29.8.04

Young Adam (2003)


Young Adam

Young Adam, 2003 - David Mackenzie

Hay un viejo dicho en el mundo de lo escénico (y por extensión, de lo cinematográfico) que viene a decir que los buenos actores pueden salvar los malos guiones. Imagino que este "Young Adam" es un claro exponente de estos derroteros.
El espectador debería saber, de antemano, que la película está basada en una novela del beatnick Alexander Trocchi, uno de los editores del genial Jean-Paul Sartre o de Samuel Beckett, entre otros. El espectador también debería saber que la novela fue concebida única y exclusivamente para que Trocchi se pagara la heroína que tanto necesitó durante su estancia en Nueva York. No deja de ser curioso que todavía siga circulando una versión absolutamente pornográfica del mismo texto que el propio autor remendó para publicarla en una colección caprichosa y pizpireta, ya saben, de las que se leen con una sola mano.
Trocchi, por suerte o por desgracia, nunca llegó a la altura de Kerouac, por no hablar de los existencialistas franceses. En lugar de eso, se quedó en un yonki con ínfulas de genio del que nos quedan pocos libros frente a una excelente labor editorial. Y "Young Adam", en su versión cinematográfica, es precisamente un producto deshilvanado, incompleto, absolutamente cojitranco que se debate entre una deliciosa fotografía y un ritmo tedioso. No me malinterpreten: no es una mala película, pero le falta esa magia que dota al buen cine independiente. Le falta atrapar al espectador por completo, guiarle por la espiral descendente del protagonista, hacerle reaccionar frente a la pantalla. Ese es quizás su gran fallo: un tratamiento aséptico de una historia brillante, una planificación extraña y ajena.
Es una lástima que una película como esta posea tantísimos puntos brillantes, tantísimos latidos y tantísima sangre... para luego arrastrarse por el suelo como una tortuga llena de dudas. El director intenta jugar a Haneke en la que probablemente sea la escena más brillante de la cinta (el extraño juego sadista-gastronómico), pero no le sale bien el truco de la magia y al final de la proyección no nos encontramos la salvaje desesperación de "La pianista" o la mirada desolada de "Funny games". Aquí sólo hay preciosos pasajes, hombres que caminan sobre barcas y sexo, mucho mucho sexo... un sexo cinematográfico demasiado obvio como para poder compararlo con las escenas más aridentes de un Oshima o de un Medem. Es un sexo de andar por casa, casi obvio, con un fondo musical delirantemente minimalista (¿Dónde está el David Byrne de "El último emperador"?), un sexo callejero que no funciona porque no emociona, no llega ni al corazón ni al vientre, ni siquiera a las tripas como el ya mentado Gaspar Noé.
"Young Adam" se defiende en lo que tiene de diferente y en un siempre soberbio Ewan McGregor que demuestra que todavía hay verdaderos actores con talento, con carisma y con el brillo arrebatador de la gloria tras las pupilas. Por lo demás, la cinta acabará deslizándose en el río del olvido y se apagará sin remisión posible.

28.8.04

3x3 ojos (Sazan aizu, 1991)


