Lacan. Lou Andreas Salomé. Jean Mitry. Pasados los años acabamos siendo amigos íntimos y hoy cada vez que nos encontramos nos sisamos cigarrillos y nos intercambiamos referencias, libros, saludos a la familia. Creo que es una mujer feliz.
     Cuando escuché hablar por primera vez a aquella mujer furibunda, valiente, íntegra, comprendí sin el menor género de duda que quería ser profesor. Ser profesor era precisamente aquello: ir a toda ostia hilando conceptos, forzando la mente hasta que saltaran chispas, emocionarse, analizar, reír, compartir. Aquella mujer daba clase como si el mundo fuera a acabarse en noventa minutos, jamás hacía caso del temario. Fue despedida. Ninguna universidad pública o privada luchó por ella. Me consta que algunos compañeros de clase la despreciaban porque "no se la entendía" o porque "era demasiado teórica" o porque "veía cosas en las películas que ellos no veían". Curiosamente, los mismos argumentos que los alumnos esgrimen contra mí a la hora de las sacrosantas encuestas de calidad del profesorado. 
    Para mí -pero no lo digan por Europa, que igual me quitan la ANECA-, no hay mayor calidad que la de una auténtica clase magistral. La clase magistral hace que te duela la cabeza, claro. Pero también te hace libre. 

02.
    Frente a la clase magistral, la ostia en la cabeza con porra. Eso debe ser una metodología activa exquisita y totalitaria, una suerte de educación basada en competencias y en cicatrices, váyase usted a saber. Que a nadie se le escape un detalle: la educación comenzó a ser totalitaria no desde el momento en el que se golpeó a unos estudiantes por pedir "una educación digna", sino antes bien, desde que se les convenció de que su educación no tendría dignidad alguna. Para mucho de ellos -manifestantes o no-, el título es algo que se van sacando en espera de presentarse a unas oposiciones o, simple y llanamente, en espera de acceder a un puesto de trabajo. La educación es un trámite -no más molesto que tu fidelidad, que diría Valmont- por el que se va pasando a veces entre fiestas de la espuma, mamá quiero ser artista, cursos de "emprendizaje" y te juro que es la primera vez que me pasa.
    Frente a la (in)dignidad de la educación, algunos parecen sorprenderse de la (in)dignidad del sistema. Son las dos caras de la misma moneda. Antes bien, lo que resulta profundamente incomprensible -quizá de ahí el uso de la violencia policial- es que unos chavales decidan pedir calefacción y dignidad, en lugar de montarse una "huelga" y quedarse en casa sobando y jugando a la play -dos de los grandes hits de la revolución estudiantil patria contemporánea, qué duda cabe. Pero, ¿de dónde viene ese extrañamiento ante las ostias, la sangre, los gritos, si precisamente son la evolución lógica de los (catastróficos) planes de educación perpetrados año tras año, de la reducción de contenidos, de la "profesionalización" de la enseñanza, de las reformas a coste cero, de la intolerable corrupción de las administraciones públicas y privadas que gestionan el acceso a la docencia? Nuestra educación es paupérrima, educación borderline en la que de pronto un alumno brillante y comprometido con su aprendizaje es un tesoro único, reluciente, un regalo de los dioses, una excepción que confirma la desidia y el orgullo nacional.
    En el momento en el que se arrancó la fuerza a las disciplinas para otorgársela a la pedagogía -y en ese proceso, no nos engañemos, todos somos un poco cómplices- le abrimos la puerta a lo que está ocurriendo en el IES Lluís Vives. Porque la pedagogía empieza programando mentalmente ciudadanos incompetentes -son estúpidos, no pueden aguantar dos horas de Nietzsche, no les obligues a leer ciertos textos, viva el corta, pega y colorea, educación como juego, aprender jugando, son estúpidos-, y termina, por supuesto, programando perros de la guerra.

