30.8.11

Instagram, Mytubo y otros fantasmas tecnológicos

(Una futura usuaria de Instagram)

Un fantasma recorre el mundo tecnológico. El fantasma postmoderno de la nostalgia, el tiempo pasado, la mirada perdida. Desde que me he incorporado al universo Android, he descubierto la impresionante tirada que lo low-fi despierta en centenares de usuarios: la portada de la Rockdeluxe del mes pasado estaba tratada como si se tratara de un viejo retrato setentero, los precios de los vinilos se han triplicado en los últimos doce meses, y por supuesto, casi todo el mundo con cierto gusto estético "indie" prefiere utilizar el bendito Instagram o el Mytubo antes que las propias aplicaciones que incorporan los Smartphones.

Esto me genera una sensación extraña como usuario, una cierta incomprensión ante ese malestar tecnológico que los sujetos afirman padecer y que, para qué negarlo, está empezando a salpicar el rostro amable de los paraísos hi-tech. Los maltratadores se despiden de sus víctimas en los tablones de Tuenti, el bendito cine en 3D nos aburre o nos provoca dolores de cabeza, los 5 mpx de mi cámara se reducen a una resolución 400x400 de purísimo tacto gafapasta.

El problema, por supuesto, es la vacuidad de la mirada. Con Instagram/Mytubo está pasando como cuando a las niñas bien de la periferia les entró la perra con la reflex y se gastaban un pastón para acabar haciéndose fotos en modo manual delante del espejo. La mirada está vacía, pero Instagram lo traduce en un cierto placer retro, algo así como una corrección estética de manual. La ideología, la sistemática de trabajo que acompañaba a los verdaderos artistas de la Lomo o de la Polaroid estalla en mil pedazos en el momento en el que un sosipavo/una sosipava reproduce masiva e indiscriminadamente todos sus trabajos con el mismo filtro, una y otra vez, como una pesadilla que en breve nos parecerá intolerablemente kitsch.

¿Por qué el Low-fi? ¿En qué momento descubrimos que los cds eran el timo de la estampita y nos pasamos a esos caros, flamantes, deliciosos vinilos? ¿Acaso alguien conoce una sensación más derrotista, hoy en día, que volver a mirar todos esos cds originales que compraste antes de Napster, todo ese magma de música que hoy se descarga con un gesto frágil de cualquier servidor? ¿No ejemplifica como nadie la inexistencia del Capital toda esa belleza que ahora se nos antoja, efímera, mal pagada? Hasta el dinero gastado en tabaco de los exfumadores parece mejor invertido.

Con lo que Instagram es la enésima demostración de que el nuestro es un tiempo sin tiempo, una estética sin estética, un sistema social nostálgico sin ideología posible. El revival del Instagram es la constatación de que nos encanta tener la cámara más potente para mirarla con ojos de besugo y preferir que otro realice el esfuerzo sufremo de pensar la mirada. Pensar la mirada a estas alturas, no jodas.

27.8.11

Crítica: "I saw the devil"


Las intuiciones y los espíritus que atraviesan las épocas son extremadamente caprichosos en ocasiones. De igual manera que la segunda parte del siglo XX volvió una y otra vez sobre el retorno de lo reprimido y las deudas simbólicas impagadas -la madre de Norman Bates, los intentos desquiciados de resucitar una y otra vez Mayo del 68, la iconografía del Ché o las obras completas de Stephen King-, cada año tengo más claro que el siglo XXI será el siglo de la venganza.

La venganza es, quizá, el tema postmoderno por antonomasia. Desde Kill Bill a Machete, pasando por los mejores slasher de la primera década, las series de televisión -Juego de Tronos y su inevitable Un Lannister siempre paga sus deudas-, la recuperación de la memoria histórica como arma política, la justificación de la víctima, el 15M y su contra-reacción en forma de JMJ, lo que parece vertebrar el zeitgeist del siglo es, queda dicho, el ajuste de cuentas. Desde Bildu a Symphaty for Lady Vengance, la venganza lo satura todo y en todas partes.