3x3 ojos

3x3 ojos, 1991 - Yuzo Takada

Quizá pueda justificar la incursión de esta cinta defendiendo los lejanos días de mi adolescencia, cuando el Manga desembocó por la puerta grande de nuestra piel de toro. Huelga decir que la pionera (apartando fenómenos de la talla de Bola de Dragón o Dr. Slump) fue la excelente Akira de Katsuhiro Otomo... todavía recuerdo que la pusieron durante varias semanas en el madrileño Cine Benlliure ante la sopresa de unos y la incredulidad de otros. Pues bien, entre la remesa que Manga Films (y Editorial Planeta en su edición de papel) pusieron en nuestras manos, estaba esta pequeña joya en la que se mezclaban todos los ingrendientes de las grandes sagas de aventuras: un protagonista con carisma, una chica guapa, malos muy malos, ritmo trepidante y una propia mitología de sombras y luces de lo más diverso.
3x3 Ojos no es el mejor manga editado en nuestro país, ni el más seguido (volvemos a los manejos de Papá Toriyama o de Masamune Shirow, por poner dos ejemplos punteros), pero es el que más dijo a aquel niño que todavía no era hombre, aquel al que vuelvo las tardes de dudas, cuando el peso del pasado todavía incordia lo suficiente como para recordarte que un día tuviste el alma necesaria para soñar, para creer en lo expuesto sobre la pantalla. Es una de las últimas banderas de la inocencia, y por eso quizá me permitirán que hoy la defienda desde ese rincón del corazón que reservamos para el cine que no ha de volver.
Quizá porque debo confesar que me enamoré un poco de Pai (la chica guapa de la que hablábamos antes) y jamás entré en razón al pensar que ni siquiera era una realidad enmascarada en tinta y fotogramas. Quizá porque en la vida real nunca encontramos el vértigo, los sueños y la tristeza que estos OVA´s ponían entre nuestros dedos. Quizá porque el protagonista, el valiente Yakumo Fujii se parecía demasiado al alter ego que todos los niños hemos soñado ser alguna vez, ese que pasa de la nada al todo, que lucha por encontrarse entre excitantes persecuciones y vertiginosos tiroteos, el mismo que jamás tendría que mirar por los cristales del colegio ni suspirar por las mujeres de verdad. Las mismas que, por otra parte, jamás comprenderían el éxtasis del vencedor, la auténtica mirada de triunfo cuando, al terminar el último OVA (final abierto, la serie no se distribuyó entera en nuestro país), apagábamos el video y volvíamos a las ecuaciones del exámen del día siguiente.
Supongo que todos hemos sido alguna vez lo suficientemente ingenuos como para enamorarnos de utopías de papel y tinta, o para esperar mes a mes el siguiente tomo que desvelara cómo asesinaban al villano más perverso, o quizá recortando las magníficas ilustraciones que servían de portada para forrar nuestras carpetas, y también, para forrar un poco de nuestra filosofía. La que afirma que la verdadera aventura no se puede vivir entre malas calificaciones, partidos de fútbol y bocadillos envueltos en papel de plata. Stephen King dijo en una ocasión que la adolescencia es el momento más doloroso y terrorífico de cada existencia. Puede que, después de todo, estuviera equivocado y nuestra verdadera adolescencia no se viviera del todo en las calles vacías, los primeros botellones y las últimas chicas. Puede que, después de todo, nuestra verdadera adolescencia fuera la de la pantalla de cine. Que no es poco.

27.8.04

El Padrino (The godfather, 1972)


El padrino

El padrino, 1972 - Francis Ford Coppola

Las grandes historias se escriben sobre el reguero de la sangre, o del miedo colectivo, o quizá sobre los corazones desolados. Alfred Hitchcock afirmaba que cuánto más perverso sea un villano, más nos costará olvidarlo y por lo tanto, mejor funcionará la película. Puede que "El padrino" sea una de las excepciones que confirmen las palabras del Mago del Suspense.
Don Vito Corleone es uno de los monstruos que se escondían agazapados en el armario de la América Dorada. Pero quizá por eso le amamos, por su insoportable muerte, huérfana de grandeza, sólo comparable a la tragedia de ese ídolo que fue Marlon Brando y por el cual el cine nunca supo llorar como estaba mandado. Don Vito Corleone era una marioneta salvaje de sí mismo, un tipo familiar que llevaba un negocio familiar, lo que después de todo no era sino una salvaje compraventa de cuerpos y de almas. Eso no le redime frente al ojo de la cámara, pero sí le redime frente a un espectador que, inmerso en el desfile de violencia, siente una lejana y extraña compasión por el hombre de la voz ronca, por el implacable verdugo italiano del que sabemos (o imaginamos) como un hombre del saco lleno de fantasmas, capaz de llorar en silencio por el detalle más efímero del mundo y de empuñar una pistola con la misma mirada.
Coppola nos hizo una oferta que no pudimos rechazar: la de sentarnos bajo la piel de un maestro del crímen para escuchar el latido de su corazón.

