23.9.05

Sobre la bochornosa aparición de Santiago Segura en "Buenafuente"


El "amiguete"

Sobre la bochornosa aparición de Santiago Segura en "Buenafuente"

El día 22 de septiembre de nuestro año de gracia de 2005, el "amiguete" Santiago Segura acudió al programa "Buenafuente" para promocionar su nueva película, de cuyo nombre no quiero acordarme, baste con decir que es la tercera entrega de una de las sagas más tristes y deplorables de los últimos años. Quiero comprender que su presencia en uno de los mejores espacios televisivos de los últimos tiempos respondía más al "amiguismo" (nunca mejor dicho) con el siempre genial Andrés Buenafuente que con los intereses reales del propio espacio.
Y Segura hizo lo que hace siempre que acude a la televisión... mendigar. Mendigar la atención de la audiencia, a sabiendas de que no tiene nada nuevo/bueno que ofrecer, a sabiendas de que su nueva película no tendría más sentido que ese delicioso ronroneo de la taquilla de los cines. Su película hará caja, ninguna novedad al respecto. Y sin embargo, ¡qué pocos son los que se han atrevido a denunciar (y esa es la palabra) el terrible daño que le hace Santiago Segura al cine de nuestro país! ¡qué pocos los que se atreven, alto y claro, a analizar las terroríficas lecturas de sus cintas! El "amiguete" deja, constantemente, su glorisa rúbrica fílmica en los productos más casposos, insufribles y subvencionados del cine español, engordado por su propia miseria. Y es que Segura es, ante todo, un hombre miserable. Puedo comprender que autores si cultura cinematográfica, o sin interés por la misma, lancen bodrios a la pantalla un día sí y otro también. Sin embargo, es miserable aquel que podría hacer buen cine y decide invertir metros de película en recorrer los tópicos amargantes de nuestra geografía. Y sí, estoy seguro que Segura sabe de cine, de cine del bueno, estoy seguro de que se conoce la filmografía de Von Trier, la de Murnau, la de Fritz Lang... y sin embargo... Miseria. Sólo eso y nada más.
Sin embargo, y volviendo al tema original del post, la noche en la que Segura se dejó caer (con la mano abierta en actitud suplicante y la habitual penita que le debe funcionar para llenar taquillas) por "Buenafuente" tuvo lugar uno de los hechos históricos más memorables de nuestra televisión. Fue entrevistado nada más y nada menos que por el Neng de Castefa, el paradigma perfecto del nivel cultural de nuestra sociedad. Segura parecía aterrorizado/acobardado ante el Neng, sin saber muy bien cómo responder al avance pletórico de un (como siempre) impecable Eduardo Soto, que supo aprovechar la oportunidad de lucir a su personaje, divertir a la audiencia, y demostrar a la audiencia por dónde iban los derroteros del humor del futuro.
El mismo Neng (sin Soto detrás, el personaje en sí mismo) parecía mucho más certero, intrépido, constante e incluso inteligente que el "amiguete" (¿de quién?), mientras que Segura balbuceaba, miraba hacia otro lado y se hundía en su propia incapacidad de improvisar con cierta altura. En uno de los mejores momentos, Segura le confesó a Buenafuente: "Es que si me hubiérais puesto otro persone... pero el Neng..."
Y ahí está la clave.
La clave de todo el meollo.
Durante un momento, Santiago Segura tuvo que enfrentarse al espectador potencial de sus películas, a la clase de tipos que van a ver sus películas en los multicines con su churri y con el coche tuneado. Y claro, amigo Segura, es jodido ver que los receptores de tu "corpus fílmico" (intento contenter una carcajada o una lágrima) son entes básicamente descerebrados, intelectualmente impotentes. tan vacíos como los guiones que ruedas. Qué jodido ver, durante un instante, ese reflejo de la gente que te adora... y que te olvidará, amigo Santiago Segura, hasta que saques la cuarta parte de tu saga... o la quinta...
Ayer Segura se hundió bajo un torrente de mierda frente a España entera. Sólo me queda pensar si realmente los espectadores se quedaron con esa deliciosa sensación de triunfo: Buenafuente - 1 ; Segura - 0