Esto no puede quedar así. La venganza como arma política y como función generadora de espectáculos -Mou se venga, en Gran Hermano se vengan, el exnovio de nosequién se venga- es crujiente precisamente porque vivimos en una sociedad que se ha empeñado en repetirnos una y otra vez que nos lo merecíamos todo, que podíamos tenerlo todo, que todo se soluciona mediante el mantra L´Oreal "Porque yo lo valgo". Una cani del extrarradio con un tribal tatuado en el lomo y unos pendientes de aro no entiende por qué no puede tener una casa estupenda con cuatro habitaciones. Un tipo con dos carreras y dos doctorados no entiende por qué no encuentra trabajo. Una marichacha encerrada en su salón viendo la novela no entiende por qué esa no es la vida que le habían prometido. "Porque yo lo valgo" es el primer paso para acabar pidiendo venganza.

Y de ahí, a la empatía. Una empatía controlada, claro, que es a lo que juega I saw the devil o Kill Bill. Ambas cintas susurran en voz baja lo que muy pocos se atreven a afirmar: alguien debería matarles. Alguien debería tener valor para sumergirse en sangre y emerger roto, pero justamente vengado. Alguien debería comprender, definitivamente, que ciertas personas no tendrían que estar vivas, y mucho menos, ser banqueros, cuidadores de niños, profesores, políticos, líderes religiosos. Gente como Nannysex, como el Rafita, el violador de Pirámides, esos hombres de negocios que van a Thailandia a lo que tú y yo sabemos... ¿qué hacemos con ellos? ¿Les encerramos y pagamos su olvido y su manutención? ¿Les deslizamos una jugosa píldora para que mueran de manera digna, al contrario que sus víctimas? ¿Convertimos su ejecución en un atrevido espectáculo emitido por Tele 5? ¿O, mejor todavía, les matamos en silencio en los sótanos cualquiera de una pequeña ciudad, lejos de miradas morbosas que no entiendan la sutileza y la belleza de la justicia en su forma más pura?

Kim Ji-Woon ha rodado la que de lejos es su mejor película -lo que no es mucho decir-preguntándose éstas y algunas otras cosas importantes. I saw the devil funciona como espectáculo pero fracasa en su fondo reflexivo. La fórmula: "Qué malo es convertirse en un monstruo para cazar a otro monstruo" está infinitamente superada en Tarantino -que, aquí al menos, ha sido uno de los tipos más honestos del panorama- y no alecciona ya a casi nadie. Lo que uno espera ver en esta cinta es, más o menos, lo mismo que el asesino: los hígados, las entrañas, el gesto de dolor, la carne mutilada. Ji-Woon quiere ir de moralista, pero mostrando la casquería, y así no se puede. O te pones cachondo al lado del asesino, o te pones cachondo al lado del vengador, pero la cosa no puede ir de partida de ping-pong esquizofrénica salvo que el director tenga una mano de hierro y unas nociones sólidas de construcción de personajes. Que no es el caso, claro.

¿Quién es el diablo? Ji-Woon no lo explica, y por eso miente. El diablo somos todos, oh yeah, noticias frescas y pólvora sorda de rebajas en todos los mentideros del Gran Lugar Común. El diablo somos todos, pero algunos más que otros, y ciertos diablos -un coreano tendría que saberlo y, lo que es más importante, decirlo- son más cabrones y más implacables que otros. Ji-Woon no dice que vengarse es humano, que odiar es humano, que volverse loco y sádico al descubrir que que han matado a tu novia embarazada no es democrático pero, en fin, algo de humano tiene. Ji-Woon miente, porque el verdadero final de I saw the devil debería ser el buen policía torturando y matando implacablemente a la familia del malo malísimo. Esa es la última escena, la que el director no ha rodado porque no tenía huevos, la que hubiera convertido a la cinta en verdadera.

Pero por otra parte, los márgenes de la legalidad siempre producen monstruos. No se preocupen, en algún lugar he oído algo sobre una reforma de la Constitución que seguro que convertirá nuestra vida en un lugar más habitable. Un segundo... ¿y si los monstruos hubieran creado el auténtico contexto legal?