03.
    "La redención de las muchas horas finales que desgarran el corazón reside para el maestro (...) en su poder querer al discípulo como un hijo o una hija de la palabra cuya llegada no es azarosa ni gratuita, sino que ha sido aguardada"
(Eva Parrondo, sobre un texto de Nietzsche)
     ¿Por qué somos profesores?
     Ciertamente  porque ha sido nuestra voluntad, es decir, porque lo hemos deseado. El que no lo ha deseado -esto es, lo ha sufrido y lo sufre- no es profesor. Es un tocabotones, un pastor de borregos o un desgranatemarios, pero no un profesor. 
     Y la fuerza de nuestro deseo nos ha obligado a exigirnos auténtica calidad en cada letra escrita, cada publicación, cada pensamiento más o menos brillante. Lo otro -ir pasando de puntillas por la enseñanza, viviendo de las rentas y cubriendo el cupo- es una farsa. Y por eso mismo, creo que lo que un profesor tiene que decir sobre lo ocurrido en el IES Lluis Vives es:
1) Se golpea a nuestros alumnos por exigir una educación más digna. Si olvidamos eso antes de preparar cada lección y antes de escribir cada texto, nosotros también les estamos golpeando. Si tomamos parte activamente en las corruptelas de la educación, si esquivamos la mirada, si no introducimos urgentemente la reflexión en nuestra disciplina, les estamos golpeando. Si le hacemos el juego a los mecanismos del vómito académico, absolutamente nada nos separa de los policías uniformados que blanden sus porras.
2) Se nos golpea a nosotros cada vez que detectamos que uno de nuestros alumnos es un fracaso de la educación española. Si nos hablan con desprecio, si nos insultan en las redes sociales o si ponen en entredicho nuestra autoridad, es precisamente porque otros -los pedagogos- lo han permitido y lo han fomentado.
3) Se nos golpea a nosotros cada vez que un padre, por no discutir, deja a su prole hacer lo que le viene en gana, y por ende, cada vez que los amigos de los padres le ríen las gracias. Cada vez que un padre compra con dinero la tranquilidad y la autoestima de su hijo, no nos engañemos, desprecia la educación y nuestro trabajo diario.Colateralmente, destroza la mente a su hijo incluso con más contundencia que una porra policial. Pero ya saben la máxima psicoanalítica: algunos padres piensan que pueden joder a sus hijos porque, en fin, son suyos.
4) Se golpea a nuestros alumnos cada vez que fomentamos una educación práctica y mecánica, profesional y para la empresa. Se les golpea cuando se les hace creer que aprenden algo útil, cuando en realidad bajan y bajan (bajamos y bajamos) el listón de lo que esperamos de ellos.
5) Se golpea a nuestros alumnos cada vez que se deja a un profesor desamparado, sin protección académica ni legal, frente a las faltas de respeto y de humanidad de los cachorros menos dotados de la burguesía o del proletariado, ya da igual. Si criminalizas al profesor, ¿por qué te extrañas de que ciertos policías actúen de manera diabólica? ¿No es el fantasma de la muchedumbre, gozando al ver ejecutar a un descerebrado lo que late en el inconsciente colectivo (esto es, te mereces dos ostias bien dadas porque eres más joven, más valiente y has triunfado allí donde han fracasado sindicatos, patronal, psoes, zapateros, quince-emes,atenienses y otras supuestas fuerzas de la revolución)?
    Yo, como profesor y para mis alumnos, deseo la lucha. Una lucha interminable para no ser consumidores, sino ciudadanos. Ya sé que ellos desean un currito debuenrollo y pagas extras, el Audi, la silicona, el viaje al Caribe con la pulserita. Pero yo -como todos los padres, quizá- deseo para ellos lo que yo no he tenido. Una lucha digna. Una lucha verdadera. Una lucha buena.

19.2.12

"La mujer de negro": La deuda, la memoria, el cine

  
El punto de partida es siempre -o casi siempre- el mismo. Pero eso no hace que la problemática sea menos interesante. Algo ha quedado atorado en el pasado, una "deuda simbólica impaga", una herida abierta. Cualquier cinta más o menos interesante rodada en los últimos setenta años se pasea de puntillas por la herida del recuerdo, nos invita a tomar el té con un fantasma. Los espectros postmodernos vagan manifestándose a través del teléfono móvil y las cintas de video. Los viejos espectros góticos siguen prefiriendo sus acantilados, sus casas húmedas, sus grandes dramas familiares. Pero son, salvo sorpresa, las dos caras de la misma moneda.