25.8.04

Carretera perdida (Lost Highway, 1997)




Lost Highway

Carretera perdida, 1997 - David Lynch

David Lynch, poeta y visionario de la postmodernidad cinematográfica o de la poesía postmortem. Algunos críticos exigieron que devolviera el carnet de cineasta cuando vieron esta cinta, quizá por envidia, por incomprensión o por un afecto incomprensible al viejo brillo de los años dorados de Hollywood (pueden salir a defenderse los seguidores de Capra, supongo que cualquiera tiene derecho a sus psicopatologías).
"Carretera perdida" es un saxofon esquizofrénico que despliega un haz de luz, una luna incomprensible y salvaje. Es, también, el mejor polvo jamás rodado por un director en los más de cien años de historia del cine; Quizá lo recuerden, una carretera polvorienta y dos cuerpos ardiendo en deseo y en luz al ritmo de la "Song of the sirens" de This mortal Coil. "Carretera perdida" es el guión que se refleja en sí mismo, la enésima parábola sobre el papel (ríase usted de Memento o 21 gramos) que consigue por primera vez la perfección absoluta entre la locura y el cine.
Y además, "Carretera perdida" es una película incomprensiblemente deliciosa, quizá por su banda sonora (entre el trueno y el susurro), quizá por la magnífica interpretación de la pobre Patricia Arquette (los cinéfilos ruegan una oración por su carrera) o porque abrió definitivamente la brecha que ya presagió "Terciopelo azul" y que nos volvería locos en "Mulholland Drive". Lynch nos obligó a salir del cine por primera vez sin entender nada, o casi nada, pero con la intensa sensación de haber sido salvados en la butaca.
"Carretera perdida" es tan incómoda como el mismo tema que trata: los celos mediante la locura (o viceversa), tan perversa como un susurro que nos recordara "esto también te puede pasar a tí", y sobre todo, realiza una perversa pero eficaz radiografía de la miseria del corazón.
El cine nunca se estremeció tanto.

22.8.04

El huevo de la serpiente (Ormens agg, 1977)


El huevo de la serpiente

El huevo de la serpiente, 1977 - Ingmar Bergman

Sobre el eterno tapiz de la noche. Así nos hemos visto todos alguna vez, asomados a la ventana observando cómo las nubes y la incertidumbre nos ganan lentamente la partida. Como un judío errante por las calles últimas de la Alemania libre, o quizá por los neones primeros del régimen de Hitler.
"El huevo de la serpiente" habla del miedo, del nazismo, de la diferencia... pero sólo es una excusa para llenar las salas. En realidad esta película (como casi todo Bergman bien entendido) no es sino un canto a la soledad del corredor de fondo, a los pasillos vacíos, a los matrimonios que ya no tienen nada que decirse. Bergman es silencio, y sin embargo, en esta cinta apunta algo que quizá no aparezca en otras de sus producciones.
La posibilidad de evitar el fracaso.
La breve posibilidad, efímera (y condenada al fracaso) que durante un instante de nuestras vidas se nos otorga para comprender que vamos a dar el paso en falso. Bergman nos habla de la soledad, como siempre, pero quizá durante un segundo...
Quizá durante un segundo se traiciona a sí mismo, casi sin darse cuenta, utilizando luego el título de la cinta para descubrir ante nosotros la parábola imposible del subtexto. En el debate final (¡magnífico!) entre David Carradine y el médico chiflado, queda de relieve el gran error que comete el médico, esto es, el gran error que cometió la historia: observar que la ascensión de Hitler al poder era un hecho inminente y sin embargo, creer que jamás podría tener lugar. El médico utiliza la siguiente metáfora: el primer nazismo no es sino las sombras de una serpiente proyectándose en su huevo, la breve silueta de la locura deslizándose entre la superficie del cascarón.
Quizá (hete aquí mi apuesta, basada como siempre en lo personal) lo único que Bergman nos quiso decir es que nuestra particular tormenta sentimental, los celos, los errores, las noches sin dormir y los gritos no son sino las sombras sobre el cascarón de una serpiente mucho más terrorífica: el aislamiento sentimental. El fracaso de los protagonistas de "Secretos de un matrimonio" y "Pasión" (con Ullman en ambos casos) es el punto más extremo de lo que se avecina en "Un verano con Mónica" o "Juegos de verano". Después de todo, puede que el mejor Bergman sea aquel tan humano que refleje nuestra propia miseria... como en un espejo.

