
Solaris
Algunas veces, con la llegada del otoño, recuerdo mi estancia en la pequeña estación que montaron junto al planeta Solaris. Lo puede usted llamar Tarkovski o Soderbergh, a su pleno placer y gusto. Ambas me parecieron igual de gloriosas y no seré yo quién empiece una guerra absurda para intentar señalar las grandezas o las miserias de cualquiera de las dos. En ambas me recibieron con igual tristeza y en ambas corrí la misma vivencia, cosa insospechable si tenemos en cuenta las abismales diferencias que las separan. Dos estaciones, dos historias, y sin embargo, tan pequeñas ambas al lado del planeta gigante.
Paseo por las calles de Madrid, ahora que llueve, y observo a la gente cerrar los ojos y acelerar el paso. Me pregunto, quizá, si alguno de mis anónimos transeúntes también viajó alguna vez a Solaris y, por lo tanto, si pudieron comprobar la aterradora tristeza y desesperación que recorre el planeta mismo, la idea misma del planeta, su juego sucio. Su interminable lentitud.
La lentitud de Solaris (tan criticada usualmente por cinéfilos y fanáticos de la ciencia ficción, colóquese usted dónde guste) es la lentitud de la vida misma, la soledad de la vida misma. Solaris no es sino un reflejo de aquellas pálidas balconadas donde la gente se sienta a ver pasar la vida (ver pasar la muerte), a fumarse otro cigarro y tomarse el primer café de la tarde. Desde la balconada de Solaris se puede observar también los cuerpos desnudos que nos acompañaron, las eyaculaciones forzosas y violentas que derramamos en su interior, los rituales de la conquista y de la desaparición, los del tedio, los del sexo oral mal (o bien) practicado. Y ni siquiera esa aparente serenidad del sexo y de su triunfo nos pueden servir para establecer un lejano pálpito de tranquilidad o esperanza.
En Solaris, todas las mujeres que nos hemos follado, y también todas aquellas que hemos deseado, están muertas y tienen todavía la mortaja húmeda y fresca de su muerte reciente. Su cuerpo inerte, su sonrisa ya por siempre petrificada en las fotografías de los álbumes, su pasión ya como un chiste de mal gusto, como una carcajada en mitad de un cementerio. Los lugares que recorrimos vuelven a construírse en Solaris, para que nos enfundemos en abrigos cómodos y acolchados. Las mismas calles, la misma lluvia, la misma manera de cogerte de la mano y pronunciar un: "¿En qué piensas?" o un "Cuéntame algo", y eso si acaso eran mujeres atentas que pudieran llegar a preocuparse por uno. Las mismas calles, los mismos inviernos, la misma autobiografía de cadáver fresco y saludable, como de daguerrotipo funcional.
La vida es una repetición sobre sí misma