28.11.11

Crítica: "The artist"



   Qué se espera de una crítica, salvo que ciña la cintura de la película y se la lleve a algún lugar interesante para quitarle la ropa. Ese erotismo íntimo -algo había en Barthes-, esa confusión temprana del crítico frente a la cinta, que a veces es una anécdota y a veces es un espejo. The artist es toda la historia del cine, un tratado de arqueología melancólica, un té al caer la tarde en un callejón poco concurrido en el que no se ha pronunciado ningún nombre, un remake de un remake de un sueño que se quedó atorado en la última proyección sobre la tierra.

    Cine francés y mudo. O casi mudo. Cine que habla sobre el acto mismo de no hablar, con lo que la cosa está entre Chaplin y Cantando bajo la lluvia, al menos en un único, primer e incompleto nivel del texto. Luego es importante sumergirse en lo que ocurre, en lo que se proyecta, y resulta que a lo mejor The artist es una reinterpretación de lo mejor de Hitchcock, utilizando un código similar pero en sordina, un saqueo humilde pero efectivo de la trayectoria del inglés. Dicho con otras palabras: ¿Cómo se convierte una cinta muda en un híbrido que avanza hacia Rebecca, desemboca en Vértigo -impresionante cita literal de la partitura de Bernard Herrmann en los minutos finales-, se desploma en Fred Astaire y remonta el vuelo hacia el futuro? ¿Qué se puede decir en una película en la que casi nada se dice, salvo la importancia misma del diálogo entre el sonido y el plano, la sutura, la conexión, el universo despótico lleno de ruidos, y por lo mismo, de una cierta incomodidad?

   The artist es más, en todos los sentidos, que un simple homenaje apasionado al cine. No es Cinema Paradiso -que, por lo demás, tiene una factura más bien modesta, por mucho que nos arranque unos lagrimones como puños con cada nueva proyección. Tiene toda la lógica del mejor cine, ese que venimos trabajando al hilo de Melancolía y Un método peligroso: el cine que arranca como una historia de amor y termina siendo un cuento gótico de fantasmas. El fantasma gótico y enamorado que se pasea por los caserones deshabitados del fín del mundo. El placer del análisis desnudo, del cuerpo desnudo que se atraviesa en el análisis ya convertido en fantasma. Todo eso, masticado y vomitado en una resaca de cinefilia pura, reaparece en The artist para sugerir una visión inexplicablemente terrorífica de las relaciones de poder en la pareja, el amor como manipulación, el orgullo, la rendición, la destrucción del uno en el altar del otro y, finalmente, cuando regresa la palabra, la unión total de ambos cuerpos en el deslumbramiento del simulacro.

   Tremendísima Bérenice Bejo, demoledora en sus 35 primaveras. Deslumbrante en cada pequeño detalle de su interpretación total. Tremendísima, demoledora, deslumbrante. ¿Se puede hablar, con justicia de un final feliz? ¿O sería más justo hablar: un final falseado, un final salvado por el simulacro, un final tan amargo e incómodo como el de El apartamento de Billy Wilder? ¿Acaso no sabemos que el verdadero final es otro, el que no tiene un clímax narrativo, el que termina justo en el momento en el que se agota el crescendo de la partitura de Herrmann? O, con mayor exactitud: el único final que se puede creer es el que el propio protagonista anticipa en su cinta bastarda y fallida, ese ser comido por unas arenas movedizas escupiendo la verdad crudísima de un cierto deseo: Nunca te he amado. Déjame morir en paz.
    

26.11.11

Apuntes en el márgen de "Un método peligroso"



1.
   ¿Por qué algunos decidimos, contra la supuesta verdad científica, apostar por el psicoanálisis? Apostar, en un sentido entre Pascal y Kierkegaard: apostar desde una fé total y sin condiciones. Quizá porque el psicoanálisis nos dijo, en primer lugar, lo que nadie nos ha dicho nunca: Yo sé de tu deseo.

2.
    El psicoanálisis a veces intenta ser domesticado. Otras veces intenta ser oscurecido, otras veces intenta ser convertido en itinerario curricular, otras veces se pasa por el filtro de la ideología. Pero el psicoanálisis en el que yo creo está a medio camino entre el gesto histérico, el deseo y la palabra. Circula entre los tres polos y no admite otra teorización que mi propia vivencia. Hasta el momento, no he tocado el diván, pero casi toda mi vida ha sido un movimiento entre el deseo y la escritura, a veces circular, a veces angustioso, a veces implícito, a veces frustrado y a veces victorioso. Del deseo a la palabra y vuela, atrapado en el losange de la fórmula del fantasma o así.
    Luego en el cine encontré algunos símbolos que me servian y decidí utilizarlos como trozos de síntomas, obsesiones, titubeos. Trozos de deseo flotantes y enquistados en un mar de goce: la biblioteca de Solaris, las lágrimas de Naomi Watts en Mulholland Drive, Eloíse en El hotel del millón de dólares.

3.
    Los primeros diez minutos de Un método peligroso son un pequeño prodigio. Cronenberg demuestra que para enfrentarse a la verdad del análisis no hace falta buscar un dispositivo cinematográfico hiperestilizado lleno de trucos surrealistas y visiones desaforadas. La escala del plano y el uso del foco restituyen el puente mágico de la palabra. El gesto total de la actriz -un gesto centrípeto, un gesto histérico que lo fagocita todo- explica el dolor del delirio y se convierte en un prodigio de humanidad. Keira Knightley es el Agnus dei del deseo, el símbolo quebrado de todos los que se duelen en su deseo. En su tremendo desgarro comparecen todas las víctimas del deseo, crucificadas sin remedio en esa insatisfacción total, escapando siempre hacia otros paraísos efímeros, devastados, paraísos mutilados de usar y tirar.
    De un lado, la vida que te cuentas. De otro, la vida del deseo que lo ha arrasado todo hasta las cenizas... And the death shall have no dominion.


4.
    El deseo, en Cronenberg, es el deseo de Jung. Quizá porque es un tema necesariamente literario.
    Hablar del deseo de Freud hubiera sido notablemente más escabroso y la fábula se hubiera disuelto en un abismo implacable. (Al final, la pregunta del millón de dólares hubiera sido: ¿azotó, se sometió, deslizó su lengua el padre del psicoanálisis por el cuerpo deslumbrante de su cuñada?). Hablar del deseo de Freud es, así entre usted y yo, bastante más incómodo.
    El deseo, en el espectador masculino heterosexual, se enrosca y se clava sobre el cuerpo sorprendentemente lacerado y terminal de Knightley, y entonces la mirada es muerte, y es sadismo, y es la vieja máxima de Isaac pero en su corriente más brutal, volvemos a Kierkegaard. Átame fuerte padre, no sea que por miedo me resista.
   Otra buena definición del deseo. Átame fuerte padre, no sea que por miedo me resista.