Stalker (1979)


La zona

Stalker, 1979 - Tarkovsky, Andrei

La simple idea de acercarme, con un análisis ramplón e inocente, a una de las películas más hermosas, complejas e irrepetibles de la historia del cinematógrafo me parece un atrevimiento casi vergonzante. No es gratuito. "Stalker" es una de esas obras que han conseguido que el séptimo arte haya llegado más lejos en el siglo XX que cualquier otra manifestación artística. Si es cuestión de ser sincero, ninguna otra baza cultural ha tenido (ni por asomo) el mismo relieve e importancia que el cinematógrafo. Ni los "ismos" de la literatura, ni el expresionismo pictórico, ni el teatro de vanguardia. Nada. El arte del siglo XX ha sido el cine, lo que da que pensar en cuanto es síntesis de las demás artes y en cuanto es un arte defragmentado: la unidad mínima de narración (el plano) se articula en torno a un caos narrativo para crear una pieza con mayor o menor sentido.
"Stalker" es, según muchos, la mejor película de su autor. Si me paro a reflexionar sobre el corpus de Tarkovsky, me siento tentado a encontrar dos referentes anteriores que parecen anunciar lo que iba a llegar. Por un lado, el ensayo casi perfecto de "Zérkalo" (1975) y por otro, la reinvención del género espacial con "Solaris" (1972). Y de pronto, como si fuera una articulación lógica, llega "Stalker", que es mucho más que una película de ciencia ficción y mucho más que cualquier ensayo sobre poesía o filosofía publicado a partir de los setenta. No sé, quizá pienso en McLuhan, o en Derrida, o en los semióticos que empezaban a gatear en un estructuralismo limitado. Y luego vuelvo a ver "Stalker" y creo que alguien supo dar en el clavo, que por un momento, alguien pudo llegar a entrever una no-explicación a casi todos los terrores del siglo XX: la catástrofe atómica, la destrucción de Dios, el vacío existencial... Una no-explicación, porque el siglo XX ha sido el siglo de las negaciones: la negación del arte, la negación de la filosofía, la negación del amor, la negación del hombre...
Es imposible llegar hasta el fondo de "Stalker", del mismo modo que es imposible llegar hasta el fondo de "Persona" o de "Ordet". Son obras/pozos sin fondo, obras/sin respuesta (o no-respuesta) que sólo sirven para que la terrible angustia que injertan al espectador acabe por crear (¡increíble paradoja!) un cierto espejismo de calma, una catársis, una puerto al que llegar. Y además, obras respetadas por el tiempo, obras que alguien se ha molestado en mimar y en luchar, contra viento y marea, para que no se olvidaran. Lo digo, principalmente, por el fabuloso tratamiento del sonido que se incorporó a su última versión en DVD, probablemente uno de los mejores 5.1 que he tenido el placer de disfrutar. ¿Cómo puede sonar tan bien una película de 1979? Efectivamente, por lo mismo que suenan tan mal otras de 2005. Otra increíble paradoja.
Enumerar los méritos de "Stalker" es una tarea absurda y sin demasiado sentido. Quizá, el primero que acude a mi mente es la tremenda pasión que invade la obra. PASIÓN. Pasión en la interpretación, pasión por el cine, pasión por el pensamiento, pasión por la música, por la imágen... Tarkovsky parece inundado de una fuerza aterradora al crear esta pieza: mima cada detalle, nos regala una fotografía para quitarse el sombrero, construye un universo tan perfecto que parece mucho más real (y hermoso) que nuestra propia realidad. Real en el sentido de vivo, de auténtico, de brillante. Hay tal pasión en "Stalker" que el espectador es arrollado y atrapado en la telaraña, es encerrado en el corazón de esta espiral/película, consiguiendo algo imposible: Convertir los 160 minutos de duración en una experiencia única, irrepetible, en ningún momento tediosa. Hay películas lentas (la propia "Zérkalo", cualquiera del tan de moda Kim Ki-Duk, todas las del reeditado Angelopoulos) que no se molestan en disimular su propia lentitud, sino que se sazonan de tiempos muertos y encuadres artísticos para intentar marcar una huella autoral (lo que, de entrada, no me parece nada malo). Sin embargo, y aquí está la clave, el universo de "Stalker" no responde a ninguna lentitud cinematográfica. No hay tedio, no hay aburrimiento: hay hipnósis. ¿Por qué? Simplemente porque hay PASIÓN en lo que se cuenta y en cómo se cuenta. Una auténtica pasión cinematográfica, que nada tiene que ver con las mismas pretensiones de Almodóvar y su rídiculo cierre de "La mala educación". ¿Pasión? La pasión entraña, por terminología propia, un sufrimiento teológico. No hay sufrimiento teológico en dos tipos sodomizándose en las salas del 2005. Hay sufrimiento teológico en este "Stalker", hasta unos extremos tan insoportables que rozan la divinidad misma. Hay tormento, y una responsabilidad para con el hombre como pocas veces se observa en la pantalla.
Quizá me queda una duda. ¿Por qué demonios este tipo de películas sólo surgen en el seno de la vieja Europa o en sus países adyacentes? ¿Por qué nunca nos han llegado películas norteamericanas, o islámicas, o quizá incluso asiáticas, que se atrevan a condenar/salvar al hombre y a su religión, que se atrevan a diseccionar la miseria hasta un punto en el que los extremos del cine, la poesía, la filosofía y la verdad se distorsionen y se pierdan? El debate está abierto.
"Stalker" es una película que nos espera, cada noche, con los ojos abiertos.

