15.7.05

KUSTURICA 02: La vida es un milagro (2004)


La vida es un milagro

La vida es un milagro (2004) - Kusturica, Emir

Este debe ser ya el tercer o cuarto artículo que publico en internet, en distintos lugares, sobre la última película de Kusturica. "Eso ya es vicio", me comentaréis algunos. Bueno, lo es. Pero lo cierto es que, cuando he vagado de redacción en redacción buscando un sitio en el que publicar alguna crítica, siempre que me preguntan: "¿Sobre que película reciente te gustaría escribir?", casi al punto se me escapa una sonrisa y afirmo: "La vida es un milagro".
Por muchos motivos. El más importante es que, bajo mi modesta opinión, "La vida es un milagro" es probablemente la mejor cinta del año pasado. Repasando mis apuntes, no soy capaz de recordar ninguna mejor. Ni siquiera el "2046" de Won Kar Wei me parece un producto tan obligatorio como este que nos ocupa hoy.
Con "La vida es un milagro" me atreví a hacer un experimento digno del mejor antropólogo inocente. Acompañé al cine a diversas personas de diversos niveles sociales y culturales para ver cómo reaccionaban frente a la película (lo que explica, ya de paso, el pastón en entradas que habrá volado de mi bolsillo al de los dueños del Renoir). Y, de manera absolutamente sorprendente, todavía no he recibido ni una sola crítica negativa. Absolutamente nadie se ha quejado de la duración de la cinta (¡más de dos horas, blasfemia, blasfemia!), ni de la falta de opinión política (¿quiénes son los buenos, quiénes los malos?), ni tampoco del remix de clichés romanticones que invaden la cinta (que los hay, como por ejemplo, los dos amantes rodando por el campo).
Y eso que analizar la primera secuencia ya es atreverse a dar un salto mortal en el vacío: un pastor bosnio, con un ataúd en la espalda, grita desesperado porque su burra Melissa parece estar deprimida. Toma ya. (Por cierto, amigos, hay que ser muy friki para saberse el nombre de la burra de la última película de Kusturica, lo reconozco). Acto seguido, música étnica de los balcanes a todo trapo. Este es el momento clave en el que la gran mayoría de mis acompañantes se han girado y me han dicho: "Aarón, querido, ¿qué demonios me has traido a ver?". Sin embargo, quince minutos después, ya no hay vuelta atrás. Quince minutos después el espectador ya está clavado en la butaca, con una sonrisa inocente, despreocupada, a veces hasta cruel. El universo de "La vida es un milagro" es un acantilado implacable lleno de bustos de Tito usados como ceniceros, canciones desesperadas, mujeres hermosas, vajillas rotas, cantantes de ópera...
Una de las grandes críticas que ha recibido "La vida es un milagro" en los medios ha sido que "Kusturica se ha encasillado". Ahora que estamos en confianza, aprovecho para mandarles a la mierda. Decir que "La vida es un milagro" es más de lo mismo en la filmografía de Kusturica es como decir que "Las meninas" es más de lo mismo en la sala de Velázquez. Y no creo que mi metáfora esté demasiado desencaminada. Te puede gustar (o no) el cine, puedes saber (o no) de sus entresijos formales o artísticos. Puedes incluso entrar en la sala de proyección aterrado frente a la posibilidad de ver esa cosa llamada "cine bosnio" (que asusta, no lo niego), o saberte el nombre de la burra que se va a deprimir en la primera escena. La película sigue funcionando exáctamente igual, seas un entendido, un amateur o (como es mi caso) un friki. Y resiste perfectamente uno, dos, tres visionados. Porque, ante todo "La vida es un milagro" (y aquí está la clave) es un cuento para niños grandes que ya no creen en cuentos. Es intelectual para los intelectuales, romántica para los enamorados, divertida para los que quieren evadirse, trágica para los que buscan la catársis europea. Lo tiene absolutamente todo. Por tener, tiene hasta números musicales, partidos de fútbol, escenas de guera... ¡maldita sea! ¡Esta película lo tiene todo, lo es todo, es la vida misma!
Y sobre todo, esta película tiene la cualidad más hermosa del mundo. La de que creamos, por una vez, que el título no nos miente.