25.8.11

Ideología-Shakira

"La vida de la dialéctica es el continuo movimiento hacia los opuestos. La humanidad acabará hallando la perdición. Cuando los teólogos hablan del Día del Juicio Final, son pesimistas y aterrorizan al pueblo. Nosotros decimos que el final de la humanidad producirá algo más avanzado que la humanidad"
(Mao; Sobre la práctica y la contradicción)

La camarada Shakira, experta en biopolítica y en situacionismo, nos deseó nada menos que en Jerusalem hace unos meses "un mundo como el Barça (...) para ganar el partido contra la discriminación". Nosotros (Dios y yo, of course) , Tribunal Oficioso de Ninguna Verdad, afirmamos lo siguiente:

01. Que ya no basta con defender a Shakira basándose en sus dos primeros trabajos -para el mercado internacional, claro- como si durante cuatro o cinco años la cantante hubiera tenido una suerte de inspiración pre-revolucionaria y en temas como Pies descalzos o Ciega, sordomuda hubiera abierto esa brecha del pensamiento latino-denuncia social que hasta el momento portaban las luminarias de Maná y Ricardo Arjona. Ahora, compañeros, es el momento de decirlo claro: los dos primeros discos de Shakira también fueron una estafa. No permitáis que vuestras novias los defiendan: es prioritario que pongamos de manifiesto el ridículo de versos como pedazo de cuero, no vuelvas nunca más o no te importó un pepino tu destino. Hay que decirlo claro: objetivamente, como poesía revolucionaria, son una mierda.

02. Una voz disiente al fondo de la sala y pregunta qué vamos a hacer con Octavo día, objetivamente hablando, la cima filosófica y musical de la intérprete. Ciertamente, la conservaremos como teodicea postmoderna y propondremos que suene antes de cada acto de Democracia Catalana.

03. Compañeros militantes, hay que entender a Shakira como el patito feo que se operó, se retocó y se convirtió en espectáculo puro y duro, quizá aterrorizada o acongojada ante las geografías desmesuradas de sus competidoras de la SONY y de VALE Music. De hecho, la canción Suerte -todo el disco Servicio de Lavandería, probablemente- es el equivalente musical a una liposucción/implante de pecho. El verso Suerte que mis pechos sean pequeños y no los confundas con montañas sólo puede ser considerado como un ejercicio de falsa modestia destinado a generar una estúpida y peligrosa empatía con el público femenino. Todo el mundo sabe que el mayor acto subversivo y feminista de Lisbeth Salander fue ponerse tetas, esto es, sentirse bien con su cuerpo como mujer. Esto es, dar un paso hacia la construcción del deseo fantasmático masculino mayoritario.

04. La falta de escrúpulos musicales ha llevado a nuestra camarada a fusilar sin el menor reparo cualquier estilo de moda. Su Reagetton para Grandes Públicos -La tortura, absoluta honestidad en el título- fue descafeinado hasta el punto de no contar con los elementos distópicos, salvajes y políticamente incorrectos que habían popularizado El Chombo, Looney Toones o Daddy Yankee. Lo que antes era una música (de mierda) surgida de los suburbios y los cubos de basura de ciertas sub-subculturas, se convirtió en alegre producto de consumo rápido para pistas de baile, a gusto de todos. De hecho, se confirmaron las artes taumatúrgicas de la cantante colombiana, al resucitar (¿¿??) a un largamente fallecido Alejandro Sanz, héroe acné en horas bajas más conocido por sus twitts y por su simpatía derechista que por sus últimas canciones. Alejandro, aunque nadie lo sepa, aspira en secreto al Trono-Indasec de Julito Iglesias.

05. Desde entonces, nuestra camarada Shakira ha generado una sabia carrera económico/musical basada en dos grandes estrategias: poner cachondo al personal de mala manera (véase el clip Las de la intución y su desfile fetichista) y convertirse en una reina de papel amarillista en vistas de que en el futuro quizá el bisturí y el gimnasio no solucionen los brutales mordiscos de lo Real. Su penúltima cima fue convertirse en protoídolo de la cara más amable de la globalización con el Waka/Waka, portento surrealista de las rimas forzadas capaz de competir con los mejores tiempos de Pau Donés. La cosa era un poco como lo de Chiquilicuatre, pero con niños africanos que sonríen a cámara, una producción de varios ceros y una cuidadísima mirada opiácea sobre nosotros, pecadores del sistema.

Dicho lo cual...
¿Comprenden por qué vivimos en el peor de los mundos posibles?