20.9.05

Cánticos de la lejana tierra (Songs of a distant earth, 1996)


La portada del disco

Cánticos de la lejana tierra, 1996 - C Clarke, Arthur

El nombre de Arthur C Clarke pasará a la posteridad unido al de Stanley Kubrick, al igual que el de Phillip K Dick lo hará unido al nombre de Riddley Scott. Intentar defender, de entrada, que la ciencia ficción debe muchos de sus grandes logros (y sus miserias) al arte del cinematógrafo, es como intentar defender que la realidad del XX debe mucho de su construcción al arte de la fotografía. Es decir, una verdad a medias, incompleta, injusta. Pero desde "2001: una odisea en el espacio" hubo una fractura en el seno mismo del cinematógrafo (con mayor o menor efectividad) que no hubiera podido tener lugar sin Clarke, un punto y aparte en la historia que supuso, salvando las distancias, lo mismo que Dreyer al cine existencial o que Robert Wiene al cine de terror.
La Historia del arte, de manera casi imperceptible, se basa en esas brechas salvajes e incomprendidas que, quizá sin funcionar, han puesto en marcha el mecanismo de avance. Sin el tandem de rivales Kubrick (2001)/Tarkovski(Solaris), nunca hubiéramos podido llegar a las grandes epopeyas del espacio, por mucha mitología y por muchos argumentos fundacionales que se hubieran puesto sobre el tapete. Ya no es una cuestión de fondo: es una cuestión de forma.
"Cánticos de la lejana tierra" no es, probablemente, la mejor novela de Clarke. Mi amigo y experto en la materia Juan Carlos Sierra podría citar, indudablemente, al menos media docena de novelas del mismo autor más eficaces, o al menos, más relevantes. Probablemente esta narración aparentemente simple y pizpireta nunca nos hubiera llegado si Mike Olfield no hubiera decido hace ya algunos años realizar una impresionante suite de escucha obligada. "Cánticos de la lejana tierra", decía, no es la mejor novela de ciencia ficción de la historia, pero es mi favorita.
Más allá de su estilo (un tanto zafio e irrelevante) y de su metafísica baratera, "Cánticos..." tiene el logro fundamental de haber construído una película con el uso de la palabra, un universo netamente cinematográfico, inspirado diréctamente por las grandes sagas de los viajes épicos (volvemos a "La Iliada", una vez más), pero con un tratamiento visual y sonoro que nos hace dudar en ocasiones de si nuestro acto es, en el fondo, leer un libro, o ver una película. Curioso mérito el de Clarke, que denuncia en su prólogo a las grandes sagas lucasianas o trekkianas (con las que nunca firmaré un contrato de admiración), y sin embargo, se zambulle en la imágen misma.
Hay libros imposibles de llevar a la pantalla, aunque algunos lo hayan intentado. Es impensable, por ejemplo, la adaptación de "Cien años de soledad", o de "Mortal y rosa". Es impensable un Gregorio Samsa fílmico, o un "Crimen y castigo" que realmente funcione sobre el lienzo blanco de la sala. Esta novela, por el contrario, hubiera podido ser la gran película de ciencia ficción de finales del XX si alguien se hubiera atrevido con ella. El presupuesto por un lado, y la exquisita factura que requiere el texto por otro, le hubieran echado para atrás. Al ver lo que el cine mal llamado digital ha conseguido con el "Episodio III" sería un buen momento para plantearse una adaptación seria. Sería, de entrada, una de las pocas maneras de que el cine vuelva a hablar de ciencia ficción con coherencia, esto es, quitarle a los extraterrestres sus espadas laser, evitar la expresión "torpedos de fotón", y volver al efecto especial en el guión y no en el ordenador. La versión americana de "Solaris" fue un excelente primer paso, pero una vez más, hemos vuelto a prender fuego a la barraca de feria, en vez de llenarla de estrellas.
No creo en los complejos del cinematógrafo. Las buenas películas, con frecuencia, trascienden a su género mismo, lo convierten en una etiqueta absurda desprovista de sentido. "El acorazado Potemkin", por ejemplo, arrasó más allá de sus propias ideas comunistas. Lo mismo ocurre con "El nacimiento de una nación" o el primer "Nosferatu". El género es una casualidad absurda frente a la textura de la historia, la innovación, el experimento. Pero para experimentar, por supuesto, es necesario saber a dónde te conduce el experimento: si a efímeras piruetas posmodernas o a la mejora de las técnicas y estructuras cinematográficas.
"Cánticos..." tiene, de entrada, la ventaja de poner sobre el tapete las suficientes subtramas como para convertirse en un producto narrativo vendible y comercial. Tiene una (bastante insufrible) historia de amor para las tontilocas que se enamoraron de Orlando Bloom en "Troya". Tiene un trasfondo cultural y épico lo bastante interesante como para no insultar al espectador y, por otra parte, un ritmo absolutamente cinematográfico. Y sin que esto garantice, de entrada, una buena película, tiene todas las papeletas para jugar con lo visual hasta extremos insospechados.
Por otra parte (y esta es la conclusión última), una película sobre "Cánticos..." tampoco tendría demasiado sentido. Clarke ha sido lo suficientemente bueno como para que el lector, página tras página, ya haya visto en la sala de proyección del alma su propia cinta. Lo que no es poco.

13.9.05

El silencio (Tystnaden, 1963)