5.
    Dicen que el psicoanálisis está muerto. Onfray ha escrito un librito contra Freud, como antes había escrito un librito contra Dios. Onfray se considera un rebelde, ya ves, cuando nada hay más fácil y más aburrido hoy en día que escribir contra Freud y contra Dios.
    Quizá Onfray no ha deseado tanto. Quizá no haya deseado tan bien.
    En un momento casi final de la cinta, uno de los personajes, atravesado de un dolor definitivo, mira hacia atrás y recupera el hilo de lo más extremo de su deseo, recuerda lo vivido, hace acopio de la sangre derramada y finalmente susurra: Es lo mejor que me ha pasado en la vida. Esa es la máxima prueba de la importancia del psicoanálisis: un ser humano más allá de la lógica y de la razón, declara su derecho a vivir atravesado en su deseo. No en el deseo de los demás ni -quizá- en el deseo del Otro. En su deseo.

25.11.11

Noticias desde el Arrecife de Donovan

    Hace cosa de un par de semanas me topé con Lady Shangrila en uno de esos bares poco recomendables en los que ambos solemos reincidir a altas horas de la madrugada. Algo achispados y a punto de llegar a las manos por nosequé discusión sobre El árbol de la vida, al final acabamos decidiendo que lo mejor era organizar la presentación del libro con los compañeros de Ocho y medio, y ya puestos, capear el resultado de las elecciones hablando con los cómplices Faustino Sánchez, Israel Paredes y José Francisco Montero. Lo único que me pidió -con su habitual buen sentido- es que llegara sobrio, razonablemente bien peinado, y que no invirtiera nuestro siempre escaso tiempo metiendo ficha a la concurrencia. A cambio, según afirmó, tendríamos un jugoso presente recién sacado del Arrecife de Donovan.

    El resultado de lo primero, que ya he colgado en mi facebook, es el siguiente. Creo que los asistentes quedamos muy contentos y Lady Shangrila no se nos enfadó demasiado ante los desplantes, las bromas, las dudas y las contradicciones. De hecho, si no me hubiera retenido a la fuerza dentro del local para hacer de escudero de Faustino, hubiera salido disparado detrás de una espectacular nínfula morena que andaba por entre la concurrencia. Ya lo he dicho muchas veces, lo único que siempre está por encima del cine es la mujer. Al final la cosa no se salió de madre:




    El codiciado presente recién traído desde el Arrecife es el número 14-15 de la revista, un monográfico dedicado a Nicholas Ray que quita el hipo.

     Les recomiendo encarecidamente que lo busquen, que lo tengan en sus manos, que se dejen arrebatar. Comprenderán rápidamente que es uno de los mejores monográficos impresos en los últimos años en nuestro país, extrañamente poderoso y contundente, obstinado y febril precisamente cuando las revistillas de cine suelen tender hacia la gaceta inocente, el amarillismo pueril, la tontería de celuloide. Esto es un libro que es a su vez un monolito que es a su vez un mausoleo, que a su vez, podría ser una estupenda botella de ginebra. Y no por mi modesta contribución, sino por las rúbricas de -agárrense a la silla- los siempre fundamentales: Víctor Erice - Jos Oliver - Miguel Marías - Àngel Quintana - Ricardo Adalia Martín - Pablo Llorca - Mariano Cruz García - Jonathan Rosenbaum - Bernard Eisenschitz - Jacq...ues Rancière - Nacho Cagiga - Francisco Javier Gómez Tarín - Roberto Amaba - Toni D'Angela - Mariel Manrique - Faustino Sánchez - Pablo Ferrando - Israel Paredes - Óscar Brox Santiago - José Francisco Montero - Jesús García Hermosa - Javier M. Tarín - Mario Vitale. Y por si fuera poco, con la colaboración de la Nicholas Ray Foundation, la Filmoteca de Cantabria y la mismísma Susan Ray.

    En fin, que dudo mucho que vayan a encontrar una mejor lectura para este mes de Noviembre. Luego no digan que no se lo he advertido. No podemos volver a casa... pero podemos volver al viejo Ray, después de todo.

23.11.11

Crítica: "El rey de la isla del diablo"



   Hace unos días compartí presentación de libro con mis colegas Faustino Sánchez, Israel Paredes y Jose Francisco Montero en la librería Ocho y medio de Madrid, aprovechando la ocasión para reflexionar en voz alta sobre los dimes, los diretes, los meandros y las posibilidades de la escritura cinematográfica. De entre las muchas cosas inteligentes que se dijeron -principalmente ellos- me quedé con una pincelada del tándem Paredes/Montero sobre la contradicción que se establece entre contenidos "revolucionarios" y formas "conservadoras". O dicho de otra manera: la impostación de una supuesta rebeldía utilizando cómodos márgenes institucionales y agradando voluntariamente al público. Revolución de guardarropía, quiebra de andar por casa, alcen el puño pero visiten nuestro bar.

    El rey de la isla del diablo, premio del público del reciente festival 4+1, cae estrepitosamente en la figura del agradaor, el clasicismo, el espacio conocido, la fabulita amable sobre el compañerismo, la rebelión de las minorías, el rebelde bueno que respeta la vida de sus verdugos y la autosuperación ante la adversidad. Cinta sin cinta, revolución sin revolución, café descafeinado y leche de soja para los chavales, bollería industrial nórdica sin novedad en el frente. Por extraño que parezca, El rey de la isla del diablo parece infinitamente más antigua que referentes inmediatos como La soledad del corredor de fondo o If... como si el Free Cinema no hubiera existido para Marius Holst o para su público.

    Si algo hemos aprendido de Gaspar Noé o de un cierto cine de vanguardia -en realidad, lo aprendimos en el plano original que abría A chien andalou- es que para hablar de ciertos temas el director tiene que ser lo suficientemente valiente como para mantener la cámara impertérrita allí donde ocurren las cosas. Para llegar a la víscera -y la revolución sólo tienen sentido a través de la víscera- es necesario dejar que las imágenes fluyan, no guardarse nada, no trampear al espectador. La elipsis es siempre sinónimo de injusticia, porque implica desconocimiento. Holst, por ejemplo, deja las humillaciones, las violaciones y los fusilamientos finales fuera de campo, quizá porque no sabe cómo rodarlas, quizá porque le aterra que su cinta no guste. El agradaor, de nuevo, el Modo de Representación Agradaor, para todos los públicos y para todas las pupilas gustativas.

