29.6.11

Crítica: "Resacón 2"


Así que lo llamaremos, en toda su brutalidad, discurso-borderline. Cuaja en las sociedades del bienestar y se reduce en una mentalidad de grado cero, algo así como ese esfuerzo que ciertos individuos parecen realizar para contener su esfínter y respirar al mismo tiempo. El discurso-borderline tiene mucho que ver con las necesidades simbólicas de una subsociedad grasienta y adiposa compuesta por canis, nenes, trons, chonis, torrentes y demás fauna.

El truco de magia, por cierto, no deja de ser gracioso. Llega un choni y engaña a un tipo que quiere escribir en Cahiers du cinema pero que sólo llega a la gaceta de Oklahoma Sur. La cosa estalla y de pronto resulta que -¡joder!- un simio pegado a una cámara como Todd Phillips es un director de culto. Sus comedias son posthumor y los hijos bastardos de Jordi Costa celebran el descubrimiento de un nuevo auteur postmoderno, cuántico, deconstructor, deluziano. Es el traje nuevo del emperador, pero en versión kitsch.

(Un modernillo en un bar de la Calle La Palma se toma una mahou de tercio escuchando de fondo lo último en drum and bass y establece sinergias entre Jerry Lewis, La Hora Chanante y Todd Phillips. Al día siguiente una serie de cotorras con smartphones lo cuelgan en su twitter. Ya es tendencia: "Resacón en Las Vegas" era una buena cinta. F for Fake)

La cosa se pondrá fea. Phillips tiene que hacer los mismos chistes zafios, el discurso-borderline, venga tronco pásate la chusta, o sea te partes el culo con estos chinos que están to locos. La peli lo tiene todo: transex, un mono que finje felaciones, un monje budista, dos puntos de giro, un gordo gracioso, un guaperas y paisajes en los que te todos los poligoneros de Leganés querrían pasar el viaje de novios. Lo que no tiene, por supuesto, es ningún interés, ninguna coherencia, ningún chispazo cinematográfico por pequeño que sea. No saborea esa costra peligrosa y excitante que podría ser Bangkok, no se introduce en la problemática concreta de los Ladyboys -¡ahí estaba la cinta, y ahí la perdió Phillips!-, no tiene el valor suficiente para decir lo que hay que decir: que no se puede estar siempre desactivando el discurso del tercer mundo, o del exotismo.

Doy un pequeño rodeo. Hostel, una de mis cintas de terror favoritas de los últimos años, decía muy claro que al Otro no se le puede tomar por imbécil. La muerte de los/las turistas a manos de exquisitos y sadianos reyes de la industria era una metáfora tan poderosa de las sociedades del bienestar que todavía hoy puede poner los pelos de punta. En Resacón 2 el movimiento es el contrario: viajamos al tercer mundo para descerebrarnos, para encerrarnos en un resort con nuestra pulserita y, jajajajaja, traer las fotos en el Smartphone de vuelta, no veas qué risas con el Ricky vacilando a las de Punta Cana, tron.

Punta Cana, Bangkok, Cuba-mi-amol, Abu Dhabi... son distintas paradas de esta fiesta en el infierno. Los ladyboys están deseando deslizar todo su amor en la gran cama de matrimonio occidental. Pero mientras tanto, como escribió Heiner Müller: Cuando atraviese el cuarto empuñando el cuchilo, entonces distinguirán la verdad.

27.6.11

Canción triste de Camboya



Well, the earth died screaming
while I laid dreaming
Dreaming of you.
(Tom Waits)

No servirá de nada. Los cadáveres siguen cómodamente acunados en las fosas, soñando polvo y luciendo una media sonrisa entre pícara y agónica. Los cádaveres miran desde sus cuencas históricas un cielo vacío e intentan inventarse algo parecido a Dios o a la eternidad para superar el mal trago de estar muertos. Esto de morirse -lo decían hace poco La Zaranda- es algo para toda la vida. Los cadáveres han soñado polvo, un tribunal de polvo y osamentas, tibias y dientes de leche sumergidos en sangre, un tribunal de la Historia presidido por el ángel de Walter Benjamin y retransmitido en streaming hacia la nada existencial, hacia ese último suspiro en el que no existen ni las palabras, ni las cosas, ni la memoria misma.

Hoy, en un rincón del mundo, se está juzgando a cuatro líderes de los Jemeres Rojos. No significa nada para casi nadie y además, queda dicho, no servirá de nada. La gran fiesta del maoísmo siempre tiene las puertas abiertas, aunque con otros nombres y otros corazones. A los analfabetos más escandalosos de mi generación eso del maoísmo les suena extraño, alienígena, distante. Eso es una cosa de chinos, claro, y suelen olvidar que en Europa hemos escrito y pensado mucho bajo la sombra de Mao. Por ejemplo, este texto de Pierre Victor publicado en Le cause du peuple:

Para derribar la autoridad de la clase burguesa, la población humillada tendrá razón instaurando un breve periodo de terror y atentando contra un puñado de individuos despreciables y odiados. Es muy difícil emprenderla contra la autoridad de una clase sin que algunas cabezas de miembros se paseen en la punta de una pica.

Era Francia hace apenas tres décadas. Era el maoísmo. Cada vez que alguien afirma que el pueblo está humillado (¿indignado?) signfica que van a empezar a rodar las cabezas. Cada vez que alguien afirma que su palabra o su voluntad representa al pueblo será mejor que te pongas tus mejores galas, cariño, porque te acaban de invitar a la gran fiesta del Totalitarismo. Ya sabes, ese pequeño gran país en el que los ojos descubren de qué color son las entrañas, prosperan las tenias y los alegres parásitos en nombre del miedo y los esqueletos se acomodan al calor de los libros quemados.

No servirá de nada, y además, no le importa a nadie. Los cuatro verdugos se han puesto hasta el ojal maoísta de langosta fresca y ahora apestan a su propia mierda y a su propio alzheimer en una gélida sala sin número del Tribunal de Camboya. No hay catársis en el linchamiento popular de cuatro pellejos seniles, entre otras cosas, porque no hay catársis posibles para dos millones de personas que no fueron lo suficientemente libertarias, comprometidas, progresistas. No se comprometieron como Mao mandaba con el resurgimiento del Año Cero, no fueron buenos camaradas, no amaron lo suficiente a su patria.

