28.6.05

Agradecimiento personal a los "comentaristas"


Cinema Paradiso... el cine mismo

Agradecimiento personal a los "comentaristas"

Queridos amigos:
Durante los últimos días, gente de toda procedencia, tipo y opinión se ha acercado de una manera u otra al blog para dejarme unas palabras, para opinar sobre mis escritos, para animarme. Gente anónima que, en principio, no debería compartir lo que no es sino una particularísima visión del cine. "El séptimo sello" comenzó hace ya casi un año con la voluntad de crear un espacio cinematográfico para desmontar/montar mis mitos fílmicos y para acercarme, siempre con cuidado y pasión, a todas esas proyecciones que (¿para qué vamos a engañarnos?) me han salvado la vida.
Jose Luis Garci (del que ya hemos hablado en este espacio, para bien y para mal) dice una cosa maravillosa en la versión de "Volver a empezar" que comercializó cierto periódico hace ya algunos meses. Dice que "De pronto te topas con algunas películas que, simplemente, te animan a seguir vivo, te empujan". Y creo que ahí está la clave de la cinefilia, si me permitís usar la palabra. El cine, como toda la cultura en general, no tiene ningún valor en sí mismo, más allá del dinero que se desborda en las taquillas de las multisalas y las subvenciones que se cuelan en según qué despachos. Sin embargo, el cine tiene el valor directo y salvaje de empujarte hacia adelante, de no darte un respiro, de obligarte a vivir. Es algo meramente existencialista, porque también justifica la existencia a costa del vacío, a costa de saber que aquello que se proyecta sobre el lienzo en blanco no es más que un momento dado de cierto creador. Recuerdo una proyección de "El tiempo de los gitanos" (de Emir Kusturica, autor absolutamente recomendable y del que quizá hablemos otro día) en la que al terminar, la gente misma guardaba un silencio y se sonreía sin apenas conocerse, como si todos hubiéramos compartido aquel extraño shock que supone enfrentarse desnudo, en la oscuridad de la sala, a una vida distinta, a un mundo distinto.
Creo fervientemente que la gente que se ha acercado a este humilde blog para dejarme sus comentarios conoce también esa sensación, sabe que es la más hermosa de las psicopatologías que nos ha regalado la posmodernidad y no la esconde. Nosotros, los cinéfilos, somos también los freaks de Tod Browning, somos Rick Blaine perdido en Casablanca y somos el caballero que juega contra la muerte al ajedrez. No por ello mejores, ni peores, ni tampoco distintos. Pensémos un momento: Mucha gente nos acusa de estar locos por creer en las películas, nos acusa de locos porque vivimos en esos pequeños espacios que se proyectan. Yo creo que no. Yo creo que el loco de verdad es el tipo que se lee el "Expansión" o el "Cinco días" camino al trabajo pensando en qué va a invertir su dinero. Yo creo que el loco es el tipo que se toma en serio a los políticos cuando salen en la tele y sin embargo dice que "todas las películas de Woody Allen son iguales porque hablan de judíos, sexo y psicoanálisis". A la mierda.
Y por otra parte, si ser cinéfilo es una locura, es, sin duda alguna, una de las locuras más hermosas del mundo.
Vosotros, queridos amigos anónimos que me habéis dejado unas palabras en este espacio virtual tan alejado y a la vez tan cercano a mi pequeña sala de proyección de barrio, me habéis ayudado a sentirme un poco menos solitario en esta locura tan cinematográfica, y también me apoyáis definitivamente para que siga creando nuevas críticas/análisis/lo_que_demonios_sea_esto. Es más: Espero seguir escuchando vuestra voz, espero que me recomendéis más títulos a analizar (=más títulos sobre los que debatir), espero que me llevéis la contraria cuando me equivoque de medio a medio y que, después de todo, este humilde blog siga cobrando vida.
Gracias de todo corazón:
Aarón Rodríguez Serrano

23.6.05

Hacia la alegría (Till Gladje, 1950)