14.7.05

En recuerdo de Gunnar Björnstrand


"Los comulgantes"

En recuerdo de Gunnar Björnstrand (1909-1986)

En algunas ocasiones, especialmente cuando en las salas se estrenan abortos como "La guerra de los mundos" (el penúltimo desastre de Spielberg), cuando en las televisiones programan por enésima vez "Van Damme´s Inferno", cuando, en fin, la realidad del cine como industria se abre paso a codazos en nuestro concepto de cine-arte, entonces... a veces, aunque sea casi un pecado cometerlo, me pregunto cómo hoy en día podemos utilizar con tanta levedad los términos "actor", "director", "productor"... si, precisamente ahora, tantos años después de los niños malvados del Cahiers du cinema y tantos metros de metraje después de Dreyer.
Observemos al prototipo medio de actor norteamericano. Un tipo con sonrisa profident que de vez en cuando, quizá, se desmarca por la tangente haciendo algún producto pseudoindependiente para que se note que es un tio "cool" o "chill out", aunque luego no tenga ningún problema en hacer un cameo en la serie de turno. Hablamos, por ejemplo, de ese ídolo de masas que es Orlando Bloom (tan preocupado de su peinado como de su acento), carne para carpeta de colegiala enfebrecida; o quizá de su rival, Hayde Christensen, icono para los opositores a caballero Sith. Hay, por supuesto notables excepciones (Tim Roth es el primero que me viene a la mente), pero creo que, en lineas generales, podemos hablar de una seria crisis en el panorama interpretativo. Cada vez es más complicado poder confiar en un actor capaz de hacer esa cosa tan compleja... llenar la pantalla con su simple presencia. Quizá Johnny Depp no está muy desencaminado, y quizá Ewan McGregor lo hubiera logrado si no se hubiera pasado a las órdenes de la caja registradora más pueril de Hollywood.
Sin embargo, el concepto de actor, la idea misma del "actor de cine" (curtido en teatro, por supuesto) se marchitó seriamente el día que murió Gunnar Björnstrand. Tengo también, por cierto, la seria sospecha de que el día que muera Liv Ullman (esperemos que dentro de muchos años) morirá también la Última Gran Actriz del Cinematografo.
Gunnar Björnstrand... uno puede reconocer lo que es un actor cuando de pronto, simplemente, el director muestra su reflejo en el escaparate de una tienda y toda la pantalla entera parece crecer. Hablo de su primera intervención en la deliciosa "Sueños" (Kvinnodröm, 1955, Bergman en la dirección). Algo tan simple como una simple silueta que se proyecta, una mirada... y ahí está el actor, por encima de su personaje mismo, en ocasiones incluso por encima de su director mismo. El arte de jugar con la presencia. Björnstrand sabía de sobra que lo que la cámara impresionaba sobre el celuloide era algo más complejo que su simple reflejo invertido a través de la "camera obscura". Björsntrand sabía que era su alma misma, su aullido, su locura.
Uno de los momentos más aterradores de toda la historia del cine se encuentra en "Como en un espejo" (Sasom i en spegel, 1961), en la que Björnstrand interpreta a un escritor incapaz de conmoverse ante la locura progresiva de su hija. Durante apenas unos segundos, vemos como el actor desaparece a lo largo de un pasillo, se tapa la cara con las manos, se esconde en un recodo... y entonces, surgido de esa terrible soledad que es el corpus trágico de Bergman, nos enfrentamos a su grito. Un grito desgarrador, terrorífico, tan humano que es imposible casi contener las lágrimas. Ese grito, el grito de Björnstrand, fue el mismo grito que emitió Bergman cuando intentó suicidarse en la carretera justo antes de rodar "Sonrisas de una noche de verano". Ese mismo grito, por ejemplo (y sé lo osado de mis palabras) es el grito que se escuchó en Londres hace apenas una semana cuando la miseria terrorista volvió a dejar su huella. El grito de Björnstrand en ese instante es el grito ancestral de la humanidad, el grito de Sartre mirándose al espejo, el grito que se escapa de los cementerios, de los paritorios, el grito mismo de la existencia ante su imposibilidad de acabarse... y de no acabarse nunca.
Partiendo de esta secuencia, uno observa gritar a Tom Cruise porque su pobre hijita va a ser destrozada por unos alienígenas malvados (o lo que es peor, uno escucha gritar a la hijita y entonces desea ser alienígena para destrozarla personalmente). O quizá observa gritar a Will Smith a bordo de su coche de policía rebelde. Ya ni hablamos de si escucha gritar a Eduardo Noriega o a Fele Martínez, y deberían gritar muy alto ante la injusticia que se comete al considerarles actores. Y sabe que el grito, el grito auténtico del actor (que es el grito del cine, y por lo tanto, del arte) ya lo lanzó Björnstrand hace muchos años, y que, si acaso, el único capaz de repetirlo será un actor privilegiado (¿Peter Stormare, quizá?) a las órdenes de Lars Von Trier.
Mientras tanto, ustedes me permitirán que yo recuerde, con una tristeza difícil de expresar, la extraña sonrisa de Björnstrand al final de "Cara a cara... al desnudo" (Aniskte mot aniskte, 1976) y en especial, su gloriosa despedida (de ustedes, de nosotros, de todo el mundo) en "Fanny y Alexander" (1982). Cuando Bergman le rueda en la última cinta en la que colaboran, encuentra el cadáver del actor que muere debajo del actor que vive: y le enseña, así, vestido de payaso, encima de un escenario, cantando una hermosa canción sueca. ¿Es posible una despedida más brillante que esa?
No olvidemos nunca a Gunnar Björnstrand. Sería olvidar, definitivamente, a todos los actores.