Mientras tanto, China sigue alimentando sus psiquiátricos con gente afectada de "ilusiones reformistas", "exceso religioso" o "interés desmedido en modas extranjeras", bajo la mirada entre cómplice y estúpida de las potencias occidentales. Siempre hay deudas pendientes que pagar, corazón, y aquí abajo el baile no termina nunca. Los torturados hasta la muerte duermen en el carrillón del Eterno Retorno mientras los manicomios, los prostíbulos, las salas de reeducación, las clases con metodologías [de pánico] activas, los fumaderos de opio y la sala de espera del Infierno sintonizan, a todo trapo, la Canción triste de Camboya.

25.6.11

El día en que Lacan no encontró sus piernas

...y cuenta la historia que cuando ocurrió aquello de Mayo del 68, papá cuéntame otra vez y aquí en España andábamos haciendo Pilates para correr -todos- delante de los grises, los intelectuales de Francia andaban coreando masivamente el WakaWaka estudiantil y libertario. La revolución no será televisada, pero quizá si rodada por Jean-Luc Godard y después recopilada en económicos packs a 50 pavos, céntimo arriba o céntimo abajo.
Lo que decía. Que cuenta la historia que cuando ocurrió aquello de Mayo del 68, Lacan le espetó a bocajarro a los manifestantes:
"... les diría que la aspiración revolucionaria es algo que no tiene otra oportunidad que desembocar, siempre, en el discurso del amo. La experiencia ha dado pruebas de ello, a lo que ustedes aspiran como revolucionarios es a un amo. Lo tendrán..." (Seminario XVII)
La claridad -y la mala ostia- con la que el psicoanalista francés conectó al viejo Hegel con las alegres barricadas de postalita hay que pensarla en los términos del Discurso del Amo, del Discurso de la Universidad, y ya puestos del Discurso del Capital (sin lazo social, esto es, psicótico). ¿Por qué el Discurso del Capital es Psicótico? ¿Por qué nadie nos quiere? ¿Por qué todos queremos ser víctimas de algo -del sistema laboral, de mi hipoteca, de mi mala conciencia, del imperialismo yanqui, de Bildu, del PP, de los extraterrestres, de Izquierda Unida? ¿Por qué preferimos ser víctimas antes de ser responsables? Una posible respuesta podría ser la siguiente:
Y es que, después de todo, ¿quién iba a pensar que Rambo (la escena es de Acorralado II, un gran tratado hegeliano) suscribiría con tanta precisión el discurso estalinista, el discurso nacionalista, el Discurso el Amo? El Capital, está claro, no nos quiere. Lo que siempre nos quiere es la Madre Patria, la Madre Tierra, la Pacha-Mama, la madre nutricia a la que sólo se accede por la vía de la Revolución. Es decir: sólo se accede colocando otro ahí, un Amo, un "padrecito Stalin", un alguien soberano (un "representante del pueblo") que me permita seguir siendo esclavo, pero de otro discurso. Habría que quemar Lehman Brothers, claro, para (im)poner una estatua en su lugar que confirme que nosotros somos el pueblo, y que al ser pueblo, necesitamos representantes que nos manejen, representantes más fuertes y más brillantes, más "de pueblo", claro. El problema es que el pueblo está lleno de sangre. El problema es que el pueblo no quiere ser Amo: quiere ser víctima, cadáver, esto es, subvención, pasta, Capital. Y el Capital, repito, ni nos quiere ni es un lazo social.
¿Podría ser, oh my god, que el pueblo no fuera social? ¡Menuda contradicción biopolítica! ¿Podría ser que el Discurso del Pueblo, suponiendo que tal cosa exista, sea el Discurso del Nuevo Amo? Lo mejor, por supuesto, sería derrocar el Capital, el Pueblo, Lo Social, y al propio Rambo. Pero eso también lo dijo Lacan, claro:
[los científicos] comienzan a tener una pequeña idea de que podrían crearse bacterias terriblemente resistentes a todo, y que a partir de ese momento ya no se las podría detener y que tal vez limpiaran de la superficie de la tierra todas esas porquerías, en particular las humanas, que la habitan […] Sería un alivio sublime si de golpe estuviéramos frente ese es verdaderamente el signo de la superioridad de un ser sobre todos los demás, no solamente su propia destrucción, ¡sino la destrucción de todo el mundo viviente! Sería verdaderamente el signo de que el hombre es capaz de algo.
Pero, por lo demás, ustedes no deberían preocuparse. Mayo del 68 fue un breve paréntesis en la Historia/histeria, y hoy en día nadie está pensando en construír Nuevos Amos, ¿verdad?

23.6.11

Carta de amor a Sasha Grey



Querida Sasha:

Desde que te fuiste, las cosas no han vuelto a ser lo mismo. Te escribo, sí, con la rabia del amante despechado que acaba de arrojar tus vestidos y tus vinilos por la ventana, ya sabes, como aquella rubia histérica que se encaraba con Tom Waits en Down by Law. Nos quisimos tanto, Sasha, nos amamos con tanta sinceridad y tanta fiereza, con tanta complicidad...

Desde que te fuiste, Sasha, he invitado a casa -a nuestra casa- a otras mujeres. A Stoya, por ejemplo, o a Riley Mason, o a la vieja y buena Jenna Haze, que sigue dejándose caer por aquí de vez en cuando. La Haze es siempre la mejor: me prepara café, me canta Moon River y me deja apoyar la cabeza contra su hombro. También hay una amateur emo que se pone a aporrear la puerta a altas horas de la madrugada, y luego me insulta y me grita que soy una farsa y que la he utilizado. Lleva razón, claro, pero eso ya debería saberlo.