23.8.11

Apuntes sobre el cine de Rob Zombie

La filmografía de Zombie es breve y coherente. De entrada, dos virtudes. Del mismo modo, sus cuatro películas parecen fluir con una extraña lógica, como un ensayo de puro cine que no terminara de cerrarse sobre sí mismo, cine que avanza en la duda, en el balbuceo, que emociona o que fracasa precisamente porque asume riesgos.

Reconozco que la primera vez que me enfrenté a La casa de los mil cadáveres no me gustó demasiado. Me pareció un producto pasable, lejanamente superior a las otras doscientas películas slasher que surgieron ese lustro al calor de un -incomprensible, pero intenso- revival Wes Craven. Sin embargo, una vez que la colocas al lado de Los renegados del diablo, y las dos partes de Halloween, la cosa cambia. Se convierte en el primer paso de otra cosa mucho más grande, un tremendo óleo de sangre y cultura popular sobre el que se pueden leer los esfuerzos por contar historias más allá del trazo grueso, del payaso asesino, de la teta por la teta. Zombie no quiere ser un imbécil a la sombra de la generación Tarantino, y por eso despunta y hace quiebros, se convierte en un recortador del gore, un pequeño auteur a medio camino entre El Bosco, David Lynch y las películas porno sesenteras. Es cruel. Es implacable. Es inteligente, y por eso sabe que lo suyo es la manipulación, el truco de magia, la extraña empatía con los monstruos, el deseo, el goce. Zombie maneja el problema del goce como Dios, y por eso está fascinado con La naranja mecánica, y por eso le quita a Kubrick el elemento intelectual y le introduce de lleno una vírgen/vixens siliconada, el mono/falo de 2001 pero en clave de country y con adolescentes fornifollando.

Y es que Zombie no es ningún machaca. La prueba evidente es esa especie de laxitud moral que recorre su obra. O, mejor dicho, su mirada. ¿Cuándo está Zombie hablando en serio y cuándo está hablando en broma? La diferencia con cintas como Planet Horror o Braindead es que, inquietantemente, Zombie lleva la cámara al límite de la carcajada y de la angustia... sin decidirse por ninguno de los polos. Es un equilibrista entre el horror y la coña marinera, de tal modo que al final sus cuatro cintas pensadas, así, en bloque, resultan ser una suerte de Crítica de la razón sádica. Lo que, para días en los que uno anda con la mirada torva, es maravilloso.

Me gusta. Me gusta cómo Zombie rueda el color del neón sobre la carne de las putas, me gustan sus adolescentes aterradas, me gustan sus cuerpos descuartizados. Me gusta, porque es una estética del Apocalipsis para resistentes. Si ahora tuviera 16 años, me gustaría Zombie incluso más que Bergman. Ustedes quizá no lo recuerden -quizá no lo hayan vivido- pero ciertos textos límite son textos de resistencia. Ideológica y personal. Zombie camina en esa línea, decidamos verlo o no. Y quizá esa es la clave: espacios de resistencia para un pensamiento gore.

18.8.11

Confesionario Pop



En las primeras páginas de la deslumbrante Amar en Madrid de Paco Umbral, el maestro escribía algo como "Madrid es una ciudad con cinco millones de habitantes, de los que al menos cuatro y medio son materia adiposa". El otro medio millón, supongo, se pelean entre los cafés de tribunal y las callejas del centro para ver si han entendido algo de Deleuze, de los Artic Monkeys o del último montaje de Pandur. Les quiero porque, en cierta medida, son mis pares, mis hermanos gemelos en la resistencia cultural del Pop (¿acaso hay otra posible, al márgen de ese Madrid-Barça patrio que hemos montado Indignados-JMJ?).


La industria del ocio -el pop, claro, es ocio, pero eso nunca se te ocurra confesarlo en serio- está muy ocupada pariendo monstruos. La industria de la cultura suficiente tiene con rascar una subvención y montar un sarao poético-político con la chavalada del antiguo PCE o de una rama cool de los socialistas. Se reían de Russian Red porque confesó que era de derechas pero la mitad de ellos se la hubiera llevado a la cama sin pensárselo dos veces. La tiranía de la estética es imparable, y el pop es también celebración de la belleza, ay, y por eso siempre me pilló lejos, utopías de niñas monas que querían ser portada de The last shadow puppets, o así.