Gunnel, el salvajismo

El silencio, 1963 - Bergman, Ingmar

Nos hemos doctorado en parecernos a los cadáveres que esperan, en los cementerios, con las cuencas bien abiertas. Sabemos que la existencia, per se, significa una curiosa mota de polvo en el gran libro de la nada, y sin embargo, nos hemos aferrado a las hipotecas, a los trabajos mediocres, a los pensamientos mediocres, a los textos mediocres. (este primer párrafo también es mediocre, sin embargo, le ruego que siga leyendo, lo bueno empieza ahora)
Si acaso, si de refilón, pudiéramos entender ligeramente el concepto que implica la humanidad misma, si pudiéramos mandar a la mierda a los políticos (a todos), y coger un tren que no parara en ninguna estación, como la aterradora mujer con alcuza de un poema de Vicente Aleixandre (creo recordar que decía: "Pero el horrible tren ha ido parando en tantas estaciones diferentes, que ella no sabe con exáctitud ni cómo se llamaban ni los sitios ni las épocas").
Dios se está descojonando de risa en los aleros de su Reino.
Sólo hay un problema: que no existe ni Dios ni Reino, quizá ni la risa misma. Y la soledad (tu soledad, mi soledad) es una soledad sin vuelta de hoja, una soledad de niño enfermo bajo la lluvia que tiene costras en las rodillas del alma. Una soledad de poeta tísico y ahogado en telarañas, con el folio de la muerte inminente a medio escribir. El problema no es tener un vacío aquí, justo en las quemaduras del pulmón derecho, sino que el vacío sean las calles, los presbíteros, las bragas, los bancos, los calendarios. Hay un vacío cuya dimensión coincide perfectamente con la realidad misma, aunque intentemos disimularlo con artes confusas de nigromantes posmodernos.
Y ahora sé perfectamente que te estoy taladrando la cabeza, precisamente porque es mi función como intelectual/inútil o como inútil/intelectual. Los intelectuales siempre hemos formado muy bien el cuadro de las guardarropías del XIX, y de los pobres de café literario que observan con ojos pordioseros a Los Grandes. Valle-Inclán, ese fabuloso escritor, sabía reírse a carcajadas de la vida, y así le pasó, que la vida se lo pagó con el olvido y la miseria. En España tenemos un cine tan miserable y repugnante que todavía no ha pensado en hacer la película de Valle-Inclán, cuando podría ser la gran película del XXI, la gran película de esa España nuestra que a veces parece un chiste de mal gusto y a veces una guardarropía de nacionalismos asesinos. Quiero autodeterminar mi alma y mi vida, pero no me dejan los hijos de puta que ponen bombas, ya sean de nuestra realidad o de la realidad islámica. ¿Dónde está la gran película del terrorismo? Lo que yo decía: tenemos un cine mediocre.
El tren sigue corriendo, con sus pasajeros. Hay una mujer hermosa (creo recordar que era Ingrid Thulin, aunque hubiera podido ser perfectamente Gunnel Lindblom) que vomita, enferma y lista para enfrentarse con la muerte, a los pocos minutos de inicio del metraje. Más tarde se masturbará, en una de las escenas más hermosas/enfermas de la filmografía de Bergman, y nosotros, quizá, desearemos ser su mano temblorosa y febril, desearemos ser la muerte misma para poder violarla sobre esa cuna de dorados y demenciales resplandores de Timoka, aquel pueblo imposible.
Timoka es un poco como España pero con tanques por las calles. Nosotros no tenemos tanques, pero tenemos tanques/Latin Kings, que son como el asesinato de andar por casa, como el miedo de siempre pero con otro nombre, como la paliza cotidiana pero con otros puños. Lo malo de los tanques/Latin king es que no saben que no han inventado nada (nadie se ha tomado la molesta de explicárselo, lo que no deja de ser normal si no quieres que te machaquen la cabeza). Timoka, la Timoka de Bergman, es un poco como la España que se nos viene encima, con hombres/marioneta que fornifollan en los teatros de la mediocridad (estarán dando el musical de turno), con mujeres/marioneta que fornifollan cuerpos deformes para sentirse menos solas, para poder casarse, para poder tener un sepulcro digno de sus victimismos.
No sé si entendí la película. Tampoco creo que la película me entendiera a mí.