     Es sintomático y un tanto terrorífico que el premio del público fuera ganado por la que sin duda es la cinta más impostadamente revolucionaria -esto es, falsa- de todo el 4+1. Compitiendo contra trabajos realmente arriesgados formalmente como Meek´s Cutoff de la Reichardt o el Outrage de Kitano, resulta incomprensible (¿pavoroso?) que Holst y su pequeña revolución burguesa de delincuentes juveniles se llevara el gato al agua gélida y congelada. Hay más violencia y más poesía en los últimos cinco minutos finales de Los cuatrocientos golpes que en todo ese discurso pedante de ballenas, arponeros, muchachotes, culpas protestantes y musiquillas folclóricas de pretendido aire dramático. Uno casi se imagina a Ingmar Bergman y a Lars von Trier riéndose a mandíbula batiente ante la pose supuestamente elevada de Holst, descubriendo -oh my luteran god- los milagros del plano/contraplano.

    No hay sorpresa, ni interés, ni carácter alguno en las casi dos horas de metraje. Si acaso, buenas intenciones con un sabor lejano a los perritos calientes del Ikea. Pero claro, ¿no se trata precisamente de una marca que propone la república independiente (contengan la risa) de tu casa? La casa de Holst es la república independiente de los delincuentes juveniles sensibles y coñazo, nobles y justos, malos pero buenos, culpables pero inocentes. Puedes redecorar tu vida. Redecorar tu cine ya es más complicado.

21.11.11

El español sentimental


"Cuántas veces, Don Quijote, por esa misma llanura
en horas de desaliento así te miro pasar...
y cuántas veces te grito: Hazme un sitio en tu montura
y llévame a tu lugar;
hazme un sitio en tu montura
caballero derrotado,
hazme un sitio en tu montura
que yo también voy cargado
de amargura"
 (León Felipe, Vencidos...)

    Acodado en esta barandilla, sacudiéndome el polvo y la paja de la Historia reciente, contemplo el mapa indescifrable de este país estúpido y tozudo en el que vivo. País desencantado y desmemoriado, país en el que uno soñó primero con bailar en la verbena socialista y beber el vino fresco del pueblo y acabó sangrando en la lona del nacionalismo, escuchando a mi espalda la carcajada de los inútiles. Ese tipo que entró en el ring mientras atronaba La internacional y que no pudo pasar del segundo asalto, ese que se marcha ahora entre los abucheos del público con los ojos entrecerrados y la mirada clavada en los vestuarios, ese que lleva las palabras "El español sentimental" bordadas en el albornoz con rojo y amarillo. Ese tipo soy yo.

    Si tengo la política clavada en el costado y si mendigo ideas por los debates de la cosa como otros mendigan céntimos oxidados por las cafeterías del centro es, precisamente, porque pensé que la política nos salvaría de España. Pero España es siempre España y a veces es una puta entrada en carnes que fuma Chester y fornifolla sin ganas, y otras veces es la niña con aparato y pecas que nos rompió el corazón hace ya demasiados veranos. Lo dije en otro post: yo soy español, español, español. Y por el camino, derramo mis lágrimas ideológicas sobre los pósters desplegables de la Penthouse, llamo a teléfonos eróticos preguntando por el Mayo de 68, me pregunto quiénes son los traidores y qué implica votar&no votar&creer&no creer.

     Con setenta y cinco kilos de peso, en la esquina derecha del ring, encomendándose a Doña Concha Piquer y a Doña Estrellita Castro que Dios tenga en su gloria, con los Episodios Nacionales a la espalda y versos del Romancero Gitano tatuados en la espalda, el español sentimental se permite el lujo de perder todas las batallas. Ay, quién pudiera coger el penúltimo barco de la madrugada y marcharse a otras costas que no tengan las calles inundadas de sangre, indignados, falsos poetas, masías, niños que sueñan con ser mataores y olé, casitas de la feria, viva la madre que te parió, 11M, bares faisán, puta España, cuánto te quiero y cuánto me dueles, putísima España que estas joyas pá otro ahora lucirás.

     Quién pudiera marcharse a otras costas, darse el piro, fingirse ciudadano del mundo, hombre universal y completo, ser íntegro y multicultural capaz de sentirse en su casa en cualquier lugar, rollito Bunbury o rollito Manu Chao, así de campechano y de completo en la alegre aceptación de la diferencia. Pero estos ángeles custodios que me guardan son de piedra antigua y de meseta castellana, estas tierras que tú edificas son mis cementerios, esta sangre derramada, esta fosa común, esta brutalidad tallada sobre mis manos y mi genealogía homicida, esta experiencia de picaresca, estupidez, odio prístino por el Otro y miedo católico... esta entraña, esta entraña descompuesta y pútrida, es la mía. Este país como un alud de muertos gobernado durante las últimas décadas por imbéciles incurables, esta colección de libros sobre la Guerra Civil, este cine desajustado y malo, estos bares de Torreuropa, esta música de mierda, este Berlanga, este Paco Umbral, este Real Madrid, este no tener a un Antoine Doinel pero tener un Max Estrella, este grito que me sale de dentro y que me tendrán que requisar como único equipaje y una única etiqueta. Todo esto eres, meretriz rota de cal y hambre que asesina a sus escritores y celebra a sus verdugos.

    Y sin embargo, te quiero.

18.11.11

Carta abierta a Mariano Rajoy, dos días antes del 20N


"En la actualidad, en nuestro país (...) los liberales le tienen miedo a la libertad y los intelectuales no vacilan en mancillar la inteligencia"
(George Orwell)

    Estimado Sr. Rajoy:

    Son curiosos los motivos que llevan a una parte del electorado a no acudir a las urnas. Una vez que el político gana, una vez que comienzan los parabienes, las felicitaciones, los posados desde el balcón y la algarabía de la muchachada juvenil, los equipos de gobierno suelen olvidar quiénes y por qué se sintieron ninguneados, descartados, expulsados de los juegos de la política mayoritaria. Yo, por el contrario, recuerdo. Recuerdo perfectamente los motivos que me llevarán el próximo domingo a guardar un silencio reverencial y sincero ante el show impúdico de la Gran Democracia Española. El primero y más urgente, fue su descabellada y cobarde ausencia en las manifestaciones a favor de las Víctimas del Terrorismo, abriendo así la puerta a que su lugar fuera ocupado por pancartas e insignias de las más terroríficas y peligrosas formaciones ultraderechistas de nuestro país. El segundo, aunque a usted le parezca una estupidez, ha sido la nula capacidad retórica, la insuficiencia para presentarse a su electorado no como un ejecutor, sino como un pensador liberal -esto es, coherente. El colofón y la gracia final han sido sus declaraciones acusando de "tecnócratas" a los gobiernos europeos compuestos por economistas, profesores de universidad, pensadores y expertos concretos, anteponiendo en su lugar una cosa tan difusa y pueril como los "buenos gobernantes".