Algunas tardes, cuando vuelvo del trabajo, me siento triste y vuelvo a ver The Girlfriend Experience, y te maldigo entre dientes por ser tan hermosa y tan inteligente, tan mal bicho, tan incompatible, tan exquisita, tan distante, tan gélida, tan apasionada, tan reservada y entregada al mismo tiempo. Si, Sasha, eres un mal bicho, y ya me lo dijo otra Jenna (Jameson, en este caso) hace ya casi diez años: "Aarón, nunca te enamores de un mujer que mire como el I put a spell on you de Nina Simone. Esas son las peores".

Pero claro, ya era tarde. Era tarde en todos los relojes del cielo.

Desde que te fuiste, Sasha, ando dando tumbos por los hospicios y las güísquerías preguntando si te han visto en algún lugar, si dejaste algún recado, llame al encargado y pregúntale otra vez, por favor, quizá no se acuerda de mi cara pero estuvimos aquí muchas muchas veces. Unos dicen que te piraste a meditar y a expurgar tus culpas masticando tallos ázimos cerca de Pokhara, avergonzada por nuestra vida de pecado y exceso. Otros dicen que has montado un grupo y vas haciendo bolos por bares y gasolineras de provincia. Los últimos, los que te conocieron en mi misma intimidad, guardan silencio y se piden otro trago.

Por lo demás, espero que la fortuna te sonría y que encuentres -sea lo que sea- lo que estés buscando. Nos has dado tanto a cambio de tan poco que sería egoísta negarte el placer de lo compartido. Hasta que nos veamos de nuevo, recibe un fuerte abrazo:

Aa. R.

21.6.11

A Serbian´s Bob Esponja Film




Quizá ustedes no sepan quién vive en una piña debajo del mar, o que hace poco la BBFC volvió por sus fueros censurando la segunda parte de esa gamberrada para gourmets escrementicios titulada The Human Centipede. Quizá no sepan que la versión de Los cuatrocientos golpes distribuída en España mantiene la censura franquista hasta en los subtítulos. Quizá no lo sepan, pero lo que seguro que no se les escapa es que vivimos en un país rodeado por gilipollas, psicóticos aburridos y sacerdotes laicos de la subnormalidad. Y el lenguaje es su terreno favorito.

(Ahora mismo, quizá usted ha sentido un breve escalofrío al leer la palabra "subnormalidad" y ha pensado, aunque fuera de pasada, que hubiera podido escoger un término menos ofensivo con los discapacitados mentales. Bienvenido al desierto del totalitarismo, hermano/a).


La liebre ha saltado esta mañana cuando un colectivo compuesto por catorce padres (¡pobres hijos!) ha elevado una llorosa e indignada queja contra la serie Bob Esponja por considerarla "demasiado violenta". Los cuervos siempre otean mejor el horizonte si se posan en un buen crucifijo, ya se sabe. Los iluminados descienden de las atalayas, y como no pueden ir a quejarse con los Indignados, pues nada mejor que cuidar de los hijos de los otros, todos los hijos de España dándole ostias a sus compañeros, poseídos por el espíritu de una esponja mutante, pérfida, proterva, esquizofrénica, lujuriosa, esponja copuladora que busca ropa interior y se masturba -seguro- pensando en las provocativas curvas de Dora Exploradora. Los padres, iluminados por la fuerza de su verdad, en vez de dedicarse a educar a sus hijos -¡qué pereza!- están llamados a la labor mesiánica de educar a todos los hijos de todos los demás.

Estos cabrones son los que juraron que toda mi generación se convertiría en una inmensa bestia asesina por ver Bola de Dragón y las Tortugas Ninja, los que intentaron a toda costa que no compráramos videojuegos, los que asustaban a nuestras madres en las reuniones del APA/AMPA. Estos cabrones son los cirujanos del Nuevo Lenguaje Políticamente Correcto en Paridad e Igualdad De Oportunidades donde todo se escribe en mayúscula, femenino y masculino, aunque nada signifique gran cosa. Estos cabrones son los que, a principios de la transición -¡cómo odian las democracias!- se pusieron con Blas Piñar a repartir puñetazos en la puerta de los Alphaville -actuales Gólem- cuando estrenaron Yo te saludo, María. Estos cabrones escuchan a Julio Iglesias o a Victor Jara, son de Izquierdas y de Derechas, quieren meterse en tu cama y obligarte a fornifollar con Igualdad de Género o haciendo el misionero para tener muchos hijos, quieren meterse en tu carro de la compra, quieren que no leas a Foucault sino a Rhonda Byrne, quieren que te conviertas en célibe o en una máquina plurisexual capaz de gozar por todas las pieles y todos los agujeros... pero políticamente. Lo que no quieren, bajo ningún concepto, es que hagas lo que realmente crees que debes hacer. Ellos ya leerán los libros por tí, verán las películas y las series por tí (y por tus hijos), y al final del día tendrás una dieta baja en grasas, sangres, lluvias doradas... y una estupenda pastillita de Prozak para calmar el alma.

Bob Esponja, dicen, vive en una piña debajo del mar. Los médicos que no quieren cuidarle le diagnosticarán hiperactividad y le enchufarán lo que mande el DSM. Cuando crezca, será un adolescente problemático (¿cuál no lo es?), escuchará cds de Marilyn Manson, se enamorará un poquito de Riley Mason o de Gianna Michaels, los triunfadores de la clase submarina le harán bullying pero saldrá adelante. Será feliz y será inmortal. Un día, si todo va bien, quizá lea el Zaratustra y será capaz de emitir una carcajada terrorífica y demente, una carcajada de sorpresa y de celebración de la vida. Mientras tanto, en las cloacas, esa materia adiposa que Sabe-Lo-Que-Es-Bueno-Para-Tí se cabreará porque no apoyas a la peña del 15M, o porque ves películas sucias, o porque piensas que Truffaut no era un facha de mierda. Te odiarán porque estás permanentemente enamorado de la libertad.

Y, ya lo sabes, los esclavos odian a la gente absolutamente libre.