21.8.04

Irreversible (2002)


Tempus edax rerum

Irreversible, 2002 - Gaspar Noe

Tempus edax rerum. El tiempo lo destruye todo. Viktor L. Frankl, que era un optimista mal informado, se atrevió a afirmar que el tiempo no era la máquina invisible de destrozar cuerpos, sino que más bien era una caja en la que colocábamos nuestros recuerdos y nuestras experiencias, un lugar privilegiado para depositar nuestro pasado.
Considero necesario hacer una defensa de una película tan infravalorada como atacada por ciertos sectores de la crítica "bienpensantes" que no fueron capaces de tolerar una nueva pirueta cinematográfica, sobre todo cuando esta viene precedida del repugnante olor de la realidad. La sangre, la miseria, la violación, entre otras muchas lindezas, se utilizaron como clavos en la cruz de Gaspar Noé. "Irreversible", efectivamente, habla de todas estas cosas, nos muestra un mundo desconocido (o quizá no tanto) donde la venganza es el modus operandi y todo lo que hacen los hombres sale de su alma, de la cara oscura y del miedo donde nos hacinamos para que parezcamos más y más humanos.
Puede que sea homófoba. Puede incluso que sea racista, ¿pero acaso no debe ser el cine un aullido incontrolable? ¿Ya acaso somos nosotros quiénes para juzgar la ideología de un realizador? ¿Acaso no es justo que todos tengan un turno de palabra y señalen alto y claro su mayor miedo, su mayor náusea? "Irreversible" es al cine lo que supuso Miller a la literatura, o incluso, un Joyce pasado de cocaína que se revuelve en el lodo del génesis.
La venganza. El sublime texto rojo que se desliza por la balanza de la justicia. Quizá "Irreversible" ha levantado toda la polvareda de tinta falsa porque pregunta al espectador confuso: "¿Acaso tu no lo harías?". En cierta ocasión me contaron el caso de una violación cometida en uno de los pequeños pueblos de nuestra confusa España invertebrada a manos de varios no-seres. Al día siguiente el pueblo entero asesinó en un implacable linchamiento a los responsables del acto. La justicia se encogió de hombros y pasó de largo. Podemos mostrarnos más o menos de acuerdo con esto, pero lo incuestionable es que la justicia también tiene entrañas, tiene hígado y sangre fluyendo por sus venas. Y es nuestra justicia, en ocasiones, la única capaz de dotar de cierto sentido a la tortura.
En los tiempos (y en las ideologías) de la utopía se afirmaba que el hombre era bueno por naturaleza. "Irreversible" ha dolido tanto porque ha sido una voz incómoda que ha afirmado: "Espera un segundo... puede que no lleves razón".
Puede que el tiempo realmente lo destruya todo.