    Las palabras, Sr. Rajoy, encierran siempre realidades. Incluso para una persona que se ha empeñado en no discutir con nadie, en no pelear su futura presidencia a nadie, en no molestar ni enfrentar ni realizar ningún tipo de reflexión incómoda. Las palabras -los profesores universitarios lo sabemos- son el legado más maravilloso de nuestro pequeño sistema cultural, y cuando no se cuidan ni se pelean, acaban prostituídas y convertidas en Neolengua. Usted quizá no lo sabe -quizá no ha leído 1984, y si lo ha leído, me pregunto cómo demonios dijo públicamente que su libro favorito era La catedral del mar-, pero las palabras son el vínculo con el pasado y la herramienta de construcción del futuro. Y le digo esto porque me gustaría saber qué entiende usted por "buenos gobernantes", quiénes son, qué van a hacer, dónde están.

    Quizá por "buenos gobernantes" usted entienda a un tipo de director de partido que se presenta por tercera vez consecutiva a unas elecciones generales después de haber perdido bochornosamente la confianza de un electorado que ahora le votará por pura desesperación. Quizá también entienda por "buen gobernante" a no pelear la presencia de los miembros más valientes y coherentes de sus filas -pienso en Ortega Lara, pienso en María San Gil-, por decisiones de corrala interna, cenita al lado de Génova, collar de perlas y perfume barato. Quizá usted entienda por "buen gobernante" no pronunciar ni una sóla palabra sobre ideología, pensamiento, reflexión o inflexión en torno a eso que ustedes llaman liberalismo pero que yo sólo encuentro corrala de colegas, pelo Nino Bravo, polito de marca, cortijo, rubia maquillada y foto con Los del Río. Y eso, en fín, tiene poco que ver con esos malvados "tecnócratas" que quieren salvar a sus países.

     Usted ganará las elecciones, y al decir de las encuestas, con una mayoría apabullante. Pero no se engañe. Sus votos no son los votos de la buena política, ni de la inteligencia estratégica, ni del discurso afilado. Sus votos no son los votos de la emoción, la esperanza en el futuro, la pasión de la buena política. Sus votos huelen a pánico, a desesperación, a sálvese-quién-pueda, e incluso a lo peor, a revanchismo. Ojalá tenga la suerte, la fuerza y los recursos para hacer algo en esta inmesa fosa séptica de país en la que nos hemos convertido. Se lo digo con la mano en el corazón: ya que no hace ni ideología, ni pensamiento, ni lucha con furia, ni seduce a nadie, ni hace esas cosas que por lo visto no hacen los "buenos políticos", ojalá por lo menos genere algo, algún tipo de riqueza. Ojalá pase algo que me borre de pronto, una luz cegadora, un disparo de nieve.

     Felicidades, Presidente.  

17.11.11

George Harrison: Living in the material world



   El laberinto/Scorsese, el dispositivo/Scorsese es una especie de cuadro de Escher en el que se atraviesan y se disparan los referentes. Scorsese/Escher dirige un mundo quebrado desde su silla, una ópera wagneriana y reflexiva poblada por dementes y hombres heridos, hombres crucificados, hombres prestos a la redención o la epifanía por la vía del dolor. De ahí la fascinación y de ahí también el aire reverencial y casi sagrado con el que uno acude a ver las películas del director, aire de genuflexión y de suspensión de la credulidad. Cuando Scorsese acierta -y yo sigo en mis trece, defendiendo contra viento y marea que Shutter Island es su mejor película hasta la fecha-  parece un satántico cruce de caminos, un filósofo sufriendo un ataque de pánico y de iluminación, un ángel caído en estado de gracia que decidiera empuñar una cámara de cine. Cuando Scorsese fracasa, en fin, pues fracasa.

    Scorsese se acerca a la figura de Harrison siguiendo la misma clave que Corbijin utilizó para acercarse a la figura de Ian Curtis: la palabra, la pasta, y la mirada de la viuda. El resultado, ya se sabe, es una suerte de hagiografía laica con una pequeña gota de bromuro para que no se diga, diluída pacientemente durante tres horas y media de metraje que suponen un tour de force para el espectador no acostumbrado a estos menesteres. San Scorsese rueda al santón hindú Harrison abriendo con fuerza el obturador para que todo se sature de una luz que a ratos es de éxtasis místico, a ratos de éxtasis profano, a ratos de éxtasis cultural. Los mártires de la cultura pop -con Lennon a la cabeza- se abrazan y se besan entonando un Hare Krishna, Hare Hare.

   Living in the material world no es, por sí misma, una buena película. Si acaso por momentos parece un documental más bien tirando a clasicote y a mediocre.

    Pero.

    Pero la explosión de la música y del testimonio es por momentos tan conmovedora, quiero decir, tú sabes todas las noches que has estado tirado por los parques cantando a voz en grito While my guitar gently weeps con dos copas de más o de menos y la pantalla se suceden los acordes, fotografías de los Beatles, mira, Ringo Star resucitando de su agonía en los tardosesenta, Paul, Yoko, el maldito Eric Clapton, el maldito Phil Spector, y entonces todo el amor y toda la fuerza de la cultura popular te golpea, el sueño imposible, el amor imposible, all you need is love, acuérdate de los años en los que éramos capaces de ver las películas de Lester cuatro, cinco veces al mes, ¿ese no es el principio de Love you to? Roy Orbison, los pelos de punta, tienes ganas de aplaudir y hay gente en la sala que baila en sus asientos, mueve la cabeza, hay un magma de recuerdos, en fin, tú mismo lo dices en tus clases, quizá los Beatles fueran más famosos que Jesucristo y quizá los Beatles sean más importantes que cualquier otro filósofo en el siglo XX, y ciertamente My Sweet Lord era un pequeña maravilla, Layla, la historia de la verdadera Layla, la verdadera Layla de Clapton hablando sobre sórdidas habitaciones de hotel, secretos, rabia, furia, noches sin dormir, ahí está Bob Dylan, y la gente sigue bailando en la sala y quizá sean tres horas o quizá sean tres minutos, y Ravi Shankar dice unas palabras maravillosas y brutales que se quedan flotando en la sala como una araña gigante -dice, creo recordar, algo sobre la música como una conexión directa con Dios, cosa que yo mismo he defendido con todas mis fuerzas en este blog y en otros lugares- y el concierto por Bangladesh, por supuesto que la película no deja de ser un documental clásico pero al mismo tiempo está sonando Blue Jay Way, que parece una manifestación de sabios esqueletos deslizándose por cañerías oxidadas, y en fín, Ringo Star deja escapar una lágrima y realmente tienes la impresión de que la lágrima es sincera, de que no hay ni trampa ni cartón, un secreto oculto y triste tras el más sonriente de los cuatro muchachos de Liverpool, y la cinta...