10.9.05

Battiato: El cine que nunca veremos


Battiato: La sombra de la luz

Franco Battiato: El cine que nunca veremos

Uno cree en la vida porque cree en el arte. Piénselo detenidamente. Creo en la existencia porque existen constructores/deconstructores de las letras y los sentimientos. Creo en la existencia porque un día Sartre gritó con rabia aquello de "El infierno son los demás" y lo mandó todo a tomar viento. Creo, y al creer, también existo y también estoy vivo, muriendo poco a poco pero con una sonrisa en los labios. (Siempre es bueno tener sonrisas en los labios en cuanto no es factible tener siempre un sexo femenino en la punta de la lengua).
Hay un tipo de arte sublime, un tipo de creaciones que son como pequeñas muertes herméticas, terroríficas, algo así como un abismo insondable, como un espejo que se negara a reflejar nada en absoluto. Empieza, probablemente, con los tres trágicos griegos y recorre la línea de la historia a través de Valle-Inclán, de Juan Rulfo, del propio Dreyer. Creo firmemente que el único exponente de este "arte sublime self-destruction" que nos hemos topado alguna vez en el universo de la música pop en castellano/italiano ha sido Franco Battiato. Mientras una legión de cantantes nos hablaban del calor del verano, las chicas que nos quieren y lo mucho que te gusta que te besen, de pronto sonaba un estribillo en los 40 principales que decía: "Caminante que buscas la dimensión insondable, la encontrarás al final de tu camino". Os lo juro.
Aquel hombre, aquel dios, llamado Franco Battiato, recorrió sin tregua todo un universo musical bebiendo de la locura mesopotámica, de la cultura sufí, de Bob Dylan. Cantó en Bagdag, compartió escenario con Nanni Moretti para denunciar la situación política italiana, compuso réquiems clásicos y óperas basadas en los mitos fundacionales. Aquel hombre, aquel dios, ha decidido en la última década que quiere hacer cine, como el otro dios (en el que no creo) decide que quiere hacer un tornado en la ciudad del jazz.
Y aquí llega la clave de esta anotación. Se estrena en Venecia la película "Musikanten", dirigida por Franco Battiato y protagonizada, ni más ni menos, que por Alejandro Jodorowsky. Y por si fuera poco, con un guión escrito al alimón con el filósofo Manlio Sgalambro. Tiempo muerto. Un filósofo escribiendo un guión de cine. Menuda catástrofe. Si Will Smith se enterase, ¿qué sería de su ego? Casi puedo escuchar desde aquí las carcajadas de Tarkovski desde la tumba, como si dijera: "Después de todo, no han conseguido acabar con el cine".
Y por otra parte, es más que probable que "Musikanten" no llegue a España. Al igual que no llegó (de manera más o menos palpable, quitando un pase rápido en una filmoteca de Cataluña al que fueron cuatro gatos y el proyeccionista) su ópera prima como director, "Perduto amor". Está en el emule, para curiosos, pero sin ningún tipo de subtítulos. Como casi todo el corpus de Nanni Moretti, por otra parte.
"Musikanten" en Venecia y "Dos chalados y muchas curvas" en los cines de mi barrio. No es factible estrenar una pieza filosófica sobre la vida de Beethoven, pero sí una patochada para rednecks norteamericanos. Como dijo el propio Jodorowsky en la presentación de la película: "El cine es una catástrofe, sólo para niños. El cine americano es un asteroide que está rompiendo nuestra cultura. Lo que hace Battiato es un cometa. Es un cine de autor que ya no existe. Es una maravilla"

7.9.05

Ichi the killer (Koroshiya 1, 2001)