20.6.11

Parpadeos del domingo - Día de la música 2011


All sound like a dream to me,
All sound like a dream to me,
All sounds like a dream...
(Destroyer; Kaputt)

The sky was covered up in blood
I didn’t know I left the radio on
Until I heard it singing from the mud...
(Sean Rowe, Jonathan)
And the memory is cruel
it reminds there’s no one new
time is nothing but a lie
if she’s not coming home tonight.
(Russian Red, The memory is cruel)
"She can say, she can say, she can say
She can say, she can say, she can say
Who knows what shes gonna say..."
(Caribou, Odessa)

19.6.11

Crítica: "Hanna"


Lo reconozco: no me gusta el cine de Joe Wright. Me parece un formalista, un pedorro, un chiquilicuatre de la estética, un maestro en el timo de la estampita. Intenta hacer trucos de magia bajos en calorías y que manchen poco, como el famoso plano secuencia de Expiación. Wright quiere ser un auteur, pero no se da cuenta de que sus historias son profundamente mediocres, esquizofrénicas, completamente incomprensibles. Y como no sabe, pongamos por caso, rodar una conversación y dejar que fluya el diálogo, hace lo que hacen todos los malos formalistas: intenta deslumbrar, fuerza el discurso, se pone el traje de equilibrista y se lanza al vacío.

Pensemos en Hanna. En la forma fílmica de Hanna. Como Wright no sabe contar la historia, simplemente la divide en dos: escenas de mucha tensión (persecuciones, tiroteos, ostias-como-panes) rodadas mediante montaje sincopado a ritmo de techno. A mitad de la peli, como se siente poco auteur, introduce lo mismo pero en plano-secuencia. Luego están las escenas "de bajón" o "de tranquis", para utilizar una terminología poligonera. Entonces se pone poético y reduce el ritmo hasta el sopor, se recrea en los pequeños gestos de una menopáusica Cate Blanchett, o en los -nada excitantes- juegos lésbicos entre dos lolitas teen amigas-para-siempre-amicyulalgüeisbimaifrend.

Verán, la movida de Hanna es muy sencilla. La peli que Wright quería rodar, qué mala suerte, resulta que ya la rodó hace dos años otro tipo. Se llama Los límites del control, el director es Jim Jarmusch, y por cierto, es una inmensa obra maestra. Wright, que no suele enterarse de por dónde van los tiros -rodar en pleno 2005 la enésima versión de Orgullo y prejuicio es bastante sintomático-, no sabe que los Chemical Brothers no hacen la misma música que Sun O))), y que rodar un buen número de flamenco es una de las cosas más complejas del mundo. Valga el Vengo de Tony Gatlif como ejemplo. Pero no, a Wright le importa todo un bledo y rueda saturándolo todo de referencias, de coñas, de mugre postmoderna. Rueda igual a un skin sharpero que a un sabio musulman que a un poligonero de Andalucía que a un agente del FBI. Y así no se puede. En vez de forma fílmica, Wright ha realizado un mix lleno de efectos especiales, petarditos, potaje cinéfilo para vomitar a la salida. Dicho claramente, no se puede mezclar Matrix con Jarmusch con Fassbinder con Yo, Cristina F. con Fritz Lang con James Bond y pretender que la cosa tenga el menor sentido.

Pero, por lo demás, Hanna es interesante desde el momento en el que demuestra con total precisión un dogma estético que ni Gombrich. ¿Se lo imaginan? La potencia sin control no sirve de nada.

17.6.11

Crítica: "El inocente"


Venga, suéltalo. No importa confesarlo: has soñado en escapar lejos de aquí, quizá montada en el asiento del copiloto de un Lincoln, lejos de este país que huele a humo, billetes de cincuenta euros salpicados de semen, sonrisas afiladas. En este país los tipos peligrosos no te hacen el amor y se marchan por la mañana: simplemente, te roban la cartera y te meten en un piso de mierda. Habitar tu vida es problema tuyo. Pero ya lo dijo Kracauer: "El espectador echa de menos la vida. Y se siente atraído por el cine porque provoca en él la ilusión de estar participando -desde su butaca- de la vida en toda su plenitud". Bendito Kracauer, dime si no le hubiéramos invitado esta noche a tomar unos tragos con nosotros.

Pero por el momento, ya he dicho que no importa confesarlo, yo sueño con escapar al paraíso que encierra en la piel una Marisa Tomei que cada año está más guapa y más seductora, en fin, no como esas petardas que hacen cola en los probadores del H&M poniendo morritos en las fotos que se hacen con el HTC que les ha regalado Vodafone. La mujer es Marisa Tomei, y el hombre es un Matthew McConaughey que te romperá el corazón, ya lo verás, si cometes el error de acercarte demasiado a la pantalla. Mucha modernidad, y mucha teoría, y podría estar engañándote hasta el amanecer para sugerirte, en fin, que El inocente es una inmensa película, un ardiente thriller secreto lleno de sudor, buenos diálogos, alcohol, cárceles gélidas, dormitorios en llamas, buenos y malos. El inocente es cine, gracias a Dios, y también es belleza, y es resistencia. Resistencia ante el 3D, resistencia ante la estupidez general, resistencia ante el mal gusto.

¿Sabes? Siempre que conduzco al caer la noche -escuchando, por ejemplo, Ain´t no love in the heart of the city en la versión de Bobby Bland- me dejo llevar por ese imaginario de colores saturados y calles en sombra que se inventaron tipos como Sydney Lumet, Gordon Parks, Joseph Sargent o incluso Sam Peckinphah. Todo eso regresaría muchos años después en The Wire -no te engañes, amor, no hemos inventado nada: The wire es una mezcla de Parks y Dostoievsky- pero simboliza un poderoso núcleo de construcción cinematográfica. Escuco a Bobby Bland, ya digo, y entonces las calles cambian y se convierten en esa América que soñé compartir contigo, ese país lleno de yonquis filósofos y abogados corruptos con alta responsabilidad moral, ese país en el que los viernes podría pasarte a buscar con mi Lincoln, una botella de Southern Confort y un montón de buenas intenciones. Esa América sólo existe al otro lado de la pantalla, y sin embargo, a veces me confundo y pienso que en efecto, la noche y el sueño todavía nos pertenece.