   ...y la cinta termina.

    No es buena película. Pero es una fotografía de grupo tan brillante como la portada del Sgt. Pepper´s. Y es un trozo de mi autobiografía, un breve recorrido por las muchas cosas que me han mantenido de pie a este lado de la trinchera. Mi ejército, mi ideología -lo he dicho siempre- es la cultura popular. Y sólo desde la cultura popular tiene sentido reivindicar la belleza, el equilibrio, la verdad.

    No es buena película. Pero es una película especial para un público especial. Y simplemente por eso, porque has llegado hasta aquí en el texto, te recomendaría que la vieras.

15.11.11

HOTEL KID: Recuerdo de Jenna Lee Oswald


   Los desconocidos llegaban de manera extraña al Hotel Kid. Yo andaba por aquel entonces casi drogado con 1984, de Orwell, y me llevaba la novela como si fuera una especie de amuleto a todas partes: al desayuno gélido de las mañanas de Noviembre, a la sala de TV llena de sillones viejos infectados de ácaros casi tan grandes como los ancianos malolientes y olvidadizos que miraban la pantalla con ojos vacíos, a la hora final del gin tonic cuando me escapaba con Julius para cerrar la noche hablando de mujeres y jugar a las cartas. Los desconocidos llegaban y llegaban y pasaban dejando fragmentos de su sombra en las escaleras enmoquetadas, en los cuadros medio rotos y manchados, contando extrañas historias, pidiéndo un par de dólares, ofreciendo sus petacas.

    Aquel noviembre antiguo, un noviembre implacable incluso para Los Ángeles, llegaron al hotel Jenna Lee Oswald y un político republicano del que no recuerdo el nombre. La primera era una mezcla entre una comunista punk algo leída y una pin-up que encerrara un gesto histérico. El segundo tuvo la feliz idea de hacer campaña entre nuestra pequeña comunidad de inmigrantes, tarados, drogadictos, cinéfilos, enfermos de sífilis, tuberculosos, descendientes de esclavos, extras de tercera. Creo que andé un poco enamoradiscado de Jenna Lee, de la manera en la que se pintaba las uñas de los pies en mitad del recibidor sobre la mesa de Julius, fumando un tabaco negro malísimo y persiguiéndome con un ejemplar en italiano de Gramsci:

- A tí te falta ideología, Aarón... te sobra cine y te falta ideología...
- Y a tí te falta burdel, Jenna Lee... te sobran proletarios y te falta burdel.

    Tenía nombre de actriz porno, pero los cuellos mao que paseaba por las escaleras de emergencia no daban tregua a mis pequeñas lubricidades de escritor. Algunas veces se colaba en mi habitación cuando estaba aporreando la máquina de escribir y se tumbaba en mi cama sin hacer, contándome historias extrañas sobre su obsesión por la astrología, sobre extraños planetas aún por descubrir que escondían horribles y poderosos secretos que liberarían al proletariado universal. A veces me besaba en la mejilla, como una hermana casta, y se ponía a llorar susurrándome que su destino era concebir a grandes hombres, hombres de hierro para una revolución total y cósmica, parias enteros de todas las galaxias unidos en su útero cálido, maternal, comprometido, poderoso. Por los esquinazos del hotel se rumoreaba que Jenna Lee le metía al speedball, pero yo nunca pude ver sus brazos por debajo de la camisa revolucionaria.

    Mientras Laura Lee envenenaba mis sueños con sus Gitanes y su verborrea, el político también se paseaba por los pasillos haciendo campaña. Estrechaba manos, besaba a las mujeres, se sentaba a hablar de los good old days con los ácaros del salón de la TV, masticaba lentamente las pastas secas de las abuelas y se le hacían una bola (ideológica) por debajo de la camisa.

     Una tarde, me asomé a la habitación de Laura Lee para pasarle unas páginas que había escrito, en un inglés macarrónico, sobre el Chaplin comunista. Comenzaban diciendo -todavía lo recuerdo- "Beyond the horizon of the Big Brother, Chaplin´s cinema is the only solution". Su cabeza de niña punk o similar estaba alegremente enroscada entre las piernas del político, sus ojos llenos de rabia o de deseo, su boca llena de deseo o de rabia, la habitación enquistada de hedores incomunicables, sudores antiquísimos, puro rancio, grasas y pelos y suspiros y dimequetegustadimequetegusta. Se derrumbó mi militancia interior, como se derrumbaría unos segundos después el orondo e inmenso político sobre la buena comunista, a la que encontré hace cosa de unos meses aferrada a una cartera de ayudante del Senado y perfectamente maquillada, hablando sobre nosequé demonios de los bonos basura y los problemas de la sanidad. La boca que hoy jura lealtad a la serpiente, ayer tuvo a la serpiente presa y un poco antes, juró que la serpiente descendería -como una criatura de Lovecraft- del espacio exterior para salvarnos a todos.

    A la mañana siguiente se marcharon del hotel sin hacer ruido. Nadie entendió nada. Mientras bebíamos ginebra, Julius me confesó esa misma noche que los cabrones ni siquiera habían pagado su cuenta.

10.11.11

Melancholía (III): Lacanianos enamorados

"Los dejo entonces en esa cama, a su inspiración. Salgo, y una vez más, escribiré en la puerta para que a la salida puedan tal vez recapturar los sueños que hayan hilado en esa cama. Escribiré la frase siguiente: El goce del Otro, del Otro con mayúscula, del cuerpo del otro que lo simboliza, no es signo de amor.
Escribo eso, y no escribo después he terminado, ni amén, ni así sea"
(Lacan, Seminario XX)

"Solaris de Tarkovski [es] una de mis películas preferidas. Cada vez que vuelvo a verla o que veo alguna escena suya en YouTube, me echo a llorar. Antes prefería El espejo, pero ahora es Solaris"
(Von Trier, entrevistado por Stéphane Delorme)

    El problema siempre es el cuerpo. Lo que me interesó en su momento de un cierto psicoanálisis lacaniano estaba precisamente en relación con el cuerpo, situado en el tránsito entre melancolía y cuerpo. Si el cuerpo es un texto, habría que preguntarse cómo se canaliza la insatisfacción, y por supuesto, si existen otros diques que no sean el arte, la ideología o la religión. Dicho con toda su brutalidad, porque el cuerpo -en tanto forma parte de lo real- es brutalidad pura de la que sólo escapa la palabra.