   La mujer de negro es una cinta excitante y sintomática. Excitante, en primer lugar, porque su funcionamiento narrativo es mínimo. El relato se comprime en unos pocos días, apenas hay diálogo, los personajes no sufren curva de transformación alguna y todo parece entre congelado y pútrido. En realidad, La mujer de negro parece casi más una cinta de los años de la vanguardia, puro estímulo, un pasaje del terror/montaña rusa que no se molesta en ocultar la inmensa vacuidad -al menos aparente- de su discurso. Sintomática, en segundo lugar, porque precisamente esa perforación voluntaria del relato permite que el espectador se concentre mucho más en el excitante sabor de la herida, que no pierda su tiempo, que se masturbe explícitamente en el foco del horror, allí donde anida el goce y donde la palabra, ya se sabe, molesta. Nada más incómodo que esas amantes que se ponen a salmodiar durante/después del coito una retahíla de palabras más o menos comprensibles. Déjame en paz, estoy en mi goce/tras mi goce. La mujer de negro es una amante silenciosa, brutal, ha venido aquí a arrancarte la ropa y a hacerte gritar todo lo alto y todo lo fuerte que pueda.

    A veces, es justo reconocerlo, lo consigue.

    En uno de los mejores momentos del cine de terror de los últimos años, el protagonista encuentra un antiquísimo estroboscopio abandonado en el salón de la mansión encantada. Al hacerlo girar, encuentra al otro lado el ojo maldito, el ojo del fantasma que le mira, inexorable. El susto está garantizado, no tanto por el efectismo, como por el inengable y poderoso valor inconsciente que arropa la secuencia. En el aparato cinematográfico -escribí un libro entero para demostrarlo- siempre anida un fantasma, y ese fantasma no es otro que nuestra deuda simbólica con el pasado. Entre el ojo que mira -el lugar del deseo- y el ojo ciego y enfurecido del fantasma sólo media el espacio para la representación, el espacio para el relato. Si el público grita de terror -hay otra secuencia en una ventana/espejo que consigue un efecto bien parecido- es sin duda porque el pinchazo de la herida inconsciente se hace demasiado evidente. Las resistencias no paran de funcionar, enloquecidas, durante toda La mujer de negro, lo que sin duda la convierte en una impresionante película de terror. A eso se acude a la sala, después de todo. A gozar.

    Muchos críticos acusarán a la última producción de la Hammer de ser poco menos que un esqueleto argumental sazonado de aullidos efectistas y punteado por bancos de niebla. No es mala definición, pero eppur si muove...

(ATENCIÓN: SPOILERS)

...y sin embargo, los planos casi finales con el tren como máquina infernal sobre la que se proyecta la colección de niños muertos y el grito sin fondo de La mujer de negro (¿de rabia? ¿de goce?) se nos antojan materiales textuales cercanos y verdaderos, quizá mucho más que otros que aparecen bajo la firma "documental". ¿Cuál es, finalmente, el legado fantasmal y por eso mismo, la lección específica del goce? Sin duda: que no se olvida nunca, que no se perdona nunca, que el cadáver (cuerpo) no encontrará paz alguna por mucho que el protagonista (el sujeto) se empeñe. Y esa es quizá la gran diferencia con el relato gótico tradicional: desde The ring -quizá desde antes- ya sabemos de sobra que nuestros fantasmas no encontrarán jamás la paz. Jamás.

16.2.12

Mi otro Heidegger



    Yo, que ni soy filósofo ni lo pretendo. Qué cosa más absurda el dolor de la filosofía, y qué hombres más valientes los filósofos. La filosofía, que será la del desgarro, o no será.

    Allá por Diciembre, encerrado en mi pequeña habitación escuchando de manera casi compulsiva el preludio de Tristán e Isolda y oteando por la ventana en busca de un planeta azul que, según decían, se aproximaba hacia la tierra, comencé a trabajar en un poemario que cruzaba la extraña historia de amor de Heidegger y de Arendt. El pequeño universo atravesaba algunas de mis obsesiones partículares -la Universidad, la shoá, el sein zum Tode-, y por supuesto, desembocaba en las palabras brutales, finales, definitivas que el filósofo alemán deposita sobre el cadáver de su amante:
Ahora sus rayos giran en el vacío; ojalá -que es lo que todos esperamos- se llenara de nuevo con la presencia transformada de la ausente. Mi único deseo es que tal cosa ocurra lo antes posible. Por lo demás, sin embargo, las palabras no sirven ahora para gran cosa.