20.8.04

La playa (The beach, 2000)


La playa

La playa, 2000- Danny Boyle

"Luciérnagas indecentes inundan la playa"
(Carlos Chaouen; "Seré")
Sobre las últimas olas de un anochecer de Julio, ella se recostó en el dulce lecho de la luna. Apenas si me tomé tiempo para pensar en los faros ajenos, en los fantasmas de los amores perdidos o en el cegador brillo de las libélulas encendidas. Hace mil años que no regreso a aquella playa. Los días en los que llueve sobre la capital (ya ocurrió hace poco) sigo mirando por encima del hombro de la ciudad en busca de unos días que no van a volver.
Sigo sentado en las esquinas del presente, supongo que porque, como decía Luis Cernuda, sería mucho más cansado estar muerto. Que inútil insistencia la de vivir cuando los mejores segundos ya se perdieron entre las curvas de una nínfa nocturna, de salitre. Ella me regaló una canción que empezaba diciendo "Cuando mi barco navega por la llanura del mar". Y punto. Nada que comentar, si exceptuamos que tras esa noche hubo un mañana, y otro corazón (Hay quien afirma que el corazón se recicla en cada despertar. No puedo creerle).
Porque la playa me robó la vida por el camino más corto, el del sexo, o quizá porque en la playa espera, todavía, el cadáver del niño que fui hace demasiados años, dormido en el seno de las rocas, de los caminos, entre el rumor de la brisa y el dulce crecer de las hierbas silvestres.
Volver, es decir, retornar a ese segundo en el que apenas tuvimos que secárnos las lágrimas (a costa de secárnos el sudor), quizá porque reposamos la cabeza entre los pliegues de la noche, quizá porque en una estrella se reflejo nuestro rostro y nos deslizamos, más allá de Dios, en el sendero de las partidas perdidas.
Volver, como un dolor, es retornar a las mismas esquinas de la capital, en esta ciudad estúpida que no respeta ni a los corazones ni a los hombres y en el que apenas vislumbramos nuestro futuro en el opaco cristal de los escaparates y los tubos de escape. Retornar una vez más a esta eternidad (y un dia) de cines abiertos y puertas (¿piernas?) cerradas.
La playa fue ese lugar extraño donde el obturador de la razón se quedó abierto.

19.8.04

Short Cuts (1983)


"Short Cuts" y Earl


Short Cuts, 1993 - Robert Altman

´"No critiquéis a los borrachos.
Olvidáis que vosotros también tenéis defectos"
(Ommar Jayyan, s. XI)
Earl siempre estaba sentado en la misma barra, esa que puedes ver a la entrada en el local. Le ví mil noches apoyado contra el rojo terciopelo (quizá por la sangre, quizá por el bourbon), escribiendo en servilletas. Lo más hermoso que escuché salir de los labios de una mujer en su favor fue: "Cariño, tienes unas facciones tan atractivas como un accidente de carretera". El viejo Earl, que se parecía un poco a Tom Waits y que a veces le citaba cuando iba muy borracho y acababa cantando en el suelo del párking.
No era mala persona. Simplemente, había agotado sus posibilidades de fracasar y cada noche se hundía más y más en su propio pasado, como un náufrago que se agarrara al terciopelo rojo y a las últimas gotas del vaso antes de caer desplomado. A veces, sin ningún motivo, Earl se podía quedar días enteros sentado en la barra, demasiado ocupado en no perder el equilibrio y en seguir disfrutando de su soledad etílica, hablando entre susurros, no se sabe muy bien con quién, quizá con sus propios fantasmas, quizá con el trasero de la camarera, quizá consigo mismo.
De vez en cuando, una vez cada seis meses, se levantaba histérico gritando: "Mañana mismo saldré de esta pocilga. Cogeré el coche, montaré a mi nena y nos iremos más allá de las colinas de Los Ángeles, ya lo veréis. Cuando escuchéis un rugido torciendo a la izquierda en Mulholland Drive, entonces sabréis que el viejo Earl ha dejado la ciudad y se ha ido..." Y entonces guardaba silencio. ¿A dónde iba a ir Earl? ¿Qué había más allá de la curva de Mulholland Drive?
Cuando Earl entró por última vez en el club de jazz, la vieja cantante destrozaba una versión de "Ol´55" que hubiera puesto los pelos de punta a cualquiera. Se sentó en el viejo taburete oxidado y susurró a la camarera "Carol, ponme un expresso sin leche". Huelga decir que la camarera casi se muere del susto en ese mismo instante. Hubiera sido como encontrar a Raymond Chandler escribiendo la lista de la compra. "¿Qué ocurre, Earl?". Mi viejo amigo sonrío y se limitó a contestar "Esta noche estoy de servicio, cariño". Silencio. "¿De servicio? No recuerdo haberte visto trabajar en serio desde el 85, muchacho".
Earl se encogió de hombro y murmuró, simplemente, "Hoy he venido a escuchar la música. En quince años no me había parado a pensar en lo terriblemente repugnante que es la voz de esa mujer".
A la media hora se marchó y no volvió nunca.
Alguna noche, todavía, cuando las bebidas están alcanzando las pupilas de Dios, alguien comenta que escuchó sus carcajadas cerca de la tercera curva a la izquierda de Mulholland Drive.