El dvd americano

Hacia la alegría, 1950 - Ingmar Bergman

Cuando comencé a estudiar el corpus fílmico de Bergman (hará cosa ya de tres años largos) de manera profesional, debo reconocer que sufrí un cierto rechazo inconsciente hacia sus primeras películas. Supongo que fue el choque frontal con productos como "Persona" o "Gritos y susurros" lo que me dejó lo suficientemente cegado como para considerar otras piezas como esta que hoy nos ocupa como si fueran obras menores. El pulso y la destrucción que entrañaban sus trabajos más impactantes de los sesenta/setenta es de un poder visual y temático que parece agotar por momentos el propio cinematógrafo.
Es por eso que decidí tomarme mi tiempo, zambullirme de cabeza en los "títulos clave" para estudiarlos de manera compulsiva y enfermiza, y una vez me encontrara cómodamente asentado en los conceptos clave (porque realmente nunca se puede afirmar que se sepa nada sobre Bergman), volver la vista atrás y disfrutar de las primeras obras, a modo de divertimentos. Y por supuesto, estaba equivocado. Con cada día de estudio que invierto en la obra del genio sueco, descubro que no hay nada de fácil ni de gratuito en las primeras obritas de Bergman. Películas como "La sed" o "Un verano con Mónica" son tan fascinantes en sí mismas que engloban un universo complejísimo que luego se sensorializa en sus trabajos de madurez. Pero el gérmen, la raíz, ya está ahí.
"Hacia la alegría" es, para muchos, una de las obras menores del autor. El propio Bergman no la hace demasiado caso en sus memorias. Uno de los dioses del análisis fílmico español, el siempre loable Juan Miguel Company, tampoco le concede demasiado interés en su libro bergmaniano y perfecto de Cátedra. (Libro sobre el que quizá hablemos otro día por ser uno de los mejores tratados de cinematografía aplicada que se han escrito en nuestro país). "Hacia la alegría", decíamos, es un producto fascinante dentro de la obra bergmaniana. Es el paso lógico que debía seguir a "La sed" en el camino imparable del realizador por encontrar un estilo cinematográfico previo. Pero además, sorprendentemente, es un producto radicalmente humano. Demasiado humano, que diría Nietzsche. Se nota en cada fotograma el innegable contenido autobiográfico, los intentos desesperados que Bergman realizó para salvar su segundo matrimonio y que, catastróficamente, condujeron hacia esta película que fue, una vez más, una pequeña redención en la oscuridad del genio.
Pero además, "Hacia la alegría" es una película llena de música, más música, más música... ¡es música pura y dura, auténtica armonía! Un uso de Beethoven y de Mozart extraordinario (frente al pensamiento del propio autor), que nada tiene que envidiar a los aterradores efectos de la música de Bach en las películas de madurez. Y por supuesto, lo que hace que "Hacia la alegría" sea una de las películas más digna de los cuarenta/cincuenta en Europa, es que cuenta con uno de los mejores finales bergmanianos.
El arte de cerrar una película es, en sí mismo, un reto. El final tiene que ser (al igual que en la música clásica) lo suficientemente brillante como para hacernos levantar del asiento y aplaudir, llorar, hasta dejarnos el alma y las manos. Ahora mismo pienso, por ejemplo, en el final de "Deseando amar" (Kar Wei siempre increíble), o en el final del "Blanco" de Kieslowski. Pues bien, el final de "Hacia la alegría" es de una humanidad, una ternura, y al mismo tiempo un amargo optimismo que parece casi una contradicción. No hay ironía. No hay truco de magia. Es el realizador mismo extendiendo las manos y diciendo: "Este es mi final. Y punto". Un final fabuloso, no por inesperado ni por efectista.

19.6.05

Batman Begins (2005)