Miike: La sublimación del sadomasoquismo

Ichi the killer, 2001 - Miike, Takashi

"Ichi the killer" se ha convertido con el tiempo (y es una lástima) en uno de esos títulos "malditos" que se encuentran en las estanterías de los Blockbusters y que los adolescentes utilizan para matar el tiempo en manada, por aquello de que hay mutilaciones, violaciones y demás salvajadas. Una de esas películas "tabú" que se han quedado a medio camino entre el gran público y los seguidores incondicionales de Miike. Sin embargo, para poder apreciar (o denostar) esta cinta se requeriría de un auténtico análisis mucho más extenso y brillante que el que yo podría suministrar en este blog. Es una película/puzzle, un poliedro de psicopatologías, un ataque frontal y directo contra el espectador. No tiene, por ejemplo, el pulso poético de "Audition", ni la desoladora moraleja de "Irreversible", ni siquiera el misticismo de "Saló o las 120 jornadas de Sodoma".
Está en otra categoría, principalmente por su propia naturaleza confusa y desagradable. Es una gamberrada épica, o una carta de amor enfermiza, o una eyaculación facial. De ahí que, como texto fílmico, esté totalmente necesitado de la psique del espectador. Si eres un adolescente con granos, vas a reirte hasta que pierdas la mandíbula (quizá, incluso, te estés riéndo de ti mismo sin sospecharlo). Si eres un crítico purista, podrás indignarte con toda la razón del mundo (aunque te indignes, precisamente, de la sinrazón del mundo). Si eres un fanático del cine oriental, podrás pasarte la mano por la perilla y decir alto y claro: "Estas cosas no se hacen en occidente".
Así pues, "Ichi the killer" es un texto abierto, terriblemente confuso, muy cercano a la manera de narrar oriental, aunque diametralmente opuesto a creadores tan punteros como Kitano o Nakata, por poner dos ejemplos. Probablemente, esta sería la película que haría Kim Ki Duk si decidiera dejar salir sus enfermedades mentales a flote de una vez y no disfrazarlas de fotografía preciosista (y ojo, que yo respeto al Sr. Kim). Pero para rodar está cinta (quizá también para verla) hay que tener un problema mental de mucho cuidado. O (esta es la justificación baratera) intentar reflejar una posmodernidad asiática dándole otra vuelta de tuerca más. Y otra más. Pero... ¿acaso no lo hizo ya en la apasionante "Visitor Q"?
En cualquier caso, con esto no quiero decir que "Ichi" sea una mala película, o que no sea una asignatura pendiente para todo aquel que quiera poner a prueba su estómago y su capacidad de análisis cinematográfico. Al contrario, es un producto brillante, con un impecable montaje y algunos hayazgos visuales dignos de quitarse el sombrero. El problema, viene, una vez más, cuando se intenta hacer una lectura en términos sociológicos. No podríamos encuadrar este título dentro del nihilismo, ni del existencialismo, ni de ninguna otra corriente. Es, simplemente, una película sadomasoquista (como la propia enunciación se encarga de dejar bien claro), en todos los sentidos. Es la sublimación del dolor, tanto del físico (las torturas) como del escópico (el espectador mira, y mira, y no puede dejar de mirar). Y que no se escandalicen tanto los puristas, que hay ejemplos de sobra conocidos y admirados de cine sadomasoquista a lo largo de la historia. "La naranja mecánica", "El manantial de la doncella", la casi desconocida "Koziat rog", la "Santa sangre" del propio Jodorowsky...