    Unos meses después, sentado en esta alegre balconada y comiendo un exquisito pastel de carne con sabor a ceniza, mientras mis vecinos ponen en bucle la novena sinfonía de Beethoven -Sometimes I hate you so much, Justine-, comprendo finalmente que no habrá poemario. El problema no es, por supuesto, lo inefable. El problema es esa inmensa erosión que atraviesa todas y cada una de las cartas que se cruzan los amantes, la presencia abrumadora de la mujer de Martin, el gran filósofo gimoteando en su carta de 1933 -nosoyantisemitanosoyantisemitanosoyantisemita- y la Arendt afirmando, simple y llanamente: Tu amor me destrozó la vida, y por tu amor acabé casada con un hombre al que no amo.

     El gran hombre del sein zum Tode se hace viejo, tiene miedo a los comunistas. Sus primeras cartas son ejemplos de deslumbramiento, de fuerza, de absoluta precisión -tiene, después de todo, un cuerpo al que fascinar por la vía del deseo-, y sin embargo, según avanza el libro parece hundirse en un fango cada vez más oscuro, preocupado por el dinero que dan sus ediciones, malvendiendo a toda prisa sus manuscritos para pagarse una casa nueva, y en el otro lado, la Arendt leyendo una y otra vez los textos de Martin, compulsivamente, citándolos, arrojándose contra ellos, clavándoselos como si fueran cuchillos.

    Es una historia triste. Demasiado triste. Demasiado real como para salir indemne de ella. Quiénes somos, después de todo, para ir hundiendo la vida de los demás con nuestra palabra, quién nos salva de acabar encerrados en una humilde cabaña, desgastados por la vida, coleccionando telarañas conceptuales y esperando pacientemente a la muerte. Mi otro Heidegger, el Heidegger que descubro en su correspondencia privada quizá no tendría que haber emergido nunca a la luz, quizá las porteras de la filosofía nos teníamos que haber quedado fregando pacientemente nuestro suelo y cuchicheando sobre la cuñada de Freud. Pero ahí está Spielrein -de la que ya he escrito mucho, y lo que te rondaré- y ahí está Hannah Arendt, y ahí está también Lou Andreas Salomé. Ahí está la Mujer misma, y en el otro lado, un hombre extrañamente envejecido que balbucea imbecilidades incoherentes. No importa que haya acuñado el dasein, el inconsciente colectivo o el eterno retorno. La mujer resplandece en su eternidad -por la vía de la autodestrucción-, y el hombre colecciona las colillas del pensamiento. De nuevo, Pandur: "Qué culpa tengo yo si la Historia está gastada, si las cartas están pasadas de moda y si todo esto ha ocurrido ya incontables veces".

     Por lo demás -sin embargo, las palabras no sirven ahora para gran cosa-, la raíz del problema es siempre la misma. Se llama Europa. Es una anciana terminal con los pechos fláccidos y arrugados que clava sus pupilas casi ciegas en mi misma ventana. No me lo ha confesado, pero sé que está esperando la llegada de un planeta. Las noches que velo su casi-cadáver, creo que tras su respiración ahogada se intuyen los primeros compases del Tristán. Mi otro Heidegger, cabrón de él, me sirve más pastel de carne y afirma no poder olvidar el rostro, el rostro judáico y eterno al que tanto traicionó -y quizá al que mutiló para siempre- en su despacho, allá por 1925.