     Ahora bien, ¿qué dice la palabra? Dice: estoy roto. O dice: yo deseo. O dice: yo deseo el deseo del Otro. Y ahí la cosa se complica, porque el Otro siempre desea cosas extrañas y extravagantes, goces inconfesables, pequeñas peculiaridades y fetichismos que -a lo peor- a la postre acaban por volverse en mecanismos del cansancio. ¿Qué desea Justine -la de von Trier, no la de Sade, claro? Desea, sin duda, no desear desde ese anclaje que es su cuerpo y desea, del mismo modo, que la palabra sea capaz de cifrar su propio mal. Basta con ver ese acto supremo de arrancar de los expositores los libros de arte que reproducen abstracciones para imponer, con toda su furia, testimonios -textos- que hablen de la catástrofe. ¿Por qué intuímos como soberano el acto en la biblioteca de Justine? Por lo mismo que se nos antoja soez y angustiosa toda la panoplia de la noche de bodas: ¿qué palabra, qué buenas intenciones, qué campo de manzanas -¿un edén como el de Anticristo?- nos salvará del apocalipsis total?

     Melancholía cierra el círculo del sujeto obligado a convivir con su propio cuerpo, y por lo tanto, el tránsito del deseo como fuerza mayor que lo arrasa todo. Lo real del cuerpo es, en todos los sentidos inimaginables, escrutado y sometido a prueba en los últimos treinta segundos de la cinta. Lo que más me fascina del preludio de Tristán e Isolda es, muy precisamente, la manera en la que sirve como un espejo de la partitura que Bernard Herrmann compuso para Vértigo. Al final todos los textos mayores de mi pequeña historia de la cultura acaban encontrándose y manteniendo un debate silencioso entre ellos, o mejor aún, entre los cuerpos que (no) existen frente a los deseos que sí que existen. Madeleine/Hari es un cuerpo fantasmal puro, y por ello mismo puede llenarse de un contenido total/textual que vuelve el deseo intolerable. Judy es el cuerpo desconchado, el cuerpo presente, el cuerpo de un otro que no interesa tanto, o incluso, de cuya presencia al otro lado del deseo nos resulta obscena, estúpida, risible. ¿Quién es Judy para desear a Scotty? ¿Quién es su marido para desear a Justine, para pensar que puede/tiene algo que decir en el espinoso territorio de su goce?

    Justine, queda dicho en otro post, mira al cielo en busca de una conexión entre destrucción y deseo. Pero tiene clavado en el cuerpo un dolor que se superpone a lo simbólico y que exige como pago más dolor. En su círculo/abismo se proyecta el rostro descompuesto de Scotty, y a lo peor, la caída final de Melancholía sobre la tierra no es sino la caída de Madeleine desde el campanario. ¿Podría ser Hitchcock una de las muchas sombras de Von Trier? ¿Y no es el cuerpo del fantasma, cuando deja de ser fantasma, una amenaza tal que puede destrozar absolutamente todo nuestro leve aparato psíquico? En el amor -suponiendo que tal cosa exista- nos refugiamos dentro de nuestra pequeña casita mágica fabricada con palos de madera. Pero en el deseo -suponiendo que exista más allá del mismo- miramos hacia el cielo observando cómo el planeta desciende y fingimos brindar por la vida.

    Una de las cosas que más me interesó de un cierto psicoanálisis fue la puesta en juego total de la enfermedad, del síntoma exquisito en el amor, y del amor como abismo definitivo del sujeto. Seminario XX, ya lo he dicho en otras ocasiones. S(olaris)eminario XX, esto es $ (melancólico) <> a.

8.11.11

Melancholía (II): Sexo/Solaris


    Las noches perdidas en los esquinazos de tu nombre. Fumándome los cigarrillos lentos y acunando un niño de putrefacción purísima entre mis dos pulmones. Niño Universo de ceniza que pensó que una casita con palos de madera le salvaría de la hecatombe total y coleccionó retazos de besos no deseados en busca de otra cosa. En el prólogo de Melancholía -Wagner, queda dicho-, Von Trier introduce la imágen ardiendo de Los cazadores en la nieve de Brueghel El Viejo. Es el último estertor del Arte, el único texto invitado a comparecer allí donde todo está completamente arrasado.

    Von Trier está obsesionado con Tarkovski, de la misma manera que Tarkovski y Bergman estaban obsesionados con Bach, de la misma manera que Bach estaba obsesionado con el Creador Total, o quizá, con el hombre crucificado que le preguntaba a su Padre por qué demonios le había abandonado. En Melancholía, el padre se suicida junto a ese caballo que es el símbolo mayor de la piedad en Dostoievsky. Dostoievsky estaba obsesionado con el hombre crucificado y le regalaba su delirio incontrolable de epiléptico iluminado.

    Melancholía es un planeta que destroza la Humanidad entera. Solaris es un planeta que conduce a los humanos a su propio suicidio por el camino del deseo. Melancholía y Solaris se cruzan en el lugar en el que el cuerpo enfermo se pregunta por su dolor -esto es, por su deseo insaciable e insatisfecho-, cuando la cruz de cada uno tiene forma de una nostalgia brutal y abrasadora. Yo mismo lo decía al comienzo de este texto: las noches perdidas en los esquinazos de tu nombre. Von Trier sueña con un final definitivo, es decir, con el final purísimo de su deseo fantasmático e irresoluble, de su sufrimiento absolutamente sexual, un deseo que en Anticristo tenía forma de bruja hermosísima y mutilada, y ahora tiene forma de nínfula acuática depresiva. Hari, el fantasma femenino de Solaris, era una mezcla de amor absoluto y terror absoluto, porque sólo en el amor -lo dicen los textos sagrados- seremos conocidos. Von Trier siempre supo que ese planeta azul y acuático que nos llenaba la cama de pesadillas húmedas y el alma de delirios teológicos era la clave para la autodestrucción más personal y más profunda.

    Te propongo un juego, mi amor. Deslízate desnuda entre esos dos planetas con los ojos llenos de tierra consagrada y las manos vacías de toda seguridad. Juega a la seducción de tu eterno femenino, allá donde la carne se convierte en posibilidad y la posibilidad en muerte. Te hicieron tanto daño, y acaso serían mis garras diferentes, yo que me marché hasta Solaris para encontrarme, en fín, con la destrucción del alma. Así, en el momento de ingravidez en la biblioteca, o en el momento de la destrucción total en Melancholía, podríamos amarnos con toda la responsabilidad de los mausoleos. No seríamos felices, pero quizá estaríamos menos solos.