El nuevo Batman

Batman begins, 2005 - Christopher Nolan

Uno de los grandes problemas que representa el intento constante de ser cinéfilo (suponiendo que tal cosa pueda existir y que no sea simplemente una etiqueta que se busca incansablemente) es que tal término parece excluír muchos terrenos. Al cinéfilo, por lo general, se le imagina uno como un tipo pedante, que se ha leído el libro de Robert Stam (que por cierto es una maravilla), que vive en los sótanos de las salas Renoir y que discurre compulsivamente (=con pulsión; =con pasión) sobre Dreyer, Kieslowski, o cualquier otro nombre de director complejo que usted tenga a bien colocar aquí. Sin embargo, el concepto de la cinefilia parece borrar el inicio bochornoso del cinematógrafo en las barracas itinerantes, y simplemente olvidamos que el cine fue (y es) un espectáculo porque lleva años mezclándose con la metafísica y la psicología, o la antropología, o cualquier otra disciplina. Después de asistir a tantos congresos, después de acudir a ver las cintas de Egoyam o de Wenders como si fueran ritos (o rituales) casi sacros...
Después, "Batman begins".
Y es que el cine de aventuras es, por lo general, una especie de mancha en la hoja del cinéfilo que se empeña en hablar, por ejemplo, de "Blade runner", pero que pone muecas de asco cada vez que le mentan a la trilogía del Señor de los anillos o de las distintas guerras galácticas. Esas cosas de freakis que hacen que la gente vaya disfrazada al estreno y a comer palomitas y a gritar en las salas. Esas cosas que (al menos, aparentemente) no hablan de la soledad del hombre, ni de las teorías marxistas, ni de complejos dilemas existenciales. Y de vez en cuando, afortunadamente, nos topamos con pequeñas joyas, realizadas con mimo y con criterio, películas de entretenimiento puro y duro que funcionan como bálsamo perfecto contra la realidad y que no pretenden, ni de lejos, que uno salga del cine con ganas de cortarse las venas. Si acaso, con ganas de lanzarse de los tejados para salvar la ciudad, vivir al límite, gritar como cuando éramos críos.
Y sí, fuimos críos y algunos, hasta fuimos a ver la primera de Tim Burton al cine, o la serie de los setenta que daban en las autonómicas (y claro, ahora nos reímos mucho... ¡pero entonces nos tragábamos todos los capítulos a la misma bat-hora!). Y de aquella sensación casi mitológica nos queda algo, nos queda lo justo para poder disfrutar de una buena cinta de aventuras. Que vale, que de acuerdo, que quizá usted está demasiado ocupado y prefiere volver a ver "La pasión de Juana de Arco". Me parece muy bien, yo también lo hago. Pero a veces (menos de las que me gustaría), tengo la posibilidad de salir del cine con esa sensación de infancia, con esa dulce canción de la utopía y del desenfado que provoca el buen cine de aventuras.
"Batman Begins" es, en primer lugar, un producto excelentemente acabado. Quizá con algún pequeño fallo en la planificación (en especial, el duelo en el vagón de tren), pero por lo demás con un ritmo magistral y una fabulosa dirección de actores. Los grandes fans de Burton jurarán en arameo, se tirarán del pelo y dirán "era mucho mejor la de Burton". Bien, bueno, era una cinta de lo más interesante... pero esta es aventura en estado puro, ritmo, magia, un guión relativamente banal y algunos chistes brillantes absolutamente bien distribuidos. La narración está perfectamente definida, con una forja del héroe construída según los tópicos (mentor incluído) y con algunas variaciones con respecto a la estructura original que nos harán, por lo menos, sonreír cómplicemente.
Pero el gran as en la manga de esta cinta (sobre todo para los self-named-cinéfilos), es que durante toda la proyección no hay tiempo para pensar en lecturas psicoanalíticas, construcción de planos, referencias semióticas o todas esas cosas en las que invertimos los tiempos muertos de las cintas lentas. Durante toda la proyección sólo hay aventura, narración, acto, imágen, diálogo. Los actores están soberbios, tan soberbios que uno ni siquiera se para a pensar en "coño, que gran actuación", porque parece que realmente las interpretaciones surgen de manera espontánea, dirécta, con una gran fluidez.
Falla, por supuesto, la historieta de amor. Y tiene que fallar, porque en el fondo siempre falla en todas estas películas y la tía de turno nos da bastante igual. Otra cosa es que la novia del Cruise sea especialmente impresentable, o que tenga la maldita manía de actuar torciendo la boca, como si hubiera cambiado el Actor´s studio por el señor Parkinson. Falla que termine y que no sepamos, a ciencia cierta, si vendrá una segunda parte. Se intuye, claro, pero en el momento en el que termina la proyección, quieres más. Y más. Y más.
Este "Batman begins" es una maravilla que deberían ver con atención, por ejemplo, los directores de "Electra", "Blade trinity", "El reino de los cielos" o cualquier otra mandanga que nos han intentado colar en los últimos meses.
Hemos vuelto a la barraca de feria. Ojalá pudiéramos quedarnos aquí a vivir

18.6.05

The seventh guest (1993) (...y II)