18.8.04

El hotel del millión de dólares (Million Dollar Hotel, 2000)


El hotel del millón de dólares


El hotel del millón de dólares, 2000 - Wim Wenders

Todavía recuerdo la primera vez que me lancé desde la azotea del Hotel del millón de dólares. El primer sol extraño del amanecer acarició dulcemente mi parábola en el vacío. Quizá guardé silencio mientras el mundo giraba...
... o quizá recordé justo en ese instante la mirada del extraño trompetista que, desde el quinto piso del edificio, cada noche encendía un millar de velas y dejaba escapar un susurro metalizado por la ventana. Dios! Aquel tipo tocaba como si el demonio estuviera durmiendo entre sus dedos. Los yonkis del entresuelo se arrastraban entre sus vómitos, como submarinistas de la muerte; los indigentes, en la puerta. Los policías, en mitad del primer café de la noche. Quizá, puede ser que mientras caía al vacío todavía recordara difusamente a los habitantes del Hotel.
En este agujero tan lejos del mundo aún se contaban las viejas historias de los grandes ídolos que ya no volverían a pisar la roja alfombra del recibidor. Se hablaba de la noche en la que Lauren Bacall se sentó junto al destartalado piano para conquistar al viejo Sinatra, no mucho después de que a su primer marido (tócala, Sam, toca el tiempo pasará) se terminara su último cigarrillo. O quizá de aquella otra noche en la que Al Johnson iba tan borracho que juró que no volvería a hablar en la vida. Poco después estrenó una pequeña película, "El cantor de Jazz".
Pues bien, toda ese reguero de fantasmas que habían poblado las habitaciones del hotel durante el periodo mágico del mundo, ahora no quedaba casi nada. Tan sólo los últimos aristócratas de la indigencia que se aferraban a la mierda de los pasillos con su viejo frac negro.
Y así nos reunímos hijos de ricos, ricos que murieron de éxito, conocidas de las efímeras glorias que un día (allá por el primer porno de los 70) supieron brillar en la pantalla... Nuestro Hotel se ha convertido, casi sin dudarlo, en la penúltima parada de la muerte.

... Y así, mientras caía lentamente, observé por última vez a Eloíse asomada a la cornisa, con su hermoso traje (el traje que llevaría en mi funeral, probablemente) y con esa mirada que parece un callejón sin salida. Ella fue, sin duda, un buen motivo para vivir... y un buen motivo para morir.