    "¿Te gustaría un final en el jardín, bebiendo champagne, quizá escuchando la novena de Beethoven? Ese final es una mierda", afirma Justine, y sus palabras son Palabras de Diosa, te rogamos óyenos. Palabras de Diosa Negra de la muerte, hija enferma, Isolda abandonada de sí misma. Un pastel de carne que sabe a las cenizas de Auschwitz. Tarkovski intentó con todas sus fuerzas salvar a la humanidad del peso de todos sus pecados. Pecados del sexo, de la muerte, del hombre y de la mujer. Un pastel de carne como el cuerpo muerto de Hari. Hasta los fantasmas se suicidan. Hasta en las inconfesables fantasías onanistas del sujeto hay un poso de horror.



7.11.11

Melancholía (I): La inscripción

 
La música del apocalípsis. Wagner. La resurrección de una pasión total, las llagas en las manos, la herida de mi costado, la sangre derramada para el perdón de los pecados, la muerte de Dios, el parpadeo de Zaratustra, la manera brutal en la que hicimos el amor junto a aquel tronco seco en el Edén por el que fluían las manos de los cadáveres, ¿te acuerdas, mi amor, de la manera en la que mutilaste tu sexo, un sexo psicótico y carnívoro que había colocado entre mis dedos mientras el mundo era mundo, mientras todo era principio y nos amábamos en un océano de sangre y de locura?

    He preguntado una vez, aunque puedo repetirlo. ¿Te acuerdas, mi amor...?

    Von Trier destrozó el Génesis. Lo invirtió con toda brutalidad. Ahora ha reescrito el Apocalipsis, hasta siempre corazones podridos de purísima avaricia. Melancholía es una obra de tesis y funciona única y exclusivamente a ese nivel. En la primera parte ejemplifica por qué la raza humana es un tremendo error, una impresionante estupidez. En la segunda parte introduce la única solución posible al problema: morir de melancolía, morir arrasado por una luz total que nos redima de nuestra soledad, de nuestros errores, de nuestro -poco- amor. Quizá recuerden que el chico de Dogville buscaba a toda costa ofrecer "una sabia lección" sobre la "piedad" a su pueblo. Quizá recuerden lo que son, quizá se sientan tan cansados como yo mismo o como Von Trier, cansancio definitivo metido en los huesos de mediocridad. El concepto de hombre nos ha decepcionado. Yo me he decepcionado en incontables veces como hombre... ¿por qué no querría desnudarme bajo la luz de Melancolía y dejarme arrastrar por su danza de la muerte? ¿Acaso Otros/otros lo hicieron mejor?

    Nadie lo ha dicho todavía, pero Von Trier está intentando reescribir la Biblia. Tiene una caligrafía de colegial atormentado y le tiembla el pulso. Von Trier trepa por su ventana y se queda mirando en silencio el cielo en busca de una destrucción definitiva que nos traiga la paz. Un abrazo cósmico. Una despedida como una fiesta que nos libre para siempre de nuestros padres, de nuestros hijos, de nuestros amantes. Es tan sabio en su dolor. Si Dios existiera, ay. Pero el cielo de Von Trier está invertido -como estaba el cielo de Los pájaros de Hitchcock- y lo que queda es un sumidero por el que desciende la materia fecal de nuestra Historia. Los tres mendigos. Un planeta asesino. Lo mismo da. Gloria al Miedo en las alturas, y en la tierra pánico para los hombres que añoran al Señor.

    Von Trier nunca perdonará este cenagal de suciedad en el que todos hemos comprado una parcela. Nunca perdonará la destrucción de lo simbólico -esa boda angustiosa y llena de úlceras como sujetos, musiquillas de Frank Sinatra en sordina, esa boda que todos hemos vivido en lo más íntimo de nuestra experiencia, no lo niegues, no tengas el valor de negarlo ahora que has llegado a esta línea del post-, y nunca perdonará que... voy a decirlo claro. Nunca perdonará vivir en un mundo que torturó y desquició a Tarkovski, en lugar de abrazarle y besarle sus pies destrozados de Profeta y Santo Ruso. Von Trier -la referencia a la publicidad no es baladí- sabe que ya no existe la relación entre lo Sagrado y el Arte, y entonces, como todos los que tenemos su misma enfermedad, se siente demasiado solo. Intolerablemente solo. San Von Trier, llorando sangre rodeado de olivos mientras el mundo (no) estalla.

    Otros dicen que Lars von Trier es un payaso.

    Yo digo: Ay de vosotros, que no llorásteis de pánico y de rabio la primera vez que vísteis Sacrificio. Yo digo: Ay de vosotros, que todavía pensáis que saldréis vivos de este mundo. Ay de vosotros, que pensáis que la melancolía se cura con antidepresivos o con libros de autoayuda. Ay de vosotros, que no sabéis que los cementerios arden de deseos melancólicos, que no sabéis cómo arden las ciudades, los huesos, los horizontes. Ay de vosotros, que pensáis que las cosas que ocurren significan algo, algo trascendente.

    Y ay de mí, porque cada noche yo también me asomo buscando ese planeta azul al otro lado de la ventana. No soy culpable. Es un planeta que -Solaris lo demostró- nos devolverá la cifra misma de nuestro deseo.

5.11.11

La soledad del corredor de fondo

  
Aquel verano dieron un ciclo de Free Cinema, o cosa similar, en la vieja ciudad castellana. La cosa andaba llena de estudiantes, alguna señora mayor confundida que se colaba en el cine improvisado bajo la sucursal bancaria, cinéfilos como gárgolas y gárgolas como difuntos, total, un despilfarro de levedades y ancestros. La tarde que pasaron La soledad del corredor de fondo yo estaba en otro lado, ebrio o casi ebrio con los viejos amigos de Madrid que habían cogido un tren para venir a verme, jugando a la ruleta y pegándole al café con Baileys en uno de los bares viejos de la zona universitaria. No es muy correcto confesarlo a estas alturas, pero es verdad. El ciclo de Free Cinema me lo pasé entre copa y copa, hablando de mujeres como gárgolas y gárgolas como meretrices, sisándole tabaco al respetable y garabateando los primeros capítulos de la tesis en las habitaciones oscuras de la residencia universitaria.

    De ahí que tardara unos cuantos año en ver La soledad del corredor de fondo, porque siempre que pensaba en el Free Cinema me entraba una tristeza en el pulmón como de mujer perdida o así, y me sentaba a ver pasar las nubes por la puerta de atrás de la nostalgia. El año que dieron If... en la vieja ciudad castellana fue un año -sólo lo supieron los íntimos- de vivir en un estado de amor doloroso y purísimo casi permanente. De beber y andar vomitando religiosamente los jueves, viernes, sábados y algún domingo por la noche en las aceras de media geografía española. Yo quería ser dramaturgo, pero también quería ser doctorando, y por el camino quería ser el Vizconde de Valmont apoyado en los dinteles de un búnker semiabandonado. Las palabras son precisas. El semi quiere decir que no estaba abandonado del todo. Quedaban los amigos y los fantasmas. Qué cosa tan tremenda y exquisita el amor cuando parece una tormenta interminable de lluvia ácida sobre los párpados.