Andar despierto por este pequeño trozo de Europa, en ocasiones, es simplemente una cuestión de no dejar que nos roben la mitología íntima. El inocente me ha sacado a bailar y, en fin, era una tipa guapa, un pelín salvaje y enormemente agradecida. Viendo cómo está la cosa ahí fuera, no me dirás que no merece la pena darle dos horas de tu tiempo a un ejercicio erótico-cinematográfico sincero, sincronizado... y sin compromiso, claro.

15.6.11

Crítica: "Insidious"

En la crítica que Mónica Jordán publicó hace un par de días en Miradas de Cine, daba en el clavo al conectar los núcleos del terror que se disparaban en Insidious con la problemática de lo temporal. Si para ella el punto de ignición era el tiempo entendido como huella del pasado (el corazón del género de terror es eso que los amigos del psicoanálisis llamamos "el retorno de lo reprimido"), sería lícito pensar que esta posibilidad se abre a múltiples lecturas. De algunas de ellas pienso hacerme cargo en los siguientes párrafos.
Seleccionemos al azar a un sujeto de Occidente. Su relación con el tiempo suele ser problemática: lo llena de cosas estúpidas, pensando probablemente que el alegre consumo de sustancias farmacológicas o de placebos tecnológicos le va a salvar de las huellas de lo real. Las huellas del tiempo son necesariamente reales, mientras que las huellas del deseo o de la identidad tienden a ser virtuales. Facebook, Badoo, AdultFriendFinder son espacios que actúan como el limbo de "Insidious": literalmente, espacios sin tiempo, espacios en los que el tiempo no existe. El sujeto que se desdobla en un viaje astral 3.0 es el sujeto que se olvida su cuerpo real (su cuerpo enfermo, su cuerpo imperfecto, su cuerpo de senos fláccidos e impotencias, su cuerpo de excremento, pelo y pus), y se apunta a la moda del otro lado, del tiempo descerrajado.

El cine de terror contemporáneo ha sido exquisitamente hábil para proponer una adaptación palomitera del ser-para-la-muerte, y ya de paso, injertarla en el tejido de lo familiar. Las relaciones entre el tiempo, el terror y la familia, se repiten como un mantra, semana tras semana, en las carteleras. En Paranormal Activity, por ejemplo, todo lo que había era un tremendo ejercicio (fracasado) de puesta en forma, un baile entre el horror y el tiempo: el plano fijo, mantenido minuto tras minuto, obligando a mirar al espectador, a construír. Y, en la misma dirección, imprimiendo sobre las escenas las coordenadas temporales: fechas, horas, minutos, segundos para el horror. Lo mismo ocurría en la muy superior El exorcismo de Emily Rose, en la que los relojes eran los heraldos últimos de la angustia, y marcaban con dulces mordiscos el cuerpo torturado de la protagonista. A las 3:33 de la mañana, Occidente se planteaba que, después de todo, el demonio existía y estaba agazapado en un rincón de lo íntimo. En Insidious, el juego es el mismo: ver cómo la familia se desmorona porque alguien/algo llama a la puerta de atrás. La cinta, de hecho, comienza de manera exquisita: un niño sueña. La cámara se desliza del sueño del niño al interior de un reloj de pared en un moroso travelling. Al principio, bajo los engranajes no hay nada. Luego, lentamente se dibuja el siguiente rostro:


La cinta ha desplegado las cartas encima de la mesa y mantendrá la apuesta. Se equivocará en varios momentos -lo que Jordán referencia como guiños al Giallo, por ejemplo, yo lo metería en el cajón de la pereza intelectual y de la cutrez en la dirección de arte-, pero también acertará en el escalofrío, en el juego de tensión/calma, en el juego con los nervios del espectador mediante lo que se muestra y lo que se sugiere. A veces la cinta se convierte en un putón verbenero y kitsch que se pinta los morros en el cabaret del remordimiento, otras veces quiere ser un documental gélido y perverso. Peca de ingenuo, saca la lengua, utiliza trucos baratos o mata de miedo. Una de mis escenas favoritas -la conversación entre la medium y los padres en el salón de la casa- es terrorífica precisamente porque no ocurre nada en absoluto: el rostro de los que hablan se presenta rugoso, feo, sin maquillaje, descarado en su inmediatez. Simplemente eso: rostros familiares que se enfrentan al horror.

Por lo demás, ¿quién es la mujer que sonríe desde el reloj de cuerda? ¿Habrá una segunda parte que mejore los baches de guión y de dirección artística? ¿Seguirá el cine de terror viviendo esta excelente edad de oro por la que andamos transitando en la última década y media?

13.6.11

Aa. R. / A. D.





Yo, como tantos otros. Yo, desmemoriado, y sin embargo, profundamente aquejado de la enfermedad/Magdalena de Proust, de la enfermedad/fotografía de Proust, yo siempre perseguido por Antoine Doinel, siempre regresando a Antoine Doinel, siempre escribiéndole larguísimas cartas en el filo de todas las madrugadas del mundo sin recibir respuesta, acuse de recibo, algo.


Doinel me encontró -como a tantos otros- casi por sorpresa. Con quince años, por ejemplo, quería ser Peter Pan y leía mucho a Barrie, a Kafka y a Luis García Montero. Con veinte quería ser el Ché y leía mucho a Benedetti, a Neruda y a Jean-Paul Sartre. Luego, unos años más tarde, me encontré con Antoine Doinel y me sorprendió la belleza y la exquisitez con la que estaba ya todo explicado.


Luego, unos años más acá, quedo con Doinel en las barras de los bares de Tribunal los viernes por la noche, me acompaña en la sombra de un Dogbreath e invertimos largas horas discutiendo despiertos hasta el amanecer, hablando siempre de mujeres y de gestos, de escotes, de aquella tarde en blanco y negro, del ruido del traqueteo de los trenes, de si nos gustan más las faldas largas, cortas, plisadas, a cuadros, de los tacones o las bailarinas, y así todo el mundo es la mujer, y toda la mujer es mundo. Doinel me roba los cigarrillos y me lleva haciendo eses por la habitación hasta que nos quedamos en silencio y me pregunta, en fin, cuándo le voy a llevar a ver el mar.