Luego está toda esa materia adiposa. Esa Juana sin Arco, ese Bill sin Gates, aquella foto de aquel narco que viste de beige, y si fuera ella, la que quiera Dios que sea mi delito es la torpeza de ignorar que quién no tiene corazón. Cuando no tienes ideología, lo más sencillo es tumbarse en una escombrera y ver pasar las horas aferrado a un ensayo de la Arendt. Madrid está cansada de ser un tablero de ajedrez en mitad de una guerra inmemorial, no pasarán, pero hemos pasado todos. Hasta los niños feos que soñaban con la gloria literaria por las barriadas, chuchibiri cuchibiri.


Por lo demás, yo quería hablarte del timo de la estampita cultural, del tocomocho del pensamiento, de que al final si no sabes qué decir tires de Lacan, de Barthes o de Derrida y alguien te acabará por comprar la pose. Lo importante es la parte lúbrica del texto, esto es, si te irías a la cama con Russian Red o no. La cultura pop es una cultura sexual, perversa y polimorfa, una gran fiesta del falo a la que estamos todos invitados, y por eso es eterna. Le pones unas gafas de pasta, claro, pero anda que Vetusta Morla no se tienen que estar hinchando a pillar cacho en los festivales del verano. Y lo merecen, oiga, y lo merecen.


Este confesionario me resulta un poco estrecho, y además, no estoy seguro de merecer ninguna absolución. Si acaso, me escucharé el Ziggy Stardust de nuevo y coleccionaré estampitas de pin ups nocturas y empapadas. Por lo demás, ayer me decía Santa Juana de los Mataderos: "Aarón, o tocan La Oreja de van Gogh o para mí nunca será un conciertazo, y punto". Que Dios la bendiga. No necesita inventarse un personaje para resultar atractiva. Pocas cosas desarman y atraen con tanta fuerza como la verdad. Que Dios la bendiga y que bendiga también a los chicos de las JMJ. Como escribió Ray Loriga en un ataque de poesía invalorable: "En verano hace un calor de la ostia".

15.8.11

Sobre "Oso Leone"



Un parpadeo. Una polaroid movida. Ese segundo de silencio hace ya algunos años cuando cerraste los ojos con rabia en aquel vagón de metro y te juraste que jamás volverías a amarla. Unas noches después, otro cuerpo desnudo, atravesar las calles recién inauguradas a la primavera con el traje lleno de sensuales líquidos y pensar que le futuro te pertenecía. Resurrección, catarsis, habitaciones pobladas de secretos, dulces recuerdos que se amamantan con la sangre de los amigos. Todo eso está encerrado en el primer disco de Oso Leone. De la revolución a la sensualidad, de la declaración de guerra a la tristeza postcoito.


Mi generación jamás tendrá un zeitgeist, ni un himno, ni saldrá viva de este mundo. Mi generación está condenada a ser un erial populachero llena de malos músicos y espectáculos revival. Mi generación es culpable porque se arrojó con los brazos abierto a los peores vertederos de la música popular, esos en los que moscas iletradas se alimentan de tetas operadas, cantantes latinos recién salidos del armario y niños llorones que fingen pose andalú y olé. Eso lo sabe todo el mundo, porque todas las generaciones son iguales, y desde hace treinta años toda la música masiva es mediocre, o casi. Los músicos de verdad son francotiradores, gente peligrosa, libélulas en llamas que se dejan la pasta y el sudor sabiéndose exiliados desde el minuto uno. Los músicos de verdad son heraldos de dioses mendicantes que han olvidado su propio nombre y pelean con todas sus ganas una nota a pie de página, un hueco en el Ipod de la niña guapa -y triste- de turno. Los músicos de verdad tienen un par de huevos y son eternos. Oso Leone son músicos de verdad.