El inicio, la mansión en sombras

The seventh guest (parte II)
Una vez abierta la polémica sobre la consideración de las "películas interactivas" como otro género cinematográfico más, no quiero cerrar las reflexiones alrededor del "Seventh guest" sin poner de manifiesto un par de ideas más.
"The seventh guest" contó en la banda sonora con George Alistair (alias "The fat man"), un nombre que puede no sonar a muchos. En España, lamentablemente, nos lleva a estrenar las óperas delirantes del insufrible Carles Santos en los teatros grandes mientras que nombres gloriosos de la música del cine propia y ajena, quedan absolutamente olvidados. Pues bien, Alistair es a las bandas sonoras de videojuegos de los noventa una especie de Roque Baños o de Alberto Iglesias. La concepción de la música en este videojuego va mucho más allá que una simple partitura creada a salto de mata. Es un auténtico puzzle sonoro en sí misma, una pequeña maravilla que integraba, sin ningún pudor, todo tipo de géneros musicales. Desde el gregoriano (en la fabulosa introducción), el rock más depurado ("The game"), el jazz más elegante ("Skeletons in my closet"...) pasando por el tango, los ritmos africanos, los sinfonismos más delirantes... todo crecía en torno a una concepción de la música en el videojuego que llegaba más allá de lo esperable. Una partitura de una complejidad y una calidad como no hemos vuelto a ver nunca en la historia del ocio informático (con permiso, quizá, del segundo "Alone in the dark" o del primer "Phantasmagoria", ambos productos interesantes y bien construídos).
Por otra parte, hay algo que envuelve al producto y que ha quedado más allá en la memoria de todos los que hemos crecido jugando a nuestro objeto de estudio. Una sensación netamente narrativa que nos obliga, una y otra vez, a volver a disfrutar de la historia. Es como los niños pequeños que quieren escuchar cada noche el mismo cuento, una y otra vez, sin matices, sin variaciones, sin lagunas. El jugador del "Seventh guest" volverá siempre, tarde o temprano, a recorrer los misterios de la casa. Volverá a escuchar los deliciosos diálogos y a maravillarse frente a la increíble dirección artística (una vez más, la mejor sin duda alguna de la historia del videojuego). ¿Por qué se vuelve? No sabría contestar. Por lo mismo que se vuelve siempre a "Casablanca" o a "Al final de la escapada", por poner dos ejemplos. Porque hay productos artísticos que son, pura y simplemente, inagotables.
Para terminar, algunos datos rápidos para los amantes de la historia. "The seventh guest" contó con una dignísima secuela llamada "The 11th hour" (fabulosa en muchos sentidos, pero lamentablemente inferior en guión y, sobre todo, en la construcción de los personajes). Los mismos estudios crearon, antes de desaparecer, un par de productos no demasiado malos, el "Clandestiny" y también un juego inédito en nuestro país con el mismísimo John Hurt (el tipo al que le revienta la tripa el alien en la primera película de la saga) que respondía al nombre de "Tender love care". Desde entonces, los creadores han desaparecido en combate, aunque hace un par de años se rumoreó que se desarrollaba la tercera parte del "Seventh guest" (algo llamado "The collector" que lamentablemente, quedó en agua de borrajas). Durante gran parte de los noventa se saturó el mercado de aventuras gráficas de horror en primera persona que bebían de este juego con mayor o menor calidad. Las mejores fueron "Ripper" (con banda sonora de los Blue Oyster Cult, por supuesto), "Black Dahlia" (protagonizada por el mismísmo Dennis Hopper), y la ya mentada saga "Phantasmagoria", de la siempre interesante Roberta Williams. Sin embargo, nunca hemos vuelto a encontrar en la industria del videojuego un producto tan redondo, cinematográfico y deliciosamente brillante.