Otras veces, Doinel me sale al paso por las calles antiguas del barrio y entonces es un niño insoportablemente triste que se rompe la garganta a carcajadas y recuerda toda la amargura grisácea de los años encerrado tras los muros de cemento de un colegio cualquiera. París/Madrid, Balzac/Kafka, el descubrimiento de la literatura como un disparo en la sien y el frío de los niños pobres que imaginábamos una pornografía naïf al caer el otoño. Alguien tenía que hablar de todo aquello. En mi generación los gilipollas hacían cola para comprarse el cd de Ricky Martin (cuando era hetero, claro) y después llegó la hecatombe latina con esas pseudoputas de ritmo entre tribal, epiléptico y borderline. Cómo no iba a hacerme amigo de Doinel, pasados los años, y cómo no iba a recordarle puntualmente siempre, hace un rato, mañana, el año que viene.


He leído por algún lugar que otros se reinventaron su infancia para hacerla más feliz y más publicable. Tienen suerte. Doinel, yo, y otros muchos no pudimos y tuvimos que cargar con nuestro madero lleno de clavos y salir a los caminos para pelear la mujer, el encuentro, y finalmente, el amor en fuga. Si el amor no está en fuga, ya lo sabía Truffaut, ni era amor ni merecía ser rodado apasionadamente. Tanta Nouvelle Vague y tanta gaita para que al final acabáramos viendo el puñetero final de Matrimonio conyugal y pensando que, joder, ahí estaba todo: lo bueno, lo malo, el final feliz y el final triste, el payaso descojonado a lágrima viva, el alegre cadáver.


Probablemente, ustedes saben de lo que hablo. Lo intuyen, como una tarántula cercana y cariñosa. De lo contrario, no creo que hubieran llegado a este blog, ni mucho menos, a este punto que cierra la entrada de hoy.


9.6.11

Crítica: "¿Quién mató a Walter Benjamin?"






Ciertas conversaciones requieren de una cierta forma. La manera en la que hablamos indica también la manera en la que pensamos. Esa magnífica red de significados y resonancias que tejemos con la puesta en escena es, al final, lo que cristaliza en el espectador, lo que late en el interior del texto, la importancia radical del texto. ¿Quién mató a Walter Benjamin? quiere decir cosas, muchas cosas, quiere decirlo todo y denunciarlo todo, pero parece no encontrar palabras, formas, encuadres, capaces de hacerse cargo de la Historia. Y es que la Historia, pensada con mayúscula y a estas alturas, es una forma pura y demoledora -véase Lanzmann/véase el final de Film Socialisme - o no es nada en absoluto.



En el cine se puede decir la verdad. Ford y Tarkovski, por poner dos ejemplos limítrofes, casi siempre dijeron la verdad. La forma, en sí misma, puede ser verdad o puede ser una maravillosa astracanada. La nave se va, pero el Walter Benjamin de David Maua se queda en tierra, con cara de circunstancias, con maleta o sin maleta, cadáver u olvidado. Walter Benjamin, por todo lo que implica Walter Benjamin, requiere una forma que no recuerde las piezas rancias de "Informe Semanal" en los ochenta, requiere fuego y aullidos y dejarse la piel en los fotogramas. Hay que decir la verdad, pero hay que pensar que la cámara, el AVID, el sonido, la puesta en forma, son herramientas que también dicen su verdad.



Un ejemplo. Maua -con su mejor intención, qué duda cabe- introduce locuciones pseudopoéticas pronunciadas por él mismo a toda velocidad. Pero la intención no es suficiente. Las locuciones suenan pomposas y llenas de grumos, forzadamente solemnes, incomprensiblemente engoladas. El autor se introduce en el texto por la fuerza bruta, gritando "Yo estoy aquí", cosa muy contemporánea pero que no funciona siempre. El autor le da un codazo al propio Benjamin, pero no llega a ser autor, porque al final y a lo peor, no habla de ni Benjamin, ni de su muerte, ni del Ángel de la Historia, ni de sí mismo.



¿Qué quiere decir Maua? Porque Maua lo dice claro desde el título (Quién mató), pero luego se acobarda, lo sugiere pero no lo sugiere, lo intenta decir pero le faltan pruebas y mete en cámara -ay Dios- a una experta en grafología para que justifique -ay Dios, de nuevo- lo malo que era un cura vengativo en la postguerra franquista. A Maua le falta hacer la ouija, poner a una tipa lanzando cartas del Tarot, y después, salmodiar otra locución poética a toda leche, locución modelo Poesía Power Point, locución que nada tiene que ver con el pobre Benjamin. Maua quiere decir que al filósofo le mató la Gestapo con ayuda del Régimen de Franco, pero no lo dice, lo sugiere y se va de vacaciones, tira la piedra filosofal y esconde la mano manchada de sangre. Y eso no es un documental, es una sugerencia o, en el límite, es teoría de la conspiración.



¿Y saben qué es lo peor? Que puede incluso que sea verdad.

6.6.11

HOTEL KID: La chica que nunca escuchaba a Dylan





...habrá pasado casi un lustro, quizá cuatro años, pero la conocí en el 2007 tras el otoño de las grandes lluvias, cuando Los Ángeles era un desfase de smog y las aspirantes a actrices que se pasean por la puerta del Rialto comienzan a enseñar menos escote y a ponerse manga larga. La chica que nunca escuchaba a Dylan andaba todavía sobria recitando versos de Oscar Wilde a los gatos tristes, a las calles cortadas y a los borrachos que se dejaban caer por los bulevares. Yo todavía no lo sabía, pero quizá si hubiera mirado el mundo con más atención me hubiera dado cuenta de que apenas era una niña, una niña que había venido -decía Gil de Biedma- a llevarse el mundo por delante.



