14.11.05
7 vírgenes (2005)
Recuerdo aquel cine, y le respeto porque no tenía pretensiones artísticas, si acaso, esa denuncia social que años más tarde León de Aranoa y compañía se tomaron demasiado en serio y erigieron como portadores de la bandera "Salvemos el mundo". Aquel cine tenía la denuncia social agridulce del anti-héroe, y sobre todo, tenía el sabor romántico del Truffaut que más nos ha gustado siempre. El de "Los 400 golpes", por supuesto. El Truffaut salvaje, cabrón, dolido, implacable. Luego llegó el Truffaut lila e insufrible de "Jules y Jim", por ejemplo. También tuvimos un Godard salvaje, cabrón y dolido ("Al final de la escapada") que se convirtió en un Godard intelectual, plomo, insufrible.
"7 Vírgenes" recupera el estilo canalla de aquel tiempo, lo moderniza, lo dota de sentido. Dentro de poco llegará a nuestras pantallas "Volando voy", que tiene pinta de ser otro pestiño insufrible a medio camino entre "El pico" y "Cuéntame". Actúa el portero de "Aquí no hay quien viva" intentando hacer un papel serio. Va a ser una catástrofe. Pero "7 vírgenes" es una película valiente, brillante, llena de ritmo, llena de sol, compuesta por personajes un tanto estereotipados pero efectivos, personajes de la barriada cinematográfica (que nunca será la barriada real, por supuesto).
El director ha sabido combinar con sabiduría todos los elementos del relato. La angustia, la diversión, la sátira, el esperpento. Ha contado algo nuevo utilizando una fórmula tan antigua como el hombre mismo, ha dado brillo a las historias de quinquis, llegando mucho más allá (o mucho más acá, si se prefiere) que la interesante pero quebradiza "Barrio". Nos lo creemos, aunque Juan José Ballesta no sea, ni de lejos, un actor decente. Nos lo creemos, aunque las escenas de sexo chirríen como una bisagra mal oxidada. Nos lo creemos casi todo, y la película funciona hasta el punto de ser esa deliciosa minoría de cintas españolas frente a las que apetece quitarse el sombrero y gritar: "¡Bravo!". No tenemos a Los Chichos (está la Cabra Mecánica cuando todavía era la Cabra Mecánica, reducida a su espejismo puro), pero tenemos coches tuneados y una descripción tan perfecta de la maldad infantil (el niño de la ceja partida) que casi sorprende que nos explote en mitad de una pantalla.
"7 vírgenes". Los golpes que daría Truffaut si estuviera vivo, fuera español, y tuviera locura en las venas.
13.11.05
Pink Floyd at Pompeii (1972)

Pompeya
Pink Floyd live at Pompeii, 1972 - Maben, Adrian
En el confuso mundo del documental/concierto musical, y en sus lindes con la técnica cinematográfica se encuentra un baldío terreno de discusión y polémica. Los fans del grupo acuden con los ojos abiertos a deleitarse con las andanzas de sus ídolos (véase el subproducto "Sin fín" asociado a las feromonas de las seguidoras del Canto del Loco), y algún que otro espectador poco avispado se somete a la tortura de aguantar el metraje íntegro por cualquier tipo de disfunción (ser la novia/novio del groupie de turno, ser crítico cinematográfico, ser poppie o, en otro caso, ser fan del videoartista padre de la criatura). Lo cierto es que al resto de la humanidad le importa un bledo si los Beatles hacían sus gracias en "Magical Mistery Tour" (de los trabajos de Richard Lester no hablo porque tienen su gracia), si Tom Waits se desgañita en el "Big Time" o, en el peor de los casos, si Hombres G sufren desventuras pijo-estudiantiles en esa joya del cine patrio llamada "Sufre mamón". (Inciso: Hace un par de años una famosa distribuidora tuvo la poca vergüenza de reeditar la filmografía de los Hombres G en Dvd con todo lujo de extras. Creo que hubo gente que se la llegó a comprar)
Dicho esto, si usted es (como es mi caso) un fan de Pink Floyd, deberá pasar obligatoriamente por el concierto de Pompeya. Si prefiere bailar reageton, le recomiendo encarecidamente "Segundo asalto" como una genial inversión para su dinero y sus neuronas. Si (se suele dar el caso por Internet) es usted de los que piensan que después de Syd Barret no hay vida en los Floyd, yo sólo puedo encogerme de hombros y aceptar sus críticas sin compartirlas. Hay algunas polémicas tan infantiles y pueriles en el mundo de la música/cine que todavía me siguen sorprendiendo.