17.6.05

The seventh guest (1993) (Parte I)


The seventh guest

The seventh guest, 1993 - Equipo Trilobyte

Para hablar de aquellos días.
Para hablar de aquellos días en los que todavía teníamos granos, y éramos imberbes, y la pornografía se compraba en los quioscos clandestinamente y con la conciencia de niño-de-colegio-de-curas (o todo lo contrario) manchada por la mácula de la perversión súbita y amarga. Para hablar de los primeros pasos en el trapecio de la soledad, aunque en aquellos días nos parecía todo tan efímero como las chicas que nunca nos besaban porque éramos freakis en una época en la que no se llevaba ser freakie.
"The seventh guest" es un videojuego. Vale. Esto es un blog de cine. También de acuerdo. Sin embargo, "The seventh guest" fue, indudablemente, el mejor exponente de aquel subgénero llamado "película interactiva", en el que yo siempre he creído a pies juntillas y que desapareció en combate con la avalancha de las 3DFX y de la madre que las parió. La crítica de la época se quejaba amargamente de la falta de jugabilidad de aquellos productos que intentaban aprovechar las nuevas tecnologías de aquel invento llamado CD-ROM. Y claro, cuando venían los amigos a casa, tu les enseñabas estos juegos (que no eran juegos, sino películas) porque salía gente hablando, música sinfónica y gráficos renderizados.
La gran mayoría de los puristas no comprenderán que coloque aquí "The seventh guest", a la altura de películas ya comentadas como "El padrino" o "El ladrón de bicicletas". Dentro de veinte años estará completamente olvidado (salvo algún freakie que no haya dejado de serlo por el camino), hoy en día es imposible encontrar un ejemplar en ninguna tienda y su descarga de Internet puede ser una aventura. Pero hubo algo diferente en este juego. Igual que la gloriosa vaca bicéfala Buñuel/Dalí soñaba con un cine táctil, con aumentar la sensación fílmica hasta conventirla en una realidad cuasiperfecta, algunos ingenuos creímos en los primeros años de los noventa que por fín era posible creer en un cine interactivo, en un espectaculo cinematográfico capaz de ser configurado y disfrutado de una manera que, dicho sea de paso, se cargaría las teorías fílmicas que convierten al espectador en una simple ameba.
Por supuesto, todo aquello no fue sino un fracaso estrepitoso. Productos como la saga "Myst" (la única que se sigue editando en nuestros días, con novelas y discos y todo tipo de mercha-chorradas...) o como el "Under a killing moon" se cargaron de cuajo lo que prometía un nuevo horizonte cinematográfico. ¿Las razones? Guiones que aburrían a las ovejas, actores incompetentes y una producción absolutamente casposa. De hecho, el género "aventura gráfica" acabó siendo el último reducto de estrellas del celuloide acabadas (la palma se la llevó la saga Wing Commander con Mark Hammill y Malcom McDowell... total nada)
Sin embargo, "The seventh guest" es con diferencia el mejor juego/película de la historia.
Aparentemente, no es más que un divertimento pasajero en dos cd´s (de los de antes), y sin embargo, con el paso de los años, volviendo a sus imágenes, se tiene la sensación de que aquel primer escalofrío adolescente sigue vivo y coleando. "The seventh guest" ha resistido el paso del tiempo porque su materia base, sus ases en la manga, son imperecederos. En primer lugar (y categorizo sin miedo a equivocarme), el mejor guión de la historia de los videojuegos. Con diferencia. Puede que algún defensor de los "Monkey Island" o de los "Maniac mansion" ya esté pidiendo mi cabeza a gritos. Un momento. Estamos hablando de un caso absolutamente inaudito en el mundo de los juegos: un guión dramático, terrorífico, de una complejidad argumental sin referente. "The seventh guest" no era simplemente una comedieta de piratas. Es un auténtico tratado sobre el alma humana, planteado como una auténtica historia de suspense en la que se conjugaba, con genial certeza, los mejores ecos del hollywood de los 40 y las psicopatologías generales de la humanidad (el paso del tiempo, la codicia, la lujuria, incluso la pérdida de la inocencia).
Tomemos aire.
Aún más. "The seventh guest" tuvo a un plantel de actores que, lamentablemente condenados a un ostracismo posterior, dieron vida con total credibilidad a los arquetipos más jugosos del suspense literario. Mención aparte merece el siempre terrorífico Albert Hitsbroeck (¿qué habrá sido de este tío?) que daba vida a uno de los mejores villanos de la historia del cine (interactivo o no). El viejo y loco Henry Stauf, asomándose a los rincones más oscuros de la mansión, combinando con total efectividad el humor más macabro y la ironía más sutil. El viejo y loco Henry Stauf, que supera con creces a cualquier malvado del palo de nuestros días (pienso en Jordi Mollá haciendo "Dos policias rebeldes dos", por ejemplo).