Creo que nos hicimos distantemente cómplices, aunque no demasiado. Apenas coincidíamos en la recepción del Hotel en alguna mala resaca para pasarnos unos alkaseltszers de bajada suave y tacto de cemento. Ella se había mudado a LA porque -como tantas otras adolescentes tardías de su generación- había perdido el tren de la contracultura y quería convertirse en vegana de renombre, salvar a los osos panda, cantar canciones en mi mayor y otros pequeños vicios que duran menos que el amor en una peli porno. Entonces, teniendo en cuenta que nunca supe hacer bien ciertos cálculos ni usar gomina, cometí el Gran-Error.



Con algunas mujeres, el Gran-Error es irse a la cama. Con otras, es pagarle unas fantas calientes en bares de mala muerte y peor salida de emergencia. Con la chica que nunca escuchaba a Dylan, mi gran error fue pensar que realmente alguna vez despertaría a medianoche en mi pequeña habitación del Hotel Kid y la encontraría con un cigarro a medio consumir tarareando I want you y leyendo algo de Ginsberg. Pensar que poco a poco descubriría -en el 2007 ella frisaba los 17 palos, así que todavía podía descubrirlo todo- el Are you experienced?, el Ok Computer, el cine de Bresson o la Teoría Afterpop. Jugar a ser Pigmalión, ya se sabe, troquelar con la precisión de un cirujano exquisito todo el excedente cultureta y gozoso del XX. El Gran-error fue pensar que el futuro le pertenecía, que sabría no equivocarse, no hacerse mayor, no acabar corriendo los domingos por la mañana junto al entrenador personal en gimnasios con luces indirectas. Pensar que los sesenta seguían aquí, en la era de la comunicación 360, las lágrimas de Lehman Brothers y la musiquilla mojabragas de Justin Bieber.



Pensar, en fin, que si le regalaba el Nashville skyline no me miraría como si fuera un extraterrestre. Pero ya lo dijo Manuel Torreiglesias: "¡Claro que sí, campeón!".



Por lo demás, pasó el tiempo como pasa casi siempre. Hace una semana acompañé a Julius -el conserje de color de nuestro hotel- al depósito para retirar el viejo Oldsmobile del 55 que había dejado tirado de cualquier manera en la hora de los oficinistas, y me topé de cara con la chica que nunca escuchaba a Dylan. Me contó lo que ya sabía, lo que no quería saber y lo que cualquier tipo más listo que yo se hubiera imaginado: que ganaba un pastón como representante de una importante marca de papel higiénico, que el MBA había sido lo mejor que le había pasado en la vida, rollo-conoces-mazo-de-gente-networking-y-tal, que no pensaba tener hijos en los próximos cuatro siglos porque su trabajo era lo más importante y que había aprovechado un viaje relámpago a Miami para ver en directo a Ana Torroja, que siempre le había gustado mucho.



Me marché casi sin hacer ruido. Seguía estando buena, claro, pero había perdido la posibilidad de ser alguien interesante por el camino. Y la historia, esta pequeña historia, terminó como deben terminar siempre las buenas historias:



As I was walkin' away
I heard her say over my shoulder,
"We'll meet again someday on the avenue,"
Tangled up in blue.

5.6.11

Crítica: "El árbol"


Hace ya un tiempo, en este lugar donde hoy los bosques se visten de espino, hizo fortuna un alegre mensaje para copiar y pegar en los muros de facebook que decía tal que así:

Por favor, copia y pega esto en tu estado si conoces a alguien o has sido afectado por alguien que necesite una hostia en la cara. La gente que necesita una hostia en la cara afecta a muchas vidas. Aún no se conoce cura para la gente que necesita una hostia en la cara, ¡salvo una hostia en la cara! El 93% de la gente no pasará esto... ¿Por qué? Porque probablemente necesiten una hostia en la cara.


Más allá de la absoluta genialidad del anónimo creador del mensaje, un fantasma recorre Europa. El fantasma de los niños educados en la alegre tolerancia pacífica del hijo-haz-lo-que-te-de-la-gana-porque-eres-libre, los niños que gritan a su madre que le van a partir la cara, los niños que canibalizan y totalitarizan su espacio familiar porque las modernas técnicas de peda-bobo-gía se lo han permitido. Si vd. quiere que su hijo sea educado por la TDT, déjele delante de incontables horas de Little Enstein, escuche a Supernanny, jamás utilice el castigo sino la reflexión abierta y participativa sobre las normas familiares, y por supuesto, llame fachas a aquellos que defienden el bofetón pedagógico. Los resultados están garantizados.


"El árbol" es un ejercicio de pornografía emocional que utiliza la premisa del luto para intentar levantar una supuesta fabulita sensible, familiar, poética y predecible. En vez de aprovechar la naturaleza áspera de la muerte para organizar algún tipo de reflexión, lo que propone es un canto al animismo, al totemismo, al pensamiento mágico y otras memeces muy del gusto de los fans del pensamiento positivo y El secreto de Rhonda Byrne. Es la típica cinta que parece pensada exclusivamente para ser reseñada en Yo, Donna, en Mujer Hoy o si me apuran, en ese programa de Telemadrid que presenta una rubia-rayos uva con pendientes de perlas. Les regalo dos o tres frases que pueden utilizar, son creative commons:

1) "El árbol es un canto a la familia, a la esperanza, una lección de supervivencia que demuestra que el amor lo puede todo..."
2) "El árbol es un canto al amor, a la esperanza, una lección de supervivencia que demuestra que la familia lo puede todo..."
3) "El árbol es un canto de esperanza a la supervivencia, una lección familiar que demuestra que todavía se hacen buenas películas, no como las de ese europeo repugante que obligó a la Gainsbourg a cortarse sus partes delante de la cámara..."

Y así hasta el infinito.

Un fantasma recorre Europa. El fantasma del pensamiento mágico, de la profunda estupidez, del pensar que el universo conspira para que nuestros deseos se cumplan, el fantasma de delegar en otros nuestra responsabilidad: yo no soy un zote, es el universo, son mis chakras, es mi karma, es el Tío Boome, es la Pachamama, son las Terapias Alternativas, es Iker Jiménez, es la Homeopatía, la Acupuntura y el librito de Hessel.