13.2.12

Coordenadas de la lucha

"Merteuil: El siglo está llegando a su fin, Valmont.
Valmont: ¿Recuerda usted con qué pasión estuvimos observando cómo madame de Tourvel se rompía y traicionaba todo lo que había cultivado en su vida? Traición es su palabra favorita.
Merteuil: No. Crueldad. Suena más noble"
(Heiner Müller/Tomaz Pandur, Barroco)


Coordenada #01:
La pregunta es ¿Desde dónde se lucha? Las respuestas podrían ser varias, pero al final sólo hay una: desde el deseo. ¿Qué falla en Occidente? Sin duda, que no hay deseo de lucha alguno. El deseo está en otra parte -en un producto electrónico, en un puesto de empleo, en una cuenta bancaria-, pero nunca en la lucha.
Lo que genera una interesante paradoja. La mediocracia del país afirma que la realidad es intolerable, pero a su vez, se resiste con todas sus fuerzas a realizar una única acción útil o definitiva que pueda cambiar las cosas.
Lista de posible acciones útiles: Creer en la revolución, arrojar una piedra, auto-señalarse en los santísimos derechos de la violencia o de la lujuria.
Lista de posibles acciones inútiles: Manifestarse, escribir poesía, ahorrar en los bancos, comprar una casa.

Coordenada #02:
La pregunta es: ¿Es posible escapar de la mirada pesimista? La respuesta es: No. Tampoco es necesario, probablemente. La mirada pesimista tiene una pátina de lucidez que conduce al cinismo, y el cinismo penetra en los huesos. Puede agotarlos y dejarlos estáticos, o por el contrario, puede llevarnos a romper a pedradas algo estancado.

Coordenada #03:
La pregunta es: ¿Es posible una revolución grupal? La respuesta es: No. La revolución sólo puede ser personal, humilde, y por eso mismo, violentísima. La revolución sólo tiene sentido si ya no se cree en las masas, si el supuesto camarada revolucionario tiene un Ipad. La revolución sólo tiene sentido más allá de la estética. Es por ello que el autor más revolucionario ahora mismo debe ser Kierkegaard, para guiarnos en nuestro salto de lo estético a lo ético. Eso por el momento. Del temor al temblor. La revolución sólo puede ser un acto de autoafirmación y de cultura, de cultura purísima y exigente.
La revolución, por supuesto, será frustrada. Pero al menos será nuestra.

Coordenada #04:
La pregunta es: ¿Es posible la revolución universitaria? La respuesta es: No. La revolución ya no puede ser ni teórica ni académica. La revolución tiene que poner nombres y apellidos. Las aulas no están preparadas para asumir el concepto de revolución, porque la cultura de la estulticia y de la autoafirmación empresarial ya ha calado desde hace, al menos, quince o veinte años entre los estudiantes. El mundo es una escisión entre lo que merezco y lo que finalmente tengo condenada a la catástrofe. La revolución, de hecho, sólo puede ocurrir más allá de la universidad, a pesar de la universidad, contra todos.

La revolución es un acto de soledad total. Por eso duele.

Coordenada #05:
La pregunta es: ¿Tiene la revolución alguna ideología? La respuesta es: No. La revolución que nos queda es nihilista, en un sentido purísimo y desesperado. Y destructiva. Y sin ningún tipo de creación aparente.

¿Por qué la hacemos entonces? Tengo varias hipótesis:
a. Porque necesitamos urgentemente una cita con la Historia. Nuestro tiempo no puede acceder a la memoria enarbolando como gran éxito la descarga masiva de contenidos pornográficos vía P2P. Queremos ser Historia. Lamentamblemente, la Historia siempre es barbarie.
b. Porque el colapso total del sistema excita un pelín nuestro goce. Un pelín, lo justo para desear que se acabe la mascarada y poder hacer algo -follar, fumar, matar, bailar- con la certeza de que es el cuerpo quien lo pide, y no el capital o la tradición.
c. Porque el reverso siniestro de la Ley ya se siente como intolerable. El fascismo, lamentablemente, es verdadero. Pregúntale a un cadáver. Está muerto de verdad. El estalinismo, lamentablemente, es verdadero. Pregúntale a un cadáver. Está muerto de verdad.
d. Porque en la teoría del simulacro total, sabemos que los cuerpos y su demanda son extremadamente peligrosos, esto es, extremadamente verdaderos. El mártir fundamentalista nos lo recuerda constantemente: nuestro cuerpo está lleno de fuerzas intolerables. Queremos ser mártires, pero no encontramos el app en el Iphone.
e. Por el otro. Porque ya está bien, cojones. Por el otro.