Lo que quiero decir es que si no vas a tomarte tu tiempo, si no tienes fantasmas que conjurar y no te apetece dedicarle un par de noches de insomnio, mejor ni lo intentes con temas como Falcó o Lovebird. Algunos discos no están pensados para escuchas de compromiso ni para utilizar el flashforward. Quizá ni siquiera están pensados para ser escuchados de día, y todo lo que encierran es nocturnidad, lubricidad, labios, ropa interior exquisitamente despojada, rincones indescifrables, experiencias furtivas. Necesitamos discos que permanezcan, que entablen debates, discos que sean un todo conceptual y totémico, no un puñado de canciones hiladas de cualquier manera. Necesitamos discos que respeten el tiempo de los instrumentos, que no se deshilvanen en trucos baratos, que no intenten violar a los relojes colocándoles un cuchillo en forma de sample en la garganta.


Necesitamos discos extremos, que se atrevan a sugerir un camino en sombras y lo sigan. Como el último disco de “Oso Leone”. Necesitamos discos que sean literatura –ahora mismo, por ejemplo, escucho “Trivial” y me gustaría pasar la noche escribiendo, cigarrillo tras cigarrillo-, discos que nos permitan olvidar -ay- la fuerza de los rebuznos en los chiringuitos, la generación-sin-zeitgeist, los bestsellers y toda esa mierda pseudocultural de la que pienso hablar en próximas entradas.



Háganme caso. Llévense el último disco de "Oso leone" a la playa y escúchenlo sin prisas y en estricta soledad al caer la noche. Les garantizo un dulce, honesto y exquisito escalofrío.

5.8.11

Kiko Amat y los "Mil violines"

Todos los años selecciono primorosamente los libros que me traigo al arrecife de Donovan. Intento que sean poderosos, intensos, directos, libros que pueda pasear frente al mar o frente a un Gimlet en la coctelería del pueblo, libros que pueda volver a releer, adictivos, espídicos, libros que sean auténticos placeres culpables. Libros que me hagan sentir realmente bien. No exquisitos ensayos decadentes sobre la estética de Hegel -que alguno también cae, todo hay que confesarlo-, sino trozos de vida que a veces publican las editoriales casi por traición. Mil violines, del crítico musical Kiko Amat, ha sido el primer descubrimiento y el primer cuelgue total del verano.

La música pop. Un libro sobre música pop, de acuerdo, como lo era también el estupendo "31 canciones" de Nick Hornby, como me gustaría escribir a mí en algún momento. Me gusta la gente que habla de música pop con naturalidad, sin referenciar el enésimo EP perdido del grupo en solitario del trompetista desconocido de la escena indie de Liverpool. Me gusta entender el pop como una pasión, el pop que le gusta a Kiko Amat y el que le gusta a otros, en fin, tengo amigos que me odian profundamente por engancharme a Fast Fuse de Kasabian y amigos que escuchan a Deluxe no por salir guapos en la foto del indie, sino porque les gusta de verdad. Tengo amigos que sólo escuchan reverencialmente lo que Pitchfork recomienda, y amigos que piensan que Radio 3 es un foco inmisericorde de modernillos recalentados, gafapastas, quiero-y-no-puedo de la cultura y así. Olé por todos ellos, porque a todos les quiero y todos tienen una relación extraña y sincera con su música. El pop, al final, es una etiqueta personal y gozosa, de buen goce, y por ahí va el libro de Kiko Amat. El tipo es honesto, escribe como un diablo mitad punk y mitad mod enfurecido y no le tiembla la mano a la hora de mentarle la madre al Imagine de John Lennon, o defender a capa y espada ciertos trabajos de El último de la fila (Olé, olé y olé, Kiko Amat).

Quiero decir que con "Mil violines" me ha ocurrido un pequeño milagro. He reído a carcajadas. Sin maldad, sin acritud, de buen rollo, como se ríe con los colegas en el bar cuando suena lo último de Arcade Fire (que tampoco le gustarán a Amat) y la cosa, simplemente, mola. Me gusta reír con los libros que leo, pero ocurre tan poco que al final la lectura parece a veces un ejercicio desolador de Aarón-contra-el-texto y Vamos-a-pillar-esa-referencia-a-Foucault, y así no se puede. No toda la literatura puede ni debe ser así. Y muy concretamente, no todo el ensayo puede ni debe ser así.

Con lo que, voy a decirlo claramente, Amat ha escrito un libro exquisito y valiente. Ya me hubiera gustado a mí tener el arrojo, la fuerza en la palabra, la mala leche y la falta de complejos para poner en negro sobre blanco ciertas cosas que él ha señalado. Larga vida al pop, a todos los pops del mundo, a todos los (buenos) oyentes de pop.