4.7.05

KUSTURICA 01: El tiempo de los gitanos (1988)


El tiempo de los gitanos

El tiempo de los gitanos (1988) - Kusturica, Emir

Decido lanzarme a realizar un mini-ciclo sobre Kusturica frente a la deuda pendiente que considero tener con una de las mentes más interesantes y radicales del nuevo cine europeo. Y utilizo la palabra "deuda" en su sentido más hermoso y cultural: aquella que se obtiene con un creador cuando encontramos una obra que nos supera, nos fascina y nos excita. El cine de Kusturica es, con diferencia, una de las propuestas más interesantes y sinceras que suelen caer por las salas de nuestra pequeña existencia. Un cine desnudo, local, desgarrador. Un realismo mágico capaz de anular cualquier frontera, capaz de traspasar sin la menor piedad al pobre iluminado que se someta al texto fílmico.
Como buen fumador que soy (aprendí a fumar con el cine), tengo un baremo inquebrantable para saber si una película es buena o mala. Si una cinta es entretenida e hipnótica, me pego a la pantalla y soy incapaz de salir del laberinto de sus imágenes para pensar en lo mucho que me apetecería un cigarrillo. Si una película es mala, me puedo morir de un ataque de ansiedad en la sala, y con los créditos, pierdo la silueta para salir a la calle a llenarme los pulmones de nicotina y más de 1500 productos tóxicos. Una delicia. Pues bien, cuando al finalizar la proyección de "El tiempo de los gitanos", miré el reloj, descubrí incrédulo que habían pasado tres horas. Tres maravillosas horas de cine en estado puro donde apenas había recordado que había una realidad más allá de la propuesta por el director. Y eso, en los tiempos que corren, tiene un mérito indescriptible.
"El tiempo de los gitanos" es, de entrada, una película implacable. En todos los aspectos. Un ejemplo de cómo hay resortes innombrables en el alma humana que la cultura es capaz de modificar y potenciar con la propuesta de textos (fílmicos o no). Algo que nos confirma hombres y que, frente a la exposición de ciertas obras, parece encontrar cierto sentido y cierta dignidad. Kusturica ha resultado ser un experto en la creación de tramas y ambientes capaces de fascinar. En apenas cinco o seis minutos de una secuencia elegida al azar (la boda imaginaria del protagonista, por ejemplo), hay todo un pequeño mundo que se desarolla y explota ante nuestros ojos.
Así pues, la primera pregunta quizá sería: ¿Cómo construye Kusturica la diégesis de esta cinta? ¿Cuáles son sus armas? Sería honesto afirmar, claramente, que hay una línea que separa la genialidad del simple buen hacer. Un director medio/alto (pongamos por caso, el Sr. Nolan) puede construír un universo cinematográfico con cierto estilo y conseguir que funcione correctamente en una cinta. Sin embargo, y aquí está la trampa, los auténticos genios vuelcan en sus fotogramas algo que no se puede aprehender y que viene dado única y exclusivamente por su propia genialidad. No sé, pienso en Hitchcock y en su manera de convertir libros mediocres en obra maestra. Se tiene o no se tiene.
Sin embargo, si pudieramos dar algunas claves de este Kusturica que se construye en "El tiempo de los gitanos", deberíamos comenzar hablando (es obvio) de la banda sonora de Goran Bregovic. El tema principal de la película (Ederlezi) es, con diferencia, una de las mejores y más brillantes composiciones que nos ha dado el cine europeo de los últimos veinte años. Era necesario hurgar en lo más profundo de Europa, en sus mitos más ancestrales, para dotar de sentido y sensibilidad a una cinta tal y como Bregovic lo hace.
Otra de las bazas fuertes de la historia sería, por supuesto, el maravilloso guión, un auténtico ejemplo de la construcción de personajes y de la creación de sensaciones desde dentro de la narratividad. Y en las interpretaciones, que vienen de actores no profesionales, cogidos de los suburbios por el propio Kusturica con una efectividad que ya le hubiera gustado al neorrealismo italiano.
En cierto modo, supongo que podemos hablar de un nuevo neorrealismo en Kusturica, aunque con unos postulados y una libertad tan vitalistas que derrumban el corsé italiano para construír un cine actual, salvaje, mágico. Kusturica ha llegado mucho más alla que De Sicca, por ejemplo. En todos los aspectos: Ha visitado la miseria, el miedo, incluso la posguerra... pero desde una brillantez tan apasionante que deja pequeño a su compañero italiano. Le ha dado al cine de Europa lo que necesitaba: rebeldía, placer, juego, magia. Lo ha hecho vivir.