Hay que someterse a textos incómodos para encontrar nuestro propio reflejo. Y debemos ser los cinéfilos, los intelectuales, los subterráneos, porque precisamente somos los únicos dispuestos a asumir nuestra propia realidad en una dimensión tan delirante. El mundo está lleno de niñas que bailan Reagetton y van al cine a ver "50 primeras citas". Sólo conociendo la mierda que flota en el alma estamos preparados para mirarnos al espejo con un poquito de honra. Y en este campo, hay que confesarlo, "Ichi the killer" hace un trabajo excelente.

6.9.05

The soul of a man (2003)


Un poco de Wenders

The soul of a man, 2003 - Wenders, Wim

Al hablar de Wim Wenders, uno tiene miedo de meterse en un terreno algo farragoso. No se sabe muy bien por qué, desde el inicio mismo de su carrera se ha ido conformando como uno de los directores europeos capaces de levantar mayores pasiones (y odios) de los últimos años. Es un miembro de esa generación extraña compuesta por hombres como Herzog, Von Trier o el propio Medem (soy consciente de que se me escapan mil nombres) que durante los últimos años se han molestado en trabajar en un cine europeo e inteligente, autoral, auténtico. Dicho esto, debo comenzar diciendo que me posiciono entre los admiradores de Wenders, y le pido mil disculpas a sus detractores, abriendo como siempre la polémica.
Por otra parte, "The soul of a man" no es, ni muchísimo menos, una película en el sentido estricto de la palabra. La narración es prácticamente inexistente, quitando algunas anécdotas poco jugosas. Tampoco es, pese a que algunos defiendan lo contrario, un documental. No intenta dar lecciones sobre la historia del blues, ni tampoco satisfacer a los puristas de esta magnífica música que se acerquen a las salas a buscar un poco de onanismo intelectual.
"The soul of a man" es... un experimento de Wim Wenders. Un motivo como cualquier otro para hacer algo de cine, crear unas imágenes, buscar una (exquisita) puesta en escena y reunir a varios grupos de talento para que toquen frente a la cámara. Dicho esto, el espectador que quiera someterse durante las casi dos horas de proyección, debe ser: a) un auténtico fanático del blues sin prejuicios o b) un auténtico amante de la obra de Wenders. Los demás acabarán, probablemente, cansados, irritados o decepcionados.
Por otra parte, "The soul of a man" tiene uno de los arranques más inteligentes de los últimos meses, y es una buena ocasión para ver a Beck o a Lou Reed (por poner a dos ejemplos rutilantes) en la gran pantalla. También está Nick Cave, que los fans de Wenders recordarán por su genial aparición en "El cielo sobre Berlín". Por lo demás, se echan de menos algunos nombres importantes dentro de la música americana contemporánea, como el siempre fundamental Tom Waits (y para los que ya empiecen a quejarse de que Waits no hace blues, les remito a "Chocolate Jesus" o "Picture in a Frame").
Es, por lo tanto, un producto relativamente recomendable, aunque tan alejado de un esquema narrativo coherente que su visionado se puede convertir, para muchos, en una auténtica tortura.