10.2.12

El viento siberiano

    ...ninguna otra persona podría haber recibido permiso para entrar por esta puerta, pues esta entrada estaba reservada sólo para ti. Ahora me voy y cierro la puerta. 
 
...con lo que quizá recuerdes aquellos estallidos de lucidez en las horas difíciles, mientras conteníamos las carcajadas, mucho antes de que supiéramos que esta movida de la libertad iba en serio y antes incluso de los movimientos de tierra, antes de pasear por las calles dominadas por los hilos del deseo, los años en los que teníamos pústulas en el puño izquierdo de tanto levantarlo y los años en los que todavía pensábamos que nosotros éramos la solución a este pequeño cáncer de latidos, noches sin sueño atravesando ciudades, cigarrillos, mujeres, autovías, mañanas de resaca enchufándonos las cintas de Bergman una detrás de otra, montaña rusa, espejos deformes para grandes y pequeños, ropa interior, revolución y más revolución, páginas de Nietzsche al caer la tarde en una gasolinera y sándwiches mixtos, si algo se puede decir a nuestro favor es que juramos apurar la vida y ser absolutamente rigurosos en la inmisericorde religión del texto.

    La religión del texto, esto es, la religión del verbo. De un lado, el verbo para salvar(nos) de las heridas, y del otro, el verbo compartido hasta altas horas, con propios y con extraños.

     En estos últimos treinta días han ocurrido cosas importantes. No me refiero únicamente a la muerte de Theo Angelopoulos, por la que me obligué a romper un silencio autoimpuesto, silencio que uno ha creído como de anacoreta o de estilita o de cosa similar. Tampoco me refiero a las pruebas de imprenta del último libro que está a punto de llegar al mercado y que tendrá como nombre ya definitivo Apocalipsis pop! El cine de la sociedad del malestar. Quizá me refiero más bien a ese viento gélido que recorre la geografía europea, viento siberiano que muerde los tacones de las señoritas bien y de las señoritas mal, viento que pasa a toda ostia entre los tribunales, los yonkos de enfrente del Clínico que beben vino blanco barato y pillan las colillas que tiran los habituales del 81, viento gélido que se desliza entre piernas sociodemócratas, liberales, pseudocomunistas, piernas zizekeanas o lacanianas que tamborilean sobre aceras que se quiebran y sueñan -ay, siempre sueñan lo mismo las mujeres amadas- con pirarse a otro planeta a ver si hay más suerte. La suerte la llevas dentro, corazón, pero hasta entonces yo me dedico a escribir cosas de Jean-Luc Godard en este rincón del mundo o a seguir llorando -ahora que ya no está de moda- la muerte extraña e injusta del pobre Theo. Theo, cabrón, cómo se te ocurrire morirte antes de terminar la cinta sobre la crisis de Grecia, lo tuyo no tiene nombre.

    El viento siberiano, ya decía. Por ejemplo, el día de la Memoria del Holocausto, la chavalada de la ultraderecha europea se pegó el piro a bailar valses de Viena, que es lo que hacen siempre los animales cuando el mundo se hunde. El vals sin ceniza humana no es lo mismo, es como que pierde. Eso ya lo sabe la chavalada skin que acudía a levantar el brazo derecho en las manifestaciones de las Víctimas del Terrorismo, matando de nuevo y por segunda vez a los demócratas. La chavalda skin anda de enhorabuena porque el frío siberiano es frío-como-de-república-de-Weimar y mientras yo invierto mi tiempo pensando en tus piernas ellos andan preparando la gran fiesta de los pogromos. Y así no se puede. En los pogromos se bailaba mucho vals, entre otros coros y danzas nacionalistas, porque el débil muerto siempre da un ambiente como de verbena, un ambiente de gulag. El débil muerto es el spotify gratis de la Historia.

   El viento siberiano es un aleteo del ángel de Benjamin. El viento siberiano derriba puertas, ventanas, primarias, moncloas, monarquías, aeropuertos, universidades. Del viento siberiano, los únicos que lo saben realmente todo, son los cuerpos desgarrados que se hacinan en los portones gélidos de la justicia como se hacinaban los ancianos en El proceso según Orson Welles.