Como bonus del post, y por pura envidia, aquí van mis cinco canciones favoritas de lo que va de verano. Ya sé que no le molarían a Amat, pero qué quieren que les diga, hay que reivindicar las cosas jugosas:
1. Mumford & Sons - Little Lion Man
2. Russian Red - Mi canción 7
3. Vetusta Morla - El hombre del saco
4. Sean Rowe - Jonathan
5. Cualquiera del último disco de Folkidelia
6. Oso Leone - Trivial
Podría escribir mucho de estas cinco canciones. De algunas de ellas (en realidad, del último disco de Oso Leone en general) me he prometido hacer una entrada más temprano que tarde. Ahora, por el momento, voy a disfrutarlas.

1.8.11

Descalzos por el parque



Jane Fonda, tan hermosa, con ese gesto heredado de su padre, la mirada impenetrable y un cuerpo que se desliza por el encuadre como un garabato, cuerpo casi etéreo y nostálgico. Henry Fonda era capaz de poner en escena un dolor universal, un dolor del que el espectador no podía zafarse nunca -Las uvas de la ira es, quizá, el ejemplo mayúsculo-, y la hija heredó algo de ese latido trágico, de esa dignidad absoluta en la derrota. Que luego lo dilapidara inmisericordemente entre el maoísmo y el aeróbic es algo que siempre flota como una espada de Damocles en cada uno de sus fotogramas. Jane Fonda nos traicionó por la revolución, y después, traicionó a la revolución por el Wishful Thinking.


Y sin embargo, es necesario confesarlo, nunca he conseguido odiarla. Por supuesto, emito grandes y grotescas carcajadas siempre que proyecto en clase el demoledor A Letter to Jane: An investigation about a Still que firmaron al alimón Godard y Gorin, pero creo que no sueno sincero, que se me nota el cartón, que no cuela. Era imposible no amar a la primera Jane Fonda, la que era hermosa y vulgar como una gogó del extrarradio, la tontiloca, la enamoradiscada, la que nos regalaba sus mohínes de gata triste haciendo el camelo con total naturalidad delante del objetivo. Descalzos por el parque, por lo tanto, como la carta de amor pre-Vietnam y modestamente pop, sencilla e incorrecta, divertimento para las tardes grisáceas y sin ínfulas de cambiar el mundo.


Eso fue, quizá, lo que destruyó a la Fonda. Sus ínfulas de cambiar el mundo. Pillarse un charter rumbo a los arrozales de la muerte para hacerse la foto comprometida con el niño vietcong mutilado. Enfundarse unas mallas para conseguir que la sufrida ama de casa bajara sus kilos, reconquistara a su marido, se sintiera bien con su propio cuerpo. Cambiar el mundo, cuando el mundo era mucho más sencillo y hermoso en ese humilde decorado en Nueva York de diez paredes, un techo roto, una falsa ventana. ¿Qué más querían, si Robert Reford y ella lo tenían ya todo? Eran jóvenes, hermosos, prometedores, tenían un guión humilde, honesto y exquisito, una puesta en escena controlada y sin grandes trucos de magia. Tenían el cine, aquel cine, un cine sin ambiciones. Probablemente no fue suficiente. Ambos querían cambiar el mundo, así que o se fueron a Vietnam o se inventaron Sundance.


El tiempo pasa bien por Descalzos por el parque. Es una de esas cintas pequeñas y sólidas, romanticonas y cálidas, una cinta junto a la que uno se puede resguardar de la tormenta y calentarse las manos. Desde luego, no frenó las mutaciones del agente naranja, pero se mantiene incólume y valiente en pleno tifón postmoderno. Y, ay, por ahí se cuela la silueta dulce e imprevisible de la Fonda, nos llega tan hermosa, tan inocente, tan amable como esa Norteamerica que hemos soñado tantas, tantas, tantas veces.


Otra cosa es que el tiempo, nos guste o no, siempre nos traicione. El tiempo es sabiduría pura. El tiempo es un agujero abierto en el tragaluz por el que, ustedes ya lo saben, siempre se acaba filtrando la nieve.