Pero vayan a ver El árbol. Tiene un plano de una medusa que es estupendo, la verdad. Y, sobre todo, fomenta esa idea tan bonita y tan cómoda para los padres que afirma que la mejor manera de educar a un hijo es, simplemente, dejarle hacer lo que él quiera hasta que se canse.

3.6.11

87 años sin Franz



...mientras las Xiqui_Xonis de la periferia se masturban impecablemente frente a una pantalla de plasma en la que un vigoréxio sonríe amablemente a la cámara y afirma, no sé, "qué esto el 15m es como muy fuerte, ¿no?", y mientras los chavales de quince años le juran a su madre por lo más sagrado que le van a partir la cara de una ostia, ya está bien, y que por qué les trajeron a este mundo de mierda si ahora se niegan a darles trescientos pavos para comprarse una Blackberry que ya tiene todo el mundo, vamos no me jodas, y mientras un tipo anodino que casi nunca habla con nadie en la oficina intercambia fotos de su último viaje a Thailandia por el 4chan, canal /b/, y piensa quizá que las redes sociales son un gran invento...
...mientras en la periferia los gitanos trapichean, y los payos trapichean, y las marujas trapichean, y los gorriones y las multiplicaciones y la sangre de pato trapichean, y mientras la niña de un afamado político se mete una ostia del quince con su recién estrenado mini nuevo en una carretera comarcal cerca de un agradable pueblecito de Andalucía en el que a otro chaval de quince años le han dado una reverendísima paliza por vestir siempre de negro y tener un universo propio inconfensable, justo mientras en mi cadena suena el Any colour you like de los Pink Floyd, que es uno de los mejores temas de uno de los mejores discos de la Historia...
...mientras una asiática de treintaypico palos es obligada a prostituírse en un pequeño piso en el centro de Madrid vestida de Lolita en un gélida habitación decordada con sábanas de Bob Esponja (Chicas18, Asiáticas18, Loli18, dulces, comprensivas, cariñosas, fabricadas a la medida de este mundo occiental), y mientras un tipo con la cara roja en un bar de la periferia afirma tras el cuarto chispazo que vaamatarasumujer, vaamatarasumujer, eldiamenospensadoqueyoestoymuloco, y así en una espiral que desemboca de nuevo en la reina de las Xiqui_xonis se sube mecánicamente el tanga comprado de oferta en el mercata de debajo de casa y se pregunta, qué movida, si hoy El Rulas se tirará el rollo y les pasará calidad para la fiesta naranja...

¿Cómo era aquello? Ah, si... "convertido en un horrible insecto".

1.6.11

Leonard Cohen, Premio Príncipe de Asturias 2011



I.
David Lyon, en la página tres o cuatro de su excelente libro Postmodernidad -título tan seco como un trago de Ron Pálido-, decidió incorporar una cita de The Future, uno de los temas mayores de Leonard Cohen. Nanni Moretti, en el primer fragmento de Caro Diario, incorporó las primeras estrofras de I´m your man. Morente reinventó el First we take Manhattan y aquello sonaba como un Dios de delirio, poesía y flamenco capaz de arrasarlo todo a su paso. Leonard Cohen se filtra por las junturas de la cultura del XX y está en todas partes: en Oliver Stone, en Los Soprano, en las mejores noches de La parada de los monstruos.

II.
Cohen recibe de sí mismo la pertenencia a una carnalidad sagrada que no puede entender casi nadie que no haya soñado con ser un hombre santo o un libertino incorregible. No se lleva bien con las modas ni con las emisoras de radio. Cuenta la leyenda que en su primer concierto sufrió un ataque de pánico y le espetó al público: "¿Acaso no véis que sufro más que nadie de los que está en esta sala?". A juzgar por sus letras, probablemente fuera cierto. Para escribir versos tan ásperos como los de Famous Blue Raincot un tipo tiene que tener una habitación alquilada en los suburbios del mismísimo infierno. Cohen es la pose del poeta, el cigarrillo, la mirada cansada, la lluvia total que arrastra una ciudad de huérfanos y mujeres desquiciadas, alcantarillas por las que se resbala un deseo profundamente peligroso... y, por supuesto, la grieta en la bóveda última del cielo por la que, finalmente, se filtra una luz dorada e incontestable. La luz en Cohen. Siempre soñé con conocer a una mujer que, al cerrar los ojos, fuera comparable con los primeros versos de If it be your will.

III.
En el universo de Cohen siempre me he sentido como en casa porque sus preocupaciones son -a grandes rasgos- las mismas que las mías. De hecho, a veces creo que Cohen sólo tiene tres grandes temas que, por otra parte, son Los-Tres-Grandes-Temas: el Otro, la Mujer y Dios. Es decir, que el universo de Cohen es el Occidente poético que no sobrevivió a los sesenta ni a la resaca beatnick pero que, bueno, en fin, es la mitología de los pequeñoburgueses que nos resistimos a cambiar nuestro Dios-Araña o nuestro orgasmo por una Blackberry o un mueble de Ikea. No me digan que no saben de lo que hablo. Es de esa promesa de multiversos que sueñan a veces, al caer la tarde, cuando se enfría el café en la cocina y las palabras pronunciadas retornan para cortarnos los labios.
It is in love that we are made;
In love we disappear.
Tho’ all the maps of blood and flesh
Are posted on the door
Todo esto valdría para conseguir el Premio Príncipe de Asturias, por supuesto, pero hay algo más. El año pasado, si lo recuerdan, el gran ganador en otra categoría fue el sociólogo Zygmunt Bauman. No piensen que la línea de reflexión no está clara. Cohen ha traducido en música popular lo que Bauman disparó a matar desde la sociología. First we take Manhattan y The Partisan, por poner dos ejemplos, son canciones que nuestro pequeño mundo líquido necesita urgentemente. Holocausto y Modernidad será la canción que Cohen soñaba en sus noches de pesadilla judía. Los textos hablan, y nosotros, gracias a Dios, somos los afortunados testigos de este mundo en el que los avistadores del fuego todavía pueden afinar sus violines mientras, a lo lejos, los Parlamentos arden.