Las iras de este post, sin embargo, deben recaer en el señor Adrian Maben, el director del concierto de Pompeya, conocido por haber sido el mindundi al que le tocó en gracia rodar a los Floyd y que, después de sus últimos batacazos en taquilla (la pretenciosa "Postales desde el filo" de 1989 y una serie de televisión llamada "Riviera") se decidió a retocar el concierto del 72, ponerle unas cuantas tomas sobre la hipotética grabación del "Dark side of the moon" en blanco y negro/color mal tratado, y sacarlo en dvd con la conocida etiqueta de "Director´s cut". Miles de fans de los Floyd en todo el mundo a pasar por caja y darle unos cuantos royalties al pobre hombre, a ver si le financian alguna otra cosilla.
El absoluto engaño que ya supuso en su día el "Live at Pompeii" (tan sólo tres de los temas originales fueron grabados en Pompeya y el resto se hizo en un estudio de París) se perdonó porque el concierto era grandioso, los Floyd estaban en su salsa, había unos cuantos temas grandilocuentes y bien elaborados, y el montaje psicotrópico parecía acompañar al estado mental de los tipos que fueron a verla a las salas. Eran tiempos extraños, en cualquier caso, y algunas excentricidades del momento (las interminables idas y venidas rocksinfónicas, el perro que ladra azuzado por los propios Floyd, los planos detalle épico-lisérgicos...) se miran hoy con cierto cariño distante, incluso por los que no vivimos la generación del flower power y nos engachamos a la banda a partir del "Division Bell", rescatando los restos humeantes de un talento inacabable. Pero esta vez, con este producto, Adrian Maben nos ha robado la cartera y la paciencia, incorporando media hora insufrible de declaraciones absurdas tipo "Soy una estrella del rock en los 70 y llevo un ciego considerable" o documentos que a nadie le importan un carajo, como Nick Mason comentando el pescado de los estudios EMI. O Roger Waters (evidentemente perjudicado) jugando con los sintetizadores arcaicos en pleno delirio creativo/drogodependiente. Por otra parte, es imperdonable esa extrañísima recreación virtual de Pompeya que el señor Maben parece haber encargado a su sobrino de 13 años que se acaba de bajar el 3D Studio.
Y así volvemos a lo de siempre. Hay obras que merecen un respeto, aunque sólo sea porque los fans de Pink Floyd han demostrado con creces su paciencia y su buena disposición a rascarse el bolsillo (2 ediciones de "The wall" en Dvd en menos de tres años; otras 2 del concierto de Roger Waters en Berlín en menos de dos años), como para que este tipo de productos lleguen al mercado de una manera tan delirante. En vez de aprovechar a fondo las posibilidades del 5.1 para recrear correctamente esa extrañísima delicia psicodélica que supone el sonido Floyd de "Echoes" o "A sacerful of secrets", se nos endilga una milonga comercial capaz de hacer perder los papeles a cualquier crítico. Ya ni siquiera hablo del engaño insostenible (las supuestas escenas de la grabación del "Dark side of the moon" son evidentemente falsas, teniendo en cuenta que el disco se terminó mucho antes de que el material audiovisual fuera grabado), ni de la ruptura del increíble montaje que tenía el concierto original. Hablo de ese desprecio por lo que supuso el "Live at Pompeii" original, el malditismo y la furia, la idea mítica y portentosa, la silueta de Waters a punto de golpear al sol mismo. Hablo de los últimos retazos de un sueño que (ay) no volverá nunca.