    A lo que -hoy ando dando rodeos por el texto- cuando por fín me convencí de ver La soledad del corredor de fondo tuve la sensación de haber finiquitado definitivamente una deuda histórica. La película de Tony Richardson era maravillosa: conmovedora, sucia, tragicómica, un cabaret social tan cuajado de espectros como mi recuerdo de aquel verano polvoriento. Tenía un crescendo final que parecía el Cabaret Voltaire la Semana Grande del Apocalipsis aullando con todas sus fuerzas. Hablaba con la seriedad de todas las oportunidades perdidas, de todas las promesas del liberalismo perdidas, de todas las promesas perdidas del existencialismo, del socialismo, del Bífidus Activo o de la etapa rosa de Picasso. Era una demolición total del Occidente pre-flower power. Luego dirán que La soledad del corredor de fondo es una cinta pop. Más bien, una cinta Pop-Apocalíptica, como lo son a su manera las novelas de Kiko Amat o las caras b de los Happy Mondays colgados de la heroína. Las cosas son siempre más complejas.

    Las cosas -las verdaderas cosas importantes- son siempre casi inexplicables. O casi siempre inexplicables. O inexplicablemente dolorosas. De eso habla La soledad del corredor de fondo: de la imposibilidad de escapar de nuestra propia libertad y de sus consecuencias. De las consecuencias de no haber nacido libre. Oh man! Wonder if he'll ever know/He's in the best selling show/Is there life on Mars?

    Pasados los años, me invitaron a presentar una proyección de Yo, tú y todos los demás -la de Miranda July- en la filmoteca de la vieja ciudad castellana. Antes de que el público entrara en la sala me quedé en silencio mirando la pantalla en blanco, pensando en la manera en la que Tony Richardson había rodado con aquella virulencia un estado de ánimo, una intuición, un pálpito de lo que podría ser de verdad la imposible postadolescencia. No sabría decirte si encontré algún tipo de respuestas. Pero me sentí razonablemente acompañado, nostálgicamente completo, como el que se levanta una vez terminada la batalla y contempla sus cicatrices con los ojos vaciados de todo sentido. La pantalla en blanco, por supuesto, me devolvió toda la cifra perfecta de aquel extraño sentimiento, de aquella neblina sentimental. Ya sabes a lo que me refiero. Claro que lo sabes.

1.11.11

Highway 20N(acionalismo) Revisited

 
  Cuenta la historia que Bob Dylan, cansado de sí mismo y del muñequito pseudorevolucionario que se había montado, se plantó en el Newport Folk Festival del 65 con una banda completamente eléctrica. Años después, Todd Haynes le mostraría en I´m not there disparando con toda su furia contra la concurrencia. La metáfora es válida y cualquier persona medianamente aseada debería invertir un par de tardes de su vida en estrujarla y, ya de paso, escuchar a un volúmen insano el Highway 61 Revisited. La lección de Dylan es sabia e inmortal, y se remonta a un tipo llamado Jesús de Nazaret ataviado con un látigo repartiendo a diestro y siniestro contra los cambistas y los fariseos que habían invadido su templo. Dylan era radicalmente cristiano desde mucho antes del Slow train coming, aunque casi nadie lo haya dicho claro.

    Desde el 65 han estallado trenes, se han derrumbado edificios, grupos terroristas han firmado incontables treguas, se han hundido mercados, han llorado brokers, se han firmado contratos, se ha inyectado pasta en los bancos para que no faltaran cigalas lustrosas en los platos de los Fariseos Reloaded, pero el panorama no ha cambiado demasiado. Cuando Bauman afirmó que el 15M acabaría siendo la fiesta sin cimientos del malestar le iluminaba el ángel maldito y líquido de la política postmoderna, esto es, de la no-política.
 
  Dylan se pasó al formato eléctrico porque se cansó de los cánones, o quizá porque estaba hasta las narices de sí mismo, o quizá simplemente porque le vino en gana. La politica española se ha autodestruído hasta los cimientos porque no hemos tenido modernidad, o porque hemos dejado que crecieran demasiado las deudas de la bendita Guerra Civil (con mayúscula, of course), o porque hemos asumido simple y llanamente que somos España. Es decir, que somos corruptos, mentirosos, y un tanto estúpidos. Al español se le permite robar hasta en las vueltas del pan cuando es pequeño, tener una educación de chiste y un sistema cultural a medio camino entre la zarzuela y la sardana. Sistema cultural de guardarropía nacionalista: cuidadito con la gente de Madrid, que nos roba la industria, la subvención, la tradición y la identidad.

   Hasta que no he vivido dos meses fuera de Madrid no he comprendido ese profundo odio que se proclama desde ciertos altares ideológicos contra el fantasma del centralismo. El madrileño -el españolazo, que es como el español pero con la diferencia de que trabaja, y mucho, a favor del mal- es un ser pérfido encerrado en un despacho que se masturba pensando en el cadáver de los otros nacionalismos, que lo privatiza todo y que a veces tiene el rostro de Esperanza Aguirre. Es como el judío de Zizek: sin identidad, sin asidero, sin una figura sólida. El centralista no es nadie, pero a la vez son todos. Es la Amenaza Total, culpable al mismo tiempo de la crisis, la marginación, la mala sanidad, la mala educación, el mal cine español, la mala literatura. Todo.

    Dylan comprendió antes que nadie que todos los garitos políticos eran una inmensa estafa: los circos de la autoayuda revolucionaria, las convenciones de la tercera vía, el vuelva usted mañana de las administraciones públicas. No es de extrañar que acabara hasta la peineta de la petarda de Joan Baez, de los AntiVietnam, de las proclamas folk, de los colectivos minoritarios y del puto Blowing in the wind. Algunos nunca se lo perdonaron. Pero yo escucho Like a Rolling Stone o Tombstone Blues y me parecen infinitamente más interesantes y afilados que sus orígenes cantautoriles.

    En España, por supuesto, ni Dios se ha electrificado. Y así nos pasará el 20N, que todo cambiará para que todo siga igual. Cada noche, antes de dormir, me pregunto si lo más sensato no sería quedarme en casa ese día escuchando buena música y dejar que sean otros los que piensen que metiendo el papelito de rigor en una urna están salvando el país.