4.9.05

¿Liv Ullman en Madrid?


Liv Ullman

El taquillero de la filmoteca de Bellas Artes (a un paso de Cibeles), se sube las gafas, se encoge de hombros y me dice:
- No, no va a venir. Al final parece que se ha puesto enferma...
Yo no sé si hacer un mohín, blasfemar, retirarme pacientemente o perder los pocos papeles que me quedan tras el retorno a Madrid. Al final opto por comprarme la entrada para volver a ver "Conversaciones íntimas" por enésima vez. Es una buena opción.
Nadie sabe muy bien por qué Liv Ullman al final no ha venido a Madrid a principios de Septiembre. Tampoco sabemos por qué cuando vino a presentar "Saraband" a la embajada sueca (este es otro cachondeo del que me dispongo a hablar detenidamente ahora mismo) no se enteró ni Dios. Sin embargo, si viene una estrellita de tercera estadounidense a hacer el pánfilo en la Gran Vía encontraremos tal despliegue policial que el pobre viandante de a pie no podrá sino sentirse intimidado. En el mundo del cinematógrafo, me temo, cada vez hay menos respeto por la gente que ayudó (y de hecho, lo sigue haciendo) a secundar la realidad del cine como arte. Me viene a la cabeza esa bonita anécdota que nos situaba a Steven Spielberg comprando por una cifra astronómica el oscar que le dieron al impagable Orson mientras el propio Welles buscaba financiación (como siempre) para terminar la película de turno. Es insoportable pensar que El Genio Del Cine se pasó su vida como un pordiosero, rascando allí y allá para terminar sus cintas.
Pero a lo que iba... que Liv Ullman casi llega a Madrid en medio de una publicidad inexistente. Lo de "Saraband" ya es de hospital psiquiátrico. Se supone (si mis fuentes no me fallan) que allá por los finales del 2003 se presentaron los mismísimos Erland Joshepson y Liv Ullman (Johann y Marianne en el corazón del cine) para promocionar que la última película de Bergman se podría ver en pantalla grande en los cines "que cumplieran los requisitos necesarios". Ahora bien, esto me crea dos sombras. La primera, que los "requisitos necesarios", debo suponer, hacían referencia a cines con capacidad digital (alfanumérica, en realidad), ergo, cadenas del tipo Kinépolis. La segunda: que se haría una campaña de publicidad mínima. Ahora bien: "Saraband" no ha llegado a los cines de España, ni de chiripa. Partiendo de la base casi delirante que supone imaginarse una peli de Bergman en los Kinépolis, no hablemos ya de la "promoción". ¿Alguno de ustedes se enteró, siquiera, que hubo un pase extrañísimo en "La 2" a las tantas de la mañana, y otro por el digital? Yo tampoco. Dios bendiga a la mula. Ahora bien, que uno hubiera pagado millones por ver a los bakalas de Fuenla o de Moratalaz haciendo cola para ver "Saraband" con su bandejita de nachos con queso debajo del brazo. Hubiera sido un espectáculo impagable.