Elephant (2003)


Elephant o el silencio


Elephant, 2003 - Gus Van Sant

Hay una cierta verdad en los criterios que ofrece el festival de Cannes, año tras año. Frente al brillo oscarizado de lo comercial y la (¡ay!) deplorable entrega de anti-premios españoles, todavía hay quien se atreve a premiar al Cine con mayúsculas. No olvidemos que de Cannes salieron nombres como Ingmar Bergman o Nanni Moretti.
Debo reconocer que nunca he sido amigo del cine de Van Sant (salvo contadas y loables excepciones). No encontré a Forrester ni toleré el remake psicótico del genio del suspense. Sin embargo, Elephant merece, cuanto menos, una breve reflexión al márgen.
La soledad o el silencio. Un pasillo por el que retumban los pasos de la nueva generación de americanos que marcarán (guste o no guste) las tendencias ideológicas y emocionales de los próximos años. Una maraña de etnias que, por no entender, no entienden ni siquiera que están vivas.
Pues bien, obviando el morbo de los asesinatos, obviando las (por otro lado magníficas) proezas formales de la cinta, "Elephant" es un disparo dirécto a la generación que hoy, en nuestra piel de toro, malgasta sus besos y sus sueños entre las esquinas de Élite Tarde, Salamandra, o cualquier otro garito donde deconstruír su personalidad. "Elephant" está rota en fragmentos y personajes tan terriblemente reales (en el contexto español o americano) que nuestro deber es no apartar la mirada, no caer en los tópicos de la jóven-inadaptada o del fotógrafo-bohemio, sino profundizar entre los laberintos de la tristeza, los laberintos del silencio, los laberintos que días después justificaron una legión de padres indignados con pancartas contra la NRA o contra la venta de armas sin control.
La sociedad que llega vomita en los lavabos de los institutos para perder kilos. Ni siquiera llora (extraña secuencia poética de Van Sant), porque llorar es un precio demasiado caro que ya entraña conciencia. Y la conciencia (o la entraña) es, al final, del percutor ardiendo del rifle de turno, que en Europa no es sino una indiferencia absoluta ante cualquier estímulo exterior huérfano de Márketing o privado de celofán.
"Elephant" termina con el tiroteo porque intenta recrear la matanza de Portland, pero el verdadero terror no es sino la mirada bovina y sarnosa de sus inquilinos. Los mismos inquilinos (y no salvamos distancia) que hoy mismo se pasean por nuestros institutos con las manos en los bolsillos y un grito en el cielo que nunca despertará a Dios. Ni siquiera a sus padres, absortos en la contemplación de un programa absurdo.
Los niños que fuimos han aprendido a manejar una 9 mm. No es traicionar a Peter Pan. Es tomar conciencia del absoluto poder de la tristeza.

17.8.04

El ladrón de bicicletas (Ladri di biciclette, 1948)




Ladri di biciclette, 1948 - Vittorio de Sica

Llueve lentamente sobre la capital. Un poco extraño para una mañana de Agosto.
Asomado a la ventana, con el primer café y el cigarrillo distraídamente colgado de un labio (quién fuera Sam Spade), recuerdo difusamente la vieja calle italiana donde, al caer la noche, un hombre recorría su propia tristeza con una maleta atada.

El ladrón de bicicletas, o cómo aprendimos a llorar sin hacer ruido. En tiempos confusos, tiempos de hambre, tiempos de ese blanco y negro donde apenas nos quedaba la nicotina y la mirada como defensa. Hoy, que los paquetes de tabaco llevan esquela y que las bicicletas se regalan a los niños crueles, hemos olvidado (o casi) la pequeña gran tragedia cotidiana, la tragedia de los días y las noches encerrados en los cafés para matar el hambre.

Nunca he sido un defensor del neorrealismo italiano (como bien decía Mar Marcos, al final el neorrealismo italiano son nueve películas y para de contar), pero me fascina en lo que tiene de grito, en la vocación insoportable que mostraron sus hombres para hacer cine. Las ciudades abiertas de hoy (abiertas en canal y en corazón) no tendrán realizadores de hierro. Lo malo de las guerras, después de todo, es que dan de vivir a muchos pero dan de morir a otros tantos. Nadie nos contará jamás la historia de las guerras de los noventa en blanco y negro, porque la lluvia del fundamentalismo no permitirá que alguien pueda ser tan condenadamente humano.

Llueve sobre la capital.

Casi he terminado ya el primer cigarro de la mañana